HUMILDE DIOS
                                                 Jorge Botella

INDICE

PARTE 1

1 Acerca de la naturaleza de Dios
2 Del conocimiento de Dios
3 La creación
4 El hombre
5 Jesucristo
6 La Trinidad
7 La oración
8 Lo bueno y el bien
9 La Iglesia
10 La Eucaristía
11 La familia
12 Amar a los demás
13 Valores y virtudes
PARTE 2
14 Justicia y caridad
15 Laboriosidad
16 Sinceridad
17 Fortaleza y penitencia
18 Sobriedad
19 Amor a la libertad
20 Limpieza de corazón
21 Misericordiosos
22 Pacíficos
23 Alegría
24 Perseverancia cristiana
25 Humildad
ACERCA DE LA NATURALEZA DE DIOS

Muchos nos han enseñado grandes cosas respecto a los atributos de Dios pretendiendo mostrar cómo es. Nos hablan de que Dios es grande, omnipotente, eterno, etc., pero todas esas cosas predicadas por los profetas o razonadas por los teólogos no nos dicen cómo es la naturaleza de Dios, su esencia, quién es. El místico Juan de la Cruz en su Cántico espiritual lo expresa con rotundidad: "No quieras enviarme / de hoy más mensajero / que no saben decirme lo que quiero".

Los cristianos entendemos por Revelación la manifestación que Dios nos hace acerca de su esencia, el modo que nos da a conocer quién y cómo es.

Es muy distinto lo que los hombres podamos descubrir de Dios en virtud de nuestra inteligencia, que siempre será ese reflejo del hacer de Dios subjetivamente interpretado, de lo que nos manifieste cómo realmente Él es. Nos podría valer para ilustrar esta diferencia el juicio que nos formamos muchas veces de las personas en función de sus actitudes y obras. Concluimos que esa determinada persona es así, pero seguro que apenas nos hemos aproximado a su verdadera personalidad, y muchas veces tenemos que rectificar tiempo después reconociendo cuán equivocados estábamos. Acerca de Dios nos suelo ocurrir algo parecido cuando construimos una imagen de Dios en virtud de las predicaciones conclusivas de los maestros y de la reflexión personal. Esa imagen podrá estar más o menos próxima a la realidad de Dios, pero nunca será un conocimiento real de su ser.

A Dios nadie le ha visto jamás (Juan, 1,18) se lee en la Biblia, y parece una enseñanza determinante sobre la incapacidad de la mente humana para poder escrutar una realidad que supera su limitación natural. Por ello, el saber que podamos alcanzar de Dios es consecuencia de lo que Él nos muestre de su naturaleza. Muéstranos al Padre y eso nos basta (Juan, 14,8) dice Felipe a Jesús.

La especulación sobre los atributos de Dios ha conducido a tanto desconcierto respecto al juicio sobre su naturaleza que parece razonable, como creemos los cristianos, que Dios mismo nos mostrara su personalidad haciéndosenos patente como naturaleza humana. Este es el núcleo central del cristianismo: Que Dios se ha manifestado a la humanidad haciéndose hombre, para que en la contemplación directa de sus palabras y obras pudiéramos conocer sin error lo esencial de su modo ser.

La revelación de Dios en Jesucristo parece a primera vista un contrasentido, tanto por la Encarnación de Dios en un hombre, como en que ello se hubiera realizado en un rincón del mundo. Todo parece ilógico y sin fundamento de proporcionalidad, si no fuera porque esos mismos actos nos manifiestan el núcleo de virtud de la esencia divina: la humildad. La humildad de Dios, que se antoja como la mayor paradoja del universo, será la gran manifestación de la enseñanza de Jesús y la puerta para la comprensión de Dios.

Siendo la humildad el fundamento de todas las virtudes humanas, resulta chocante que apenas se haya razonado sobre la humildad de Dios, y tiene ello justificación en que a la razón parece repudiarle la aparente antítesis entre un Dios creador, omnipotente, eterno... y humilde; lo que nos enseña: cuánto estaría equivocada nuestra razón si no hubiera sido iluminada por la Revelación.

Todos los creyentes alguna vez en nuestra vida nos hemos preguntado por qué Dios no se muestra patente a la inteligencia humana y de modo evidente y definitivo, contundente, trasluciendo su ser y su existencia. ¿Por qué el hombre se encuentra abandonado a la duda?

La respuesta a esos interrogantes tan sólo Dios la conoce, pero no andaríamos muy desacertados si consideráramos que la humildad del buen Dios le lleva a no determinar sobre la libertad del ser creado haciéndose objeto indispensable y necesario. La relación entre Dios y el hombre es de amor y no de dominio. Dios no crea esclavos, sino hijos.

El ejemplo de la paternidad humana puede servirnos de ilustración. El padre soberbio tiende a buscar perpetuarse en sus hijos, favoreciendo en todo lo posible que los mismos ajusten su personalidad a la propia. Estos padres, a veces ejemplarizados por la proyección del amor en sus hijos, no dejan de ser caricaturas de la natural relación de la paternidad. El padre humilde es el que asume su paternidad sabiendo que gasta su vida en engendrar personas propias y distintas, para quienes se siente servidor en el desarrollo libre de su propia personalidad. Quiere a los hijos como son y no como le gustaría haberlos diseñado según sus preferencias creativas.

El gran misterio de la esencia de Dios no se comprende desde la creación sin antes haber entendido en toda su extensión el término libertad. El respeto a la libertad es el máximo exponente de la humildad y la represión de la libertad la máxima realización de la soberbia. En la perfección de Dios, la humildad es tanto más trascendental como lo es la comunicación de su infinita libertad.

¿Quién podrá entonces acercarse a conocer algo de la esencia divina? Quien se abaje a la imagen creada conforme al creador. Sólo desde el escalón más ínfimo -los últimos serán los primeros (Mateo, 19,30)- se puede conocer a quien está como quien sirve (Lucas, 22,27). El espacio de la Revelación es el de la humildad y sólo quien se adentra en ese ámbito puede percibir en la palabra de Dios la verdad de Dios.
 
 

DEL CONOCIMIENTO DE DIOS

Cuando yo era pequeño los libros de enseñanza que trataban la religión partían de la exposición de un Dios espíritu puro, dando por sentado que todo el mundo admitía y entendía lo que era y significaba un ser espiritual.

La práctica de la educación al cristianismo de personas crecidas en culturas agnósticas ha mostrado que el escollo mayor de la adhesión a la fe es la asimilación del concepto "espíritu", tanto referido a Dios como al alma humana.

En los tiempos actuales de cultura materialista se ha generalizado como máxima dificultad la percepción de toda entidad espiritual. Sólo tiene relevancia en esta cultura el lenguaje de lo material, o sea, lo que puede analizarse y descifrarse por aplicación de la física. El humanismo, herencia de la experiencia del pensamiento acrisolado a través de los siglos, se ha puesto en cuarentena, como si se tratara de una veleidad sentimental de la sociedad para consuelo y justificación de sus incomprensiones.

En este panorama, la búsqueda de la verdad trascendental tiene que comenzar por la prospección interior de la persona para descubrir su dimensión espiritual. Tan sólo desde esa percepción se puede uno aupar a comprender, en lo que es comprensible, la realidad de Dios.

Podría poner un ejemplo simple, pero significativo. Desde finales de los años ochenta he prestado atención por ver en los programas de televisión de información y debate que sigo -aunque no son muchos- qué se hablaba del alma humana. Sorprendentemente he tardado más de diez años en percibir que alguien hiciera referencia a esa realidad.

La pérdida del concepto de espíritu constituye la mayor decadencia del humanismo frente al materialismo. La negación del alma tan sólo se haya expresada en algunas corrientes filosóficas materialistas, que a su vez construyen toda una pirueta intelectual para la justificación de la conciencia, la libertad, la ética... Pero, frente a esta deficiente negación teórica, existe la negación práctica de toda referencia espiritual en las corrientes sociológicas pragmáticas que son las que conforman la cultura de los nuevos tiempos.

En estas coordenadas, la aproximación al conocimiento de Dios no puede extrañar que deba mudar su sistemática y, en vez de partir del enunciado de la realidad trascendente, deba partir del conocimiento de la realidad espiritual del hombre, y desde esa base proceder al entendimiento de la analogía del alma humana como creada a imagen de Dios, espíritu puro.

Es cierto que para la comprensión de la entidad del alma humana es de gran ayuda la iluminación de la religión, cosa que no hay que olvidar, pero esa disposición a la fe se ve muy limitada sin la consideración de la sustancia espiritual que constituye la parte más genuina del hombre.

La libertad, ese prurito escondido que valora todas las acciones del hombre, es el máximo exponente de la entidad del alma; tan sólo en la experiencia del ejercicio de la libertad, de la opción de la voluntad en lo indeterminado, se aprecia la diferenciación con el cuerpo material, que siempre ha de actuar de acuerdo a los parámetros físicos que le determinan. La experiencia propia de la libertad por tomar voluntariamente esta y aquella resolución, en contra quizá de lo que materialmente se nos antoja más apetecible, es la referencia personal más próxima de nuestra alma.

Parece ocioso advertir que esta aproximación al conocimiento de Dios, desde la percepción propia del alma, choca con la evidencia de que en el orden de la razón Dios es anterior al hombre, pero ese grado de intuición que el hombre ha perdido hace cada vez más dependiente su juicio a la lenta progresión del conocimiento.

Toda búsqueda de Dios se basa en la humildad que acepta la distancia esencial entre el Dios y el hombre. Hasta ese mero conocerse el hombre como ser espiritual se hace dificultoso sin la iluminación de la inteligencia por ese don que llamamos Gracia. El comienzo de la andadura de la búsqueda de Dios está en el acto de humildad del que no deposita toda su confianza en sí mismo. De la contemplación de la propia limitación surge con frecuencia la necesidad de comprender en razón de lo imperfecto lo perfecto.

La relación de conocimiento entre el hombre y Dios es posible por la semejanza entre el alma espiritual y Dios, puro espíritu. La formalización de ese conocimiento entre espíritus parece lógico que sea intuitiva, forma de conocer propia de los seres espirituales, y quizá predominó así en el hombre alguna vez, aunque ahora lo que conocemos es que en el estado de unión con su cuerpo material no le es sencillo el ejercicio de la primacía de ese conocimiento intuitivo.

Quizá por ello Dios ha facilitado su conocimiento al hombre mediante la Revelación, en la que nos comunica con un lenguaje racional y accesible lo necesario para que conozcamos que somos objeto de su amor y cómo debemos ser para que vivamos la vida como seres que secundan libremente ese proyecto de amor.
 
 

LA CREACIÓN

La simple aplicación de los métodos científicos hacen imposible justificar la creación del mundo causada por Dios.

El cosmos, o sea, el conjunto de toda la existencia en cualquier estado de la materia, parece que es un conjunto cerrado en continua trasformación. El dinamismo que se trasluce en el movimiento nos permite evaluar el tiempo: es el origen de la medida que nuestro entendimiento aplica a la lógica de la secuencia de los acontecimientos que los sentidos perciben.

Para muchos, la perennidad de la materia en cualquiera de sus estados supone un escollo para la comprensión del concepto de creación. Si desde la ciencia se argumenta que el binomio materia-energía ni se crea ni se destruye ¿cómo es posible que haya sido creada? ¿Qué otra energía dio origen a la energía que conocemos? Es esta segunda cuestión la que realmente se presenta como un dificultad intelectual y contradictoria con la ciencia, cuando el verdadero problema surge porque acude a un sofisma quien engendra esta cuestión retórica.

La fuente del error nace en confundir la noción de principio de la existencia con el acto de creación, el que correspondería realmente a la creación como causa eficiente. Si la materia ni se crea ni se destruye, exige concluir que no puede tener un principio u origen que pueda pertenecer al propio del sistema físico. Nunca podría ser conocido por la física, pues la ley que lo redujese sería una ley propia del sistema que determinaría solamente un más allá científico. Desde esta perspectiva parece que se puede afirmar sin desmarcarse de la ciencia que el mundo es muy posible que no tenga principio, simplemente es muy posible que haya existido desde siempre.

Que el mundo sea desde siempre implica que contiene en sí mismo la medida del tiempo, que puede constituir una sucesión infinita proporcional a la propia posibilidad de la medida.

La creación divina del mundo que enseña la religión es un paso del no-ser al ser. No es un acto por el que se origina un principio desde el que se desarrolla toda la posterior existencia. Cuándo se alude al Big-Bang como principio del mundo, se está haciendo referencia a un acto físico, no a un acto metafísico de paso del no-ser al ser. La creación en sí no exige un acto primero originario desde el que se desarrolle el resto de las cosas materiales, ya que un acto de creación puede igual afectar a recibir el ser todo un conjunto de materia ordenado y organizado según su propia ley, la cual lo mismo es que suponga un principio temporal o un principio en el infinito.

La verdad religiosa que enseña el cristianismo respecto a la creación es que Dios libremente a dado y mantiene en el ser el universo material. La distinción entre Dios y el mundo es absoluta, pues el mundo no es una emanación de la sustancia de Dios, ni Dios es una energía capaz de producir, sino que crear es una potencia de dar el ser a esencias o cosas distintas de sí, en las que se muestra pero no se implica la propia naturaleza.

Querer compaginar origen metafísico y principio físico del mundo ha confundido a muchos filósofos, llevándoles a considerar el mundo como una parte de Dios, lo que se ha denominado panteísmo, que supone una casación entre el mundo material y el sobrenatural sin distinción de las respectivas naturalezas.

Que la creación del mundo material es un acto divino es la enseñanza religiosa central que el cristianismo trasmite de la Sagrada Biblia. Es un hecho de Revelación, pues aunque la razón podría aducir la necesidad de un acto necesario desde una causa no contingente para dar el ser a un mundo contingente, sin la Revelación de Dios habría sido muy difícil no caer en el Panteísmo, como lo hicieron grandes filósofos griegos y la mayoría de los espiritistas de todas las religiones habidas.

Al tomar como referencia las Sagradas Escrituras para escudriñar la Creación, es necesario tener claro que el contenido de la revelación religiosa -relación a Dios- es distinta de los contenidos de cultura religiosa -comprensión adecuada a la mente humana- que la misma contiene. Hay que distinguir al leer la Revelación lo que Dios manifiesta de Sí al cómo lo explicita para que pueda ser asimilado por la mente humana. Aquí su Palabra está limitada por la capacidad de quien recibe y trasmite la Revelación, por más que su Verdad queda incólume. Por eso, la aproximación a la verdad de Dios es un proceso sin límite.

La manifestación del proceso de la creación que recoge el relato del Génesis -transmitido según parece hace unos tres mil años- no compromete la palabra de Dios en lo que corresponde a la secuencia del mismo. Por más que en mucho -como la formación de los planetas, la tierra cubierta de agua, la concatenación de la vida vegetal, luego los seres animados desde el mar a tierra firme y por último el hombre- haya coincidencias con las tesis científicas de más aceptación, no quiere decir que hubo de ser necesariamente así, ni los tiempos de sucesión, porque la enseñanza de las formas y leyes materiales no son objeto de la Revelación, sino que ésta tan sólo incide en que todos esos procesos fueron objeto del acto creador para que pudieran haber sido.

El paso del no-ser al ser es un acto que exige que lo que es siga siendo mantenido en el ser, pues, al no tener su ser por naturaleza, precisa para no dejar de ser quien permanentemente lo soporte en el ser. Eso, que es algo complicado de entender, es lo que la tradición cristiana ha llamado Providencia Divina, que quiere indicar cómo las cosas materiales permanecen por la acción de la voluntad de Dios.

Una vez conocida la Creación nos preguntamos sobre su necesidad y su fin. La dimensión intelectual del hombre le implica en la inquietud por conocer la causa y el fin de su existencia. Aceptada la Creación por Dios surge el interrogante de la necesidad que tenía Dios para crear el mundo y el fin de lo creado. ¿Creó Dios el mundo para perpetuarse como ser conocido? ¿El mundo material en su secuencia temporal tendrá un fin como tuvo un origen? ¿Su fin será ya eterno? ¿Son posibles otros mundos?

Serían necesarios muchos libros para dar una respuesta que satisficiera por completo el ansia de conocer del hombre. Se han gastado muchas páginas y tiempo de ilustradas y doctas personas para interpretar lo poco que la Revelación exterioriza sobre la voluntad y fin de Dios creador. Siendo la obra más determinante para los seres vivos, sin embargo la intención de Dios parece haber quedado oculta como quien no asume el valor de la autoría. Dios, como en tantas cosas, queda escondido tras la obra de la Creación, cuya perfección interna parece justificarse sin necesidad de percibir la sabiduría que la ideó. Esta muestra de la humildad de Dios manifiesta su esencia de amor en trascenderse para dar realidad al objeto amado. La humildad del amor que mueve al bien se vuelca en perfeccionar la cosa amada sin exigir nada a cambio.

La voluntad de Dios en hacer el bien se comprende cuando se considera lo bueno que es tener ser. La actualidad de todo ser supone su primer y más elemental bien: es, y en ese ser se soportan todas las demás bondades que le corresponden según su naturaleza. Ahí se intuye lo que supone la Creación como ejercicio de la bondad de Dios, quien por esencia tiene el ser lo da a otras criaturas para que participen en el bien de ser.

La creación es un acto libre de Dios, pues si fuera necesario sería por exigencia de su esencia un acto necesario de su naturaleza que implicaría el compromiso del mismo en el ser realizado: un panteísmo.

La libertad del acto creativo justifica que es un acto de amor, pues el amor exige la libertad de espíritu para obrar, lo que el ejercicio de un acto puede llevar de amor es la voluntariedad libre de su ejercicio como bien, con independencia de otras circunstancias o relaciones que pudieran darse.

Si el mundo pudiera no haber existido sin modificarse el ser de Dios quiere decir que el hecho de su existencia tampoco lo modifica. Dios no ha creado el mundo como gloria o engrandecimiento propio, en eso se entiende su humildad y que haya permanecido como al margen de su presencia necesaria habiendo realizado una obra con absoluta perfección interna.

La comprensión para el entendimiento humano sobre la Creación no procede del análisis interno de lo creado, sino de la reflexión intuitiva de lo que el amor es y que es posible por la participación en lo creado del amor creador.

Si por su origen causal la metafísica puede argumentar sobre la Creación divina, no así sobre su término. Lo mismo que el mundo pudo ser creado sin principio, puede haber sido creado sin final, o ser infinito en una sucesión temporal en sus dos sentidos. El misterio del fin del mundo está incluso en el mismo misterio de la existencia y en la razón de su creación parece presagiarse su no aniquilación o paso del ser al no-ser. Del contenido de la Revelación sobre la encarnación de Jesucristo y la promesa de vida eterna se puede intuir la persistencia del orbe creado, aunque sin precisar cuánto pueda también de ser trasformado.
 
 

EL HOMBRE

Si la creación es un misterio, lo es en la medida que puede ser pensada. La inteligencia del hombre conoce dos aspectos de la naturaleza que le rodea que le sirven de pauta: 1º Que existe en un mundo que él no ha creado, pero que puede conocer con la distinción de sus partes y la relación entre sus elementos. 2º Que ese universo no le es posible comprenderlo ni abarcarlo en su integridad.

Estas dos características nos presentan a una criatura que se sabe no-creadora, la que no se debe el ser o la existencia a sí mismo, pero con capacidad reflexiva para comprender su distinción de las demás cosas: puede analizar, entender, experimentar y ordenar lo creado.

La distinción entre vida y seres inertes hasta hace años era la más trascendental, pues se consideraba un hálito el que procuraba a los seres la vida. La justificación continua de la ciencia nos ha enseñado que todos los seres materiales responden a una más o menos complicada combinación de elementos primarios cuya distribución formal termina distinguiendo natularezas o esencias específicas, todas regidas por leyes incondicionales en torno a las que aún queda mucho por descubrir.

El hombre presenta en su conocer una característica que le diferencia de los demás seres vivos, y es que tras evaluar la realidad tiene poder para actuar alterando el curso normal de los acontecimientos, creando nuevas composiciones materiales para su servicio. Esta capacidad de síntesis que se superpone a la habitual en el conocimiento sensible de acción-reacción precisa una estructura mental basada en una gran memoria capaz de archivar ideas como tales. Este procedimiento que hasta aquí puede ser interpretado semejante al de otras especies animales se complementa en el hombre con otro segundo procedimiento que se manifiesta en su creatividad y su libertad, que se construye inmaterialmente sobre la información de las ideas mentales desarrollando intuiciones o formas de conocer propias espirituales: formas de pensamiento creativas o nuevas respecto a la computación sensible obtenida, que le permiten decidir mediante un acto de voluntad. Una segunda característica es que esa creatividad puede o no aplicarla, según su voluntad, o aplicarla cuando y donde quiera, compartirla o no, trascribirla en signos comunes o propios, etc. El único límite a su creatividad lo marca la capacidad operativa de sus potencias sobre la materia, lo que no le impide que sus ideas inteligentes se desarrollen en la imaginación.

Este segundo procedimiento espiritual se considera como la manifestación de una sustancia espiritual que forma parte del hombre y que desde la antigüedad se ha venido a conocer como: el alma. Toda esta explicación filosófica sobre el hombre nos puede servir de ayuda para entender lo que Dios dice de Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (Génesis, 1,26). Puesto que en lo que percibimos de corpóreo el hombre no es semejante a Dios, habría de serlo en estar dotado de una sustancia espiritual semejante a Dios, espíritu puro.

Podemos preguntarnos: si el cuerpo material humano evoluciona, se forma, destruye o trasforma dentro del conjunto del cosmos, y el alma es espiritual ¿qué clase de ligazón es la que la vincula al cuerpo? Es este uno de los aspectos más problemáticos de la antropología filosófica. Algunos pensadores llegaron a concluir que el alma radicaba en una glándula; otros pueblos primitivos ubicaban el alma en el corazón, como elemento vital por excelencia. Por ser el alma espiritual no precisa una corporeidad material, pues de lo contrario se encontraría como cualquier otro órgano corpóreo sujeto a la determinación y a la evolución de la materia.

Ser espíritu supone ser una sustancia no material, pero ello sólo significa que no se compone de materia en ninguno de sus estados, no es energía, pero que tiene realidad y existencia plena en cuanto ser. Esta unión entre cuerpo y alma, materia y espíritu, se corresponde, por tanto, a la unión de dos sustancias completas para formar una sola naturaleza operativa, que es lo que llamamos persona. Un cuerpo humano podría vivir sin estar animado por un alma, pero el mismo ni sería libre ni se correspondería con una persona, y por tanto pertenecería a la especie animal. Igualmente el alma considerada aislada del cuerpo no es un ser humano sino una esencia espiritual semejante a los ángeles. Para que haya persona humana se requiere un cuerpo y un alma, unidas ambas sustancias íntimamente en un ser, cuya naturaleza corresponde a esa esencial unión, sujeto de todas sus operaciones.

La íntima unión que se da entre alma y cuerpo hace que no se puedan distinguir actos ejecutados distintamente por cada uno de ellos, lo que no obsta para que en cuanto sustancia individual cada una de ella siga la naturaleza propia de su especie. Por eso el alma no se disuelve y trasmite entre los elementos corpóreos del cuerpo tras la corrupción, ni se comunica en los procesos de fecundación, porque por su naturaleza espiritual es una e indivisible.

Que la persona humana está constituida por alma y cuerpo se percibe por sus operaciones, que son evidentemente materiales dado que se perciben por los sentidos, pero que también son inmateriales en lo que suponen de creatividad libre no sujeta a la determinación necesaria de la materia, que la mostraría obrando respuestas únicas a iguales impulsos sensibles percibidos.

El gran escollo que se plantea en el conocimiento de la esencia constitutiva del hombre -como ya se anunciaba anteriormente- es cómo y cuándo el alma se une al cuerpo y se puede hablar de persona. El alma como sustancia espiritual no participa de la evolución ni de la composición de la materia, luego no es educida ni forma parte del cosmos, por tanto su origen creacional no está vinculado temporalmente a la creación del mundo, siendo lo más probable que sea creada por Dios por un acto propio y expreso para la vida de cada persona. El que ese acto se produzca en el momento de la fecundación es una teoría que no se encuentra avalada por la Revelación, como no lo está que se produzca en cualquier otro momento de la gestación o al nacimiento. Lo que sí es claro es que el uso de la razón enseña que el alma está en la persona gobernando libremente sus decisiones.

Jesucristo en sus enseñanzas nos habla de la realidad del alma con total naturalidad, sin que considerase pertinente mostrarnos los secretos del origen de la vida, sino, fundamentalmente al respecto, centra su doctrina en la eternidad de vida para el alma creada. Hay que tener en cuenta que el cómo Dios crea cada alma es algo que pertenece a la intimidad moral de Dios, mientras que la inmortalidad afecta directamente a la moralidad de cada alma creada, que como persona asume la dimensión moral de su destino.

La unión de una sustancia material y otra no-material no es posible que sea reducida por ninguna ciencia; ni la física, ni la química, ni las ciencias naturales pueden comunicarnos algo que transpone la realidad cosmológica de la creación, como es la vida espiritual. Es quizá la psiquiatría, la filosofía, la sicología y la ética las que, como ciencias humanísticas que contemplan a la persona humana como realidad entitativa real, nos den pistas acerca del modo de unión del alma y el cuerpo.

Desde el punto de vista moral lo esencial es la consideración de que ambas sustancias, alma y cuerpo, están unidas como unidades plenas y completas, de modo que la conciencia del yo personal abarca al conjunto unitario de todas las partes del cuerpo organizadas según una única unidad funcional. El alma opera conjuntamente con el cuerpo por la proyección de su forma propia de conocer intuitiva sobre el conocimiento natural que es producto de la sensibilidad global de todo el cuerpo humano. En cuanto la realidad mental que sigue al conocimiento natural es una actividad psíquica desmaterializada es apta para la unión con una sustancia espiritual como el alma.

Una de las peculiaridades de la persona humana es la razón, facultad que se origina al escrutar el alma las ideas mentales, de modo que aplicando la creatividad deduce aplicaciones novedosas sobre la percepción de las ideas formadas por el análisis de su propia realidad y la del mundo que le rodea.

La observación de la muerte y la corrupción del cuerpo humano es quizá la evidencia más relevante de la vida, en la que se distingue plenamente la función vital de la letal. Mientras hay vida existe la cooperación ordenada de toda la estructura material organizada. La vida corresponde a esa entidad orgánicamente dispuesta como un ser, cuya realidad lo es sólo en cuanto cada parte del compuesto contribuye a la totalidad. La corrupción consiste precisamente en la desintegración de esa mutual dependencia de cada parte con el todo, pasando cada elemento a formar parte de una multitud de seres orgánicos inferiores producto de la putrefacción.

La persona humana cuando una de sus sustancias cooperantes pierde la realidad por su colapso vital desaparece en cuanto tal, permaneciendo en la existencia el alma como realidad espiritual, que por carecer de partes constituyentes no puede desintegrarse, permaneciendo en el ser y gozando de su existencia propia, pero sin formar parte del mundo.

La fe cristiana, por lo que Jesucristo nos enseña, sostiene que el alma en ese estado participa como espíritu en relación con Dios -hoy serás conmigo en el Paraíso (Lucas, 23,43)-, pero aguardando recuperar su condición de persona cuando al final de los tiempos a cada cual la sea dado rehacer su unión sustancial con un cuerpo material glorioso e inmortal, cuya esencia se nos escapa de toda posibilidad de comprensión desde los a priori de tiempo y espacio con que entendemos el mundo actual.
 
 

JESUCRISTO

Los cristianos somos tales porque creemos que Jesucristo, como Él nos enseñó, es el Hijo de Dios hecho hombre. El pontífice le dijo: Te conjuro por Dios vivo a que me digas si eres tú el Mesías, el Hijo de Dios. Díjole Jesús: Tú lo has dicho (Mateo, 26,63-64). Seguimos su Evangelio, que es la buena nueva que Dios nos revela, nos comunica, en la persona del Hijo: El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan, 1,14).

El valor trascendental y definitivo del Evangelio es que es palabra de Dios. La Revelación por excelencia porque nos es transmitida por el mismo Dios hecho hombre.

La naturaleza divina de Jesucristo es el fundamento de todo el cristianismo, y alcanzar una comprensión racional sobre la misma ayuda a aceptar lo que como misterio no nos es posible entender en su absoluta entidad.

Afirmar que Jesucristo es Dios y hombre verdaderamente contiene la aseveración de que Jesucristo es una persona única y real, que posee la naturaleza divina por la que es plenamente Dios, espíritu puro, y al mismo tiempo posee una naturaleza humana idéntica a la de los demás hombres. El Jesús que vivió en el tiempo en Judea no era una apariencia de hombre, sino un hombre tan real como los demás, con cuerpo, alma, necesidades fisiológicas, personalidad, afectado del cansancio, paciente al dolor, etc.

Para muchos, a lo largo de la historia y hoy mismo, la comprensión de la constitución de la persona de Jesucristo entraña tal dificultad que: o caen en el error de contemplar la divinidad eclipsando la humanidad, o sorteando la divinidad se quedan únicamente en la consideración de un Jesús hombre encumbrado a la más excelsa humanidad. Los primeros provienen de un actitud pietista desbordada y los segundos de un humanismo antropocéntrico prácticamente idolatrizante.

El camino para asimilar lo que es la persona de Jesucristo se sigue de la comprensión de la realidad de la propia persona. Sin una comprensión acertada de lo que cada uno es como persona humana, se hace muy difícil alcanzar el entendimiento posible de la persona de Dios hecho hombre. Por eso el capítulo anterior ha intentado arrojar algo de luz sobre el hombre, cuando normalmente la exposición de valores habría debido comenzar, como se suele hacer en las exposiciones doctrinales, acerca de Dios y de Jesucristo. Este camino a la inversa, desde lo que nos es más fácilmente comprensible, porque nos es más inmediato, puede que nos ayude en el intento de mejorar nuestro saber.

Si tenemos bien aprendida la distinción de las sustancias de alma y cuerpo y su unión para formar la persona humana, presuponemos que la misma estructura esencial hemos de predicar de la persona de Jesucristo si afirmamos de Él que es persona humana. El cuerpo de Jesús es orgánicamente igual que el de cualquier ser humano, compuesto por infinidad de células formadas por multiplicación a partir de un embrión originario, con una marca genética específica, con unos caracteres propios e irrepetibles, como se da en cualquier otro hombre. En cuanto sustancia material en el cuerpo de Jesús no existe nada especial que pertenezca a la divinidad, por eso la Iglesia siempre ha enseñado la verdad de la existencia de una naturaleza humana en Jesús.

Para que Jesucristo fuera persona, también es necesario que, como cada uno de nosotros, tuviera como alma una sustancia espiritual. Lo que nosotros llamamos alma humana, o sea un espíritu inmaterial específico de la especie humana creado ex proceso por Dios, es lo que en Jesucristo es sustituido por un espíritu preexistente eternamente en la esencia Divina. Por eso el Hijo de Dios sin dejar de ser Dios se hizo hombre uniéndose como sustancia espiritual a una sustancia humana para dar entidad a una persona real.

Aunque podría repeler al entendimiento el que un espíritu divino pudiera ocupar el lugar de un espíritu humano, ello no sería así si nos remontáramos a comprender en que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Y aunque la perfección infinita de Dios sólo está participada de modo limitado en el alma humana, esa semejanza permite que lo imperfecto pueda ser suplido por lo perfecto manteniéndose la realidad esencial.

La perfección del alma divina de Jesucristo no alteró el modo de relación de las sustancias de alma y cuerpo, de modo que Jesucristo, como cualquier hombre, tuvo que desarrollar progresivamente el adiestramiento locomotriz, aprender a tragar, a andar, a hablar, a contar, a expresar correctamente la lengua, con ejercicios de memoria aprendió la ley, se adiestró en un oficio para trabajar, etc. Su alma divina poseía la plenitud del conocimiento intuitivo, pero como persona sólo podía ejercerlo operativamente en la razón sobre las ideas elaboradas y memorizadas en la actividad mental.

La pregunta que nos hacemos los hombres cuando consideramos la presencia de Dios en el mundo en la persona de Jesucristo es ¿por qué en Belén, en un establo y en aquel tiempo determinado? Dado que los actos libres responden a una decisión voluntaria de las potencias internas de cada persona, inaccesibles a los demás, con mayor razón no podemos conocer la causa última que motivó esa acción de Dios; lo más que los hombres podemos ofrecernos es especular, a la luz de las obras y por razón de semejanza, con las razones que podrían haber movido a Dios a nacer de modo tan poco usual.

Todo en la encarnación y nacimiento de Jesús rebosa humildad: Desde la elección de María como madre: Porque ha mirado la humildad de su sierva... (Lucas, 26,63-64), hasta el lugar destinado a albergar bestias que tiene que tomar por cuna en su nacimiento. ¿Qué mente habría preparado un escenario similar para el alumbramiento de su hijo? Pues Dios estimó que el Salvador debía obrar desde el principio enseñándonos que el que entre vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos (Marcos, 10,44) y así Dios nace lejos de las ciudades del poder y la cultura imperial, en una nación insolente e insignificante, en una aldea minúscula, en un establo, por no haber sitio para ellos en el mesón (Lucas, 2,7).

La humildad de Dios rebosa en su manifestación mucho más allá de los límites que se nos podrían antojar lógicos, pues si su misión era trasmitir un mensaje a la humanidad, el espacio más apropiado habría sido el lugar de más audiencia: o sea, la capital del Imperio que extendía sus dominios sobre la mayor extensión de mundo civilizado. Pero no, y es que los hombres nos equivocamos porque el Evangelio no pretendía ser un mensaje sino un testimonio de cómo debía ser el hombre en razón de su semejanza a Dios. Por tanto, lo propio es que Dios se mostrara tal cual es en su virtud. La total humildad que rodea la venida de Jesucristo a la tierra es la manifestación palpable de la humildad de la virtud divina.

Que Dios se haga hombre como nosotros por nosotros es un acto de amor sólo comprensible desde la infinita humildad, porque lo inabarcable de una persona divina se hace tan limitado como es un persona humana, en la que no trasluce su divinidad. Para todos cuantos le tratan es el encantador amigo que arrastra con su firme personalidad, pero a nadie trasluce su divinidad.

Cuando los hombres estimamos que para la conversión de las almas a Dios hubiera bastado la presencia tumbativa del poder divino, no nos equivocamos, porque a la evidencia de una presencia sensible de la divinidad el conocimiento y la razón no pueden sino doblegarse. Pero asombrosamente Dios no escoge ese camino para la salvación de las almas, porque quiere que la misma respete el libre proceso de la decisión interior y crezca desde la percepción interior de la experiencia del bien. Incluso las gracias muy especiales, como la que se manifiesta a S. Pablo exige la cooperación interior: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer (Hechos, 9,6).

El Evangelio no es un código que nos diga lo que hay que hacer, sino una vida que nos ejemplifica cómo hay que ser. Por tanto, la enseñanza de la humildad de la Persona Divina es la primera lección que hemos de aprender.

Como el pecado es personal, pero además de negación de Dios constituye escándalo o movimiento de los demás hacia el pecado, por el mal ejemplo que se dimana en el círculo de relación de cada persona, así Dios dispuso que la salvación para los hombres viniera del Hijo del hombre, cuyo perdón a la injusticia vertida a su persona se constituyó en modelo sacrificial eterno del Dios hombre que se ofrece como víctima propiciatoria en el pecado que se comete contra su persona, en redención de todo pecado que el hombre cometa negando a Dios, como al mismo Jesucristo no le reconocieron -por ninguna obra buena te apedreamos, sino por la blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios (Juan, 10,33)-, o faltando al amor contra cualquier otro hombre –todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio (Mateo, 5,22)-.En el ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!(Lucas, 23,34) la oración paciente de la persona de Jesucristo alcanza el perdón universal para quien recurra a la humildad de solicitar su perdón: Hoy serás conmigo en el paraíso (Lucas, 23,43).

Jesucristo en la expresión material de su alma inmortal se constituye en el único maestro -no os hagáis llamar doctores, porque uno solo es vuestro doctor, el Mesías(Mateo, 23,10)- que puede mostrarnos el camino -Yo soy el camino, la verdad y la vida, (Juan, 14,6)- de cómo realizar cada hombre con perfección -sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial(Mateo, 5,48)- el proyecto divino que se esconde en la semejanza que cada alma humana tiene con la naturaleza divina. Esa esencia que todo el Evangelio dimana se difunde como el amor que se genera en la humildad de contemplar la proyección del propio e íntimo bien.

LA TRINIDAD

Si para poder acercarnos a comprender la personalidad de Jesucristo podemos valernos de la reflexión sobre nuestro ser, para conocer la esencia de Dios no tenemos otra sabiduría que la que Dios nos revela.

Para los cristianos la penetración en el conocimiento del ser de Dios nos viene por la enseñanza de Jesucristo, que se nos manifiesta como Hijo de Dios, uno con Dios: Yo y el Padre somos una sola cosa (Juan, 10,30).

La esencia íntima de Dios, su propia forma de ser, no se traslució con la creación, porque ésta, como un acto externo, no comprometía en nada la forma de su personalidad. Dar el ser a la creación es ejecutado en un solo acto de bondad en la que -como vimos- Dios opta por la humildad de no reflejarse como artífice, no trascendiendo nada de su íntima esencia sino el atributo de bondad y omnipotencia.

Es en la curación del hombre, que por su soberbia se había alejado de Dios, donde encontramos cómo Dios se manifiesta tal cual es comprometiéndose íntimamente con él en un proceso de amor personalizado. Al hombre, que ha reinterpretado idealmente la imagen de Dios acomodándola a su parecer, Dios le va a sanar manifestándose tal como es por el testimonio del Dios Hijo encarnado que nos predica al Padre y promete al Espíritu Santo. Este misterio de la existencia de tres personas que constituyen un solo y único Dios es la enseñanza capital del cristianismo, porque en él encuentran sentido todas los demás contenidos religiosos que determinan la relación del hombre con Dios y con el fruto del amor de Dios: la creación.

Al ser Dios espíritu, la mente humana, informada desde el conocimiento sensible por la conciencia racional, no puede ilustrarse sobre el mismo sino por analogía, siendo por esta razón que desde la percepción de la individuación de la materia le es imposible comprender lo que es a la vez uno y tres. Por eso decimos que es un misterio para la razón, aunque la intuición sí puede llegar a vislumbrar algo de esa realidad como fruto de la contemplación o meditación de las realidades espirituales.

Muchos tratados de teología investigan y profundizan cómo puede ser concebida esa realidad, pero para la vida religiosa lo único que vale es la experiencia espiritual de un solo Dios que obra según la libre relación interior que se da entre las tres personas que constituyen su esencia. Por el amor que entre estas personas existe, conociendo ese amor como pleno bien, Dios crea seres que participen de su perfección propia pudiendo relacionarse y ejercitarse en el amor. La realidad íntima trinitaria trasciende en la capacidad de comunicar a otros seres la imagen benevolente de su ser, constituyendo criaturas que amando libremente se identifiquen con la perfección de lo que Dios esencialmente es. De ahí que lo esencial del hombre: su libertad y su capacidad de amar, constituyan la imagen de la relación que se da en la intimidad de Dios.

En la experiencia de esa fraternidad entre los hombres es donde se puede llegar a entender algo de la enseñanza de Jesucristo respecto a la Trinidad, cuando al tiempo que son personas distintas que tienen relación -variadas oraciones de Jesús al Padre, (Mateo, 14,23, 26,39, Lucas, 3,21, 6,12, 9,18, Juan, 17)- son una misma cosa: creedme, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí (Juan, 14,11). Os conviene que yo me vaya, Porque si no me fuere el Abogado no vendrá a vosotros; pero si me fuere, os lo enviaré... Todo cuanto tiene el Padre es mío; por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo hará conocer (Juan, 10,7-15).

Mientras en Dios la unidad en el amor de las distintas personas es por esencia, en la naturaleza humana, constituida por alma y cuerpo individualmente, la relación de amor es fruto de la libertad de ejercicio, y por tanto cada hombre puede realizarse como imagen de Dios ofreciéndose a hacer el bien por el ejercicio experimentado del amor, o puede distraerse de esa potencialidad que le configura con Dios.

La dificultad de la comprensión del misterio de la Trinidad hace que el mismo, aunque sea esencial en la doctrina cristiana, tenga que ser asimilado gradualmente a lo largo de los años de práctica de la religión. Al no ser de razón la posible aproximación a su entendimiento, sino intuitiva, es necesario que el espíritu se experimente mediante la oración en las realidades divinas para, poco a poco, mediante la profundización del amor de Dios, penetrar algo, desde lo que trasciende del amor de Dios a las criaturas, en lo que es el amor divino, que como todo amor exige relación y que por tanto es propio que se dé entre personas de la misma naturaleza, siendo sólo pleno cuando cada una de las personas de la relación tienen la plenitud del amor.

Cuando el apóstol Juan dice que Dios es amor, se refiere a una esencia: lo que se es, y no a una potencia que se posee. El apóstol no se refiere a que Dios pueda amarnos, sino a la experiencia aprendida de Jesucristo -Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre (Juan, 14,31). Como el Padre me amó, yo también os he amado (Juan, 15,9)- de que la virtud del amor radica en Dios por naturaleza. Si por cristiano entendemos a la persona que se identifica y sigue la doctrina de Jesucristo, todo quien así se considere deberá ejercitarse en el amor -en esto reconocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis caridad unos para con otros(Juan, 13,35) - porque no es una virtud más a practicar sino imagen del propio modo de ser de Jesucristo en la realidad del Dios Trino.

Los cristianos al comenzar nuestra oración nos dirigimos a Dios distinguiendo las Divinas Personas: en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Esto es así ya que la revelación de la Trinidad nos pone en condiciones de dirigirnos a Dios personificando nuestra oración hacia cada una de las personas. Sabemos que cuanto meditamos en oración dirigido a una persona está dirigido a la Trinidad, que es quien se relaciona con los seres externos a su misma intimidad. El Evangelio nos muestra como Jesús eleva los ojos al Padre para resucitar a Lázaro, porque la resurrección de Lázaro y la del hijo de la viuda de Naín, como obras de Dios, son obras de la Trinidad y no sólo Cristo. No obstante Jesús se nos muestra como camino -nadie viene al Padre sino por mí (Juan, 14,6)- porque encarnado en un cuerpo humano se nos ofreció como imagen de Dios para facilitarnos la relación espiritual: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer(Juan, 15,15).En la oración, desde la familiaridad de la amistad con Jesús, llegamos a la relación con Dios.

Dios, aunque se nos ha revelado como Trinidad no exige para nuestra vida religiosa sino la misma humildad con que El no nos impone su ser. Comprender que toda la realidad de Dios no cabe en nuestra cabeza es fundamental para perseverar en el trato con Dios, y por eso cualquier elevación de nuestra mente hacia Dios es oración aunque apenas nos apercibamos de ello, puesto que la poquedad de nuestra capacidad no es obstáculo para la receptividad infinita de Dios. Conforme se persevera en el amor por Dios, se descubre en ese amor tanto de Dios como la mente en años de sufrido esfuerzo no lo podría lograr.

LA ORACIÓN

Oración es toda relación directa del entre el hombre y Dios.

Durante mucho tiempo las enseñanzas acerca de la oración se planteaban desde el reconocimiento de la criatura a su creador. Fácilmente esta interpretación se planteó desde la percepción del universo material creado (hechos 14, 15-18), porque es lo evidente a los sentidos, en detrimento de la creación del alma espiritual, que constituye realmente lo trascendente de la creación de Dios. Cuando la ciencia ha explicado la razón de la composición y evolución de la materia, para muchos, que el sentido de la oración lo habían confiado a la admiración del acto creador, la tendencia natural a la oración se debilitó.

Cuando un hombre es consciente de su dimensión espiritual, creativa, la relación con el Creador se fundamente no en qué y cómo es lo creado, sino en la razón de bien de la creatividad, que constituye el contenido ético y moral del quehacer del alma espiritual. El fin de la relación del hombre con Dios no sigue una curiosidad intelectual, sino la identidad de su ser como criatura creativa.

¿Puede existir relación ente Dios y el hombre? Hay cuatro razones que dan respuesta positiva a esa cuestión:

1ª Si Dios es sumo bien y crea almas a su imagen, es razonable que consienta en mantener una relación para la comunicación en el bien.

2ª Que estando dotados los hombres con un alma espiritual, su forma de conocimiento intuitivo les permite comunicarse con las realidades divinas.

3ª Porque la enseñanza de Jesucristo es constante en la necesidad de la oración: es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer (Lucas, 18,1).

4ª Por la experiencia personal de que quien practica la meditación contemplativa enriquece su sabiduría con percepciones que sobrepasan su cultura intelectual.

Como cualquier acto creativo del hombre, su oración sigue las disposiciones mentales puestas en ejercicio: la implicación de su inteligencia y voluntad como un acto querido libremente, porque los actos humanos lo son tanto más en cuanto superan la determinación material por la actitud creativa del alma de hacer algo nuevo.

Los actos de los seres vivos tienen una parte de rutina o imitación de lo sensiblemente aprendido, y otra componente de decisión voluntaria que es la que convierte esos actos en responsables. Los actos humanos son tanto más personales en cuanto la individualidad los realiza con mayor conocimiento y voluntad actual, aunque como ser compuesto de alma y cuerpo en todos los actos existe una cierta determinación material, que en los más espirituales queda reducida a la estructura del lenguaje y las formas imaginativas de la memoria.

Si consideramos la oración como un acto principalmente espiritual, en el mismo debe prevalecer lo creativo, que corresponde a la intención de todo lo espiritual, sobre lo rutinario. Por eso desde siempre se ha considerado la oración como la elevación del alma a Dios, no en el sentido metafórico de ascensión hacia un cielo situado allá en las alturas, sino de introspección y puesta en valor las potencias espirituales. La oración tiene por objeto una relación espiritual y por tanto requiere la máxima implicación del alma.

No es cierto que el ejercicio de la oración sea exclusivo de las personas espiritualistas versadas en la distinción mental de los actos espirituales, ni que la intensidad de la oración sea proporcional a las capacidades de percepción de la libertad o creatividad, sino que la misma se hace realidad en cada persona según la voluntariedad con que se aborda el acto de la relación. No hay que olvidar que la oración como relación del hombre con Dios es un acto personal y sería sólo evaluable en función de la forma de ser de cada alma, individualmente distintas unas de otras en sus capacidades y recursos mentales y de algún modo impenetrables a su más profunda realidad.

La oración, como toda relación, implica la voluntad de las partes que se relacionan, que son Dios y cada hombre. Dada la personalización que confiere el alma espiritual al ser humano, sus decisiones son propias e intransferibles, en especial en lo que concierne a su actividad espiritual, por lo que en la oración la relación siempre es de cada persona con Dios. La llamada oración comunitaria, por tanto, no puede ser interpretada sino como que muchos realizan al tiempo una misma oración personal, o que alguno o algunos oran a un tiempo encomendando a Dios una petición común.

La aquiescencia de Dios a entrar en relación con el hombre es uno de los aspectos de la predicación que Jesús garantiza: pedid y se os dará (Lucas, 11,9), quien pide recibe (Lucas, 11,10), velad y orad para que no accedáis a la tentación (Mateo, 26,41); o cuando enseña a sus discípulos a orar: así, pues, habéis de orar: Padre nuestro... (Mateo, 6,9). Como los Evangelios recogen la predicación de Jesús al grupo de sus discípulos, al utilizar el plural podría entenderse que les encomienda una actividad grupal, pero más bien se dirige a lo que cada uno deberá practicar y enseñar cuando habrán de dispersarse. Una buena referencia a la oración personal la hace Jesús cuando les indica: Tú, cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará(Mateo, 6,6).

Los catecismos durante muchos siglos han presentado una doble manera de orar: la oración vocal y la oración mental. Esta distinción es solo material, no formal, porque toda oración por la que se eleva la mente a Dios es necesariamente mental. El lenguaje es un medio de estructurar el conocimiento, que toda persona humana precisa para su actividad intelectual. Se exteriorice o no con la voz, el lenguaje se utiliza para formalizar nuestros conceptos. De la oración vocal habría que decir que sólo es tal si la voz sigue la moción espiritual por la que esas palabras se dirigen auténtica y voluntariamente hacia Dios.

Partiendo de que toda oración es una actividad mental de la persona humana, habría que adentrarse un paso más para comprender que esa actividad mental es la que sigue a la potencia espiritual, cuya forma propia de conocimiento, como todo espíritu, es la intuitiva, pero que dado que el hombre es un ser compuesto de alma y cuerpo indivisiblemente las intuiciones propias de su conocimiento espiritual se formalizan mentalmente por las ideas en el entendimiento.

Facilita la oración todo lo que facilite esa capacidad intuitiva del espíritu, ya que si la mente está atendiendo a percepciones sensibles que la ocupan, sólo en parte podrá elevarse para al tiempo dirigirse a Dios, lo que es posible porque la potencia espiritual es muy superior a la sensitiva, pero será siempre una acción condicionada. Por eso para mejor rezar se requiere la interiorización, o sea, la inhibición de las atenciones sensibles. Cuanto más se logra esa temporal independencia espiritual, más se facilita el camino a la elevación a Dios, y suele denominarse meditación o contemplación, por la desvinculación material que se logra facilitando percibir intuiciones, única forma capaz de escucha espiritual.

Aunque ponerse a hacer oración pueda resultar algo difícil por ser una actividad espiritual en la que aparentemente no se obtiene fruto, ello representa la parte más sencilla y la primera necesaria para establecer esa relación con Dios que es toda oración. Dado que una relación exige la intervención de al menos dos elementos que se relacionen, cabe pensar si Dios acepta esa comunicación y si realmente responde al alma humana. Esa parte, la que se escapa al control de nuestra voluntad, es sin embargo la más importante, porque si la oración sirve para relacionarnos con Dios será mucho más trascendente para nuestra vida espiritual lo que de Él recibamos que lo que le ofrecemos. Orar ya nos perfecciona en cuanto que potenciamos la acción de nuestro espíritu, pero las mociones que podamos intuir en la escucha de Dios conformarán siempre el mayor valor.

Que Dios atiende a los hombres sólo puede llegar a comprenderse en la experiencia de la oración. Del mismo modo que a nadar y a caminar se aprende nadando y caminando, sólo la experiencia espiritual del enriquecimiento que nos llega por las intuiciones espirituales pueden enseñarnos que la creatividad y la libertad del alma se alimenta de algo más allá de la experiencia y la razón sensible.

En el Evangelio tenemos ejemplos de la oración de Jesús, y de la tentación de las intuiciones transmitidas por el demonio. También nos constan las intuiciones con las que los ángeles hablan a María y a José, los padres de Jesús, sobre su papel y responsabilidad en esa tarea. También el apóstol Pablo nos relata sobre la oración que le mueve a la conversión, o ante sus luchas interiores a la resistencia al bien: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor (Romanos, 7,24-25). De hecho todo el Evangelio es oración en cuanto es la buena nueva revelada por Dios. Por ello las enseñanzas del Evangelio son la mejor materia para ahondar en los caminos de la meditación, indagando no sólo el qué dice, sino lo que dice a cada uno. Jesucristo nos enseña la disposición de Dios, que como Padre permanece atento y vigilante hacia sus criaturas: Los cabellos de vuestra cabezas están contados (Mateo, 10,30), y también el profeta Isaías había profetizado poniendo en la boca de Dios: ¿Puede acaso una mujer olvidarse de su mamoncillo, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidara, yo no te olvidaría (Isaías, 49,14-15). Por eso, todo el sentido de la oración está enmarcado en un diálogo paterno filial, donde el padre humildemente respeta la libertad del hijo sin imponer su respeto pero permaneciendo atento con desvelo al reclamo de cualquier necesidad.

La materia de la oración será todo lo que nos pueda concernir en relación a Dios, que se prioriza en un mejor conocimiento de nuestra vida y la suya, pero fundamentalmente a lo que atañe a nuestra vida espiritual, en lo que evidentemente también se incluyen las preocupaciones y alegrías que se siguen de nuestra relación con la naturaleza sensible. La oración nos debería servir para reconfigurar continuamente la imagen divina de nuestra alma e identificarnos más con Dios. Al ser Dios amor, el fruto esencial de la oración será aprender acerca del amor y crecer en la práctica de la caridad si somos consecuentes con lo que en ella hayamos podido percibir. Alguien podría plantearse que la oración abonaría la riqueza intelectual del hombre facilitándole conocer lo desconocido, pero quizá quien piense así considera más un Dios eminente que un Dios humilde, y de Él lograr el reflejo de su ciencia en vez de la experiencia de su amor. Cuando los discípulos inquieren a Jesús sobre el tiempo del fin del mundo, les da como respuesta: “Cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre (Marcos, 13,32), porque ello no pertenece a la enseñanza de su propia misión.

Dado que la relación entre un ser soberbio y otro humilde se hace tediosa, es por lo que la oración precisa de ser humilde. Muchas personas estiman la conveniencia de una excelsa liturgia para acercarse y mejor ser atendidos de Dios, pero ello es absolutamente contrario a la revelación cristiana: Es llegada la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre... pero ya llega la hora, y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad... Dios es espíritu, y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad (Juan, 4,21-24). Se deslegitima aquella concepción derivada del reconocimiento de un Dios todopoderoso vinculado a la creación del mundo material de quien se pretendía alcanzar su beneplácito por el trueque de ofrendas de bienes que pudieran saciar el reconocimiento de su dominio. Muy al contrario, parece ser que la enseñanza de Jesús a los cristianos es la del recogimiento en la humildad y desde el reconocimiento de la propia miseria, la del publicano arrepentido, entender la propiciación del amor de Dios.

Aquel, pues, que escucha mis palabras y las pone por obra, será como el varón prudente, que edifica su casa sobre roca (Mateo, 7,24). La vida de oración marca la intensidad religiosa de la vida de un cristiano, porque las enseñanzas de Jesús son para todos los tiempos y para todos los pueblos, pero su aplicación no perturba la libertad de cada hombre que debe esforzarse no en cumplir lo que Jesús dejó expresado sino en modelar la propia personalidad para ser como Jesús es. Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará , y vendremos a él y en él haremos morada (Juan, 14,23). Imitar a Jesús hoy y ahora, en cada tiempo, precisa sostener una relación espiritual en la que vayamos intuyendo las determinaciones propias del amor de Dios. Hay que tener en cuenta que la revelación de Jesucristo se transmite a través de la relación con personas humanas, sus apóstoles y discípulos, a quienes muestra su intimidad o modo de ser con autoridad personal: porque enseñaba como quien tienen poder (Mateo, 7,29). La oración cristiana, por tanto, debe orientarse a lograr esa intimidad con Jesús para que nos muestre cómo nuestra vida y nuestras relaciones se ajustarían en verdad a la revelación.

Que Dios quiere una oración que sobre la piedad modele nuestro bien obrar lo deja claro cuando enseña: “No todo el que dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos (Mateo, 7,21). La piedad, como forma de la relación del hombre hacia Dios, es una virtud estéril si no alcanza el fin de aprender en Dios su modo de ser y configurar a él el recto proceder.

La humildad de Dios debe proyectarse de tal modo en nuestra oración que lejos de ser una ardua tarea sea cosa de niños: De los tales es el reino de Dios (Marcos, 10,14). La meditación se realiza tanto en un rato sosegado dedicado específicamente a ella como en unos breves segundos donde el alma se escapa al encuentro de Dios. Es posible en la intimidad del hogar, pero también en la montaña, en un vehículo de transporte, en el barco de pesca, o en medio del ajetreo de la calle. El espíritu nunca está preso de la realidad circundante y la única limitación para poderse elevar hacia Dios radica en su íntima conciencia de libertad. El materialismo es la única cárcel del espíritu; porque la ignorancia intelectual limita la capacidad de asimilación de la penetración intuitiva, su interpretación, pero no merma ni el potencial espiritual ni la profundidad de sus sentimientos.

Como cualquier relación, los beneficios de la oración se siguen de la experiencia. Sólo las partes relacionadas pueden efectivamente evaluar si la misma colma sus expectativas, y cuanto más inmaterial es el ámbito de lo relacionado más íntima y personal se convierte esta valoración.
 
 

LO BUENO Y EL BIEN

Uno de los principales frutos de la vida de oración consiste en la distinción entre lo que es el bien al que estamos llamados a obrar, como criaturas semejantes a Dios, y lo bueno que satisface nuestros apetitos y expectativas sensibles. La moral tradicional cristiana ha venido oponiendo el bien y el mal como los dos polos que rigen la ética en el obrar. Ya la antigua moral maniquea sustanciaba esos dos principios como el juicio sobre el actuar humano, y desde ahí parece haberse extendido por los siglos identificando al bien con Dios y el mal con las obras y tentaciones del demonio.

Jesucristo articula su Evangelio en torno al bien, como expresión ética de la caridad del ejercicio humano. Venid benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; peregriné, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y vinisteis a verme (Mateo, 25,34-36), pero no contrapone acciones directamente malignas, sino falta de ejercicio de ese bien, que es fruto del amor: Porque tuve hambre, y no me disteis de comer... (Mateo, 25,42-43).En este pasaje donde Cristo prefigura el juicio final sitúa enfrentados el bagaje de obras buenas a la omisión de las mismas, es el bien frente a la ausencia de bien y no directamente el mal.

Muchos metafísicos han considerado que el accidente del mal no tiene entidad como tal, sino que se corresponde con la ausencia del bien. Las cosas todas, incluidos el hombre y sus obras, son buenas, y al mal que cabría admitir se identifica con la carencia de la bondad debida. Siendo el hombre semejante a Dios, sumo bien, el mal que generaría sería esencialmente obrar de modo distinto u opuesto a como Dios lo haría, quien correspondiéndose por esencia con el bien resultaría que esas obras humanas entrañarían carencia de bien. Todas las obras buenas de los hombres suponen ejercicio en la dirección de su naturaleza semejante a Dios, aunque no se tenga noción de ello, ya que esas mismas obras se identifican con la voluntad divina y se corresponden con lo que Dios mismo haría en el caso, si bien no se quiera considerar la providencia que sustenta todo el bien hacer.

¿Por qué el hombre se mueve a dejar de obrar el bien propio de su naturaleza semejante a Dios? La observación de la composición humana de alma y cuerpo nos puede ayudar a comprender que existen acciones que nos proporcionan satisfacciones, placeres, gusto, como a cualquier animal. Ello se debe a la naturaleza sensible de nuestro cuerpo, capacitado para percibir sensaciones de placer bajo determinados estímulos. Todo lo que así es experimentado, o cuanto se nos sugiere con relación a ello, se evalúa como bueno porque genera un placentero bienestar. Por el contrario, los estímulos que producen dolor causan rechazo sensible y ello se percibe como malo. Lo bueno y lo malo suponen una oposición de la sensibilidad humana bajo distintos influjos externos y de ahí se ha interpretado la oposición del bien y el mal para las operaciones del hombre. Existe una trasposición mental por la que el hombre proyecta sus experiencias buenas como el bien que ejerce hacia los demás y sus experiencias negativas como el mal que se hace a los demás, aunque esto sólo atañe a lo que se refiere al conocimiento sensible.

El ser humano, como criatura inteligente que es, distingue el bien obrar de su defecto, siguiéndose del primero la felicidad como estado de satisfacción del alma por el deber cumplido y del segundo un cierto remordimiento o malestar por no haber obrado correctamente. El mal lo percibe esencialmente como no haber obrado con otro cuanto quisiereis que os hagan a vosotros (Mateo, 7,12).

Obrar bien supone siempre la aplicación de una perfección para sí o para otro, y cuando se hace para el otro indirectamente supone una perfección metafísica para el que obra, porque realiza una operación y una perfección moral, dado que hacer el bien supone haber alcanzado una finalidad intrínseca para ese ser.

De alguna manera cualquier obrar humano se podría entender como bueno, ya que: o busca como fin un bien o, al menos, persigue intenciones sensibles de satisfacción. Obrar causándose un mal o persiguiendo hacerse dolor sólo se puede admitir en una mente perturbada. Cuando se causa un mal a los demás, atropellando un derecho o simplemente dañando su bienestar, no se obra habitualmente buscando ese mal por sí, sino que el mismo es consecuencia de ambicionar uno mismo un bienestar despreciando la responsabilidad de las consecuencias ajenas. Quien roba lo hace por las satisfacciones que le puede reportar el botín; quien odia o envidia, para enaltecer o satisfacer una pasión de poder ligada a una personalidad inmadura; quien miente busca el beneficio que le puede reportar la tergiversación de la realidad. Hacer el mal a otro por la satisfacción intrínseca de hacer el mal sólo se explica por una paranoia mental. Así entendido, la oposición moral de los actos humanos se podría plantear entre aquellas acciones que buscan el bien y las que buscan satisfacerse con lo bueno, lo que puede ser considerado que no entraña necesariamente oposición sino divergencia, ya que obrar el bien, la mayor parte de las veces, también proporciona sensación de placer, o sea, una satisfacción sensible.

La moralidad en el obrar se plantea con toda trascendencia cuando lo sensiblemente bueno dificulta al espíritu operar el bien debido hacia los demás. No se puede afirmar que ahí surja el conflicto de conciencia, porque éste es anterior a la deliberación de hacer el bien, de donde se sigue moverse a ejecutarlo, sino que al ser el hombre un compuesto de alma y cuerpo la ocupación en la satisfacción de lo bueno impide la realización del bien debido. En este sentido Santo Tomás de Aquino define el pecado como “una conversión a las criaturas”. Jesucristo no acusa a aquellos hombres como merecedores del infierno por haber causado el hambre de su prójimo -de modo semejante a lo que expone en la parábola del pobre Lázaro- sino que estando el cuerpo atento a los placeres sensibles hizo pasar la vida de aquellas almas sin percibir ni obrar el obligado bien de remediar el hambre de su prójimo.

Se puede considerar que de alguna manera todo hombre está sometido a la doble atracción entre lo bueno que su cuerpo reclama y el bien que su alma demanda. El apóstol Pablo escribirá: queriendo hacer el bien, es el mal el que se me apega; porque me deleito en la Ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena a la ley del pecado, que está en mis miembros (Romanos, 7,21-23).Todos los hombres estamos sometidos a las atracciones propias de nuestra naturaleza animal, que es buena y sus instintos saludables dado que todas las satisfacciones se relacionan con fines esenciales de cualquier ser vivo, a cuyo ámbito pertenece tanto el instinto de supervivencia, a la que van unidas todas las determinaciones del poderío sensible, como el instinto de perpetuar la especie mediante la reproducción. A ellos se orientan todos los sentidos y satisfacciones sensibles.

El alma, en contra, al ser espiritual, no precisa ninguna acción para su sostenimiento, y su esencia se realiza conociéndose y comunicando su perfección. Como en el ser humano está unida al cuerpo, necesita del ejercicio de las operaciones corporales para comunicar cualquier bien a otras criaturas, por lo que requiere que el cuerpo le sea dócil a sus propósitos. Lo que no siempre consigue ya que éste tiende a satisfacerse de las cosas buenas e inmediatas que le son accesibles y no sigue espontáneamente al esfuerzo que le puede requerir el alma para empeñarse en una operación más trascendente, salvo que tenga experimentado lo bueno que de allá se sigue para la propia persona. De ahí que cobren sentido las virtudes, que suponen el entrenamiento del cuerpo y del alma a obrar el bien para acrisolar experiencia de que ello es bueno. Hay que tener en cuenta que la satisfacción mental que sigue al ejercicio del bien redunda sobre todo el organismo constituyendo la denominada felicidad, que supone un tan alto grado de bienestar que prevalece y se superpone como apetencia estable a toda otra satisfacción sensible pasajera en el tiempo.

Esa priorización entre el bien y lo bueno, que constituye el núcleo de la moral, muchas veces converge en que el bien que propone el alma conlleva una buena satisfacción, como puede ser unas relaciones de pareja avenidas, trabajar en una ocupación que satisfaga, acompañar a una persona querida, etc. La intuición del ser humano procura compatibilizar la obligación con la satisfacción, y así se mueve a elegir convenientemente, siempre que puede, sus responsabilidades en la sociedad.

Frente a la virtud existe el vicio, que consiste en la permanente atracción hacia una satisfacción sensible. Esta atracción, cuánto más se quiere por su placer, al mismo tiempo se advierte como insaciable, porque los receptores sensibles se habitúan a unos influjos, y al tiempo que los demandan les solicitan mayor intensidad de aplicación para que el grado de satisfacción no decaiga por la insensibilización que toda percepción sensible opera como respuesta ante un estímulo excesivamente experimentado. De ahí que la fuerza de atracción de los vicios se constituya como una dependencia que progresivamente exige más y más atención de la persona, hasta, como en el caso de las drogas, secuestrar absolutamente la personalidad.
 
 

LA IGLESIA

La Iglesia es el conjunto de las personas unidas a Cristo por el amor. Su origen está en la Redención que por su muerte opera Jesucristo y nos acepta como amigos, hermanos e hijos de Dios. Se puede hablar también de comunidad, pero parece que este término se aplica con mayor dificultad cuando ha de abarcar a seres espirituales, ya que son las almas las que en cuanto semejantes a Dios pueden asumir la categoría de Hijos de Dios en Cristo. El conjunto de la Iglesia abarca a los santos del cielo, a las almas del purgatorio y a personas vivas de este mundo. El común denominador de todos es la unión con Cristo en la caridad sobrenatural que dimana del Corazón Redentor de Jesús.

Como realidad espiritual esencialmente divina se nos escapa su comprensión en muchos aspectos, dado que la capacidad de nuestro conocimiento es muy limitada. La imagen de la Iglesia Jesús la evoca en la parábola del buen pastor, en el símil de los sarmientos y la vid, así como en todas las demás parábolas del reino. Se entiende la idea de Iglesia esencialmente en ese común estar unidos a Cristo, por lo que en Él se constituye una comunidad espiritual que también se ha denominado cuerpo místico.

La denominación de cuerpo puede dar lugar al equívoco si lo asemejamos a los cuerpos vivos porque en éstos sus órganos se encuentran dependientes unos de otros. En la Iglesia, en cambio, cada alma se encuentra directamente vinculada a Jesucristo con una relación directa y personal, en inmediata comunicación a través de la oración y los sacramentos. Cuando se habla de una estructura orgánica de la Iglesia no puede aplicarse este término de forma real, como a veces se ha querido mostrar que los fieles se unen a Cristo a través de los pastores: la Jerarquía y el Papa. Ello supone confundir dos planos muy distintos como es el de la vida de la gracia, que corresponde a la relación entre el Redentor y los redimidos, que es directa, con el de la pastoral o predicación y administración material de los sacramentos, que es mediata porque implica la concurrencia de la materia de que estamos formados. Del mismo modo que Cristo aprendió como persona humana la ciencia, nosotros hemos de aprender la predicación de Jesús para libremente responder a su Gracia. En la tierra los seres humanos estamos unidos directamente a Cristo como cabeza de la Iglesia, igual que los santos en el Cielo, con la deficiencia de la visión directa e inmediata que hemos de sustituir por la ciencia adquirida y la experiencia religiosa.

Como en el hombre todos los actos del alma son conjuntos a los del cuerpo, y el amor se apoya en al sabiduría adquirida de cómo y a quién amar, como nos muestra Jesús en la parábola del buen samaritano, el proceso de amar a Dios está vinculado a la formación de la inteligencia y la voluntad para conocer y querer amarle, porque el verdadero amor sobrenatural no es sensiblería piadosa sino adhesión voluntaria a la personalidad de Dios. Se ama a Dios por ser quien es, teniendo en cuenta que nos es posible amarle porque está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó (1 Juan 4,10)y nos hizo criaturas espirituales semejantes a Él, y por ello con capacidad de amar.

La enseñanza de Jesucristo respecto a la situación de cada persona dentro de la Iglesia puede parecer muy confusa. Cómo habría de entenderse que los postreros serán primeros, y los primeros, postreros (Mateo, 20,16) y si alguno entre vosotros quiere ser grande, sea vuestro servidor (Marcos, 10,43). Para comprender esta paradoja sería bueno que cada uno reflexionara sobre la relación del hacendado Simón y la pecadora que se arroja a los pies de Jesús; el Señor tras mostrarle en una parábola la relación del perdón y el amor concluye que le son perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho. Pero a quien poco se le perdona, poco ama (Lucas, 7,47). En ese conjunto de seres humanos que constituyen la Iglesia ocupan un lugar destacado los pecadores, hasta que se podría concluir que la Iglesia en el mundo es un conjunto de pecadores que en reconocimiento de su propia condición ansían de Dios el perdón que opere su conversión. Ese es el sentido que tiene cuando se afirma que la salvación fuera de la Iglesia no es posible, ya que si el perdón se vincula al amor, y al conjunto de la Iglesia se vincula todo el que ama a Dios en verdad, todo aquel que busca la salvación se encuentra incluido en el conjunto de los seres que constituyen realmente la Iglesia de Jesucristo.

Como la condición de pecador se sigue objetivamente del juicio de Dios y subjetivamente de la apreciación de la propia conciencia, se precisa un medio para que esta subjetividad se ajuste lo más al objetivo juicio de Dios. Ese medio ha de corresponder al propio modo de ser humano para entender las cosas de Dios, que corresponde al alma, y en ésta, en función de la semejanza a Dios, habría que considerar a la humildad como la virtud que nos facilita reconocernos pecadores. Según la enseñanza de Cristo, quien más se aproxima al amor de Dios es quien se sabe más pecador, y ello, con independencia de los muchos y graves pecados que cada cual pueda cometer, está en la capacidad de cada uno de reconocer sus propios pecados, lo que alcanzándose por la humildad nos permitiría pensar que la Iglesia lo es en función de la humildad de cada uno de los elementos que la constituyen. Lo que coincide plenamente con toda la predicación de Jesucristo. La Iglesia será Santa, como lo es en su cabeza, Cristo, si es humilde como Dios es humilde. La santidad de la Iglesia no se sigue de su impecabilidad, sino de su permanente deseo de conversión a la verdad de Jesús.

La Iglesia como realidad espiritual que es no es visible, ni mensurable, ni evaluable, para los hombres; tan sólo cada cristiano percibe y experimenta su incorporación a Ella. Hasta los signos sensibles de la Gracia, como son los sacramentos, sólo significan según la efectividad espiritual que confieren. Lo que el mundo percibe y comúnmente denomina Iglesia no es más que la estructura visible del ejercicio pastoral de predicación del Evangelio a través de los siglos. Esa estructura configurada jerárquicamente está formada por los clérigos y las instituciones eclesiales, cuyo fin está en buscar la eficacia de la trasmisión de la fe y la ayuda pastoral para cooperar a la acción de la Gracia para la conversión permanente de los cristianos. Esa doble configuración de la Iglesia, como realidad espiritual e intramundana, no es fácilmente comprendida ni por la mayoría de los cristianos ni por las personas pertenecientes a otras confesiones religiosas. El error procede tanto de que la estructura visible de la Iglesia se ha conformado en mucho a cómo son las instituciones sociales y de que su espiritualidad no es fácilmente reconocible como una realidad.

Algunas tendencias teológicas han querido remarcar la distinción de esos dos aspectos de la Iglesia con la denominación de Iglesia jerárquica e Iglesia carismática. Si con ello se afirma una doble realidad eclesial se estaría manifestando un error porque siendo Cristo sólo uno, el conjunto unido a Él como cabeza sólo puede ser uno, ya que en Él se unifica. Si por Iglesia carismática se entiende aquella que contempla la realidad de la unión personal de cada uno con Dios, la consideración del vínculo de amor directo con Dios y la realidad del pecado personal del que cada uno es salvado particularmente, ella puede considerarse como un realidad, siempre que no excluya de la misma la inclusión de todos los pastores que, como los demás cristianos, gozan del espacio de su santidad personal. La Iglesia jerárquica la constituirían los pastores que abrazan el encargo apostólico de la predicación pública del Evangelio y la administración de los sacramentos. Esa manifestación pública del contenido de la fe en Dios según la revelación en Cristo es la gran tarea y responsabilidad a la que se somete, con mejor o peor acierto, toda la estructura visible de la Iglesia. Por coherencia entre lo que se predica y se vive, la Iglesia jerárquica debe ser ejemplar, lo que incluye la humildad para reconocer su pecado y la manifestación comunitaria del amor. Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho (Juan, 13,13-15). Toda la Jerarquía de la Iglesia está bajo ese mandato, lo que debe lograr si cada uno de sus clérigos se configura a prestar su servicio adecuándose personalmente a cómo es Jesús.

Iglesia jerárquica e Iglesia carismática, clérigos y laicos, están llamadas a extender la fe con la manifestación en sus vidas de la vida de Cristo. Por eso la realización personal en la práctica del amor para compensar los muchos pecados constituye la tarea principal encomendada personalmente a cada cristiano y el mejor testimonio que se puede ofrecer de la fe.

La propia condición de pecador debe mover a la humildad de sentirse débil y necesitado del amparo de la Gracia, que la Jerarquía transmite a través de la vida sacramental y la permanente predicación de la palabra. Por eso no puede concebirse una Iglesia carismática alejada o separada de los pastores.

En los tiempos y espacios de misión, y cuando las dificultades culturales dificultan el acceso directo a la lectura y contemplación del Evangelio, la tarea de los pastores se revaloriza; en esos casos la fe se ha de transmitir mediante preceptos y oraciones que enseñen los elementos esenciales del cristianismo, en la permanente esperanza de mejor formar a las generaciones venideras. El carisma propio de cada Iglesia particular estará en enraizar las costumbres en la nueva fe por el efectivo testimonio de la caridad cristiana.

Durante siglos de generalizado analfabetismo y de tradiciones que menospreciaron la aproximación de la liturgia y la predicación de la palabra de Dios en las lenguas propias de cada comunidad, la fe de una gran parte del conjunto de la Iglesia se desarrolló raquítica, porque lejos de la contemplación del amor de Dios se redujo al cumplimiento de determinados preceptos a los cuales se vinculaba el premio de la salvación eterna. Lo que aún alcanza cierta vigencia en el mundo con menos recursos culturales, cada vez se muestra más vano allá donde el compromiso de fe personal exige la iluminación sobrenatural de las actitudes intelectuales, morales y éticas a las que el hombre se enfrenta cada día. O se da una respuesta coherente a la luz del Evangelio a cada inquietud personal, o la vida de la Iglesia languidecerá en el desengaño de la verdad.

La garantía cristiana de la perpetuidad de la Iglesia está en el Evangelio: Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo (Mateo, 28,20). Él, Cristo, su predicación y su vida, no dependen de la trasmisión de la piedad de vida sino de la integridad doctrinal. Por eso el continuo renacer de la Iglesia está en la santidad que en cada rincón del mundo se yergue fruto de la fidelidad de vida a la verdad evangélica. Conjunta responsabilidad de laicos y clérigos en el amor, en la virtud, perseverando fieles en la oración personal.
 
 

LA EUCARÍSTIA

Una de las particularidades de la religión cristiana radica en el sacramento de la Eucaristía. Esta perpetuación de la presencia de Jesucristo entre los cristianos es mucho más extraña que la misma Encarnación de Dios, porque, si la idea de dioses como personas ha estado presente en muchas religiones desde la antigüedad, la configuración de un Dios en sustancia material inerte, sin que su materia por sí misma tenga ninguna razón divina, es muy difícil de entender. En algunas religiones han reconocido carácter divino en elementos de la naturaleza, como el sol, la lluvia, algunos alimentos, determinados seres vivos... pero la Eucaristía cristiana no confiere al pan y al vino ninguna trascendencia sobrenatural. Por ello se hace imprescindible reflexionar sobre el qué, el cómo y el para qué de este misterio a fin de que a la luz del Evangelio podamos comprender lo comprensible de esta realidad cristiana.

Para los paganos que se aproximan al estudio y conocimiento de la religión cristiana, la asimilación del significado de la Eucaristía supone uno de los mayores escollos para aceptar el dogma católico, porque contemplado desde una sincera perspectiva racional parece inconcebible compatibilizar la trascendencia espiritual del cristianismo con una determinación tan material. Mientras en los demás sacramentos la materia es sólo signo de la acción sobrenatural, en la Eucaristía la materia es asumida como una realidad sobrenatural cuyo efecto es esencialmente por sí, y sólo secundariamente significado por la forma material.

Contestar qué es la Eucaristía no puede hacerse sino desde la enseñanza del mismo Jesucristo, porque ella es -y se debe hablar así, aunque parezca tan prosaico- una invención del mismo Cristo. Jesús mucho antes de instaurar la efectividad eucarística prepara a los discípulos para esa realidad haciéndoles considerar cómo el alimento, especialmente el pan, es imprescindible para la vida humana. Por eso ante el posible desfallecimiento de la gente que les sigue manda a sus discípulos dadles vosotros de comer(Marcos, 6,37), lo que no les siendo materialmente posible por al escasez de sus provisiones provoca el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús, que ha venido a salvar a los hombres, sabe que estos tienen cuerpo y alma, y, por tanto, que la atención espiritual afecta al hombre integralmente y que la confortación espiritual reclama una acción patente a todo el proceso cognitivo del hombre, incluyendo la percepción sensorial. Jesús, tras enseñar a los suyos que su misión es para el bien de las personas, les manifiesta que Él mismo será alimento para sostener la vida de los hombres que sigan la nueva vida que les propone. El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él(Juan, 6,56). Que el alimento que Jesús va a instaurar en la Eucaristía tiene un fin esencialmente distinto del propio alimento material queda patente cuando les recuerda como vuestros padres comieron el maná en el desierto (Juan, 6,49). Jesucristo en su enseñanza de atender la necesidad del prójimo se reserva personalmente lo que sólo Él puede hacer, que es la comunicación eficaz de Dios a cada hombre en orden a la vida sobrenatural. Dios se hizo hombre para elevar al hombre hacia Dios. Esa labor, que es la propia del sacerdote, es asumida por Jesucristo constituyéndose en único y pleno sacerdote. La religión cristiana consiste precisamente en eso, en que cada hombre es redimido y asistido por Jesucristo, Dios encarnado, para que pueda corresponder libremente amando al Dios que le amó primero (1 Juan, 4,10).

En cada misa se actualiza lo que Jesús hizo en la cena con sus discípulos antes de morir, donde les desveló cómo Él les daría perpetuamente a comer su cuerpo realizándolo a través de las sustancias del pan y del vino, que son su Cuerpo y su Sangre, que son Él.

Lo que constituyó un escándalo para los judíos que oyeron su predicación cuando les anunció que les daría a comer su cuerpo, sigue siendo uno de los mayores motivos de incomprensión del dogma católico, porque considerar que un en trozo de pan está Dios exige mucha fe.

Dado que la relevancia de la Eucaristía en la predicación de Jesucristo es incontestable, lo razonable, si que quiere ser medianamente coherente, es intentar entender lo que se pueda de ese misterio, sobre todo su sentido, porque todo hombre precisa que la religión que practica no sea un algo sin sentido para la razón.

Desde el punto de vista entitativo, que las sustancias de pan y de vino sean cuerpo y sangre de Jesucristo no lo pueden ser sino porque el alma espiritual de la segunda Divina Persona se una a esas materias del mismo modo que en la Encarnación se unió a un cuerpo humano con el que se constituyó en persona. El pan y el vino se transforman en Jesucristo por la unión de su persona con esas sustancias. Es esa incidencia espiritual de Dios la que trasforma radicalmente la sustancia porque lo que antes era sólo materia ahora está vivificada por un espíritu, sin alterar las condiciones físicas propias de esa materia.

El para qué de la Eucaristía se puede también comprender en la misión de la Encarnación de Jesucristo, por la que, si había de venir a comunicar la salvación a los hombres, lo motivó por la efectiva realidad de su acción. Y esa acción se realiza en su sacerdocio, o sea, en su mediación como Dios hombre con cada hombre para conducirle a amar a Dios. La Encarnación de Dios no tiene sólo por objeto revelar cómo Dios ama al hombre, sino que ese amor es eficaz como para acompañar al hombre eternamente. En el transcurso de su vida en la tierra, iluminando desde esas percepciones de su palabra y sus obras el desarrollo de la vida espiritual de las almas de sus discípulos. La misión de Cristo no radica en anunciar el Evangelio sino en encarnarlo en la vida de los hombres, y para ello se hacía necesario la percepción sensible de la presencia real de Dios junta a cada hombre.

Dios podía haber ideado su permanente presencia en el mundo humano de muchas formas, pero eligió la figura del alimento porque supone la imagen perfecta de la necesidad que el hombre tiene de Él para el desarrollo de su vida espiritual. No es tampoco menos cierto que el pan y el vino son elementos tan vulgares que de por sí nada expresan de trascendencia divina. Pero esa imagen guarda una poderosa fuerza ilustrativa, y es que lo realmente importante para la vida del hombre no es lo exclusivo ni lo espectacular, sino el fruto natural que de la tierra obtiene con su trabajo para asegurarse el alimento diario con el que subsiste él y los suyos. Que las materias elegidas por Dios para perpetuar su presencia sean fruto de la naturaleza, fácilmente accesibles y sin relevancia ornamental identifican la humildad de Dios tan poco considerada. Uniendo su alma a unas materias tan domésticas y tan habituales Dios se esconde una vez más de toda trascendencia y relevancia honorífica. Se hacía necesario -si se puede hablar así- que Jesús, que había venido al mundo en un lugar humilde, preservase su modo de ser cuando habría de perpetuar su presencia. Cuando la Iglesia construye grandes catedrales y templos para magnificar la presencia de Dios entre los cristianos obra a lo humano, no a lo divino, porque el mismo Jesús indicó como es llegada la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre... ya llega la hora, y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu en verdad, porque tales son los adoradores que el Padre busca (Juan, 4,21-23). La construcción de lugares para celebrar la Eucaristía se hizo necesaria cuando la concurrencia y el número de sacerdotes hicieron imposible la persistencia de la iglesia doméstica. Luego, con los tiempos, las muy distintas influencias inclinaron a magnificar esos espacios y toda la liturgia del culto de modos u formas no siempre muy adecuadas a la realidad de la humildad de Dios. Esas formas pueden seguirse de una acción de reconocimiento de los hombres hacia Dios, pero no expresan adecuadamente que la Eucaristía es una acción de Dios hacia los hombres, y por eso su significación material en la realización debe transmitir la humildad y sencillez de un Dios humilde hacia un hombre a quien le comunica: aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas (Mateo, 12,29).

Reconocer que la Eucaristía es una acción de Dios hacia el hombre y no una acción del hombre para Dios exige que la misma se celebre manifestando esa realidad, y por ello la liturgia debe ceñirse a realizar con la mediación del sacerdote -haced esto en memoria mía (Lucas, 22,19)- la obra de Jesús en el cenáculo en la que convierte el pan y el vino en su cuerpo y sangre para alimento espiritual. Esto se entiende tanto más cuanto con más sencillez se celebra la misa y se despoja de los muchos elementos de piedad con que la buena intención de honrar a Dios los clérigos la adornan, sin percibir que acaban ocultando la humilde acción de Dios en la reverencia de la liturgia humana.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy(Mateo, 6,11), enseña Jesús lo que debemos pedir al Padre. Su respuesta en darse como alimento espiritual se confiere con unas materias tan simples que permiten su presencia en cualquier espacio, en el decurso del tiempo y en la disponibilidad para todos los hombres. Esto era necesario porque Jesús como alimento se presenta como vida del mundo (Juan, 6,51),y por eso habrían de ser accesibles los elementos materiales necesarios para la celebración eucarística, lo que se hace posible con sólo que los hombres los quieran cultivar.

Considerar la propia indignidad con que una persona se reconozca respecto a Dios puede alejarle de la participación eucarística. Han sido muchos los siglos en que la normativa restrictiva para exaltar la excelencia de este sacramento contravino la esencia de caridad y gracia que envolvía, como donación curativa del mismo Dios. Del mismo modo que los discípulos apartaban a los niños para que no molestaran al Maestro, así la Jerarquía eclesiástica instituyó reticencias por las que se deshabituó esa esencial comunicación del Salvador al pecador. Ello ha ocasionado la pérdida de la noción de la Eucaristía como acción de Dios hacia el hombre, y éste se cuestiona cuál ha de ser su fe para participar en la comunión. Contemplada como una iniciativa humana, la restricción a hacer algo sin una plena convicción es lógica en el proceder de la persona, y por ello -como la Eucaristía sólo es accesible a la razón en función de la fe- la temeridad del hombre es bastante comprensible.

Como la oración, la fortaleza intelectual para asumir la verdad de la donación de Dios en el pan proviene de la misma experiencia, lo que no podría ser de otro modo, ya que las realidades sobrenaturales sólo pueden ser comprendidas, en la medida que se pueden comprender, por la intuición espiritual, y ésta se alimenta en la comunicación con Dios. Por ello la dignidad que Dios exige para compartir con Él su realidad sacramental es la del aquel hombre humilde que requiere: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador! (Lucas, 18,13). Basta un hilillo de fe por el cual el hombre distinga en el pan consagrado una acción divina, aunque no entienda cómo se realiza, para que su humildad pueda acoger el socorro que Dios le envía. De igual forma que al hombre los alimentos le conservan la vida sin que conozca los mecanismos metabólicos de su organismo, así el alimento de la Eucaristía obra el fortalecimiento del alma sea cual sea la intensidad del trato personal con Dios.
 
 

LA FAMILIA

El no es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él (Génesis, 2,18) que nos relata el Génesis sobre el plan de Dios para el hombre mortal nos indica cómo la familia constituye un proyecto de realización cuya trascendencia espiritual es imagen de esa familia que constituye el Dios trino.

El hombre, la mujer, los hijos, se encuentran vinculados por unas especiales relaciones que tienen como finalidad fundamental, además de la del mantenimiento de la especie, el desarrollo y la formación de la conciencia en la mutua caridad. Amar, que es propio de las personas, adquiere unas dimensiones naturales en la familia como determinación del amor al prójimo en virtud de esas relaciones libremente asumidas que consagran a los miembros de una comunidad familiar a velar mutuamente como seres tan próximos como quienes llegan a compartir cuerpo. Dejará el hombre a su padre y a su madre, y serán los dos una sola carne(Marcos, 10, 8). Esa unión, a la que Jesús da importancia, está en función de una finalidad que no puede ser otra sino la de enriquecer al espíritu y ser escuela y experiencia de la realización del amor. La intuición espiritual del amor exige, para constituirse como un valor, de la personalidad su ejercicio, y esto se da en el seno familiar, de modo que el hombre crece aprendiendo a querer como es querido.

Al ser la familia una comunidad de amor, las relaciones responden a una conciencia espiritual, porque amar involucrándose toda la persona es un acto intelectual y voluntario que se superpone a la atracción o deleite sensible por el que se atraen las personas. Esto es lo que hace que las relaciones se puedan mantener cuando el atractivo pierde intensidad, e incluso cuando la relación de sangre no existe, como en el caso de la paternidad adoptiva. Es esta dimensión espiritual lo que vierte en la familia una trascendencia especial religiosa imagen del amor que Dios tiene a sus criaturas.

Jesucristo, que para ser hombre había de ser como los demás hombres, tuvo también una familia: José y María, quienes le educaron mientras crecía en gracia y sabiduría, pero Jesús no pertenecía a sus padres, y como todo hombre dejó a su padre y a su madre porque Él debía dedicarse a las cosas de su Padre Dios. Toda la labor de la familia, como es la esencia del amor, no se agota en sí misma sino que se proyecta hacia la creación de bien. Cuando Jesús enseña a sus discípulos que mi madre y mis hermanos son éstos, los que oyen la palabra de Dios y la ponen por obra (Lucas, 8,21) no hace sino recalcar cómo su proyección personal está en esa misión de amar a su Iglesia.

La familia dentro del cristianismo es medio, no fin, y por ello la misma comunidad se caracterizará por ser escuela de valores en función del ejercicio que hagan de los mismos desde la familia al entorno y a la sociedad en general. El interés propio de la familia, con ser importante, no es único, y todo el bien que pueda compartirse estará sujeto al universal precepto de hacer el bien que uno quisiera que le hicieran. Esta doctrina atempera el afán centralizador que la comunidad de sangre parece imponer por naturaleza, ya que la responsabilidad moral contempla el bien común sin límites de proximidad. Prójimo, como enseña Jesús, no es el que está cerca, sino el que se acerca al que tiene necesidad. De ahí que la familia como institución deba moverse por sentimientos de amor y solidaridad en la comunicación de sus bienes espirituales y materiales.

En esa comunicación de bienes que se dan en la relación familiar, puede ocupar un espacio la trasmisión de la fe, no sólo de padres a hijos, sino entre esposos, y no en casos raros de hijos a padres. La enseñanza religiosa ocupa un espacio común con todo lo que unos padres tienen que enseñar a sus hijos, sin perder la perspectiva de que los hijos son personas libres e independientes y no un proyecto de perpetuación de los padres. Estos se realizan educando a su mejor saber y entender, pero los hijos tienen el derecho a decidir sobre su vida. El cómo lo hagan en responsabilidad sí podrá depender a la instrucción y al ejemplo recibido. A veces el conflicto se genera por el rechazo de los hijos a aceptar el modelo ejemplar de los padres, lo que no pocas veces provoca enfrentamientos en los que unos y otros manifiestan las carencias trascendentales de su vida espiritual.

La guía que los padres precisan está en la humildad de Dios que quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1 Timoteo, 2,4) respetando su libertad, porque Dios no quiere siervos sino amigos e hijos. Si el mismo Dios consiente en que sus hijos le descubran en el amor, por qué unos padres han de sentirse desencantados si sus hijos no aceptan lo que les enseñan. ¿No será que se sienten heridos en el orgullo? La familia que es escuela del amor también es experiencia del dolor. No hay quien más sufra que quien más ama. El mismo Jesucristo que dice que su familia son los que oyen la palabra de Dios y la ponen por obra es quien indica que Él ha venido no a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia (Mateo, 5, 32), y es el buen pastor que busca la oveja perdida. Si asumir la paternidad es converger con Dios en el proyecto de la creación, lo debe ser en el respeto a la libertad del hombre según el proyecto de Dios, lo que no siempre el hombre comprende. Engendrar a la fe cuesta más que engendrar en la carne, ya que los influjos sobre el alma exigen una perspectiva sobrenatural que no todos los hombres aciertan a realizar.
 
 

AMAR A LOS DEMÁS

Con independencia de la consideración teológica que de Dios se tenga, existe un algo que debe caracterizar a los cristianos como una señal perenne de su condición y es el bautismo en el Señor, o sea la configuración del propio ser al de Jesucristo, lo que en un hombre libre ha de ser un acto voluntario que se realiza en el mandamiento nuevo de Cristo: Que os améis los unos a los otros; como Yo os he amado, así también amaos mutuamente (Juan, 13,34). Para amar a los demás como Cristo ama, es necesaria la Gracia que enseña, fortalece y estimula al alma humana en su proceso de identificación con Jesús, sólo así se puede ser capaz de obrar como Él. Si Dios es amor y el bautismo cristiano una identificación con Dios, no podría serlo sino por la potenciación del amor personal. Esa es la misión de Cristo, que realiza enseñando a sus discípulos cómo Él ama: Nadie tiene amor mayor que este de dar la vida por sus amigos (Juan, 15,13).

La Ley de la tradición judía contemplaba el amarás al prójimo como a ti mismo (Mateo, 22,39) y ello representa una concreción de la ley natural en la que, si se considera la igualdad de dignidad de todas las personas, amar a los demás como uno mismo se ama representaría una marca de la espiritualidad del hombre que le situaría sobre un mundo animal cuyo objetivo esencial está en el único interés de salvaguardar la propia supervivencia. Esa escala desde el amar a los demás como a uno mismo hasta amar a los demás como Dios ama es la característica propia del cristianismo. El hecho de que la gran mayoría de los cristianos yerren al orientar su vida al mandato de Cristo en ninguna manera merma su vocación.

Para amar a los demás como Jesucristo enseñó es necesario primordialmente meditar su vida, adentrarse mediante la oración en sus sentimientos y, una vez conocido, pedirle la gracia para discernir en el mundo la correcta aplicación de su ejemplo y doctrina, y para tener la fortaleza de practicarla. El motivo fundamental de la debilidad del cristiano no radica en su pecado, sino en el desconocimiento de Cristo para ordenar la propia vida hacia el bien obrar.

Amar consiste en abrir el entendimiento para conocer las necesidades ajenas y mover la voluntad para, al compartir, con lo propio remediar esas carencias. En la medida que ello se realiza sin límite de donación, el amor alcanza la condición sobrenatural que, con independencia de obrar a imitación de Jesús, configura a los hombres con Dios.

La asunción del amor comienza en el perdón por lo que separa de los demás. Todo perdón entraña la consideración implícita y explícita de la realidad de la ofensa, porque de otro modo no estaría motivado, pero se construye modificando la perspectiva conceptual hasta advertir cómo el valor de la persona que ofende es superior a cada uno de sus actos y, por tanto, nadie debe ser repudiado a pesar de la maldad de sus obras. Cuando Pedro había estimado la magnanimidad del perdón en realizarla siete veces, Jesús le corrige multiplicando por setenta su alarde. Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores(Mateo, 6,12) reza la enseñanza de cómo debe ser la oración cristiana. Porque si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas(Mateo, 6,15). Aprender a amar comienza en aprender a perdonar, y la mayor dificultad para amar procede del orgullo herido de la propia estima, lo que no se puede solventar sino con la humildad que contempla que en el olvido de sí se alcanza la máxima perfección del ser.

Amad a vuestros enemigo (Mateo, 5,44) exige del perdón que contenga el olvido de la ofensa, para que la apertura al otro sea sin viso de rencor que pueda perturbar la comunicación. Aunque en el otro persista la hostilidad que configure al cristiano como enemigo, éste debe exigirse, en virtud de la fe en el ejemplo de Cristo, aceptarle como amigo. Sólo quien así obra consigue entender y extender el cristianismo.

El amar, como forma de comunicar el bien que cada cual es capaz de hacer, tiene infinidad de manifestaciones, siendo algunas de ellas tan elementales como dar la vida, cuidar a los enfermos, enseñar a quien no sabe... contenidos que los catecismos recogen como obras de la virtud de la misericordia y que Jesús santifica cuando indica: En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis (Mateo, 25,40). Porque amar al prójimo es similar a amar a Dios: El segundo, semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas (Mateo, 22,39).

A veces se piensa que uno no hace nada desinteresadamente por los demás, porque el amor que vierte a los demás le reporta un estado de felicidad como ninguna otra cosa en el mundo lo logra. El que del interés hacia los demás se siga ese sentimiento de satisfacción y realización es lógico, ya que ello sigue la naturaleza espiritual humana que por ser semejante a Dios se complace en el bien. Ello es compatible con que ese darse a los demás cueste, e incluso que llegue a ser a veces de una alta dificultad, física o sicológica, tanto porque el cuerpo se rebela al esfuerzo como porque el ejercicio del bien es incomprendido e incluso despreciado por los demás. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia (Mateo, 5,10),ya advirtió Jesús como una de las caracterizaciones para quienes se adhirieran a hacer realidad su reino en el mundo.

Amar exige activar las potencias internas del hombre para descubrir la realidad existencial del prójimo. Estar al lado, convivir, formar parte de un colectivo, pertenecer a una misma cultura, sentirse ciudadano universal no es suficiente si quien quiere amar no despierta su conciencia para observar y mirar, no tan sólo ver u oír, ya que es necesario atender a los demás según su necesidad de bien y no según nuestra forma de hacer. Hacer el bien representa formas objetivas y determinaciones subjetivas. Bien es toda perfección material o espiritual que enriquece las posibilidades de realización de una personalidad, lo que se concreta, las más de las veces, según el criterio de quien ha de incorporar la perfección, no de quien la ofrece. Incluso en las necesidades materiales cada persona acota sus prioridades, y hay quien resiste mejor unas carencias y otros otras distintas. Por eso es necesario escuchar qué nos demandan los que tenemos próximos y qué padecen los de tierras lejanas. Pero dónde más se debe atentamente atender a los demás es en sus necesidades espirituales, sicológicas o morales, ya que nos son más dificultosas de conocer desde fuera, y fácilmente podemos obrar satisfaciendo los criterios de nuestra personalidad que no los de la persona a quien se pretende ayudar.

El buen amor radica en comunicar el mejor bien y, aunque todos lo identifiquemos según un jerarquía de valores, para que el mismo se corresponda como rango de bien en las demás personas muchas veces se precisa que sea moralmente asimilado, porque en caso contrario no será deseado. De igual forma que el cristiano precisa de la relación con Dios para identificar progresivamente la moral que de Dios dimana, así el hombre debe difundirla en la donación de la amistad, sin imponerla, hasta que enriquezca la conciencia del prójimo. No hay que olvidar que el bien es de suyo difusivo, porque representa perfecciones a las que todo ser, por su sustancia espiritual, aspira, aunque en muchas ocasiones otras satisfacciones incompatibles dominen su voluntad.

El ejemplo de Jesús nos muestra cómo Él atiende y escucha las necesidades que los demás le demandan. Con el ciego Bartimeo dialoga: -¿Qué quieres que te haga? -Señor, ¡qué vea! (Marcos, 10,51). Con el paralítico de la piscina de Siloé: -Señor, no tengo a nadie que al moverse el agua me meta en la piscina, y mientras yo voy, baja otro antes de mí(Juan, 5,7). Con la samaritana: -Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a Él (Juan, 4,10). Todo el Evangelio es un encuentro de Jesús con personas reales que cada una le expone su necesidad. -Si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano (Juan, 11,21) es la oración de la desconsolada Marta a un buen amigo. Al paralítico que le ayudan a llegar hasta Jesús descolgándole por la techumbre de la casa, Jesús le atiende lo que parece que reclamaba: -Tus pecados te son perdonados (Marcos, 2,5), y tan sólo después, pero con finalidad de enseñanza a los fariseos, no porque el enfermo lo demandara, realiza la curación de su minusvalía: -Para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados –se dirige al paralítico-, yo te digo: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa (Marcos, 2,10-11).

El aprender a amar desde el saber escuchar es una consecuencia de la humildad, por la que cada cual se pone al servicio de los demás. Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve (Lucas, 22,27), les dijo Jesús a sus discípulos, para que no les cupiera duda de su misión. Por eso los cristianos para el ejercicio del amor precisan descubrir, aprender y reflejar la humildad de Dios. Sólo cuando se percibe a Dios como realmente es, humilde, se está en disposición para la práctica del amor cristiano.
 
 

VALORES Y VIRTUDES

Los valores del cristianismo están representados en todas las formas de hacer el bien que Jesús practicó y predicó. Esencialmente un valor ético o moral lo es porque realmente comunica una perfección material o espiritual, tanto si se repercute al mismo sujeto de la acción como si se aplica sobre otra persona. La esencia del valor está en el efectivo propósito de alcanzar un bien real y no un simple espejismo del mismo con el que conformar la conciencia.

Cuando Jesús predicaba misericordia quiero y no sacrificio (Mateo, 9,13),se refería muy posiblemente a esa necesidad de que el esfuerzo moral se dirija hacia la comunicación de un bien, lo que es propio de la misericordia, y no se quede en la simple justificación a la que toda conciencia puede tender haciendo algo banal para con Dios y con el prójimo.

La sociología religiosa tiende a configurar una tradición de ritos como formas de la religión, sea cual fuere, y como elenco de piedad se enseña y trasmite de generación en generación, confundiendo frecuentemente sus posibles contenidos de valor con los gestos formales que los caracterizan. Como la enseñanza incide en las formas, los profundos contenidos éticos que los justifican pueden ir progresivamente degradándose hasta constituir la tradición religiosa una estructura formal, desnutrida de valores morales. Hay que tener en cuenta que el esfuerzo que compromete a una persona en conciencia está en configurar toda su vida a unos valores, y una forma de relajo moral ante ese compromiso está en seguir cumpliendo los preceptos formales aprendidos pero desvinculados de sus exigencias más profundas de seguir la voluntad de Dios.

En todas las confesiones religiosas este abandono de los valores se disimula, porque ello representa de alguna manera el abandono de la religión, lo que las estructuras formales desechan ya que supondría el debilitamiento radical de las mismas. Se sostiene la religión como conciencia teórica de una comunidad, pero sus obras personales se distancian progresivamente de Dios. Así, como Dios, hacía suyo Jesús: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí (Mateo, 15,8).

Entender y reinterpretar la tradición cristiana sólo se ejecutará correctamente cuando los cristianos decidan personalmente asumir esa tradición informada en los valores del Evangelio; lo que sólo se logra con la verdadera contemplación de la vida de Jesús.

Los valores están más representados en las actitudes que en las obras, porque todo valor es esencialmente una manifestación de la recta conciencia de cada persona -porque de dentro, del corazón del hombre, proceden los pensamientos malos, las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias... (Marcos, 7,21)- cuyas obras muchas veces se enjuician erróneamente. No juzguéis y no seréis juzgados (Mateo, 7,1), advertía Jesús a sus discípulos.

La decisión de hacer el bien, como la de hacer el mal o simplemente no ayudar a los demás, es un juicio de conciencia que sigue a una consideración intelectual. Por eso, para la valoración del bien, además del conocimiento, es muy útil el hábito intelectual que ayuda a discernir con facilidad cómo obrar de una determinada manera. Esa facilidad intelectual, así como la prontitud de ánimo para resolver a la voluntad a poner por obra las decisiones morales es lo que se llama virtud.

El obrar sigue al ser, pero también el ser se perfecciona sucesivamente en la vida o conforma su materia y su espíritu de acuerdo a la contaminación que le viene del mundo exterior. Se ha dicho que un cuerpo es cómo se alimenta, y un espíritu obra según el influjo de las ideas que sobre él inciden. Cuando se ha experimentado la satisfacción sicológica que sigue al ejercicio del bien, se está más preparado intelectualmente para seguir obrando en esa dirección. El bien, como fin propio del hombre, éste sólo lo alcanza de modo libre, y por tanto se sigue del ejercicio de la voluntad, la que puede encontrar dificultad porque el ejercicio del bien exige esfuerzo y compromiso, de modo que del hábito de superar esas dificultades y alcanzar la retribución sicológica del bien logrado se sigue una sucesiva mayor facilidad para la determinación de la voluntad.

Se puede aducir que los valores radican en el juicio intelectual por el que se decide qué conviene hacer y las virtudes en la voluntad operativa y práctica que lleva a su término las decisiones morales, pero en sí la virtud ya es un valor, porque la disposición al bien obrar que produce la virtud no sólo predispone al hombre a alcanzar el fin que le es propio, sino que también le identifica con Dios, sumo bien. En el sed, pues, perfectos como perfecto es mi Padre celestial (Mateo, 5,48) está implícito el valor de la virtud que nos mueve a ser como Cristo, quien todo lo ha hecho bien (Marcos, 7,37) y pasó haciendo bien (Hechos, 10,38).

La penetración en los valores cristianos mediante su conocimiento y su aplicación en el tiempo y espacio que a cada persona le toca vivir constituye la genuina aproximación a la autenticidad de vida cristiana. Como Dios es veraz (Juan, 3,33), esa autenticidad de vida se identifica también con el más profundo modo de ser del hombre, lo que también conlleva que todo cristiano ha de identificarse como hombre de bien, porque el bien no es otro que el fin al que tienden cada uno de los valores y virtudes que un cristiano debe cultivar.

No es que los cristianos deban constituirse y presentarse como modelos para las demás personas, ya que nadie es capaz de vivir las virtudes con tanta perfección como para constituirse en referencia para los demás, salvo que la tolerancia ajena pase por alto sus muchos defectos. Esto es lo que ha acontecido con aquellos a quienes la tradición católica venera como santos, que si lo son es por la misericordia de Dios, y su ejemplo no engloba todo su carácter y su vida, sino lo que en ella se traslució de determinados valores que cada uno cultivó. Pero, salvando las distancias, y dejando asentado que en el cristianismo el único modelo es Jesucristo, todos los demás por vocación estamos llamados a distinguirnos en el ejercicio de todas las virtudes que compromete el amor, ya que en esto conocerán que sois discípulos míos (Juan, 13,35). Sin ser ejemplos para nadie, hemos de ofrecer testimonio permanente de los valores cristianos.

Las virtudes que miran a la relación con Dios y que constituyen los hábitos del valor de la religión no los logra el hombre por su esfuerzo, ya que, como entienden de la relación espiritual del hombre con Dios, por mucho que se esfuerce el hombre, sin la iluminación de Dios para ese encuentro, sería vano el trabajo del entendimiento y la voluntad. Por eso se denominan virtudes sobrenaturales a la fe, esperanza y caridad en el trato con Dios. Esas son las dimensiones o valores de la relación sobrenatural: creer, confiar, esperar, amar a Dios, y se puede progresar en el hábito o facilidad para dirigirse a Él, por lo que es propio aplicar el término de virtud, pero esa facultad se alcanza por la acción de Dios sobre las almas y no de las potencias intelectuales, teniendo éstas un papel secundario pero trascendente, pues, aunque no son capaces de elevar al espíritu hasta Dios, sí que cada hombre responde a la acción de la Gracia de Dios que edifica las virtudes sobrenaturales. Desde esa proyección se comprende que las virtudes sobrenaturales se estudien y consideren propias de los hombres, ya que, aunque no le corresponde la iniciativa, sí que en cada persona se desarrollan según libremente se aceptan y cultivan. Por eso la meditación y los sacramentos constituyen algo fundamental para que el cristiano sea asiduo a relacionarse con Dios.

Las virtudes sobrenaturales, o sea, la Gracia, no perturban la libertad de cada persona para el ejercicio de las virtudes morales, pues éstas, aunque pueden estar informadas en la fe en Dios, siguen siempre a juicios intelectuales con los que el hombre busca el ejercicio del bien. Si de un hombre se dijera que hace el bien más allá de los límites de su naturaleza, lo que se conoce como milagros, no le correspondería ese valor a sí mismo, no actuaría así por su virtud sino por la acción de Dios que podría valerse de aquella situación para actuar. Muchos me dirán en aquel día: ¡Señor, Señor!, ¿No profetizamos en tu nombre, y en nombre tuyo arrojamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? (Mateo, 7,22), lo que no es garantía de la rectitud de intención: Nunca os conocí: apartaos de mí, obradores de iniquidad (Mateo, 7,23).

Que es el bien efectivo lo que avalora las virtudes y no la mera disposición que éstas favorecen se encuentra explicitado en la predicación de Jesucristo cuando les presenta a quienes le escuchaban la parábola de los dos hijos: uno se opone a lo que el padre le pide, pero luego recapacita y lo cumple, mientras que el otro acepta de buen grado el requerimiento del padre, pero luego no lo cumple. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? Respondiéronle: El primero (Mateo, 21,31). Así de nada vale la exaltación de las virtudes cristianas si no conllevan realmente, y en todos las ámbitos de la vida, un verdadero ejercicio del bien como Jesús lo haría.
 
 

JUSTICIA Y CARIDAD

Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mateo, 5,20). Entender estas palabras de Jesús en toda su profundidad supone trasladarse mentalmente a su contexto, y es que tanto escribas como fariseos eran tenidos públicamente como personas justas. Una justicia superior a la de “los hombres justos” suponía no sólo obrar mejor, sino, sobre todo, obrar con una mayor rectitud. Es seguro que entre aquellos habría personas honradas y dadivosas, pero por lo que se relata en el Evangelio parece que sus obras las realizaban no de corazón, por amor, sino por la propia estima de la justificación interior. La mejora de la justicia que Jesús predica es la de ser justos por amor, o sea, por el derecho de la otra persona, del prójimo, de todos los demás, y no por uno mismo.

Ser justos en las relaciones humanas es el primer nivel de todo el reconocimiento de la igual dignidad de las personas, por la que en las relaciones se ha de buscar la equidad y el servicio mutuo. Muchas veces el cristiano, tanto como los hombres de otras religiones, se evade del ejercicio de la justicia considerando que la jerarquización de las relaciones sociales vienen dadas por las determinaciones sociales de la historia, y que no compete, por ser operativamente imposible, variar las condiciones en que las relaciones humanas vienen dadas. Así se asume permanecer en unas estructuras que ahogan el compromiso cristiano.

La justicia como valor tiene su raíz en el derecho natural por el que a todo hombre le corresponde disponer de los bienes de la naturaleza en igualdad de oportunidades que el resto de seres humanos. Considerando la sociedad como un intercambio de prestaciones, la justicia se realiza cuando en esas relaciones se distribuye el beneficio de modo equitativo proporcionado al esfuerzo prestado por cada una de las partes concurrentes.

La justicia como virtud radica en el hábito para discernir las condiciones de equidad que deben regir las relaciones sociales que a cada cual le conciernen. Si se quiere vivir esta virtud fundamental del cristiano, hay que practicar la habilidad de enjuiciar las situaciones sociales que a cada cual le competen y empeñarse en rectificarlas hasta conducirlas a condiciones de equidad por las que puedan ser consideradas justas.

El Evangelio nos relata cómo Juan exigía la transformación en las obras a cuantos venían a él para regenerarse con el signo bautismal: No exigir nada fuera de lo que está tasado... no hagáis extorsión a nadie ni denunciéis falsamente y contentaos con vuestra soldada (Lucas, 3,12-14). Eso, que es sólo la preparación del corazón para recibir la palabra de Dios, indica cómo es necesario cambiar la actitud personal convencional para entender y vivir la exigencia cristiana.

Con frecuencia, a lo largo de la historia del cristianismo, se ha especulado en la superación de la justicia por la caridad y el amor. Esa afirmación, que tiene su fundamento, no ha sido frecuentemente bien interpretada, ya que la caridad exige la justicia y la sobrepasa tan sólo cuando en las condiciones de equidad de las relaciones entre personas la propia cede a favor de la otra, normalmente más débil, parte del derecho y beneficio que le correspondería. Pero la relación entre el amor y la justicia, a la luz del Evangelio, radica fundamentalmente en el reconocimiento de la dignidad de toda persona, que constituye la luz para entender por qué se ha de obrar con justicia.

Que la justicia sea una consecuencia del derecho natural no garantiza que sea reconocido por las personas, y de hecho no hay más que contemplar la historia de la humanidad y la historia personal de cada individuo para ver con que facilidad el interés propio se sobrepone al interés ajeno en cada relación humana.

El cristianismo exige un grado de justicia afinado en relación a la justicia que cada cual exigiría para sí mismo. Ya no se trata sólo de un contraste de derechos personales para ver cual es el que ha de prevalecer, sino una exigencia de situarse en la perspectiva de la otra parte cuando se deben dilucidar las repercusiones o los conflictos derivados de una relación. Entender la vida desde la doble perspectiva de que el interés del propio derecho se conjuga con lo que se demandaría como derecho si se estuviera en la parte contraria es lo que debe aportar como valor el cristianismo al derecho natural.

Pero dado que la intensidad del amor que Jesús propone a sus discípulos es amar como yo os he amado (Juan, 13,34), o sea, morir el justo para librar a los pecadores, ello no se consigue con sólo aplicar la justicia, sino que se puede precisar sobrepasar con creces la equidad para que a costa de entregar el propio derecho, lo que representaría el beneficio de la propia vida, se mejore el beneficio de la vida ajena. Ese dar que es un darse al prójimo es lo que se reconoce por caridad.

La caridad exige la justicia, por la que se da a cada uno su propio derecho, y por tanto cuando uno da de lo suyo, ya sea dinero, tiempo, asistencia, cariño... ha de darlo según el prójimo lo requiere, respetando su personalidad, lo más íntimo que cada cual posee. Si la caridad se utilizara como medio para condicionar la libertad del prójimo se enfrentaría a la justicia que exige el respeto a la libertad ajena; el fin viciaría la intención de darse a los demás, y respondería más a un acto de amor propio que real y sincero amor.

La caridad, como la define el apóstol Pablo a los Corintios es longámine, es benigna; no se endiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no busca de lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera (1 Corintios, 13,4-7). Cualquier experiencia de poner por obra cada una de esas indicaciones muestra como ello supera el análisis riguroso de la aplicación de la justicia, y que se identifica con el amor.

En esto está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó (1 Juan, 4,10). La imitación del amor de Dios supera la justicia también en cuanto ésta se deriva de la existencia o creación de relaciones concretas, y el amor debería ser un movimiento que animara al hombre a establecer las relaciones humanas para el fin de servicio a los demás. Como muchas de esas relaciones le vienen dadas a la persona individual por el contexto social en que vive, ha de excederse en la virtud de interpretar esas relaciones como se replantearían desde la caridad. En la medida que el hombre se esfuerza en obrar así, se consolida en él la virtud, la que no le avala para que en tantas acciones no pueda seguir anteponiendo su propio interés. El hábito de la caridad no rige necesariamente todos los actos, y es por ello que el cristianismo ha de hacer permanentemente examen sobre su respeto a la justicia.

El ejercicio de las virtudes de la justicia y la caridad no son realización del cristianismo, pues el mismo Jesús les indica a sus discípulos que si amáis a los que os aman, ¿qué gracia tendréis? Porque los pecadores aman también a quienes los aman (Lucas , 6,32). Por tanto, el pensarse el cristiano superior a cualquier otra persona en la justicia o el amor desembocaría en el vicio de la vanidad. Quizá lo que a un cristiano le exige su fe es convertir el corazón para no ver en ningún contrario su enemigo. Amad a vuestros enemigos (Mateo, 5,44) es hacerles amigos, y ello sí que exige docilidad a la gracia de Dios. De alguna manera la virtud de la caridad encuentra una importante materia en la superación permanente de las condiciones que puedan crear enemistades.

La justicia alcanza su plena realización en el reconocimiento y salvaguarda de todo derecho. Es un valor y una virtud acotada por la realidad, y aunque difícil de ejercer plenamente por cada persona es asequible en cuanto que el trato justo de las obligaciones que se asumen en cada relación son cuantificables. La caridad, en cambio, como virtud es ilimitada en cuanto el hábito para amar, por estar informada por la creatividad espiritual, es infinito. Siempre se puede amar más y amar mejor, porque todas las relaciones siempre se pueden impregnar de un más fecundo servicio que lleve a hacer cada día las cosas mejor, a atender a más gente y a más necesidades.

Cuando Jesús recomienda a sus discípulos sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial (Mateo, 5,48), no se está refiriendo a las capacidades físicas o mentales, en las que a pesar del mucho esfuerzo muchas veces se consigue poco progreso al depender en gran parte de la potencia natural de cada cuerpo. Jesús pide perfección espiritual -el Padre es puro espíritu- y se progresa hacia esa perfección con la lucha constante en el amor: Con vuestra paciencia compraréis la salvación de vuestras almas (Lucas, 21,19).
 
 

LABORIOSIDAD

Cuando Pablo advierte: el que no quiera trabajar no coma (2 Tesalonicenses, 3,10), pone de manifiesto que la comida y el bienestar no caen del cielo, sino que forman parte de la relación del hombre con el medio, que tiene que adecuar para que le sirva de cobijo, alimento, vestido, ocio. Todo tiene que ser trabajado, como relatan los antiguos textos que dan noticia metafórica de la creación. Esa necesidad del trabajo exige un esfuerzo físico y mental que no puede ser obviado, porque se encuentra en la entraña misma de la vida desde la más simple formación unicelular, que ha de metabolizar las substancias consumiendo energía para poder seguir existiendo. El trabajo, por tanto, representa una realidad tan profundamente natural que no puede concebirse honestamente el ser sin una inquietud laboral.

En muchas culturas se ha querido identificar el trabajo con la pena que reporta el esfuerzo, olvidando la dimensión operativa del desarrollo y bienestar logrado. Muy posiblemente la religión, en su afán espiritualista, ha contribuido a menospreciar teóricamente ese esfuerzo para la transformación de la naturaleza, y así tradicionalmente no se ha incluido la laboriosidad como una virtud propia del hombre religioso.

La enseñanza que nos ha legado la historia es el desajuste entre la ansiedad del buen vivir y el esfuerzo que hay que realizar para lograrlo, lo que originó el desorden moral de que quienes eran más fuertes idearon que los más débiles les sirvieran realizando éstos el trabajo sin una recompensa proporcionada para que los otros pudieran gozar una vida ociosa. Esta injusta represión del hombre por el hombre se hizo tan genérica que ha marcado negativamente a la sociedad en una controversia entre esclavitud y liberación.

La religión cristiana al contemplar la vida de Jesús percibe cómo Él mismo fue un artesano sin relevancia especial, que se ganó el sustento como cualquier otro hombre de su tiempo. Esa imagen del Hijo de Dios trabajando representa la encarnación del hombre con la naturaleza. Ese trabajo no podía corresponder a un castigo; al contrario, supuso el crecimiento mental de Jesús que le permite en su vida pública entenderse con la gente en la misma realidad santificante.

El valor del trabajo entiende, por una parte, en lo referente a la consecución del sustento propio y familiar, y por otra, desde la agrupación del hombre en sociedad, al progreso solidario de la comunidad. Ambas pertenecen a una misma realización de la laboriosidad, pero según sus aplicaciones se conjunta con otras virtudes para lograr los fines. Así cuando el hombre trabaja en comunidad, la laboriosidad sirve también al ejercicio de la justicia, de la caridad y de la solidaridad.

De la lectura de algunas páginas del Evangelio se podría concluir que la laboriosidad no se incluye entre los valores y virtudes que Jesús predica. Así se puede entender cuando habla de un hombre rico cuyas tierras le dieron una gran cosecha (Lucas, 12, 16) o de que las aves del cielo, no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta... Los lirios del campo... no se fatigan ni hilan... (Mateo, 6,26-28). Por el contrario, otros textos hablan del ejercicio y aplicación de los talentos (Mateo, 19, 15) y del trabajo de los obreros para su viña (Mateo, 20, 1). Desde la dimensión religiosa con que debe leerse el Evangelio es fácil alcanzar que la propuesta de Jesús respecto al esfuerzo del trabajo está en que no debe considerarse el mismo como fin, sino como medio. Se debe trabajar para vivir, pero no se vive para trabajar con fin de allegar muchos bienes terrenos, porque la permanencia del hombre sobre la tierra es temporal.

Esa imbricación de trabajo y riqueza en el Evangelio se dilucida en la vertiente de la generosidad que mira a esforzarse en lograr el bienestar compartiéndolo de buen grado con la colectividad. Del mismo modo que cada cual trabaja para procurarse su bienestar, el trabajo en común se proyecta como modo de conseguir tanto bien para uno como para los demás. Desde este principio se concibió la especialización por la que cada hombre se encargaría de una tarea para la comunidad. Esto supuso la aparición de las relaciones laborales de intercambio de bienes con implicaciones morales que caben dentro de la consideración que marca Jesús para todas las relaciones entre los hombres: Cuanto quisierais que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos (Mateo, 7,12); lo que supone que el objeto del trabajo, la prestación de un servicio, debe hacerse con la perfección con que nos gustaría recibir ese producto. Otra conclusión podría también considerarse en cuanto que en un intercambio laboral se debería asumir que ambas partes estarían conformes con lo pactado si la transacción fuera al revés.

El substrato de esa motivación para hacer bien el trabajo se encuentra en que lo que se haga sirva lo mejor posible para su fin, que siempre estará al servicio de cualquier otra persona que lo use. Por eso la laboriosidad se constituye como virtud por la cual se trabaja en justa equidad por las cosas que se reciben, y se hacen tan bien como se le harían a un amigo para que quedara satisfecho al consumir o emplear ese producto.

Hacer bien lo que a cada cual le compete supone, más que un esfuerzo añadido, una atención y una motivación espiritual. Interesarse en el bien es característico del ser intelectual, y es lo que le empuja al progreso. Si ese interés abarca no sólo la perspectiva personal y familiar, sino también la de toda la colectividad el ideal se amplía según la imagen de Dios que hace salir el sol sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos (Mateo, 5, 45). En eso la laboriosidad caracteriza al individuo para no conformarse con su propio bienestar, sino comprometerse en el bienestar ajeno y universal. Las Escrituras dicen de Jesús que pasó haciendo bien (Hechos, 10,38)y que todo lo hizo bien (Marcos, 7,37). La mayoría de las personas no gozan de la oportunidad de marcar las señas de la justicia y el progreso en el mundo, pero pueden hacer que la pequeña esfera del trabajo a la que llega su influjo sea conforme con esos ideales. Ser así exige la perspectiva moral de que las condiciones de trabajo han de ser dignas de la persona, tanto en la responsabilidad del trabajo bien ejecutado, como de la consideración por parte de quien dirige de procurar a sus trabajadores unas condiciones humanitarias adecuadas.

La laboriosidad como valor ha de contemplar antes a la persona que a la producción, porque ésta es medio y aquélla fin de todo trabajo. De aquí se derivan responsabilidades laborales múltiples en el campo de la seguridad laboral, la salud laboral, el respeto al medio ambiente, etc. Cuestiones todas trascendentes que deben primar en la vida de un cristiano.

Muchas personas religiosas, a veces, no encuentran tema de meditación en su oración personal con Dios, y en parte se puede deber a que olvidan que el cristianismo se realiza amando a los demás como Dios les ama, y ello supone revisar permanentemente todas las relaciones personales con los otros y las responsabilidades colectivas. El tema del trabajo debe ser tema de oración y de identificación con Dios, y desde esa perspectiva considerar si supone ciertamente un servicio prestado como los demás quisieran recibirlo.
 
 

SINCERIDAD

Sea vuestra palabra: sí, sí; no, no (Mateo, 5,37). Esta frase de Jesús condensa cuanto se puede hablar del valor de la sinceridad, ya que si todos los hombres lo hubieran practicado desde siempre no cabría dudar de la palabra de las personas. Eso es lo que exige el cristianismo, que en sus relaciones el ejercicio de la virtud de la sinceridad sea tal que nadie dude de la palabra de una persona honesta y cabal.

El valor de la sinceridad entronca con la humildad, por la que una persona admite ser como es y haber hecho lo hecho. Reconocerse así es el principio de la virtud de la sinceridad, porque para aceptar las propias limitaciones hay que reconocerlas, lo que se deduce de la aplicación propia de la sinceridad. Ser sincero con uno mismo no es fácil ni sencillo, al tender cada persona a identificar su personalidad con cómo le gustaría ser cuesta reconocerse de la manera que se es. Por eso la sinceridad, como reconocimiento de la verdad, ha sido por tantos sabios identificada como el movimiento intelectual necesario para desarrollar la humildad.

Ser sincero consigo mismo exige no mantener acotaciones en la vida interna en las cuales no se quiera ahondar. Muchas de éstas corresponden a actitudes adquiridas, a veces desde la juventud, otras esconden acomodos sociales; en todas se vive sin querer someterlas al juicio de la conciencia. Este modo de vivir engañándose es el propio del aburguesamiento que tanta dificultad presta a la auténtica conversión al cristianismo. ¿Qué mujer que tenga diez dracmas, si pierde una, no enciende la luz, barre la casa y busca cuidadosamente hasta hallarla? (Lucas, 15,8), es el consejo de Jesús para encontrar el reino de los cielos, porque los obstáculos internos son los que nos impiden realmente dar con él.

La dimensión del valor de la sinceridad en las relaciones con los demás se deriva también de la humildad de no temer ser conocido cómo realmente se es. El recurso a la mentira es una forma socorrida de encubrir nuestra real personalidad, porque nadie puede conocer lo que pasa en nuestro interior si no es por la propia manifestación de ese ámbito que la libertad protege. Si los hombres no fuesen libres, sino todas sus obras fueran previsibles, cabría espacio para el error, pero no para el engaño, porque los comportamientos serían siempre predecibles. De alguna manera la sinceridad se constituye como el valor del justo uso de la libertad en el marco social.

El recurso a la mentira es normalmente utilizado para salvaguardar la buena reputación mediante el disimulo de los errores y de las malas acciones ejecutadas de las que tenemos conciencia. Ser bueno y tener éxito abarca gran parte del ideal del ser humano, porque lo uno y lo otro se constituyen como los paradigmas de la realización personal. Todos los actos que mitiguen la imagen de bondad o entrañen fracaso tienden a ser anulados, lo que cuando no han alcanzado trascendencia pública se consigue ignorando o tergiversando la manifestación de los mismos. El gran problema del ser está en que se quiere tanto la propia estima que cada cual quiere aparecer ante los demás como piensa que los otros más la estimarían, y así se cae en la contradicción de presentar una identidad ficticia.

Los mayores reproches del Evangelio se dirigen hacia quienes presentan esa insinceridad interna y externa que llega a constituir casi una doble identidad. El Hijo del hombre ha venido a dar testimonio de la verdad (Juan, 18,37). La antítesis de esta imagen, que debe reproducir todo cristiano, está en dar testimonio de la mentira presentándola como verdad; esta actitud, que se conoce por hipocresía, se encuentra en el centro de la condena de Jesús, que viene, como el médico que sana al enfermo, a perdonar a los pecadores que practican el mal (Mateo, 9,12-13), pero cuya medicina no puede ser recetada a quien, porque no reconoce su mal, se considera baluarte del bien.

Ser sincero se corresponde en la vida con no justificarse ante los demás más allá de la lógica y cierta exposición de los hechos; con testificar sin interés ni doblez cuando a alguien se le requiere su opinión; con no modificar las propias convicciones por otras acomodadas al nuevo interés, sin haberlas sometido al juicio de la conciencia. Como toda nuestra vida se desenvuelve en relaciones, es innumerable el número de oportunidades que en cada día se presentan para mostrarse sincero o para faltar a la verdad, tanto en la vida familiar, como en la profesional, en los percances al conducir el auto, en la charla en el mercado, en la tertulia, en la universidad, en el juego, en la política, en la comunidad vecinal, etc. etc.

La sinceridad, como toda virtud, tiene su punto medio o justa práctica de la misma, que en ésta se manifiesta en la necesaria sumisión de la sinceridad a la caridad. La discreción no se opone a la sinceridad, sino que representa una acertada interpretación de esta virtud en consonancia con el deber de prevenir la difamación. Toda persona en sus fallos y errores merece la misericordia cristiana, que comienza con no airear esas limitaciones más allá de quienes por circunstancia de proximidad tienen directo conocimiento. La caridad exige callar con mucha más frecuencia que hablar, y no es extraño que el apóstol Santiago reprenda las larguezas de la lengua. La sinceridad incita a testificar cuando las circunstancias graves lo aconsejan, pero éstas son muchas menos de las que nos apetecen, porque sincerarse exteriorizando los errores ajenos normalmente se sigue de una posición de envidia por la que al denostar la fama ajena se considera la preeminencia personal.

Como la sinceridad es un valor difícil de hacer virtud, el medio más propicio para lograrlo es profundizar en la meditación acerca de cómo cada persona es vista por Dios, quien conoce en verdad. Fruto de esa meditación surge el conocerse mejor, lo que constituye el mayor aliento para llevar una vida rectificando muchas justificaciones que pueden inventarse para acomodar el cristianismo al natural interés.

Una de las grandes lecciones de Jesús está en cómo desmonta la vigencia de las tradiciones religiosas que habían perdido toda la real referencia al ser de Dios. Convertirse, en gran manera, es sincerarse y ser consecuente con el nuevo planteamiento de vida. La sinceridad no está en acoger la tradición como un valor de fidelidad, sino tamizar permanentemente lo que en ella hay de exigencia moral y lo que responde al costumbrismo social de un tiempo y un espacio.

A veces se interpreta la crítica como la realización más acertada de la sinceridad, pero lo cierto es que la vida enseña cómo la verdadera crítica es la que dimana del bien hacer, donde realmente se experimenta la verdad en el contraste ético de apostar por el bien. Esa difusión del bien es mejor testimonio crítico que muchos discursos y palabras estériles por su carencia de experiencia real.

La sinceridad cristiana es un valor rector de la vida, y el hábito de su virtud uno de los mejores testimonios ante quienes, como Pilatos, retóricamente cuestionan ¿y qué es la verdad?
 
 

FORTALEZA Y PENITENCIA

Fortaleza es la virtud que dispone a cada persona para hacer lo que debe, aunque sea contrario a sus sentimientos. El dolor que esa oposición genera es lo que se puede entender por penitencia.

Esa oposición entre lo que se sugiere y lo que la conciencia aconseja obrar proviene de la naturaleza espiritual de la persona humana que no se acomoda sin más a los sentimientos corporales. En la mayor parte de los casos esa contradicción entre lo que se debe obrar y lo que apetece obrar surge en las relaciones con los demás, debido a las cuales la conciencia moral aconseja obrar de tal manera que se procure un bien para otra persona, aunque ello suponga un esfuerzo o una renuncia a concederse a sí mismo el bien. También se manifiesta en la perspectiva de vida por la que el bien propio futuro exija contrariar una apetencia actual.

La linealidad de la existencia y la limitación de la materia para satisfacer son dos causas de la necesidad de la virtud de la fortaleza, ya que el verdadero bien es el que se proyecta en el perfeccionamiento de la personalidad con la que cada individuo cosecha la habilidad para el bien obrar según la responsabilidad con que se juzga el conjunto del obrar de una vida y la posible proyección presente y futura de las buenas obras sobre el prójimo. Hacer el bien supone comunicar una perfectibilidad o perfección sobre algo, y en la medida que el hombre, por ser inteligente, está dotado para hacerlo y conocerlo es por lo que obrar así le retribuye más que el simple gozo de los sentidos de disfrutar del bien. La diferencia radica en la potencia creativa que retribuye con una más alta satisfacción que la simple pasividad receptiva de una agradable sensación exterior. La potencialidad de obrar que sigue a la libertad con que se encuentra dotado el ser humano no está totalmente determinada por el entorno, sino que se realiza al recrear el mundo exterior, y cuanto más lo haga de acuerdo a un fin moral más muestra su creatividad. Por ello la fortaleza se constituye como la virtud que apuntala a la voluntad para perseverar en el ejercicio del bien.

Hombre de poca fe ¿por qué has dudado?(Mateo, 14,31). La fortaleza sobrenatural, o sea la que busca el ejercicio de obrar como Dios quiere, se fundamenta en la fe de que la ayuda de Dios nos asistirá para lograr lo que objetivamente nos puede parecer inviable. De hecho, todo acto creativo exige una porción de fe para considerar viable la alteración que ello introduce en la naturaleza. Cuando ese movimiento a obrar se sigue de una deducción intelectual científica, la disposición para ponerla por obra parece más inmediata. Cuando lo que se quiere seguir es un inspiración formalizada en la meditación, siempre existe una resistencia de la mente a aceptarla, es cuando la fe insta a hacerla propia por la confianza que se debe a Dios.

Cuando Jesús cruzó la mirada con Pedro tras haberle negado por tres veces, su amistad le recordaría al discípulo aquel aviso que antes les había dado: El espíritu está pronto, pero la carne es flaca (Mateo, 26,41). La fortaleza radica en la entidad del alma, que como toda sustancia se perfecciona con el obrar, y por ello la virtud se sigue principalmente de querer ser fuertes -como los atletas en el gimnasio, ejemplificará el apóstol Pablo- y de ir ejercitándose en que la propia voluntad se imponga al apetito corporal. Ese juego entre la prevalencia que el alma debe imponer de amar a los demás, como objeto propio de su naturaleza semejante a Dios, choca con frecuencia con la pasión de poder con que el instinto de supervivencia nos induce a proponer lo propio como una exigencia vital. Lo que hiere el propio sentir duele, y superarlo constituye la penitencia con que el ser humano transita por la vida.

La penitencia que supone la contrariedad al sentir natural se presenta generalizada para todos los hombres, pues, se obre bien o se obre mal, las consecuencias que la naturaleza nos depara son tan posibles como imprevisibles, y así por lo general se da que hasta quien sigue en todo el gusto sufre que las consecuencias de su elección se vuelven contra él, ya que la relación hombre naturaleza no es siempre pertinente para su bienestar. Ni siquiera se puede asegurar que si el hombre pudiera adivinar la perspectiva de trascendencia de cada una de sus acciones actuaría sensatamente, más entonces cuando las más de las gentes apenas disfrutan de un saber proporcionado. Se compagina en la vida el placer y la penitencia, disfrutando de momentos de satisfacción y de momentos de acidia, ya sea por enfermedades, relaciones incomprendidas, frustraciones sicológicas, desengaños amorosos, la amenaza de la muerte, etc.

Una de las determinaciones de la fortaleza es sobreponerse a las contrariedades para no permitir que una mente abatida sea proclive a la derrota. Superar las circunstancias adversas forma parte muy esencial del cristianismo, que siempre debe considerar de Jesús que su yugo es blando y su carga ligera (Mateo, 11,30). Esa alternativa entre el valor y el dolor es una constante en la vida, y en gran parte el influjo determinante de uno u otro sobre la vida radica en la consideración del amor como la tarea que se debe ejercitar por encima de todas las vicisitudes. Ser sal de la tierra... y luz del mundo (Mateo, 5,13-14) debe constituir una inquietud que desplace tanto las limitaciones personales como el lastre de las derrotas físicas y morales. El cristiano necesita estar encendido -no se enciende una lámpara y se pone bajo el celemín, sino sobre el candelero (Mateo, 5,15)- para que, viendo vuestras buenas obra, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mateo, 5,16). Cada cristiano en su seguimiento de Cristo se constituye también en camino, verdad y vida (Juan, 14,6) para los demás, y ello sólo es posible con la fortaleza para imitar la humildad propia de Jesús para hacerse próximo a quienes están fatigados y cargados (Mateo, 11,28).

La fortaleza cristiana se forja como virtud sobre un don del Espíritu Santo y no sobre la mera consideración de las fuerzas inherentes a la voluntad. El vamos también nosotros a morir con Él (Juan, 11,16)de Tomás, o el aun cuando todos se escandalicen, yo no (Marcos, 14,29) de Pedro, nacían intrépidamente de una personalidad forjada en las dificultades habituales de la vida pero no madura aún para asumir lo que Cristo, como modelo de entrega, va a pedir a sus discípulos: como yo os he amado, así también amaos mutuamente (Juan, 13,34). Si el que los amó hasta el fin (Juan, 13,1) siente en el huerto de los olivos tambalearse su fortaleza, no está el discípulo sobre el maestro (Mateo, 10,24). Pero del mismo modo que Jesús es confortado por el Padre, el cristiano debe confiar en la Gracia que le haga capaz del abandono de sí para hacer el desproporcionado bien que su conciencia le exija.

Toda fortaleza, física, intelectual o mental, precisa de un punto de apoyo sobre el que transmitir la fuerza y de quien se recibe la reacción necesaria para sostener el esfuerzo. El referir a la fuerza de la mente y al intelecto creativo el punto de apoyo fundamental está en la condición de verdad sobre la que se construye la idea que se sostiene. La virtud de la fortaleza se mantendrá mientras no se debilite el criterio de verdad sobre la que se asienta, porque si éste se debilita no sólo cada idea en él asentada pierde el sentido de la realidad, sino que la misma virtud como hábito se relaja, pues de la experiencia del error se sigue una tendencia hacia la duda que se generaliza como prevención al método del hacer intelectual. En el Evangelio Jesús previene sobre la necesidad de cimentar el pensamiento propio en la verdad como el varón prudente, que edifica su casa sobre roca (Mateo, 7,24).

La experiencia de la verdad es fundamental para consolidar la fortaleza, porque sólo se puede defender íntegramente lo que no se duda. Ello no impide que muchas veces se haya podido comprobar de qué modo tantas personas defienden como verdad lo que se sigue de una conciencia recta, pero errónea. Esa apreciación debe prevenir intelectualmente a compaginar la fortaleza en los propios principios con la tolerancia para contrastarlos en un diálogo sincero con la posible crítica, ya que de esa discusión la auténtica verdad siempre sale reforzada, confirmando y enriqueciendo la argumentación que la sostiene. En esto se distingue la verdadera fortaleza intelectual del fanatismo, que en asuntos de espiritualidad tanto se denuncia, porque tanto abunda. El fanatismo es consecuencia de la soberbia mental que confiere rango de verdad a las propias ideas sin el adecuado contraste con la realidad. Es fruto de una experiencia vital que adolece de profundidad moral por sustraer la confrontación de todas las determinaciones hacia el amor y el bien. Una de las características del absoluto de la verdad es la plenitud de bien y sólo así a ella se puede someter el juicio que lidere la fortaleza de la voluntad. Todo fanatismo, en cambio, se sustenta en que es la voluntad quien impone al juicio criterios de verdad efímera, que se desvanecen cuando sobre la ofuscación se hace algo de luz.

La penitencia entraña dolor físico o moral, pero el dolor en sí no es penitencia. El cristianismo no constituye ninguna exaltación del sufrimiento, ni del dolor, por más que algunas piadosas personas hayan difundido esa idea. La pasión de Jesucristo hasta morir crucificado no alcanza su fin por la asunción del dolor que le infringe, sino que la Redención de la humanidad es fruto del amor, cuya manifestación, en colisión con las ambiciones de los poderes terrenales, no es tolerada y, como tantas veces en la historia, Jesucristo es perseguido, condenado, torturado y sacrificado. Lo ejemplar y redentor de la pasión es no ceder en la comunicación del mensaje de verdad y amor que el Padre le había encomendado, sosteniéndolo hasta el punto de perdonar a sus verdugos. El dolor de la pasión es asumido pero no buscado, ni querido, y la imagen del crucificado -señal del cristiano- es signo de entrega y no de masoquismo.

Disponerse a seguir a Jesús exige renuncia: El que no toma su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo (Lucas, 14,27). Se han de dejar unas cosas para hacer otras, y ello puede entrañar que las cosas que se dejan produzcan tristeza, incertidumbre, inquietud e incluso dolor, y todas ellas constituyen la penitencia que conlleva la renuncia. En ninguno de estos casos el valor está en lo que se deja, sino en la imitación a Cristo, y lo otro ha de asumirse como parte natural de la limitación humana. El mérito de los mártires que fueron perseguidos por pertenecer a la Iglesia está en el testimonio de anteponer su amor a Dios a cualquier otra realidad, incluso con el sacrificio cruento de la vida, y no en que amaran el dolor que sus enemigos les infringían.

Muchos otros padecimientos en la vida provienen de la misma naturaleza caduca, cuyo fin en la corrupción muestra todo un camino de degradación y dolor físico y moral al que, antes o después, todos los hombres se han de enfrentar, y cuya mitigación y aceptación constituyen de igual manera un reflejo de la complacencia a la voluntad de Dios.

Para quienes consideran que el camino de seguir a Jesús es una vía de penitencia, vale la pena recordarles las muchas penalidades que dejan otras muchas opciones de la vida, las más por el vicio y la corrupción. En cambio, la contrapartida de la práctica del ejercicio del amor humano y sobrenatural está en la felicidad que sigue a la satisfacción del deber cumplido.
 
 

SOBRIEDAD

Lo sembrado entre espinas es el que oye la palabra; pero los cuidados del siglo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda sin dar fruto (Mateo, 13,22). Tener preparado el corazón y la mente para entender el mensaje, la palabra, de la vida sobrenatural que Dios nos revela y comunica en la meditación exige no sólo dedicar tiempo a esa relación personal con Dios, sino también estar a la expectativa y disposición para hacer propios los sentimientos divinos. Ese parecerse a Dios, que corresponde a la madurez de la vida del alma, precisa un entorno adecuado que se asemejaría a lo que Dios precisa para ser. Lejos de lo que a veces se hubiera podido predicar de que a Dios le pertenece todo y es dueño de todas las cosas, la realidad es que Dios no tiene nada, porque no necesita nada y todo lo creado fuera de Él lo es para el bien de lo creado. A Dios la basta la satisfacción del querer que otras cosas distintas de Él sean. Cuando el hombre progresa en sentir como Dios, las demás cosas le favorecen en cuanto consideración de la realización material en que su vida se desarrolla, sólo indirectamente en lo que a su realización espiritual corresponde. Por ello no es extraño que el Evangelio de Jesús tenga una constante referencia a hacer un buen uso de los bienes materiales, que se concreta en utilizarlos, como Dios, para el buen servicio a los demás.

Al comienzo de su vida pública Jesús recibe del demonio la tentación, tan humana, de recibir el poder sobre todos los reinos del mundo en donde establecer su doctrina. Todo este poder y su gloria te daré... si, pues, te postras delante de mí, todo será tuyo (Lucas, 4,6-7), pero Jesús sabe que la humildad propia de Dios le exige a su misión la predicación personal y el convencimiento moral, lo que ha de hacer con su esfuerzo, como el propio trabajo de cada hombre, sin la dádiva del malicioso poder de la ostentación.

De las cosas que el ser humano tiene bajo su dominio ha de hacer un uso adecuado a la impronta de su espíritu sobre la personalidad, la que calibra las necesidades y pondera las prioridades a satisfacer en cada momento. Ese equilibrio del tener que valorar las cosas de arriba(Col, 3,2) es el que configura la adscripción al reino de los cielos.

Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos (Mateo, 19,24). Esta afirmación de Jesús, que siglo tras siglo se ha intentado suavizar con las interpretaciones más paradójicas, no deja de mantener su vigencia, ya que está en consonancia con el que cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo (Lucas, 14,33) y con el reiterado mandamiento de amaos mutuamente (Juan, 13,34).

El apóstol Santiago enseñará que quien dice al pobre: id en paz, que podáis calentaros y hartaros (Santiago, 2,16), sin socorrerle, carece de auténtica fe. Cada discípulo es la mano de Dios para seguir haciendo la obra de Jesús. Quien no comparte sus bienes con los necesitados se quiere más a sí mismo que al prójimo, y por tanto entra en contradicción con la doctrina cristiana. Como quien tiene es más vulnerable a la avaricia y al apego, por la costumbre que la comodidad confiere al cuerpo, por el prestigio que da la posicióny por el temor de quedar avergonzado, es por lo que se explica que los ricos sean tan seriamente advertidos en la predicación de Jesús.

Que la riqueza tiene solución moral se advierte en el relato de la vida de los primeros cristianos, cuando se expone, con la lección bien aprendida, que creían y vivían unidos, teniendo todos los bienes en común; pues vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos según la necesidad de cada uno (Hechos, 244-45). Muy distinta de la actitud de aquel joven que animado a alcanzar la vida eterna revocó su disposición cuando Jesús le indicó: vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme (Marcos, 10,21).

Estar en el reino de Dios exige compartir los medios materiales de que se dispone con los demás, de igual manera que el padre comparte los bienes con los hijos. Esto puede hacerse directamente invirtiendo en el bienestar de los desfavorecidos, pero también creando las estructuras adecuadas para el desarrollo armónico de toda la sociedad.

El apegamiento a los bienes terrenos ha sido una de las mayores trabas para la oración, porque ¿quién sinceramente se atreve a dejarse interrogar por Cristo? De la importancia tan relativa de los bienes terrenos y de la confianza en la providencia de Dios, que se alcanza en la oración, enseña Jesús cuando compara cómo en la naturaleza los lirios del campo... no se fatigan ni hilan (Mateo, 6,28). Nada es más necesario al alma que la confianza que la oración confiere de saberse en la sintonía de la acción de Dios.

La gran tentación de quien tiene bienes es pensar que otros tienen más y que por ello su responsabilidad queda encubierta. Supone un mirar sesgado hacia quien más tiene, eludiendo comprometer la responsabilidad con el necesitado. Como el sacerdote de la parábola de Jesús, que ante un hombre asaltado y medio muerto, viéndole, pasó de largo (Lucas, 10,31), se piensa que siempre habrá otro que asuma la ayuda al necesitado.

La pobreza en sí no supone un mal, sino una limitación a la posible realización integral de la persona. Lo que sí constituye un desorden, y por tanto un mal moral, es la desigual distribución de los bienes que por amor a los demás correspondería compartir.

Ningún criado puede servir a dos señores... no podéis servir a Dios y a las riquezas (Lucas, 16,13). Aparentemente uno se sirve de los bienes que posee, pero lo más frecuente es que, en la medida que esos bienes comienzan a determinar la forma de vida, es el sujeto quien los sirve, porque se constituyen en la referencia próxima que mueve a obrar según su estima. Se sirve a las riquezas y el alma se olvida de Dios y de los demás, ya que si se meditara sobre esa realidad se habría necesariamente que concluir en compartir e invertir en quienes carecen de lo necesario para llevar la vida digna que se querría para sí mismo. Servir a Dios es hacerse válido instrumento para que su buen amor se derrame sobre todas las personas, y ese servicio implica actitudes vitales que no son compatibles con quien en vez de servir estima que sus bienes le garantizan ser servido. Ya Jesús había advertido a sus discípulos que donde está tu tesoro, allí estará tu corazón (Mateo, 6,21), por eso el tesoro del hombre no puede ser el dinero sino la caridad.

Habría quien pudiera objetar reclamando la intervención directa de la caridad divina para aliviar las carencias de los débiles. Muy probablemente corresponde al misterio de la realidad de Dios, pero una referencia acerca del obrar del mismo puede estar en que en su humildad ha dejado la creación en manos del arbitrio de los seres creados. Dios mismo vive desprendido del mundo, pero ni olvidado ni alejado, porque permanece próximo y accesible a la relación espiritual con las almas. Se establece así una red de comunicación en el amor que debe ser el auténtico tesoro de la humanidad.

Cuántos hay que con su comportamiento secundan el querer de Dios y ni siquiera son conscientes que obran de acuerdo a la voluntad de Dios. Son los que Jesús relata que al fin de sus días escuchan: venid benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer... (Mateo, 25,34-35), ellos no le conocieron ni le trataron personalmente pero: cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis (Mateo, 25,40). Son muchos los que dan de comer secundando campañas para mitigar el hambre del mundo; son muchos los que dan de beber al sediento abriendo pozos en tierras resecas; son muchos los que visitan a los enfermos haciendo posible la medicina solidaria en los países endémicos; son muchos lo que asisten a los encarcelados sosteniendo los derechos humanos de los desplazados y perseguidos; todos ellos se hermanan con Jesús sin que en muchos casos medie trato ni intención religiosa, pero realizan en el ejercicio de su conciencia la esencia de la forma del alma de ser semejante a Dios.

Los apegamientos del hombre a la materia no se reducen al dinero y al placer que con él se puede adquirir, sino que existen muchas actividades humanas que si no están suficientemente bien ordenadas a su fin pueden entorpecer de gran manera el proyecto de imitación de Jesucristo. Tanto el comer como el beber, las satisfacciones sexuales o el juego, pueden llegar a perder su noble sentido y convertirse en un vicio que, sin apenas percibirlo, se adueña de la personalidad, influyendo negativamente en la vida familiar, sobre la salud, la estabilidad emocional, etc. La sobriedad como virtud regula el autocontrol de la persona para que nada le entorpezca en su proyecto de hacer el bien, sabiendo que, aunque no pretendido, el deslizamiento hacia el vicio daña tanto la voluntad que se termina porque no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago... porque el querer el bien está en mí, pero el hacerlo no. En efecto no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero (Romanos, 7, 15-19). Ese cuerpo de muerte (Romanos, 7, 24)acompaña al alma, y no pocas veces con la máxima vehemencia cuando las almas se empeñan más en el bien obrar.

No nos pongas en tentación, mas líbranos del mal (Mateo, 6, 13) impele Jesús a pedir en la oración; medio que no se debe abandonar aún cuando la falta de sobriedad haya abierto las puertas del corazón al materialismo.
 
 

AMOR A LA LIBERTAD

La disquisición entre si la forma de relacionarse con Dios ha de ser personal o colectiva está en el origen de la opinión generalizada de que la religión restringe la libertad humana. En la medida que se presenta a la organización de la Iglesia como el medio necesario para entenderse con Dios, se trasladan las limitaciones propias del medio al fin, originándose de las divergencias organizativas religiones o formas de relacionarse con Dios distintas, cuando el cristianismo es sólo uno, el que es predicado y enseñado en vida por Jesucristo.

Una parte importante del testimonio de la relación de Jesús con su Padre es la independencia de la tradición y de la estructura religiosa judía, de modo que Cristo se encarna fuera del grupo sacerdotal, de los escribas, de los fariseos, de los levitas, lejos de ningún vínculo clerical. Jesús es el hijo del carpintero (Mateo, 13,55). Tampoco al buscar a quienes han de ser testigos de su misión los toma de la organización legítima del clero, sino que llama a personas corrientes: trabajadores, gente casada, padres de familia serán sus ovejas, iguales a las demás del rebaño. Esta liberalidad de Jesús estará en la causa inicial de su persecución, porque contrasta frontalmente con la idea milenaria de la religión judía en la que es la nación la elegida de Yahvé.

Esa independencia de Jesús no es algo que le sea propio por su condición de Hijo de Dios, sino que constituye una parte no desdeñable de su enseñanza cuando va a indicar: os digo amigos (Juan, 15,15) y el mismo Padre os ama (Juan, 16,27), incluso cuando en contraste a la personalidad pública de los fariseos recomendará para los cristianos: tú, cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre (Mateo, 6,6). Es Cristo quien expresamente indica: Si, pues, el Hijo os librare, seréis verdaderamente libres (Juan, 8,36). Esa independencia del fiel para relacionarse directamente con Dios, igual que acudían personalmente a Jesús, es lo que le confiere la responsabilidad más directa sobre su santidad y la libertad para obrar en consecuencia.

Amar, por tanto, a los demás como les ama Dios exige el respeto a la libertad como un valor intrínseco del hombre a la hora de exponer la doctrina, que de suyo se ha de enseñar respetando esa libertad. Si Dios, en su humildad, no se impone como fin para nadie, ninguno en la tierra está autorizado a violentar esa disposición de Dios imponiendo a otro la sumisión a Dios.

Una de las tentaciones del cristianismo está en una falsa identificación con Dios por la que se confiere una autoridad sobre las almas ajenas. La autoridad única en el cristianismo es la del mismo Jesús: No os hagáis llamar rabí, porque uno sólo es vuestro Maestro (Mateo, 23,8), y si Él viene al mundo en la humildad es que el cristiano le ha de predicar en la humildad, o no predica a Jesús. La atracción de Dios está en su verdad, y la verdad se impone por sí misma como verdad más que como norma, porque la una informa al entendimiento y la norma o ley más bien a la voluntad. Cristo, que enseñaba con autoridad (Marcos, 1,22), apenas impone normas, sino que predica una forma de ser que ha de ser libremente acogida y libremente vivida porque se quiere: El que quiera venir en pos de mí... (Mateo, 16,24). No predicar con el ejercicio de la libertad puede inducir a la formación de una imagen distorsionada de Jesucristo y, por tanto, se corre el riesgo de divulgar una parodia del cristianismo.

Cuando se intenta limitar la libertad humana para que no se pueda obrar el mal, se está justificando alcanzar un fin loable con el empleo de un medio inadecuado, porque una persona sin libertad queda reducida a una individuación material desconfigurada con la esencia de Dios. Aprender a hacer un uso amoroso de la libertad, por el que siempre se procura el bien, exige no sólo ser libre sino también saberse libre, y ello es una de las más íntimas experiencias en el camino del conocimiento de la propia vida espiritual, por la que se accede al conocimiento de la realidad de Dios.

El reducto último de la conciencia de libertad es muy complejo de ser predicado, y de su marginación se sigue que se llegue a ignorar esta dimensión tan trascendente del hombre, como se ignora la trascendencia de la libertad de Dios respecto al mundo. Si se constriñe priorizar la libertad en la enseñanza de la religión, inadvertidamente se está cercenando el fundamento del progreso de la experiencia de Dios. Cuando la enseñanza de la religión se basa en la libre acogida de la palabra de Dios, es como la semilla del grano de mostaza que crece y se hace árbol en virtud de la esencia misma de la propia semilla.

El cristianismo, como todas las demás religiones, está afectado por el ejercicio durante siglos de la crítica restrictiva de la libertad, porque se ha considerado que la dificultad intrínseca de la espiritualidad se había de paliar con el sometimiento de la voluntad a un credo específico más que con la comprensión paulatina de una creencia que favorezca la adhesión de la inteligencia y la voluntad. Así se ha postergado la enseñanza misma de la vida de Cristo por la imagen que de la misma han interpretado los santos en sus vidas, quienes, como personas más próximas a los demás fieles, facilitaban la comprensión de la encarnación de la religión, pero ese modo de difusión de la espiritualidad adolecía de que de los santos se interpretaban sus obras, pero difícilmente su experiencia interior. Siendo también que las obras de santidad se valoraban según la tendencia interpretativa de la sociedad eclesial contemporánea.

El distanciamiento intelectual del hombre con Jesús está en la debilidad moral de la doctrina que ha generado tantas divergencias e incluso guerras de religión entre auténticos hermanos en la fe, que lo son por su vinculación al único Cristo. Definir la doctrina según los conceptos culturales de la piedad de cada época favorece la fijación de un modo de ser cristiano que, si bien puede beneficiar la labor catequética, también restringe en mucho la espontaneidad espiritual que se logra de la directa meditación de la doctrina de Dios sin los prejuicios culturales que se derivan de una determinada interpretación. Se puede aducir la deficiencia intelectual humana -incluso el analfabetismo- para acceder a leer y comprender la doctrina de Jesús, pero esa limitación debe ser estructurada como una deficiencia a paliar con hábitos culturales y no como una justificación para desconsiderar la libertad espiritual de los fieles.

La doctrina cristiana se penetra desde la sencillez de sus elementales sentimientos de amor y servicio a los demás, elque entre vosotros quiera ser el primero, sea vuestro siervo (Mateo, 20,27), y ese núcleo es el que condiciona la verdadera comprensión del reino de Dios. Hasta dónde y cuánto se predique así el Evangelio, desde esa idea de caridad, será cuando se disponga realmente a las almas a entender la realidad amorosa de un Dios que es humilde y que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mateo, 20,28).

El servir contiene la esencia de la libertad como ninguna otra manifestación humana, ya que contrapone la propia disponibilidad voluntaria a la acción a la requerida forzada de la esclavitud. Todo ser humano está condicionado por los mandatos de sus superiores, pero sólo es libre quien de propia iniciativa quiere procurar el bien a otro. Porque el bien ejercido por temor al castigo no manifiesta la libertad sino la dependencia.

Contrasta mucho cómo la doctrina de Jesús rebosa amor y la interpretación trasmitida de la misma durante siglos infunde temor. El temor al castigo del pecado se ha centrado como una realidad catequética de la doctrina cristiana que contempla a un Dios poderoso juez que trasmite más temor que amor. Esa visión de Dios es incompatible con la personalidad de Jesús, y en esa oposición radica una gran parte de la debilidad de la fe de los cristianos. Para al que la sociedad redujo a la servidumbre o la esclavitud, el cristianismo constituyó la auténtica redención de su vida; pero, para muchos hombres libres, la deficiente presentación de los valores evangélicos ha supuesto una innecesaria ruta de esclavitud moral, que no les ha permitido descubrir la doctrina de que el que pierda su vida por mí, la hallará (Mateo, 16,25).
 
 

LIMPIEZA DE CORAZÓN

Por limpieza de corazón se ha de entender la auténtica rectitud de los afectos que unen a una persona con los demás. En el Evangelio la verdadera identidad de los afectos está situada en el plano espiritual, porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterio... (Mateo, 15,19), nada es malo o bueno por su realización material, sino por la relación que los actos materiales guardan con la voluntariedad de la conducta humana.

La regulación de los afectos humanos y su trascendencia sobrenatural se traslucen tras las fuertes palabras de Jesús cuando dice que el que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí (Mateo, 10,37). Podría parecer una presuntuosidad por parte de Jesús hacer esa exigencia a sus discípulos -algo que no casa con su humildad- ya que querer al padre o a la madre o a los hijos parece lo más propio de la naturaleza humana. Si analizamos las palabras de Jesús vemos que no encierran una jerarquización del amor, exigiendo para Él un mayor afecto, sino que reafirma que el límite del amor a Dios no puede estar por debajo de los afectos terrenos. Las palabras de Jesús sitúan los afectos personales en el orden sobrenatural, ya que el verdadero amor de las personas es una participación del modo de amar de Dios. Esa participación del amor humano de la forma de ser de Dios le hace infinito, o sea, que no es dependiente en su intensidad de la porción de materia que configura cada ser humano. Se puede amar más, mejor y a más gente sin límite alguno y sin que la diversificación de ese amor merme la intensidad puesta a cada relación. Por eso no se justifica que se ame más a otra persona que a Dios, porque, en virtud de reciprocidad al amor de Dios, corresponde a cada apersona amar al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda tu alma, con todas las fuerzas y con toda tu mente (Lucas, 10,27); lo que no merma la posibilidad de amar a los demás con tanta intensidad como los afectos demanden.

Querer a las criaturas no representa una conversión al mundo, sino la adecuación al plan que Jesús ordena para los hombres: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente (Juan, 13,34). Por tanto ningún amor humano recto puede considerarse que entra en confrontación con el deber de amar a Dios. Lo que sí puede corromper el amor a Dios es el indebido amor a uno mismo, que desvirtúa el verdadero sentimiento del querer a las personas por el interés de las satisfacciones que se esperan obtener. Esa contaminación del corazón que es consecuencia de la materialización del ser humano es una tendencia que debe ser controlada por el hombre para realmente poseer un corazón limpio, que en la experiencia de la realidad del amor le cuente entre los que verán a Dios (Mateo, 5,8). A Dios nadie le ha vio jamás (Juan 1,18), pero la limpieza del corazón que instruye al alma por los caminos del amor le permiten acercarse a la contemplación de Dios. Por eso tanta gente tiene experimentado cómo su capacidad de meditación depende de la limpieza de sus relaciones afectivas.

Amar a los demás rectamente es contemplarles en la dimensión trascendente que su alma proporciona, lo que se puede concretar en contemplarles como personas dignas de respeto y no como reductos de satisfacción. Todo amor es una comunicación en el bien, por la que se busca perfeccionar a la otra criatura en su esencia y existencia, al tiempo que se procura la propia perfección por el ejercicio creativo de los afectos que consolidan la percepción de la propia realidad espiritual.

Si tu ojo te escandaliza, sácatelo (Marcos, 9,47), había sentenciado Jesús en el sentido de que cuando son los intereses materiales los que fijan la atención del hombre, allá se fijarán también los afectos, pues donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón (Lucas, 12,34). Así advierte que todo el que mira a una mujer deseándola (Mateo, 5,28) como objeto de consumo, desentendiéndose de su verdadera dimensión de persona, ya adulteró en su corazón (Mateo, 5,28). El pecado no está en la consumación del instinto sino según el objeto y el fin con que el hombre se acerca a la mujer.

En el cristianismo que Jesús predica es sumamente importante advertir la trascendencia que Dios hace de los actos internos del hombre, porque son éstos, y no las determinaciones materiales, los que inducen a pecar. El hombre se convierte a las criaturas porque las quiere hacer suyas, dominarlas, pero no con el afecto sencillo y noble de la relación adecuada al fin, sino como afirmación desordenada del poder con que la voluntad impone su dominio sobre las personas y sobre las cosas frente a los demás individuos. La contaminación del corazón radica en la confusión mental entre el querer y el poseer. En este mundo en que se crece observando al afán de dominio y se configura la personalidad para la lucha por el poder, el hombre ha de aprender de Dios a amar limpiamente: Hay eunucos que a sí mismos se han hecho tales por amor del reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda (Mateo, 19,12). El cristianismo enseña que el amor está esencialmente en servir, y la limpieza de los afectos del corazón se relacionan con el afán de servicio y el olvido de ser servido. Es lo que hace Dios en Jesús, quien no ha venido a ser servido, sino a servir (Mateo, 20,28). La rectitud de los afectos es algo que se ha de aprender y en que se ha de mejorar progresivamente a lo largo de la vida, especialmente cuando la contaminación social hace cuestionarse al cristiano sobre su derecho a satisfacer las pasiones. Sostener la bondad de los afectos ha de ser un objetivo prioritario del cristiano, porque de ello depende, en gran medida, su sintonía con Dios en la dimensión religiosa de su vida. La bondad natural que a toda persona acompaña se hace compatible con relaciones marcadas por el interés, incluso mucho más allá de lo lógicamente aceptable. La confusión mental entre el bien querer y los dominios pasionales es algo que permanentemente el cristiano ha de enfrentarse a resolver, y la evolución de la propia forma de querer hacia un amor desprendido y desinteresado se configura como un objetivo ascético de primera magnitud.

A veces se ha querido presentar el cristianismo como una religión desencarnada, como si la relación afectiva entre personas supusiera un menosprecio del amor de Dios. Si esto fuera así toda la predicación y el ejemplo de Jesús quedaría vacío, porque el mismo Jesús se muestra con un gran corazón que ama profundamente, y no en apariencia, a Juan, el discípulo a quien amaba Jesús (Juan, 21,20); a Lázaro, por cuya muerte llora Jesús y hace comentar a los presentes: ¡cómo le amaba! (Juan, 11,36); a María Magdalena, a quien se aparece en primer lugar tras su resurrección, porque podría ser la más desconsolada; a Pedro, a quien reprocha: si no te los lavare (los pies), no tendrás parte conmigo (Juan, 13,8), respondiendo el discípulo: no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza (Juan, 13,9). Para Jesús no hay dificultad en conciliar un gran amor a las personas y un gran amor a su Padre Dios; no existe oposición, sino que porque vive en el real amor divino la sensibilidad de su corazón humano ha de amar infinitamente a las personas. La Encarnación de Dios constituye un ejemplo para la encarnación del alma humana, que no puede temer amar, sino vivir sin amar.
 
 

MISERICORDIOSOS

La misericordia es un valor que se ejerce desde la más alta interpretación del poder, por la cual, incluso sobre toda justicia, se absuelve de la culpa del delito a quien ha realizado una ofensa.

Jesucristo exige a sus discípulos que sean misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso (Lucas, 6,36), porque la expresión de la misericordia es el perdón y el cristiano ha de perdonar hasta setenta veces siete (Mateo, 18,22), lo que significa sin límite. Si siete veces al día peca contra ti y siete veces se vuelve a ti diciéndote: Me arrepiento, le perdonarás (Lucas, 17,4).

La cultura humana ha desdeñado este valor, menospreciando la correspondiente virtud, al enaltecer la preeminencia de la justicia, por la que se debe castigar el delito para corregir el error. Si se perdona al infractor aplicando la misericordia ¿cómo será posible sostener el derecho en la comunidad? Esta dicotomía del juicio entre justicia y misericordia constituye uno de los grandes conflictos de la moral, y una de las más controvertidas interpretaciones de la esencia de Dios, a quien se atribuye tanto la perfección en la misericordia y la perfección en el juzgar.

La enseñanza de Jesús no deja duda a que prioriza la misericordia como la forma propia de perfección del hombre respecto a los demás, y la justicia como la forma propia del hombre respecto a su propio comportamiento. Es en la valoración al otro donde se debe aplicar la misericordia -bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia (Mateo, 5,7)- y no enjuiciarle y condenarle -no juzguéis, y no seréis juzgados (Mateo, 7,1)-. Es Jesús el que traspone al hombre los valores divinos que Él mismo practicó en la tierra perdonando como Dios los pecados ajenos: para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados... (Marcos, 2,10). Existen dos escenas de la vida de Jesús que resaltan el ejercicio ejemplar de la misericordia, y que deberían constituir el eje de la moral cristiana. Uno de ellos es cuando le piden veredicto sobre una mujer sorprendida en adulterio (Juan, 8,3), culpa condenada según la Ley con la lapidación. Jesús sentencia: El que de vosotros esté libre de pecado, arrójela la piedra el primero (Juan, 8,7), y luego, cuando jueces y verdugos se han retirado, dice a la mujer: Ni yo te condeno tampoco, vete y no peques más (Juan, 8,11). La misericordia se impone a la justicia porque sobre toda ley prima la ley del amor. La segunda escena definitoria de la misericordia de Jesús se contempla escuchándole colgado en la cruz perdonando a sus verdugos: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lucas, 23,34).

La práctica de la justicia y la práctica de la misericordia tienen ambas su entraña en el amor, que mueve a obrar rectamente y a perdonar la culpa del agresor, aunque se coopere a corregir su error, porque el mal obrar a quien primero perjudica es a quien ejecuta la acción. Es cierto que, por la naturaleza libre del hombre, el perdón no puede reparar el daño en la conciencia ajena, lo que sólo se logra con la consideración de la capacidad divina para restañar recreando la inocencia espiritual, lo que atañe a lo que se entiende como arrepentimiento y contrición. Por eso la justicia de Dios no entra en colisión con su infinita misericordia, ya que la misma se aplica sobre la realidad del estado de conciencia de cada individuo, cuya perversión puede resistir independientemente del perdón del agredido.

Que el cristianismo tenga como señal la cruz no es sino porque la misma es símbolo del perdón universal que sobre los pecados manifestó Jesucristo. Por ello quien se identifique con la cruz -si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame (Lucas, 9,23)- no alcanza su plena significación sin identificarse con el acto supremo de la misericordia del perdón hacia quienes pudieran tener culpa en hacer dificultosa la vida de cada cual.

Desde el aspecto que enseña Jesucristo del modo de ser de Dios, se observa cómo se produce un vuelco en la concepción del poder, porque si toda misericordia es hacer uso de la potestad de indultar, se exige que quien más poder posea ha de estar más ejercitado en la misericordia, lo que parece que choca y destruye la concepción que el hombre se ha creado del poder como dominio, lo que supone la práctica de subyugación, tan contraria a la misericordia. Por ello es tan relevante entender que cuando se atribuye a Dios la omnipotencia ese concepto no guarda relación con el sentido de poder tal como lo aplican los hombres.

La virtud de la misericordia cristiana, como hábito de perdonar, es necesario trabajarla en la meditación porque, por el pronto humano que se sigue de las querencias de la sociedad, el alma se muestra propicia a condenar y a castigar más por venganza que con el recto ánimo de corregir. Esto está tan arraigado en la sociedad que incluso la misericordia se llega a considerar por muchos como una manifestación de la debilidad de la personalidad y del desacierto del ejercicio del poder.
 
 

PACÍFICOS

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mateo, 5,8). Ser pacífico supone construir la paz, comenzando por la paz interior, siguiendo por la paz familiar y extendiendo esa intención a la paz universal. La paz es uno de los mejores bienes de la humanidad y reflejo propio de pertenecer al entorno de Dios, tanto es así que quienes la practican serán reconocidos como hijos de Dios. Amar la paz exige necesariamente repudiar la confrontación, la violencia, de modo muy particular la guerra, que salvo caso de justa y proporcionada legítima defensa nunca es moralmente aceptable. La guerra lleva consigo la perturbación absoluta de la paz, y representa el mayor grado de alteración del derecho, porque la guerra no sólo mata, sino que engendra hambre, inseguridad permanente, enfermedad, padecimientos por el clima, desplazados, violentas venganzas, violaciones, etc. cuyas heridas y consecuencias se extienden años y años tras los propios de la confrontación. Ya Jesús había indicado: Vuelve tu espada a su lugar, pues quien toma la espada, a espada morirá (Mateo, 26,52); enseñándoles a los discípulos cómo la violencia no es la forma con que un cristiano ha de resolver los problemas.

La paz os dejo, mi paz os doy (Juan, 14,27), es el saludo habitual que Jesús dirige a sus discípulos, en especial cuando resucitado les habla ya como Dios. La paz de Dios es también un don prometido fruto de la asistencia providente de Dios: no temas, rebañito mío, porque vuestro Padre se ha complacido en daros el reino (Lucas, 12,32). Perder la paz representa aflojar en la confianza de que el camino, la verdad y la vida (Juan, 14,6) que marca Jesús no es suficiente solución para todas las inquietudes. Construir la paz exige una gran actividad mental, porque la tendencia a la violencia se ha instaurado entre los hombres como manifestación de su substancia animal; y el hombre, como ser creativo y racional, dejado a merced de su pasión de poder llega a ser el mayor depredador de los seres vivos. Trabajar por la paz identifica a los auténticos herederos del espíritu de Dios, quienes han de perseverar en su intento aunque sufran persecución por la justicia (Mateo, 5,10). La instauración de esa justicia contribuye de modo preeminente a que la paz sea posible, ya que el desequilibrio de la injusticia propicia una inestabilidad social que no siempre alcanza ser reordenada a tiempo por medios pacíficos, lo que a su vez muchas veces desemboca en una violencia que en vez de solucionar el conflicto incrementa la tensión de injusticia. Por ello construir la paz exige una firme resolución interior de optar por un camino que quizá sea arduo y que se autoalimenta del convencimiento de que la paz, como el bien, tiene un efecto difusivo, aunque sea a largo plazo.

El gran escollo para la paz radica en que unos pocos pueden perturbar la paz de la mayoría, y por eso el esfuerzo para difundir el ideal de paz se ve descompensado en su influjo en la sociedad, aunque los beneficios de la paz son tan patentes como lo son las desgracias que la violencia arrastra en su derredor.

La paz os dejo, la paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo (Juan, 14,27). La paz que de Dios dimana, que es la que han de predicar los cristianos, no es el resultado del equilibrio de fuerzas que genera el temor a la réplica del contrario, sino la actitud profunda del alma convencida de que el trabajar al unísono en un proyecto pacífico de la sociedad logra muchos más bienes multilaterales que la inversión armamentística para imponerse a los demás. La paz, por tanto, es fruto de anteponer los valores espirituales que buscan el bien común.

Tradicionalmente se identifica la paz con la tranquilidad y con la ausencia de perturbaciones interiores, pero la paz espiritual es algo más, porque la misma se sigue de la conformidad del espíritu con la obra hecha, y ello supone una implicación de compromiso que justifica el que Jesús en un determinado momento les diga a sus discípulos: No penséis que he venido a poner paz en la tierra... Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra, y los enemigos del hombre serán los de su casa (Mateo, 10,34-36). La paz exige comprometerse con los valores de la justicia, de la no violencia, de la fraternidad... y ello en muchos casos repercute en el contraste de pareceres con quienes se convive y tienen resoluciones drásticas para lograr un entorno de tranquilidad, aunque sea restringiendo la libertad de los demás. Un cristiano que así transigiera perderá la paz, porque su conciencia le remordería renunciar a la aparente paradoja de luchar por la paz.

Para ser pacíficos hay que aprender a forjarse en la mansedumbre y humildad de Jesús, quien en su poder Él mismo se somete a la libre voluntad de los hombres. Recrimina a Pedro que no entienda que no va a luchar contra quienes vienen a prenderle, no porque no pueda rogar a mi Padre, quien pondría a mi disposición al punto más de doce legiones de ángeles (Mateo, 26,53). Es en la meditación donde se aprende cómo gestionar las situaciones para poner paz en el propio espíritu inquieto y en las relaciones personales. El que no educa ahí su espíritu no crecerá en el hábito que capacita para poner paz en las discordias propias y ajenas. Estar enfrentado a alguien supone de hecho una porción de violencia que Jesús recrimina, ya que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio (Mateo, 5,22). Jesús encarece tanto la paz que recuerda que si alguien tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda sobre el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda (Mateo, 5,23-24).

Nosotros pensábamos que sería Él quien rescataría a Israel (Lucas, 24,21). Son muchos quienes aún piensan en el intervencionismo político de los seguidores de Jesús, cuya conjunción de fuerzas imponga, incluso con el recurso de la violencia, el reino de Dios. La experiencia milenaria en la Iglesia ha demostrado que la fuerza no puede violentar la conciencia, ni para confesar con verdad la fe, ni para lograr abjurar de la misma. Nadie viene al Padre sino por mí (Juan, 14,6), por ello el auténtico testigo del cristianismo será reconocido como hijo de Dios por su herencia en la paz y no por la configuración de la voluntad de los hombres.

Ser pacífico incumbe también a educar en la paz. Frente a una sociedad que concibe en la violencia uno de sus principales recursos del ocio, se hace necesario difundir la paz desde la familia, ya que la violencia dentro de la vida doméstica es una de las más aberrantes formas por las que se impone sobre el amor el afán de dominio. Si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? (Mateo, 5,13). Si en la familia no se enseña de obra y de verdad (1 Juan, 3,18) a ser pacífico ¿quién enseñará a los hijos a que crezcan como legítimos hijos de Dios?
 
 

ALEGRÍA

El Evangelio de Jesús no proclama la virtud de la alegría, seguramente porque como corresponde a un estado anímico, hay menos que predicar que de exteriorizar. Desde luego, la vida de Jesús no tiene nada de oscurantista, ya que toda ella se desenvolvió primero en familia -¿no es acaso el carpintero, hijo de María, y el hermano de Santiago, de José, y de Judas, y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? (Marcos, 6,3)- y luego en las aldeas y ciudades de Judea y tierras limítrofes, donde era muy conocido y apreciado, tanto que la gente comentaba: todo lo ha hecho bien (Marcos, 7,37). Jesús participa en bodas, celebraciones, comidas, se aloja en las casas que le acogían, tenía amigos personales, etc. como cualquier persona normal, y de lo atractivo de su trato se puede extraer que debía ser una persona animada y cordial.

En los Evangelios se relata cómo muchos judíos se escandalizaban porque ¿ayunando los discípulos de Juan y los fariseos (Marcos, 2,18)los de Jesús no lo hacían, a lo que responde cómo en ese momento a los que están con Él les corresponde compartir la alegría de quien está celebrando con el novio su boda. Jesús bendice la alegría de vivir como un don derivado de estar próximo a Dios, que las preocupaciones pueden ensombrecer, pero esa tristeza se volverá en gozo (Juan, 16,20).

La alegría en el Evangelio se exterioriza en las parábolas del reino, como la consecuencia de descubrir algo de gran valor: Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido (Lucas, 15,9); lleno de alegría, va, vende cuanto tienen y compra aquel campo (Mateo, 13,44); hallando una (perla) de gran precio, va vende todo cuanto tiene y la compra (Mateo, 13,46). Descubrir el reino de Dios es conocer la realidad trascendental de la vida, la existencia del alma, la realidad de Dios, del bien... todo ello representa un sentido positivo tal de la vida que no se concibe contemplarlo sin un gran gozo.

Si se ha difundido durante siglos una imagen del cristianismo adusta en la que se mostraba la rigidez de la penitencia, ella parece más coincidir con la rancia contenida en los cueros viejos que con la que corresponde a la nueva vida que representan los cueros nuevos (Marcos, 2,22).

El gozo que Jesús promete a los suyos se identifica con la alegría que se puede definir como el estado del alma por la satisfacción del deber cumplido. La alegría es consecuencia de la actitud vital del hombre por hacer el bien, y por ello Jesús la presenta como una peculiaridad del reino de Dios donde al amor hará nacer de arriba (Juan, 3,7). Hay más dicha en dar que en recibir (Hechos, 20,35), enseñaba Jesús como sentido de la vida nueva, cuya alegría no se identifica con la glotonería y los placeres que satisfacen las sensaciones humanas sin trascendencia para el alma.

Exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador (Lucas, 1,47). El gran motivo para la alegría cristiana proviene de la contemplación de la grandeza y la misericordia de Dios, que: Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes. A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos (Lucas, 1,52-53). La alegría que puede dimanar de la condición cristiana proviene de la identificación con el obrar de Dios, que conduce a poner por encima de las propias satisfacciones sensibles el ejercicio del bien que retribuye con la sensación espiritual de la plena realización. La alegría espiritual es algo intangible salvo para quien goza de su experiencia -en esto se relaciona con la fe- y su realidad se fundamenta en que no es algo que se posee, como quien se alegrara por aprehender la realidad de Dios, sino de la confianza en el poder de su brazo que dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón (Lucas, 1,51). La alegría es fruto de la esperanza de lograr una vida más justa, cuya realización disipa los temores y alegra el corazón, como la mujer cuando está de parto, siente tristeza, porque llega su hora; pero cuando ha dado a luz un hijo, ya no se acuerda del aprieto, por el gozo de que ha nacido un hombre al mundo (Juan, 16,21). La virtud de la esperanza supone tomar a cuenta el bien posible a hacer y por eso la alegría actúa como una pasión positiva sobre la voluntad para moverla a obrar.

La esperanza cristiana representa un gran contraste con la depresión moral que se sigue del desajuste en el obrar de los hombres, cuya injusticia -que incluye el incorrecto proceder de tantos cristianos- no ofrece perspectiva de enmienda, antes al contrario, en la medida que los errores tienen más audiencia que el buen comportamiento, para muchos el mundo va a peor. Esto así: ¿qué motivaría la alegría sino los efectos del placer que distraen la responsabilidad?

La esperanza del cristiano se sostiene en cuanto la experiencia personal le informa de la difusibilidad del bien, o sea, que el bien obrar influye en el entorno a bien obrar: Para que viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mateo, 5,16). El cristianismo entiende que Jesús es la luz del mundo, y sus obras y su vida han trasformado el modo de obrar de cada fiel, como la realización en cada persona de esas mismas obras trasmitirán la luz de Cristo contagiando en derredor. La alegría, el aleluya, de la Pascua representa esa esperanza de que Jesús es la luz que ilumina los corazones para el recto obrar, y por tanto el margen a la esperanza radica en la fe de la inmutabilidad de su mensaje que desde cada fiel puede irradiar el mundo.
 
 

PERSEVERANCIA CRISTIANA

El que persevere hasta el fin, ése será salvo (Mateo, 10.22). Llevar hasta el fin de la existencia terrena la confesión cristiana exige sostener la fe mientras se mantiene el uso de la razón y obrar como un cristiano siempre que se conserven las fuerzas físicas para realizarlo. Como no sabemos cuando la vida puede terminar para cada uno en este mundo, conviene estar siempre vigilantes puesto que si el amo de la casa conociera a qué hora habría de venir el ladrón velaría (Lucas, 12,39). Ya que el bagaje que nos identifica con Dios son las buenas obras, conviene perseverar hasta el fin (Lucas, 10,22) obrando el bien todos los días de nuestra vida, aunque sean muchas las dificultades que se presenten, porque aunque todas las obras de la vida tienen valor en el juicio, la voluntad última en el amor será la definitiva decisión libre de opción por la fidelidad a Dios según la enseñanza de Jesucristo. Nadie que, después de haber puesto la mano sobre el arado, mire atrás es apto para el reino de Dios (Lucas, 9,62), había indicado Jesús enseñando que la opción por la fe debe ser viva y actual, y advirtiendo de las muchas infidelidades que acompañarán a cada cristiano, como para cuestionar si en ese último encuentro con Jesús ¿encontrará fe en la Tierra? (Lucas, 18,8).

El itinerario de la perseverancia cristiana no debe concebirse en relación a la muerte, sino a la perseverancia diaria en el trato personal con Dios y en el amor al prójimo, porque sólo dando vida continuada a esa opción de vida se tiene la experiencia religiosa de la fe y el amor para perseverar al día siguiente. Abandonar la meditación personal y el alimento de la Eucaristía o relegar el ejercicio del bien constante debilita la referencia de los valores espirituales hasta que los cuidados del siglo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra (Mateo, 13.22) y el alma cada vez está más débil para realizar las obras propias de los cristianos. Pablo habla de la necesidad de entrenarse como los atletas para estar permanentemente apto para vivir los valores que nos identifican con Jesucristo.

La perseverancia está muy ligada a la humildad, puesto que uno de los grandes peligros de la proyección de la vida en el tiempo radica en el cansancio mental del esfuerzo por el bien obrar sin entender el mérito que ello conlleva, porque ello es el que vuestros nombres están escritos en los cielos (Lucas, 10,20). El bien que se deriva del buen obrar ni siquiera a veces se llega a percibir, y el valor espiritual del mismo sólo lo alumbra la fe, por lo que es frecuente la tentación de replantearse si realmente merece la pena perseverar en esa opción de identificar la propia vida al Evangelio. Sólo la humildad reconoce el valor del servicio por el que se es grande en el reino de los Cielos.

La perseverancia en el ejercicio asiduo del bien es una virtud que debe practicar toda persona, pues, independientemente de la formación religiosa que pueda informar su conciencia, nadie queda excluido del compromiso ético que como ser racional tiene de obrar bien. Para quien además de la luz natural de la razón para discernir el bien está asistido por la Gracia de la fe, su responsabilidad, además de obrar bien, está en recurrir a los medios sobrenaturales para perseverar en ese modo de obrar. Dice Jesús que a quien mucho se le da, mucho se le reclamará (Lucas, 12,48), aunque también dice que todo cuanto con fe pidiereis en la oración lo recibiríais (Mateo, 21,22). El cristiano debe luchar con todo su corazón, con toda su mente y con todas sus fuerzas (Lucas, 10,27) en amar y seguir la voluntad de Dios, a pesar de las dificultades que halle en su camino, confiando siempre en que su oración será atendida.

En la historia del cristianismo se ha entendido, a veces, que la perseverancia en la fe no afectaba al compromiso de vida en la imitación a Cristo, sino en la adhesión formal a alguna práctica de piedad de la comunidad cristiana cuya doctrina se profesa. Así hay quien cree que la perseverancia final consiste en acceder a la asistencia espiritual de un sacerdote en la hora de la muerte, lo que conlleva la justificación y la salvación eterna. Con pleno respeto a la enseñanza de Jesús que indica cómo la misericordia de Dios reconoce y recompensa por igual a quien le encuentra y le sigue en cualquier etapa de la vida -Yo quiero dar a este postrero lo mismo que a ti ¿O has de ver con mal ojo que yo sea bueno? (Mateo, 20,14-15)- hay que tomar en consideración que de cara a la salvación, como dice el místico Juan de la Cruz, "cada hombre será juzgado en el amor", de tal modo que quien confía en los ritos de asistencia al alma al límite de la vida, pero no tiene ni obras ni amor, es muy difícil que a la luz del Evangelio pueda considerarse real su perseverancia cristiana. Se puede argumentar que Jesús se confiesa enviado del Padre con la misión de salvar a los pecadores, pero lo que Él proclama es el Evangelio de la conversión, o lo que es lo mismo: que los muchos pecados no son óbice para poder nacer del agua y del Espíritu (Juan, 3,5) y que esa conversión puede darse durante toda la vida en un continuo caer y levantarse, pero siempre será necesario que en la conciencia prime el amor y la resolución del bien obrar.

Uno de los peligros que acecha al hombre de fe se encuentra en la tentación de acomodar la verdad del Evangelio a los requerimientos de su comodidad, lo que se realiza tanto en la justificación de vivir según el dictado de las riquezas –recuérdese al joven que al requerimiento de Jesús se fue triste, porque tenía muchos bienes (Mateo, 19,22)-, el dictado del poder -los que en las naciones son considerados príncipes las dominan con imperio... no ha de ser así entre vosotros (Marcos, 10,42-43)-, el dictado de la trampa -como Judas, que compatibilizaba su admiración por Jesús con su provecho personal, ya que llevando él la bolsa, hurtaba de lo que en ella echaban (Juan, 12,6)- o el dictado de la hipocresía -son guías ciegos (Mateo, 15,14)-. El peligro más próximo para la perseverancia en la fe no está en la debilidad para seguir el Evangelio, sino, enfrentado con su exigencia, adaptar los contenidos morales a una falsa conciencia que reescriba la ley del amor según el interés y las circunstancias. Es especialmente grave, por alejarse intrínsecamente del espíritu evangélico, el proponer la doctrina de Jesús como una gran exigencia en los preceptos que refieren a los demás, siendo en cambio muy libres en la interpretación más benigna respecto al propio compromiso.
 
 

HUMILDAD

Simplificar la religión en lo que puede ser la compleja tarea de realizar la propia vida según la voluntad de Dios tiene como hito importante fijarse en el valor de la humildad, para ser, al menos, tan humilde como Dios. Ser humilde de corazón (Mateo, 11,29) constituye la identificación del camino (Juan, 14,6) para ir al Padre (Juan, 14,12). Es algo esencial al cristianismo asumir que la relación con Dios es filial, y que para comprender esa paternidad de Dios es previa y necesaria la identificación moral con Jesús. Convertir el valor de la humildad en virtud es afianzarlo en la mente y en el corazón, y se sigue de aprender, mediante la contemplación, de la humildad de Dios.

En las enseñanzas de Jesucristo se lee que donde está tu tesoro allá está tu corazón (Mateo, 6,21). Uno de esos tesoros que propone el Evangelio es la humildad, para consolidarlo es necesario que no sea desplazado por otros valores que interesen más. El desprendimiento de los bienes terrenos ayuda al dominio de la propia personalidad, pero también es necesario que la propia persona no se constituya como un bien objetivo que sea el primer fin de su vida. Esa forma de posesión de sí mismo como el principal valor de la vida es lo que se llama soberbia, cuya primacía erradica la virtud de la humildad. Quererse a sí mismo es la finalidad lógica de un mundo material, pero en la medida que un ser humano comparte una sustancia espiritual, ese fin puede reconducirse si el alma está informada hacia el servicio por amor. Esa disponibilidad de servicio es una de las ideas que se encuentra transversalmente a lo largo de todo el Evangelio -El más grande entre vosotros sea vuestro servidor (Mateo, 23,11)- como uno de los valores esenciales de la predicación de Jesús.

La humildad cristiana presenta muchas manifestaciones, siendo una de ellas la disposición tanto para perdonar, como para pedir perdón. El juicio de perdón se libra en la conciencia del ofendido, valorando la ofensa por su propia dignidad; cuanto en menos se tenga uno a sí mismo, más fácil será admitir que el valor como persona de quien ofende es mayor que la ofensa, y por ello más pronto se estará a perdonar. También, en cuanto uno se tenga a sí mismo por menos perfecto, más fácil será comprender la posibilidad del error y más presto se estará a presentar la disculpa.

Otra manifestación de la humildad está en huir de los honores, muy especialmente de aquellos que de alguna manera lo son por la acción de Dios sobre las personas. Así exige Jesús que vosotros no os hagáis llamar rabí... ni llaméis padre a nadie sobre la tierra... no os hagáis llamar doctores... (Mateo, 23,8-10). Uno de los peligros que más acechan al cristiano, por su condición de cristiano, es adueñarse paulatinamente de la personalidad de Jesús, e ir imponiendo su criterio en nombre de Dios. Quien así obra se distancia radicalmente de Jesucristo, quien en su humildad no se impuso, sino que motivó con su palabra y con su ejemplo a seguir voluntariamente el camino del amor. Por eso, para ser un buen cristiano es necesario seguir la doctrina de Jesucristo apreciando e imitando muy especialmente cómo Él vivió la humildad. Pablo, el apóstol de los gentiles, escribe a los filipenses: No hagáis nada por espíritu de rivalidad, nada por vanagloria; antes, llevados de la humildad, teneos unos a otros por superiores, no atendiendo cada uno a su propio interés, sino al de los otros (Filipenses, 2,3-4).

No vuelvas la espalda a quien desee de ti algo prestado (Mateo, 5,42). La humildad es una virtud que predispone a la caridad, ya que, informando sobre la semejante condición de todas las personas, facilita entender la necesidad ajena y situarse próximo a cualquier necesidad.

De manera muy especial la humildad cristiana se manifiesta en asumir la condición de pecador, por la que con mucha frecuencia se prefiera disfrutar de lo bueno a hacer el bien. Ese reconocimiento se encuentra vinculado a dar por hecho el influjo poderoso que el cuerpo mantiene durante toda la vida sobre el alma, por más que se haga presente la opción por vivir siguiendo a Jesucristo. Esto es algo que a nadie puede extrañar, sobre todo si contempla las tentaciones que el mismo Jesús, con ser su alma divina, padeció. La humildad debe llevar a reconocerse tan pecador que cada persona se sienta necesitada de hacer mucho bien para resarcir sus debilidades. Así cuenta el Evangelio cómo Zaqueo, convertido por el encuentro con Jesús, se propone: Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si alguno he defraudado en algo, le devuelvo el cuádruplo (Lucas, 19,8). La humildad mueve a la caridad porque cambia los verdaderos fines sobre los que poner el corazón y porque mueve a hacer tanto más bien conforme uno se tiene por pecador.

La humildad también se relaciona con tener sensibilidad por la sencillez, sin estar constreñido en exceso por la consideración ajena. Jesús pone como ejemplo de sencillez a los niños –de los tales es el reino de los cielos (Mateo, 19,14)- que le presentan a Él, en contra de la reprimenda de los apóstoles, porque quizá les parecían impertinencias a la dignidad del Maestro. Jesús aprovecha para enseñarles que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él (Lucas, 18,17). Ser sencillo como los niños es no tener acepción de personas y mostrarse con naturalidad, como se es, y no cómo a cada uno le gustaría ser.

La humildad lleva a rectificar la voluntad para disponerse a hacer el bien, aunque no apetezca. Pasar sobre el pronto personal a veces cuesta, pero un cristiano lo es porque adecua su vida al mensaje de Jesús, aunque le cueste. Es la humildad que Jesús alaba en la parábola de aquellos dos hijos, para quienes obran como el mayor: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Él respondió. No quiero. Pero después se arrepintió y fue (Mateo, 21,28-29). El hombre soberbio es aquél que nunca rectifica, pues confiere más valor a mantener el supuesto prestigio de su personalidad inequívoca e inconmovible que a la voz de la conciencia que le advierte del juicio erróneo. El rectificar de los sabios, que valoran en cada momento la información subjetiva y objetiva que emana un nuevo juicio, choca de frente con la actitud del soberbio, que mantiene su opinión porque ya la emitió, contra toda otra posible consideración.

No tener a nadie por menos también implica no tenerse a sí mismo por poco, aunque uno compruebe que el propio talento, la fuerza, la cultura... es deficiente con respecto a la mayoría. Jesús recurre a una parábola para mostrar cómo pide que nadie se tenga en menos, porque para Dios el valor está en esforzarse en fructificar lo que cada uno valga. La humildad no consiste en considerarse tan poco que lo que pueda hacer cada uno se considere intrascendente. Es cierto que lo mucho o poco que haga cada uno es un infinitesimal respecto a los siglos de historia, pero también es cierto que cada gota de agua llena el océano. La parábola que Jesús propone recrimina a quien había recibido lo mínimo por no hacer fructificar aquello, por poco que fuera: Siervo malo y haragán... Debías, pues, haber entregado mi denario a los banqueros, para que a mi vuelta recibiese lo mío con los intereses (Mateo, 25,26-27). Pensar que la humildad ampara la ineptitud o la irresponsabilidad es considerarla como una afección del cuerpo que moviera a la depresión, cuando la humildad es un valor del alma que enfoca a contemplar con realismo la existencia. Cada alma, por muy débil que sea la sustancia del cuerpo que comparte, tiene todo el valor que confiere la condición de persona, cuyo proyecto de vida es importante para los demás hombres y para Dios. Baste a veces contemplar cómo quien pueda parecer que ha pasado de modo intrascendente en la vida deja una estela de descendencia cuyo valor sólo Dios -que ensalzó a los humildes (Lucas, 1,52)- puede calibrar. Es muy posible que una de las retribuciones que presta la humildad es llegar a descubrir el valor de las pequeñas cosas que cada persona, día a día, puede llenar de amor y se servicio a los demás.

Una de esas recompensas que puede reportar la virtud de la humildad es la de comprender la lógica de la transitoriedad de la vida y la aceptación de la muerte. Ese misterio, que forma parte del enigma existencial, se puede comprender tanto mejor en cuanto que uno menos apegado esté a considerarse a sí mismo como el principal bien de la vida. Admitir que la muerte es una exigencia de la transformación del mundo, y que el itinerario lineal de la vida establece la defunción de unos seres para que otros puedan nacer, no deja de ser una doctrina científica excelente para contemplar cómo el querer que haya nuevas vidas implica aceptar consumir la existencia, ya que sin ello no sería posible la renovación de la especie. Sólo el alma, como sustancia espiritual, escapa a esa determinación de la existencia, siendo capaz de intuirse como eterna, aunque sin conocer racionalmente en qué forma se sostendrá. La humildad, que ayuda a considerar la relatividad de todo bien, incluso el de la propia vida, prepara al hombre para la muerte, no rehusando la contemplación de la misma con igual naturalidad con que se medita del bien de la vida y de la resurrección que Jesús prometió a sus discípulos: Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (Juan, 14,3). Si la humildad reconoce como propio de la caridad morir para que otros vivan, no es absurdo entender que Dios, que es amor, quiera que cuantas almas ha creado compartan su misma eternidad, cuya carencia de tiempo es imposible de comprender a quienes toda su inteligencia está informada por la percepción temporal.
 
 

FIN










* Las citas bíblicas se han tomado de la versión de Nacar y Colunga, editada por la Biblioteca de Autores Cristianos.