GORKE
 
 

CAPÍTULO 1

     Germán y Fausto tomaron sus nuevas bicicletas de carrera, que fueron el regalo de la última Navidad. El mal tiempo y las clases apenas les habían permitido estrenarlas. Ese domingo, a la puerta del verano, habían acordado utilizarlas para aproximarse al horcajo en busca de muestras para la colección que habían de presentar al profesor de Ciencias Naturales.
     Germán batía un pedaleo ágil, alzándose de vez en cuando sobre el sillín de la máquina. Sus oteadores ojos no se distraían a causa del aparente cansancio del camino. Remontaba con facilidad los continuos repechones que el trazado le marcaba. Su mirada se volvía una y otra vez a comprobar si fausto lea seguía por la carretera. Entrecortada sobre el fondo del valle la silueta de su amigo avanzaba cansina.
     Fausto no era hábil para el deporte. Fueron sus padres los que le indujeron a practicar en la bicicleta para que realizara algo de ejercicio. En los estudios aventajaba a Germán a causo de tesón, aunque envidiaba de éste su intrepidez y desparpajo.
     Sobre las cunetas del camino se cerraba la espesura de la arboleda. La luz del sol penetraba muy tamizada entre las ramas. La sombra aliviaba el calor de la tarde.
     Alcanzando el colmenar, dejaron las bicicletas amarradas a un árbol con las cadenas canceladas por sus dos candados. Germán cargó sobre sus hombros el petate que guardaba la tienda de acampada. Fausto tomó una pequeña mochila de nylon rojo, en la que había juntado algunas provisiones.
     Desde el colmenar al horcajo el camino se hacía senda que discurría ya entre pinos, ya entre jara y retama. Se apresuraba el sol a ocultarse entre las agujas rocosas que coronaban las cimas del monte.
     Germán abría la marcha, recortando su paso habitual para adaptarse al menor ritmo de Fausto. Éste, algo temeroso de la aparición de cualquier animal, se apresuraba para no quedar distanciado, procurando en lo posible disimular un pequeño jadear que cada vez se le producía con mayor frecuencia. Todo intento de reprimirlo, incluso ordenando la respiración, como le habían enseñado en la clase de deportes, le fue inútil.
     A Fausto no le hacía ninguna ilusión el dormir en el campo. Si había accedido a pasar este fin de semana fuera de casa era por la gran confianza que tenía en Germán. Éste, que siempre salía venturoso de las escaramuzas a que se enfrentaba, buscaba de continuo experimentar nuevas sensaciones y gozaba con las aventuras.
     Cuando el día comenzó a perder su nombre y con él la luz, alcanzaron los expedicionarios el horcajo. La última parte del camino discurría entre un apretado bosque de pino negral. Fausto llegó -a su decir- exhausto de fuerzas, aunque si hubiera de haber continuado, bien que lo habría hecho con tal de no separarse de su amigo.
     El paraje del horcajo, poco transitado, estaba enmarcado por dos macizos contrafuertes y el murallón que se alzaba al pie de la rocosa Lanchamala. Allí se consideraba que nacía la garganta, pues uníanse los pequeños arroyos que se precipitaban dispersos por las pronunciadas pendientes, para continuar angosta abriéndose paso al fondo del vallecico.
     En medio de la apretura de los pinares encontraron una diminuta pradera de hierva algo húmeda, pero suficientemente plana, en la que decidieron hacer la acampada.
     Germán llevaba la iniciativa en la colocación de los útiles que habrían de sostener la tienda: desplegar mástiles, clavar picas... en cuya labor, era torpemente ayudado por Fausto, quien nunca había extendido una tienda de acampada.
     - Mira Fausto, -le decía Germán- los vientos hay que dejarlos tan tensos para que los mástiles no se muevan si sopla, y tan flojos como para que si cae y se mojan no rasguen la tela.
     - Y ¿Cómo se mide?
     - No hay que medirlo con nada, tío. Eso se sabe ya por la experiencia. Ves, tú ves tensando los demás como éste.
     Apenas el cielo reflejaba la última luz del crepúsculo. Fausto necesitaba utilizar de continuo la linterna, con mal apaño de alumbrarse y manejar las manos a un tiempo en otro menester. Germán no precisaba de la luz artificial, y más bien se sentía molesto cada vez que su compañero le alumbraba, pues perdía la cadencia a ver entre las sombras.
     La temperatura desde la puesta del sol había descendido casi vertiginosamente, y se podía decir que comenzaba a hacer frío.
     Germán y Fausto prepararon sobre un pequeño infernillo de gas un caldo elaborado con un par de pastillas comerciales, al que Germán añadió unas hiervas que cortó, aduciendo que ayudaban a dormir por la noche. Fausto hizo acto de fe en la eficacia somnífera de la planta y tragó el caldo procurando inhibir el sentido del gusto. Desde luego, si hubiera recibido el brebaje sobre el plato de la mesa de su casa, jamás lo habría tomado.
     Cenaron con brevedad apremiados por el frío que iba apoderándose de las demás sensaciones posibles a padecer en el cuerpo. Sin desvestirse, tan sólo descalzaron los deportivos, se introdujeron en el interior de los sacos de nylon y guata.
     En un impresionante silencio callaba la naturaleza que les envolvía. Aunque era de noche, no consideraban apropiada aún la hora para darse a dormir.
     Germán gustaba de escuchar el silencio. Sentía en aquellos momentos, allá lejos de la familia, de la escuela, a distancia de a cuantos tuviera que obedecer, un sentido muy especial de la libertad; se sentía mayor, en la edad capaz de tomar decisiones sin la ayuda de nadie. Lo peor, imaginaba, era que pocas posibilidades de ejercer esa responsabilidad le ofrecía la situación, fuera, eso sí, de velar de alguna manera por su amigo, un primerizo en las lides de la aventura.
     Fausto no pensaba en dormir, porque el cuerpo se le llenaba de una sensación que no distinguía bien se era frío o miedo. Breves emulaciones que en su interior se hacía a la condición de su amigo, de quien creía que jamás habría podido padecer miedo, se cercenaban por una inquietud que le sobrecogía en cuanto le parecía escuchar algún ruido extraño -así lo calificaba- que sutilmente se deslizaba entre el absoluto silencio que les acompañaba.
     - ¡Oye, Germán! No has oído eso.
     - ¡Oye, Germán! ¿Qué ruido es ese?
     - ¡Oye, Germán!...
     - Será un pájaro... Será un animal... Quizá sea un espíritu. El Vasco dice que una vez se le apareció un fantasma; yo no lo creo, pero quizá acá lo haya y esté molesto de que vengamos a turbar sus sueños.
     - Oye, Germán ¿Nunca tienes miedo de nada?
     - Eso del miedo es cosa de niñas. Un tío no pasa miedo por nada.
     - Fausto pensó que quizá él lo que padecía no sería miedo; o tal vez... si aquello era miedo... y tuviera algo de común con las niñas. Sintió ligeras ganas de orinar, pero, ante la posibilidad de tener que salir solo de la tienda, decidió aguardar como fuera hasta la mañana siguiente; y después de repetir en su interior una oración intentó con todas sus fuerzas dormir.
 
 

CAPÍTULO 2

     - ¡Germán, Germán! ¿No hueles a quemado?
     - ¿Qué dices? -Le respondió entre sueños-.
     - Creo que hay un incendio. Huele a quemado. Hay humo.
     - ¿Fuego? Estarás soñando -Masculló a media voz Germán mientras volteó su posición sobre el suelo.
     - Germán, despierta. Hay fuego. ¡De verdad! ¡Despierta!
     Germán abrió los ojos con sobresalto, sobre lo nada que veía un fuerte impacto al olfato le hizo percatarse de la posible gravedad de la situación. Rápidamente, sin llegar a salir completamente del saco, se asomó a la entreabierta lona. Fausto entretanto se calzaba las deportivas. Germán apenas vislumbró, tras una atmósfera llena de humo, algún vago resplandor rojizo.
     - Vamos de aquí. No te separes de mí. Sígueme.
     Los dos compañeros comenzaron a toser, y en la plena oscuridad rasgada por resplandores inquietantes, intentaron correr siguiendo una dirección puramente instintiva.
     - Ponte el pañuelo sobre la nariz.
     Fausto seguía la espalda de Germán, que a menos de un metro de él intentaba correr sin conseguirlo, saltando sobre la retama.
     - No puedo respirar.
     - Calla y corre.
     Consiguieron avanzar algunos cientos de metros. Fausto cayó enredado su pie entre unos matorrales.
     - ¡Germán, no me dejes!
     - Estoy aquí, corre, esto es inaguantable.
     Fausto consiguió enderezar su marcha una corta distancia; jadeaba y tosía de continuo. Cuanto más aire buscaban inhalar sus pulmones, mayor era la angustia respiratoria que padecía. Los ojos de ambos lloraban. Germán con el pañuelo sobre su cara intentaba inútilmente contener la respiración. Ambos, aunque no lo querían aceptar, iban percatándose de lo insostenible de su situación. Apenas si sentían que sus manos, y los pies descalzos de Germán, estaban repunteados de arañazos y espinos.
     Fausto cayó nuevamente. Sintió que por un momento perdía la noción del equilibrio, acto seguido escuchó la voz de su amigo y perdió la percepción de su presencia. Quedó sobre unos helechos desvanecido. Germán, semiasfixiado, intentó coger a su amigo. Un continuo golpe de tos le hería la garganta, al tiempo que sentía una fuerte opresión dentro del pecho, como si quisiera expandir su volumen. Raseó la cabeza contra el suelo como queriendo extraer algo del aire contenido entre el ramaje de los helechos. Sintió un fuerte mareo, levantó levemente la cabeza, le pareció ver una extraña luz que se acercaba, y perdió por completo el conocimiento.
 
 

CAPÍTULO 3

     Fausto despertó con un enorme escozor en la garganta que le descendía hasta el pecho. Tenía la impresión de haber dormido muchas horas. Intentó palpar con su mano derecha una mascarilla que, sobre su cara, le facilitaba la respiración, pero le fue imposible elevar el brazo. Comenzó a recordarse entre la masa espesa de humo, su angustia, la tienda de acampada, su amigo Germán. ¿Dónde estaría Germán?... ¿Dónde estaba él?
     El habitáculo que le acogía era muy especial. De reducidísimas dimensiones, tenía forma ovoide, y su cuerpo descansaba sobre una masa dura a la que se ajustaba perfectamente su conformación. Una tenue luz, que no provenía de ningún foco concreto, se dispersaba por todo el local bañando unas paredes de material y textura para él desconocidos. El silencio era absoluto. Percibía como único movimiento en su entorno el cadencial movimiento de su abdomen el ritmo marcado por una pausada respiración.
     Pensó que debía estar instalado en alguna dependencia de un hospital. Desde luego no coincidía aquel entorno a las referencias que su memoria le trajeron del hospital comarcal. ¿Y su madre? Y... ¿Qué habría sido de Germán?
     Intentó moverse, pero no pudo realizarlo, era como si por cada parte de su cuerpo estuviera encolado al material que le servía de apoyo. Creyó haberse quedado inválido, y con todo, dio gracias a Dios por encontrarse vivo. No sin cierta ansiedad decidió esperar acontecimientos.
     Había transcurrido un rato, cuando sintió la presencia de una persona; ésta, que había accedido al local por un paso situado sobre la cabecera del lecho de Fausto sin que éste hubiera percibido ningún ruido, se inclinó sobre su cabeza.
     - Sé que me oye, pero que no puede hablarme. Le recogí inconsciente del fuego que destruyó el bosque. Su amigo Germán se encuentra aquí, en el compartimiento de al lado. No ha sufrido ningún mal y dentro de poco le podré retirar la asistencia a la respiración. Habrá comprobado que no puede realizar ningún movimiento; no tema usted, le traigo este traje, que una vez se lo haya enfundado, le permitirá moverse con libertad.
     Fausto observó el rostro de aquel hombre, y sin encontrarle anormalidad aparente, le pareció absolutamente extraño, sin llegar a poder definir el porqué. La perfección de sus facciones, la tonalidad de su voz, la amabilidad en el trato -a él nunca le habían tratado de usted-, sus movimientos realizados el tiempo con majestad y sencillez, como sin esfuerzo, le hizo pensar que debía estar en un hospital de una capital muy importante, donde la gente fuera muy distinta a la de su pueblo.
     El traje que en la mano llevaba aquel hombre le pareció a Fausto un tanto raro, pero en su cabeza primaba descubrir que era lo que hacía de aquella persona albo especial. Mientras le enfundaba el traje no dejaba de contemplarle el rostro, y comenzó a percibir que se sentía incapaz de definir si se trataba de una persona joven o madura.
     - ¡Fausto, tío, esto es guay!
     Entró en ese momento Germán revestido con un traje similar al que le estaban terminando de acoplar, que se prolongaba sobre la cabeza con una especie de capucha igualmente trasparente.
     - ¡Estamos volando entre las estrellas! ¡Esto es fabuloso! No sólo estamos vivos sino que figúrate que aventura. -Germán estaba exultante y Fausto no comprendía que clase de parodia estaba representando su amigo-.
     Fausto, una vez que se encontró arropado, comprobó que podía moverse con normalidad. Le habían retirado la mascarilla, y pudo comenzar a hablar.
     - Gracias -fue su primera palabra dirigida hacia aquella extraña persona que por momentos se le iba haciendo familiar-. Muchas gracias por salvarnos la vida.
     - Ah, gracias, que no se las había yo dado -añadió Germán-. Explíquele usted que estamos en el espacio, que a mí no me cree.
     - Fausto, yo me llamo Gorke, y aunque te parezca mentira, efectivamente volamos por el espacio, Podéis pasar por aquí a la sala de control, preciso comprobar que todo está en orden. Ahora podremos hablar más despacio.
     Gorke seguido de Germán y Fausto, atravesando un pasillo estrecho, llegaron a un amplio local cubierto por una bóveda esférica. Mientras Germán observaba cuanto le rodeaba con una extraordinaria avidez, Fausto, perplejo, no salía de su asombro.
     - Sí, Fausto, estamos en una nave espacial. Esto es fantástico.
     Gorke se dirigió hacia un pequeño pupitre, en el cual realizó algunas comprobaciones, evidentemente in entendibles para los dos pequeños.
     - Y bien, -continuó Gorke- desde esta pequeña nave estaba realizando la realimentación de las reservas de oxígeno, cuando me llamó la atención el incendio que arrasaba el bosque. Mi detector de seres humanos me anunció su presencia y me hice cargo de su situación desesperada. Aguardé si podrían resolver por su cuenta, pero cuando les vi estar a punto de perecer, en contra de nuestra costumbre, decidí recogerles y salvarles la vida.
     - Menos mal que estaba usted al quite, si no, nos achicharramos -expuso Germán-.
     - Y usted, ¿de donde viene? -Se atrevió a preguntar tímido Fausto-.
     - Habito en una constelación lejana, muy lejana, tanto que ni los científicos más aventajados del planeta suyo han podido observarnos. Nuestra galaxia, por tanto, les es desconocida, está innominada para ustedes. Para entendernos podríamos llamarla algo así como Laxán, adaptando nuestra voz a su lenguaje. Nuestra vida se desenvuelve entre muchos planetas los cuales habitamos con una armonía ejemplar a la que gobierna el universo.
     Fausto y Germán escuchaban admirados la explicación que les hacía su admirado compañero de viaje. Germán, sorprendido, sentía una inexplicable satisfacción interior por estar protagonizando esa maravillosa aventura. Fausto no salía de sí; su asombro era tal que no sabía si se encontraba en un sueño, y si no hubiera sido por la extraordinaria fascinación que le reportaba aquella persona, cuyo expresarse le transmitía una profunda confianza, hubiera sentido miedo.
     - Y si están tan lejos ¿Cómo puede ser que haya llegado hasta aquí? -Preguntó Germán-.
     - Es que nuestros sistemas de movilidad son muy diferentes a cuantos ustedes conocen en la Tierra.
     - Sí, pero, por muy rápido que vuelen tardaría millones de años en venir acá.
     - Tenga en cuenta usted que mide en su proporcional capacidad. Son ustedes, los humanos, de la Tierra, los que se hayan sujetos a una limitación demarcada por el espacio y el tiempo; los que habitamos en eso que denominan otros mundos, no estamos sujetos a las mismas constricciones. Surcamos el universo con la armoniosa simplicidad con que se mueve todo el sistema astral.
     - ¿Y por qué no bajan a la Tierra y nos enseñan todo lo que saben? -Se atrevió a decir Fausto, que no salía de su asombro-.
     - La cuestión no es fácil de explicar en pocas palabras. Una situación excepcional es el que les haya recogido a ustedes. Hay dos razones para que estén ahora en esta nave: La primera, es que de otro modo hubieran parecido en el bosque; la segunda, es que de cuanto ustedes están viendo, no les creerán nada en absoluto, aun cuando con todo género de detalles lo relatara a sus paisanos. Así y todo, conviene que no hablen innecesariamente de lo que vean y de cuanto conversemos mientras dura su pequeña estancia en esta nave.
     - Prometido -dijeron a la par los dos muchachos-.
     - De las promesas de los terrestres, la mitad no las cumplen. Pero ya que son mis obligados huéspedes no sería por mi parte correcto dejar insatisfechas sus lógicas ansias de curiosidad.
     - De veras que no diremos nada a nadie.
     - Pues las explicaré la causa de que no concertemos relación con los habitantes de su planeta, salvo excepciones ocasionales. Nuestro mundo es un mundo en paz. Cuando tuvimos la primera noción de la existencia de seres vivos semejantes a nosotros en el planeta Tierra, pensamos establecer amistosas relaciones, como conviene a nuestra común naturaleza, pero cual fue nuestra sorpresa cuando descubrimos el poderoso abismo que nos distanciaba. Al acercarnos a ustedes descubrimos, sin poder comprender, que habitan en un sistema de relaciones que les conduce a luchar entre sí, a odiarse, llegando incluso a exterminarse unos a otros. La ambición, la soberbia, el odio, la envidia, y tantas otras lacras que parecen sustentar en su naturaleza, eran del todo desconocidas para los que habitamos en esos mundos tan lejanos. Nuestra existencia se arbitra en torno al bien, es como un íntimo reflejo de la armonía que reina en todo el universo ¿Cómo es posible entender que ustedes, compartiendo nuestro único universo, sean capaces del mal? Es un enigma que no nos es posible comprender. Contemplando como la capacidad hacia el mal se contagia entre los hombres fue por lo que nuestra comunidad desechó entrar en relación con los terrestres, a fin de que sus defectos no pudieran contagiarse a nuestras gentes. Así de sencilla es la razón de que no podamos compartir nuestros mundos. ¿Quién nos aseguraría que mostrarles tanta ciencia que entre ustedes se ignora, no tendría como fin el que la usaran para destrozarse más atrozmente?
     - Entonces, si nunca sois malos, ¿Sois siempre felices? -Interrumpió Fausto-.
     - Sí. Los sabios de nuestros planetas no llegan a saber por qué en el mundo de ustedes, con tanta experiencia de los desastres que en su historia han padecido, sean los hombres tan perseverantes en el ejercicio de la maldad. Es ése un gran enigma que creo nos está vedado descubrir.
     Tímidamente se atrevió a replicar Germán.
     - Pues eso es la libertad: Que obras bien, o si quieres obras mal.
     Sonrió Gorke.
     - No crea que eso sea así. En nuestro mundo también somos libres, porque obramos con asentimiento de la voluntad, pero nuestra misma razón nos indica que siempre hemos de obrar en bien.
     - Pues deberíais venir a enseñarnos a nosotros a hacer lo mismo.
     - Acaso no tienen igual que nosotros el guía de la razón. Creo que es algo que se escapa a nuestras posibilidades. Espero que al menos ustedes dos lo mediten con profundidad, y se porten consecuentemente.
     - Gorke ¿Por qué no nos llevas a tu país? -Casi suplicó Germán-.
     - No es posible. Además les esperan sus padres y compañeros. Hemos tenido que alejarnos del pueblo y salir al espacio para no ser descubiertos. Como les podrían estar buscando con alguna avioneta, y detectarnos con sus radares, hemos de esperar a la noche para retornar.
     - Y ahora ¿Estamos parados en el espacio?
     - No, -Gorke miró hacia el pupitre de mandos, y continuó- viajamos a trescientos mil kilómetros por segundo.
     - ¿A cuánto?
     - Sí, no se asuste. Si no fuera porque podemos alcanzar esas velocidades, para ustedes tan inaccesibles, viviríamos en un universo incapaz de ser visitado.
     - Pero si nosotros nos creíamos que con haber llegado a la luna éramos algo -Adujo Fausto-.
     - Es que su capacidad es la más limitada del universo. Apenas conocen una íntima parte de los recursos de la naturaleza y de los principios que rigen las leyes universales.
     - Y ¿con qué combustible podéis viajar así? -Preguntó intrigado Germán-.
     - ¡Oh! Es para usted algo muy difícil de comprender. No utilizamos ningún combustible, sino que aprovechamos la ley física universal de atracción y repulsa de las masas. Tenemos un sistema que podría traducir como la Retromateria, que para explicarlo simplemente, le diría que es la posibilidad de controlar el sentido de giro de las más ínfimas partículas, de modo que así, variando la potencialidad de las cargas eléctricas de sus masas, se consigue el movimiento deseado en el sentido y dirección precisos. Esto es de los primeros principios del universo. Es la capacidad de los humanos de la Tierra tan limitada, que aún desconocen la mayor parte de las leyes elementales de la naturaleza. Es muy posible que no puedan alcanzar esos conocimientos para que no trasladen sus desmanes más allá del círculo de influencia de su planeta.
     - Gorke, ¿podemos ver el espacio?
     - Nuestra nave es totalmente opaca. Ya siento que no puedan realizar su deseo. Pero no crean que llegarían a ver algo muy distinto de lo que observan cada vez que alzando la mirada contemplan las estrellas.
     - ¡Qué pena! Me gustaría ver la tierra a distancia -repuso Germán- no tendré otra oportunidad en la vida.
     - Posiblemente nunca hasta ahora se haya planteado el verla. Pero usted es joven, no pierda la esperanza, pero le aseguro que sensaciones más espectaculares encontrará en otros avatares.
     Fausto preguntó - ¿Cuándo volveremos a casa?
     - Muy pronto. Está cayendo la noche sobre su población. Espero que pronto el detector me indique un pasillo libre de toda posible observación, para poder descender. Lo único que siento es que les tendré que dejar retirados de la zona urbana. En el pueblo les estarán buscando y en la zona del incendio habrá retenes de guardia. Bajaremos en la zona del río. Allá podrán ustedes dormir en algún pajar y continuar hasta el pueblo al alba.
     - Gorke ¿no volveremos a verte?
     - Es muy probable que no. A nuestros mundos, aún cuando ya ven ustedes que no existen barreras físicas, un profundo abismo moral los distancia. Pocas esperanzas restan de que ustedes cambien.
     - Pero ¿y si nosotros nos portamos bien? Si a partir de ahora fuésemos como vosotros ¿ni así volveríamos a verte?
     - No dudo de sus buenas intenciones. Yo confío en el esfuerzo de ustedes, y espero que logren los mejores frutos.
     Un silbido suave proveniente del panel de mandos avisó a Gorke de una maniobra a realizar.
     - Nos señala que estamos próximos a aterrizar -dijo apoyando en esta última palabra una prolongación de su permanente sonrisa-.
     - Gorke, permíteme una pregunta -le interrumpió Fausto- ¿Cuántos años tienes?
     - Gorke abrió los brazos con un gesto de ambigüedad.
     - Nunca los hubiera contado. Allá todo es distinto. Allá el tiempo cuenta tan poco ... vivimos un perenne presente.
     La esférica nave de metal plateado se detuvo suavemente, próxima ya a la superficie de una pradera en las inmediaciones del río. El silencio que envolvía aquel paraje nocturno no quedó quebrado por la intromisión del objeto volador. Un pequeño casquete se entreabrió de su superficie y una tenue luz violácea alumbró la porción del espacio inmediato.
     - Bueno, señores, ya están de nuevo sobre suelo firme. Si se colocan sobre esa plataforma circular ella les posará a res de superficie. Espero que sean discretos con relación a cuanto hemos conversado. Pero no practiquen esa mala costumbre de mentir si les llegan a interrogar con profundidad... no compensa. Y no olviden que si siempre y en todo practican el bien, serán los más felices de la Tierra.
     - Adiós, Gorke; nos acordaremos siempre de ti.
     - Adiós. Nunca olvidaré esta experiencia –añadió Germán-.
     - Adiós. Siempre os tendré en mi recuerdo.
     Los dos muchachos descendieron en la plataforma, que se detuvo a una cuarta del suelo. Al pisar sobre la hierva Germán sintió el frescor sobre las plantas de sus pies, y recordó que en la huida precipitada de la tienda de acampada no se calzó las zapatillas-. El contacto con el frescor de la noche les retornó a la conciencia de su realidad cotidiana. Sin poder descubrir el porqué, encontraron satisfacción en volver a estar próximos a los suyos, aunque percibían la sensación de volver de un viaje que les hubiera entretenido fuera largo tiempo.
     La nave replegó sobre sí la plataforma, el casquete se cerró tras ella, volviendo a constituir la imagen de una perfecta bola de metal. Ante el asombro de los dos amigos, se retiró hacia el espacio e una velocidad tan vertiginosa que de inmediato quedó su imagen perdida entre las sombras de la noche.

 

CAPITULO 4

     Germán y Fausto decidieron encaminarse hacia el pueblo aun cuando todavía era de noche. La temperatura era templada y el creciente de la luna, que se filtraba entre las ramas delos árboles, les permitía caminar sin dificultad. Ensimismados en la conversación apenas prestaban atención a cuanto acontecía a su alrededor: el mugido de algún animal o el vuelo aturdido que, asustada, levantaba algún ave a su paso.
     - Y ahora, Germán, que va a pasar cuando lleguemos a casa ¿Tú crees que nos habrán dado por muertos? ¿Se enfadarán con nosotros cuando les contemos todo lo que nos ha sucedido?
     - Recuerda que nos ha dicho Gorke que no debemos decir nada. Además, lo que nos ha pasado, si lo contamos, no lo van a creer.
     - Sí, pero tendremos que darles una explicación de cómo hemos salido de aquel infierno.
     - Podemos decir que no nos acordamos; que salimos de la tienda entre el humo, y que hemos aparecido en el río esta noche. Que quizá alguien nos encontró inconscientes y nos llevó hasta allá.
     - Eso -afirmó Fausto, a quien las ideas de Germán siempre le parecían prodigiosas- podemos decir que hemos padecido eso que llaman algo así como amnesia; que de repente olvidas lo que te ha ocurrido durante un rato.
     - Bien, lo importante en este caso es que no te vayas de más con la lengua. Lo mejor es hablar poco, y poner cara de circunstancia.
     - Pero recuerda que nos dijo Gorke que no deberíamos mentir.
     - No decir lo que no se van a creer, es casi no mentir.
     - Claro, pero no sé por qué me da la impresión que nos van a freír a preguntas.
     - Tranquilo -dijo Germán- ya sabes la consigna a seguir: hablar lo menos posible, y no te acuerdas de nada.
     Siguieron caminando un largo trecho en silencio. Fausto dijo como meditando en alta voz:
     Que maravilloso debe ser el mundo en que habita Gorke. Si allá todos son buenos no deben tener nunca ningún problema. El maestro no se cabreará, tus padres no te regañan.
     Y todo eso que comentó que allá tienen otro tiempo en el que siempre es presente, debe ser algo así como que nunca se mueren, -le interrumpió Germán, que continuó- es demasiado, tío, y que se muevan de aquí para allá por todas esas estrellas –y apuntó con la mirada a un firmamento densamente estrellado- ¿Por dónde crees que estará ahora?
     Y los dos muchachos quedaron parados, como buscando entre los luceros un rastro de Gorke.

* * *

     - Mira, ya estamos llegando, aquellas son las luces de la gasolinera.
     - ¿Tú crees que nos seguirán buscando?
     - No, lo habrán dejado para el amanecer.
     - Pero al no habernos encontrado muertos, quizá esperen aún encontrarnos vivos.
     - Lo que te puedo asegurar, Fausto, es que no esperan que lleguemos andando por nuestro propio pie.
     - Seguro que mis padres no podrán dormir.
     - También mi madre estará pasando mala noche.
     - Ya estamos llegando. Germán ¿me acompañas hasta mi casa?
     - Vale
     Las calles, que discurrían entre casas y huertos, abrigaban la más absoluta soledad. Tan sólo las débiles bombillas aplicadas a las fachadas, con su débil luz mostraban un rastro de supervivencia.
     Eran cerca de las cuatro de la madrugada. Tarde para trasnochas y hora aún pronta para madrugar.
     Germán y Fausto llagaron a la puerta de la casa de éste. De una ventana de la planta alta, tras las contraventanas entronadas, se filtraba una tenue luz.
     - Ya te dije que estarían despiertos ¿Quieres subir?
     - No, me voy derecho a casa. Recuerda: no te acuerdas de nada.
     - Vale
     - Mañana nos vemos en la escuela.
     Fausto, ante la puerta de su casa, contempló como se alejaba su amigo, y sintió como si se le hubieran aflojado las piernas. Palpándose los bolsillos, recordó que el llavín había quedado allá en la mochila. Dudó un momento, y apretó el pulsador del timbre. Al poco escuchó pasos que descendían por la escalera. La puerta se abrió, y allá estaba la figura de su padre, cuyo rostro le pareció más envejecido que el del día anterior. Inconscientemente, por contraste, le vino a la imaginación el rostro sereno y jovial de Gorke.
     - ¡Fausto, hijo mío! -su padre le apretó contra el pecho y comenzó a llorar- ¡Carmen, es Fausto! -gritó hacia el interior de la casa-.
     Al instante, Carmen se precipitó escaleras abajo a abrazar a su hijo.
     Mientras, Germán había llegado al portal de su casa. Viendo cerrada la puerta y la ventana de su cuarto entreabierta, trepó sobre la reja del piso inferior y penetró hasta su dormitorio. Se asomó al cuarto de al lado, y desde la puerta vio a su madre rendida en la mecedora. Se acercó sigilosamente y le dio un beso en la frente.
 
 

CAPITULO 5

     - Sí, cabo, sí; pero comprenda usted que son unos chicos, a los que ya ha escuchado su declaración, y no creo que sea conveniente someterlos a mayores presiones.
     - Siendo usted su profesor tendrá sus razones para pensar así, pero hágase cargo que la versión de los hechos que ofrecen los muchachos no es muy coherente. Esa especie de pérdida de memoria no encaja con la descripción de los acontecimientos. Comprenda que en la exposición de los hechos queda sin explicar el cómo llegaron desde el horcajo, donde dicen que les sorprendió el incendio, hasta el río, en donde aparecen un día después.
     - Sí, ya le he dicho que comparto con usted el que hay datos por esclarecer, pero, como profesor, considero que psicológicamente podría desequilibrarles el hecho de someterles a más presiones. A esa edad es necesario que el adolescente se sienta comprendido, y sobre todo, que no detecte desconfianza a su palabra.
     - Me parece muy oportunas todas las razones que desde su punto de vista considere, pero yo soy el jede del puesto de la Guardia Civil, y mi obligación es remitir a la comandancia un informe esclarecedor y creíble. Tenga usted en cuenta que las pérdidas por el incendio en riqueza forestal han sido cuantiosas, que también la prensa de la capital dio como casi segura la pérdida de la vida de los dos chavales, y que el caso ha tomado más relieve en cuanto ha sobrepasado los límites del municipio.
     - Me hago cargo.
     - Pero no sólo eso, sino que incluso se han oído voces de algunos vecinos que les culpan como causantes del incendio.
     - ¡Qué me dice usted! Creo que ha quedado probado que el incendio se originó bastante más abajo de donde se han encontrado los restos de la acampada.
     - Nada hay aún definitivamente probado. Pero algunos apuntan la posibilidad de que después de montar la tienda hubieran regresado parte del camino, hubieran hecho fuego, no lo controlaron, y asustados huyeron hacia el otro lado del pueblo, donde no les pudieran sorprender las patrullas.
     - Como tesis policial no es desafortunada, pero tengo la impresión que no va la verdad de lo acontecido por ahí. En ningún momento he descubierto rasgos de culpabilidad. Tengo la impresión de que lo que puedan callar es asunto de otra naturaleza.
     - Bien, bien. Mi obligación es cerrar mi informe lo más detalladamente posible, y si no dicen la verdad en el cuartelillo, ya se la sacarán en la comandancia.
     - He hablado con el alcalde, y parece que no habrá demanda formal contra nadie. La verdad es que todos queremos esclarecer lo sucedido, pero no creo que sea el mejor camino el de los rigores policiales.
     - Cada cual con su obligación.
     - Buenas tardes.
     - Las tenga usted.

* * *

     Don Alfonso, el profesor de ciencias, llevaba tres años en el pueblo. Conocía bien a los alumnos y encontraba algo extraño en este suceso. En especial le llamaba la atención la serenidad de Germán y Fausto. Personalmente se sentía vinculado a los acontecimientos, ya que había concertado con ellos el que salieran para recoger muestran pétreas. A la vista de los acontecimientos, decidió investigar por su cuenta, con el fin de liberar a los chicos de las pesquisas oficiales si conseguía esclarecer los aspectos que quedaban oscuros.
     Don Alfonso se había entrevistado con los alumnos en un par de ocasiones, pero no había conseguido obtener más información que la vertida a los familiares: - “Nos despertamos con el humo, intentamos huir, perdimos el sentido, alguien nos recogería pues una noche después nos encontramos junto al río, y no recordamos más”.
     Una vez más don Alfonso lo intentó:
     - Se trata de que procuréis hacer memoria conmigo de lo que no recordáis para los demás, -les dijo muy sibilinamente- así yo podré evitaros el que tengáis que ir a declarar al cuartelillo, donde usarán otros medios para conseguirlo.
     - Don Alfonso, lo que pasó ya se lo hemos contado. Créanos usted.
     - Yo os creo; pero si bien lo que habéis contado puede que sea verdad, lo más probable es que no sea toda la verdad.
     Germán y Fausto no se vieron muy sorprendidos, pues ya esperaban que el cerco se les fuera cerrando. Cada vez estaban más convencidos de que tendrían que acabar contándolo todo, pero se resistían, pues la existencia de Gorke se había ido convirtiendo para ellos en un especial secreto que no apetecían compartir con los demás. Ya les había advertido Gorke que no les habrían de creer. Sus esfuerzos les costaba callar sin tener que mentir.
     - Vamos a ver -siguió don Alfonso- ¿os ayudó alguien a huir del fuego?
     - ¿Quién nos iba a ayudar, si era de noche y estábamos solos? Ya le hemos contado como salimos de la tienda, corrimos lo que pudimos, y quedamos desvanecidos.
     - Sí, eso ya lo sé; pero lo que quiero es que hagáis un esfuerzo para recordar como llegasteis desde el horcajo al río. En concreto, me gustaría que me dijerais quien es Jorge.
     A don Alfonso la madre de Fausto le había trasmitido dos detalles. El primero era que había sorprendido a Fausto algunas noches en que hablaba entre sueños con alguien llamado Jorge. El segundo, que había notado un cambio a mejor en el comportamiento de su hijo en casa. En el primer detalle don Alfonso pensaba que se escondía la clave de sus pesquisas; respecto a lo segundo, lo achacaba a que podría responder a una promesa del chico hecha ante el peligro. De hecho, esta actitud coincidía con la apreciación de los profesores.
     Fausto y Germán se miraron, pues no habían entendido bien si el profesor había pronunciado Jorge o Gorke.
     - ¿Quién?
     - Jorge.
     - Pues Jorge –dijo Fausto- yo sólo conozco al de clase, Jorge Cabrero, y a mi tío Jorge, que vive en Córdoba.
     - Y yo a Jorge Negrete –le salió chistosamente a Germán-.
     - Os hablo en serio. Yo creo que en todo esto hay un tercer personaje, que se llama Jorge, y del que no queréis contar nada.
     - Pues no hay, que sepamos, ningún Jorge.
     - Entonces, ¿quién es el Jorge del que me dice tu madre que desde el día del accidente hablas en sueños con él? -dijo don Alfonso, encarándose a Fausto, que se puso algo colorado-. Dice que no entiende lo que hablas, salvo alguna palabra suelta, algo de viajes o cosa semejante, y que parece haberle entendido que te diriges al otro llamándole Jorge.
     - Pues tendrá usted que venir a despertarme en medio del sueño y se lo presento.
     - ¿De verdad que no recuerdas nada de lo que sueñas?
     - En absoluto –contestó Fausto, para quien pensar que soñaba por las noches era un nuevo descubrimiento-.
     - ¿Y no sabes quién puede ser ese Jorge?
     - Pues no. Jorge... es que no conozca más que los que le he dicho.
     Fausto se percató de que sería Gorke el interlocutor de sus sueños, pero se alegró de ese baile en el nombre que no le obligaba a descubrirle.
     - ¿Y no has leído alguna novela, o visto alguna película cuyo protagonista sea Jorge?
     - Pues que yo recuerde, no.
     - Y tú Germán ¿no sabes de quién se puede tratar?
     - Que se llame Jorge, le puedo asegurar que no.
     Don Alfonso, que había estado durante la charla sentado sobre la mesa del pupitre delantero al que ocupaban los alumnos, se levantó, y mientras se retiraba hacia el estrado, les despidió diciendo:
     - Ale, ale. Podéis marchas a casa. Sé que hay algo que no queréis compartir conmigo. Bien, yo lo he intentado. Pero tendréis que volver a declarar en el cuartelillo. ¡Ya podéis inventaros alguna patraña que les convenza!
     En el pueblo corrían las más diversas versiones en torno a lo ocurrido con los dos jóvenes. La madre de Germán hablaba de un milagro de San Antonio, que los había sacado del fuego y llevado al río para salvarlos. Esta versión milagrosa fue tomando cuerpo entre algunas devotas del santo, y ya seguían a la tarde una novena de acción de gracias. Para la mayoría, con el temor a que les culpasen del fuego no se atrevieron los chicos a volver hasta el día siguiente, y dijeron que venían del río, aunque posiblemente pasaron todo ese tiempo en alguna cueva del monte; aunque bien es verdad que las partidas de rescate las registraron todas. Para alguno, todo era una maniobra del alcalde para que se hablase del pueblo y conseguir fondos de la Diputación.

* * *

     El capitán de la Guardia Civil decidió personalmente interrogar a los muchachos. Para ello aprovechó que tenía que personarse a realizar una evaluación de los daños del monte. En el cuartelillo citó a los protagonistas. Al interrogatorio asistió don Alfonso, quien había estado intercambiando puntos de vista previamente con el capitán.
El capitán, un hombre de gruesos bigotes y rostro serio, impresionó a los chicos.
     - Vamos, quiero toda la verdad. Vosotros dedicaros escuetamente a responder a mis preguntas. ¿Fuisteis solos al monte?
     - Sí, señor.
     - ¿Os sorprendió el incendio dentro de la tienda de acampada?
     - Estábamos durmiendo. Fausto me despertó diciendo que había fuego. Salimos de la tienda, había mucho humo, corrimos entre los arbustos y perdimos el cono cimiento.
     - Después que perdisteis el conocimiento, cuándo lo recobrasteis ¿dónde y con quién estabais?
     Germán y Fausto se vieron comprometidos con la pregunta, se miraron y guardaron silencio unos instantes.
     - ¿Os pregunto que con quién y donde estabais en el momento de recobrar el conocimiento?
     Germán recordó lo que les dijera Gorke de que no valía la pena mentir por ninguna razón, y mirando fijamente a los ojos del capitán respondió:
     - Cuando recobramos el conocimiento estábamos en una nave espacial, en compañía de Gorke, que nos contó como nos había recogido inconscientes entre el humo y el fuego.
     - Está usted tomando nota –le dijo el capitán al cabo-.
     - Sí, señor.
     - Bueno, Germán, ahora descríbeme la nave.
     - Pues realmente no sabíamos donde estábamos hasta que Gorke nos explicó que aquello era una nave espacial, y que él venía de una constelación lejana, cuyo nombre nos dijo y no recuerdo. Nos explicó que volábamos por el espacio, y que la nave no tenía combustible porque se alimentaba de un principio físico, para nosotros desconocido, pero que es por el cual se mueven los planetas.
     El cabo, había dejado de escribir y su rostro era una única expresión de sorpresa e indignación. El capitán, impasible, continuó:
     - ¿Y cómo era ese Gorke del que me hablas? Escriba -dijo dirigiéndose al cabo, al que recriminó con una mirada adusta-.
     - Bastante más simpático que usted –se atrevió a decir Germán, quien respondía en exclusiva el interrogatorio.
     - Eso es fácil -asintió el capitán- pero descríbamelo.
     - Pues un hombre... muy simpático y muy normal. Físicamente igual a nosotros. Si no es porque nos lo dijo él, no hubiéramos sabido que era de fuera.
     - Y vosotros ¿visteis como volabais entre las estrellas? –les dijo socarronamente el capitán, pero sin perder el aire grave con que dirigía el interrogatorio.
     - No, porque la nave no tenía ventanas.
     Don Alfonso, que al principio esbozaba una sonrisa admirado de lo que creía capacidad inventiva de su pupilo, cambió de actitud cuando asimiló el nombre de Gorke con el de Jorge que le dijera la madre de Fausto.
     - Y si eso es así, ¿por qué no habéis contado de ello nada al cabo ni a vuestro profesor? –continuó el capitán-.
     - Pues porque Gorke nos dijo que no teníamos por qué contar nada, y también nos dijo que aunque lo contáramos nadie nos creería.
     - Desde luego no es fácil de creer. ¿Y luego, qué pasó?
     - Pues nos dijo que allá, donde él vive, todo el mundo es bueno; que no quieren bajar a la Tierra para que no se les pegue el mal con que obramos los humanos de aquí.
     - Allá no tienen guerras –intervino Fausto- y no comprenden como entre nosotros las hay. Ello es la causa de que seamos los marginados entre los seres que pueblan las galaxias. Le dije que nos llevara con él, pero no quiso.
     - Nos contó también que los terrestres estamos muy atrasados, y que no conocemos casi nada de lo esencial de la naturaleza.
     Germán en ese momento se calló, miró a Fausto, y con la mirada se entendieron que habían contado mucho más de lo que les preguntaran.
     - Y luego, bajó otra vez la nave y os posó en el río ¿No es así?
     - Sí, señor.
     - ¿Entonces el incendio lo provocó la nave?
     - No, señor. La nave no es como las de las películas. Esta es como una bola que se acerca al suelo y despega sin producir fuego.
     - Bien, bien ¿Y esto se lo habéis contado a alguien?
     - No.
     - Pues seguir el consejo de ese tal Gorke, y no lo contéis a nadie.
     - ¿Podemos marcharnos?
     - Sí, podéis iros.
     El capitán indicó a don Alfonso que sería interesante cambiar algunas impresiones, y saliendo del cuartel continuaron conversando mientras paseaban por la carretera.
     Buena fantasía tienen esos chicos en la cabeza. Han debido emplear sus mejores recursos para preparar semejante coartada.
     Yo, que les conozco, sin embargo, creo que no se trata de un embuste -replicó el profesor-. No vaya a pensar que me creo esa historia de ovnis. No, pero pudiera ser que no se trate totalmente de un embuste. Es posible que ellos mismos crearan una atmósfera favorable a tales imaginaciones en una conversación por el camino, y que luego durante la noche, o en el entorno del pánico, llegaran a figurársela real. Germán es un joven de una gran vitalidad, y es fácil que en su interior se mezclen los planos de la realidad y la ficción. Sus mismas ilusiones por participar en una aventura peculiar puede motivarle el identificarla como existente. De Fausto, más metódico, sería difícil predecir esa conducta, pero puede ser un caso claro de identificación con el líder. Es tanta la admiración que tiene por su amigo, que podría llegar el caso de darse esa identificación psicológica en un proceso puntual.
     Todos esos razonamientos pueden ser que tengan sustentación. Aquí, desde mi punto de vista, nos encontramos con dos vertientes que parecen bien definidas. Una, que a los chicos les sorprendió el fuego en la acampada, pues los restos del calzado de Germán y el que allá estuvieran los petates, la linterna, los sacos de dormir extendidos, ... parece indicar que efectivamente les sorprendió en ese lugar. También parece haberse comprobado el origen fortuito del incendio, su rápida propagación y que el punto de ignición se encuentra bastante distanciado de donde estuvieron los muchachos. Por otro lado, sí parece que estuvieron en la zona del río, pues hemos encontrado huellas de pies descalzos. Cómo casar los dos aspectos que parecen tener visos de realidad, es lo que queda por componer. Si hubiéramos encontrado alguna pista sobre donde debieron de refugiarse, nos permitiría llegar a conclusiones definitivas, pero todas las cuevas de la garganta se registraron por las partidas de rescate sin resultado positivo de su rastro.
     Pues yo creo que fuese ahí, precisamente en una de esas cuevas, donde, asustados, alucinaron con esa aventura. El hecho que me ha trasmitido la madre de Fausto, de que por las noches sueña estar con Gorke, descarta una mera patraña recién inventada por los chicos. Incluso también podría hablarse de la existencia de un factor de corrección de sus caracteres; desde que tuvieron esa experiencia, su comportamiento a mejorado notablemente. En sí no es que hayan cambiado, siguen siendo los mismos, pero se les nota un especial esfuerzo por portarse mejor. Es como si hubieran padecido una fuerte impresión.
     ¿Le parece poca impresión el que estuvieran a punto de perder la vida en el incendio?
     Yo también lo achaco a lo mismo, e incluso a una promesa que hicieron en el momento más comprometido. Lo que desde luego sucederá es que no les durará mucho; compromisos como esos, a esas edades, no sobreviven a la inercia del temperamento.
     Pero lo que más me llama la atención es cómo han podido llegar a urdir todas esas ideas que cuentan.
     Esos chavales leen mucho, y habrán ido recomponiendo sus ideas con retazos de uno y otro libro. Todo eso es obra de Germán. Estoy seguro.
     Bien. Tendremos que cerrar el caso, aduciendo algunas pistas que permita concluir como demostrado que los chicos se salvaron el encontrar refugio en una cueva. De las declaraciones fantásticas, creo que sería mejor que quedaran entre nosotros. Ya sabe, siempre hay periodistas y noveleros empeñados en destacar chismes, y no sería conveniente que perturbaran el normal régimen del pueblo, en especial ahora que entrará el verano. Las declaraciones caerán en el archivo muerto. Quizá dentro de muchos años alguien sonría si las encuentra y tiene la buena ocurrencia de leerlas.
     Estoy de acuerdo con usted en que no corran los comentarios. Los chicos serían los primeros perjudicados. Si no echamos leña al fuego, esto se apagará.
     Pero don Alfonso en su interior no se creía capaz de reprimir los puntos en que su curiosidad no quedaba satisfecha.

* * *

     Secreto entre dos, no es secreto -reza un refrán castellano- y así ocurrió en el transcurso de unos días en el pueblo. El cabo contó algo de la declaración en la partida de dominó que los sábados compartía con el alcalde, al cura y el pastelero.
     Germán intentó, sin conseguirlo, convencer a su madre de que no se trataba de un milagro de San Antonio, y para ello le habló de la existencia de Gorke, cosa que a la mujer le parecía tonterías con las que aturden las cabezas de los críos en la escuela, e incluso llegó a proponer que ese señor no sería otro que San Antonio. A Germán eso no le producía escrúpulos de conciencia: él tenía mucho más claro el lugar que Dios ocupaba en el universo y no se le hacía incompatible con la evidencia por él sentida de la existencia de hombres extraterrestres.
     También Fausto tuvo que acabar explicando en su casa quien era el Gorke de sus sueños; y sus hermanos, de más corta edad, fueron el quiquiriquí del barrio, añadiendo a sus relatos lo que les proporcionaba su corto entendimiento y larga fantasía. La madre de Fausto empezó a creer que su hijo tenía por las noches contactos parapsicológicos, y lo que no eran más que vulgares sueños acabaron denunciados en la consulta de un psicólogo de la ciudad.
     Don Alfonso, requiriendo guardar el secreto, habló a su vez a otros profesores, y el cuerpo de maestros no tenía más que ojos para observar a los dos chicos y lenguas para enfrascarse en largas discusiones acerca de la verdad objetiva que en todo ello había.
     Como el rumor se fue acrecentando poco a poco, y casi siempre para criticar la fantasía y altivez de los chicos, quedando desvinculado al incendio, motivó el que no trascendiera mucho más allá del circulo de conversación de los paisanos; eso sí, para ellos era tema cotidiano en sus tertulias.



CAPITULO 6

     Fausto y Germán entretanto se empleaban en contemplar en sus conversaciones la diferencia entre la vida de allá, ese paraíso cuyos retazos les había apuntado Gorke, y los desmanes que a través de los informativos les llegaban de los distintos puntos de su planeta.
     Habían ido descubriendo -lo que para ellos antes pasaba inadvertido- que no habitaban el mejor de los mundos. Las noticias de los desórdenes sociales, del hambre y de la guerra, que fríamente relataban los presentadores de la radio y televisión, eran puntos de referencia que hacían volar su imaginación hacia aquel sistema en el que nadie habría de sufrir por esas circunstancias ¡Y cómo compartían con Gorke su incomprensión hacia los hombres que hacían posible esas locuras!.
     Los dos muchachos se aplicaban entonces a un mutuo compromiso de que ellos -¡al menos ellos!- se comportarían en la Tierra de modo que no fueran impedimento para que aquellos seres de lejanos planetas pudieran llegar a hermanarse con los terrestres.
     El ambiente del pueblo en torno a los dos chicos se fue enturbiando cada vez más. Los compañeros de clase, y los demás jóvenes, en un principio los ofrecieron su admiración, desvirtuándose ésta con el paso de los días hacia la envidia; que degeneraba con frecuencia en chismes cargados de mofa. Ciertamente no todos ellos compartían la misma opinión, pero en su mayoría reían con "el gran cuento que tienen esos fantásticos visionarios".
     Don Alfonso navegaba en un mar de confusiones. Por un lado sabía que era una patraña la versión oficial que se dio a las circunstancias que rodearon el suceso del incendio; pero, por otro, se resistía a creer sin más a sus dos alumnos, en cuanto que estos no le ofrecían muestra tangible que pudiera sustentar su adhesión a la versión de los dos chicos. Acompañado de Fausto, Germán y el profesor de matemáticas -que era el más incondicional de los muchachos- rastrearon la zona del horcajo y el río buscando infructíferamente algún rastro que pudiera asignar como testimonio de la intervención del objeto volador extraterrestre. Las ansias de don Alfonso por hacerse con algún dato, le hacían considerarlo en cualquier detalle del que pronto el profesor de matemáticas, don Alberto, le desencantaba mostrándole como no se trataba más que de restos del pavoroso incendio que había asolado el lugar.
     Don Alfonso, en su interés, había llegado a escribir al centro de controladores aéreos, por si en esa fecha hubieran detectado alguna anomalía; escrito al que no recibió respuesta alguna.
     Sólo la madre de Fausto, en su interior y sin manifestarlo a nadie, estaba convencida de que algún suceso extraordinario había concurrido en su hijo, pues su comportamiento había cambiado en poco tiempo. Ese nuevo interés que el joven empezó a mostrar por los acontecimientos de la humanidad, su actitud mucho más servicial, los comentarios cargados de lógica sobre el orden ideal que debería regir las relaciones humanas, la llevaban a pensar en la extraña coherencia que de pronto había inundado el carácter de su hijo. Sin decirlo a nadie, y haciendo caso omiso de las prescripciones de psicólogos y maestros, fue tomando cuerpo en su interior la intuición de que Gorke existía realmente y no sólo en la imaginación de su hijo. Al fin y al cabo, si tantas veces se había hablado de la existencia de los ovnis ¿por qué no pudiera ser que hubiera sido Fausto uno de los escogidos para tales encuentros? Tan sólo la preocupaba el que aquello no marcara negativamente la conducta de su hijo; pero, ¡si hasta ahora tan sólo para bien parecía influir! Con todo, ante su hijo, procuraba mostrar una postura de indiferencia.
     Era Benito, el padre de Fausto, de los más incrédulos, pues se mostraba un tanto reacio a prestar cualquier asentimiento, más en cuanto se creía afectado por el ridículo cada vez que en los corros de conversación se tocaba el tema en su presencia.
     - ¿Qué, tu hijo, como sigue?
     - Bien, bien. Perece que se le van esas cosas de la cabeza.
     - Desde luego lo que no puedes negarle es capacidad de fantasía. Ese te va a salir escritor. Un nuevo Julio Verne.
     - Me conformo con que se aplique a las matemáticas. Hoy lo que cuenta para poder tener trabajo son las matemáticas. Ya sabes: las letras no dan para comer.
     - No, no, déjale. Si igual se hace famoso y le dan una calle en el pueblo.
     - O acaban dándole el Novel -asintió otro contertulio- y ¿es que había mostrado afición por la fantasía?
     - No, nunca. Siempre a sido un chaval más bien retraído. Ya sabes que a mi no me gusta demasiado que ande por la calle.
     - Pues se te ha ido a la estratosfera –apuntó alguien, gracia que todos rieron y que Benito asintió con una mueca imprecisa-.
     - No te preocupes, Benito, que si un día vienen los marcianos en tu casa tienes quien te entienda con ellos.
     - Chiquilladas, ya bastantes somos para que vengan de fuera más.
     - Pues buena falta haría, si son tan buenos como dice tu chico, que vinieran aquí a poner orden –dijo el alcalde-.
     Todos estos chismes malhumoraban a Benito, que no hacía más que inducir a su hijo a que reconociera en público que todo eso era producto de la fantasía de Germán, a quien, por cierto, había prohibido poner los pies en su casa, para que no enredase más a Fausto con sus locos sueños de aventuras.
     - Pero, papá -le replicaba Fausto- ¿cómo voy a decir que es mentira lo que yo he visto con mis ojos? Además, Gorke nos dijo que no habríamos de mentir nunca.
     - ¡Gorke! ¡Gorke! ¡Gorke! No quiero volver a oír hablar más de ese hombre en esta casa.
 
 

CAPITULO 7

     - ¡Fuego!... ¡Fuego!... ¡Fuego en los Navarejos!
     A rebato repicaban, como locas, las campanas.
     Era la hora de la siesta, y costaba desperezarse y tomar ánimo para acudir a calmar el fuego.
     Germán leía, tumbado sobre la cama, un cuaderno de Axteris. Escuchó el rebato, y saltando se apresuró a vestirse.
     Su madre que se había acercado a la puerta, le dijo:
     - Germán, tú no hace falta que vayas. No quiero más líos de incendios. Esto, que lo arreglen los mayores.
     - No, madre, yo voy.
     - Es que nunca me has de obedecer.
     - No es momento de discutir. Un beso.
     Y Germán salió disparado.
     De los portales, hombres y mujeres iban surgiendo con cubos en las manos. Una cierta confusión se entreveía en muchos rostros; los que reposaban durmiendo no habían tenido aún tiempo de despabilarse; pero allá iban, y conforme se aproximaban el fuerte olor que se desprendía con el humo les acercaba a la dura realidad.
     Germán, que corrió la calle abajo, como si de una carrera se tratara, llegó cuando los primeros trataban de organizarse. De tres casas salía mucho humo, y a intervalos, alguna llama asomaba por la ventana. El fuego parecía haberse originado en el establo que hacía medianera con la trasera de las viviendas.
     Los ocupantes de las casas afectadas, demandaban ayuda, mientras posaban en un montón algunos enseres rescatados del percance.
     - ¡Mi hijo!
     Una mujer, gritando desesperada, corría hacia las casas siniestradas.
     - ¡Mi hijo! ¡Qué está dentro! ¡Mi hijo!
     Unos hombres se aprestaron a sujetar a la mujer, que como fuera de sí quería penetrar den la densa humareda que salía del inmueble en llamas.
     - ¡Mi hijo! ¡Allá está mijo! ¡Dejadme que vaya por él! ¡Qué se va a abrasar!
     María vivía en la última planta, la tercera, y allá había dejado a su hijo durmiendo en la cuna.
     Germán, al oír a la mujer, se arrancó, y sin que nadie pudiera detenerle, habiendo arrebatado a María la llave que llevaba entre sus manos, se precipitó adentro del portal entre el infernal humo.
     Al instante se dio cuenta de que aquello era insufrible. Pero tapándose la boca con el pañuelo, tiró escaleras arriba. Por las puertas de los pisos bajos salía una gran humareda que ascendía por la escalera buscando huída por las plantas superiores.
     Germán no respiraba. Ascendió de corrido los tres pisos. Traspasado el primer rellano, notó que la aglomeración de los gases era menos densa. Mientras subía, su pensamiento fugazmente voló a aquella jornada del incendio en el monte, era el mismo espeso humo que impedía respirar; sabía que allí no estaba Gorke y que le tocaba a él pagarle rescatando la vida de aquel niño, aunque perdiera la suya. Quizá fue algo más que un breve recuerdo, pero de ahí sacó fuerzas para realizar lo imposible.
     Acertó a introducir la llave en la cerradura, abrió y cerró tras de sí. Dentro de la casa, aun cuando había gases, la intensidad del humo era menor que en el tiro de escaleras. Oyó que del final del pequeño pasillo venían unos lamentos, el chiquillo lloraba en la cuna. La intensidad del humo crecía. Germán resolvió con presteza envolver al niño en el extremo de una de las sábanas de la cama de los padres; lo ató como pudo, anudó la otra sábana, y por la ventana lo fue descolgando entre la nube de humo que brotaba de las ventanas de los pisos inferiores.
     En la calle reinaba una gran confusión. Se corrió la voz de que Germán había penetrado en la finca, y aún no se habían calmado las primeras encontradas opiniones cuando todos, sorprendidos por las voces que llegaban de la ventana, vieron como descendía el bulto liado en el extremo de la sábana.
     - ¡Mi hijo! ¡Es mi hijo!
     Germán acercó cuanto pudo el niño a los que abajo aguardaban, dejándolo caer un pequeño espacio sobre las manos que abajo se alzaban para recibirlo.
     Todo había sido visto y n visto. Germán intentó volver a bajar por la escalera, apenas podía respirar y una continua tos se adueño de su pecho. Salió al descansillo, donde yo no se veía apenas nada, intuyó el arranque de la escalera, y se lanzó peldaños abajo. De pronto sintió que el suelo se iba de sus pies, y en medio de un estruendo, cayó con los tiros de escalera que se vinieron abajo. A la calle el portal vomitó, con el humo, una nube de polvo.
     Una mujer, María, apretaba sobre su pecho al niño rescatado. Lloraba de emoción y alegría.
     Otra mujer, sentada sobre un poyo, unas casas más allá, con la cabeza entre sus manos lloraba amargamente. Era la madre de Germán.
 
 

CAPITULO 8

     La accidentada muerte de Germán distrajo la atención anteriormente centrada en su relación con los extraterrestres. Todos en el pueblo atribuían a Germán la autoría de tales experiencias, considerando que Fausto alucinaba con la fantasía imbuida por su compañero. Con su desaparición casi todos consideraron cerrado el caso, en especial algunos, de los que más directamente se habían visto obligados a tomar determinaciones, sintieron una agradable sensación por liberarse del tema.
     Fausto, a quien la muerte de su amigo le había afectado profundamente, no volvió a hablar con los demás de Gorke. En su interior mantenía la relación con su amigo Germán. Por un lado se autorreprochaba el que juzgase egoístamente de desafortunado el comportamiento de su amigo, en cuanto sólo valoraba la soledad que para él ese distanciamiento le producía; aunque también consideraba como si su amigo hubiera querido renunciar a la responsabilidad en que el encuentro con Gorke les había sumido. Admiraba el heroico gesto de Germán, ese aventurarse a lo más dificultoso tan característico en él, y que, aun envidiado, se consideraba imposibilitado de secundar. Fausto estaba seguro que en las mismas circunstancias no se hubiera atrevido a salvar al pequeño, y se planteaba si no hubiera incitado a su amigo a realizar aquella acción las recomendaciones que les hiciera Gorke sobre la bondad a mejorar en las relaciones humanas. Lo que más preocupaba a Fausto es que la memoria de su amigo pudiera quedar en los demás como la de un ilusionario, y que nadie diera por cierto el encuentro que había tenido con Gorke.
     Una tarde de Septiembre, Fausto subió hasta el horcajo, pensando que quizá en aquel lugar pudiera acceder aun segundo encuentro con su conocido habitante de las lejanas galaxias. Estaba seguro de encontrar respuesta a su demanda.
     Se situó en lo alto de un promontorio, y desde allí a grandes voces, mientras sus ojos oteaban el infinito espacio que se perdía en la bóveda celeste, llamó con todas sus fuerzas a quien ya consideraba uno de sus mejores amigos.
     - ¡Gorke!... ¡Gorke!... ¡Gorke!
     Las murallas rocosas le devolvían su voz confundida en sucesivas resonancias.
     Retornó confundido, pedaleando lentamente, meditando en su interior el porqué de aquel silencio de quien creía que, por la perfección de su bondad, no debía dejar de atenderle.

* * *

     Para el día doce de Octubre, la corporación municipal había organizado un acto para rendir homenaje al desaparecido Germán. Una lápida en piedra habría de ser descubierta en su recuerdo a la entrada del paseo de los Navarejos.

     La totalidad de los alumnos de la escuela, el ayuntamiento y la mayor parte de los vecinos de la población acudieron a la cita. Un nunca te olvidaremos cerraba la inscripción grabada sobre la losa, que había sido redactada por don Alfonso.
     Era una mañana clara, al filo del mediodía. La agradable temperatura otoñal invitaba a permanecer en el lugar. En corros informales los presentes esperaban la llegada del alcalde, alternando el bullicio de la charla con las bocanadas de humo extraídas a los cigarros. Aquí y allá se sucedían las loas y parabienes de Germán; se le reconocían virtudes que nunca se le habían atribuido, y quien más quien menos, olvidando posibles travesuras se hacía eco de algún favor que les dispensara el muchacho.
     La madre de Germán llegó cubierta con un velo negro; el pañuelo en la mano y los ojos enrojecidos hablaban de que yo por el camino había vertido algunas lágrimas. Le acompañaban algunas mujeres, parientes, enfundadas en sus trajes de luto. Tras ellas, el alcalde y demás autoridades.
     Don Alfonso introdujo un breve discurso en el que mostraba a su desaparecido alumno como ejemplo para los jóvenes del pueblo. El alcalde descorrió la cortinilla que ocultaba la lápida. María, con su hijo en brazos depositó un ramo de flores sobre el suelo, al pie de la piedra, y todos los presentes rompieron en silencio con un apretado aplauso.
     Fausto, un poco retirado, entre las últimas filas, no se sentía excesivamente emocionado. Le parecía todo muy ritual, y como si algo faltara que fuera espejo de ese chispazo que en toas las acciones ponía su amigo.
     Mientas se cerraba el aplauso, un fino rayo de color verde vino a posarse sobre la lápida, bajo el espacio que ocupaba la inscripción, desplazando su punto de contacto con un movimiento de escritura, creando un trazo que surcaba el granito -una miaja de humo levantaba a su paso en la losa- e iba continuándose una nueva inscripción.
     Todos los ojos se volvieron hacia donde creían que tenía su origen esa luz, quedando cegados por el sol que, en el cielo limpio, brillaba con su acostumbrado esplendor.
     En breve todo el vecindario pudo leer sobre la piedra, como escrito de corrido: Estarás presente en mi recuerdo. Gorke.
     - Gracias. Presentía que algo habría de ocurrir -dijo Fausto a media voz-.

F I N

                                                                                                           Jorge Botella