BIBABEL

Jorge Botella
 

CAPÍTULO 1

Hace miles de años, cada primavera, el deshielo de las imponentes montañas de la cordillera central de Asia generaba una tan considerable crecida de los ríos que cuando estos abandonaban los empinados valles y reposaban su discurrir por las llanuras desbordaban su cauce e inundaban inmensas superficies de terreno a lo largo de kilómetros y kilómetros de distancia. Los moradores de esas tierras estimaban que las crecidas empaparan la tierra, dejándola propicia para la cosecha, pero al mismo tiempo percibían el riesgo para su seguridad cuando esas crecidas irrumpían de forma inesperada por la persistencia de las precipitaciones.

Cierta proximidad a los cauces de los ríos se hacía imprescindible para el sustento necesario de las personas y los ganados cuando aún no se conocían otras técnicas de regadío que la escorrentía natural del agua, que permitía conducirla por surcos y almacenarla en charcas a favor de la corriente, o transportarla en rudimentarias barricas sobre animales de carga. Ese obligado asentamiento próximo a los cursos de agua procuraba establecerse fuera de las zonas inundables por las crecidas. Algunas poblaciones mantenían su ancestral costumbre nómada, migrando según las temporadas de lluvias de unas zonas a otras. Otras gentes más sedentarias construían poblados estables en los límites de seguridad que estimaban, lo que no impedía que poco a poco, tras años de sequía, fueran confiadamente haciendo su vida más próximos a la riveras de los ríos, hasta que cuando se producía una persistente perturbación atmosférico volvían las riadas que causaban muerte y destrucción.

En una zona de fructíferas tierras creció la gran ciudad de Kanzul, a donde migraron jóvenes habitantes de la montaña y la estepa atraídos por la riqueza agrícola que proporcionaba el río Tol. Aprovechando sus sinuosas curvas, los agricultores habían excavado abundantes acequias para poner en regadío grandes superficies, donde habían plantado frutales y sembrado cereales y hortalizas. Durante años, como se siguieron tiempos de moderadas lluvias, no habían surgido grandes crecidas del río fuera de las acostumbradas en primavera, cuando se derretía parte de la nieve almacenada en las montañas. Así las familias que habían inmigrado de zonas más secas no tenían la experiencia de inundaciones, lo que hizo que, desoyendo a los ancianos, fueran acercando sus asentamientos en la periferia de Kanzul más próxima a las márgenes del río, hasta en unas decenas de años engrandecer la ciudad dotándola de una bulliciosa vida social. La riqueza generada permitió que se levantaran edificios públicos hechos de adobe, piedra y cal para almacenes, mercado, templos, edificios administrativos e incluso se comenzó a amurallar una parte de la ciudad para protegerla de las invasiones de quienes pudieran codiciar su riqueza.
 
 

CAPÍTULO 2

Año tras año, la migración de personas desde otras regiones hacia Kanzul, atraídas por el progreso de la ciudad, no paró de incrementarse. Esas nuevas gentes llegaban cuando numerosas familias habían ya echado raíces en el lugar desde un par de cientos de años, habiendo parcelado la totalidad de la vega, construido villas para su residencia, constituido una autoridad comunal, dotado de protecciones legales y creado un grupo de aguaciles capaces de hacer cumplir las ordenanzas consensuadas.

La acogida que tributaban los oriundos a los advenedizos era cordial, empleándoles en el trabajo de sus tierras; como obreros en los hornos de pan, cerámica, cal; en las fraguas de forja; en el cuidado de los caballos utilizados en las faenas agrarias y de los camellos empleados en las caravanas con que se desplazaban a los mercados vecinos; para levantar construcciones de viviendas y servicios públicos; y en general eran bien aceptados para ayudar a los cabezas de familia en rentabilizar sus haciendas mientras los hijos de los amos crecían instruyéndose en la escuela en retórica, cálculo, astronomía, ética y, sobre todo, en la pericia del manejo de las armas, pues estaban celosos de preservar el orden de la ciudad y la defensa de sus bienes de posibles ataques enemigos.

Como la totalidad de las tierras que se extendían a la vista de la población, a ambas riberas del río, habían sido colonizadas por las familias hegemónicas, quienes arribaron posteriormente hubieron de someterse en régimen de servicio a alguna de esas haciendas, al carecer de superficie libre donde edificar una casa propia o disponer una parcela en la que cultivar para alimentarse. Así, cada familia con propiedades acogió en sus villas o  huertas a grupos inmigrados a quienes emplearon como sirvientes y trabajadores, facilitándoles, a cambio de su trabajo, alojamiento y manutención con parte de los productos de las plantaciones y granjas en que eran empleados.
 
 

CAPÍTULO 3

A un invierno de grandes nevadas siguió una primavera generosos en precipitaciones, de modo que los ríos ese año discurrieron muy crecidos. El nivel del río Tol, rebosando los límites de su cauce, se desbordó inundando sus riveras varias veces durante la última parte del invierno; pero lo realmente grave aconteció cuando en la cuarta semana de primavera, con temperaturas altas y persistentes temporales, se produjo un violento deshielo que ocasionó alarmantes subidas del nivel de los ríos de la zona, los que las semanas anteriores ya bajaban colmados.

La población inmigrada, cuyas viviendas mayoritariamente eran simples cabañas o tiendas de lona, muchas veces situadas en las parcelas de las huertas próximas al río o sus acequias, sufrieron en las sucesivas inundaciones del final del invierno la pérdida de los escasos bienes que poseían, pero la mayor congoja la creó la pérdida de vidas humanas incapaces de huir a tiempo de las repentinas inundaciones, cuando los brazos de agua del río desbordado los envolvían sin dejarles oportunidad de ponerse a salvo. La definitiva gran crecida del caudal, que sorprendió a la población al alba, asoló la mayor parte de la ciudad, de modo que esta vez afectó tanto a los más ricos como a los pobres, pues todas las construcciones, incluso las de muros de piedra o adobe, sufriendo el impacto de las aguas desbordadas resultando inundadas, y sólo los más afortunados de sus moradores pudieron huir apenas con lo puesto.

Cuando pasó la crecida y el caudal del Tol volvió a su cauce, los vecinos de Kanzul que habían sobrevivido empezaron a recomponer su vida sobre las muy dañadas estructuras de la ciudad que habían resistido a la inundación. Se había perdido cosecha, ganado, las barcazas con que cruzaban el río, las acequias de riego ahora colmatadas de lodo, etc. El progreso logrado con el trabajo de décadas lo había arrasado la corriente. No obstante, los supervivientes se conjuraron en volver a levantar la ciudad y poner en valor sus tierras, estudiando cómo podrían obrar para defenderse en el futuro de aquella destructiva fuerza de la naturaleza.
 
 

CAPÍTULO 4

El empeño de los habitantes de Kanzul por conseguir una construcción que les salvara frente a los crecidas del río hizo que unos jóvenes diseñaran un sistema de construcción en altura, lo que no se conocía en un país donde todas las edificaciones eran de una única planta. La gran revolución arquitectónica era la posibilidad de construir una planta sobre otra planta, y así tantas como se precisara para que sirvieran de refugio ante una nueva crecida del río, como la que habían sufrido recientemente. Ese nuevo diseño teórico les pareció a los más mayores un desatino, pues ¿cómo iban a vivir unos sobre otros? Los emprendedores, en cambio, iban solucionando en sus dibujos los problemas que los demás planteaban; así diseñaron escaleras y rampas como posibles soluciones a la comunicación vertical; muros maestros arriostrados entre sí como sistema estructural de apoyo; vigas con troncos de árboles para los suelos de cada planta; cubiertas inclinadas de ramas, hojas y barro, para proteger integralmente a todas las plantas de la lluvia. Con estos criterios consiguieron la confianza de un hacendado que les facilitó materiales, mano de obra y un terreno para que le construyeran un edificio de tres plantas, cuya altura consideró suficiente para resguardarse con su familia y algunos animales. La planta baja la levantaron con mampuestos de piedra y cal, para que fuera más resistente, pues era la que esperaban soportara los envites de la riada; las plantas superiores, con adobe reforzado interiormente con ramas de árbol.

El éxito de la nueva casa movió a otros vecinos a imitarla, de modo que la ciudad comenzó a crecer en altura, aunque la mayoría sostenía un resquemor sobre si esas nuevas edificaciones aguantarían realmente una inundación. A los pocos años se comprobó que el peso de esas viviendas de dos y tres alturas hacía que se hundieran poco a poco en el suelo, apareciendo grandes grietas inclinadas en los muros, lo que advirtió de que no eran tan seguras como parecían, pues si eso había ocurrido sin grandes avenidas de agua, ¿cómo se comportarían ante una inundación?

Mientras esas discusiones se acrecentaban contrastando criterios entre unos y otros, los más expertos en la construcción de esos edificios dictaminaron que el problema principal provenía de que el terreno sobre el que edificaban era muy blando: No soportando el peso de las edificaciones, lo que era causa de los hundimientos acaecidos, para lo cual consideraron que había que excavar hasta encontrar un suelo más resistente o, alguien aportó como alternativa, clavar en el suelo troncos de árbol afilados en un extremo para conseguir una consistencia que le permitiera resistir más peso.
 
 

CAPÍTULO 5

Cuando la población asumió que era posible construir en altura un piso sobre otro, se inició una corriente de opinión en crear una fortaleza comunal, de grandes dimensiones, para preservar de las crecidas del río cantidades de alimentos y animales junto a la vida de los ciudadanos, y no sólo como protección ante las probables inundaciones, sino también como defensa ante posibles ataques de pueblos enemigos. La opinión de las familias ricas, que eran las que dominaban el Consejo comunal, se inclinaba a que una gran fortaleza que pudiera acoger a toda la población en caso de necesidad era mucho más segura que las pequeñas edificaciones particulares que se estaban haciendo familia por familia, de las cuales ya había experiencias de deficiente comportamiento ante los pequeños conatos de inundación que habían acaecido en los últimos años.

Las consultas que el Consejo comunal realizó a los expertos en la física de la naturaleza ofreció como resultado la idea de levantar una gran fortaleza en forma de pirámide, pues consideraron que era la figura que mejor distribuía las cargas superiores sobre el terreno, no obstante habría que comenzar la edificación realizando grandes excavaciones en la tierra, para que la base quedara tan firmemente anclada que las corrientes de la más feroz crecida del río no pudiera inmutarla.

Esa forma de pirámide encantó a las autoridades de la ciudad, pues encontraron en ella el diseño más adecuado para representar la estructuración que había establecido entre la población por su condición social, pues los más viejos y ricos del lugar marcaban sus distancias con los inmigrados, y entre estos mismos también se consideraban según el tiempo que llevaban en la ciudad y los trabajos en que se ocupaban.
 
 

CAPÍTULO 6

Cuando los trabajadores empleados como siervos se enteraron de los planes de las autoridades, en principio se alegraron pues en las inundaciones quienes peores consecuencias sufrían eran precisamente ellos. Disponer de una fortaleza refugio les preservaría de morir arrastrados por la corriente e incluso, algunos comentaron, como posible protección del rigor invernal.

El Consejo comunal aprobó la creación de un cuerpo de maestros artesanos con jerarquía interna para dirigir los trabajos. También publicó un bando instando a los hacendados a ceder para los trabajos de la construcción de la fortaleza a la quinta parte de sus siervos, en especial a los más dotados para realizar las exigentes labores que se preveían.

Durante meses y meses los trabajos en las obras consistieron en excavar y retirar tierra para crear grandes zanjas ortogonales como cimientos de los futuros muros que sustentarían el entramado de la edificación. Tras los primeros derrumbes de tierras, los diseñadores dispusieron colocar troncos para sostener los paramentos de las excavaciones hasta que se rellenaban con grandes bolos de piedra inundados con pasta de cal.

El trabajo de los obreros y su conversación con los maestros diseñadores permitieron que toda la población estuviera al tanto del diseño y uso que se iba a dar a la construcción piramidal. De arriba a abajo se sectorizaban las doce plantas de altura, ocupando las más altas y más seguras las autoridades de la ciudad; los pisos inmediatos debajo de esos se habían subastado entre las familias con más abolengo y riquezas; de ahí para abajo se reservaron por sorteo para los propietarios menos dotados; la planta inferior, que se consideraba inundable no tenía otro uso que dejar correr el agua que pudiera filtrarse por los muros perimetrales; la primera y segunda se destinaba a albergar los animales; en la tercera y cuarta se alojarían los siervos, con el espacio destinado para ellos tan escaso que habrían de entrar apiñados, lo que los señores no consideraron inquietante por la poca frecuencia de uso que estimaban habría de darse a la fortaleza. En cada planta se reservaba espacio para almacenar víveres y tinajas para las reservas de agua. En torno a las fachadas de la pirámide ascendía adosada una rampa para que hombres y animales accedieran a cada una de las plantas, tanto para ir construyendo en altura la edificación, como para su utilización posterior.

La fortaleza estaría controlado por al Consejo comunal, y su destino se reservaba sólo para uso general de la población en caso de inundación o como guarida de mujeres, ancianos y niños frente a un ataque enemigo, debiendo los varones ocuparse en su defensa mediante el resguardo en el espacio de la rampa perimetral, a la que se iba a dotar con un alto pretil con aberturas apropiadas para el tiro de los arqueros.
 
 

CAPÍTULO 7

A los pocos meses de comenzar las obras, los siervos se percataron que el diseño piramidal de la construcción no permitiría su ampliación, de modo que, con el aumento de la población hasta transcurrir los años en que se finalizara, podría acontecer que el espacio a ellos destinado fuera insuficiente para albergarlos, más teniendo en consideración que en un futuro no lejano incluso se sintieran desplazados de las dos plantas que les habían destinado cuando sus señores crecieran considerablemente en número con el paso de los años. Este resquemor es extendió rápidamente entre la población obrera, y buscaban encontrar alternativas que pudieran garantizar la seguridad para el futuro de ellos y sus hijos.

Tras muchos debates dentro de cada entorno de parientes y entre grupos vecinos, decidieron juntarse en la tarde semanal de descanso, convocando a todos los trabajadores para contrastar y consensuar una opinión común que presentar como reivindicación cada familia a sus señores, al mismo tiempo que solidariamente se dirigirían a las autoridades. Si ellos iban a constituir la mano de obra para levantar el edificio, aun sabiendo que muchos perecerían por la penalidad de los trabajos, consideraron acertado que las autoridades consintieran modificar el proyecto para que quedara garantizada la protección integral de toda la población futura de la ciudad.

En esa reunión se decidió impugnar la forma piramidal de la edificación, ya que a su criterio no favorecía su posterior adecuación al aumento de población, algo que iba en contra del interés común para señores y siervos, aunque sabedores que los primeros la preferían tanto por la seguridad que alegaban de amparar mejor la defensa, como por la estratificación representativa del poder constituido en la ciudad. Como alternativa entendía la asamblea de siervos que la fortaleza debería ser prismática, de modo que admitiera elevarla en altura o adosarla ampliaciones futuras según las necesidades que el crecimiento de la población demandara.

Como la propuesta les pareció a quienes la acordaron que era compatible con los trabajos de cimentación realizados hasta la fecha, consideraron su derecho y deber reivindicar esas pretensiones como garantía integral de su supervivencia, ya que se consideraban parte constitutiva de la ciudad. Los señores de la ciudad les necesitaban, y ellos eran conscientes de que una buena armonía mutua a todos favorecía.
 
 

CAPÍTULO 8

Cuando la propuesta de los siervos llegó al Consejo comunal, sus autoridades la recibieron con recelo, y para justificar el mismo remitieron la proposición para que el cuerpo de artesanos informara la motivación técnica por la que debería ser rechazada, para que no incidiera en el proyecto de ejecución ya comenzado. Paralelamente a esa formalidad, el Consejo se preocupó en trasladar a las familias dominantes la inoportunidad de que sus siervos se adjudicaran derechos civiles que les sobrepasaban, pues los reglamentos ciudadanos limitaban la participación de los siervos en la vida civil a la esfera doméstica, donde deberían ser oídos y atendidos en sus necesidades, pero limitando la trascendencia pública de esas posibles demandas a la representación que sus amos pudieran proponer en las instituciones públicas.

La presunción de deslealtad de los trabajadores habiéndose reunido aunque sólo fuera para cuestionar la voluntad de sus señores, sirvió de revulsivo a las autoridades para alertar de las posibles consecuencias de pérdida de autoridad si transigían atendiendo a quienes deberían estarles sometidos por su condición de transeúntes, al carecer de propiedad en la que asentar su integración en el grupo social. Esta era la principal diferencia que existía entre los señores y los siervos, porque las gentes Kanzul, como las de las ciudades vecinas, nunca habían conocido la esclavitud que las leyendas decían que en pueblos lejanos se practicaba. Todos ellos respetaban a la persona humana, procediera de donde procediera, pero ello no excluía esa marcada diferencia de nivel social entre quienes eran propietarios de tierras y quienes debían de trabajar para otros; de modo que las gentes tenían muy difícil cambiar de categoría, ya que los dominios no se enajenaban, sino que se transmitían por herencia, y en caso de emigrar alguna familia el derecho de compra de su hacienda recaía entre los vecinos en función de su proximidad.

Los siervos, no tenían aversión a los señores por el hecho de sus diferencias sociales, pero estaban temerosos de las crecidas del río y los ataques de guerreros extranjeros, por lo que cuando oyeron hablar de construir la fortaleza refugio aprovecharon para hacerse valer, como ciudadanos que contribuían a la prosperidad de la ciudad, para reclamar participar en los beneficios patentes de esa protección. En especial querían hacerse visibles como objetos de derecho antes de que se construyera la edificación, pues consideraban que, una vez concluida, lo que no hubieran conseguido reivindicando con insistencia ahora, ya no lo lograrían nunca, en especial si el refugio se levantaba con la forma piramidal que entendían era contraria a sus planteamientos de futuro.
 
 

CAPÍTULO 9

Tal como las autoridades de la ciudad habían estimado, no sólo no se tomó en consideración la propuesta de los obreros, sino que ni siquiera se les contestó sobre ella, como si hubiera sido una vana pretensión fuera de lugar el simple hecho de hacerse oír.

La decepción en todas las familias de trabajadores fue importante, especialmente en quienes estaban asignados en los trabajos de esa construcción, pues el contacto en esas labores les permitía encorajinarse unos a otros por el desprecio que habían recibido. Para ellos, cambiar el proyecto de ejecución no sólo era factible, sino que lo consideraban tan mejorable que no dudaban que tenían que hacerse comprender. Para ello acordaron elegir unos representantes como portavoces de todo el grupo para que, de modo novedoso, fueran admitidos a negociar con las autoridades.

Cada grupo de siervos procuró ganarse el favor de sus amos a la propuesta de construir con una forma prismática, explicándoles la ventaja de que esa figura permitiría en un futuro ampliar la fortaleza por alguno de sus lados, de modo que era la mejor manera de prever adaptar la seguridad al crecimiento de la población. Llegado a los oídos del Consejo no gustó, y extendió, en contra de ese criterio, la opinión más fundada de los artesanos de que la figura piramidal era más razonable, pues permitía ir ampliando la distribución de las cargas de arriba a abajo sobre una mayor superficie, de modo que aseguraba la más perfecta estabilidad frente al furor que tuvieran las avenidas de agua. Bastó este criterio para que la mayoría de los señores disiparan cualquier duda de confianza que pudieran haber contraído respecto al criterio de sus autoridades.

Los únicos que no desistieron de su interés fueron los obreros, quienes, a pesar de esta segunda derrota en su pretensión, decidieron seguir dando la batalla.
 
 

CAPÍTULO 10

Algunos de los hacendados escucharon las razones de sus siervos y encontraron en ellas criterios positivos que se podían contrastar a los que aducía el Consejo comunal. Veían positivo que el diseño de la nueva edificación pudiera ampliarse según fuera necesario en el futuro, de modo que estuviera garantizado el refugio de los siervos, no solamente por humanidad, sino porque ellos contribuían en mucho al desarrollo y riqueza de la ciudad. No obstante, cada uno de ellos sabía que estaba en clara inferioridad respecto a la mayoría de los amos, en especial contando con que los principales señores, que eran quienes manejaban el Consejo, ya habían decidido una postura de fuerza para dejar patente su poder y decisión.

Entre los siervos, al contrario, la casi unanimidad eran partidarios de defender su posición, a sabiendas de que la lucha era desigual, pero valorando que siendo ellos la principal mano de obra tenían la posibilidad de rivalizar. Vueltos a reunirse en asamblea decidieron insistir de sus razones a cada amo particularmente, pues si conseguían que alguno más les apoyara era algo, al mismo tiempo que acordaron ralentizar los trabajos iniciados de la fortaleza, para contar con más tiempo para hacerse oír.

Las posiciones sociales encontradas entre siervos y señores mostró a unos y otros que la ciudad estaba dividida, aunque en cada hacienda apenas habían variado sus comedidas relaciones, pues los que trabajaban en las labores agrícolas o servían en las tareas domésticas lo seguían haciendo con eficacia, y quienes habían sido cedidos por sus amos para los trabajos de la construcción no estaban directamente bajo sus órdenes, sino dependiendo de los maestros artesanos, quienes apreciaron una relajación en los trabajos de la que los obreros se justificaban como si no estuvieran aún capacitados o preparados para rendir lo que se les exigía. Como el acuerdo se hizo por la unanimidad de los trabajadores, el ritmo lento, los errores y la falta de coordinación entre ellos la excusaron como propia de su inexperiencia.

Los siervos sabían que el tiempo corría en su contra, pues si se levantaba la pirámide en sus primeras plantas, ya no cabría rectificación posible hacia la forma prismática, y con ello quedaba embargada su pretensión. A pesar de lo lenta que crecía la edificación, cada piedra colocada iba contra sus intereses, y así se lo hacían patente unos a otros cada día conversando de regreso desde el trabajo al hogar.
 
 

CAPÍTULO 11

Considerando el Consejo comunal que los trabajos no seguían los ritmos previstos y que el descontento se iba adueñando de la ciudad, aceptaron escuchar las propuestas de los siervos, pero sosteniendo como irrenunciable el diseño piramidal de la fortaleza, cuya imagen se había iconizado como representación de la estructura de poder vertical de la comunidad. Siendo lo contrario la principal reivindicación de los siervos, ninguna de las partes se avino a ceder, de modo que ambos colectivos concluyeron retándose a edificar independientemente la construcción que ambicionaban, conociendo los unos que los siervos por sí no disponían ni de terreno ni de medios de construcción, y los otros que a las autoridades les costaría convencer a una gran parte de los señores el tener que contratar forasteros que pudieran venir a trabajar como obreros.

Los pocos hacendados que se pusieron de parte de los siervos lo hicieron más por oposición crítica al Consejo que por reconocimiento a los derechos de los trabajadores, aunque utilizaban a estos como excusa para atacar políticamente a sus contrarios. Esa inestabilidad crecía el malestar que anteriormente había dominado las relaciones vecinales, pero es que parte de los que más habían crecido con su iniciativa personal se sentían relegados por el dominio que sobre la comunidad sostenían las familias de abolengo, pues la parentela en la ciudad suponía el principal activo para integrarse en el Consejo y desde él extender la potestad situando a sus afines en los puestos de mando de las diversas instituciones. Ello les indujo a considerar a los descontentos con el Consejo que su fuerza para modificar la correlación de fuerzas en la ciudad dependía de aprovechar a su favor la oportunidad de la contestación de los obreros, justificándolo en la falta de sensibilidad de las autoridades con quienes, aunque de forma subalterna, contribuían igualmente al bienestar de la sociedad, y sus demandas no suponían sino una garantía de seguridad para todos en conjunto, pues ante los desastres naturales, como ante los posibles ataques enemigos, convenía a la ciudad permanecer unida y con el máximo de brazos capaces de contribuir a la defensa y reconstrucción de los daños que pudieran producirse.

De este modo esos opositores pactaron con los siervos cederles terrenos al otro lado del río donde levantar la fortaleza alternativa a la que ya se había comenzado a construir, de modo que se concretase esa división entre los obreros y el Consejo, de la que pensaban obtener rédito político los artífices de la oposición, aunque dubitativos de si su pretensión se sostendría con los siervos activos a su favor y logrando progresivamente atraer a más propietarios a su posición. Con esa incertidumbre decidieron comenzar sus propios trabajos con la esperanza de que la concreción de la división indujera al Consejo a flexibilizar su posición bajo la presión de aquellos ciudadanos que consideraban como el máximo error dividir las fuerzas de la ciudad para una obra de tamaña consideración.
 
 

CAPÍTULO 12

Kanzul se convirtió en una ciudad dividida y enfrentada. Todos consideraban que construir la fortaleza como refugio ante las adversidades era una necesidad, pero unos y otros mantenían al mismo tiempo que construir dos era una gran necedad. Todos los ciudadanos comenzaron a culpar a los demás del desacuerdo: Los señores a los siervos, el Consejo comunal a la oposición que se le hacía desde determinadas familias, los maestros artesanos a los obreros, una parte importante de los ciudadanos a las autoridades, los trabajadores al Consejo, las mujeres a sus maridos, los jóvenes a los ancianos, etc. La verdad es que no era fácil digerir la controversia cuando las diferencias de criterio sobre el diseño de la construcción no se solventaban desde la pragmática de criterios técnicos y sociales, intentando consensuar soluciones eficaces para la seguridad, sino por el antojo de imponer unas voluntades sobre las contrarias, que siempre representaban intereses particulares sobre el bien común.

Como las partes en conflicto radicalizaron sus posiciones, la simultaneidad de las dos obras no hizo sino que ambas se lentificaran tanto que pasaron los años y apenas progresaban, la piramidal estaba en la estructura de su segunda planta, y la prismática apenas había logrado concluir la cimentación y levantar los muros de su planta baja. Los promotores de cada una de ellas parecían más interesados en impedir los trabajos de la otra que del progreso de la propia: Así se enfrentaban por quitarse los buenos obreros ofreciéndoles mejores salarios; monopolizaban las canteras; rivalizaban en contratar a los mejores maestros artesanos; se escamoteaban los suministros de cal; se dificultaban el cruce del río con los materiales; etc. Menos la violencia se podría decir que todos los ardides se emplearon para impedir el éxito de la construcción contraria, pues al mayor poder de recursos de los partidarios del Consejo comunal se oponía que la mayoría de los obreros que trabajaban con ilusión se empleaban en el que consideraban su proyecto.

Parecía olvidada la urgencia con que se ideó la iniciativa después de aquella terrible inundación, acaecida ya hacía varios lustros. Muy posiblemente sólo los mayores mantenían el recuerdo de los sufrimientos acaecidos, pero aquel interés por su protección en muchos, que no en todos, se había relajado en aras a hacer prevalecer en la ciudad sus criterios de dominio.
 
 

CAPÍTULO 13

Uno de aquellos inviernos fue especialmente duro para toda la región de Asia central, las continuas e intensas nevadas cubrieron, manto sobre manto de nieve, no sólo las alturas sino gran parte de los valles, reiterándose grandes aludes que desbastaron algunas de las poblaciones establecidas al pie de las montañas que enmarcaban el valle del río Tol. La crecida del río durante el invierno desbordó el cauce en algunas zonas, anegando zonas de cultivos donde había cabañas de asentamientos de siervos que trabajaban en las haciendas de la rivera del Tol.

Lo peor se produjo con el deshielo de primavera, cuando abundantes lluvias desbordaron todos los torrentes y ríos de la comarca. Impasibles, los ciudadanos de Kanzul vieron cómo en sus peores días las aguas crecían hora a hora anegando y arrasando todo cuanto encontraban a su paso, sin que nadie pudiera hacer nada para salvar sus bienes, sino únicamente huir.

Los que pudieron salvarse, lamentaron la desidia por no haber concluido en tiempo la edificación de la fortaleza, que les hubiera permitido proteger bastantes de sus bienes, como alimentos y ganado, y sobre todo las vidas de a quienes ahora lamentaban de modo irreparable su pérdida. Se criticaba a las autoridades, pero todos eran conscientes que habían prácticamente paralizado con su intolerancia mutua un proyecto que nació auspiciado por la experiencia del dolor sufrido por sus  mayores, quienes fueron los más interesados en construir el refugio donde guarecerse todos de un mal que más pronto que tarde habrían de volver a sobrevenir a la ciudad.
 
 

EPÍLOGO

Aún hoy se pueden contemplar, en el valle del río Tol, restos milenarios de las inconclusas fortalezas de la ciudad de Kanzul. A la izquierda del sentido de la corriente, a unos doscientos cincuenta metros de la orilla, está lo que queda de los muros arriostrados ortogonalmente de una truncada construcción piramidal de base cuadrada; cuyos vestigios permiten deducir que debió alcanzar en su día unos diez o doce metros altura. En la otra orilla contraria, también separados unos trescientos metros del curso actual del agua, un poco más adelante siguiendo el sentido de la corriente, hay restos de una potente cimentación con la curiosa forma de un perímetro hexagonal, arriostrado interiormente con muros que dejan en su interior espacios triangulares; los pocos restos que se mantienen del arranque de los muros permiten adivinar su intención de haber sido diseñada la construcción para un volumen prismático que permitiera adosar nuevas futuras  construcciones igualmente hexagonales, a imitación de la forma de las celdas de paneles de las abejas, lo que permite suponer que la apicultura era estimada en Kanzul, y que sus campos deberían ser ricos en plantas que ofrecían flores de las que alimentarse los insectos.
 
 

M O R A L E J A

Más que por el habla, la gente no se entiende
por la falta de voluntad en comprenderse.
 

F I N