Límite a lo diverso

Jorge Botella
 

SUMARIO


CAPÍTULO 1  El límite a lo diverso en la conciencia.

CAPÍTULO 2  El límite a lo diverso en la relación familiar.

CAPÍTULO 3  El límite a lo diverso en la cultura.

CAPÍTULO 4  El límite a lo diverso en la política.

CAPÍTULO 5  El límite a lo diverso en la comunicación.

CAPÍTULO 6  El límite a lo diverso en la educación.

CAPÍTULO 7  El límite a lo diverso en la justicia.

CAPÍTULO 8  El límite a lo diverso en la religión.

CAPÍTULO 9  El límite a lo diverso en las relaciones sociales.

CAPÍTULO 10  El límite a lo diverso en el trabajo.
 
 

CAPÍTULO 1

El límite a lo diverso en la conciencia.


La distinción entre el sujeto y el objeto se puede concebir como lo que se conoce por introspección y lo que se conoce por percepción. Todo lo que es ajeno a la propia esencia se ha tenido que aprehender como objeto mediante el recurso potencial de los sentidos para distinguir las cualidades o rasgos distintivos que definen cada cosa. El conocimiento que se posee del propio ser se alcanza por un doble procedimiento: el interno que siente y reconoce la propia actividad fisiológica y mental, y el externo que percibe su propia forma material de modo semejante a como percibe todas las demás realidades externas. Aunque exista una percepción del propio cuerpo similar a como se percibe sensitivamente la realidad externa, no por ello deja de percibirse de un modo algo distinto, pues la propia figura y los propios órganos y miembros se interpretan como parte integrante del propio sujeto cognoscente. Esa distinción entre lo que integra el propio modo de ser sujeto cognoscente y toda la restante realidad de objetos cognoscibles es lo que determina la conciencia del yo en oposición a lo diverso a mí.

Es la conciencia racional quien genera la distinción entre lo propio y lo diverso, aunque con lo diverso --lo que no integra el propio ser-- reconoce una desigual relación según en cuánto afecta a su propia existencia. En el orden material esa relación se caracteriza por la definición espacial del conjunto de partículas, elementos u objetos que constituyen formalmente el propio cuerpo y lo externo a él; siendo necesario hacer la reserva mental de formalidad al existir relaciones con substancias materiales externas que penetran el propio espacio corporal; piénsese, por ejemplo, en el aire que penetra en los pulmones o los alimentos que se injieren por la boca. En el orden inmaterial es más complicado discernir lo interno de lo externo, pues la carencia de materia hace que no puedan definirse leyes físicas o existenciales de comportamiento de las realidades espirituales, como son los sentimientos, las intuiciones y los juicios; pero ello no impide que la conciencia posea auténtica experiencia de las abstracciones, ideas y juicios que configuran la actividad de la razón. Se puede distinguir en esa experiencia interior de la actividad intelectual la parte orgánica que facilita las aprensiones inmateriales de las formas, las abstracciones y la formación de las ideas en la memoria activa y pasiva que conservan en presente lo anterior percibido y lo precedente aprendido; todo ello es lo que la conciencia reconoce como la actividad mental de su organismo que configura la primera articulación del conocimiento, común con gran parte de los demás seres vivos. Los humanos, además de esa primera articulación psicológica que regula el conocimiento sensible, poseen una facultad que les permite administrar intuiciones espirituales desde las cuales amplificar la actividad del conocimiento sensible elaborando juicios creativos; la potencia que habilita para esa segunda articulación que capacita para el conocimiento creativo se denomina intelecto, y su naturaleza exige y asume el primer grado de la actividad mental sensible para desarrollarse.

La esencia o razón propia de la conciencia humana es el reconocimiento de su experiencia intelectual, aunque para ello tenga que seguir un itinerario de percepción e interiorización que dura toda la vida, pues como su capacidad inmaterial es físicamente inabarcable por las leyes que regulan las relaciones materiales, esa ilimitación genera que la intuición que la interioriza pueda perfeccionarse indefinidamente. No obstante, en el progreso intelectual lo esencial que la conciencia conoce es, desde que alcanza un grado de razón capaz, la individuación de su ser frente a la diversidad de sujetos existentes, por la personalización de la actividad racional.

La persona, que nace en un entorno social, lo primero que conoce son los seres que la alimentan y la cuidan, pero en cuanto cuidadores que le aseguran la supervivencia, como ocurre en muchas otras especies de animales, e incluso sería lo mismo si un niño abandonado fuera criado por otro animal. Es solo más tarde, al alcanzar el desarrollo inicial de la configuración de abstracciones e ideas, cuando percibe la distinción real entre él mismo como individuo y las personas y objetos del entorno en el que convive. Esa percepción es la que le impulsa paulatinamente a asumir sus propios caprichos, ejerciendo como sujeto, frente a la acción concreta de los demás que le protegen; caprichos que evolucionan a criterios, pareceres, opiniones, juicios y decisiones que van configurando su particular personalidad de la comprensión existencial en un entorno dado.

Conocerse a sí es un proceso más arduo que conocer las cosas que a cada cual le rodean, ya que en las ideas que se configuran de cada cosa externa a uno mismo se abarca únicamente lo que se percibe de las formas y los actos del modo y manera de ser de esas substancias; en cambio, los juicios derivados de la introversión analizan, además de las ideas sugeridas por el propio conocimiento sensible, las intuiciones espirituales que condicionan los juicios racionales. De lo externo relativo a la abstracción y pensamiento de los demás seres vivos cada sujeto no puede elaborar sino suposiciones basadas en semejanza de procedimientos por la afinidad de las especies; pero nunca sabrá a ciencia cierta la realidad de los contenidos de las intuiciones y juicios ajenos, sino solo conclusiones personales del posterior análisis comparativo de las acciones percibidas respecto al propio modo de ser.

La oposición entre el yo sujeto y los diversos objetos se configura, al menos y esencialmente, en los dos a priori de la sensibilidad que definió Kant: el espacio y el tiempo. En la determinación espacial el sujeto y el conjunto de objetos que puede conocer ocupan una posición diversa pero relacionable, pues si no cupiera relacionar las respectivas posiciones no cabría la percepción del objeto por el sujeto. Esa relación espacial entre sujeto y objeto se denomina distancia, y su evaluación es uno de los objetos primarios de la física y matemática, para cuyo desarrollo el intelecto humano ha intuido el concepto de magnitud o medida como el de la suma de veces que una distancia contiene una unidad arbitrariamente fijada. La relación temporal entre sujeto y objeto también puede ser medida, pero mientras que la espacial contempla generalmente una relación sincrónica, la distancia entre las dos posiciones en el espacio ocupadas simultánea y respectivamente por sujeto y objeto, el tiempo evalúa principalmente una relación diacrónica, o sea la medida entre dos momentos no simultáneos. No obstante lo apuntado, la ciencia ha demostrado la relatividad del espacio y el tiempo, de modo que conjuntamente permiten definir una distancia de acuerdo a una función matemática de ambos factores.

El concepto abstracto de distancia expresa la proximidad o la lejanía entre sujeto y objeto, entre el yo y todo lo demás. La proximidad en el espacio posibilita la percepción directa del objeto a través de los sentidos con los que la naturaleza ha dotado a cada sujeto, especialmente permite el contacto físico y facilita la comunicación integral; la lejanía diluye el conocimiento directo, impide la relación física y retrae la comunicación. El hecho de que la proximidad facilite al sujeto el conocimiento de los objetos cercanos no implica que deban generar una relación positiva, pues esa percepción produce tanto las reacciones de afecto o utilidad, como las de antipatía, indiferencia e inutilidad, que provocan la atracción o el rechazo en las sensaciones, los sentimientos y los juicios. Lo que la proximidad obliga al sujeto ante lo diverso es a posicionarse respecto a la relación querida o debida en función de las afinidades y diferencias, lo que va a influir, se quiera o no, sobre la estabilidad emocional de la personalidad.

La lejanía facilita, por el contrario, establecer el rango debido a cada relación en función de las afinidades y diferencias que se aprecian, pues el incremento de la distancia reduce proporcionalmente los influjos sobre la percepción, y como consecuencia la conminación a ofrecer una respuesta. Se puede argumentar que los medios de comunicación han acortado las distancias, y que lo lejano se ha hecho próximo a través de los medios de transmisión de la voz y la imagen, pero lo cierto es que en gran medida la utilización de esos medios queda a disposición del sujeto para usarlos o no en reforzar o relajar cada relación.

La distancia en el tiempo es percibida en la conciencia del sujeto respecto a sí, de tal modo que opera una división entre lo coetáneo a él, lo precedente a su existencia y lo futuro. En esta concepción, lo cercano o próximo está definido por los objetos reales cuya existencia sucede, ha sucedido o va a suceder posibilitando una percepción directa o indirecta por el sujeto. Esta distinción reproduce la variada manera en que en su memoria perduran los recuerdos de los objetos relacionados: algunos de ellos son archivados como experiencias personales captadas por los propios sentidos; otros han sido aprendidos por medio de comunicados externos de hechos contemporáneos a la propia existencia, a los cuales se les concede la actualidad de la responsabilidad o influjo que repercuten en el sujeto; los restantes objetos aprendidos anteriores a la existencia del sujeto para él adquieren la condición de históricos, siendo estos los que, respecto a la distancia, adquieren la condición de lejanos.

Respecto a los objetos futuros que la mente puede imaginar, la lejanía o proximidad está igualmente concebida en relación a la existencia del sujeto, o sea, distinguiendo como lo próximo lo que la esperanza de vida le augura probable de obrar como sujeto o percibir como objeto, y como lo lejano cuánto pueda considerar posible que suceda en el futuro del universo tras su defunción. Una excepción a la lejanía de lo futuro incierto se presenta en la conciencia de quienes, con una creencia en la subsistencia espiritual, intuyen atemporal la esencia de su forma de ser; en cambio, quienes conciben un futuro del espíritu reencarnado en otra materia lo perciben como una forma lejana de supervivencia.

Frente a esa interpretación genérica de la distancia entre el yo y lo diverso descrita anteriormente, la libertad del ser humano manifiesta su libre albedrío relativizando su preferencia y el influjo de determinados objetos que pudiendo estar muy distantes se intuyen más próximos de lo que marca la percepción sensible. Esa relativización de la distancia opera desde la conciencia del yo al objeto, y no del objeto al sujeto, en función de los intereses y valores que se aprecian en determinadas relaciones. Acercar los conocimientos lejanos en el tiempo es posible por el control que sobre la memoria ejerce la razón, de modo que, sin variar la perspectiva temporal fijada al objeto aprehendido en el momento de su percepción o su aprendizaje, su influjo se aproxima en lo que activa el interés del sujeto respecto a una aplicación de lo pasado a un estado emocional presente. Así, por ejemplo, un recuerdo, una fotografía o un relato antiguo puede llegar a conmover la conciencia tanto como una impresión actual; cuando eso ocurre la distancia en el tiempo del objeto se acorta hasta el presente, a voluntad del sujeto.

La relativización de la distancia en el espacio la logra el sujeto gracias a la imaginación. La imposible percepción inmediata de la realidad distante se suple con la elaboración mediata de la imagen distante mediante el recurso a la formación de imágenes mentales basadas en percepciones similares del entorno vital. El relato ha facilitado en la historia de la imaginación el acercamiento de los mundos distanciados; esa composición mental de las figuras, los paisajes, las actitudes y las relaciones se logran mediante la traslación de la realidad desconocida en conceptos similares a los de la realidad percibida y conocida, aproximando la imaginación lo lejano a próximo para que pueda ser valorado en la conciencia como algo que incumbe al sujeto en una relación cierta. Con el desarrollo de los medios de comunicación el relato ha podido ser implementado con la transmisión directa de la imagen, lo que supone un avance en el realismo de la imaginación por la percepción mediata, ya que esta impresiona casi tanto como la inmediata según la verosimilitud que le concede la conciencia.

Los medios que la ciencia ha puesto a disposición del ser humano para poder administrar las variables sensibles del tiempo y el espacio constituyen un patrimonio intelectual de primer orden, pues no solo ha ampliado el limite material a la percepción de lo diverso, sino que ha supuesto una revolución en la posibilidad de ensanchar el campo de las relaciones humanas, aunque todo ello no sea sino influjos que facilitan la intuición capaz de activar la razón que soporta una mayor libertad de conciencia, pues es esa libertad la que induce al hombre y a la mujer a aventurarse más allá de la restricción aparentemente lógica de la naturaleza.

Aunque la ciencia y la técnica hayan logrado dominar bastante las restricciones que al yo sujeto la percepción imponía en función de la distancia en el tiempo y en el espacio, es la conciencia individual la que define en cada momento de la vida intelectual de cada persona los límites de lo próximo y lo lejano, de lo aceptado y de lo rehusado, de lo interesante y lo superfluo, de lo amado y lo odiado; como esas preferencias responden a la manera de ser de cada conciencia en función de las emociones positivas y negativas que cada relación en ella provoca, se puede considerar que entre el yo y todo lo diverso a él realmente lo que prevalece es una distancia emocional que, superponiéndose a lo que supeditan las condiciones físicas que tiempo y espacio, prioriza en cuánto los afectos operan el interés subjetivo de cada relación.

El subjetivismo de la psique, que no puede desprenderse absolutamente de las condiciones de tiempo y espacio, opera en una dimensión abstracta, intuitiva, inmaterial e intelectual que, aunque manifiesta por el orden de interés de unas relaciones sobre otras la distancia afectiva que opera entre ellas, no admite, hasta ahora, una valoración del rango de distancia por la  imposibilidad de una proporcionalidad en la medida global y unitaria de esos procesos inmateriales. Es sólo el yo quien conoce realmente la ordenación que su mente genera de la relación con cada objeto respecto a las demás, las que se suponen de una homogeneidad suficiente para poder admitir una comparación y los límites que establece cada conciencia para priorizar unas relaciones respecto a los influjos de otras.

Contra la libertad subjetiva de la conciencia para establecer esa prioridad de la distancia emocional de cada relación opera la capacidad de atracción y sugestión de cada objeto sobre la sensibilidad del yo, sea la acción de un ser vivo o la fascinación de una sustancia inerte. Todas esas formas de atraer a una relación unas cosas a otras se han considerado como constitutivo propio de la naturaleza del ser, de modo que las más elementales partículas se atraen o se repelen, los átomos se agrupan, los elementos se combinan, las sustancias interaccionan... y los seres vivos igualmente están sometidos a relaciones de atracción o repulsa entre la infinidad de elementos que los integran en una unidad con esencia o naturaleza específica, la que, cuando está dotada de conocimiento, puede ejercer de sujeto capaz de incidir en la propia gobernanza de los procesos naturales que se dan en su cuerpo, pero sólo parcial y aún no significativamente puede modificar su propia constitución, por lo que como sujeto de relación es dependiente de muchos imperativos que condicionan su ámbito de libertad. Tanto es así que la humanidad, a través de su inteligencia, cuánto más descubre de su composición más conoce lo mucho que está predeterminado para su relación con cualquier otro ser.

Podría pensarse que el ser humano, como sujeto de relación, al depender de un marco espacial, temporal y sicológico se encuentra excesivamente condicionado para poder fijar distancias y límites a su vínculo con cada objeto del mundo exterior al capricho de su voluntad, su conveniencia y su interés. Ello puede ser cierto en lo que se refiere a la materialidad de esas relaciones, sin embargo, en lo que concierne a su conciencia, esta siempre gozará del beneficio con que las intuiciones creativas la capacitan para considerar los límites morales a los que quiere reconducir sus apreciaciones perceptivas; así, aunque mantenga una distancia física de proximidad en su relación con otra persona, mentalmente su conciencia podrá fijar los límites a que debe mantener la distancia emocional de esa relación para que no le afecte más de lo deseado, y viceversa. En la resolución positiva entre el condicionamiento del yo a actuar de modo determinado, o racional y libremente gestionar la clase de relación que consigue establecer con cada objeto diverso a sí, va a depender la conciencia de satisfacción que pueda equilibrar la probable contradicción del reconocimiento de la propia limitación personal.
 
 

CAPÍTULO 2

El límite a lo diverso en la relación familiar.


La relación entre cada uno y los demás miembros de la familia viene determinada en gran parte por la vinculación relativa a la procreación. Entre las relaciones dentro de la familia destacan: Las relaciones de paternidad / filiación, que son directas en primer grado respecto a la consanguinidad o adopción civil; las de fraternidad se generan por la concurrencia en la filiación a uno o ambos progenitores. Derivadas de las anteriores son todas las demás que se quieran admitir en el conjunto de rangos de consanguinidad en sucesivos grados: en consideración vertical: la de abuelos, bisabuelos... /nietos, biznietos...; lateral: la de primos carnales, segundos...; o la combinación de ambas: tíos /sobrinos carnales, segundos..., así hasta cuánto se quiera abarcar en el árbol genealógico de familiares con los que se guarda relación directa o virtual.

A causa de la convivencia a veces se confunden las relaciones de familia y las de parentesco, sobre todo cuando estas últimas alcanzan un grado de intensidad similar a las de familia. En cuánto culturalmente la trascendencia de la consanguinidad es menos relevante, existe mayor tendencia a considerar la parentela como una extensión tan natural de la familia que llega a integrarse en la misma por un tan frecuente trato que confunda ambas formas de nexo. Un caso de relación de parentela muy próxima a la familiar es la que se establece entre hijos de distinta pareja que aportan los contrayentes de una nueva relación, especialmente si crecen juntos en la vida de hogar; tanto es así, que en algunos casos optan por sustituir la denominación legal de hermanastros por la de hermanos. Un escollo en la diferenciación entre relaciones de familia y parentela podría plantearse cuando la paternidad / maternidad se realiza y legaliza por adopción; pues, aunque cabe asumir casi todos los vínculos de proximidad de la paternidad natural, nunca reúnen los inherentes a la concepción y alumbramiento, ni a la consanguinidad.

Una clase de relaciones particulares que se consideran de familia son las que se establecen entre los cónyuges de un matrimonio. Entre ellos no existe consanguinidad, pero ello no obsta para que sea considerada una relación de primer orden en la familia. Esta excepcionalidad está fundamentada en la convivencia y la unión carnal que se establece como mutuo derecho y la trascendencia de la misma para lograr el objetivo de la paternidad. Su función de fundadores de la propia familia justifica con creces que la relación personal entre los cónyuges se integre en la de familia, con un rango excelso, pero siempre distinto por su naturaleza --variando en cada cultura-- a las calificadas anteriormente de primer grado.

Como en la familia las relaciones son entre personas, todas se constituye entre un sujeto y otro sujeto, pero la perspectiva desde cada uno de ellos en la relación es entre un yo y otro ser diverso a mí, que adquiere la categoría de objeto --a quien se dirigen acciones o del que se reciben como sujeto pasivo-- aunque ello no suponga merma de la dignidad personal del otro respecto al yo. No obstante lo anterior, las relaciones de filiación mientras se es bebé son propicias a condensar en el yo el ámbito inmediato de la relación con los padres, pues la dependencia del bebé es tan intensa a los mismos que las acciones inmediatas de estos se consideran como las propias del sujeto, hasta que, pasados unos meses de vida, la mente del bebé comienza a interpretar las sensaciones inherentes a un individuo independiente, aunque aún se sea en casi todo dependiente.

Las relaciones paternas y maternas respecto a las demás relaciones de familia se caracterizan, y en ello se igualan a las de matrimonio, por la voluntariedad de los sujetos de las mismas en establecerlas. Los cónyuges se eligen --o debieran poderse elegir-- en función del ejercicio de su propia voluntad, y de igual manera se decide tener descendencia libremente cuando conscientemente se practican las relaciones sexuales que las posibilitan. De la libertad de ejercicio de esas relaciones se derivan importantes responsabilidades familiares para cada yo. Por el contrario, las demás relaciones familiares son avenidas sin responsabilidad directa; así, los padres no son elegidos por los hijos, los hermanos tampoco se escogen entre sí, e igualmente las relaciones entre primos, abuelos, tíos, etc., no entrañan en su causa voluntariedad.

Las relaciones familiares que surgen sin compromiso de voluntariedad pueden constituirse en términos de distancia muy próximas o muy lejanas. En general son menos distantes las de filiación y fraternidad, y más lejanas las que vinculan a un sujeto con primos, tíos, abuelos, etc.; aunque puede ser que la convivencia entre padres de familia que guarden parentesco produzca que los primos vivan casi tan próximos como los hermanos, o que la convivencia próxima o bajo el mismo techo de nietos y abuelos aproxime esa relación tanto como la que se tiene con los padres; también cabe que en una familia divorciada las relaciones de filiación sean lejanas en el espacio con  el padre o la madre que no posea la custodia. En lo que respecta a la distancia en el tiempo, la cercanía se manifiesta en la colateralidad, y la lejanía en la sucesión generacional; cuantas más generaciones haya de diferencia, mayor será la distancia temporal objetiva entre los familiares vivos.

Las relaciones de familia que se contraen por voluntariedad: las de paternidad y entre cónyuges, se desarrollan, salvo casos excepcionales, en una proximidad de tiempo y espacio que, dentro de la libertad establecida entre los cónyuges, está marcada respecto a los hijos por las exigencias de contacto físico, al menos para la fecundación, la gestación, su lactancia y su crianza. La novedad de la fecundación en vitro y la gestación subrogada ha permitido distanciar en tiempo y espacio algunas condiciones de proximidad de los padres respecto a los hijos; llegando incluso a poderse conservar congelados óvulos o espermatozoides para reproducir uno de los cónyuges una fecundación tras la muerte del otro. Fuera de los casos excepcionales, la proximidad en el espacio entre las relaciones maritales, o de pareja, se suelen mantener tanto como se desea o consigue; y las relaciones de paternidad tanto como la responsabilidad y la legalidad exigen para el bien del hijo, lo que no impide que realmente cada sujeto pueda decidir poner tanta distancia respecto a un hijo como su conciencia lo decida, llegando a situar el límite de la distancia espacial en casi el infinito cuando se produce por el padre o la madre el rechazo o el abandono del hijo. Aunque la distancia en el espacio pueda modificarse a  voluntad, la influencia en la relación debida a la distancia temporal no se puede modificar, porque  el tiempo corre parejo desde los momentos en que se establece la relación voluntaria a formar pareja o ejercer la paternidad.

No obstante el habitual desarrollo de las relaciones de pareja y paternidad en el espacio próximo, por propia conciencia de hacerlo así, circunstancias laborales, de guerra, persecución, prisión, penuria, enfermedad u otras variadas pueden obligar a que esa relación se distancie en el espacio tanto como lo obliguen condiciones ajenas a cónyuges y padres, lo que puede provocar una grave disfunción en la propia relación, pues aunque, en el mejor de los casos, la distancia emocional se sostenga, el límite impuesto en el espacio, distinto al deseado, les  impide el ejercicio de una gran parte de las obligaciones propias de la relación, cuya voluntad de ejercicio estaba y puede seguir estando en la conciencia del progenitor.

Entre las relaciones de familia que no se contraen voluntariamente, las de fraternidad habitualmente están favorecidas en la distancia espacial por la convivencia cuando se comparte un mismo hogar. Ello no obsta para que cada relación personal entre hermanos de una misma familia sea muy peculiar, y no sólo porque la distancia en el tiempo, por la distinta edad de cada hermano, la facilite o relaje; la marca más característica de esas distintas relaciones se fundamenta más en la distancia emocional que entre ellos aparece, y no pocas veces en competición entre unos y otros. En las demás relaciones no voluntarias de familia o parentela la distancia espacial de los hijos de cada familia con sus abuelos, tíos y primos está muy condicionada a la relación respectiva de sus padres con cada otro miembro de la familia, ya que durante toda la infancia es la voluntad de los padres la que pone unos límites más próximos o lejanos a la relación espacial. Cuando se alcanza la libertad de movimientos próxima a la mayoría de edad, las relaciones entre familiares puede variar, pues no sólo cada sujeto toma conciencia de su libertad para fijar los límites de cada relación, sino que condiciones externas pueden influir en la afinidad espacial y emocional entre unos y otros.

En las relaciones entre los distintos miembros de la familia habría que distinguir las que atañen al núcleo central, padres e hijos, y las más perimetrales que pueden considerarse situadas en entornos más o menos alejados según lo determinan las distancias de espacio, tiempo y emoción. Tanto en el núcleo como en su perímetro las distancias objetivas de espacio y tiempo son iguales en cada relación entre sujeto y objeto y su viceversa, pero no así en las distancias emocionales, pues estas pueden variar de un sentido al otro de la relación por la distinta disposición afectiva de la mente de cada miembro familiar, siendo esta la que, fijando desde cada posición respectiva sus límites, va a regular que la distancia material de proximidad se constituya en elemento de concordia o discordia, porque cuando el límite de la distancia emocional se sitúa lejana, la proximidad de la distancia espacial favorece la manifestación del conflicto o simple indiferencia.

La estabilidad dentro de la familia está muy determinada por la distancia en las relaciones entre los cónyuges; y, cuando las distancias espaciales de tiempo y espacio son favorables, esa estabilidad viene propiciada por la distancia emocional que cada parte establece respecto al otro cónyuge. En el lenguaje corriente esa relación emocional se ha venido a denominar amor, que supone el grado de asunción por la conciencia propia de cada sujeto de las determinaciones de la personalidad del otro miembro de la pareja. Cuanto más próximo establece cada sujeto el límite emocional de la relación conyugal, más se identifica su mente con la del objeto en lo que respecta a la perfección y bienestar que esta procura para sí. Si el amor es correspondido en un grado semejante de intensidad, el límite emocional de ambos sujetos sostiene una semejante reciprocidad, lo que no impide que cada parte tenga sus reticencias respecto a la manera de ser del otro, que, si no existieran, el límite estaría establecido en cero, o sea en la plena identificación de voluntades, algo que difícilmente se alcanza incluso en el mejor momento de la relación, siendo casi imposible en el transcurso temporal de la misma, pues el límite de aproximación que el amor sugiere a cada sujeto, superando las diferencias de caracteres y maneras de ser, difícilmente elimina las disparidades objetivas de cada personalidad en la concepción de la existencia, en cuyo seno se dan las relaciones en común. El amor incluso se manifiesta en la sincera comunicación de aquellos límites de preservación de la propia libertad que cada sujeto establece para el influjo sobre sí de la otra parte de la relación, pues en cuánto se hacen transparentes se posibilita el conocimiento que enmarca la oportunidad de entendimiento; saber hasta qué limite real cada cual motiva al otro define la cualidad del amor posible entre ambos, lo que debería hacer razonar a cada sujeto de la relación las posibilidades de afrontar con éxito las responsabilidades comunes. Ocultar los límites a la distancia emocional, temporal o espacial con que cada sujeto concibe una relación supone introducir un factor de desequilibrio que, más bien antes que después, por la desconfianza, produce un mayor distanciamiento en la aceptación del otro miembro de la pareja, con la repercusión que pueda acaecer respecto a las responsabilidades contraídas. Esos deberes voluntariamente contraídos deben orientar a cada cónyuge no sólo a facilitar el entendimiento común, sino también a fijar límites de seguridad en la distancia espacial y emocional con terceras personas que pudieran influir negativamente sobre la estabilidad de las relaciones conyugales, ya que, cuánto más se aproxima el factor desestabilizante, tanto más se incrementa el riesgo de su influjo.

Especialmente trascendentes son los límites en la distancia temporal que puedan establecerse en la relación de paternidad / maternidad, ya que a los padres les concierne la responsabilidad de velar por la integridad física, cultural, moral y emocional de los hijos. Esa responsabilidad exige concebir en los padres unos límites adecuados de distancia, pues aunque la naturaleza ayuda a limitar el tiempo propicio para la maternidad, no tanto así ocurre con la paternidad, cuya mayor longevidad en la edad fértil propicia que puedan engendrar quienes próximos a la tercera edad no garanticen poder ejercer esa paternidad de modo responsable sobre los hijos engendrados. Semejante es el riesgo abierto por la ciencia favoreciendo mediante la fecundación en vitro embarazos a mujeres en periodos de edad que superan los límites lógicos de la fecundidad. Aunque el límite más alejado en la distancia temporal para concebir relaciones de paternidad / maternidad puede se más evidente en la madurez de la conciencia personal; no ocurre lo mismo en el límite en la proximidad, pues siendo sexualmente fecundos varones y mujeres desde la adolescencia, no por ello desde esa misma edad se está sicológicamente preparado para asumir las responsabilidades que entrañan la paternidad / maternidad. Forma parte de la educación sexual que deben impartir los padres y profesores desde la adolescencia la vinculación entre sexualidad y paternidad, para que la primera no condicione irresponsablemente las determinaciones de la segunda, cuyo límite temporal propicio debe ser fijado en función de la voluntaria capacidad de asunción de las responsabilidades correspondientes a la paternidad /  maternidad.

Respecto a las relaciones de distancia espacial propicias para el ejercicio de la paternidad / maternidad lo propio es la conciliación familiar que permita libremente a ambos cónyuges situar los límites de disponibilidad a propia voluntad para velar por las necesidades de la prole en cada momento de su desarrollo hasta la mayoría de edad. Los límites de la distancia espacial por el desvelo de esos cuidados es distinto a cada edad de los hijos, determinando la conveniencia del distanciamiento ideal no sólo la presencia física, sino también el alejamiento exigido por la actividad laboral que garantiza el sustento de la familia. No es obvio ignorar que la distancia espacial entre padres e hijos debe modularse al interés de la formación de lo hijos, y no del capricho paterno / materno, pues la descendencia debe ser debidamente acostumbrada a desenvolverse por sí misma, en la medida de sus posibilidades, como forma de hacerla válida para la vida social independiente que han de asumir a partir de su mayoría de edad. Realmente los límites de distancia espaciales de cada cónyuge respecto a la precisa atención de los hijos debe ser consensuada en el ámbito de las relaciones de pareja, produciéndose una intersección entre estas relaciones y las de paternidad / maternidad durante el periodo en que hayan de atender responsabilidades sobre hijos menores; de ello se deduce la real complejidad de las relaciones familiares, las que deben mucho a que el límite de la real distancia emocional, el amor, supla lo que la prevención de la propia libertad exige de límite a la distancia espacial.

Los límites a la distancia emocional en las relaciones de paternidad /maternidad depende del número de hijos que la pareja posea, no porque el afecto haya de repartirse entre el número de ellos, pues al ser un sentimiento inmaterial no posee límite de cantidad, sino porque en las familias con más de un hijo la relación emocional de cada padre con cada uno de ellos es siempre personal y singular. Igual que en las distancia espacial y temporal existe en la emocional una configuración de límites de proximidad entre el sujeto, el padre /  la madre, y el objeto, los hijos, a fin de preservar la conciencia de identidad propia, y ello marca de un modo muy característico la relación emocional sobre en hijo, pues el afecto a este incluye un componente de realización personal que supera la responsabilidad contraída por la voluntariedad de la relación. En cuánto el padre / la madre proyecta su propia conciencia de realización personal sobre el propósito de la manera de ser de cada hijo está identificando el límite emocional de la relación paternal / maternal con la propia realidad existencial, lo que supone una categoría afectiva superior a la de cualquier otra relación de amistad. La implicación en un límite muy próximo de la distancia emocional puede tener consecuencias graves para la estabilidad emocional cuando se descubre que las relaciones de filiación no comportan un compromiso similar, por lo que es necesario advertir en la razón que entre una y otra existen tantas diferencias cualitativas que no procede la comparación de un débito de correspondencia entre ellas.

Las relaciones de filiación se desarrollan de modo independiente respecto a la madre y al padre. Cada hijo desarrolla su propia conciencia estableciendo en las distintas etapas de su convivencia familiar límites de distancia emocional respecto a cada ascendiente en función de la confluencia de caracteres y de la percepción de comprensión que encuentra respecto a su progresiva independencia. Como hasta bastante avanzada la convivencia familiar la distancia espacial en las relaciones les vienen prescritas por la tolerancia paterna, los hijos han de remarcar su independencia delimitando su distancia emocional, lo que causa que los continuos e importantes cambios en sus sucesivas etapas de pubertad, adolescencia y juventud produzcan continuas alteraciones de la configuración deseada para la distancia de emocional en sus relaciones filiales. La influencia de la distancia temporal en las relaciones entre hijos y padres no depende tanto de la diferencia de edad entre unos y otros, que se mantiene constante, sino de la perspectiva con que se considera una generación respecto a la otra en función de la capacidades habilitantes que se le adjudica; el hecho de que los padres envejezcan y alcancen la ancianidad interviene subjetivamente en los límites que se imponen a la distancia espacial y emocional.

Las relaciones fraternales justifican su importancia en la convivencia que pueda darse entre de la familia. Aunque una gran parte de la relación emocional entre hermanos proviene de los hábitos educativos infundidos por los padres, ese influjo se debilita en función del grado de independencia que progresivamente va adquiriendo cada hermano; a partir de ello la relación fraternal entra en competencia con la amistad, de modo que ya para el transcurso de la vida los límites a las distancias espacial y emocional que se desean establecer serán definidas más por los vínculos de relación de amistad que por la determinación de los compromisos familiares.
 
 

CAPÍTULO 3

El límite a lo diverso en la cultura.


Cuanto mayor es el ámbito del campo semántico que admite un lexema, más necesidad hay de explicitar qué ámbito del mismo constituye la referencia esencial que se utiliza en una exposición. Como así ocurre con el término "cultura", conviene precisar que fundamentalmente este capítulo se va a referir al conjunto de conocimientos sobre la vida social que inciden sobre las relaciones por las que cada persona se estima positivamente vinculado a la comunidad. Se podría objetar que las determinaciones negativas de la vida social también deberían incluirse como cultura, por lo que enseñan sobre las contradicciones entre los seres humanos, pero lo cierto es que la conciencia esa negatividad la califica de incultura, lo que provoca la exclusión automática del ámbito de relaciones que voluntariamente se mantienen desde la perspectiva del sujeto activo, aunque puedan repercutir sobre la conciencia como sujeto pasivo del obrar de otros actores de la sociedad. No obstante, como casi nada en el mundo es totalmente positivo o todo negativo, de cuanto tiene repercusión sobre la existencia de cada persona cabe considerar lo positivo de la experiencia que aporta el ejercicio de discriminación racional sobre la percepción que cada hecho social comunica.

Aunque cada contenido cultural es consecuencia de la consideración de los seres humanos, hay que admitir que la influencia sobre ellos del entorno natural constituye la mayor parte de percepciones que formalizan las abstracciones fuente de sus ideas mentales. De hecho la relación etimológica de "cultura" con su antecedente latino "cultus" expresa la vinculación del saber social a la contemplación del orden de la naturaleza en el cultivo de las plantas y la cría de los animales. Incluso de la acción propia de la naturaleza extrae el hombre las aplicaciones del fuego, el viento, la lluvia, el rodar, el volar, etc. Así, la cultura engloba cuanto han hecho y considerado nuestros predecesores y que, de modo directo o indirecto, ha sido transmitido a través de vestigios y documentos históricos.

En la posición de cada persona humana respecto a la cultura puede distinguirse una doble vertiente: La recibida como influjo en la educación y la asimilada desde la crítica de sus valoraciones intelectuales; una y otra se sostienen durante toda la vida racional, aunque pueda parecer que en los años jóvenes se aprende cultura, en la edad madura se discierne la cultura en función del propio interés y en la tercera edad se rebate la cultura desde el inmovilismo ideológico; esa división se sustenta en la mayor o menor permeabilidad de la conciencia a recibir influjos: muy permeable cuando está ávida de conocimientos, medianamente ávida cuando están constituidos mucho hábitos y poco ávida cuando se siente incompatible con la innovación cultural. No obstante esa vinculación a la edad, que puede constatar tendencias sociológicas, sería más preciso considerar la posición relativa respecto a la cultura desde la subjetividad de cada conciencia para ilusionarse con el saber, como una pasión que puede aparecer, crecer y menguar a cualquier edad, dependiendo mucho del carácter y la personalidad, pues incluso entre los adolescentes necesitados de aprender ya se distingue quien cumple por deber y quien se interesa por saber.

Existe una cultura necesaria para vivir insertado en la sociedad, que es la que habitualmente se transmite en las familias, en las escuelas, en los talleres, en las universidades, y que define lo necesario para la vida familiar y laboral dentro de una comunidad; y otra cultura que se difunde, además de en las instituciones educativas, a través de la literatura, la música, los medios de información, los ateneos, las revistas especializadas, los museos, las asociaciones culturales, los viajes... y cualquier medio que divulga conocimiento sobre lo que en la existencia pueda interesar al ser humano.

La posición de cada persona como sujeto respecto a la distancia que mide su interés en los contenidos y relaciones culturales va a depender de que le sirvan esos conocimientos para su satisfacción interior y para aplicación a las relaciones dentro de su comunidad social. Cuánta mayor importancia en la vida se dé a la cultura, así se valorará la relación cultural dentro del conjunto de obligaciones y realizaciones que planifican la vida intelectual. En lo que respecta a la satisfacción propia, se busca en la cultura la complacencia del saber y el conocimiento que valora la propia personalidad según un proyecto de superación independiente a la propia necesidad de supervivencia. En su aplicación a las relaciones comunitarias, la cultura supone un exponente de integración, participación y animación social, y, además, vehículo para transmitir la seducción de la cultura a la siguiente generación, pues la afición cultural se contagia más que se predica.

Lo diverso al sujeto en las relaciones culturales puede no ser tan concreto como en las relaciones entre personas, donde el sujeto y el objeto quedan perfectamente definidos por seres individuales; en la cultura el objeto diverso al sujeto es todo lo posible por aprender, pues lo ya asimilado se concibe como tan integrado en la propia mente que supone el patrimonio intelectual personal con el cual juzgar la realidad, de tal modo que el itinerario cultural de cada persona es ir asimilando contenidos culturales en su memoria y conciencia, los que, más o menos razonados, interioriza como constitutivos de la experiencia racional subjetiva, y cuyo conjunto de conceptos constituye la propia sabiduría que va a juzgar y valorar cuanto de nuevo la cultura le ofrece en todo lo diverso a ese saber. Esa continua aprehensión de la inteligencia sobre la cultura hace que lo propio y lo diverso se renueve de modo progresivo, pues las continuas apropiaciones incrementan el patrimonio intelectual personal, pero también lo diverso pone a prueba la consistencia de lo anteriormente asumido, por lo que cada conciencia fija límites al asentimiento sobre nuevos influjos culturales en función de la propia capacidad receptiva, para preservar el colapso del sistema intelectual.

La distancia espacial limita bastante el acceso a la cultura, pues, aunque existen recursos de comunicación para satisfacer el interés del pensamiento universal, el esfuerzo para asimilar una cultura funciona inversamente proporcional a la inmersión que en ella se realiza. El acceso a las sensaciones, los sentimientos y los hábitos de comportamiento de una determinada comunidad, que pueden definir su modo de ser, sólo se posee en plenitud por la directa experiencia personal de convivir allí. De igual modo, sobre cualquier disciplina cultural el conocimiento más completo se alcanza por la experimentación directa de su contenido; así, para profundizar en la cultura musical no basta con escuchar música, sino que quién domina un instrumento y quien lee, escribe y compone música recibe muchos más influjos para la mentalización en esa cultura. Como la cultura no se corresponde con una sustancia material, sino con una relación intelectual, realmente no ocupa un lugar en el espacio, por lo que cuanto se pueda decir de la distancia espacial del sujeto a la misma parece infundado, pero no lo es tanto considerando que esa relación intelectual procede del conocimiento del grupo social que la practica y difunde; de este modo, la distancia espacial se ajustará a la conexión posible a tener con esa comunidad, que cuando no puede ser física se substanciará en el conjunto de datos que identifican el interés por la vinculación mental a esa realidad. Los límites a la relación espacial de cada sujeto con cada actividad cultural vendrá determinado por la aproximación voluntaria al entorno propio de allá de donde proceden los estímulos culturales que atraen a la conciencia personal, pudiéndose optar por una aproximación física, cuando es posible, o una aproximación intelectual tan intensa como lo permitan los medios de comunicación en la distancia.

La distancia temporal en la relación cultura la marca el tiempo transcurrido entre el sujeto y la realidad social de la vivencia que soporta el hecho cultural. Así hay personas interesadas en la cultura actual, en la prehistórica, en el medievo, etc. Parece cierto que cuanto más alejada está la distancia temporal menos influye sobre la realidad del sujeto, pero eso sólo en el modo objetivo, pues desde el subjetivo interés intelectual lo que colma las expectativas es el saber, con independencia de su aplicación práctica para la vida. Aunque la cultura contemporánea es la que más influye sobre la existencia del sujeto, no por ello la conciencia personal está obligada a priorizar ese interés; así, hay quien limita el ámbito de su relación con la cultura que le es actual, y sin embargo mantiene un interés casi ilimitado para conocer los contenidos de una época, civilización o ciencia antigua.

Como la conciencia del sujeto varía en el transcurso de su existencia, existe una posición relativa en cada momento de su vida entre el influjo de la cultura adquirida en el tiempo precedentes y la más actual; por ello cada persona a los nuevos influjos recibidos, por la actualidad que encierran, les concede un límite de distancia muy corta sobre su conciencia que, cuando suponen contradicción positiva con los criterios anteriores, genera un desplazamiento del interés de lo anterior, lo cual normalmente no cae en el olvido o menosprecio, sino que simplemente sufre un alejamiento en la distancia límite de su influencia en favor de aquellas nuevas ideas consideradas culturalmente más relevantes. Es cierto que el interés por lo nuevo decrece con el paso de los años, de modo que generalmente las personas mayores tienden a tratan con escepticismo los valores de la cultura que cultivan las siguientes generaciones con las que aún conviven, lo que se concreta en que fijan distante el límite de influencia positiva que les puede repercutir las nuevas tendencias del pensamiento.

Como la cultura es tan amplia, la distancia emocional de la relación de cada persona con ella puede concebirse como el interés por saber en general y en particular. La limitación humana en el tiempo y el espacio imposibilita que alguien pueda abarcar un interés concreto por toda la cultura, lo que no obsta para que sí lo tenga por todo el conocer que pueda estar a a su alcance; en cambio, otros no se interesan sino por relacionarse con determinadas ramas de la cultura, desdeñando dejarse atraer por lo demás, posicionándose frente a las otras ramas de un modo anodino. La distancia emocional del sujeto con la cultura se puede valorar en función de la prioridad y tiempo que se emplea en su aprendizaje, práctica y difusión, de modo que ese límite obedece más a las circunstancias de vida que a una posición restrictiva que la voluntad evitaría si pudiera; y por ello, en función de ese tiempo dispuesto pueden diferenciarse qué manifestaciones de la cultura son prioritarias, preferidas, aceptadas, toleradas o desdeñadas.

Dependiendo del medio social en el que se convive, cada sujeto adquiere un rol respecto a la uniformidad por sus preferencias culturales con las más comunes en ese entorno social. Cuanto más uniforme es el medio social en el que se desarrolla la actividad familiar, social y laboral,  más destaca toda pasión por la cultura diferenciada en la distancia espacial, en la temporal y en la emocional, y cuanto menos limita el sujeto esa afición más evidente se muestra la distinción que puede generar un germen de discriminación. Si el medio social es muy abierto a la diversidad cultural se acepta, y a veces se admira, a quien destaca por favorecer originales tendencias culturales. Eso diferencia a conservadores y progresistas cuando --independientemente de lo acertado del léxico empleado-- se asigna a los componentes del primer grupo el apego a las tradiciones, o sea, el situar en un límite muy amplio el influjo sobre su conciencia de toda la cultura avalada por una amplia difusión en el tiempo y en el espacio; y por el contrario, se reconoce como progresista el relegar mentalmente todo lo antiguo como viejo, depurándolo desde criterios culturales que manifiesten la renovación generacional de la conciencia humana.
 
 

CAPÍTULO 4

El límite a lo diverso en la política.


Como por política se puede entender el conjunto de todo lo relativo a la gestión de las relaciones sociales, pues todo influye sobre la vida ciudadana, conviene delimitar como tal a efectos de este estudio la vinculación entre el ciudadano, como sujeto, con las determinaciones que el sistema político establece sobre su participación activa y pasiva en el ámbito de la vida pública del país.

Lo diverso a sí en la política lo constituyen: la opiniones ajenas, el ámbito de adscripción, los canales de participación, la configuración de las responsabilidades de poder, el ejercicio del control político, las formas de expresión crítica, la legitimidad representativa, la estructura de las instituciones, etc. La conciencia política del sujeto abarca: su ideario, su responsabilidad, su participación, su reflexión y su catarsis; desde esos criterios es como va a concebir las relaciones de los asuntos públicos de su comunidad, la defensa de sus intereses y la medida de su solidaridad. El límite al influjo de la política sobre sí en cada individuo va a estar marcado por la reserva que cada persona hace del compromiso de la propia soberanía y la esfera de lo particular, que definen la exención a lo que la comunidad tenga acceso por considerar que corresponde al ámbito de la intimidad, aunque ello comprenda relaciones con terceros.

Desde una perspectiva legal se puede considerar que toda relación sujeta al derecho regulado por alguna ley podría ser incluida en el ámbito de la política, por lo que conlleva de la posibilidad del recurso al sistema judicial para dirimir la protección de cualquier derecho, y es política en realidad, pero se puede desmarcar lo propio de aquellas relaciones que sólo afectan por consenso directo a determinados particulares de las que lo hacen a todos o varios los pertenecientes a una colectividad nacional en virtud de su sujeción a la autoridad de la misma por la vinculación implícita a aquella.

La política en sí comprende la gestión de las relaciones de soberanía entre los partícipes de una comunidad, lo que genéricamente se denomina "el pueblo", que abarca al conjunto de ciudadanos que admiten compartir parte de su independencia y soberanía con los restantes miembros de ese conjunto o colectividad en función de los beneficios mutuos que proporciona su relación. Por eso, se puede considerar que la política nace cuando lo hace la sociedad, porque en el grupo más elemental, como puede ser una familia o una tribu, ya participan individuos que deben consensuar cómo relacionarse para que, preservando la identidad que define al ser humano, logren los objetivos a los que se comprometen mutuamente. Precisamente porque esos compromisos implican compartir y conservar soberanía sobre los medios y fines, por lo imposible de diluir en una misma identidad dos o más personalidades distintas por muy íntima que quisiera configurarse esa relación, es por lo que cada sujeto establece límites en su conciencia a lo que de sí, por propia voluntad, implica en la relación.

Los límites que la conciencia de cada sujeto impone a las relaciones políticas pueden diferenciarse entre el interés por intervenir en lo público como actor o como espectador. En el primer caso, la participación se hace actuando personalmente de modo activo en algún estamento de la estructura social, pudiendo ser: una responsabilidad de gobierno u oposición en el ámbito municipal, regional o estatal; interviniendo activamente en la estructura de un partido, asociación o movimiento político; o mediante una actividad laboral dirigida al estudio o enseñanza de la teoría política o a la motivación de la conciencia crítica desde los medios de comunicación. En la opción de intervenir como espectador, el sujeto se distancia del protagonismo directo y participa mediante la designación de representantes que trasladen a la política activa sus ideales e intereses. No obstante, el distanciamiento que la participación indirecta supone no impide que puntualmente el sujeto resuelva intervenir presencialmente en concentraciones, manifestaciones o debates en los medios para expresar su posición respecto a las decisiones de los gobernantes. Quien se pronuncia casi ilimitadamente alejado de la política es quien renuncia a toda participación, no sólo de forma directa sino tampoco indirectamente delegando en representantes que lo hagan.

La expatriación, por cualquier causa que aleje a un ciudadano del espacio geográfico de su nación, habitualmente dificulta su participación directa en la actividad pública de la vida política de su  país. La causa de su expatriación así se convierte en una decisión de conciencia que fija un límite en la distancia espacial para su implicación en la política de modo directo; lo que no obsta para que apenas se autolimite, superando la barrera de la distancia espacial, según su interés de involucrarse indirectamente en la política, pues los actuales medios de comunicación, sin acortar las reales distancias físicas, permiten tantas variantes a la participación indirecta como la conciencia del sujeto se implique en ello.

La distancia real que se establezca entre las instituciones políticas y la residencia de la ciudadanía facilita aproximar o distanciar la percepción del influjo de lo público sobre la vida cotidiana, favoreciendo o perjudicando el interés por participar de la política al situar lo diverso a cada sujeto en una esfera próxima o alejada. Cuánto más una persona percibe la eficacia resultante de las relaciones de la colectividad, más interés despertará en él el aprecio de los beneficios de vivir comunitariamente, y así su conciencia le moverá a acercar los límites de disposición hacia la utilidad de los servicios públicos que facilitan la vida propia y la de su entorno. Eso justifica que generalmente respecto a la política municipal se acorten los límites a la distancia espacial que marca el interés por la intervención política; proximidad que no sólo facilita la participación directa en la gestión de lo público, sino también la posición crítica respecto a la percepción relativa de la actitud de los responsables del gobierno municipal.

La influencia de la distancia temporal tiene relativa poca relevancia sobre la relación entre el ciudadano y la política, pues a cada generación le incumbe lo que la política dicta para el periodo de tiempo en que se vive. La influencia de la política del pasado respecto a la proyección sobre los intereses de la ciudadanía puede actuar como fuente de derecho o por vetustez, cuando se enquilosa la necesaria actualización de las leyes; en el primer caso la vinculación a los intereses cotidianos de la vida de los ciudadanos es baja, y ello genera que para una gran mayoría de personas la política del pasado está relegada a gran distancia de las consideraciones de la mayoría de la colectividad; no obstante, si las leyes no se actualizan convenientemente el pueblo advierte una disfunción entre el sistema y la realidad, lo que genera, sobre todo en las generaciones más jóvenes, posicionamientos fijando el límite de distancia temporal como un elemento radical para la regeneración política. Más interés despierta la evolución futura de la política, pues ella redunda en el bienestar de hijos y nietos. Cuanto más se valora la repercusión del sistema político sobre las protecciones sociales, más mueve a que esos valores se sostengan como amparo de las siguientes generaciones; en consecuencia de ello, el límite de la distancia en que sitúa cada persona su actividad activa y pasiva respecto a la política en muchos casos se encuentra informada en función de la responsabilidad que se asume respecto al devenir de la prole, favoreciendo la eficiencia de la política actual para sentar las bases para un futuro mejor.

La política sostiene un mayor influjo sobre la distancia emocional en que la sitúa cada ciudadano que la efectiva repercusión de la distancia espacial o temporal. Ello se debe a que el interés por lo político depende de que se reflejen o no los valores de la conciencia individual. La gente más acomodaticia a la cultura imperante suele encontrar suficiente con que la política muestre sensatez y decencia, y de ordinario se muestra reticente a los cambios; ello se traduce en un conformismo que sitúa alejado de sus preocupaciones el límite emocional por la política. Los más idealistas, por el contrario, identifican en la política un cauce para que las relaciones sociales se configuren de acuerdo a sus fundamentos racionales y emocionales, por lo cual el límite al influjo de lo político sobre sus sentimientos lo situará tan trascendente como pueda afectar a su ideario. En algunos casos ese límite será sensible a sostener el sistema político vigente; en otros, a promover desde la oposición al sistema las alternativas plausibles. También cabe que esa alta sensibilidad para establecer próximo el interés por lo político en un determinado sujeto no proceda de la identificación ideológica con el sistema pragmático el que se halla inmerso, sino por en cuánto se identifican en las estructuras profundas con su afinidad por la Filosofía Social.

El ideario de cada persona respecto a los fundamentos en que se debe apoyar la política, como pueden ser las condiciones que verifican la justicia, la libertad, la igualdad de oportunidades, la protección social..., y la real posibilidad para que su influjo pueda favorecer el reconocimiento de esos valores, tal como cada sujeto los racionaliza, genera reducir la distancia emocional de su conciencia respecto a cuando un sistema lo configuran quienes detentan el poder como una doctrina impermeable a la verificación de las condiciones de verdad que la sustentan. El liderazgo que repudia la Filosofía Social tanto como enaltece una artificial sociología construida sobre el mesianismo facilita el fraccionamiento de la ciudadanía entre quienes alejan el límite de la distancia emocional por la política a causa de su desencanto por el inmovilismo del sistema, y entre quienes alejan igualmente ese límite de influjo sobre su conciencia porque, interiorizada su condición de súbditos, aceptan de buena gana la disposición de quien manda para regir a su criterio la comunidad.

Aunque la democracia, por el reconocimiento de autoridad que concede al pueblo, debiera favorecer el interés de la conciencia emocional de la ciudadanía por la política, lo cierto es que sólo lo logra en la medida que como sistema realmente se muestra participativo, promoviendo de continuo la incumbencia de la responsabilidad que atañe a todos los ciudadanos sobre los asuntos comunes de la vida pública. Pero lo cierto es que también frustra a la población cuando el sistema a sí mismo se reconoce como democrático y, sin embargo, la corrupción en la concepción y gestión de las respectivas estructuras e instituciones estatales las configura como formas de dominio sobre el pueblo y no de servicio hacia la población; en ese caso la democracia aleja a los ciudadanos de la política, ya que el desencanto y el escepticismo se instala en sus conciencias cuando un sistema político ni siquiera sostiene su seducción como objetivo a alcanzar.
 
 

CAPÍTULO 5

El límite a lo diverso en la comunicación.


Las comunicaciones son los medios que facilitan la relación entre personas. Algunos de esos medios van incorporados en el cuerpo humano, como el oído y las cuerdas vocales, pero otros muchos son producto de la investigación científica y la tecnología para facilitar la comunicación a distancia mayor de a donde puede llegar la voz, por ejemplo: el teléfono e internet. De los medios físicos del cuerpo humano el uso que cada persona hace depende de su directa voluntad, o sea que normalmente el límite de su uso depende de la circunstancia en que cada persona se encuentra en un momento dado, la que hace que se desee conversar o se prefiera concluir una conversación. La disposición de los medios técnicos posibilitan comunicarse a distancia, y ya el hecho de disponer de su uso supone una primera definición del límite con que cada persona quiere comunicarse.

Lo diverso en la comunicación son las personas con las que poder compartir emociones y asuntos, pero también la fuente de emisión de noticias, el método de difusión de ideas, los destinatarios de los mensajes, la causa de transmisión de datos, etc. Toda comunicación exige una fuente, un medio de difusión y un receptor; cuando el sujeto funciona de modo activo se identifica como fuente y si lo hace en modo pasivo, como receptor; actuando como fuente normalmente se posee mayor control sobre la comunicación que cuando se hace como receptor, pues el oír induce muchas veces a escuchar incluso en contra de la voluntad., mientras que el hablar o escribir exige siempre implicación de la voluntad. Entre lo diverso destacan los medios de información pública como dirigidos a enterar a los ciudadanos de las novedades acaecidas en un determinado entorno de interés, en el cual se especializa cada canal de información.

Una gran parte de las comunicaciones de una persona están vinculadas a la actividad familiar, laboral, cultural... como obligación derivada de la práctica de ese tipo de relaciones. Estas suelen constituir una constante durante un periodo de vida, y en la elección de la actividad se incluye el posicionamiento consecuente respecto a la intensidad de la comunicación pertinente. Otras comunicaciones se eligen con más liberalidad, y de ellas se hace uso no por obligación, sino por satisfacción, como puede ser conversar en un café, leer un determinado diario o intervenir en un chat. A veces el recurso a la comunicación es consecuencia de un estado de necesidad, como cuando una persona se comunica con los bomberos, con un médico de urgencias o pide ayuda a un vecino, en cuyo caso la comunicación más que un acto voluntario es una respuesta imperiosa, casi instintiva, a la necesidad sobrevenida.

De lo anterior expuesto se puede deducir que los límites entre el sujeto y el objeto de la comunicación pueden ser establecidos de modo muy diverso, según se actúe como sujeto activo o pasivo, como cuando procede de una obligación o por satisfacción, o si la comunicación se realiza de modo presencial o a distancia. Dependiendo de cada situación, al sujeto le es más o menos posible controlar personalmente los límites a la comunicación, pero siempre, excepto en caso de necesidad, se puede considerar que existe un mínimo de complicidad para participar en ella. Lo que cada sujeto realiza es limitar su influjo según qué contenidos acepta o deniega de acuerdo a la consideración de su interés.

De lo que procede de fuentes distantes en el espacio es muy accesible seleccionar cuáles son de agrado y  cuáles no, por lo que es más sencillo de dominar el límite de conexión que la conciencia establece como satisfactorio. Respecto a los medios públicos de información a distancia, el límite de fidelidad depende de la confianza en la veracidad, de la identificación ideológica y de la oportunidad de horarios y tiempo disponible para su seguimiento. Dado que normalmente esos medios no facilitan la réplica, la posición del sujeto es muy pasiva, lo que puede decantar a favor o en contra a la conciencia del sujeto respecto al límite de credibilidad que puede adjudicar a cada medio. Cuando existe la posibilidad de participar replicando en la distancia a los contenidos que se difunden, como en los medios interactivos, la posición de fijar el límite de aceptación de la conciencia va a depender, además de la valoración del contenido recibido, de la calificación de idoneidad del filtro de opiniones que se pueda establecer, porque tanto incomoda la selectividad como la inconsistencia de los comentarios.

Cuando la proximidad espacial impone en la comunicación la forma presencial, se pueden establecer dos límites respecto a la afectación al interés para la conciencia: el primero, en facilitar la comunicación de forma activa; el segundo, desdeñar el interés por el mensaje que se recibe como sujeto pasivo. Cuadro realmente existe interés objetivo en el contenido de una comunicación próxima, se procura inhabilitar los límites que puedan imposibilitarla y se presta la máximo atención a interiorizar el mensaje saliente y entrante; ello supone el argumentar razonadamente y escuchar con atención. Esa voluntad de allanar las posibles interferencias a una comunicación, como puede ser eliminar los obstáculos que distraen, se manifiesta en el rigor con que se eligen: el tiempo y el espacio propicio para la conversación, los temas a tratar y los medios para su recuerdo, como la toma de notas, grabaciones, entrega de documentación, etc. Cuando la comunicación espacial próxima viene impuesta por un objeto diverso al propio sujeto, sin que éste haya podido limitarla según su voluntad, y sin capacidad de ejercer la opción de rechazo, la predisposición  del sujeto respecto al objeto es la de neutralizar en lo posible el efecto que pueda producir sobre su conciencia, pues subjetivamente se aprecia violación de la propia libertad. Esa posición que restringe los límites voluntarios del sujeto en la comunicación a distancia presencial suele ser común cuando se le somete a una relación de dominio, sea cual sea la causa del poder de la otra parte, que puede proceder de cualquier tipo de autoridad social o simplemente de quien puede ejercer una intimidación sicológica, por lo que no tan extraña como pudiera parecer.

La distancia temporal en las comunicaciones tiene escasa consideración respecto al nivel de complicidad de la conciencia si se salva el interés que las nuevas tecnologías facilitan para administrar la recepción de cualquier información al tiempo propicio para atenderla. Lo que hace siglos se limitaba al correo postal a y los medios de información escrita, desde decenios se ha extendido a la voz y la imagen, de modo que cada sujeto puede atender a los objetos que como contenidos de comunicación se le ofrecen en el tiempo oportuno, e incluso admitiendo la reiteración a placer. Como cualquier acto de comunicación del pasado no puede causar presión sobre la libertad de elección del sujeto sino en lo referente a la voluntad de reeditarlo, el límite que cada sujeto establece para ello no se expresa sino en la disponibilidad para hacerlo en función del interés que le pueda reportar.

La distancia emocional en las comunicaciones es la que más controla la conciencia, pues fuera de las obligaciones laborales que puedan obligar al sujeto a emitir y recibir determinadas informaciones y de las convenciones sociales que puedan afectarle, cada persona posee bastante libertad para comunicarse con quien quiera y cuando quiera, y ello es lo que realiza según la motivación de su conciencia por saber de la actualidad, de las novedades de sus amistades o de transmitir sus experiencias cotidianas. La distancia emocional de cada individuo para elegir el grado de intensidad de sus comunicaciones determina la disposición que quiere dar a los medios a su alcance para realizarlo; contratar canales de comunicación y activarlos para su utilización depende mucho del servicio que puedan prestarle para los fines personales, así cada individuo contrata canales de televisión, se da de alta en redes sociales, utiliza más o menos las técnicas actualizadas para telefonía y datos, accede a determinados medios de información, acude a tertulias, conferencias, etc., esa selección de medios a elegir según el límite que determinan sus afinidades está siempre marcado por la distancia emocional del trato con el receptor en la función activa del sujeto, y al emisor en su función pasiva.

La distancia emocional que marca los límites a la comunicación no debe interpretarse siempre que se corresponden con las apetencias, pues el uso tan variado que se puede hacer de las comunicaciones induce a la voluntad a querer saber de quien no se quiere, a soportar por motivaciones indirectas al insoportable, a descargar la conciencia contando lo intimo que se desearía no haber tenido que hacer... Todo ello hace que se refleje en los límites con que la conciencia emocional trata la comunicación una gran versatilidad de pareceres, no solo entre las distintas personas, sino en cada una de ella respecto a sus preferencias en función de la cambiante situación de acontecimientos o de sus propios estados de ánimo. La tendencia común es que los jóvenes suelen presentar una disposición más abierta a reducir los límites de exclusión de sus relaciones, mientras que según pasan los años se tiende a seleccionar más tanto los canales como los destinatarios con quien se frecuenta la comunicación.

La aparición de los terminales autónomos de telefonía, la incorporación del tratamiento de datos en sus pantallas y la constitución de las redes sociales han favorecido una auténtica revolución en las posibilidades de la comunicación por la facilidad con que promueven la participación múltiple a distancia. Esa es una de las razones por las que la distancia emocional se impone a la distancia espacial para constituir grupos de relación, lo que en tiempos precedentes estaba limitado por la falta de inmediatez de los pertinentes contactos. Peligros inherentes a los nuevos recursos son las interferencias posible que se pueden gestar para el espionaje del contenido de las comunicaciones. Las informaciones subliminales que se pueden deducir de los datos personales que discurren ocultos por los canales de comunicación y el tratamiento que se puede dar de la interpretación pérfida de los contenidos que quedan registrados deberían inducir a cada sujeto a observar con mayor cuidado los limites con que cada sujeto trata sus comunicaciones, lo que no siempre entra en su prevención por tratarse de parámetros inapreciables a la percepción de la mayoría de los usuarios de las redes sociales. En este caso, lo diverso no sólo lo constituye el conjunto de objetos de relación externos posibles con los que un  sujeto puede prever relacionarse, sino, además de los objetos identificados, los otros posibles invisibles a la percepción de los sentidos y la deliberación de la conciencia correspondiente a proteger los límites a la intimidad deseada para cada comunicación. Se puede aducir que también la correspondencia postal y la telefonía fija eran posibles de intervenir, pero el problema de las actuales redes sociales precisamente está en las posibilidades que brindan para transmitir tan ilimitado número de contenidos que realmente cada sujeto se desnuda de gran parte de su intimidad fiado en una confidencialidad que puede ser transgredida. No está demás, por tanto, la recomendación de que la distancia emocional del objeto respecto al sujeto no se establezca sólo en base a los sentimientos y a la empatía que se pueda haber apreciado, sino también en la razonable consideración de cuánto de conocimiento desapasionado del objeto se posee para en función de ello establecer los límites a la extensión cualitativa de la relación a mantener.
 
 

CAPÍTULO 6

El límite a lo diverso en la educación.


En del inmenso campo semántico del concepto de la educación, este capítulo se va a referir a ella en cuanto sistema ordenado de transmisión del uso y contenidos del conocimiento dentro de la sociedad, en especial a los sistemas de enseñanza que abarcan esa encomienda desde la infancia a los programas especializados en la educación de adultos.

La posición del sujeto ante la educación depende mucho del periodo de edad en que se encuentre esa persona, pues la perspectiva de la educación es muy distinta en la juventud, cuando se valora en lo que reporta para el futuro personal de la vida, que cuando siendo padre o madre la educación se dirige hacia el futuro de los hijos, o cuando se debe seguir aprendiendo para consolidar una vida profesional encauzada. Así, se podrían distinguir dos grandes grupos de interés por la educación: los sujetos que se relacionan con ella como un objeto para sí, y los que lo hacen motivados por el interés de hijos, nietos o, en general, por educandos distintos a sí.

Cuando la educación se constituye como un objeto para el perfeccionamiento de otra persona a cargo, que afecta especialmente a los menores de edad, coexisten en el proceso un sujeto activo, cuya conciencia va a dirigir los límites de los influjos de la actividad educativa sobre el menor, y el menor en sí, que como sujeto de derecho, aunque de modo pasivo, es sobre quien recae el beneficio o perjuicio de la acción educativa. Conforme la sociedad se desarrolla y toma conciencia de la trascendencia de la educación sobre el porvenir del individuo y la colectividad, proliferan los sistemas políticos en los que la educación se declara como tarea obligatoria específica de la protección del derecho universal al saber y al pleno desarrollo intelectual de los menores. Ello no deja de generar escollos en la interpretación de los derechos de padres y tutores frente a la autoridad educativa estatal en lo concerniente al modo de la aplicación de la educación sobre los menores. Como ello condiciona la conciencia de responsabilidad respecto a los límites de la cualidad del influjo de la educación sobre los menores, es bueno que, sobre unos y otros criterios diferenciados, se imponga siempre el objetivo de considerar a los educandos como sujetos activos a quienes se les debe tratar de modo vicario como en el futuro ellos mismos querrían haber sido educados.

En el campo del interés sobre la propia educación, cabe distinguir cuando se posee capacidad real para ejercitarlo de cuando aún se está sometido a la tutela de otras personas. En el primer caso, el interés puede provenir de la pasión por saber, por el prestigio social que puede reportar o por la aplicación práctica de un mayor conocimiento para el proyecto de vida profesional. En la pasión por saber la conciencia reduce al mínimo los límites que se interponen para alcanzar conocimiento, siendo las circunstancias las que disponen la capacidad de realizar estudios presenciales o a distancia; lo que sí la conciencia limita es la elección de contenidos, en especial si unos y otros se excluyen por razón económica o de tiempo, ya que en estos casos el límite en el espacio por la distancia no suele ser relevante para la conciencia, sino por las circunstancias que puedan hacer factible el acceso a los centros en que se imparten las materias elegidas. El límite en el tiempo puede estar definido entre la preferencia por estudiar sobre el pasado o sobre la actualidad, aunque el interés por conocer sobre una materia suele aunar el conocer sus principios y la evolución de cuánto sobre esa materia la humanidad ha progresado; no obstante, las trabas en la disponibilidad suelen acotar el límite de esos estudios, al menos en intensidad, sobre periodos determinados del pasado o reducirlo a lo más actual. Si el interés del sujeto se ciñe al prestigio social que pueda reportar la educación, el límite que su conciencia establezca para mejorar la educación vendrá determinado por los contenidos que mejor representen en su círculo social la condición de letrado o erudito; pero como el estudio exige dedicación y esfuerzo, paralelo a la inversión del propio tiempo de vida, el hecho de estudiar suele despertar el interés por saber, de modo que esa pretensión inicial por el prestigio social puede inducir a un apasionamiento por el saber que progresivamente informe a la conciencia para rectificar los límites primitivos, tanto en el espacio como en el tiempo, que se establecieron cuando sólo se valoraba lo que reportaba de crédito social.

En el caso de aquellas personas maduras o mayores que desean incrementar su educación para progresar en su vida profesional el interés se dirige a lo que realmente pueda aportarles de mejora la ampliación de estudios que realicen. El principal límite de la conciencia a esa dedicación lo dictará en el espacio la compatibilidad de tiempo empleado en los desplazamientos a las clases considerando el horario laboral que se debe mantener. A veces los desplazamientos a los cursos exigen suspender la actividad laboral, lo que supone una reducción de remuneraciones que han de ser compatibles con los gastos de las obligaciones personales y familiares; por ello la conciencia personal ha de planificar el interés inmediato y el interés a más largo plazo para definir los límites en los que cabe concebir esa continuación de estudios. Cuando la conciencia emocional anima intensamente a ese interés en formarse en el campo de los conocimientos de la propia profesión, presentándolo casi como una necesidad, motivará reducir las limitaciones en la dedicación de tiempo e intensidad en función del trabajo intelectual capaz de asimilar, y a veces del consenso familiar para, en función del beneficio común, liberar a esa persona de las obligaciones incompatibles con sostener el régimen de exigencia demandado para el estudio.

Caso distinto al anterior es cuando una persona joven, madura o mayor se decanta por estudiar ante la necesidad de cambiar de profesión a causa del decaimiento de la actividad profesional que desarrollaba. Ahí, el problema mayor es que la conciencia emocional a veces no acompaña a la obligación que se impone de estudiar, al mismo tiempo que estima la necesidad del empeño a poner para conseguir un objetivo que le reinserte a la actividad laboral; de la conjunción de esos dos influjos debe surgir la elección de la profesión alternativa, la que muchas veces restringe el mercado laboral reduciendo a la conciencia a limitar sus objetivos a aquellos trabajos a cuya formación sea accesible y al mismo tiempo ofrezcan perspectivas de prosperidad.

Los padres o tutores deben considerar los límites de su implicación en la educación de sus tutelados en función de las necesidades específicas de cada uno de ellos. Como la educación es un itinerario del no saber al saber, y la mente de cada individuo tiene sus propias peculiaridades, unas por naturaleza y otras por hábitos imitados o impuestos, la capacidad y disposición para aprender es muy personal, y a ello deben los responsables atender para que el proceso de formación de cada menor sea eficiente. No obstante, la personalidad de la persona mayor competente va a influir determinantemente en ese proceso, ya que de su atención y saber hacer va a depender no sólo el fijar los límites de su implicación en valores de acompañamiento en la distancia y tiempo de dedicación del menor, sino también de la capacidad de generar empatía con el educando, pues mediante la comprensión de sus capacidades y modo de ser se hará eficaz la voluntad invertida en educar.

Un padre, una madre, una tutora, un tutor o cualquier otra persona o familiar que intervenga en el ámbito doméstico a la educación de un niño o un joven debe en conciencia asumir el rol de responsabilidad que le corresponde, y en función de ello establecer los límites de dedicación para integrar esa tarea entre sus múltiples deberes e intereses. Para los padres, como en el caso de los tutores legales y los profesores, existe obligaciones y responsabilidades legales, a más de las afectivas, para el ejercicio de la educación sobre los menores a su cargo; en el caso de otros actores, como los tíos o abuelos, sus implicaciones, además de las sensibles, son de origen ético o moral, lo que no debe significar que sean menos fuertes, pues la conciencia personal se involucra en su compromiso más por pasión que por obligación.

El limite en la distancia espacial que establecen los padres y las madres respecto a los hijos viene determinada en gran medida por la convivencia en el hogar, la que no siempre es materialmente posible, porque causas como la migración, el destino laboral o la separación matrimonial determinan a veces la limitación de la convivencia. Ya en la toma de decisión de esas circunstancias debe influir la responsabilidad educacional sobre los hijos, pues en sus conciencias se decide la limitación en tiempo y espacio del contacto que avala  parte del compromiso personal por la educación de los menores a cargo. También sobre esos límites de espacio y tiempo incide el número de hijos a atender, pues, como la educación es personalizada en cada familia, ha de dividirse la dedicación para llegar a las necesidades de cada hijo. En ese caso, surge una gran disimilitud en el rendimiento de la aplicación sobre los hijos según que todos ellos convivan o no en un mismo hogar; cuando los hermanos conviven en única familia, la atención  mutua que se prestan ya sirve para proyectar gran parte del esfuerzo invertido en la educación de los progenitores, pues los hijos más pequeños toman referencias para su educación en el comportamiento de los hermanos mayores, de forma que la atención formativa a los hijos mayores repercute sobre los más pequeños precisando quizá estos menos atención directa de los padres que los primerizos. Si la custodia de los hijos de los esposos divorciados es compartida, esa atención prestada en dos hogares distintos y donde pueden convivir con hijos de las respectivas nuevas parejas de sus padres genera que estos tengan que vigilar que el límite de tiempo y espacio dedicado a cada hijo no sólo se ajusta a las condiciones de custodia establecidas en el divorcio, sino que ello cubre las responsabilidades paternales educativas para cada hijo, tomando en consideración que la distancia espacial y afectiva entre los distintos hogares de custodia puede conllevar una merma de estabilidad anímica para los menores.

Es posible que en todo el ámbito de la educación tenga mucha influencia la distancia emocional que une a cada educador con sus educandos. Ello deduce ventaja en una distancia emocional  próxima, para la que se establece escasa limitación ya que su ejercicio retribuye satisfactoriamente por la efectividad del empeño empleado; pero ese acortar los límites en la dedicación a la educación de unos, por el fervor que conlleva, puede generar un distanciamiento de los límites de disposición hacia los educandos con los que se tiene menos afinidad emocional. Esta distinción, que a veces ni siquiera encuentra eco en la conciencia del educador --sea padre, madre, tutor, profesor, abuela...-- repercute no sólo sobre los educandos escatimando cuidados a unos por otros, sino que la repercusión de la apreciación de esa diferenciación en el trato puede reportar un escollo sobre la ascendencia o crédito del educador para el educando, lo que dificulta la receptividad de los contenidos educativos. Los educandos en grupo, como son los alumnos en el aula o los hijos en el hogar, tienen desde muy pequeños percepción del derecho a una igualdad de trato y contra toda discriminación. Como las emociones son incontrolables en su generación, el esfuerzo de los educadores debe concentrarse en que no repercutan en su aplicación respecto a los límites de proximidad con los que se atiende a cada uno de los educandos sobre los que les compete responsabilidad. Evidentemente el trato y las necesidades de los niños y jóvenes son particulares y personales en una gran parte de la actividad, y la percepción de esa peculiaridad se deriva mucho de la empatía que facilita la conciencia emocional, por lo que el doble deber de atender la singularidad y la paridad en la educación debe conducir a definir los límites a lo diverso, que toda persona establece para preservar lo íntimo, en función de lo que debe dar, más que de la respuesta que pueda esperar recibir.
 
 

CAPÍTULO 7

El límite a lo diverso en la justicia.


Los límites admisibles en la conciencia respecto a las relaciones con la justicia son muy distintos si se considera sobre las personas que trabajan en la administración de justicia, los políticos o los ciudadanos en general; para los primeros la justicia implica una deontología de primer grado, pues de sus decisiones depende muchas veces la libertad, la honorabilidad pública y la protección social de las personas sometidas a su veredicto; para los políticos la justicia supone uno de los más importantes factores de las leyes y decretos con los que se regula el bien común, y la que debe inspirar todas las actuaciones de la acción de gobierno; para todos los ciudadanos la justicia debe regir sus relaciones particulares y públicas, al tiempo que son sujetos activos y pasivos de los litigios civiles y penales con los que defienden sus derechos y son demandados por sus obligaciones.

Para los funcionarios de la administración de justicia los limites de su implicación en el desempeño material de su profesión son como los de cualquier otra ocupación --lo que se desarrolla en el capítulo diez--, pero cabe analizar separadamente los límites fijados a la especificidad moral del ejercicio de su profesión. Todo funcionario con esta dedicación, además de la responsabilidad de ejecutar técnicamente bien su trabajo, se encuentra sometido al rigor de actuar de modo independiente, leal y justo para ni favorecer al afín ni perjudicar al contrario o al ciudadano anónimo. La principal limitación que tiene que actuar en la conciencia de quien ejerce la administración de la justicia es la contención de su propia ideología, de sus arraigadas creencias y de la interpretación interesada de la ley y la costumbre. Limitarse a sí mismo es más complicado que aplicarlo a todo lo diverso a sí, ya que implica la represión de la conciencia como sujeto sobre objetos que constituyen su misma esencia. Si ya es difícil que la conciencia se juzgue a sí mismo con objetividad, a pesar de disponer mediante la reflexión de la máxima información, cuánto más lo será alcanzar la objetividad cuando se juzga lo parcialmente conocido. Para ello los jueces tienen que limitar sus emociones cuando instruyen o juzgan, ajustándose al rigor común que se exige para considerar cada prueba en el grado real de suficiencia, para interrogar sin prejuicios a los demandados por delitos y a los testigos, para prestar atención a los peritos y parra reflexionar con eficiencia antes de dictar sentencias. Todos los restantes funcionarios judiciales deben respetar el igual derecho de todos los ciudadanos a la justicia, omitiendo totalmente el favor o la desconsideración en la atención a los letrados o demandantes.

Una posición muy especial en relación a la justicia es la de los fiscales y letrados que han de acometer las tareas de acusación y defensa. En uno y otro caso la conciencia profesional se enfrenta con frecuencia a la disyuntiva de acusar para condenar o defender para lograr la absolución en causas en que el mismo letrado duda sobre la inocencia o culpabilidad del acusado o cliente que atiende, lo que no le inhibe de procurar el fin teórico de lograr la aplicación de la justicia; en esos casos ¿hasta qué punto la conciencia debe limitar su trabajo en la acusación del probable inocente o la defensa del posible culpable?; debe prevalecer ¿el interés de la justicia o el beneficio del cliente? Uno de los objetivos del profesional debe ser fijar los límites en los que su deontología moral debe contener su interés material de éxito o dinero, ya que en la mayoría de los casos el beneficio de una parte se opone al de la contraria, y la sagacidad propia puede inducir el fiel de la justicia. El límite para muchos está en detestar tergiversar la conciencia cierta de veracidad en la propia actuación, especialmente en lo referente a inducir a alguien a confesar en falso, con la especial gravedad de la calumnia, para obtener un rédito de satisfacción.

Los profesionales de la administración de justicia, sobre todo en el ámbito penal, están sometidos a un estrés añadido cuando han de tratar casos de violencia extrema, de crímenes inhumanos, de trata de personas, de abusos a la infancia..., todo lo peor del comportamiento humano acaba siendo juzgado en los tribunales, afectando a quienes han de conocer el por menor en los detalles y desde la proximidad investigar los comportamientos más morbosos. El problema en la mayoría de las ocasiones es que no cabe a los profesionales fijar límites en la distancia espacial y temporal para tratar estos temas, pues su presencia es un requerimiento del sistema para la puridad de la aplicación de la justicia, debiendo atender los profesionales interesados el detalle de lo más sórdido de los relatos concernientes a los hechos. La defensa de la propia sensibilidad está en aprender a fijar límites emocionales para que no trascienda a la vida personal el relato de lo peor que de la sociedad llega a los tribunales penales, pues esto añade un componente depresivo a la ya grave responsabilidad de dictar sentencia.

A los profesionales de la política les corresponde elaborar las leyes que decidan la mayor o menor tolerancia de la sociedad con la justicia, en especial en la calificación de la gravedad de los actos punibles. Como no todos los parlamentarios son expertos en la ciencia jurídica, cada uno de ellos ha de fijar los límites cualitativos responsables de su decisión en consecuencia de un consciente asesoramiento de especialistas en la materia. La sensibilidad teórica de la conciencia del político por la justicia debe ser muy alta, pues la justicia debe informar todas la regulación legal de las relaciones sociales; no obstante, como la justicia entra en conflicto tanto con la consideración ideológica de qué es lo mejor para la sociedad, como con los intereses personales desde los que se interpreta el bien común, es preciso que la conciencia del político considere los límites de prioridad de la justicia sobre las demás posibles determinaciones, lo que realizará en función de la distancia emocional que la ética personal adjudique a la trascendencia de las relaciones de justicia en la definición del orden social. Los límites en la distancia que influyen en la relevancia de la acción política viene determinada, más por que por una distancia espacial, por la proximidad mayor o menor al círculo de decisión de los grupos políticos en los que se ejerce la actividad pública, siendo la estructura de esos grupos los que determinan le eficacia operativa de cada sujeto en función de la división de poder que se adjudica a cada estamento en la gestión colectiva de la acción política.

Los ciudadanos se tratan entre sí en relaciones en las que la justicia, se manifieste explícita o no, tiene una gran relevancia, pues la misma identifica la equidad del intercambios de servicios en las relaciones frente a la tendencia dominante, que todo carácter encierra, de conseguir el máximo bienestar invirtiendo el mínimo esfuerzo. La justicia precisamente modera la ambición personal en correspondencia a que cada parte de la relación accede a la misma buscando un equilibrado beneficio mutuo, pues si no, de encontrarse en la posición contraria, no gustaría de la misma. Si esa participación no es libre, sino por condiciones impuestas por el poder de una parte sobre otra, se pervierte el fin de la justicia, que es la protección del derecho que se genera para cada parte en una relación como contrapartida al cumplimiento de la obligación pactada. Si esas pretensiones de servicio y justicia se impusieran en las relaciones, la sociedad sería percibida por los ciudadanos como mucho más perfecta, aunque mayormente  los individuos reivindican esa justicia cuando están en la posición más débil de una relación, y se olvidan de ella cuando las circunstancias les favorecen con una posición de dominio.

Realmente la sociedad no es sino una acumulación de relaciones humanas, partiendo de la propias de la vida familiar, a las de parentesco, de amistad, laborales, políticas, culturales, etc. La consideración de justicia que cada individuo realice en cada una de esos vínculos no sólo hará esas relaciones gratificantes, sino que su ejercicio supone la consolidación de un hábito en la conciencia para relacionarse honestamente; no obstante, cabe que haya personas que consideren de un modo muy diverso la trascendencia de la justicia según la clase de relaciones en las que interviene: hay quien puede ser muy considerado en sus relaciones familiares y dominante en las laborales, y quienes, al contrario, consideren la justicia fundamental en el ámbito político, pero la ignoren en su relación familiar. De esa variabilidad en la percepción de la aplicación de la justicia deriva que los límites de la conciencia a su observación sean tan dispares.

Respecto a los límites que se pueden imponer a la justicia en cualquier relación, la primera distinción proviene de que se actúe como sujeto agente o sujeto paciente. Habitualmente, cuanto más diluida se percibe la propia intervención, más se exige de los demás el rigor de la justicia; y cuanto más se identifica el sujeto como protagonista de la relación, menos riguroso se es para reconocer las garantías con que la justicia debe amparar a los demás. Esa tendencia subjetiva de la conciencia para evaluar la justicia es consecuencia de la interpretación que las emociones personales establecen para limitar la implicación de las determinaciones de la justicia, pues cuando se obra como sujeto prevalece ya desde el subconsciente que el bien debido para sí queda de igual forma justificado por los demás, evitando la reflexión debida de situarse en una condición de verdad observada desde el interés de la parte contraria. Solamente cuanto la conciencia personal establezca los límites para el influjo de la justicia en su modo de actuar como los objetivarían las partes restantes de cada relación, es cuando se puede consignar que la conciencia se rige en justicia en la consideración de la misma.

Como en el universo las relaciones sociales se encuentran más conectadas de lo que pudiera parecer, esa distancia espacial repercute en muchas conciencias alejando la responsabilidad personal que les incumbe por justicia, de modo que fijan límites de influjo para sus decisiones como si la lejanía de la repercusión de sus actos relajara la obligación de obrar en justicia. Considérese, por ejemplo, cuántas personas viajan a lugares lejanos para ofrecerse satisfacciones sexuales en condiciones de abuso que no se permitirían en su entorno cercano; cuántos inversores se permiten imponer condiciones laborales en países en desarrollo que es su propio país se consideran propias de la explotación laboral; cómo los ciudadanos toleran que las fuerzas armadas de su país más allá de sus fronteras cometan crímenes de guerra; de qué manera se vive impasible a la solidaridad precisa para remediar las hambrunas y la precariedad consecuencia de los desastres naturales. Distender los límites de implicación por la lejanía de los problemas supone una relajación moral de la justicia proporcional a la pérdida del sentido de responsabilidad sobre el destino global de la humanidad, ya que las disposiciones para extender los límites espaciales de la aplicación de la justicia se reclaman cuando redundan en obtener beneficios personales directos.

Respecto a los límites para la aplicación de la justicia en la distancia temporal, prácticamente todos los ciudadanos reclaman fijar los límites de prescripción en función de su propio interés. En ello la conciencia suele acomodarse a concebir las responsabilidades pasadas como consecuencia de un entorno social superado, pues ciertamente incluso se ha evolucionado en el modo de pensar, pero esa realidad no cambia ni justifica la responsabilidad frente al derecho conculcado a otras personas, el que raramente se restablece por el mero hecho del paso del tiempo. De hecho, cuando se es víctima se considera que los límites de prescripción no debieran existir. Siendo que la justicia atiende en primer lugar al restablecimiento del derecho de la víctima, y luego a la condena del culpable, cuánto una conciencia es más honrada más se inclinará a no desentenderse del primero, aunque pudiera justificar en el paso del tiempo la condonación de la pena del delincuente.

La distancia temporal empleada en la aplicación de la justicia es uno de los indicativos de la calidad del sistema judicial de un país. Cuanto más se acortan los tiempos necesarios de los procedimientos de una causa, y la vista y sentencia más se aproxima a los hechos que las motivan, sosteniendo todas las garantías procesales, no sólo se transmite un mensaje a la sociedad del rigor en la aplicación de la justicia, sino que se alcanza más prontamente la reparación a la víctima. De hecho toda justicia tardía encierra el contrasentido de ser una injusticia, por la demora en el tiempo en que la víctima no ha sido resarcida en su derecho. Por eso debe ser objetivo colectivo de toda sociedad reducir los tiempos para la aplicación de la justicia, lo que se logra dotando a la autoridad judicial de los medios necesarios para una eficiente gestión, al tiempo que se les exige la correspondiente eficiencia en su trabajo. Extender los límites temporales de la actividad judicial a quien beneficia es a quien la transgrede, por lo que toda inacción en esa dirección repercute en la impunidad, aunque sea temporalmente. Se puede justificar la pasividad de la acción judicial de un Estado como consecuencia de la carencia del presupuesto adecuado, pero ello se podría paliar exigiendo a los culpables resarcir a la Administración de Justicia del Estado los costos invertidos en cada proceso.
 
 

CAPÍTULO 8

El límite a lo diverso en la religión.


La religiosidad, como relación espiritual con lo trascendente, se desarrolla en la conciencia del ser humano bajo tres influjos diversos: El primero de ellos es el cultural, mediante el cual las personas acceden al conocimiento de una doctrina concerniente a los vínculos históricos que relacionan la humanidad y la divinidad; el segundo es el influjo que la sociedad ejerce sobre los sentimientos por la transferencia a las costumbres del legado histórico de las formas de expresar su religiosidad una determinada comunidad; el tercero corresponde a la realidad espiritual con la que cada persona se relaciona con lo sobrenatural. La recepción de los conceptos fundamentales de la religión se interiorizan en la convivencia familiar y en la escuela paralelamente a como se aprenden los demás contenidos culturales del tiempo y espacio en el que se nace y se crece. De modo similar se reciben e incorporan al conocimiento por imitación los influjos que de cada religión han trascendido a la vida social: formas del habla, maneras de vestir, hábitos de reunión, tradiciones litúrgicas, música, etc., que determinan bastante, junto a otros muchos influjos, las formas que definen una realidad nacional; prueba de ello son los préstamos que las religiones logran introducir en el orden legal de los Estados. Tras alcanzar el uso de razón, la conciencia de cada individuo comienza a indagar los contenidos y condiciones de verdad que se dan en los conceptos y valores aprendidos a través de la enseñanza, y es cuando realmente se puede afirmar que una persona practica una religión, en la que siempre sobrevivirán, junto a la actividad intelectual que examina la doctrina, influjos sociales y culturales que animan o retraen la consistencia de las creencias.

Los límites que cada conciencia puede establecer para permitir que la influencia de la religión la afecte más o menos pueden considerarse respecto a la pertinencia de lo religioso de la vida social que le incumbe o a la trascendencia sobre su propia personalidad. En esa restricción de los influjos negativos que obra la conciencia, respecto a la religión varían en lo que incumbe a la relación directa del alma con Dios o a la relación con las estructuras directivas de que se dotan las distintas confesiones religiosas; hay personas que su religiosidad se encuentra  íntimamente ligada a la vida comunitaria y quien precisamente se exige una distancia a la comunidad que garantice, además de su libertad, el espacio de reflexión que distinga lo que se le dice de Dios de lo que su mente pueda intuir de Dios.

La condición etérea de la espiritualidad, en contraste a la percepción sensual que constituyen las relaciones entre el ser humano y la materia, hace que lo principal de ella, siendo imperceptible a los sentidos, sea imprecisa a la formalización de los límites de influencia, pues, como la misma sabiduría, mueve al entendimiento a interesarse por el valor intrínseco de aquello ofrecido a la razón, más que por lo que la conciencia pueda determinar como ámbito de su interés en ello. Por mucho que se quieran definir límites en la distancia espacial para que las percepciones externas no interfieran el itinerario de la espiritualidad, difícilmente se logra que la imaginación o las mínimas relaciones autoconsentidas no transmitan inquietudes a ese compromiso. En muchas religiones se han probado reglas estrictas para distanciar los influjos externos a fin no distraer a la conciencia de los objetivos propios de la espiritualidad, pero la experiencia a demostrado que ese aislamiento material de lo diverso a sí no certifica el auténtico progreso espiritual, sino que este responde a cuánto la conciencia es capaz de discriminar lo superfluo a la verdadera vida espiritual. No obstante, una gran mayoría de las personas religiosas sigue la tendencia de ser tolerantes en los límites a la distancia en el trato con los correligionarios, y de dotarse de prevenciones para limitar el trato con quienes siguen espiritualidades distintas. Piénsese cómo las muchas trabas existentes en el mundo para celebrar la unión de matrimonios entre personas de distinta religión no es más que un límite en la distancia a la convivencia con lo diverso por razón de espiritualidad.

En cualquier espiritualidad religiosa existen objetos materiales elevados a la condición de signos de lo transcendente, los que permiten al conocimiento objetivar las realidades inmateriales en la relación entre el signo y lo significado. Todas esos recursos, al mismo tiempo que forman parte del lenguaje que facilita la relación con lo sobrenatural, los interpreta la conciencia como meros instrumentos cognitivos en consonancia con el hábito de la mente a conocer a partir de las percepciones materiales, pero distintos a las auténticas esencias religiosas que sólo se formalizan desde las intuiciones intelectuales que sostienen las creencias del alma humana. Es precisamente la materialidad de esos signos la que confunde a la conciencia respecto a su contenido de verdad cuando no se interpreta correctamente su condición referente y se atribuye a los objetos religiosos diversos al propio sujeto su relativa credibilidad; siendo para ellos donde realmente la conciencia establece posiciones que limitan mediante la distancia espacial el posible influjo sobre sí; de modo que la gente se aproxima o aleja de templos, imágenes, ritos, alimentos, animales, etc., en función de la experiencia de la real espiritualidad que le aportan.

En toda clase de referencias materiales o culturales sobre la religión, la estructura profunda de toda creencia se sustancia en la inmaterialidad del alma y de la esencia divina, que supone ausencia de espacio y tiempo, por lo que las reales inclinaciones y delimitaciones a la religiosidad no pueden definirse sino en función de la distancia emocional con que la conciencia en cada momento de la vida acepta implicarse en vínculos espirituales. Del mismo modo que la cultura científica aporta principios suficientes para que el intelecto fundamente, en la estructura profunda de su personal concepción de la vida, criterios de verdad, también deja cantidad de interrogantes respecto a la causa de muchos efectos primordiales; por ello, las proposiciones que la espiritualidad brinda a la intuición suponen una experiencia de la necesidad de concebir respuestas a los misterios inherentes a su subsistencia para los que la ciencia no aporta justificación. La noción misma del concepto de misterio, como lo inabarcable a las intrínsecas condiciones de verdad de la ciencia, (por ejemplo: la causa última de la génesis de la materia, la naturaleza de la intuición intelectual creativa, la indeterminación de la libertad para el ejercicio del bien o el mal, o de la causa final del  dominio de la muerte sobre la vida) supone admitir límites naturales al entendimiento humano para los cuales el espíritu busca respuesta, más allá de todas las percepciones posibles, en su propia condición inmaterial en proporción a la confianza que le infunde su personal intuición sobre la credibilidad de las respuestas que le ofrece la religión.

La distancia emocional con que cada persona trata su religiosidad, en modo positivo, negativo o neutro, opera en función de los límites de proximidad o lejanía admitidos para el influjo religioso respecto al modo y manera de considerar la propia existencia. Sobre la distancia emocional gravita la educación, la tradición y la experiencia, pero son los sentimientos y el entendimiento los que conjugan el qué se necesita creer y el qué se desea creer con lo que realmente se cree; aunque como las creencias pueden variar con el tiempo, en cada momento se está en acto respecto a lo que se cree y en potencia a lo que se intuye de progreso espiritual, así, según la actitud crítica de la conciencia, se posiciona la voluntad a favor de no limitar la permeabilidad de la instrucción o intuición religiosa, o de situar los límites de la seducción religiosa en círculos muy externos del interés intelectual.

La distancia temporal adquiere relevancia sobre la credibilidad de las doctrinas religiosas en cuánto que los hechos históricos que las conciernan respectivamente se sitúen en periodos que permitan al sujeto cerciorarse sobre su verosimilitud. En principio, cuanto más antiguas se sitúan las raíces de una religión menos referencias históricas suelen reportar, salvo las testimoniales de su influjo sobre la sociedad de aquel tiempo y los vestigios que aquellas personas dejaron de sus creencias; no obstante, muchos creyentes consideran la persistencia de un doctrina a través de los siglos como una garantía de credibilidad, pues consideran lógico que lo eterno de lo sobrenatural se haya manifestado desde lo más antiguo de la humanidad. Otros muchos sujetos fían a la consistencia de las doctrinas y prácticas actuales de cada religión su fiabilidad, concediendo más relevancia de prueba del influjo sobrenatural a las obras que a la fe predicada, pues se argumenta desde esa espiritualidad que si  la auténtica religiosidad refleja el trato real entre la humanidad y Dios, este sólo se realiza de modo actual en cada momento de la historia. Esta diversidad de criterios, con todos sus puntos intermedios incluidos, es lo que hace que la apreciación de los límites a la distancia temporal que se adjudica a la influencia que sobre el espíritu de cada persona ejerce la religión sea considerado en tanto que se conciba la misma como un legado histórico al que corresponder o a una vivencia de compromiso existencial.
 
 

CAPÍTULO 9

El límite a lo diverso en las relaciones sociales.


Se puede entender por relaciones sociales aquellas que cada sujeto realiza con otras personas directamente o a través de estructuras, libremente u obligado por las circunstancias, que tienen por fin beneficio o satisfacción mutua. Inlcuyéndose en las mismas todo tipo de relación entre personas, también las familiares o laborales, en este capítulo se consideran las que no se tratan en los demás apartados específicos de este estudio; así se contemplan las de amistad, vecindad, aficiones comunes, compañeros de viaje, coincidentes en centros de internamiento, socios de clubes, padres de alumnos, etc., pero principalmente consideradas en lo que atañe al ámbito personal más que a las mutuas influencias colectivas. Allá donde se establezca una relación entre personas, buscada o sobrevenida, se genera para cada miembro de la relación una posición subjetiva respecto a los demás integrantes directos o indirectos de la relación, que constituirán lo diverso a sí con lo que relacionarse de modo y manera más o menos conforme a la propia forma de ser.

La más estimada entre las relaciones sociales es la amistad, ya que supone una afinidad, confirmada por el trato, de elección libre y revocable que hace que la amistad exista en cuanto valorada como tal por los sujetos que la disfrutan. Los límites de la amistad los establece cada persona en su entendimiento más que en su voluntad, pues esta muchas veces obra sin realmente expresar con profundidad la realidad de los sentimientos. El aprecio de cada uno por cualquier otro es tan subjetivo que la relación de amistad mutua no exige igual correspondencia, sino proporcionalidad en las emociones recíprocas respecto a las determinaciones del carácter y la personalidad; siendo estas las que suelen establecer los límites en los que cada conciencia estima lo que abarca la amistad.

Todas las relaciones sociales comparten algo de amistad, incluso las más forzadas provenientes de una proximidad convencional u ocasional, excluyéndose aquellas cuya relación implica una posición antagonista cuyo desenlace más probable es la enemistad. La amistad entre humanos se sustenta en el respeto mutuo como seres de semejante naturaleza racional, dotados de sentimientos y de voluntad; pero la relación que de esos principios parte, se consolida en los afectos a los valores que mutuamente se reconocen y transmiten los partícipes, lo que exige trato, selección y confianza, fundamentándose esta en la sinceridad que hace fiarse, tener fe, uno en el otro por su apreciable forma y manera de ser. Esos valores que arman la amistad son los que en función de su reconocimiento van a marcar la distancia en que se sitúan el límite admitido de la influencia del otro, como objeto, sobre el propio yo. Muy posiblemente, el límite de esa distancia apetecible y permisible cada sujeto la sitúa paralela al grado de amistad, permitiendo allegar a su intimidad a quien se abre, y manteniendo a mayor distancia a quien aún el proceso de amistad no se ha consolidado o está decayendo. Una característica muy importante de la amistad es la voluntariedad con que se fragua, pues siempre representa una relación selectiva entre las muchas personas con quien se entra en contacto a lo largo de la vida.

Con aquel por cualquier causa se entra en relación, pero no se le considera en el grupo de amigos, normalmente se le denomina conocido, cuya intensidad de trato puede ser muy frecuente, quizá más que el que se mantiene con muchos amigos, pero la calidad se diferencia en que no se establece un compromiso de continuidad, de sinceridad, ni de intimidad. Con el conocido normalmente se mantiene una relación limitada a la causa del entorno social común que les ha puesto en contacto, lo que no impide que si se crea empatía se profundice esa relación hasta poderla calificar de amistad; de hecho las tres causas principales de las relaciones de amistad son: las relaciones de familia, las laborales y las sociales, destacando entre estas las generadas por vecindad y las que se establecen por la coincidente educación de los hijos. La voluntariedad influye en la selección de la intensidad de trato entre los conocidos, aunque la causa del origen de las relaciones suele ser ocasional, pues apenas en la vida unas pocas veces se puede elegir a los vecinos, a los comerciantes, a los padres de compañeros de los hijos, a profesores, a asiduos al club deportivo, etc. No obstante lo anterior, en cuanto se elige un entorno social de vida se realiza una previsible selección de las compañías con quienes se va a coincidir, siendo frecuente que la categorización de esos hábitos sean los que determinen a la larga la selección del círculo de amistades y de aquellos con quienes se tolera bien la convivencia.

Un grado especial de relación social es la que proviene de un perfil mediático a causa de una actividad pública, deportiva o artística. Ello conlleva en muchos casos una obligada vida social, más o menos directa e intensa, con personas con quienes se mantiene un conocimiento ocasional y superficial, prácticamente de compromiso, que muchas veces exige mostrar una cercanía de interés realmente inexistente. En estos casos se puede hablar de una instrumentalización de las relaciones sociales en las que los demás, como objeto respecto al yo, no adquieren otro fin que el de afianzar un proyecto particular; así, las personas objeto de la relación pierden su singularidad y son consideradas como masa afín a cooperar al interés del sujeto. Piénsese cómo en los clubs de fans de artistas y deportistas, en la militancia de los partidos políticos, en los componentes de muchas corporaciones... existe relación entre los líderes y los seguidores, pero en los más el conocimiento de los segundos para los dirigentes no alcanza ni siquiera al nombre, lo que no excluye para que la concurrencia de los seguidores sea esencial a la actividad social del conjunto.

Los límites que cada sujeto establece a la relación social con lo diverso a sí, tanto a personas como a espectáculos, eventos o colectivos, depende del grado de sentimiento que atrae la relación y del interés, material o espiritual, que reporta cada acto de relación. Cuanto más directa es la relación personal, como en la amistad, más determina la distancia emocional sobre la espacial o la temporal; en cambio, si en las relaciones sociales predomina el interés sobre los afectos, la menor distancia espacial y temporal favorecen el contacto y la frecuencia con que se mantienen esas relaciones, aunque ellas no supongan un apego especial. Así la asistencia a espectáculos o reuniones se prodigan cuando la proximidad facilita acudir, aunque no reporten una satisfacción extraordinaria; por el contrario, si un evento de cualquier naturaleza apasiona, la distancia espacial sólo repercute incidentalmente cuando sus características intrínsecas suponen una dificultad de improbable superación, como pueden ser los costes de desplazamiento y la carencia de disponibilidad de tiempo o dinero a emplear. En muchos casos no es la conciencia del sujeto quien determina un límite espacial lejano para su participación en determinadas relaciones de interés, sino las circunstancias las que le impiden desplazarse a atender esas pretensiones, lo que repercute en un grado de frustración social inversamente proporcional a la valoración de la causa que le impide realizarlo.

En el trato con las personas, los límites a la proximidad o lejanía espacial, además de venir determinada por las circunstancias materiales de localización, dependen del carácter y personalidad que evalúan subjetivamente la noción de conveniencia adecuada para fijar una distancia a cada contacto social. En general las personas extrovertidas tienden a aplicar los límites de la distancia a sí que no perturban su intimidad como modelo ejemplar para determinar la distancia a guardar conveniente en sus iniciativas de relación con los demás; y como esas distancias suelen inclinarse a aceptar bastante proximidad, consideran que los demás se deben sentir satisfechos con el acercamiento que realizan a ellos, de modo que su conciencia estima las distancias cortas como las más apropiadas para las relaciones de convivencia. Las personas introvertidas, por el contrario, marcan las distancias en sus relaciones con los demás de modo que por proximidad su conciencia admite una distancia espacial en la que no se pueda reflejar comprometida su personalidad. De hecho, la distancia ordinaria de trato está muy vinculada a la cultura, de modo que entre unas naciones y otras existen diferencias pronunciadas en la conciencia de sus ciudadanos respecto a los conceptos apropiados de trato, desde el saludo hasta las formas sociales de compañía o familiaridad. Todos esos influjos de carácter y cultura son los que determinan protocolos y conveniencias para que la conciencia evalúe a priori los límites de distancia permisibles o apropiados a mantener en cada relación, pero la realidad demuestra que en gran parte esa distancia se define, más que por la conveniencia, por los afectos e intereses que caracterizan la distancia emocional que la conciencia define para esa relación, lo que no deja de causar importantes contradicciones personales cuando algunos entornos sociales muy marcados por la tradición exigen anteponer a las emociones una exacerbada fidelidad a la costumbres.

Otro aspecto de la vida social que influye sobre la conciencia en la determinación de los límites en las relaciones se sigue de la cualidad del espacio en el que se genera la relación, distinguiendo especialmente entre el espacio privado y el espacio público. El espacio privado es mucho más propicio a facilitar a la conciencia la determinación de los límites de proximidad que facilita las relaciones, porque la adscripción a dicho espacio ya supone un importante filtro de lo que complace a la conciencia personal. El espacio privado se elige, y en muchos casos primordialmente por la categoría de las personas con quien en él se va a establecer una relación, y muy especialmente porque esa condición de privacidad restringe, de acuerdo al grado elegido, el acceso a gran parte de las personas a quien disgustaría frecuentar. El espacio público, en cambio, por su propia naturaleza de establecerse abierto a la  totalidad de la ciudadanía, es un espacio de coincidencia de todo tipo de personas, lo que, aunque manteniendo la libertad personal de con quien relacionarse, genera un contacto de proximidad que a veces provoca una relación forzada, consentida sólo por cortesía o urbanidad. Es en esos casos cuando la conciencia se apresta a definir distancias de proximidad espacial y temporal para regular los límites tolerables a esas relaciones. Los prejuicios condicionan inicialmente a fijar límites estrictos a la distancia que preserva la intimidad personal; no obstante, el trato confirma o rectifica esos límites en la distancia espacial y temporal en función de que la experiencia del contacto genere, o no, la confianza necesaria que rectifique la evaluación anterior de la conciencia.

La medida de la distancia temporal adecuada para cada relación la conciencia la marca en función de la durabilidad estimada para su desarrollo. Así existen relaciones que se planifican para que perduren sin límite, como habitualmente se estima para las de matrimonio, pareja y fraternal amistad, y otras para una distancia temporal definida, como las de compañía para abordar conjuntamente un proyecto o ir de vacaciones. También se conciben relaciones vinculadas a circunstancias, como son las de buena vecindad, coincidencia de aficiones en una asociación o club social, compañerismo en los estudios o camaradería deportiva, en las que la conciencia tiene como cierto que el previsto o imprevisto cambio circunstancial de proximidad determinaría el fin temporal o una relajación importante de esa relación.

La convivencia obligada en un recinto específico, como puede ser: una prisión, una clínica psiquiátrica, un internado o una residencia de ancianos, cuya integración en esa  comunidad no se corresponde a una libre decisión de la conciencia, aunque haya de asumirla como hecho consumado, supone casi siempre establecer la relación con quien se convive desde unos límites a la distancia emocional que se contradicen con los obligados a la distancia espacial. Ello justifica en gran manera que a muchas personas la reclusión les genere un estado depresivo y un aislamiento emocional significativos, ya que la conciencia personal anhela mantener una relación imposible con los ausentes que le impide aceptar de buen grado la relación con los presentes. Solamente en cuanto el tiempo suaviza la afección por aquellos a quienes la distancia espacial y temporal sitúa, por la infrecuencia de trato, cada vez más lejanos, y los afectos emocionales se resienten con la ausente motivación que los sostenga, comienza la conciencia a admitir ajustar los límites al trato con quienes se convive en función de las afinidades personales que pueden configurar una inicial amistad. Esa paulatina aceptación del espacio hostil como el único referente de convivencia produce el subjetivo desarrollo de una conciencia de protección que exige el recurso de la amistad allá donde sólo se puede encontrar: en la opción dentro del círculo de relaciones personales de cohabitación, aunque algunas de ellas, como tantas en la vida ordinaria, sean de irremediable aceptación.
 
 

CAPÍTULO 10

El límite a lo diverso en el trabajo.


El trabajo, por su cotidianidad, establece frecuentemente entre el sujeto y el objeto una relación temporal continuada, lo que dificulta establecer intrínsecamente en la actividad misma límites temporales a su influjo, salvo en lo que se refiere a la memoria profesional, donde el sujeto sí puede establecer límites a la influencia sobre su interés de las actuaciones pasadas; no obstante, también puede considerarse como distancia temporal laboral la medida del tiempo empleado por el trabajador para desplazarse desde su domicilio hasta el lugar de trabajo, y los horarios y jornadas empleadas en producir, pues esas condiciones temporales pueden influir en poner límites a elegir o estimar un empleo o actividad en función de su compatibilidad con otras obligaciones personales.

Para la distancia espacial se puede considerar el trayecto a recorrer entre el domicilio del sujeto y el lugar donde ejerce su profesión, por lo que las condiciones de desplazamiento incidan sobre los límites que se puedan admitir como convenientes por el sujeto para conciliar sus objetivos laborales respecto a su conciencia de realización como persona. Otra concepción de distancia espacial en el trabajo procede de la lejanía posible a darse entre el lugar del puesto de trabajo donde un profesional ejerce y el punto donde se aplica el producto generado con su actividad; siendo posible incluso a veces que el trabajador no perciba la repercusión concreta y real de su labor.

 Cuando el objeto material del trabajo repercute como beneficio propio, la distancia espacial y temporal entre la jornada productiva y el sujeto mismo que lo ejecuta prácticamente se reduce a cero; sin embargo, esa distancia puede valorarse por el interés si se atiende a la utilidad final de un objeto logrado con el trabajo sucesivo de muchas jornadas. Así, como hay quien limita el desplazamiento al lugar del trabajo, también hay quien limita la creatividad y producción de un objeto a obtenerlo en un tiempo determinado, de modo que la rentabilidad se convierte en factor decisivo para que la conciencia identifique, en función de qué labores le son de más interés que otras, el orden de preferencia para su ocupación laboral. Cuando el trabajo se realiza para persona o entidad distinta, es ésta quien evalúa la productividad de cada operario y fija los límites tolerables de efectividad de cada puesto de trabajo, en cuyo caso el trabajador actúa como sujeto pasivo respecto al entorno, que es el que marca las condiciones laborales; siendo especialmente importante en las cadenas de producción, ya que de la solidaria colaboración de todos los trabajadores de la cadena se sigue el cumplimiento de los objetivos de productividad. La limitación en el trabajo que imponen los objetivos de producción hace que no todas las personas sean válidas para cada determinado puesto de trabajo, constituyéndose como un filtro que favorece o perjudica a las personas en razón de sus disposiciones o posibilidades.

En el trabajo se muestra la trascendencia de la distancia emocional en función de que el sujeto se sienta realizado y satisfecho en el ejercicio de una profesión, sea la que sea. Esa satisfacción puede ser respuesta de una distinta motivación, como la que procede del sentimiento del deber cumplido, de obtener recursos económicos, por correspondencia y solidaridad, por el sentido de utilidad, por el deleite creativo e incluso por la vanidad de la propia valía. No obstante la remuneración material y espiritual que pueda ofrecer el trabajo, es cierto el esfuerzo que empeña el sujeto que lo ejerce, ya sea de modo físico o intelectual, y del cual se sigue un agotamiento que exige su medida y contención para no perjudicar la salud. Esa condición gravosa del trabajo es la que incide principalmente en la conciencia emocional para poner límites adecuados a la actividad laboral, haciendo lo más compatible posible la realización personal emocional y la física. Por la realización emocional el sujeto limita, o más bien jerarquiza, aquellas actividades desde las que le reportan más sensaciones positivas a las menos deseadas; no obstante, determinadas condiciones, como la oferta laboral del entorno o la retribución económica, pueden hacer que el sujeto elija, o se vea obligado a escoger, actividades laborales menos atractivas en su jerarquía de preferencias. De la experiencia consecuente al ejercicio profesional se sigue el que el sujeto pueda imponerse límites de tolerancia para permanecer en cada actividad, bien en función de la adaptación al trabajo o en que el mismo no reporte las expectativas que indujeron a aceptarlo.

En la actividad laboral, además de la relación entre el sujeto y objeto material de la tarea o labor para obtener un bien, coexisten unas relaciones personales, más o menos determinantes, originadas por la especialización y agrupación de las personas para mejorar el rendimiento productivo común en la sociedad. Posiblemente se salva de ello quien trabaja de forma autónoma, pero incluso esa forma de producción no evita relaciones con proveedores y clientes intrínsecamente unidas a la actividad; sólo se salvaría de esa dimensión comunitaria del trabajo quien lo ejerciera de modo aislado como subsistencia vital. Las relaciones dentro de un grupo de trabajo exigen la virtud de la integración, que es la que favorece el trabajo en equipo. Esta integración responde tanto a factores sicológicos de carácter y personalidad como de formación profesional e intelectual, los que a cada productor le limitan para aceptar criterios distantes a los propios, pues la propia naturaleza racional mueve a toda persona a obrar según el dictado de la razón, estableciendo límites a lo asumible de la opinión ajena en virtud del reconocimiento de que las condiciones de verdad de una proposición contraria siguen a la razón ajena tanto como cada uno estima la propia. Esta mezcla de subjetividad conceptual y objetividad científica que predomina en casi toda la actividad laboral se refleja en la distancia emocional con que cada sujeto se integra en un grupo de trabajo, pues quien establece de manera amplia los límites admisibles a la opinión de los demás facilita el consenso respecto al plan de trabajo, y quien es cicatero en los límites de admisión del criterio ajeno dificulta la productividad colectiva. Estos criterios de integración valen tanto para las relaciones entre estamentos homogéneos, como en la ordenación vertical de mando y jerarquía profesional, pues la integración en un equipo tanto se favorece por la forma de obedecer como por la de mandar.

La integración en un grupo laboral genera afectos de los que muchas veces se sigue la amistad, pues la cooperación en el esfuerzo común es una de las causas que más une a
las personas. Ese afecto entre compañeros de trabajo, sean del mismo o distinto sexo, nación, etnia o religión, puede interferir en el reconocimiento de la valía profesional mutua, en especial cuando se deba decidir sobre aspectos de la gestión de recursos humanos dentro de una empresa. Saber establecer límites diversos entre la proximidad afectiva y la objetividad profesional debe regir cuando se han de aprobar criterios laborales de consenso, promoción, corrección, planificación, etc.; pues, por encima de la amistad mutua entre personas, en criterios de efectividad debe priorizarse el interés colectivo de empresa que representa en bien común.

En la actividad profesional también tienen cabida los prejuicios que condicionan sicológicamente a la persona a establecer límites a la confianza con determinados compañeros de trabajo en función de algunas características de su personalidad. La raza, la ascendencia social, el aspecto físico, el sexo, la educación o modos de actuar crean barreras entre aquellas personas que carecen de la autoridad laboral de imponer límites a su distancia espacial y han de convivir durante muchas horas, lo que constituye mucha distancia temporal compartida. Quien está situado en una posición de mando tiene más posibilidades de establecer algunos límites a la relación reduciendo a lo mínimo el contacto que exige el despacho de los asuntos profesionales; por el contrario, el que está en dependencia de superiores, tiene restringida la capacidad de limitar el trato, pues aquellos pueden exigirle en cualquier momento su comparecencia para atender asuntos profesionales. Sobre estos prejuicios a la relación hay que considerar que no tienen por que ser recíprocos, pues, como las más de las veces responden a recelos mentales, se muestra una gran diferencia entre quienes son altamente susceptibles y quienes tienen caracteres abiertos y tolerantes, aunque lo cierto es que las muchas horas de proximidad generan que muchos de los prejuicios se solventen al alcanzar una más prolongada percepción de la personalidad de los compañeros.

Cuando la actividad laboral exige trato cara al público, se une a la relación entre compañeros el respeto que se debe a la ciudadanía a quien se atiende, la que en muchos casos carece de la información necesaria para tramitar con agilidad los asuntos correspondientes. Se sea funcionario público, trabajador autónomo o por cuente ajena, conviene tomar en consideración que el trato ofrecido a quien se atiende forma parte de la condición elegida como profesional. Cada trabajador realmente no conoce bien su capacidad de respuesta en el trato cara al público hasta que lo practica, y cuya experiencia en esas relaciones forma parte de la distancia emocional que valora la conformidad con la profesión que se ejerce, e interviene en los límites de valoración de cada empleo.

Cabe reseñar que en la ocupación laboral, además de la satisfacción que se deduce del ejercicio de la propia profesión en sí, la cordialidad y buenas maneras en el ambiente del centro de trabajo facilita alejar los límites de autoexclusión de cada operario. No siendo la primera causa de elección del trabajo, como se puede considerar la retribución económica, la proximidad al domicilio o la libertad creativa, sí influye la cordialidad del ambiente para decidir cambiar de empresa, aunque nunca se sabe, salvo recomendación expresa, cuánto de aceptable va a resultar el nuevo entorno tras un cambio.
 
 

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