DESDE EL SUELO
                                             Jorge Botella

                                    1
 

 
De todos en olvido. Prisionero
de rejas que dan cerco a toda luz;
cuando agua no te libre el arcaduz
contempla a Jesús en el madero.
Atiende de este Dios, el verdadero
Señor que se entregó a muerte en cruz
a fin de conseguir crear la luz
que alumbre de esperanza tu sendero.
Haciéndote gustar su suave calma,
amigo es que no deja volar alma
quebrada del dolor de soledades.
Escruta en su silencio por la pena
y ampara en su regazo la condena,
holgando liberarte a sus verdades.
 

                                    2
 

Saliendo liberado de aquel lazo

que presa mantenía su entereza,
elevas Creador tanta bajeza
si prestas de tu Cruz fuerza a su brazo.
¡No hay cuna como Tú, suave regazo!
recoges en tus manos su cabeza
calmando el dolor y la tristeza.
Nacer sintió volver en este abrazo.
El daba vida y alma por perdida;
voló junto a tu pecho -Dios anida
la yaga que nació por una lanza-.
Eterna herida yace en Ti abierta,
posada por guarida la más cierta,
que busca el pecador por esperanza.

 
 
                                    3
 
 
 
Apriétame más, Madre, entre tu pecho,
que he de guardar calor de este abrazo,
abrir la amarga soga de este lazo,
fundir por él los hielos de mi lecho.
Rendido a vuestros pies todo lo hecho,
guiando tu querer valer mi brazo,
comienzo a reparar aquel retazo
que supla lo perdido por desecho.
Apriétame más, Madre, que tengo miedo
de ser, bajo el silencio de la noche
-oscura noche de la Cruz-, si cedo
por otro querer donde muerto quedo,
quien sienta en las entrañas el reproche
de cuanto haber podido perder puedo.

 

                                    4
 
 

Amigo, amistad aún me debes,
que toda suma cuenta que me has dado
no suple dejación de haber hallado
olvido en el amor del Santo Jueves.
Te quise suplicar la cruz me lleves
pues hiende tanto peso mi costado;
la noche te ha robado de mi lado,
y solo entre tinieblas hieles bebes.
Dolido de tu herida va mi pecho,
abierto el corazón -de amor- te busco
y no te encuentro; fuiste a hacer desecho
de cuanto mío había bajo el techo
que ya no compartimos por el brusco
adiós con que me echaste de tu lecho.

 
 

                                    5
 
 
 

La vez de cada cien que tu Dios te besa
es fuego que sin llama tu alma enciende,
desvelo a tu velar su voz atiende,
por cuanto tu implorar hacia El no cesa.
Te precia convidándote a su mesa,
hogar a tu orfandad su amor extiende,
y así postrado el ser es como aprende
a holgarse en un silencio que embelesa.
Las horas en la noche por espera
expresan el ansiar amor del hombre
que aguarda la saeta que le hiera.
Del alba en la hora más primera,
premiado por la Voz, nombró tu nombre.
¡Ventura y dicha para quien la oyera!
 
 

                                    6
 
 
 

Señor, que tengo que mi amor procuras,
que puedo yo a tu gloria ser de algo,
si sabes nada fui y nada valgo,
la vida, toda vez, se cierne a oscuras.
Las sombras y las noches son tan duras;
herido a muerte en lucha siempre salgo.
¡Despierta hombre al alba! Sé hidalgo
del Dios que te concede sus dulzuras.
Ten alas, alza el vuelo, mira, sube,
alcanza la alta cota por posada;
ansía allá libar la flor celeste,
-ardiente flor velada por la nube
que cubre con misterio su morada-.
Demanda su favor, amor te preste.
 
 

                                    7
 
 
 

Nací para volar de rama en rama,
poblar los altos olmos de tu huerto,
tu dádiva preciada, don más cierto,
la cima del jardín, la viva llama.
El silbo fue la voz de la reclama.
Huí de vuestro hogar, remanso abierto,
por descubrir las luces de otro puerto.
Alcé vuelo, posé en la retama.
Creí poder jugar un nuevo juego,
mas fui del cazador al ser cazado;
caí abierto el pecho por el fuego,
perdí mi vida al huir de vuestro lado.
Mi voz se ahogó sin tiempo para un ruego,
mi muerte fue salario del pecado.
 
 

                                    8
 
 
 

Contempla el infinito espacio al cielo
el pájaro que aún volar no puede,
la cumbre cenital, del sol la sede,
tan sólo en alcanzar halla consuelo.
Poder alzarse en vuelo su desvelo,
holgar junto al lugar que le concede
el arco azul, la bóveda en que quede
al más allá su nuevo nido en celo.
Purgar en el abrazo de la gloria
los besos entregados a la tierra.
Tañer las campanadas de victoria
a tanto desconsuelo de la guerra.
Dejar de lo pasado atrás memoria
y amar en el Saber que nunca yerra.
 
 

                                    9
 

 

Qué fríos de la tierra son las besos

al alma que probó al ardor del cielo;
fugaz y vano paso todo anhelo,
honores que en cenizas quedan presos.
Promesas lisonjeras los sucesos
que cubren los amores con un velo,
ardiente en su comienzo, un consuelo
cegándose en amargos retrocesos.
Distinto hiere el fuego del Divino
querer, que droga al alma por alzarla
en alto vuelo, ciega y sin camino;
por ser del mismo Dios entresacarla
de cuanto por su mano hacer convino,
y en su regazo puso para amarla.
 
 

                                    10
 
 
 

Terrible soledad la de tu ausencia,
pues ciertamente cartas no son nada
por más que el corazón se explaye en cada
letra, preciso me es de tu presencia;
pues hemos de tratar con toda urgencia
las causas y el por qué va tan gibada
el alma en mi interior. Es tu mirada
la caridad que anhela mi conciencia.
Las luces de la aurora se encienden
iluminando el rostro que dormía
la plácida sonata de los sueños;
en sueños que de mí se hacen dueños
en bruna noche. !Lenta es la agonía
de quien su afán los suyos no comprenden!
 
 

                                    11
 
 
 

¡Detén Señor! Tu espada Dios no esgrimas,
no ajustes tu justicia ni tu mando,
alcanzo a ver la luz del cielo cuando
la noche de mi alma ya ultimas.
También, crucificado como Dimas,
estoy junto a la cruz tuya anhelando
me tornes la mirada perdonando
y me alces por librarme de estas simas.
Si bien odié, también amé, olvida
el mal, deshaz el tiempo del pecado;
conserva en tu memoria de mi vida
los parcos pasos dados a tu lado.
Orar de niño, salve a Ti encendida
es cuanto tengo. Tómalo prestado.

 

                                    12
 
 
 

Terrible soledad la de la noche
de aquél que abandonado del amigo
no encuentra más consuelo que consigo
penar en largas horas su reproche.
Si a mi alma asistiera quien abroche
los sueños a la vida que mendigo,
de mi dolor haríase testigo
volcando suma ternura con derroche.
Sé tu fiadora mía, dulce luna,
que el sol ahora luz no me procura.
Son las calladas horas que del tiempo
he de velar, sufriendo el contratiempo
del preciso silencio; amargura
incierta que impone noche bruna.
 
 

                                    13
 
 
 

Caminos castellanos de la vida,
senderos para el cielo en la llanura
abrieron en la tierra con hondura
pisadas con constancia decidida.
Teresa, Juan, la fe allegan asida
al barro de que son, en la hermosura
de Dios alcanza el verso suma altura
labrando la palabra concebida.
Volar habrá quien pueda de su mano,
más yo, como Tomás, apenas creo;
pues aún siendo quien Es, todo me es vano
si abiertas sus heridas yo no veo.
Mas vi, creí, ¡pues siendo tan humano
en lo divino dísteme recreo!
 
 

                                      14
 
 
 

Y puedo ser, Señor, tan vil, que ahora
que palpo de tu mano la Gracia,
rebusque en este mundo la falacia
que en sus ribetes tantas vez aflora.
Se hace piedra quien a piedra adora,
por ser tal la locura vana que hacia
atrás embarca amor que nunca sacia.
Desnudo quedo en esta nueva hora.
¿Qué cosas pueden dar en esta tierra
la paz que al alma prestas de tu gloria?
Las busca mi querer que tanto yerra,
líbrame, ¡oh Señor! de tanta escoria.
Aquí tras batallar sigue la guerra.
Allá, en tu voluntad, siempre hay victoria.

 

                                   15
 
 
 

Sin ver, por fe, camino solo y ciego
las sendas entre bosques sin abrigo;
la luz y aquel calor que no consigo
me dones de suplico ene este ruego.
Accede consumir tu inmenso fuego
quemando el corazón de éste, tu amigo;
reliquia de tu Amor tendré conmigo
ardiendo por la llama en que me anego.
La noche huirá con su tiniebla;
vendrá la nueva aurora con sus soles
a despejar de mi alma tanta niebla.
Adiós a mis afanes vanos dioles
el ser del nuevo espíritu que puebla
el fuego del que lucen los faroles.
 
 

                                      16
 
 
 

Hay tanto que borrar de todo lo hecho.
El tiempo viejo muere como un mito
alzando en estandarte como un rito
las sombras guarecidas al acecho.
Al nuevo sol, podrás volar del lecho,
echar el paso atrás y leer lo escrito,
volver al escrutar hallar el hito
de amor que aún quedó preso en tu pecho.
El viejo ser que ahora llevas dentro
será escuela enhiesta de un pasado
vivido entre amargura y esperanza
que gira en ti buscando hallar el centro
al cual asir el nuevo dechado
por guía cierta al alma en su mudanza.
 
 

                                      17
 
 
 

En árbol vivo, flor de nueva gracia,
está Jesús, Señor de tierra y cielo,
cosido por amor, ardiendo en celo
de redención que al mundo entero sacia.
Volvió a reverdecer la hoja lacia
caída del paraíso sobre el suelo,
en donde no pudiendo hallar consuelo
se consumía seca en su desgracia.
Jesús, ahora siendo Tú apresado
al mundo liberaste de su muerte;
la Sangre que manó de tu costado
es prenda nueva, vida que liberte
al hombre de la ruina del pecado
gozando la vivencia de tu suerte.
 
 

                                      18
 
 
 

El yugo de saber que Tú me amas
es noche fría envuelta en frío invierno,
boceto del abismo de lo eterno,
alijo del deber que me reclamas.
Es filo de hoja, flor entre la llamas
de un mundo incierto -precoz infierno-
que se desmadejó en un brote tierno;
amor certero del que mi alma inflamas.
Así, entre sombra y soles, hacia el cielo
me eleva lo que tanto a la tierra
me ata, pues anhelo tu morada
amando y suspirando desde el suelo
cubrir la saña imagen de una guerra
que se debate tan en mi velada.
 
 

                                      19
 
 
 

Son para Ti mis versos y mi vida,
y cuanto mi alma crea en el espejo
de lienzo, pinceladas en que dejo
la esfinge de lo eterno concebida.
Y tuya es la canción que nunca olvida
dejar de tu verdad veraz reflejo,
sonata de un romance al que me anejo
trovando tu armonía preferida.
Tener también quisiera en Ti mis sueños
la larga noche bruna en su espesura,
de cuyas horas se hacen pronto dueños
afanes lacios que con su premura
cercenan en mi adentro los empeños
que mi alma por gozar en Ti procura.
 
 

                                      20
 
 
 

Poder dormir quisiera entre tu pecho
y allá besar los labios de tu herida,
buscar la salvación en tal guarida
a tanto mal cerniéndose al acecho.
Hacerme entre tus brazos nuevo lecho
y así poder tornar la noche en vida,
la vida que en la noche di perdida
hiriendo la esperanza en un despecho.
¡Qué surja el nuevo sol e ilumine
la sombra de un ayer, que ya vencido,
dará paso a la luz que mi alma anime!
¡Qué brote el nuevo espíritu nacido
del Ser en cuya entraña se redime
un mundo que a sus pies yace rendido!
 

                                      21
 
 
 

En Ti ya sólo muerte por hoy queda;
desnudo en una cruz -Tú, ¡Dios!, colgado-
tus manos y tus pies han taladrado.
Permite a mi flaqueza que te acceda
a mi alma reparar lo más que pueda,
besar la herida abierta en tu costado,
tomarte entre mis manos abrazado
y hacerte reposar en lino y seda.
Se apaga mi pasión tan encendida
en la caricia fría, adiós postrero,
que de tu cuerpo yerto en despedida
me donas en legado tan certero.
Mi ardiente voluntad quedó herida
tu sangre la templó como el acero.
 
 

                                      22
 
 

Cubrió la flor amada, desde el Cielo,
la estrella eterna, cenit de hermosura,
por ser el fruto que se sí procura
quien vuelva a alzar lo ayer caído en vuelo.
Humíllase acercando hasta el suelo,
previendo de su Gracia hacer tan pura
la nueva flor, celosa criatura,
en quien su ardiente amor halló consuelo.
Misterio de su luz la que fecunda
el rayo que emanó de sustancia;
posada de la idea es la que inunda
de gloria tan recóndita estancia.
Acepta libertad es tan profunda
que complació al Ser en abundancia.
 
 

                                      23
 
 
 

Creaste primorosa criatura
con el barro de la tierra amasado,
en quien primera vez fue reflejado
un ciento de tu tanta hermosura.
Al soplo de tu aliento en su frescura
del alma fue el cuerpo acompañado;
en nuevo ser de espíritu dotado
de tu obra es ejemplo que perdura.
Herencia hiciste dando dote al hombre
de todo ser creado por tu mano;
de dar a cada cual el propio nombre,
según hacía uso tan ufano,
llegó a buscar tejer mallal que asombre
la gloria de tu luz que brilla el llano.
 
 

                                      24
 
 
 

Si antes en la noche no vivía
y ahora es la noche nueva vida,
es que me acerco al punto de partida
y busco ganar el tiempo que perdía.
El brote del amor que el día ardía
dejó tan sólo vahos en despedida,
y en soledad, silencios en la huida
mitigan en la noche la alegría.
¡Qué inciertas se seducen las escenas
opusculares, yertas y cansinas!
¡Qué flácidas las ansias vespertinas!
Demanda la razón fungir las penas
si llegan ya las luces de la aurora.
¡Acorta Dios la espera de tu hora!
 
 

                                      25
 
 
 

Es mi alma quien la noche en paz no duerme
vencida y humillada por el hierro
que la aherroja en este mi destierro
sin fuerza ni poder de que valerme;
y entre la bruma oscura aquí inerme
a la esperanza incierta me aferro
de alzar mi vida de este triste yerro
y asir el ser que quiera sostenerme.
Esclavo del temor que así me puebla
rompime en oración buscando un guía.
La noche más espesa de tiniebla
a solas con mi Dios es luz del día,
y surge entresaliendo de la niebla
la gloria de su ser que me envolvía.
 
 

                                       26
 
 

 
Qué fácil para mi dejar el paso
sería, y volver a las quietudes
del alma entretejiendo las virtudes;
es ese el lento fuego en que me abraso.
Un tiempo que en la vida es tan escaso
reluce en infinitas inquietudes,
y quienes no rebrotan juventudes
se ciernen en las simas del ocaso.
En guerra por la paz el hombre vive,
y herido tras de Ti torna cansina
buscando hallar el bálsamo divino;
tan sólo en tu consuelo se concibe
verter las amarguras del destino,
y así, seguir haciéndose el camino.
 
 

                                       27
 
 

 
Si escribo es porque guías con acierto
mi mano, pues yo solo ni siquiera
boceto de verdad hacer pudiera
pisando como piso en mundo muerto.
En esta fresca sombra de tu huerto,
hallándola del río en su ribera,
me gozo en tu enseñanza tan certera
holgándome de andar en tu concierto.
Un nuevo verbo pones en mi mente
que cercenando toda vanagloria
anida en mí el espíritu ardiente
que ansía del acervo de tu gloria
asir sabiduría de la fuente
que sólo emana glosas de victoria.
 
 

                                       28
 
 

 
Me das la tierra toda por herencia,
mas yo heredar no ansío sino el Cielo,
al ver tu gloria ¿Quién podrá hacia el suelo
tornar los ojos sin que su conciencia
le enoje rehusar tan alta ciencia?
Si aquí se funde el más audaz anhelo,
allá alcanza el alma en su vuelo
palpar la infinitud de tu presencia.
Tu rostro contemplar es cuanto quiero
y en él perder la cuenta de los días
gozándome en la luz de tal lucero;
romper el yugo del que soy prisionero,
y oír en tus divinas melodías
el son de dulce paz que más prefiero.
 
 

                                       29
 
 

 
¿Podrás Señor libar el alma presa
que cansa balbucea tantas veces
tu nombre, por hilar algunas preces
y mitigar el daño que la apresa?
Haciéndola, la hiciste de tu empresa,
y cuanto más en ella el bien creces,
parece que a otras manos la ofreces
dejándola olvidada de tu mesa.
Herida va de muere, con la herida
que la serpiente abrió en su cabeza,
apenas un resquicio de por vida
le queda entre tanta su tristeza,
y si la muerte fue en la Cruz vencida,
¡Cuán mermada es la fe con que te reza!
 
 

                                       30
 
 

 
¿A dónde volará la dulce ave?
¿A dónde volará sino a tu puerto?
¿Pues dónde encontrará reposo cierto
si no es en el Saber que todo sabe?
Ansiando asir en la escondida clave
lo que guarda la ciencia de encubierto,
abandonó su viejo nido yerto
alzado vuelo rumbo a tal enclave.
Cansina va sin fuerza entre sus las
surcando los espacios infinitos,
vahida la razón y la memoria.
Luceros encendidos por bengalas
se apenan en la noche de sus gritos
y alumbran el camino dela gloria.
 
 

                                       31
 
 

 
Si yo deshecho penitente imploro,
postrado en tierra, dones de tu mano,
es por mi condición de ser humano
que busca enriquecerse en tu tesoro.
Pues lo que en mí deslumbra como el oro,
no es sino herrumbre de metal profano,
que ciego y orgulloso muestro en vano
por cubrir mis miserias con decoro.
Aquí te ruego mi premura atiendas,
pues al tiempo que pasa, tan escaso
voy siendo de poder hacer enmiendas
y siento mi altivez y mi fracaso.
Me es que de tu gloria un rayo enciendas
y alumbres de esperanza mi ocaso.
 
 

                                       32
 
 

 
Quisiera ser la cera que siempre arde
y junto a Ti callada se consume,
su vida en dar calor y luz resume,
del alba te acompaña hasta la tarde.
Pues yo me arrugo tanta vez cobarde,
sin nada de valor que mi alma sume
a esta vaga vida que me asume
sin un destino cierto que me aguarde.
La fe de su oración que tan constante
presenta ante tu altar día tras día
le ruego que me preste un instante,
anhelo a una luz tan brillante
fundirme, por rendirte pleitesía.
 
 

                                       33
 
 

 
Al pie de los cipreses, bajo tierra,
tendré al morir mi última morada,
de flores y de mármoles cuajada,
oculta tras el muro que la encierra.
Allí ya, las derrotas de la guerra,
la fama, y la gloria deseada,
hermanas del destierro, serán nada
so manto que sumisas las entierra.
Y a veces que con tanto desconsuelo
no logro alcanzar en este fuero
el don que prometido tanto anhelo,
decaigo de enmendar el mundo fiero,
y alzando la mirada hasta el cielo
alcanzo la razón del por qué muero.
 
 

                                       34
 
 

 
Tornó los ojos Cristo macerado,
y no encontró mirar a su mirada
que diera a su mortal dolor morada
quedando en soledad abandonado.
¡Qué cuerpo para siempre tan llagado!
Es todo él una herida no curada
en ansia redentora abrasada.
¡Por ti! ¡Por mí! La culpa del pecado.
Pendiendo de la cruz desasistido
su faz no encarna odio ni rencores,
de dones y perdones revestido.
Por dar la paz al hombre arrepentido
que torna a renacer de sus errores
tal vencedor murió como vencido.
 
 

                                       35
 
 

 
Conmigo en mis adentros tan profundos
las llagas purifican mis entrañas
y en la corteza sin querer me dañas
con estos mis propensos iracundos;
extraño es para mí portar dos mundos
cada cual tan ajeno de las mañas
que el otro usa por batir hazañas
y enarbolar sus éxitos fecundos.
La tregua que le pide al cuerpo el alma
es la asunción serena del misterio
que al ser la vida impone con su imperio;
y al recobrar la ausente calma,
las noches volverán a ser serenas
dejando en el olvido tantas penas.
 
 

                                       36
 
 

 
Bendita oscuridad la del camino
de amar sin premio de saberse amado,
es cuanta soledad ha reservado
al hombre en su destierro el Ser Divino.
Pues sin tener morada ni destino
aquí ¿por qué gozar de tal agrado
si puede el corazón quedar varado?
Mejor será holgarse en lo genuino;
que cuanto más un hombre se despoja
de aquello que pudiera ser perdido,
más libre dejará que el alma escoja
asir el ciento eterno prometido
en el laurel que el tiempo no deshoja
ni mengua la distancia ni el olvido.
 
 

                                       37
 
 

Nostalgia siento de la fe perdida
aunque tu voz me anuncie que no es tarde,
herida por la fiebre mi alma arde
y se consume incándose rendida.
Quizá entre en el juego de la vida
que tenga que llorar como cobarde
en tiempo, y entre lágrimas aguarde
las manos que me dieran acogida.
Terrible prueba ésta en que me has puesto
pues soy de frágil barro quebradizo
que atisba entre las sombras de lo eterno
algún querer el que prenderme apresto;
mas luego, preso soy por el hechizo
que arruina mis entrañas ¡Hondo averno!
 
 

                                       38
 
 

 
¡Enséñame a callar! Señor ¡Qué calle!
¡Qué sea leal! Que cúmplase conmigo
la pena y dolor que lleva consigo
andar en soledad por este valle.
Y que a la luz de tus luceros halle
reposo, y en tu corazón abrigo
a mi pesar; que tenga en Ti al amigo
que aliente mi velar cuando desmaye.
Que huya de la gloria merecida
y triunfe en la lucha mi silencio,
pues otros gozarán lo que presencio.
Y en tanto, yo callado, en la vida
procure no quebrarme del gobierno
que rige cuanto avino tu amor tierno.
 
 

                                       39
 
 

 
¡Qué solo estás en tu alto cielo!
Morada del lucero, de la estrella,
retablo que recorre la centella
fugaz de algún cometa en raudo vuelo.
¡Qué solos aplastados contra el suelo!
Nosotros contemplamos la tan bella
imagen, y la paz que allá destella
ansiamos encontrar como consuelo.
¡Qué fino hilo de fe a Ti nos liga!
y ¡qué alto! ha de subir nuestro querer
para quererte y de la mano amiga
sentir en nuestro rostro la caricia
de un Padre que se excede en comprender
y olvida la torpeza y la malicia.

 

                                       40
 
 

 
De vez en vez la vida es un soneto,
y treinta y nueve instantes, encendidas
saetas que dejó la pluma hendidas
en el papel lanzándonos un reto.
Tan sólo la razón nos marca un veto:
no escribir las verdades no sentidas,
ni dudas entre sueños concebidas,
cercando nuestras rimas en un guetto.
Salir de mí hacia Ti, en un intento
de ser lo más que un hombre puede ser,
guiado por un formal presentimiento
que apenas entre sombras puedo ver.
Aliente nuestra fe el paso lento,
¡se yergue ya eterno renacer!
 
 

                                       FIN