Águila María

JORGE BOTELLA

Capítulo 1

De pie, con la barbilla apoyada sobre los brazos cruzados que descansan en la barandilla metálica del balcón de su habitación, María, que tras varios años de espera ha conseguido crecer hasta esa altura, ensimismada contempla el vuelo airoso que en el azul del cielo trazan aquellas aves que tanto atraen su atención.

Desde pequeña, cuando comenzó a distinguir que las palabras designaban las cosas que conocía, aprendió de sus padres que esos grandes pájaros asiduos en el paisaje que se divisaba desde su casa tenían por nombre águilas. Desde entonces cada día, durante años, las buscaba con su  vista allá en las alturas del firmamento azul o en el contraste de blancos y grises de las nubes que flotaban en el cielo, donde a veces parecían esconderse para luego reaparecer.

María había nacido y vivía en una granja situada en la ladera que remontaba sobre el núcleo de la población. Al otro lado del torrente, un macizo rocoso favorecía que águilas y otras aves rapaces anidaran protegiendo en las oquedades los nidos donde criaban sus polluelos. La hacienda, que sus abuelos habían levantado, consistía en un caserío en la que en la planta baja se alojó al ganado y la planta superior estaba destinada a vivienda. Más tarde, los padres de María habían edificado junto al lindero de la finca una  nueva construcción para albergar los animales, almacenar forraje y guardar la maquinaria que había sustituido a los antiguos aparejos. Esa construcción permitió reformar la vivienda, a la que se destinó también la planta baja, situando en ésta la cocina, la despensa, el comedor, un agradable y soleado cuarto de estar; por la nueva escalera, con barrotes de madera torneada, se subía a las reformadas habitaciones y los baños de la planta superior.

María, que era la hija única del matrimonio, se había criado jugando con los perros, mimando a los gatos, dando de comer a las gallinas del corral, viendo nacer los terneros, ordeñando las vacas, persiguiendo lagartijas e intentando cazar todo clase de insectos. A ella le alegraba cuando en verano sus primos venían algunas semanas a hospedarse en la casa, porque tenía compañeros con quien jugar e ir a bañarse en alguno de los remansos del torrente. Durante los meses de clases bajaba a la escuela, y con frecuencia se quedaba a jugar en casa de algún compañero hasta que su padre la recogía, antes de oscurecer, para cenar temprano, como tenían por costumbre. No obstante, lo que a ella más le agradaba era que vinieran a su casa las amigas para mostrarles sus habilidades en el cuidado de animales. Ocasión con que su madre las agasajaba con viandas de temporada que preparaba con los productos naturales que la granja surtía.

De los atractivos rústicos que su entorno le ofrecía, el preferido de María era la observación de las aves. Todos los demás animales se parecían a las humanos en que se sostenían sobre patas o reptaban por el suelo. Los escasos peces que a veces María veían en las charcas que hacía el arroyo no la atraían porque apenas se dejaban ver, ya que en cuanto se sentían observados escapaban a esconderse entre las piedras. Sin embargo encontraba grandioso que las aves en el cielo permanecieran libres de servidumbre a las personas, volando a su antojo tantas horas como quisieran, dando señal de su señorío e independencia. Los parajillos de entre los árboles la encantaban con sus trinos; y a María la enfadaba sobremanera que hubiera algunos chicos que se divirtieran intentando cazarlos, lo que con frecuencia conseguían. Ella les reprochaba que lo hacían por envidia de no estar capacitados para volar, por lo que se ganaba las risas de sus compañeros de juegos.

Todas la mañanas, antes de preparar la mochila para ir al colegio, tras los cristales de las puertas de su balcón contemplaba si ya estaban las águilas surcando los espacios. Cuando no era día revuelto de lluvias o tormentas sus aves vecinas acudían con más asiduidad a su vuelo matinal. María había llegado a contabilizar seis águilas, y aunque no distinguía en ellas sino el matiz del tamaño, de tanto observarlas había terminado deduciendo que formaban parejas las que compartían su guarida en paz. Cuando regresaba pronto del colegio solía pedirle a su madre que le dejara utilizar los prismáticos, lo que esta sólo consentía cuando estaba segura de que María había hecho los deberes que le señalaba cada día la maestra. En esas ocasiones era cuando aprovechaba para curiosear entre las rocas cuáles de las cuevas eran las que  los águilas habían elegido como refugio, de modo que descubiertas pudo distinguir la cabeza de algún polluelo en el nido, e incluso --días de suerte muy especial-- contemplar como sus padres las alimentaban de pico a pico.
 
 

Capítulo 2


El interés de María por las águilas no se relajó con el paso de los meses, sino que cada vez con más sentimiento las observaba, sintiéndose cada día más identificada con la vida que hacían. Soñaba algunas noches que podía volar con ellas cerca de las nubes; cuando despertaba no podía recordar la manera por la que conseguía volar, si sus brazos y piernas funcionaban como alas al modo a como había conseguido en el agua mantenerse a flote y avanzar nadando, o si le crecían temporalmente unas alas prestadas, lo que sí recordaba bien eran las espectaculares vistas de la tierra desde el cielo que había compartido con aquellas aves.

Esos sueños animaban la ilusión que cada día, asomada al balcón, consideraba de encontrar la manera de volar. Ella sabía bien que las personas humanas no podían volar sino con la ayuda de sofisticadas máquinas que las impulsaban hacia el cielo. Pero no perdía la esperanza de que, como en los cuentos, un encantamiento la permitieran volar, al menos una vez; mejor, un ratito cada día, pues si sólo disfrutaba de una única experiencia creía que sentiría más pena de no poderlo volver hacer que ni nunca lo hubiera probado.

Con sus padres y amigos María se guardaba bastante de comentar esa inquietud, en parte porque su propósito de conseguir volar con las águilas era algo que parecía tan milagroso que no podía ser generalizado para muchos, así que no consideraba compartir esa ilusión con cualquier otra persona. Como en todos sus sueños era ella la única que disfrutaba del privilegio de volar, la hacía única y especial en poder contemplar a los demás reduciendo su tamaño según ella se elevaba más y más, por lo que si esos sueños desembocaban en una realidad podría desde la altura incluso contemplar algo de la vida que los demás del pueblo hacían en sus patios, por lo que pensaba que lo más adecuado sería que su cuerpo tuviera la forma de una más de las aves, así nadie se podría sentir molesto porque ella supiera lo que hacía de puertas para dentro de su huerto o jardín. Pero lo más importante para ella era aprender las costumbres de la vida de las aves, como se las arreglaban para comer, atender a sus crías, comunicarse entre ellas, enseñar a volar a sus polluelos... En ese momento se dio cuenta de que ella quizá también tuviera que aprender a volar, porque, aun teniendo las aves alas que las sostuvieran en el vacío desde que nacían, debía ser complejo realizar todas esas  operaciones de remontar los vuelos, acercarse a los cortados de las rocas o lanzarse presurosas a sorprender a sus presas. Evidentemente tendría que aprender a volar, pero si las aves que eran mucho más pequeñas que ella lo lograban, con mayor razón ella lo conseguiría sin mayor dificultad; aunque eso de mantenerse en el aire sin apenas batir las alas le parecía que encerraba algo de la magia especial que poseían las aves que era la que necesitaba para alcanzar su propósito de ser como una de ellas.

Un día del verano, mientras sus padres echaban una cabezada tras la sobremesa, María apoyada sobre la baranda de su balcón pensaba en cuándo llegaría el día que volara. Ocupada en ese pensamiento su mente, consideró que su problema es que no se concentraba con suficiente fuerza en conseguir su deseo, por lo que acto seguido cerró los ojos y con toda la fuerza de voluntad que pudo concentrar comenzó a exigir a quien gobernara el destino de los niños que atendiera su deseo de alcanzar la facultad de ser como las águilas. ¿Si para ello tuviera que perder los brazos reconvertidas en alas? Lo aceptaba. ¿Si sus piernas se transformaban en unas cortas patas? Lo aceptaba. ¿Un cuerpo mucho más pequeño recubierto de plumas? Lo aceptaba porque consideraba que era la condición indispensable para poder elevarse del suelo. ¿Hacerse a la aventura de formar su propio nido y abandonar a sus padres? ¡Qué dilema! Porque ella no quería causar el dolor a sus padres de que la dieran por perdida. Eso no, tenía que encontrar una forma que posibilitara irse sin que los suyos la echaran de menos. Pero ¿cómo podía casar dos cosas tan contrarias? En cualquier caso tenía que hallar la forma posible, pues no estaba dispuesta a perder su fantasía ahora que parecía tener la decisión suficiente de su fuerza interior para lograr hacerla realidad. Concentró toda su posible imaginación y concibió dividirse entre la audaz María que privilegiaba su imaginación y la María que compartía la rutina de aprender e imitar lo que veía hacer a los demás. La parte de ella que gobernaba su carácter e ilusión es la que merecía disfrutar de la aventura de probar una tan distinta forma de ser, mientras la que se avenía a las formas que imponían los demás no la iba a necesitar allá.

Con esta resolución se concentró tanto en hacerla realidad que al poco rato sintió como sus manos apoyadas sobre el tubo de hierro superior de la barandilla se aferraban a la misma con una fuerza inusitada, percibiendo como sus brazos se reducían de tamaño mientras los dedos se convertían en fuertes garras que progresivamente soportaban como su cabeza y su cuerpo se elevaban sobre el borde de la barandilla al tiempo que reducían su tamaño surgiendo de sus costados unos nuevos miembros que pensó ¡eran sus alas! Su cuerpo y hasta sus cortas patas se revistieron de plumas y allá se reconoció como una águila posada sobre la barandilla de su balcón. Giró su cabeza y vio como su otro yo se desvanecía sobre el suelo, pero sin ninguna compasión se dispuso a volar.
 
 

Capítulo 3


Águila María extendió sus alas sin tener plena convicción de qué debía hacer para volar. Miró a cada uno de sus lados y quedó impresionada por la longitud que desplegaban, tras el primer aleteo sintió cómo se apoyaban sobre un elemento que se resistía al batido, sin más duda se inclinó hacia adelante al tiempo que proyectaba sus alas sobre al aire y percibió como si se apoyaban sobre un elemento etéreo pero resistente, sobre el cual, con un movimiento instintivo, intentó ganar altura apoyándose sucesivamente con continuos batidos de aleteo que le permitían mantenerse en el vuelo e ir ascendiendo con la misma inseguridad que de pequeña había aprendido a subir los peldaños de las escaleras.

El padre de María al ruido del aleteo en la balcón se despertó de la cabezada que estaba dando en el sofá. Su primera impresión tras el ruido que percibió es que procedía del exterior, como si un gran pájaro estuviera revoloteando en la zona de la fachada del edificio. Sin levantarse miró hacia la ventana, percibiendo la instantánea de una ave rapaz que huía desde la fachada del edificio. Se aproximó a la ventana, y distinguió un águila que remontaba un vuelo indeciso, sobre el tejado de la casa, alejándose hacia el bosque de atrás. Tuvo el presentimiento que algo podría haber atacado a su hija, y se dirigió por la escalera hacia la habitación de María. Al entrar no vio a la niña sobre la cama, y mirando hacia la puerta del balcón descubrió que estaba abierta y a ella sentada en el suelo. Cuando se aproximó, ella lo miró y le sonrió con inocencia; a continuación se incorporó y le contó que se había quedado dormida sentada en el suelo con la espalda apoyada en los barrotes, la había despertado el levantar vuelo de un águila que al parece ser se había posado en la baranda; se había asustado un poco por lo infrecuente que era que se acercara una de esas aves a la casa, pero que superado el momento de intranquilidad había podido ver como se alejaba con vuelo dubitativo como si tuviera alguna dificultad para volar, hasta que la perdió de vista cuando superó la vertical del alero de la cubierta. Quizá, le comentó a su padre, estuviera herida o fuera una cría en sus primeros vuelos.

Águila María sentía que volar costaba esfuerzo, especialmente cuando quería ascender de altura, era tan exigente como correr, cuando ella siempre había pensado que los pájaros lo hacían con la facilidad con que se paseaba. Remontó sobre las copas de los árboles alejándose de las últimas casas del pueblo hasta que divisó unas rocas que consideró le servirían para probar la acción de posarse y reposar un rato. Un tanto insegura redujo la velocidad del vuelo y fue aproximándose sobre las peñas complaciéndose en mantenerse en el aire y descender suavemente con la sola extensión de las alas, como si fueran un seguro paracaídas. Una vez afianzada en firme sobre sus patas, ensayó plegar y desplegar las alas unas cuantas veces hasta que consideró dominada la rutina. Águila María estaba tan centrada en su novedosa realidad que olvidó por completo de que se había ido de casa; ni siquiera tuvo un pensamiento para considerar qué quedaba de ella en la casa y si sus padres se darían cuenta de que una parte de ella se había perdido. En este momento sólo consideraba cómo lograr volar de modo seguro y rápido para ascender lo más posible. Dudaba de cómo resistiría en las alturas si le llegaba el agotamiento de repente, como le ocurría cuando corría demasiado y tenía que pararse, pues allá arriba en los cielos no iba a encontrar un lugar donde posarse y reponer fuerzas, como lo estaba haciendo ahora. Decidió que tenía que probar haciendo vuelos rasos sobre las cumbres de la montaña, de modo que tuviera al alcance de la vista un posible lugar donde descansar si aparecía la fatiga.

Pronto descubrió el secreto de su nueva especie, pues en cuanto siguió una corriente de aire comprobó de qué manera sus extensas alas funcionaban como planeadoras que la mantenían en el aire sin apenas tener que poner ella esfuerzo pasa sostenerse; algo así a como había aprendido a sostenerse horizontal a flote sobre la superficie del agua sin apenas hacer movimiento. Realmente no estaba ella muy equivocada cuando consideraba que volar era sencillo y apacible. Relajada en esa forma de vuelo contempló por primera vez desde la altura de las nubes la perspectiva de la superficie de la tierra como si se tratara de un mapa con abundancia de detalles, aunque le costaba descifrar qué en concreto se correspondía con cada uno de ellos. Intentó localizar su pueblo, pero le costaba orientarse, así que pensó que ese primer día debía tomárselo con calma y fijarse sólo en dónde encontrar antes de que se fuera la luz un buen resguardo para pasar la noche. Eligió desde la altura un conjunto de peñas situadas en la espesura del bosque, casi en la cumbre de la sierra. Cuando se acercó comprobó la existencia de algunas oquedades en sus juntas en las cuales podría resguardarse a su satisfacción. Se posó en una pequeña repisa con la habilidad que estaba cogiendo en tan poco tiempo. Se acurrucó y, mientras pensaba que al día siguiente tendría que buscar una guarida fija en zona más segura, sintió algo de hambre, por lo que decidió que al día siguiente tendría que emplearse en buscar alimento. También pensó que debería buscar otras águilas para intentar establecer con las mismas relaciones de vecindad. Mientras todas estas cosas le venían a la cabeza, se quedó profundamente dormida.
 
 

Capítulo 4


En el día siguiente Águila María satisfizo sus ansiadas esperanzas de volar con plena libertad. Lucía brillante el sol, sin nubes ni calina, con lo que la visibilidad que se ofrecía a sus ojos era perfecta. Su primera impresión, que en el ajetreado día anterior preocupada por sostenerse en el aire le pasó casi desapercibida, fue el gran ángulo de visión que sus ojos le ofrecían del paisaje; la doble focalidad de sus ojos le permitía divisar al mismo tiempo lo que se le ofrecía al frente y a los laterales, algo que, aunque le costó un poco adaptarse, la sorprendió gratamente, pues no sabía que ello pudiera ocurrir. Así, su mente pasaba de disfrutar del placer del sereno planear, sintiendo el suave masaje del aire en el rostro y las plumas que cubrían su cuerpo, a satisfacerse con la visión de los montes, los valles, los caseríos, los caminos, los rebaños y cuanto a cada instante descubría como una inmensa novedad al ser captado desde la perspectiva cenital.

Con la intención de divisar la que había sido su casa, procuró adivinar cuál de los pueblos que advertía desde las alturas podría ser el suyo. Para ello se dejaba caer desde la altura para contemplar con más detalle si las construcciones que distinguía le eran familiares. Buscaba la vaguada que pudiera acoger la garganta en cuyas pozas tantas veces se había bañado y divertido con sus amigos. La dificultad era que casi todos los cursos de agua se parecían, las sierras se asemejaban y los bosques eran prácticamente idénticos, por eso decidió tomárselo con calma y visitar cada uno de los pueblos, memorizándolos en sus detalles para no repetir cada una de esas inspecciones. Aunque se llevaba una cierta desilusión cada vez que comprobaba desconocidas las principales edificaciones de un lugar, no por ello se apuraba, pues estaba disfrutando de conocer cada uno de los lugares próximos a donde creía que se encontraba la casa de sus padres; de esta manera, se decía, que iba teniendo conocida la vecindad.

En estos vuelos estaba, cuando su instinto la alertó de la presencia de un corderillo lechal que se había alejado algo del rebaño. Eso le recordó que no había comido desde el día anterior, y sería bueno alimentarse. Sus ojos no se apartaban de su posible presa, pero cuando iba a lanzarse en picado sobre ella para atraparla con sus garras se le cruzó un pensamiento de ternura y compasión hacia el inocente animal. Águila María sufrió una contradicción entre su nueva condición animal y la anterior condición humana que pervivía en ella: Conocía cómo los corderos los criaban los hombres para su sustento, pero ella siempre había sufrido cuando su padre sacrificaba a cualquiera de los animales que había visto nacer. Ahora la realidad que le correspondía era que ya no tendría un plato cocinado para alimentarse, por lo que debería buscarse el alimento, como sabía que lo hacían lobos, zorros, urracas, culebras, etc. El problema no afectaba sólo a esa sensibilidad por la compasión sobre un animal indefenso por su ingenuidad, sino que también se le añadió a esa consideración si podía apoderarse de una cría de un rebaño ajeno, porque la educación recibida la había enseñado a respetar la propiedad de los demás igual a cómo en su casa querían que nadie les robara las propias. Mientras se entretuvo con esas cavilaciones, uno de los perros pastores se acercó a reconducir al corderillo junto al resto del rebaño. Águila María comprendió que por el momento había perdido la posibilidad de llevarse un bocado al pico. Consideró que si lo que descubría era un pequeño animal salvaje, podría reducir sus escrúpulos éticos a la mitad; incluso, pensó, si lo que se le ofrecía como presa fuera uno de esos topillos que tanto dañan a las cosechas estaría haciendo una buena labor para los agricultores, aunque ¿no tenían los topillos también derecho a vivir? Con esas incertidumbres continuó su vuelo, consolándola el agradable sentir del ligero viento que acariciaba sus alas.

Descansó un rato sobre una gran roca que coronaba un monte, desde cuyo lugar le pareció que el curso del agua que discurría al fondo de la vertiente contraria, de por donde se había aproximado, le era familiar. También reconoció en las rocas de la montaña opuesta nidos de águila como los que incansable contemplaba desde su habitación. Dedujo que había dado con su pueblo, que debería estar situado en la falda del monte donde se encontraba aunque, por la curvatura de la cima, desde esa posición no podía contemplar los tejados ni la torre de la iglesia que le confirmaran su presentimiento. Se olvidó del hambre, que un rato anterior la consumía, por al ilusión de ver su casa y saber de los suyos. Levantó vuelo y planeando en silencio sobre las copas de los árboles fue perdiendo altura. Al poco rato comenzó a divisar algunos tejados, entre los que deberían encontrarse el de la casa de sus padres, pues ellos ocupaban una vivienda edificada a mayor cota que la de sus vecinos, lo que a Águila María debería facilitarle su localización. Efectivamente a los pocos minutos desde el aire descubrió las indudables formas de la pequeña finca: la casa, los establos, el patio, ¡su balcón! Observaba desde una altura prudencial, volando circularmente, lo que no le impedía con su portentosa vista ir identificando detalles que la llenaban de emoción: Ropa suya tendida en el patio, la leña apilada para el invierno en el cobertizo, el mastín tumbado en el porche, la ventana de la alcoba de sus padres entreabierta, la jaula del jilguero sobre la pared exterior de la cocina. Todo le era tan familiar, ya que nada había cambiado en las pocas decenas de horas que llevaba fuera de la casa; pensándolo se dio cuenta que la única que había cambiado era ella, por lo que considerándolo decidió sobrevolar el colegio por saber si podría saber algo de su media María que había dejado en tierra.

Sin perder altura en el vuelo, buscó con la vista el edificio del colegio. Los alumnos estaban en el recreo que seguía al almuerzo. Los más pequeños se perseguían corriendo, otros jugaban al fútbol y los mayores formaban corros en los que hablaban y gesticulaban como si estuvieran tratando asuntos de vital importancia. Pegado a la fachada posterior del edificio había un banco corrido de piedra, allá solitaria distinguió a María, con la cabeza baja, como ausente de lo que ocurría a su alrededor. Águila María no comprendió por qué hoy no jugaba con los demás.
 
 

Capítulo 5


Los padres de María observaron que desde aquel pequeño incidente en que el águila se acercó al balcón de su hija ésta había dado un cambio radical en su vitalidad, de modo que ahora parecía como si tuviera pereza para realizar cualquier cosa; mientras que antes estaba continuamente dispuesta a ayudar, opinar e intervenir, incluso cuando no se la requería expresamente. Parecía presa del aburrimiento y la apatía, como si una densa dosis de soledad la embargara de continuo. Sus compañeros en el colegio apreciaron algo igual, pues no participaba en los juegos como antes, y cuando lo tenía que hacer por disposición de la maestra intervenía fallando de continuo en la habilidad que le tocaba ejercer. Ella se excusaba ante todos con la simplicidad de decir "que no tenía ganas", las mismas que su madre apreciaba que le faltaban a la hora de comer.

Cuando su padre le preguntaba sobre si el águila la había asustado, ella respondía que estaba dormida, y no se había dado cuenta de nada; lo que su padre tenía que aceptar, aunque con cierta duda, pues cierto era que la encontró desperezándose en la terraza cuando él acudió a asomarse a la habitación alarmado por el ruido del revoloteo de alas. La madre se quejaba de que era como si su hija hubiera de repente perdido el alma, pues no se quejaba de ningún dolor ni contrariedad física, siendo sólo esa nueva apatía la que la diferenciaba a como siempre antes había sido. Alarmados tras unos días de incertidumbre decidieron visitar a un médico especialista para que le diagnosticara qué podía pasarla.

El doctor, una vez que detenidamente escuchó los síntomas que apreciaban los padres, les hizo muchas preguntas sobre el carácter de su hija, quienes le respondieron comparando concretamente cómo se comportaba antes y después en cada una de las muchas situaciones que relataron. El especialista, tras interiorizar todo lo que los padres le habían indicado, escuchó a María en lo poco que ella se expresaba, pues a las preguntas que el doctor le hacía para sonsacarle criterios respecto a su estado de ánimo ella respondía con monosílabos o poco más. Luego le hizo realizar pruebas de habilidad intelectual, de memoria, de coordinación, de reflejos, e incluso le pidió que le contara el cuento que más le gustara. María respondía con educación, pero sin interés, como si la cosa no fuera con ella; el cuento que escogió lo resumió en cuatro o cinco frases.

Tras todas las pruebas, el médico diagnosticó que María padecía depresión infantil; enfermedad que no identificaba como consecuencia de ninguna circunstancia especial, lo que no dejaba de sorprender a todos por haber sido tan repentina su aparición. No presentaba trauma neuronal, los análisis no reflejaban carencias de importancia, sus constantes era perfectas, todos los sentidos funcionaban correctamente, por lo que no se podía achacar la enfermedad a otra cosa más que a una complicación sicológica. Su recomendación fue aplicar unos fármacos y esperar, ya que, sentenció: "Estas enfermedades se curan igual que vienen, sin que sepamos bien por qué". La familia pensó que puesto que el doctor tenía que dar un diagnóstico, lo dio, pero sin quedar convencidos ni de su acierto, ni esperar eficacia de la medicación.

Águila María pasaba muchos días sobrevolando la casa y el colegio, donde reconocía como María permanecía las más de las veces alejada de los compañeros, de forma tan distinta a cómo anteriormente ella se relacionaba con los demás. Es cierto que también anteriormente le gustaba pasar esos ratos contemplando desde su balcón la naturaleza y especialmente el vuelo de las aves, pero ahora, incluso cuando observaba a María tras la barandilla la hallaba siempre sentada y recogida en sí, sin ni siquiera distraerse en contemplarla a ella cuando se aproximaba planeando a una distancia que anteriormente hubiera sido un deleite para su pasión. Eso le contrarió bastante a Águila María, porque ella había abrigado la ilusión de que convertida en ave sería la admiración y la envidia de todos los demás, pues podría satisfacerse haciendo realidad el volar y contemplar el mundo desde esa nueva dimensión, algo que ella consideraba una victoria sobre el inconformismo de los seres humanos con su realidad. De hecho, los primeros días que sobrevoló su pueblo se enorgulleció con el giro de la cabeza que deteniéndose la gente hacía para contemplarla, pero más tarde comprobó que, ya acostumbrados a su presencia, apenas le echaban una mirada de reojo.
 
 

Capítulo 6


Águila María encontró una satisfactoria oquedad entre las rocas de las montañas que había al otro lado del torrente que discurría a las afueras  de su pueblo para establecer su refugio. A él conducía las presas cazadas para su alimentación. Admitía de no muy buena gana la carne de esas piezas que minutos antes corrían campo adelante; en primer lugar porque le daba pena matar a otros animalitos, pero también porque la resultaba una dieta monótona, sobre todo comparada a los agradables y variados guisos que se madre le hacía en casa.

Ya sabía por adelantado que en aquellos parajes donde fijó su nido había otras parejas de águilas. Cuando se habían cruzado volando había advertido plena indiferencia, al mismo tiempo que constataba cómo las parejas que criaban se entendían para alimentar a las crías y no dejarlas solas en el nido durante ningún momento. Esa preocupación por los suyos agradó a Águila María, considerando que sus vecinos deberían ser seres sociales con los cuales le convenía mantener buena relación, pues podrían transmitirle muchos secretos de la especie. Así que decidió chillarles amablemente cuando se los cruzara volando y acercarse a sus nidos para saludarles.

Como probó que su garganta le permitía articulas media docena de sonidos diferentes, se planteó para qué utilizarían las águilas cada uno de ellos, cuál sería una señal de alarma, con cuál indicar dónde había alimento, cuál se usaba como reclamo de amor, cuál era un toque de atención para las crías, y así se percató que tendría que aprender aquel lenguaje si quería mínimamente relacionarse con los otros ejemplares de la especie. Decidió probar cada uno de ellos para mostrar su afabilidad con los demás, pero para no equivocarse lo empleaba uno a uno con poca intensidad cuando había cierta proximidad en sus vuelos, y así estudiaba la reacción a cada uno de ellos. Aquello le costaba mucho más que haber aprendido a cazar alimento, pues aunque ella chillaba no recibía contestación de los demás; era como si no la entendieran o no la atendiesen, por lo que empezó a temerse que no iba a ser bien aceptada.

Su presagió lo vio confirmado cuando intentó acercarse a uno de los nidos vecinos. Aunque ella había elegido su guarida alejada de cualquier otra familia, pues nunca había visto convivir varias parejas, unos padres con polluelos tenían su nido a un par de cientos de metros, lo que su vista le permitía observarles con curiosidad sana de aprender algo de sus comportamientos. Al cabo de un tiempo, como no había recibido ningún ataque de los otros se consideró bien acogida, de tal modo que su buen ánimo la empujó a rendirles una visita de cortesía.

Eligió la primera hora de la tarde, en la cual la pareja se juntaba en el nido, siempre uno de ellos observado el exterior por si se cernía alguna amenaza. Y eso es lo que Águila María apreció cuando volando serenamente se aproximó al nido vecino. El águila macho se irguió sobre sus patas y entreabrío sus alas, como para desperezarse y tomar una  posición defensiva que le permitiera volar al segundo si fuera necesario. Al tiempo escuchó un chillido que parecía dirigido a su pareja, que podía ser de aviso, y a continuación otro mucho más potente que Águila María comprendió iba dirigido a ella como advertencia disuasoria, así que respondió con el chillido más cándido que creía poder hacer, como para indicar que venía en son de amistad, al mismo tiempo aleteaba sus alas como si estuviera contenta y su mirada era de lo más cordial. Como en la repisa de roca que daba acceso al nido había hueco para posarse, pensó que era lo más acertado, y así mostrar que no pretendía atacar, robar comida, ni nada por el estilo. Según lo iba a realizar sintió cómo la garra de su vecino se levantaba contra ella al tiempo que con el pico abierto intentaba agredirla. Águila María tuvo la agilidad de dejarse deslizar por la superficie de la roca hacia abajo en vez de posarse, de modo que pudo esquivar el ataque de su agresor.

A partir de aquel momento entendió que si quería trabar un mínimo de amistad con las demás de su especie iba a necesitar mucha astucia, ya que sin conocer su lenguaje le era casi imposible transmitir sus buenas intenciones. En ese momento empezó a darse cuenta que no era tan sencillo como había imaginado adaptarse a una especie distinta de en la que se nace.
 
 

Capítulo 7


Todas esas dificultades que empezaba a padecer Águila María las olvidaba cuando se elevaba en el cielo y pasaba horas y horas trazando inmensos círculos en el cielo, mientras se deleitaba contemplando los maravillosos detalles que le ofrecía la superficie terrestre. Se podría pensar que eso debería resultarle monótono, pero ella descubría cada día detalles que antes le habían pasado inadvertidos. Rebaños de cabras silvestres, descubrir las guaridas de los jabalíes, las carreras de los ciervos tras las hembras, el incansable trote de los potros, el tren escondiéndose en el túnel, las ardillas trepando a las ramas, los chorros que descolgaban los saltos de agua, el trasiego de los labriegos e infinidad de detalles que colaboraban a que Águila María se distrajera tanto que se sintiera compensada de las horas de soledad en su nido cuando caía el sol y la oscuridad se adueñaba de valles y montañas.

En sus vuelos había descubierto que una persona subía desde el pueblo hasta unas chozas disimuladas en medio del bosque donde guardaba pertrechos de caza, cepos, trampas y algunos otros artilugios que Águila María no sabía que utilidad podrían tener, aunque habiendo observado los hábitos del cazador no pensaba que pudieran ser nada especialmente favorable para los animales del bosque. Además aquel hombre había montado un entramado que le servía de secadero para las pieles de los cuerpos que apresaba en la caza. Un día Águila María observándole interiorizó cómo esa persona utilizaba su ingenio para cazar muchas más piezas de las que podían consumir, lo que sin duda hacía para vender a buen precio la carne y las pieles de los animales que mataba. Aquello realmente suponía una clara competencia para el esfuerzo que cada animal tenía que realizar para conseguir una víctima a base de ser más ágil y rápido que su presa. Ese descubrimiento animó a Águila María a buscar el modo en que ella podría arrebatarle las piezas al cazador, de modo que así despejaba de su conciencia el pesar ético que le quedaba cada vez que atrapaba a un animal para su sustento. En este caso pensaba que robarle la presa al cazador no suponía ningún desorden ético, ya que el otro era quien en primer lugar robaba, además de la tranquilidad al campo, sus piezas a la naturaleza.

Así Águila María se afanó en visitar al alba aquellos lugares donde su competidor ponía los cepos y los lazos, arrebatándole las presas atrapadas que acababan o estaban a punto de morir. Cuando otras águilas advirtieron que su vecina cada mañana en poco tiempo regresaba con alguna captura, se admiraron de su eficacia, de modo que decidieron seguirla en sus vuelos para conocer dónde se surtía con tanta facilidad. Cuando Águila María observó cómo la seguían, no se incomodó, sino que comprendió que podía ser una buena manera de trabar esa amistad que se le resistía. Así la siguiente pieza que descubrió atrapada en un lazo no la atacó, sino que posada en la copa de un árbol chillaba a la otra águila que la había seguido para atraerla a que descubriera su posible presa; cuando el águila vecina se posó frente a la deseada captura, y Águila María levantó el vuelo, comprendió aquella que le cedía adueñarse de la liebre que yacía en la agonía presa por el cuello en la trampa.

Cuando el cazador descubrió que quienes competían con él por la caza eran las aves rapaces, no se sorprendió, porque también admiraba el instinto de esa aves de alas majestuosas que surcaban el cielo. No obstante, consideró que tenía que salvar su negocio y buscar el modo de escarmentarlas para poder seguir proveyendo a sus clientes de la carne y pieles que desde hace años obtenía con la caza.

En las cumbres de las montañas había surgido un mejor entendimiento entre las varias familias de águilas que poblaban las cornisas y los entresijos que formaban las rocas en los cortados. Habían pasado de considerar a Águila María como una incómoda invasora de sus dominios, solitaria y extraña, a ser una cortés compañera de especie. Más de una vez Águila María había proveído de comida a otro nido si ella había apreciado que por las circunstancias diversas sus compañeras no tenían alimento para darles a las crías. Esos hechos reforzaron la consideración que las demás le tenían, ya que al principio esa especial astucia que demostraba generaba que fuera objeto de envidia.
 
 

Capítulo 8


Una tarde salió de su nido Águila María a volar sobre los bosques aledaños a la garganta que discurría a los pies de la montaña donde se hospedaba. Eran las horas previas a la puesta del sol, momentos que ella disfrutaba para satisfacer la vista con los cambios de luz que se iban produciendo paulatinamente al dejarse caer el sol tras los montes que perfilaban el occidente. La vista desde las alturas permitía apreciar desplazarse la tenue sombra que difuminaba los contrastes de luces, oscureciendo el ambiente como si fuera un paño de gasa gris que se extendiera sobre la superficie de campos, poblaciones y caseríos; mientras todo ello lo contemplaba, Águila María alternaba su mirada para deleitarse con los intensos rojos con que los últimos rayos de sol coloreaban la atmósfera.

En esas horas del atardecer los animales solían salir a buscar alimento, saciar su sed y entrenar sus músculos haciendo correrías con que mutuamente se asustaban las diferentes especies que compartían territorio. En ese correteo los más ingenuos podían quedar atrapados en alguna de las disimuladas trampas que les preparaban los cazadores; lo que también en algunos casos favorecía que los depredadores dieran cuenta de esas víctimas como presa fácil puesta a sus pies.

Águila María, tras saciarse de contemplar desde las grandes alturas la puesta del sol, descendía a comprobar si ese día la suerte la favorecía para hacerse con alguna de las presas antes que el cazador las pudiera retirar para su provecho. Con su afinada mirada escrutaba la superficie del monte entre los claros que las copas de los árboles dejaban. Para su suerte ese día descubrió, al borde de un rodal de arbolado, entre los arbustos una cría lechal de jabalí agonizando presa por una pata en uno de los cepos plantados por el cazador. No era habitual descubrir una pieza tan apetitosa, por lo que acto seguido descendió hacia ella con la clara resolución de arrebatársela al cazador antes que éste pudiera disponer de ella. Se posó en un pequeño claro y revisó con su vista si pudiera haber algún otro animal acechando en el entorno. Cuando se sintió sola y segura, se acercó caminando con sus cortos pasos hasta la víctima, y comenzó con su pico a cortar la parte apresada para poder disponer del resto y trasladarlo hasta su nido. En este menester estaba cuando de pronto el suelo se abrió bajo sus patas y cayó en un hoyo con su víctima entre las garras. Cuando quiso reaccionar comprobó que no tenía espacio alrededor donde desplegar sus alas y poder encontrar un modo de huir. Se aferró con el pico a una de las ramas del entramado que había cedido, pero la rama se venció hacia el hoyo en vez de ayudarla a incorporarse y alcanzar el borde de aquella oquedad. Tan entregada había estado a hacerse con la cría del jabalí que no percibió el mal que se acechaba contra ella. A los pocos minutos sintió como una red se extendía sobre la boca del hoyo en que se encontraba, cerrando toda posibilidad de huida. En ese momento se dio cuenta de que la trampa estaba montada para capturarla a ella, y no para una más de las muchas piezas que perseguía el cazador. Intentó incorporarse para luchar por su libertad, pero le era difícil moverse en la posición en que se encontraba. Reconoció que había sido cazada como una ave ingenua, y eso la hirió en el orgullo, pues se consideraba la más sagaz de todas las águilas del entorno.

Un hombre entrado en años con las extremidades forradas en guantes de piel gruesa se apresuró a introducir la red en la oquedad intentando con sus manos enrollar la red sobre la pieza de caza, de modo que no pudiera dañarle con el pico o las garras, ni desplegar las alas al sacarla de la trampa. Se la veía persona acostumbrada a esos menesteres, pues todo lo tenía previsto y lo hacía con bastante seguridad. De este modo, en pocos minutos tuvo a Águila María neutralizada de defenderse y atada para transportarla a sus espaldas por los senderos del monte sobre los que había caído casi por completo la oscuridad.

Águila María sabía que por lo general las águilas estaban tan bien consideradas por los hombres de aquellos parajes, que raramente las mataban, antes bien solían conservarlas durante un tiempo como trofeos vivos de su talento cazador, luego las vendían si alguien las demandaba o las dejaban volver a la libertad cuando se cansaban de mantenerlas. No obstante ella sabía que lo más probable era que el cazador la estuviera persiguiendo porque le arrebataba el beneficio de trabajo, por lo que en ese caso sería probable que la hiciera perecer como escarmiento.
 
 

Capítulo 9


Al día siguiente Águila María se vio anillada por una de sus patas a una cadena en un rincón de un patio donde apenas podía caminar un par de metros. Evidentemente no podía volar, aunque le quedaba el recurso de estirar sus alas como si fuera hacerlo. Se avergonzó de sentirse degradada, como si fuera una gallina, a la condición de ave de corral; cuando ella había tan ardientemente deseado gozar de la libertad de los más altos vuelos, se veía reducida a una vida insulsa, en la que todos sus anhelos se habían esfumado. Tan sólo la animaba la esperanza de que su amo le devolviera la libertad, por lo que planeó serle obediente en todo y aparentar que se encontraba a gusto en aquel lugar. Su amo traía con frecuencia a amigos a quienes mostraba su trofeo, con los que se jactaba de su eficacia en domesticar a un ave rapaz. Lo que él no podía suponer era que Águila María conservaba el grado de sabiduría humana que poseía cuando de su niñez pasó a convertirse en águila. Que ella comprendiera en tan poco tiempo lo que él le indicaba le tenía más que sorprendido, pues nunca hubiera supuesto que un ave rapaz sin apenas contacto con las personas pudiera responder por su instinto tan eficazmente a todas sus indicaciones.

Cada vez su amo le dedicaba más tiempo, ella creía que estaba ganándose su confianza, en especial cuando alargó a cuatro metros la longitud de la cadena, con lo que podía volar hasta lo alto de la tapia. También le daba mejor alimentación, pues el hombre se complacía cada vez que le traía algo nuevo en preguntarla si le gustaba, por ver cómo ella respondía con el mismo movimiento de la cabeza que se acostumbra entre los hombres. El que andara si le pedía andar, que desplegara las alas cuando se lo indicaba, que volara hasta la tapia y bajara a la orden, que chillara como forma de respuesta, que abriera y cerrara el pico o que apresara con la garra un palo eran cosas que maravillaban al amo tanto como a cada uno de sus visitantes que tenía.

Pese a ello, Águila María veía pasar los días sin que apreciara en su amo el menor detalle de que más pronto o tarde le fuera a devolver la libertad. Al menos sabía que tenía asegurada una buena alimentación, pero aunque ello la ayudaba a ser paciente, cada día pasaba la mayor parte de su tiempo contemplando un cielo que no podía disfrutar, ya que la cadena como mucho le permitía ascender unos escasos metros. Se acordaba de cuando siendo niña apoyada en la barandilla de su balcón contemplaba el vuelo de las águilas, cuando su imaginación la transportaba a ilusionarse con volar como ellas; pero ahora, que había disfrutado de lo inimaginable, se veía relegada a que incluso la esperanza de recuperar su libertad se desmoronara un poco más cada día. Prácticamente era una cautiva, sin la libertad que disfrutaba de chica y sin la libertad que había alcanzado como ave. Al menos, se recriminaba, en casa de sus padres y en el colegio disponía de amigos que la querían, no ahora que en su amo no apreciaba sino el egoísmo de poseer él algo que los demás no tenían. Aunque ello, se reprochaba Águila María, se parecía bastante a lo que ella había considerado cuando su pretensión de volar como un águila iba a ensalzarla y distinguir sobre todos los demás.

Pasadas semanas, Águila María observó que el interés por ella de su amo estaba enfriándose. Ahora ya no le traía cosas apetitosas para comer, sino que putativamente empezó a ofrecerle los despojos de la cocina; tampoco hablaba con ella, ni la mostraba como una novedad, ya que casi todas las gentes del vecindario habían conocido sus habilidades. Indirectamente eso repercutió sobre el ánimo de la ave presa, pues, lejos de pensar en que estaba más próximo el día de su liberación, tuvo la impresión que su amo cualquier día podía hacer con ella una ocurrencia que le fuera perjudicial.

Así sucedió transcurridos unos días, cuando Águila María recibió la visita de su amo acompañado de otra persona que a ella no le causó buena impresión, ya que no parecía uno más de los visitantes que venían a sorprenderse de su inteligencia, sino aparentaba quien tuviera otros fines más interesados. Ese hombre la observó con detenimiento, y luego de que fuera testigo de las primorosidades que su amo relataba Águila María escuchó que conversaban sobre cantidades de dinero, con un sube y baja de cifras en las que ella comprendió que estaban ajustando el precio de su venta. Por una parte pensó en alguien que se había encaprichado con ella al oír hablar de su talento, y así dedujo que si pagaba por ella era difícil que fuera a darle peor trato que el que estaba empezando a recibir de un amo cansado de cuidarla.
 
 

Capítulo 10


Al día siguiente Águila María volvió a ver a los dos hombres acercarse al rincón donde transcurría su desdichada vida. El visitante traía una jaula con ruedas de dimensiones suficientes para acoger al águila. Comprendió ella que esas personas habían cerrado el trato, por lo que iba a tener un nuevo amo, lo que ni la agradó, ni la disgustó, porque como con su amo anterior no había conseguido la libertad, le quedaba la esperanza de que el nuevo pudiera emplearla en algún arte que, al menos, la permitiera volar. Así que dócil, como siempre se mostraba, sabedora de que mientras estuviera anillada con la cadena no tenía posibilidad de escapar, pasó del rincón donde había permanecido los últimos meses a la jaula que la transportaría a otro lugar.

Montada en la jaula sobre un carromato, mientras hacían el camino Águila María consideró más despacio que no era probable que le esperara un buen futuro, pues si su nuevo amo había pagado por ella, su destino debería estar condicionado a generarle beneficios con los que amortizar la inversión hecha, pero ¿cómo un hombre podía beneficiarse de las habilidades de un águila? Ocupada en eso iba pensando cuando vio que se aproximaron a unas casetas como las que en feria acudían a su pueblo. Comprendió que ese campamento era su destino, pero como ella de niña nunca había contemplado un águila en el circo, no sabía qué le depararía aquella novedad.

Desde el día siguiente comenzó su amo a trabajar en su adiestramiento. Percatado de la inteligencia del ave, la estaba sometiendo a todo un examen de sus habilidades, en las que las físicas dejaban mucho de desear, pues la condición de poca movilidad a que habían sido sometidas las alas, las patas, las garras y demás defensas del águila se encontraban todas muy mermadas. Por el contrario, su comprensión de las órdenes del amo eran captadas de inmediato, el que, aun advertido por el vendedor, se sorprendía gratamente de la capacidad de entendimiento que presentaba; por lo que, mientras entrenaban su coordinación, pensaba en las grandes posibilidades que el animal le brindaba de asombrar a los a asistentes de su espectáculo circense.

En pocos días el ánimo de Águila María se enderezó un poco, pues a la novedad de su actividad se juntó el que su nuevo propietario le suministrara una buena alimentación de carne fresca, lo que mejoró algo su condición física. Entre los carromatos del circo, la albergaron en una jaula grande, que debió haber servido antes a otros animales de mayor tamaño, en la que encontró holgura para estirar sus alas, pero apenas para volar, pues lo más que podía hacer era impulsarse con ellas para subir a un travesaño elevado del suelo en el que gustaba pasar largos ratos. La actuación para la que la preparaban consistía más que nada en que entendía y cumplía las órdenes que le daba su domador, e incluso lo que el público pudiera pedir para demostrar que aquel animal no respondía por una rutina aprendida, sino porque entendía el lenguaje de las personas. Aquello, al menos, no le pareció a Águila María del todo denigrante; de modo que cuando comenzó a actuar ante el público encontró reconfortante el poder entretener a las personas, a las que sorprendía y complacía, por lo que era de su amo bien recompensada en el trato y la alimentación. No obstante, a ella le entristecía mucho no poder volar y surcar esos cielos tan limpios que  malamente contemplaba desde su jaula. Si ella consiguiera hacerse entender, estaba dispuesta a pactar no escaparse del circo con tal que la dejaran a diario alzar vuelo y poder disfrutar de las caricias del viento planeando en las alturas, como siempre había sido su ilusión. Pero su problema era que no pudiendo articular su garganta los sonidos propios del lenguaje humano, le era imposible la comunicación que facilitara exponer sus buenas intenciones.

Con el transcurrir de las semanas, de Águila María se apoderó la desesperanza, de modo que su vitalidad anterior desembocó en languidez, ya que ese contacto que ahora mantenía con los espectadores en el circo no suplía su pena por estar privada de poder volar en libertad. Esto la condujo a un estado de depresión anímica que se manifestó en pérdida de apetito, apatía y flojedad, incluso volvió a empezar a perder plumaje y prestancia, además de que sus actuaciones caían en la incoherencia de que sus movimientos y gestos habían perdido el garbo que los visitantes esperaban encontrar en un ave rapaz. En la incomprensión de lo que la ocurría, su amo le facilitaba abundante y sabrosa carnaza, pero ella cada vez comía menos, se movía menos, transmitía menos.

Su ánimo taciturno reflejaba la frustración de quien había apostado por un modo de vida radicalmente libre y había terminado en un cautiverio que lo que más le reportaba era tiempo de soledad para añorar su vida pasada, tanto cuando logró la libertad de surcar los cielos y contemplar la belleza de la tierra sin más dependencia que la de buscarse la alimentación y el cobijo, como también el recuerdo, que cada vez volvía con más fuerza a su memoria, del cuidado y cariño que le transmitían sus padres, aunque tuviera que obedecerles en lo que disponían pese a que ello contradijera su gusto. Empezó a comparar la satisfacción de los rostros de los padres por el regocijo de sus hijos en el circo, con el devenir al que había llegado ella por seguir la ilusión, dictada por su envidia, de añadir a su ser el poder que la naturaleza había reservado para otros animales.

Tan grande se convirtió su angustia, su desconsuelo y su soledad, que comenzó a odiar su condición de águila, que ya no le reportaba sino vergüenza de ser una muy mala representación de la especie. No pudiendo su naturaleza soportar tanta contradicción, la mañana en que la visitó el veterinario, llamado por su amo, la encontró ya muy desmejorada y próxima a agonizar por desnutrición. Todos los intentos del licenciado y el amo para restablecerla fueron inútiles, pues Águila María estaba firmemente determinada a no comer, pues decidió que mejor le era fallecer que seguir consumando el juego de su contradicción.

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Sin saber cómo, los padres de María, que llevaban meses sufriendo la depresión de su hija, de pronto descubrieron que repentinamente empezaba a recuperar su vitalidad. En pocos días pudieron apreciar que volvía a las aficiones perdidas de hablar, jugar con los amigos, estudiar, leer cuentos... Volvía a ser la María ensoñadora de meses atrás. Lo único que notaron sus padres es que había perdido el hábito de salir al balcón para contemplar el paisaje, precisamente ahora en que la primavera ofrecía la mejor versión de luz y color.
 
 

M O R A L E J A

Las fantasías, fantasías son.
Dejarse guiar por vana ilusión
rara vez no concluye en decepción.
 

F I N