Maraña

JORGE BOTELLA
 

CAPÍTULO PRIMERO

En la sala 17 de la planta tercera del hospital penitenciario, eficazmente custodiado, el paciente Jeremías Arrabal se recuperaba de una aguda neumonía sufrida en su internamiento del penal de Vatén. Pasados los días de un posible desenlace trágico, del que fue informado puntualmente por el doctor que le atendía, sus constantes respondían al tratamiento con antibióticos que le había sido prescrito.

Las últimas semanas en el penal, antes de su ingreso en la enfermería y posterior traslado al hospital, habían colmado la angustia que padecía desde que entró en prisión hace cinco meses. Jeremías nunca había considerado en su vida que el destino le condujera a una situación tan claustral como la que le había deparado inesperadamente. Hombre pacífico, cumplidor, dedicaba su tiempo y sabiduría a enseñar en la universidad, a cuidar de su familia, a cumplir sus obligaciones sociales, si cabe con mayor generosidad que el común de sus conciudadanos. Por ese comportamiento y forma de concebir la vida podría haberle parecido imposible ser requerido por la justicia, y con un apremio inesperado ser culpado por unos presuntos graves delitos de los que no encontraba justificación a cómo se le podía haber vinculado.

Pasados los primeros días en que las dificultades respiratorias y la probabilidad de la muerte le obsesionaban, había encontrado en la serena rutina de la vida hospitalaria la tranquilidad suficiente para dedicarse a pensar por qué una serie de circunstancias tan inesperadas se habían concatenado para destrozar en unos pocos meses la perspectiva de propicia vida que antes poseía. Nadie suele considerar un futuro intrincado disfrutando de un presente descomplicado; quizá lo hagan quienes apuestan a altos riesgos en los negocios o en una concepción de vida superior a las propias posibilidades, contrayendo deudas a amortizar con nuevas deudas, como si se dispusiera de un especial crédito en virtud de la componenda social. Pero ninguno de estos casos concernían a Jeremías, cuya vida, como profesor y padre de familia, por todo su entorno y por él mismo era considerada tan monótona que no parecía admitir otro sobresalto distinto de algún quebranto de salud. Todo esto bullía en la mente del recluso las interminables horas de convalecencia de su enfermedad.

Las visitas familiares permitidas en prisión se reducían a media hora semanal, con asistencia simultánea de dos personas como máximo. Aparte se admitía la consulta con los letrados una vez al día, siempre previa solicitud con un día mínimo de antelación. La estancia en el hospital seguía el mismo protocolo, aunque en este caso se permitía prolongar las visitas media hora más. Como norma general los reclusos aguardaban con ansiedad esta posibilidad de tener ese alivio sentimental cada semana. Contaban los días que faltaban, y preparaban los temas a tratar para que no quedara nada en el olvido. Más que hablar de ellos mismos, su interés se centraba en saber del bienestar de los suyos. De alguna forma ese contacto directo con el exterior suponía una ilusoria huida de la monotonía carcelaria, además demostraba que aún seguían siendo personas apreciadas para quienes seguían teniendo presencia en el mundo exterior. Por el contrario, para los familiares esas visitas, que al principio buscaban recuperar algo de la convivencia perdida, con el paso de las semanas, los meses, los años, iban relajando el interés inicial, porque colisionaban con otros intereses de los muchos que ofrece la vida de relación social. De este modo, esas visitas carcelarias pasaban paulatinamente de un primer plano a ser desplazadas por otros requerimientos, de modo que la disponibilidad inicial de ánimo se convertía con frecuencia en penosa obligación.

Jeremías recibía la visita de uno de sus hijos. Su mujer, que se había negado rotundamente a comparecer en visitas reservadas a admitir relaciones sexuales, las que Jeremías no le había solicitado, acudió al principio a visitarle trasmitiéndole su reproche por la situación a la que había conducido a la familia. Las excusas de total inocencia en la boca de Jeremías no removían los prejuicios de ella, que hallaba en cualquier nimio rasgo de su personalidad y relaciones un indicio que pudieran justificar los cargos que pesaban sobre él. Aunque para todos, incluido Jeremías, las relaciones familiares habían sido aceptables desde su inicio, ella aducía de continuo motivos para sentirse cada vez más desplazada de la posición social que anhelaba, los que colmaba el haber sido él detenido, conducido ante la justicia y acabar en prisión provisional. Por todo ello, sus visitas, tras las primeras semanas de trámites, se distanciaron hasta desaparecer, pues ambos las empezaron a considerar absurdas cuando derivaron en continuos y obsesivos reproches sobre el comportamiento de Jeremías. De los hijos, el mayor había emigrado a trabajar al extranjero, y el menor, en plenos estudios universitarios, vivían con su madre. Entre los dos hijos siempre hubo un claro abismo respecto a la conciencia de culpabilidad del cabeza de familia: El menor, seguía creyendo la reivindicación de inocencia de su padre; mientras el mayor desde un principio se mostró confundido, con la fe quebrada en su progenitor respecto a su reivindicación de total inocencia, favorecidas sus dudas por las contradicciones que recibía del entorno y el criterio mordiente de la opinión materna. El mayor, al poco de abandonar el país pronto, había dejado distanciar la correspondencia para interesarse por su padre, por lo que el menor fue el único que mantuvo asiduo contacto con él, quizá  porque esa fidelidad suponía el agarradero más fuerte que le quedaba para mantener viva la esperanza de la inocencia paterna.

Las consecuencias de la desestabilización familiar suponían para Jeremías uno de los grandes pesares que le agobiaban el corazón. A quien siempre, a pesar de sus debilidades, se había volcado en la felicidad de los suyos, esta nueva situación de dudas, incomprensiones y enfrentamientos le aturdía tanto como lo inexplicable de su procesamiento, pues para él nada de su vida había transcurrido falta de la transparencia debida a su familia. Que quienes habían compartido tan próximos a él su día a día pudieran siquiera dudar de su buen proceder lo encontraba tan absurdo e injusto que despertaba en él sensaciones inauditas de hasta cuánto, si los suyos así dudaban, los más lejanos le reprocharían sin compasión ni piedad lo que de su causa trascendía a los medios de comunicación.

Del mismo modo que las visitas familiares se relajaban con el tiempo, las cartas de las amistades se distanciaban hasta desaparecer. No es que fueran muchos sus amigos y compañeros de universidad que se hubieran tomado el trabajo de escribirle, sino sólo ese grupo de leales que constituían el círculo de amistades consolidado. Pensar sobre ello, en los  muchos ratos de introspección que la soledad le proporcionaba, le había llevado a advertir cómo aquellos que aún se comunicaban con él para trasladarle su confianza y ánimo no eran precisamente quienes más asiduamente trataba, sino unos pocos, alguno incluso que creía lejano, con los que había compartido experiencias de esfuerzo que les habían facilitado profundizar en los fundamentos de la respectiva personalidad. Muy posiblemente eran los mismos, consideraba en su interior, por los que él hubiera puesto la mano en el fuego por su honorabilidad.

Un catedrático de la facultad de Derecho supuso para Jeremías el más fuerte apoyo para la integridad de su conciencia. Sin él, pensaba con frecuencia, posiblemente hubiera podido su razón caer en la enajenación, víctima de la opresión que le acechaba, ya que cuanto más todo a su alrededor se oscurecía, como la tormenta más crecida, mayor languidez sufría el rayo de sol que aún sostenía en su mente la demostración posible de su inocencia. Este letrado, Constantino, le había ofrecido su defensa jurídica de modo totalmente desinteresado --como si se tratara de un hermano, le había dicho-- convencido de la honradez de Jeremías, a pesar de que sus contactos se habían distanciado tras los años en que compartieron responsabilidades en el claustro de la universidad. Esa atención suponía uno de los pocos consuelos asiduos que asistían a Jeremías, pues a la confianza del letrado en él se unía la esperanza que infundía en una final resolución favorable, por más que la realidad se mostrara testaruda en contradecirle. Constantino no sólo trabajó arduamente en la gestión de los recursos a las sucesivas decisiones provisionales del juzgado, sino que alentó a su cliente y amigo indicándole que estas situaciones tan paradójicas de culpar indebidamente a inocentes, en los que sólo después de largos procesos se admitía el error, se habían incrementado en los últimos tiempos sin que se hallara otra justificación del por qué obraban así las fuerzas de seguridad y las judiciales sino en un relajamiento de la objetividad de la disciplina procesal, cuando prevalecía la motivación burocrática al servicio real a los ciudadanos.
 
 

CAPÍTULO SEGUNDO

Ocean es uno de los pocos países del mundo que dispone de orillas a dos océanos. Con clima benigno y una población próxima a cuarenta millones de habitantes, económicamente se encuentra situado rayando el límite inferior del tercio de países por mayor rango de renta por habitante. Su sistema político está configurado, como la mayor parte de las repúblicas surgidas en los últimos siglos, con una apelación democrática que, como en otras muchas naciones, contrasta con el sentir de una multitud de ciudadanos que no se sienten representados por su parlamento, ni protegidos por el Estado. No obstante esas vicisitudes, Ocean es un país estable con población pacífica, más adicta al consumo que a la política, lo que facilita que sus autoridades gocen del privilegio de disponer del poder sin otra oposición que la consensuada, década tras década, entre las familias hegemónicas y las multinacionales consentidas por la cúpula financiera del país.

Quien observara desde el exterior la estructura social de Ocean pecibiría cómo suponía la pervivencia del caciquismo dominante siglos atrás, cuando la colonización extranjera impuso el matrimonio instrumental entre los herederos de los patriarcas indígenas y los de los aventureros invasores, encontrando estos últimos acogimiento popular y aquellos mantener el dominio real de las dinastías familiares. Por todo ello, la sociedad sostenía una estratificación pecuniaria en la que se nacía, se crecía, se reproducía y se moría. Sólo muy lentamente el Estado avanzaba con eficacia en promover la igualdad de oportunidades en el derecho que sus leyes enunciaban. No obstante, entre la juventud se apreciaba en las últimas décadas cómo los más audaces se atrevían a desafiar a la tradición y, supliendo con su esfuerzo personal la carencia de medios, optaban a ascender en la escala social avalados por sus actitudes para la nueva tecnología y el rendimiento que la misma ofrecían a la modernización y crecimiento del país.

Formando parte de la clase media de esa sociedad, por ser familias hacendadas venidas a menos por los reveses económicos o de estratos artesanos y pequeños industriales venidos a más por la constancia en su trabajo, se encontraban muchos de los que habían accedido a graduarse en estudios universitarios, decenios atrás reservados exclusivamente para la alta burguesía, entre los cuales crecían criterios mucho más evolucionados e independientes que la generación de sus padres, auspiciando una concepción diversa de la sociedad que era contemplada con recelo por quienes detentaban el estrato del control administrativo que protegía y garantizaba el poder económico con el que dominar el país. Aun así, advirtiendo que la evolución de las ideas auténticamente democratizadoras se imponían más allá de sus fronteras, se apresuraban las élites políticas por atraer a esos nuevos tecnócratas a sus círculos para evitar que confluyeran en una fuerza alternativa que les disputara sus privilegios.

La posición abierta al tráfico internacional de sus tres grandes puertos diferenciaba la estructura económica de la costa, donde se cobijaban las principales ciudades del país, del interior, dedicado a la agricultura tradicional en grandes plantaciones en la zona de los valles, y en reducidas explotaciones en las montañas, donde la población indígena agrupada en pequeñas aldeas vivía de la producción de la huerta, quienes bajaban periódicamente a los mercados de los valles a vender el exceso de recolección que no consumían para su alimentación. Esta distribución escalonada de la producción generaba una estratificación de la sociedad: Las clases altas se habían trasladado a residir y domiciliar sus negocios en las grandes ciudades portuarias; una parte de la burguesía de las ciudades de los valles permanecía en el interior, constituyendo los patronos y funcionarios las clases medias altas y los obreros y braceros la media baja, a la que no le ahogaba la pobreza, transmitiéndose el empleo de padres a hijos, lo que les permitía sobrevivir con una renta baja pero segura; la población rural de las montañas era  la menos favorecida económicamente, ya que la rentabilidad de la agricultura, que allí apenas había evolucionado, apenas crecía, por lo que muchos de los jóvenes emigraban a buscar trabajo a las ciudades, donde por su escasa formación no podían emplearse sino en los trabajos mal remunerados que repudiaban hacer las clases más acomodadas.

Como otros países del mundo, Ocean admitía de modo ocultamente consentido la producción y tráfico de la droga demandada por los consumidores del universo pudiente. Para algunos productores en las montañas y valles recónditos del país el cultivo de plantas hábiles para obtener sustancias estimulantes del sistema nervioso les multiplicada por cien sus rentas del trabajo, por lo que admitían trabajar en esa actividad prohibida a riesgo de ser detenidos y apresados; aunque los mayores beneficiarios del negocio eran las redes de traficantes que exportaban la droga hasta los consumidores demandantes de ese producto a miles de kilómetros de las fronteras de Ocean. Las autoridades del país habían sido muy estrictos en la salvaguarda de las buenas costumbres respecto al consumo en el propio territorio, pero poco audaces en controlar las redes de producción y tráfico clandestino, lo que suponía una fuente contradictoria de enriquecimiento nacional, ya que, aunque lograba una floreciente economía sumergida, su posición en los mercados internacionales era frecuentemente castigada por quienes denunciaban su transigencia con la producción y el tráfico de la droga. El gran problema creado en Ocean es que la rentabilidad de esa actividad clandestina progresivamente tentaba a más ciudadanos, de modo que como un cáncer crecía invadiendo importantes resortes de las estructuras sociales públicas y privadas de la nación.

Jeremías se había criado en la ciudad de Pistos, situada en el valle del río Meón. Su ascendencia mezclaba indígenas con colonos, habiendo sus bisabuelos fundado una mediana hacienda, distante siete kilómetros de la ciudad, en la que cultivaban legumbres y frutas. Jeremías y su hermana pequeña habían elegido estudiar, mientras que los otros dos hermanos se dedicaron a continuar la plantación familiar. Por ello, Jeremías, tras terminar la secundaria en Pistos, en los meses lectivos se trasladó durante años a cursar Historia en la Universidad Libre de Abierta, en la ciudad del mismo nombre situada en la costa oriental del país. Allá, la vida universitaria no sólo sedujo su mente, sino que toda su personalidad adquirió una nueva singladura al contrastar la amplitud de una cultura bastante más cosmopolita que la conservadora que dominaba las regiones del interior. Ello le indujo a graduarse en la especialidad de Historia Contemporánea, cursando el grado de máster para hacer realidad su proyecto de vincularse profesionalmente a la enseñanza y investigación universitaria.

Cuando tras opositar durante dos años obtuvo una plaza de profesor titular, aprovechó los periodos de vacaciones universitarias para viajar y conocer la realidad social de otros continentes, diferentes culturas y antiguas civilizaciones. Lo que más le sorprendía e interesaba era descubrir cómo en la mayoría de los países que visitaba se reproducía la configuración por clases que había conocido en su tierra, y cómo la juventud de todos esos lugares se caracterizaba por ansiar modificar las estructuras de poder. No obstante, el análisis de la historia le había prevenido del idealismo con que las nuevas generaciones fraguaban revoluciones que a los pocos decenios eran contestadas por inmovilistas por la renovada juventud. Junto a ello, paradójicamente, observaba la predisposición en tantos países a un consumo que favorecía los intereses de las grandes multinacionales que denostaban. Percibir en tantas partes ese cruce de incoherencias, que reconoció como él mismo había fomentado en sus años de estudiante, le justificaron todos los contratiempo que algunos de esos viajes le habían deparado, dando permanentemente por bueno para su actividad profesional procurar la máxima comunicación respecto a la realidad social que emergían como novedad en cualquier rincón del mundo.

Años más tarde de que fijara su residencia en Abierta y se asentaran las expectativas profesionales de profesor perfectamente integrado en la rutina educativa, conoció a Eva, quien se convirtió a los pocos meses en su esposa. Ella se había graduado en Anestesiología y Reanimación en la misma universidad que Jeremías, y como ambos procedían del interior y vivían solos en la ciudad, coincidieron en formalizar su vida en común casándose, como era costumbre en el país, con una importante celebración en la ciudad de El Palmar, donde residía la familia de la novia. Los dos, en especial Eva, aunque habían pasado suficientes años en la costa y en un ambiente universitario, conservaban bastantes criterios tradicionales del interior, por lo que pronto tuvieron descendencia, con un varón al que siguió luego otro, cuya exigencia de atención les contuvo de incrementar la familia buscando una niña, como les inducían sus respectivos familiares.
 
 

CAPÍTULO TERCERO

La desventura de Jeremías comenzó cuando el 17 de octubre de 2015. Hacia las doce de la noche escuchó un golpe seco sobre la puerta de entrada de su casa. El ruido que retumbó en toda la edificación, despertando a la familia, fue seguido de gritos voceando: "todos al suelo". En pijama Jeremías saltó de la cama, salió de su alcoba, encendió la luz del distribuidor y bajando por la escalera a la planta inferior se encontró de frente con un fusil de asalto que le apuntaba. "Todos al suelo", volvió a escuchar, pero su pasmo no le permitía reaccionar, por lo que al instante sintió cómo la corpulencia de un hombrón abrazándole le arrastró los escalones que le quedaban de bajar y lo arrojó sobre el pavimento del hall. Sus hijos se asomaron a lo alto de la escalera, sorprendidos de lo que veían, sin saber bien que hacer, pero instintivamente levantaron las manos apoyándose a la baranda superior de la escalera. Eva se quedó en la habitación intentando con el celular acertar a llamar a la policía.

-- ¿Jeremías Arrabal? --preguntó uno de los intrusos, que parecía mandar sobre los otros tres.

-- Soy yo.

-- Queda detenido --dijo quien se dirigió a él mostrando la reglamentaria placa policial.

Jeremías sintió un importante alivio al pensar que no estaba en manos de bandidos. Al fin y al cabo, nada tenía ni remotamente que temer, pues carecía de todo antecedente y en los últimos tiempo ni siquiera había cometido la mínima infracción de tráfico. Mientras estaba siendo esposado con las manos a la espalda se atrevió a decir:

-- Esto debe ser un error. Díganme de que pueden acusarme, por favor. Deben estar buscando a otra persona.

-- Es él, no hay duda --dijo un agente cotejando su rostro con una fotografía que sacó del bolsillo de la americana.

-- Es a usted, profesor, a quien tenemos orden de detener.

-- ¿En razón de qué?

-- Lo sabrá en cuanto llegue a comisaría.

-- ¿Puedo vestirme?

-- Sí. Coja algo de abrigo --le indicó su interlocutor, quien, dirigiéndose al policía que le había noqueado, ordenó--: Acompáñale. Sed breves.

Eva que había podido comunicar y dar aviso del incidente a la policía, se juntó con sus hijos y les preguntó con el tono más bajo de voz que pudo.

-- ¿Qué está pasando?

-- Son policías que vienen a por pa.

-- Pueden relajarse, no se preocupen --dijo desde abajo la persona al mando, mientras Jeremías subía acompañado a vestirse--. No tienen nada que temer, precisamos que el señor Arrabal nos haga unas aclaraciones en comisaría.

-- Aclaraciones sobre qué --contestó Eva.

--  Ahora no le puedo contestar.

-- ¿Traen orden judicial para arremeter así en nuestro domicilio?

-- Calla, Eva --dijo Jeremías--. No hay nada que temer. Debe ser una confusión.

-- Por supuesto que contamos con orden judicial.

Jeremías se puso un pantalón sobre el pijama , una camisa y  una chaqueta, se calzó unos zapatos, y dijo:

-- Vamos.

En el desplazamiento hasta la Comisaría Territorial de Información a Jeremías le situaron en  la parte trasera del automóvil, custodiado por uno de los policías; delante, el comisario y el conductor; el cuarto, un inspector, les siguió en la moto en que se había desplazado. En el interior del coche reinó el silencio, como si todos tuvieran motivos urgentes de reflexionar, lo que mayormente correspondía, por lo inesperado de lo acontecido, a Jeremías. El desplazamiento en la noche fue rápido, alcanzando su destino pocos minutos, en donde penetraron directamente a un sótano, desde el que Jeremías fue conducido a una celda de aislamiento, donde la quitaron las esposas y le facilitaron una manta.

Allá, en el diminuto cubículo de unos dos por dos metros, a la lúgubre luz de un tubo en el techo protegido por una malla, con las paredes grises de cemento bruñido, Jeremías disponía de un banco de obra donde reposaba una colchoneta sobre la que poder tenderse y arroparse con la manta. De momento se quedó sentado, con la cabeza reposando en las manos de unos brazos que se apoyaban por los codos en las rodillas. De vez en cuando, alzaba la cabeza y su mirada se estrellaba con una puerta acorazada en el que por una mirilla a veces se adivinaba el ojo de un vigilante. La abismal sensación de soledad la intentaba distraer Jeremías pensando en la pesadilla que estarían sufriendo los suyos en casa. Todos, ellos allá y el aquí, participaban del mismo desconcierto que, conforme pasaban las horas, parecía no tener visos de poder despejarse hasta la mañana del día siguiente. Cuando no existe una razón que explique un acontecimiento corren por la mente fantasmagóricas figuras que como elementos de un jeroglífico se ofrecen como la clave para comprenderlo. Eso es lo que invadía la conciencia de Jeremías, que daba vueltas y vueltas por si algún comportamiento suyo pudiera estar en el origen de aquellas detención. Pero no, cuanto más se estresaba pensando, más se agrandaba el absurdo que hacía eterna la noche que le restaba de estar encerrado. Sólo tras varias horas, su cuerpo se acopló estirándose en la colchoneta y quedó en ese duermevela de quien teme perder la noción por lo que pueda suceder.

Su único compañero en la noche fue el reloj, en el cual comprobar el paso de las horas le garantizaba el sentido de la realidad. Al fin llegaría el alba que no percibiría, se imaginaba, sino por la visita de algún vigilante que le ofreciera una posible novedad. Al ingresar en la celda le habían señalado un pulsador de emergencia para advertir de una circunstancia extrema de gravedad. Dudaba si debería utilizarlo según corrían los cuartos de hora sin que nadie le atendiera. Al fin, algo después de comprobar que ya eran las siete y media, escuchó el descorrer del cerrojo, ahora menos deprimente que cuando la noche anterior se significó como el símbolo de su absoluto aislamiento. Se abrió la puesta, un vigilante armado se situó en el lateral junto a la puerta, mientras otro vigilante la acercaba una bandeja de grueso cartón con media docena de galletas y un vaso de plástico con té.

-- Puede desayunar cuando le apetezca. Luego volveremos a recoger la bandeja.

-- ¿Me pueden orientar sobre cuando podré hablar con alguna autoridad?

-- No se preocupe, el comisario le hará llamar cuando corresponda. Posiblemente sea a lo largo de la mañana, pero todo depende del trabajo que se acumulado en la noche.

-- ¿Pueden devolverme el celular que me retuvieron anoche?

-- Cuando le tomen declaración. En cualquier caso aquí no dispone de cobertura.

Tras esa breve conversación, los vigilantes salieron y retornó la opacidad del resto de la noche, sin señal de que se hubiera producido el amanecer salvo porque la intensidad de la luz en la celda aumentó al encenderse otro tubo en el techo parejo al que lucía.

Se tomó el té y las galletas, que le entonaron algo el estómago. Se acercó a orinar y asearse la cara en un diminuto aparato metálico de doble uso para evacuatorio y lavabo. Luego se sentaba y levantaba intermitentemente para estirar las piernas por la minúscula superficie de la celda. Crecía en él el desasosiego de la incapacidad para actuar, alternándose la esperanza de que en cualquier momento se abriera la puerta para darle cuenta del error que le devolvía a la libertad, con cómo debería actuar para exigir el respeto de los derechos que tantas veces había estudiado ampara a los ciudadanos de la detención arbitraria. Quizá Eva ya estuviera movilizándose en favor de la protección para él de esos derechos. Sólo habían transcurrido unas horas y le parecía como si hubiera perdido el contacto con los suyos desde hace tiempo. Se pedía a sí mismo calma, pero en vano conseguía tranquilizarse, como si el subconsciente le advirtiera de una posible caravana de desdichas.

Pasado el mediodía, volvió a escuchar correr del cerrojo, y dos distintos vigilantes desde la puerta le ordenaron:

-- Acompáñenos.

En cuanto salió de la celda, se dejó esposar sin ninguna resistencia, y cogido del brazo por uno de los vigilantes avanzaron a través del angosto pasillo, que tanto de había impresionado la noche anterior, hacia una escalera por la que ascendieron dos plantas. Allá le dejaron sentarse en un banco de un austero hall, siempre con las manos esposadas y situándose uno de los vigilantes junto a él. Jeremías pensó en preguntar que trámite iba a pasar, pero antes de abrir la boca se dio cuenta de lo inútil de ello. ¿Qué más le daba esperar unos minutos y saberlo? Después de tantas horas decidió que lo mejor era callar, observar e intervenir lo menos posible, a la espera de acontecimientos.

A los pocos minutos se abrió una de las puertas que daban al vestíbulo y una mujer indicó que pasaran. Dentro Jeremías encontró cuatro personas: una sentada tras una mesa de despacho, en un lateral otra leía unos papeles en una butaca, un policía de uniforme sentado tras una mesa auxiliar escribiendo a máquina y la mujer que había abierto que se acomodó en una silla junto a él cuando le indicaron que tomara asiendo ante la mesa.

-- Soy el comisario Rosmal --introdujo la palabra quien estaba presidiendo tras la mesa--; aquí, el inspector Talbo; la letrada Gumiel, su defensora preceptiva en esta primera comparecencia. Tengo que indicarle que ha sido detenido por orden mía en concordancia con un requerimiento de Interpol para ser interrogado sobre la sospecha de colaboración con banda criminal. Tiene derecho a no declarar, y debe saber que todo cuanto declare podrá ser utilizado en su contra si prospera una causa delictiva. Si procede su puesta a disposición judicial, podrá elegir abogado defensor, si no lo hiciera la letrada Gumiel será quien le asista en su defensa. ¿Tiene algo que declarar?

-- Tengo que declarar que no poseo conciencia de ningún acto en mi vida por el que se me pueda vincular a una banda criminal. Supongo que debe existir algún error en la identificación de mi persona con otra. Yo no he hecho nada contra la ley, y no he sido jamás detenido ni en Ocean ni en el extranjero. Se me hace inimaginable por qué Interpol pueda vincularme con algún delito. Les insisto que deben estar confundiéndome con otra persona, porque es imposible que me puedan vincular a ninguna organización. Soy profesor universitario de Historia Contemporánea, y todas mis relaciones con extranjeros están motivadas por motivos académicos.

-- ¿Ha estado usted en Yemen?

-- Sí. Hace años visité ese país.

-- ¿Y en Siria?

-- También he estado en Siria y Egipto.

-- Y en Palestina.

-- Visité Palestina y Jordania en el viaje que hice a Israel invitado a un congreso de historiadores. También he visitado muchos otros países asiáticos, europeos, africanos y americanos. Comprenderá que para un investigador en historia contemporánea viajar es una tentación. Así que antes de tener familia viajé todo cuanto pude; luego, menos.

-- ¿En Tayikistán y Libia?

-- No, en ninguno de los dos.

-- ¿Y estableció contactos con dirigentes de grupos subversivos en cada uno de esos países?

-- Me relacioné principalmente con profesores de universidad, pero también con políticos, opositores, periodistas, escritores, sociólogos. Toda fuente sobre la realidad social de cada país sirve para interpretar su historia reciente. Esa es mi profesión.

-- ¿Esos contactos se han prolongado en el tiempo?

-- Con los que he considerado de interés y me han correspondido he procurado sostener la relación; pero puedo asegurarle que nuestra Universidad tampoco supone un interés especial más allá de nuestras fronteras.

-- Quizá hayan prevalecido en sus contactos más los intereses de usted por ciertas ideologías que las de ellos por Ocean. ¿No le parece?

-- Mi interés profesional no se dirige hacia las ideologías, sino a la realidad de los acontecimientos, sus causas y sus efectos.

-- ¿Preferentemente de la presión sobre el poder legítimo de las bandas organizadas, facciones revolucionarias o grupos terroristas?

-- No sé a que se refiere en concreto, porque nunca he intervenido en política, ni aquí ni en ningún otro país.

-- Ese interés por la zona del Asia occidental, mayormente países de religión musulmana, ¿representa algún especial interés científico para sus estudios?

-- Todos esas naciones, algunas surgidas como tales tras la descolonización en el siglo XX, y otras independizadas de la URSS, apenas ocupaban páginas en nuestra universidad, y sin embargo parece que presentan un protagonismo creciente entre oriente y occidente. Eso motivó mi interés, frente a otros países y culturas que nos son más conocidos.

-- ¿Mantiene usted relación con Yamel Tamid, con Abadá Murchel o con Tarsé Soborroc?

-- Con los tres. Dos se dedican a las ciencias sociales y compartimos intereses profesionales y amistad. A Tamid, le conocí en mi visita a Yemen. A Murchel en un congreso en Alejandría; él es de Libia y participaba como ponente sobre el tema de la evolución de los estados del norte de África en la segunda década del pasado siglo. A Soborroc, que vive en Tayikistán le conocí en Georgia, en un viaje que hice a San Petersburgo, Moscú y estados ribereños del mar Caspio.

-- ¿A qué se dedica el tercero?

-- Tarsé Soborroc es periodista y ensayista.

-- ¿En que años inició esos contactos?

-- No recuerdo en concreto, en Georgia estuve a fines de los años 80. Algún año más tarde es cuando visité Yemen. El congreso de Alejandría es muy posterior, posiblemente hacia 2004 o 2005.

--  Está al corriente de los vínculos que les unen a esas tres personas. Además de que todos gocen de su amistad.

-- No me costa que entre ellos se conozcan personalmente. Así que ignoro qué puedan compartir además de la coincidencia en la defensa de la respectiva identidad popular y la reivindicación de su independencia respecto a la dominación de otras potencias extranjeras.

-- ¿Ideológicamente afines?

-- Creo que los tres están alineados con un modo de pensar que domina en las clases intelectuales de esa zona del mundo entre quienes disienten con el poder constituido.

-- Lo que les hace favorables a converger en un activo grupo internacional, que sostiene ideológicamente a una variedad de grupos armados.

-- No digo yo eso. Desde el punto de vista de mi análisis, en lo que les conozco existen coincidencias, pero también grandes diferencias entre ellos.

-- Sin embargo nos costa que los servicios secretos de algunos estados les vinculan a una banda criminal.

-- ¿A alguno de ellos?

-- A los tres.

-- De ninguno me costa, por sus obras y palabras, que posea el más mínimo antecedente criminal.

-- Lo peor es que fruto de esas investigaciones se le relaciona a usted con ese mismo grupo, por el nexo con cada uno de ellos.

-- Se me hace imposible de creer.

-- Señor Arrabal, el tema es muy grave, porque a la trama se le atribuyen actuaciones y colaboraciones de marcado signo terrorista, además de otras actividades delictivas.

-- Pues yo no tengo la más mínima relación con ello.

-- Mantenía correspondencia con los tres.

-- Como me comunico con cerca de otros cincuenta especialistas en historia de todo el mundo.

-- El problema que tenemos..., que tiene usted, es que se le acusa de ser el enlace oculto entre los demás. Por ello la orden de detención simultáneas en cada país.

-- Pero mis correos, si los han podido interceptar, prueban que sólo hablamos de acontecimientos sociales; nada relacionado con el terrorismo como dicen ustedes, ni siquiera parecido.

-- Nos trasladan que se están estudiando sus correos por expertos en encriptación, por lo que pudieran contener de oculto.

-- No hay nada. Se lo aseguro: No hay nada de nada.

-- Eso lo decidirá la fiscalía, a cuya disposición pasará mañana. Mientras, continuará detenido.
 
 

CAPÍTULO CUARTO

Para Jeremías el regreso a la celda de la comisaría fue incluso más penoso que la llegada la noche anterior, pues ahora sabía que tenía un problema, cuando la noche anterior achacaba su detención a un error policial. Volvía con el cuerpo y el ánimo destrozado, pues al cansancio de la noche sin apenas dormir se sumaba el desconcierto de qué había  pasado entre sus conocidos en el extranjero para que de manera tan grave le afectara. Lo que más le hacía pensar era que le hubieran indicado que entre esos tres conocidos suyos existía una relación, pues nunca ninguno de ellos había hecho mención de los otros. Sería demasiada casualidad, y así lo consideraría el fiscal, esa coincidencia, por más que él no la conociera. ¿Entonces, estaba siendo utilizado?

La tarde entera estuvo reflexionando sobre la relación con cada uno de esos conocidos, alternándola con la toma de conciencia de la situación en que había quedado su familia. No habiendo sido puesto a disposición de la fiscalía, y él recluido en esa celda incomunicada, lo más probable es que no tuvieran otra información sino que estaba detenido, posiblemente sin indicarles ningún detalle hasta que no hubiera una resolución del fiscal. ¿Habría sido informado alguien de la Universidad? Lo consideraba lo más probable, porque en Ocean los canales de transmisión cercanos al partido del gobierno eran muy fluidos.

Lo que Jeremías no conocía es que la mañana de ese día, mientras él se desesperaba aguardando en la celda la primera declaración, la policía había registrado su domicilio y su despacho en la Universidad. Tras esos registros se habían incautado de sus computadoras, incluso una desechada que descubrieron en un rincón del desván, sus carpetas de correspondencia y demás papeles personales que el inspector que dirigió el registro consideró que podría contener alguna información que arrojase luz sobre la oculta actividad del detenido.

Sentado en el banco corrido de su agobiante celda que le servía de catre, Jeremías intentaba recordar algún detalle que le hubiera podido pasar inadvertido y ahora, a la luz de la acusación, pudiera mostrarle cómo los tres involucrados se habían valido de su confianza y su posición. Con Soborroc había conversado por Skay la semana anterior, y aunque habían intercambiado opiniones sobre la situación Siria y Palestina, nada en él hacía suponer otro interés distinto del propio de la curiosidad periodística. Es cierto que Soborroc viajaba incansablemente, en especial por oriente medio, y con frecuencia le refería estar en Damasco, en El Cairo o en Saná. Muy posiblemente pudiera ser que, de igual modo que se había acercado a él por su condición de profesor universitario de historia, lo hubiera hecho con Tamid y Murchel, pues el primero era, como él, historiador contemporáneo y el segundo sociólogo. Si se había interesado por ganarse su amistad, probablemente también le interesara la de los otros dos profesores, pues para Soborroc contar con opiniones diversas y distantes era enriquecedor para sus habituales artículos de opinión con los que colaboraba en varios medios de comunicación de una zona que se había convertido en la referencia conflictiva de la actualidad.

Después de mucho cavilar, Jeremías encontró una razón que justificaba, o al menos ofrecía alguna luz, de por qué podía ser él considerado el nexo común de los tres, pues era posible que quizá Soborroc utilizara canales seguros para hacerlo con los otros dos, en razón de la vigilancia especial que, como naciones en conflicto, Libia y Yemen pudieran tener. De ese modo sólo las comunicaciones con él y de él con todos ellos podrían ser las registradas que dieran lugar a considerarle el enlace entre todos ellos. De todas formas, se repetía a sí mismo, nada había en cualquiera de los contenidos de sus comunicados que no pudiera haber sido comentado en una tertulia de profesionales: Meras opiniones sobre los acontecimientos y las posibles responsabilidades de cada parte, algo tan común como lo que se leía a diario en los periódicos de todo el mundo. ¿Cómo podría eso comprometerle a él? Quizá alguno de sus colegas maquinaba algo que él desconocía, y ello de rebote le estuviera comprometiendo. ¿Realmente alguno de ellos estaría implicado en un complot, en espionaje o formando parte de alguna célula de resistencia ciudadana a las que tan fácilmente se las calificaba de terrorismo? La verdad es que cuanto más vueltas le daba al asunto más confuso estaba en quién de ellos pudiera ser el cerebro que hubiera involucrado a los demás. De la vida particular de Soborroc en Tayikistán sabía muy poco, apenas que estaba casado, era padre de dos hijas y tenía ansia de tener un chico varón. Trabajaba como corresponsal freelance, y su prestigio lo conseguía a base de asumir riesgos que otros desechaban. Jeremías sabía que Soborroc se aventuraba a penetrar en los grupos rebeldes si ello le reportaba una exclusiva, lo que podría en el momento menos esperado embrollarse y generar un desenlace fatal al menor error de coordinación de cualquiera del grupo o por una emboscada de sus adversarios. Para esa actividad precisaba enlaces que le facilitaran la aproximación a los puntos calientes del próximo oriente, prodigándose con quienquiera que pudiera ofrecerle una noticia, un contacto o la confirmación de una exclusiva. Jeremías le consideraba un hombre objeto de muchos recelos, más por su ingeniosa pluma que por su adscripción a alguna ideología, pues lo extrovertido de su carácter le hacía parecer estar por encima de cuanto veía y oía, como si estuviera vacunado ante cualquier idealismo. A su parecer Soborroc era más objeto que sujeto de la inestable situación en la zona, donde muchos desearían más eliminarle que contar con él como un activo desestabilizador. De Tamid y Murchel, sus verdaderos colegas, descartado Soborroc dudaba cuál de ellos pudiera ser en el que desconfiara más. De Tamid sabía que era padre de siete hijos, entre los seis años a los veintidós; que vivía con dos esposas, las que, para admiración de Jeremías, entre ellas tenían un trato amigable fundado en el respeto absoluto que en su hogar se tenía al hombre, según había percibido Jeremías cuando visitó su casa en Saná, como el de un patriarca de la tradición; que se dedicaba con un empeño absoluto a su labor docente en la universidad, siendo una persona, a pesar de su relativa juventud, eminente en su materia, por lo que Jeremías requería su opinión en todo lo relacionado con la historia contemporánea de la región, la que Tamid atendía siempre de un modo tan entrañable que no producía sino ensalzar de continuo su consideración. Por su honestidad intelectual, Jeremías le creía incapaz de secundar cualquier acto delictivo, pues su compromiso con el diálogo y la paz, rezumando justicia, no parecía casar con la violencia que entraña la lucha armada. Tamid era el único, de los tres citados por el comisario como  sospechosos, que le había visitado en su domicilio familiar de Abierta poco después de su boda, para darles la enhorabuena por el acontecimiento, coincidiendo con su paso en Ocean, aunque Jeremías siempre consideró el trasladarle su afecto como motivo del desplazamiento. Al sociólogo Murchel le había tratado menos; conociendo que estaba divorciado, no tenía hijos, era natural y vecino de Benghazi y había estudiado en Oxford; actualmente dirigía una empresa de estudios sociales, al tiempo que impartía seminarios por Libia, pero más en Egipto, Irán y Turquía. Murchel se había mostrado partidario de los cambios por la democratización y modernización del norte de África, pues por su trabajo conocía que ello constituía  la gran aspiración de una juventud que engrosaba mayoritaria el censo de población de esos países. Su temor, como se había posteriormente confirmado, era de la capacidad de la ciudadanía para asumir sus propios anhelos, pues eran enormes los intereses contradictorios que incidían en unos países ricos en crudo, ricos en tradiciones y ricos en posición geoestrátegica mundial. Con Murchel Jeremías conectaba menos que con los otros dos, pero le tenía por persona noble y cabal, capaz de defender hasta el extremo sus ideas, aunque receptor de todo lo que pudiera rectificar su parecer si le convencían esos argumentos; por ello habían acordado la primera vez que se conocieron en un congreso contrastar en el futuro sus pareceres, intentando compaginar en los elementos de sus respectivas culturas los contenidos universales de verdad y error, de objetividad y subjetividad, de lo coyuntural y lo estructural que subyacía en los debates sobre los cambios sociales que se demandaban en los países de la región.

Con todos esos pensamientos Jeremías ahogó la soledad de las horas que siguieron al almuerzo de pasta, pan y hamburguesa que le trajeron a la celda al poco de regresar de su interrogatorio. Ese volar del pensamiento terminó por que se manifestara su agotamiento mental reduciéndole con el paso de las horas a una situación de letargo que propició terminar quedándose dormido, aunque era lo que a la fuerza quería evitar. Perder el contacto con la realidad le parecía peligroso, aunque lo cierto es que en la soledad no padeció en ningún momento la mínima señal de peligro. Sólo el ojo que se asomaba a la mirilla de vez en cuando le indicaba que estaba vigilado, lo que su mente alternaba en interpretar con sensación de protección y de control. Al despertar observó con ansia el reloj, y calculó que había dormido aproximadamente una hora. Eran ya las ocho de la tarde cuando de nuevo le trajeron una bandeja con unos sandwiches, una pieza de fruta y un vaso de té. Cenó despacio, como si pareciera que así saciaría mejor el hambre hasta el amanecer, en que le trajeran, supuso, algo de desayuno como el día anterior. Durante ese rato le invadió la melancolía por la distancia a su hogar, donde su familia igualmente estaría sufriendo de incertidumbre por él y por el futuro. Un día había transcurrido y le parecía que esas pocas horas le habían alejado miles de kilómetros, cuando estaba a poco más de una docena de cuadras de su casa. Comparaba y se sentía mucho más dejado a la suerte que cuando hubo de ser trasladado y atendido de urgencia en un hospital de Jerusalén por un cólico nefrítico.
 
 

CAPÍTULO QUINTO

A primera hora de la mañana siguiente, poco después de consumir el desayuno que le trajeron, a Jeremías le condujeron a una sala habilitada en el núcleo de calabozos donde le esperaba la letrada Gumiel. Esta se interesó por su estado y si el trato que estaba recibiendo durante la detención era correcto. Le indicó que el gremio de abogados de la ciudad la había designado por turno para su defensa, si bien en cualquier momento del proceso podría cambiar a un letrado de su confianza, si lo tenía, y que ella misma, si lo deseaba, podía actuar de enlace. Luego le indicó que a las tres de la tarde estaba citado para declarar en la fiscalía de la ciudad, por lo que le conducirían allá.

Jeremías la interrumpió para preguntar sobre lo que realmente le interesaba, que era más información sobre la acusación que pesaba sobre él.

-- ¿Puede detallarme en concreto de qué se me acusa, y las circunstancias que lo origina?

-- Señor Arrabal, la información detallada se la facilitarán luego, en la fiscalía, que es quien coordina de momento la petición internacional que pesa sobre usted. Lo que a mí me han comunicado es que se trata de un asunto turbio relacionado con espionaje y tráfico de armas. Se le relaciona en conexión con una banda de la que hay indicios que trafica con armamento sumamente peligroso.

-- Pero yo no sé absolutamente nada de ello. Nunca he mantenido el más mínimo contacto con ningún grupo mafioso o guerrillero; ni tampoco conozco que ningún colega, amigo o colaborador lo sea.

-- Eso es por lo que esta tarde se va a interesar el fiscal. Si usted no conoce nada, dígaselo. Lo que le aconsejo, y para ello he querido que tuviéramos esta breve reunión, es que le aclare cuanto pueda las circunstancias y motivos de sus relaciones con cualquiera de por quien se interesen en la fiscalía. Lo peor es intentar callar algo, pensando que es lo que le pueda complicar, pues esas lagunas son las que siembran la duda al fiscal, y le puedo asegurar que no tiene usted mucho margen de confianza, por la gravedad del caso. Si considera que existe algo difícil de contar, le recomiendo que me lo diga con confianza, por si puedo ayudarle.

-- Es que no hay nada. Nada de nada. Usted me escuchó lo que declaré ante el comisario, y es que no hay más. Las tres personas por las que me interrogaron no son más que buenos conocidos, con quienes intercambio información profesional, y a lo mucho se puede decir que por el trato desde años a alguno le podría considerar amigo, pero nunca he sabido nada de ninguno de ellos que me pudiera hacer siquiera sospechar que pueda estar involucrados en algún asunto delictivo.

-- El problema es que es tan común que los detenidos nieguen cualquier incumbencia con lo que se les acusa, que el fiscal le va a tratar como si la razón no la tuviera usted, sino la policía, la de aquí y la de allá, desde donde procede la orden de detención y el requerimiento de investigación. Quizá me diga usted que sea un procedimiento inadecuado con la presunción de inocencia que protegen las leyes, pero la fiscalía asume principalmente el papel de protector del orden público, por lo que sin menoscabar formalmente esa presunción de inocencia van a intentar justificar motivos para proceder a su inculpación. Por ello le insisto en que es absolutamente decisorio que no muestre usted contradicciones que puedan inducir a dudar de su credibilidad.

-- Si supiera los pormenores de las acusaciones iría más tranquilo; porque así, para quien nunca se ha enfrentado a ningún requerimiento de la justicia, le aseguro que no puedo responder de mi comportamiento. Intentaré estar lo más integro que pueda, pero comprenda que ser acusado de algo que no puedas demostrar su falsedad, porque lo que no existe no admite demostración, es para que te sulfures y pierdas el control.

-- Es lo que van a buscar, no le quepa duda. Y el fiscal del distrito es especialmente tozudo y sagaz.

-- ¿Qué podemos hacer?

-- Yo, poco, o más bien nada. Todo depende de usted.

-- Pero son ellos los que tienen que demostrar la acusación.

-- Eso será más tarde, en el juicio. Ahora basta que puedan acreditar indicios razonables, para que siga el procedimiento. Por eso, su suerte inmediata depende de su capacidad para convencer al fiscal de su inocencia.

-- Sólo cuento con mi palabra.

-- Y con ella poder desmontar las pesquisas que informan desde allá y que el fiscal, en principio, admite como razonables. Recuerde bien los correos que ha tenido, los temas tratados en ellos con cada uno de sus interlocutores en el extranjero, en especial por quienes se interesó el comisario, pero también le pueden preguntar por cualquier otra relación. Lo importante, le repito, es que no haya contradicciones entre su declaración y los datos objetivos que puedan figurar provisionalmente como indicios inculpadores. ¿Si quiere consultarme algo? aproveche, esta tarde yo estaré presente, pero apenas es posible que le pueda ayudar, salvo que advierta algo del procedimiento que no se ajuste a derecho.

-- Es qué no sé siquiera que decirle. Que dudo hasta que nadie pueda haberme implicado, yo creo que tiene que haber algún error de interpretación o de transcripción en algún documento para que algo delictivo pueda hacer referencia a mi persona. Sin conocerlo comprenderá que se me hace imposible sugerirle que me ayude en cualquier exposición.

-- Le entiendo. Yo sólo quería trasmitirle que estoy a su disposición.

-- Una pregunta: ¿Usted me cree culpable?

-- Para mí comprenda que eso no puede ser más que una pregunta retórica, pues apenas le conozco. Cuando escuche sus respuestas a la fiscalía como profesional me haré una idea. Lo único que le puedo asegurar es que yo sí creo en la presunción de inocencia. Luego, con más frecuencia de lo que pueda creer, me toca admitir lo difícil que es mantener ese criterio. No obstante, un defensor será siempre su mejor aliado para intentar la resolución a su favor del conflicto. De esto último, no le quepa duda. A propósito me cabe recordarle que tiene el derecho a no declarar o no contestar a las cuestiones que le formule el fiscal, pero siempre aconsejo que sólo es práctico acogerse a ese derecho en caso de culpabilidad. Cuando se sabe uno inocente, como usted, decir la verdad y toda la verdad normalmente no complica el proceso, y ayuda a reforzar la confianza en uno mismo. Nos encontraremos esta tarde.

Gumiel avisó a los vigilantes, quienes acompañaron a Jeremías a la celda, indicándole  por el camino que si quería afeitarse, asearse, tomar una ducha, podían solicitarlo en cualquier momento para ser conducido a una cabina dispuesta para ello. Jeremías agradeció esa atención y concertó hacerlo hacia media mañana. Ahora prefería, indicó, reposar un rato y reflexionar sobre lo que le había indicado la letrada.

* * *

La declaración ante el fiscal fue penosa para Jeremías. Además de la solemnidad de la sala, impresionó su ánimo de forma continuada la condición de delincuente peligroso que le asignaban los gestos y los rostros del fiscal, sus ayudantes y la policía que le vigilaba. Le condujeron esposado y esposado estuvo durante todo el interrogatorio, que tuvo que soportar de pie. Al comienzo las preguntas que le hizo el fiscal fueron similares a las que escuchó del comisario el día anterior, aunque le solicitaba respuestas más precisas y claras, lo que Jeremías no acertaba a comprender, pues creía que tenía que hacerse explicar y lo intentaba del modo que mejor sabía, recordando lo que le había indicado su abogada. A cada respuesta el fiscal replicaba exigiendo fechas, descripción de lugares, contenidos minuciosas de conversaciones, horarios de las llamadas..., detalles que se agolpaban en la mente sin que Jeremías pudiera ofrecer una respuesta segura, pues se referían a hechos de hace años, y aunque poseía una buena memoria al responder temía confundir datos que le pudieran comprometer por su inexactitud, como de hecho ocurrió con alguna equivocación que apreció el fiscal e inmediatamente le reprobó como si estuviera intentando disimular la verdad, algo que en ningún momento pretendió Jeremías.

Cuando lo solicitó, le facilitaron beber agua cambiándole la posición de los brazos, anteriormente esposadas la muñecas en la espalda, para tenerlos ahora del mismo modo pero por delante, en cuya posición podía valerse para beber en un vaso de plástico que un vigilante le rellenaba según lo agotaba. A los cincuenta minutos de declaración, le permitieron un receso de diez minutos, en los que se pudo sentar, pero no descansar, pues estaba sumamente asustado ante la rigurosidad con que le trataban, al tiempo que intentaba recomponer sus ideas sopesando, por lo que le cuestionaban, el contenido y gravedad de lo que le imputaban.

Cuando se reanudó el interrogatorio no bajó la agresividad del fiscal, al menos así lo sintió Jeremías, porque sus indagaciones cada vez se hacían más incisivas, insistiendo pregunta tras pregunta sobre unas claves por él utilizabas bajo las cuales transmitir las indicaciones pertinentes a sus colaboradores. La finalidad del fiscal parecía partir de poseer una información precisa --que para Jeremías tendría que ser absolutamente falsa o errónea-- la cual pretendía que fuera confirmada por el sospechoso, recurriendo para ello a insistir de una y otra forma para intentar hallar contradicciones que pudieran sostener las sospechas. Poco después el interrogatorio giró en torno a los conocimientos de Jeremías pudiera poseer respecto a una trama urdida para traficar con material radiactivo.

Aunque Jeremías no lo sabía, ya que se mantenía la investigación en el más absoluto secreto, la causa que contra él se estaba instruyendo procedía de que los servicios secretos de una gran potencia habían detectado una alta posibilidad de que en el mercado negro de armamento sofisticado se traficara con una pequeña cantidad de plutonio enriquecido, de origen aún sin identificar; lo que había motivado una escrupulosa alarma en los medios de espionaje de interceptación de mensajes, activando desde hacía meses un minucioso control en todos los canales de comunicación que pudieran afectar a los países sospechosos de intentar hacerse con ese peligroso material. De ahí que, habiendo sido marcado en una criba electrónica un correo entre Jeremías y Murchel como sospechoso de contener una referencia encriptada sobre el asunto, hubiera una intención premeditada de retener e investigar a fondo a los implicados en la sospecha, pero sin trasladar a la sociedad la alerta, pues lo cierto es que no existía constancia segura de la autenticidad de esa transacción, la misma que anteriormente ya había surgido en varias ocasiones, aunque nunca había llegado a ser ni confirmada ni rotundamente desechada.

El interrogatorio siguió hasta un total de dos horas, sin que el fiscal pudiera obtener ninguna confesión de Jeremías, quien agotado insistía en su inocencia y absoluto desconocimiento de las cuestiones que le proponían. Una y otra vez se aferraba a la naturaleza profesional de sus contactos con todas las personas con las que trataba en la zona de Oriente Medio, igual que lo hacía con otros historiadores del resto del mundo, para lo cual intentaba relatar algunos de los temas más asiduamente tratados, que el fiscal le cortaba indicándole que no se desviara del contenido estricto de las preguntas que se le hacían. Sin poderse explicar y sin ninguna relación con lo que se le indagaba, Jeremías se sentía acorralado sin explicarse por qué se le trataba de aquella manera por más que alguno de sus colegas pudiera estar enredado en un asunto grave. Presentía que le intentaban agotar, para acumular pequeñas contradicciones y suspicacias del olvido que aducía en algunas respuestas, para con todo ello magnificado justificar una resolución premeditada de falta de colaboración con la justicia. La verdad, consideraba en su interior, ellos estaban bien curtidos en su trabajo, mientras él, sin experiencia alguna, era víctima propicia en sus la manos.

Al final de la declaración le condujeron a una celda de la fiscalía, donde transcurridos cuarenta minutos, su abogada bajó a comunicarle que el fiscal había decretado para él la prisión incomunicada sin fianza, por lo que sería trasladado al penal de Vatén, situado a unos veinte kilómetros de la ciudad de Abierta.
 
 

CAPÍTULO SEXTO

Eva no pudo visitar a Jeremías en la cárcel al haber ordenado el fiscal la incomunicabilidad de la prisión preventiva. Elvira Gumiel, como abogada, era la única persona autorizada para visitar a Jeremías, y ella asumió en aquellos momentos la responsabilidad de servir de enlace entre el recluso y su familia. Para ello se puso en contacto con Eva, quien, acompañada del hijo mayor, la visitaron en su despacho llevándole, como habían acordado por teléfono ropa, menaje de aseo, un libros y algo de alimentación; era lo que Gumiel por su experiencia sabía que podía pasar el control estricto de los enseres autorizados que podían facilitarse desde el exterior a los presos estando en régimen de incomunicación.

-- ¿Cómo se encuentra Jeremías? --preguntó Eva a Gumiel.

-- ¿Cómo quiere que se encuentre? Muy afectado, pero con todo lo que está pasando hay que reconocer que se sostiene en pie --respondió Gumiel.

-- ¿Pero de qué le pueden acusar?

-- Es un tema muy delicado, del que incluso yo estoy llena de dudas. Jeremías insiste en su total inocencia, pero es que hay pruebas, bueno --corrigió Gumiel--, indicios de posibles pruebas que pudieran complicarle la existencia. Tampoco yo estoy autorizada a decirle más, por el carácter secreto que se ha impuesto sobre la investigación. Sólo le digo que va a necesitar mucho apoyo y  ayuda. Sólo les puedo recomendar que todo lo que inviertan en su defensa puede ser determinante.

-- Pero yo no sé a quien acudir. Intentaré hablar con sus compañeros de la universidad. El problema es que como no sabemos de qué se le acusa, tampoco nos es fácil explicarnos.

-- Es un proceso penal. Cuenten con que yo lo voy a llevar adelante con todo mi leal saber. El problema es que los procedimientos aquí en Ocean son lentos, y en todos los pasos el criterio de la fiscalía prevalece, que, aunque teóricamente instruye de forma independiente a la policía y demás partes acusatorias que pueda haber, ya sabe usted que con frecuencia se muestra excesivamente celosa del interés público, como si los acusados no formaran parte de ese colectivo. Lo que sí puedo revelarle es que aquí no hay acusación particular; se trata de un tema de prevención de la seguridad pública relacionado con actuaciones profesionales de su marido con extranjeros. Bueno, es cuanto puedo decirle; al menos, hasta lo que yo sé, no existe víctima alguna.

-- ¿Cuándo le podremos ver? --pregunto Amando, el hijo.

-- Cuando le levanten la restricción comunicativa.

-- ¿Cuánto puede tardar eso?

-- Depende del curso de la investigación y del talante del señor fiscal. Mientras, seré yo el enlace para lo permitido.

-- ¿Cuánto nos cobrará usted por su trabajo?

-- Depende de los haberes de la familia. Si no pasan de unas cantidades fijadas por la ley, la asistencia letrada del acusado corre a cuenta de la administración pública, si la renta familiar o el patrimonio supera esas cantidades deberé pasarles minuta según el baremo del gremio de abogados. En cualquier momento pueden elegir quien me sustituya, pero de momento lo que no deben es dejar a Jeremías sin asistencia, pues ya ven que somos el único enlace que la autoridad no puede restringir. Por mis honorarios no tengan preocupación, lo importante es que él se sienta asistido. No les quepa duda de que si  me corresponde facturarles llegaremos a un acuerdo en la forma de pago, si es preciso lo aplazaríamos a cuando Jeremías recobre su libertad.

-- Estamos tan confundidos. Ha venido todo como un tornado. Yo ni me hago aún a la idea de lo que nos está ocurriendo. Por las mañanas a veces creo que ha sido una pesadilla, pero no, la realidad se hace palpable.

-- Nos toca esperar acontecimientos. El señor fiscal está esperado que la policía le pase determinada información que tiene que llegar del extranjero. Cuando la pueda estudiar posiblemente mejoren las condiciones de prisión, incluso solicitaremos la libertad condicional si es que persiste la acusación del fiscal.

-- ¡Oh! Si le pudiéramos tener en casa, aunque estuviera en arresto domiciliario, todo sería distinto.

-- Pero eso puede tardar en llegar. No quiero trasladarles expectativas vanas.

-- La entendemos --intervino Amando--. ¿Entre tanto, puede llevarle una carta nuestra?

-- Mientras esté decretada la incomunicación, no es posible pasarle ningún documento escrito. Incluso en el libro que permiten llevarle comprobarán que no pueda llevar ninguna nota manuscrita. Tan sólo me puedo permitir trasladarle su ánimo y decirle que ustedes están bien y con muchas ganas de verle.

-- Dígaselo, por favor. Intentamos transmitirle nuestra fuerza a distancia --concluyó el hijo.

-- Pregúntele si conviene que le facilitemos a usted alguna documentación que pudiera haber en casa, claro que él no sabe lo que la policía se ha llevado en el registro --Eva se corrigió a sí misma.

-- Es que comunicación intermediaria que pueda incidir lo más mínimo sobre al caso no está permitida a nadie, ni siguiera a mí trasladarla. Eso incluye hablar de documentos, personas, etc. Sólo aquella documentación que el acusado argumente existir para su defensa, y la fiscalía considere pertinente, es la que se puede aportar a la causa. Mi labor procesal está en ver y callar, trabajando entre tanto con los recursos jurídicos pertinentes.

-- Es que este no poder hace nada desespera --añadió Eva.

-- Lo sé --replicó la letrada Gumiel.
 
 

CAPÍTULO SÉPTIMO

Jeremías fue conducido en un coche cerrado desde la fiscalía a la prisión de Vatén. Allá se siguió el procedimiento reglamentario de desnudarse, cacheo, ducha y desinfección. Al tratarse de un preso incomunicado fue trasladado directamente a una celda de aislamiento. La misma era muy parecida a la de los calabozos de comisaría, pero tenía más amplitud, existía un catre con colchón, una mesa y una silla, en una esquina un inodoro y un lavabo, ambos metálicos. Un ventanuco enrejado en la parte superior permitía pasar algo de luz natural. Al menos --pensó Jeremías-- sabría si era de día o de noche. Le habían suministrado ropa de estancia penitencial, aunque también le permitieron conservar la que traía puesta. Las paredes tendidas en gris, la puerta en gris, la escasa luz, todo parecía previsto para abatir la moral del recluso, como realmente actuó sobre Jeremías al quedarse solo en aquella nueva celda y saber del régimen de incomunicación que se le había impuesto. ¿Por cuanto tiempo tendría que estar así? Si era hasta que se aviniera a firmar lo que le cursara la policía judicial, habría para tiempo, pues él no estaba dispuesto a conceder nada que pudiera complicar la propia inocencia y la de los conocidos que pudieran estar como él padeciendo injustamente.

¿Y si alguno de sus contactos en Oriente Medio estuviera realmente implicado en tráfico de armas? Entonces sí que tenía un grave problema, porque cuanto dijera lo tomaría la autoridad como si le estuviera encubriendo; aunque también podrían llegar a entender que él necesariamente no tendría por qué saberlo, como era la verdad. ¿Y si le pedían colaboración como topo para llegar a desenredar ese asunto que parecía ser tan importante? Eso sería peor, pues podría ser utilizado como una marioneta al ser un neófito en ese campo de operaciones. Con estas cuestiones que le venían a la cabeza una y otra vez pasaban las horas hasta que le asaltaba otro pensamiento: ¿Cómo sería para él a partir de ahora la vida en prisión? Como todos, había visto filmes en que se trataba la vida penosa de las cárceles; especialmente dura para quienes la pisaban la primera vez, más sabiéndote inocente y que nadie posiblemente te crea, porque si ni la policía ni el fiscal hacían caso de tus alegaciones, como se la iban a creer los compañeros de celda o prisión que te sabían culpable, aunque fuera de modo preventivo, pues, como todos ellos, allí nadie estaba por ser bueno.

Su temor a lo por venir aumentaba pensando en la situación que quedaba su familia. Aunque el trabajo de Eva como anestesista en un hospital garantizaba los ingresos necesarios a la familia para sobrevivir, quedaban algo justos para permitir la conclusión de los estudios de sus hijos. No obstante, su mayor desconsuelo provenía de pensar el apuro moral que les abocaba su condición de recluso. Siendo la sociedad de Ocean proclive a los prejuicios, de modo particular en el interior, sabía que las familias respectivas, especialmente la de su mujer, tan pronto como les llegara noticia de los acontecimientos relativos a su situación se convertiría en el centro de todas las conjeturas posibles, las más negativas, y muchas, dado la escasa información que había sobre su caso, vinculándole al tráfico de las drogas, pues, estando la mayor parte de la delincuencia relacionada a esos delitos, eran los que dominaban el subconsciente de la mayoría de la población. Su preocupación se dirigía más a esa posición de compromiso que iba a envolver a los suyos, pues él mismo seguía considerando que tras muchas desventuras terminaría por imponerse la contundencia de su honradez.

Entre ese galopar de preocupaciones, amontonándose unas sobre otras como si requirieran la prioridad de su mente, le sirvieron en la celda de comer, de cenar, lo que suponía de alguna manera un paréntesis en sus cavilaciones. A la vista de las viandas que le traían su cuerpo se debatía entre alimentarse y repudiar la comida, no porque esta fuera insana, sino porque la inapetencia le dominaba como peculiar respuesta del sistema nervioso. Como le dejaban la bandeja sobre la mesa, probaba bocado, se levantaba de la silla, daba una vuelta por el cubículo, comía otra poco de pie, intentando relajarse, pues a veces le dominaba la sensación de que dando vueltas en el reducido espacio de que disponía equilibraba con ese ejercicio el tedio que le consumía por su incapacidad de acción; cuando volvía a echar la mirada sobre el resto que contenía el plato, se sentaba de nuevo intentando convencerse de que aunque no tuviera apetito debía alimentarse, considerando necesaria la nutrición para mantener viva la mente y poder defenderse.

Su defensa, que en un primer momento le pareció inapreciable por la seguridad de ser objeto de un error policial, con el sucesivo enredo en que se veía atrapado empezó a considerarla como un recurso fundamental. No obstante, él no era perito en leyes, ni nunca había precisado de su auxilio, por lo que se encontraba despistado de cómo y a quién recurrir. Tanto en algunos momentos pensaba que le bastaba con la letrada Gumiel, como en otros momentos le invadía la angustia de suponer que ella pudiera formar parte del círculo que le atosigaba. Por un lado su comportamiento le parecía inseguro, además era como si no se sintiera por ella respaldado, como si dudara de su inocencia; claro que también consideraba que pocas razones él le había ofrecido para que ella pudiera creerle. Ese no saber qué hacer le producía desasosiego;  de alguna manera el tener todas las horas, del día y la noche, exclusivamente para pensar no suponía una mayor eficacia deliberativa, pues el no poder comunicarse con los demás para contrastar ideas y requerir consejos suponía un continuo poner en duda cada idea con otra que la superaba o contradecía, sin llegar a tener claro cuál era la que realmente podía serle eficaz.

Esa soledad que a veces como profesor de historia gustaba de tener para poder trasladar la imaginación y suponerse en el lugar y tiempo de los hechos, ahora se daba cuenta que sólo era eficaz para el estudio, aunque incluso para ello se requería escudriñar la opinión vertida en artículos y ensayos de los críticos ideológicamente más distantes. Esos recursos de consulta que palian la soledad del pensador él los tenía vetados por un aislamiento tal que suponían de hecho cercenar prácticamente toda su defensa, por más que la ley le prestara el recurso de un letrado bien intencionado.

El aislamiento que llevaba semanas padeciendo le hicieron añorar la lejanía en que había quedado su familia de sangre como consecuencia de las diferencias entre sus hermanos y Eva respecto al reparto de la herencia, tras el accidente de automóvil en el que fallecieron sus padres hacía seis años. Cuando él y su hermana pequeña tuvieron que elegir, según un criterio tradicional en la región que daba a elegir a sus hijos entre la inversión para sus estudios en una buena universidad o heredar la hacienda si se dedicaban a trabajar en ella, los dos eligieron que se les diera estudios, mientras los otros dos hermanos unieron su porvenir al de la plantación. Con la dedicación del padre y los hijos, que pusieron en regadío todas las huertas y optimizaron la logístico para la distribución de los productos agrarios, el negocio de la hacienda se multiplicó, de modo que a la muerte de los padres valía considerablemente más de lo que los hijos pudieran haber esperado. Jeremías aceptó de buen grado el pacto que hizo con sus padres y hermanos, pero Eva, que sí esperaba heredar de sus padres, no aceptó el acuerdo y el testamento de la familia de su marido, porque consideraba que el valor económico de la propiedad que heredaban los hermanos de Jeremías superaba en mucho la inversión que sus padres realizaron para los estudios de su marido y su cuñada. De este modo, aunque Jeremías le certificó la veracidad de los antiguos compromisos familiares, ella sostuvo siempre que los otros se habían beneficiado de la herencia valiéndose de coacciones. Eva argumentaba no pretender nada para ella, haciéndose valedora de los derechos de sus hijos a la herencia de los abuelos. Ahora, que Jeremías había probado la disciplina de la soledad, lamentaba la marginación por el reproche de sus hermanos al arrugarse a la presión de su mujer.

En esa monotonía de consideraciones consigo mismo cuando estaba despierto, un comer sin ganas y un dormir intranquilo transcurrieron los siguientes días.
 
 

CAPÍTULO OCTAVO

Constantino Juppé ocupaba la cátedra de Penal en la Facultad de Derecho de la Universidad Libre de Abierta. Habiendo sido informado por profesores comunes de la detención y prisión provisional de Jeremías, quiso interesarse en el caso ya que le había tratado en algunas reuniones y trabajos conjuntos que habían realizado tiempo atrás en el rectorado de la Universidad. Conocidos los escasos detalles ciertos que se sabían sobre el caso, y las muchas especulaciones que como rumores críticos crecían en los ambientes universitarios, es especial en las facultades humanísticas, decidió enterarse del domicilio de Jeremías para informarse de primera mano y poder considerar ofrecerle las posibilidades de su colaboración.

Tras presentarse por teléfono brevemente a Eva, la que le recordó haber compartido mesa hace tiempo en una cena homenaje por la jubilación de un profesor, quedaron para visitarla y hablar sobre la defensa de Jeremías.

Eva sintió como si se aliviara una de sus mayores preocupaciones, pues aunque en los días posteriores a la visita que le había hecho la letrada Gumiel había intentado algunas gestiones para encontrar una defensa de garantía para su marido, no había conseguido hallar ningún apoyo de solvencia. La llamada de Constantino le despejó la mente, pues consideró que un afamado catedrático era un recurso adecuado para abrir camino en su incertidumbre.

Al día siguiente Constantino se acercó al domicilio de la familia Arrabal-Miscal. Eva, que le esperaba en el salón, salió de inmediato a abrir.

-- Buen día, Constantino. Que alegría poder tenerte en estos momentos tan duros para nosotros.

-- Buen día Eva. Ahora recuerdo perfectamente cuando nos presentó Jeremías. ¿Cómo estás?

-- Te diría... fundamentalmente desconcertada. Han sido tantas cosas absolutamente inesperadas en tan pocos días, que aún ni sé si me reconozco. De pronto ha sido como si hubiera habido acontecimientos de varios meses o quizá años, y sólo han pasado nueve días desde que se llevaron a Jeremías de casa. Es que no puedo ni pensar. Me cogí tres días de permiso en el trabajo, pero he vuelto porque necesito salir de esta ratonera donde sólo hago dar una y otra vez vuelta a lo mismo. Casi ni me ocupo de mis hijos, porque no hacemos más que preguntarnos e inventar respuestas, aunque hasta ahora no disponemos de ninguna certeza.

-- Por eso, cuando me he esterado, he venido por si os puedo ser de ayuda. Si un caso así nos embota a los profesionales, cuanto más a quienes no estáis acostumbrados a ello.

-- Te lo agradezco con toda el alma, porque me encuentro perdida.

-- En primer lugar infórmame con detalle de todo lo que sabes.

-- Todo empezó de repente, cuando estando nosotros ya acostados escuchamos un porrazo sobre la puerta y ruido como si entraran personas. Jeremías salto de la cama a ver qué pasaba, y se encontró con unos hombres que le sujetaron y le arrojaron al suelo. Mis hijos fueron testigos; yo entre tanto en el dormitorio di la alerta por teléfono a la policía. Al poco me dijo mi hijo Sansón que eran policías que estaban deteniendo a Jeremías. En pocos minutos se le llevaron. De algún modo me sentí más sosegada cuando supe que no eran delincuentes. Luego fuimos a la comisaría del distrito, y de allí después de muchas averiguaciones nos indicaron que a Jeremías le habían conducido a la Comisaría Territorial de Información. LLegamos allí, mis dos hijos me acompañaron, era noche cerrada, y tras muchas solicitudes conseguimos que nos confirmaran que Jeremías estaba allí, que se encontraba detenido, que no nos podían decir más y que lo mejor era que nos fuéramos a descansar y volviéramos al día siguiente en que nos facilitaría más información.

-- ¿A la Comisaría Territorial de Información?

-- Sí, allí estaba. Al día siguiente nos indicaron que ha sido detenido por la vinculación a una trama relacionada con tráfico de armas en un país del Mediterráneo Oriental, o por ahí.

-- Algo de eso es lo que he oído comentar en la Facultad. Desde luego no es un asunto menor.

-- De allí al día siguiente lo llevaron a la Fiscalía, y el fiscal ordenó su prisión preventiva e incomunicada. Eso lo hemos conocido por la abogada de oficio que le está asistiendo, y quien es la única persona con autorización para verle.

-- Si, es el procedimiento.

-- Pero es que yo de esa mujer no me fío.

-- Será una letrada designada por el gremio. El gremio procura favorecer la independencia de la profesión. ¿Cómo se llama?

-- Elvira Gumiel.

-- No la conozco. A veces da la casualidad que han sido alumnas mías. En cualquier caso yo vengo a ofrecerte mi plena disposición, como si Jeremías fuera mi hermano.

-- ¡Oh! Cuando Jeremías lo sepa se llevará una enorme alegría. No te puedes figurar el inmenso favor que nos haces.

-- Para ello debemos firmar una minuta de asistencia, comunicárselo a Elvira y tramitar la sustitución ante la fiscalía.

-- Ella me trasladó su plena disposición a ceder el trabajo a quien yo contratara.

-- Es lo pertinente. ¿Te dejó el teléfono ella?

-- Sí. Lo tengo aquí apuntado.

-- Ya me pondré en contacto con ella.

-- Y te permitirán ver a Jeremías.

-- Sí. Relevaré a la letrada Gumiel a todos los efectos.

-- ¡Qué bueno! Dime, aunque sólo sea un cifra aproximada ¿de qué orden son tus honorarios?

-- Eso ya lo trataré con Jeremías. Así que no te preocupes en absoluto. Lo importante es hacernos con el caso y mantener periódico contacto con él.

-- No sabes cuánto te lo agradezco.

-- Estoy seguro que todo debe ser un error. No creo que él se haya metido voluntariamente en un lío; hay que ir con tiento, porque puede que alguien le haya jugado una mala pasada. Intentaré mantener una conversación con el fiscal del distrito. Le conozco, es un hombre duro y exigente, pero confío que me ponga al corriente del contenido y la gravedad de la acusación.

-- ¿Y la incomunicación la pueden mantener muchos días?

-- En casos muy especiales sí. Mientras el fiscal suponga que poder pasar un mínimo mensaje pueda entorpecer el grueso de la investigación, la mantendrá. Una vez haya hablado con Jeremías es cuando empezaré a saber lo que conviene hacer.

-- No te he dicho que vinieron a casa a hacer un registro y se llevaron la computadora de Jeremías, y carpetas y papeles que tenía en el cuarto que usa para trabajar.

-- Solicitaré una copia del acta de registro, para intentar que Jeremías me indique la información que pudiera contener cada una de esos objetos.

-- Si necesitas algo y no me localizas en casa puedes hablar con mi hijo Amando, o con el más pequeño, Sansón. Te dejo el número de mi celular.

-- Esta es mi tarjeta, con todos los teléfonos donde me puedes localizar. Cualquier cosa que pudieras conocer, por irrelevante que te parezca, me la dices. Te tendré informada cuando pueda ver a Jeremías.

-- Te estoy muy agradecida por el interés que te has tomado.

-- Te tengo que dejar, pues he de estar en la Universidad en media hora. Seguimos en contacto.

-- Muchísimas gracias por todo.

Eva lo acompañó hasta la puerta, allá le despidió con un beso de cumplido. Cuando Constantino se alejó, Eva consideró la suerte que le había sobrevenido sin buscarla, pues Constantino no figuraba entre los amigos próximos de Jeremías, de quienes había recibido buenas palabras pero pocas determinaciones concretas de ayuda.

Esa noche Eva durmió mejor.
 
 

CAPÍTULO NOVENO

El fiscal del distrito citó al comisario Rosmal para una entrevista. Este se presentó el día siguiente en la oficina de la fiscalía del distrito.

En Ocean la investigación de las causas recaía en la fiscalía del distrito donde se había cometido un delito; en el caso de una solicitud de extradición o de una investigación dirigida desde el extranjero recaía en la fiscalía territorial del domicilio del ciudadano denunciado, fuera cual fuera la causa del procedimiento. Para el juicio, si procedía, existían tribunales especializados de acuerdo a la materia a enjuiciar. Por ello la intervención del fiscal era decisoria para cada caso, pues sólo de él dependía, tras tomar declaración al acusado, valorar la consistencia de los cargos aportados por la policía o el denunciante, iniciar la instrucción del proceso tomando declaración a testigos, ordenar diligencias y concluir imputando, si procedía, los cargos pertinentes adjuntando la petición de pena por los mismos.

El fiscal del distrito donde residía Jeremías, Horacio Sambolio, era un hombre severo de mediana edad, algo temido por los ciudadanos y respetado por jueces y policías. Llevaba veintidós años en el cargo, doce en ese distrito, y tenía fama de que a quien imputaba por delito los jueces le condenaban; algo que no era muy común en todas las fiscalías, ya que, al no estar especializadas por materias, a veces la imputación de la culpa decaía en el juicio ante la pericia de unas defensas superespecializadas en cada tipo de delito.

Sambolio y Rosmal profesionalmente se habían tratado poco, pues no era frecuente que la fiscalía estudiara casos competentes de la Comisaría Territorial de Información. No obstante, se conocían por haber coincidido participando en seminarios y cursos sobre práctica criminalística. Rosmal, consciente de la responsabilidad que le incumbía, quería ganarse a Sambolio para que, a pesar de la inconcreción de los argumentos que podía presentar contra Jeremías, lo mantuviera retenido mientras desde el exterior aportaran dictámenes más completos y pruebas que pudieran justificar su juicio o extradición. De alguna manera, del comisario Rosmal dependía la muestra de solvencia de la policía de Ocean en un caso al que la inteligencia internacional prestaba inusitado interés.

El asistente de Sambolio acompañó a Rosmal al despacho y les dejó solos, mientras escuchó de su jefe la indicación de que nadie les molestara.

-- Pasa, pasa, Bruno --cuando estaban solos se trataban por el nombre de pila--. Me alegro de verte.

-- Igualmente, Horacio. ¿Mucho trabajo?

-- No te puedes figurar. Aunque no sea así, parece como si el distrito se hubiera multiplicado por dos en los últimos cinco años. No sé si es que ha aumentado la delincuencia o es que se denuncia más. Si continúa esta tendencia pronto habrá que dividir el distrito, porque por mucho que nos esforcemos la capacidad de nuestro equipo es limitada, y ya sabes lo difícil que es conseguir del Gobernador cualquier recurso extraordinario.

-- Es que las fiscalías deberían especializarse, como estamos en policía. Nunca he podido comprender cómo puedes atender casos tan dispares.

-- ¡Incluso alguno tan raro como el que me has traído!

-- A nosotros también nos ha venido del cielo. Ese exhorto de la justicia Egipcia, atendiendo a la denuncia de sus servicios secretos, sobre actividades supuestamente delictivas en ese país de un ciudadano libio y las vinculaciones del profesor Arrabal al mismo nos ha sorprendido tanto como exigido ser tan responsables con el mismo como nos gusta que en el extranjero se atienda y facilite nuestras investigaciones.

-- Sin duda es un caso tan extraño como importante. Pero hasta ahora los indicios no se sostienen más que en dictámenes de servicios de interceptación occidentales, que, aunque se puedan considerar los más fiables del mundo, no por ello deja de ser requerimiento necesario el detalle de la prueba que detectan y su trascendencia real.

-- La trascendencia para la seguridad mundial parece evidente .

-- Pero si el detalle de la prueba no lo tenemos, la justicia no puede actuar, por mucho que se nos asegure que existe.

-- Ahí aparece el escollo. Quienes han descifrado el mensaje no admiten suministrar ninguna información del medio utilizado, para preservar el secreto de sistema que emplean. Eso impide justificar ante el juez la realidad del contenido que se denuncia, aunque haya quien cree que debiera bastar con que se avalara por parte de la autoridad militar correspondiente la verificación de ese trabajo.

-- Somos una autoridad judicial civil, no militar, y no estamos en estado de guerra. Sólo vale la prueba, y para ello se necesita conocer el texto sobre el que se ha detectado el mensaje secreto, y la certificación pericial del sistema como fiable.

-- Aquí sólo tu y yo sabemos que el mensaje en clave detectado refería: "Verificado plutonio abonar compra". ¿Te parece poca evidencia para sospechar y detener a quienes estaban en el ámbito de la comunicación?

-- Bruno, aún no me has presentado el método de como se ha obtenido; si no me aportas más datos que den verosimilitud a la realidad de la trama y a la existencia real del plutonio, difícilmente puedo estructurar una acusación que pueda prosperar en el juzgado. No olvides que los días corren y las seis semanas máximas de prisión preventiva se agotan. Apórtame pruebas que clarifiquen los vínculos del profesor Arrabal a la supuesta trama.

-- Estamos revisando la documentación requisada en su domicilio y en su trabajo --replicó el comisario Rosmal.

-- Si realmente existe vinculación deberán existir más documentos en los que aplicando el mismo método de desencriptación o descifrado se hallen otros contenidos que arrojen luz sobre el caso.

-- Pero ahí surge el problema de que estamos con las manos atadas de que sólo contamos con la información que nos remiten desde Egipto. Sin conocer las claves nosotros poco podemos hacer aunque revisemos muchos contenidos trasmitidos.

-- Muy probablemente si les han pillado un mensaje es porque les han filtrado otra mucha correspondencia. Allá debería haber algo más.

-- Pero ese control se escapa de nuestras manos. Los servicios secretos ajenos no sueltan prenda.

-- Pues entonces que no pidan colaboración si no se fían de nosotros --replicó el fiscal, algo airado.

-- Por nuestros servicios secretos estamos recibiendo plena colaboración, pero pocos resultados. Ni siquiera hemos logrado conocer la identidad de la fuente originaria del hallazgo; sólo se nos ha transmitido, y con mucho misterio, que el origen de la interceptación procede de una solvente fuente de un país integrado en la defensa occidental.

-- Quizá allá la justicia requiera menos certidumbres. Lo que te insisto es que con lo que me pasas no tengo suficiente materia como para mantener encerrado al profesor. Vosotros veréis lo que podéis hacer en estos días que falta hasta que se complete el periodo de prisión preventiva que podemos dictar la fiscalía. Lo que te digo no es que se cierre la causa, sino que si no me aportas alguna prueba de más entidad, no cursaré la demanda al juez, lo que no quiere decir, como bien sabes, que se cierre el caso en la fiscalía, sino que simplemente sigue en trámite de investigación.

-- Pero el preso en la calle puede desaparecer, lo que nos dejaría en el más absoluto ridículo.

-- Eso es vuestra responsabilidad, la privación de libertad de un ciudadano no se puede extender por sospechas, por muy graves que sean, sino por certezas probatorias para el criterio de la fiscalía y el juez.

-- Intentaré hacer lo que pueda.

-- Mantenme informado.

-- Lo haré.

Bruno Rosmal se marchó hacia su despacho desalentado porque la exigencia del fiscal le dejaba pocas posibilidades de retener encarcelado a Jeremías Arrabal. Si finalmente tenía dentro de pocas semanas que ponerle en libertad, temía que desde los ministerios de orden, exteriores y defensa cargaran contra él, porque le gustara o no era el responsable directo de la forma en que se desenvolvieran los acontecimientos. Él, consideraba, tenía que aprovechar esa oportunidad excepcional, porque fuera de los asuntos de los cárteles de la droga poco acontecía de relevante en su comisaría; ahora tenía entre manos un asunto de trascendencia internacional, pero desde fuera no le facilitaban las cosas, por lo que tenía que inventarse algo para aportar a Sambolio que le permitiera justificar ante el juez la solicitud de prisión incondicional de Arrabal, aunque fuera comunicada, pues Rosmal creía que lo que Arrabal pudiera mandar hacer no era de gran trascendencia, incluso controlando sus comunicaciones es posible que pudieran averiguar más.

Con estos pensamientos llegó a la antesala de su despacho, donde su asistente le indicó que el inspector Talbo había dicho que le avisara a su llegada, pues tenía una importante información que comentar.

Rosmal avisó a Talbo, que se presentó de inmediato a su jefe.

-- Nos han confirmado del laboratorio una nueva: En el registro de la casa de Arrabal se ha descubierto una decente cantidad de droga.

-- ¿Cocaína? ¿Heroína?

-- Coca, my pura, un kilo. Escondida en la caja torre de una vieja computadora desechada que estaba en un rincón del desván. Por fuera parecía llevar años sin usar, pero el interior de la torre estaba limpia, sin apenas polvo, y con el paquete dentro. Al principio se pensó que podía ser polvos de los que hace años se usaban para absorber la humedad del interior para que no afectaran a los dispositivos, tal como estaba el paquete cuando lo hallaron me avisaron, y sin abrirlo, como está recogido en la grabación, lo remití al laboratorio, para preservar la cadena de custodia. Hace un rato me han remetido el informe: Puedes leerlo.

Rosmal leyó detenidamente en la pantalla de un visor que le facilitó Talbo el informe mencionado. Luego levantó la vista, la fijó en los ojos del inspector, y dijo:

-- Droga. No es exactamente de nuestra incumbencia su investigación, pero sí averiguar si existe relación con el asunto del tráfico de armas. En cualquier caso de momento nos puede servir  para retener a Arrabal. Hazme un informe lo más detallado posible, con los vídeos que no dejen ninguna sospecha de haber violentado la cadena de custodia. De los demás objetos investigados, ¿qué se puede decir?

-- De todo lo demás, nada de nada. Si en los correos hay algo cifrado, aún no se ha podido descubrir. Los contenidos son todos propios del trabajo del profesor. Todavía nos queda mucho por leer, pero lo revisado hasta ahora ni siquiera levanta sospecha.

-- Lo más importante en este momento es que la droga hallada nos puede permitir satisfacer al fiscal con un motivo serio e incontestable para mantenerlo en prisión; eso nos deja margen para que los de allá terminen su trabajo. En estos casos siempre hay alguien que acaba cantando.

* * *

Pasados dos días, cuando el comisario Rosmal tuvo la documentación preparada, se acercó a visitar en la fiscalía a Sambolio, y hacerle entrega de una solicitud de encausamiento contra Jeremías por tenencia de droga en cantidad apropiada para el comercio. En la documentación constaba la cadena de custodia, incluyendo los vídeos de apertura y sellado, así como los códigos de barras correspondientes a los precintos utilizados en cada paso, como era el protocolo establecido en los reglamentos de Ocean.

Años precedentes, cuando se habían multiplicado los delitos de tráfico de estupefacientes, la justicia invalidó varios procesos porque la policía no justificaba adecuadamente que la droga decomisada perteneciera a los acusados. Incluso en algún juicio la defensa alegó la posibilidad de que la misma policía hubiera creado pruebas falsas para acusar a los detenidos. Esto desembocó en que se aprobaran criterios muy detallados de como operar desde el decomiso de la mercancía hasta su presentación, cuando procedía, en el juicio.

Sambolio se sorprendió cuando Rosmal le presentó el expediente con la nueva acusación a Jeremías, pero rindió sus reticencias ante los detallados datos que en el mismo se indicaban de la cadena de custodia y resultado de la analítica del laboratorio. Ahora había una causa con prueba para solicitar la prisión de Jeremías hasta la celebración del juicio, aunque antes de remitir la documentación al juez debía tomar declaración a Jeremías para que aclarara su relación con la droga encontrada en su domicilio, y si ello mantenía alguna relación con la investigación anterior abierta contra el preso, pues dependiendo de que se pudiera vincular esa relación o no correspondería tramitar la acusación ante un juzgado u otro. Rosmal y Sambolio entendieron que, debido a las fuertes penas contempladas en la legislación de Ocean para la represión de la droga, lo más probable es que el juez decretara la prisión provisional durante los meses que pudieran mediar hasta la celebración del juicio.
 
 

CAPÍTULO DÉCIMO

Unos días antes de descubrir la policía la droga, habiéndose Constantino Juppé hecho cargo de la defensa de Jeremías, pudo entrevistarse con él en la cárcel. En esa primera entrevista le puso al corriente de lo que había podido averiguar sobre su causa en una conversación que mantuvo con el fiscal. Allá Sambolio no le mencionó la trascendencia que el plutonio añadía a la causa, sino le habló de una banda de tráfico ilegal de armas sofisticadas en la que presuntamente Arrabal estaba implicado, al menos en labores de coordinación. Le indicó la existencia de los informes de los servicios secretos egipcios y de las personas con que se le relacionaba en función de unos correos adjudicados a Arrabal, en los que se transmitía información precisa.

La reunión se realizó en una sala especial para los presos incomunicados, en la que a través de un grueso cristal y un intercomunicador pudieron hablar sin presencia de los funcionarios. Esa sala reservada al contacto de presos con sus defensores no tenía sino una cámara de seguridad que visualizaba el lado de la mampara al que se accedía desde el pasillo de las celdas, mientras que a la parte de los letrados se accedía desde un acceso restringido en la zona de las oficinas de la prisión. Para el paso de algún documento entre los letrados y sus clientes existía empotrado en la mampara un torniquete de seguridad. La entrega de ropa y otros utensilios que pudieran remitirles los familiares se gestionaba por el letrado en las oficinas. De este modo se encontraron Constantino y Jeremías después de llevar varios años sin verse.

-- Lamento tener que recibirte en un sitio así --le dijo Jeremías cuando Constantino se acomodó frente a él al otro lado de la mampara.

-- Ya siento todo esto que te está pasando. Lo estoy sufriendo como si fuera en propia carne. Cuando supe lo que te ocurría me puse en contacto con Eva, porque pensé que quizá pudiera ser de ayuda.

-- Esa disposición tuya ha sido providencial. Nunca podré pagarte el favor que nos haces. Cuando Elvira Gumiel me trasladó tu nombre como el elegido por Eva para mi defensa me sorprendió que ella hubiera contactado contigo, hasta que me aclaró, porque se lo había dicho Eva, que fuiste tú quien te personaste en casa para ofrecer tu posible colaboración.

-- Me puse a vuestra disposición para lo que hiciera falta. Eva se alegró, me dijo que andaba despistada y que me agradecía con toda el alma la posibilidad de que me encargara de tu defensa. Ya ves, aquí estoy a tu entera disposición.

-- Me figuro que te habrá contado Eva algo de este embrollo.

-- Sí, me relató pormenorizadamente como empezó todo la noche de tu detención. De lo siguiente me relató confundiendo cosas entre lo que le habían dicho en comisaría y lo que le había comunicado mi colega Gumiel. De todas maneras, he podido hablar con el señor fiscal, y me ha aclarado los motivos de la detención y la prisión provisional por él decretada hasta tener los datos completos del requerimiento de la autoridad judicial egipcia.

-- Lo primero que quiero aclararte es que no yo no tengo parte alguna en el embrollo en el que me encuentro metido. Al principio pensé que me confundían con otra persona; luego me fui dando cuenta de la gravedad de las acusaciones que se formulaban contra mí por algo supuestamente contenido en un documento que he compartido con otras personas; o bien el documento se ha trucado después de yo haberlo remitido, o existe un error de interpretación, porque nunca de mi mano ha salido la menor referencia al tráfico de armas ni a la más mínima vinculación con gente mafiosa o terrorista.

-- Eso es lo que necesitamos esclarecer, porque puede ser desde que haya habido una suplantación de personalidad en internet, hasta que pudiera ser, incluso, una intromisión de los servicios secretos de cualquier país para presionar a alguna de tus amistades para utilizarla como cebo de alguna operación. En cualquier caso, si no existe dentro de tres semanas acusación formal y fundada ante el juez, tienen que ponerte en libertad, aunque pueda proseguir la investigación y te restrinjan alguna libertad, como la de viajar al extranjero.

-- Tres semanas todavía. No sé si las podré aguantar.

--¿Cómo no?

-- Es que me están volviendo loco. No sé si alguien con esa intención habrá montado todo esto, pero el efecto lo estoy padeciendo sea cual sea la causa. De pronto: apartado de tu familia, apartado de tu trabajo, encarcelado, denigrado, incomunicado.. y todo ¿en razón de qué? En una pesadilla te despiertas y ves que todo era un sueño, pero es que esto es una tremenda realidad que puede machacarme hasta hacerme papilla. No sé si en tu profesión esto acontece con frecuencia, y crea callo en la mente, pero para un neófito en las lides judiciales a quien tan injustificadamente le viene encima algo así, te aseguro que es como una losa que va aplastando moralmente como si el fin fuera anularte por extenuación de la resistencia anímica.

-- ¿Te han tratado correctamente?

-- Físicamente sí. Moralmente, no. Porque no sé aún qué puedo haber hecho mal para que me puedan tener aquí.

-- Es esa presunta relación con quienes puedan tener algo que ver con el tráfico de armas en un entorno tan delicado como el polvorín de Oriente Medio.

-- Pero yo soy un historiador totalmente al margen de esos acontecimientos. Recopilo datos para sustentar posibles tesis que se confirmarán, o desecharán como absurdas, dentro de decenas de años. No estoy ni con oriente ni con occidente, ni con el norte, ni con el sur. Si en algo incido en ese torbellino es puro accidente de mi interés profesional. Nunca he entrado en política, ni en negocios sucios, ni en contacto con mafias, ni siquiera ansío el reconocimiento profesional ni el dinero.

-- A mí no me tienes que convencer de eso. Hace suficiente años que te conozco. Lo que tenemos que conseguir juntos es convencer de ello a quienes administran la justicia. Para eso estoy aquí.

-- Perdona si me exaspero, pero a alguien le tengo que trasladar mi frustración.

-- Dime, ¿alguien más en tu entorno tiene relaciones con conocidos comunes que puedan estar implicados en el caso? ¿Más en concreto, algún otro en tu entorno conoce a Tamid, Murchel o Soborroc?

-- Que yo sepa no. Ni siquiera yo sabía que entre ellos tres tuvieran relación. Claro que el que yo no lo sepa ni sospeche no quiere decir que no la haya.

-- ¿No recuerdas de nadie de aquí que se haya interesado por tus posibles contactos allá?

-- No. Sabes que soy reservado. No recuerdo haber comentado nunca nada sobre eso con nadie..., bueno, nada en concreto, porque generalidades respecto a lo que pasa allá puede que incluso las haya comentado con alumnos. Ten en cuenta que acontecimientos tan recientes no se encuentran recogidos en el programa oficial que en las clases impartimos. Incluso posiblemente en ninguna tesis doctoral se esté investigando nada al respecto. Para los historiadores, incluso los de contemporáneo, las situación actual no reúne perspectiva histórica para su oportuna discusión. Otra cosa es que a mí me interese saber en función de una perspectiva de futuro, como igual creo les ocurrirá a muchos otros profesores de sociología, políticas, etc.

-- Está bien. De todas formas si te viene a la cabeza alguien que pudiera haber interferido tus correos, me lo dices.

-- El problema es que como no sé a qué correos se refiere la acusación, ni sus contenidos, no te puedo asegurar si corresponden a lo que yo haya escrito.

-- Eso no es problema, ya que para que el juez pueda confirmar la prisión provisional tiene la fiscalía previamente haber incluido esos datos en la instrucción, y en ese momento podremos verificar si de verdad los cargos que te imputan corresponden a documentos tuyos o no. A partir de ese momento sabremos si la defensa se debe dirigir a cuestionar el descifrado que alegan o la autenticidad de los documentos, y el grado en cada caso de tu posible responsabilidad.

-- ¿No te parece que en todo esto existe algo como misterioso?

-- Es que los asuntos en que intervienen los servicios secretos, la policía y la justicia de varios países se va con mucho tiento. Hay que tener en cuenta que puede haber intereses cruzados, además de que las distintas legislaciones nacionales ralentizan los trámites. Creo que es favorable que después de aquel primer requerimiento de la justicia egipcia no haya habido otros que confirmaran tratarse de un tema de suma urgencia. Por eso lo más probable es que la fiscalía no pueda elevar el caso al juez, y te pongan dejen en libertad dentro de unas semanas. Así, además de suponerte un alivio dejar la prisión, nos será mucho más fácil trabajar tu defensa.

-- ¿Pero tú sabes lo que supone dos o tres semanas aquí dentro?

-- Ya presentó una alegación muy bien fundada contra la prisión provisional la letrada Gumiel, pero la fiscalía no la ha atendido. Como no se han producido nuevas circunstancias, no se puede presentar otra nueva. No hay más remedio que tener paciencia y esperar.

-- Hablemos de otra cosa: ¿Cómo has encontrado a Eva?

-- Muy contrariada, pero bastante entera. Pidió unos días libres en el trabajo, pero ya se reincorporó. Eso creo que es bueno.

-- ¿Has acordado con Eva los emolumentos de tus honorarios?

-- La dije que ya lo acordaríamos entre los dos. En este momento no quiero hablar de dinero. Me importas tú y tu futuro. Es como si se tratara de un hermano mío. Además esperemos que podamos reclamar al Estado la asunción de las costas. En cualquier caso mi compromiso, para que estéis tranquilos de que no os trato de caridad, es que nunca os minutaría más de lo que hubiera podido pasaros Gumiel de acuerdo a las tarifas mínimas del gremio.

-- Pero tú eres todo un reconocido penalista.

-- Somos amigos ¿o no?

-- En este momento eres mi amigo, mi asidero, mi esperanza y todo lo bueno que de una persona se pueda pensar.

-- ¿Quieres algo para tu familia?

-- Que les mientas un poco, y les digas que estoy mejor de lo que puedes apreciar.

-- No te desanimes. Tengo que dejarte. Nos veremos pronto.

-- Muchas gracias por todo, otra vez más.

-- No hay de qué.

Constantino observó como en el otro lado de la mampara de cristal a Jeremías se le saltaban las lágrimas. Le hubiera gustado ofrecerle un fuerte abrazo, pero tuvo que conformarse con indicárselo por gestos. Luego se volvió y salió del local.

Jeremías retornó custodiado a su celda.
 
 

CAPÍTULO UNDÉCIMO

La nueva causa contra Jeremías por tenencia y tráfico de estupefacientes siguió el procedimiento especial de lucha contra la droga que operaba en el sistema judicial de Ocean; para ello el fiscal acusó provisionalmente a Jeremías como principal responsable del inmueble donde fue encontrada la droga. Para ello hubo una vista en la fiscalía en la que interrogaron sucesivamente a Jeremías, a Eva, a los dos hijos de ambos y a una empleada del hogar que asistía tres días por semana. Todos ellos negaron saber absolutamente nada de la existencia y procedencia posible de la droga aparecida en el interior del viejo ordenador de Jeremías. No obstante, Jeremías, según la legislación nacional antidroga, era presunto responsable como cabeza de familia del delito pasivo de la tenencia, salvo que la investigación posterior determinara otro culpable, aunque no podía ser acusado del delito de tráfico salvo que hubieran pruebas que lo justificaran. Pero la simple tenencia de una cantidad igual o superior a un kilogramo, la que se halló, suponía una pena de entre tres a cinco años de reclusión y la facultad para el juez de control de confirmar la instrucción del fiscal y sus medidas preventivas respecto a la prisión provisional sin fianza hasta la celebración del juicio.

Cuando Constantino Juppé, avisado por la fiscalía, tuvo conocimiento de la nueva acusación contra su cliente y amigo, se apresuró a solicitar para esa misma tarde una entrevista en prisión con Jeremías, aunque por procedimiento no se la concedieron hasta el día siguiente, por lo que aprovechó para enterarse detenidamente en fiscalía de los datos aportados por la policía. Pudo estudiar cómo los detalles de la denuncia explicaban detenidamente cada uno de los pasos del proceso por el que habían pasado las distintas partes del ordenador, desde su embalaje y precinto en la buhardilla, apertura en comisaría, hallazgo del paquete en su interior y precintado del mismo para remitir al laboratorio, hasta el informe de los peritos sobre la entidad del contenido. Todo parecía correctamente ejecutado, sin dejar resquicio para la duda de un profesional de la defensa jurídica. Dado que el fiscal había declarado el secreto del nuevo sumario, no pudo en ese momento dirigirse a Eva para comunicarle la nueva desventura, y recabar su opinión sobre si tuviera alguna sospecha al respecto.

Para Jeremías la nueva acusación supuso una quiebra sicológica importante cuando comenzaban a tener esperanzas de salir de prisión. Él encontraba absolutamente inverosímil que se pudiera haber encontrado en su casa un alijo de droga, aunque hubiera sido de pocos gramos. Nunca había encontrado en ninguno de los de su familia, ni en la empleada que llevaba con ellos más de diez años, el menor indicio de interés por cualquier sustancia de ese tipo; al contrario, todos eran, como él, enemigos acérrimos de un lacra que consideraban el mayor deterioro social de la nación. Por esa razón no llegó a concebir otra causa de esa acusación sino de que se tratara de una treta policial para mantenerle en prisión. En contra de esto, Constantino le explicó que todos los pormenores de la investigación policial parecían coherentes, por lo que les sería difícil su defensa si no encontraban otra razón que aducir a la presencia de la droga en la casa.

Jeremías, que estaba convencido que todo se trataba de la misma increíble y absurda conspiración contra él, no admitía que Constantino intentara considerar otra posible explicación de los hechos. Éste le indicó de que en ningún caso manifestara sus sospechas de un montaje policial en la declaración que le iba a tomar el fiscal, pues podía ser entendida como una forma de justificación absurda a la vista de los hechos, que no podría sino perjudicarle en el proceso posterior. No obstante, Jeremías estaba tan aferrado a su idea que le costaba asegurar que no lo iba a hacer, pues consideraba que frente a tanta acusación absurda parecían sólo dejarle el derecho a patalear aireando su indignación. Por más que Jeremías le aseguraba la integridad de todos los de su casa, Constantino le urgía a repensar hasta hallar un posible resquicio por el que alguien tuviera acceso al desván. Por ejemplo, le proponía que algún amigo de uno de sus hijos hubiera urdido esconder allí aquel paquete, y el hijo por camaradería se hubiera venido a permitir guardarlo.

-- Jamás dudaré de la confianza en mis hijos --le había respondido Jeremías.

-- Pero es una posibilidad --apostilló Constantino.

-- Es crear una sombra de sospecha sobre unos chicos ejemplares. Si vienen contra mí, que sea contra mí solo. Ni remotamente secundaré levantar la duda sobre los que me rodean. ¡Qué más quisieran ellos!

-- ¿Quiénes ellos? --replicó Constantino.

-- Los que buscan my ruina. No sé ni por qué, ni para qué, pero es evidente que alguien persigue mi desgracia.

-- ¿Sospechas de quién pudiera desear eso? Al menos nos valdría como un punto de partida para investigar.

-- Lo peor es que nunca he considerado que nadie pueda tener nada contra mí. Me lo repito ahora una y otra vez, pero no concibo a nadie en mi entorno capaz de desearlo, así que, menos de hacerlo.

- A veces las circunstancias superan todas las probabilidades; causas ajenas y extrañas a veces han generado casuísticas increíbles de implicación de inocentes. Los profesionales las hemos estudiado para estar prevenidos contra lo inaudito. Cuando se puede hablar de ellas es porque al fin se desmadejó la situación. Confiemos, no te cierres sólo en considerar la conspiración policial.

-- Es que es la única solución que me viene a la mente. A ti, ¿no te parece ese hallazgo sospechoso cuando quedan pocas semanas para que me tuvieran que soltar?

-- Me parece una posibilidad, no te lo voy a negar, aunque no tengo pruebas de ello. La defensa tiene que ser siempre sobre argumentos sólidos, no sobre conjeturas. Podría haber otras causas, por supuesto ajenas a ti, que hubieran conducido la droga hasta tu casa.

-- ¿Y si los policías la introdujeron en la caja torre del ordenador antes de llevárselo?

Constantino dudó cómo contestar a la pregunta que su amigo le hacía. En el fondo él también había considerado esa posibilidad, pues no era la primera vez que en Abierta se había descubierto y condenado corrupción policial en favor de las mafias de la droga. Lo que le extrañaba es que aquí, no dilucidándose un tema real de estupefacientes, sino un asunto complejo pero distante de tráfico de armas, pudiera algún agente implicarse en una conducta tan condenable. Esa perspectiva suya como profesional es la que le faltaba a Jeremías, por lo que se esforzaba, sin correspondencia, de hacerle considerar otras posibilidades más verosímiles.

-- Hay policías que pudieran haber estado a favor de hacer ese trabajo si tuvieran perspectivas de un negocio continuado. Para satisfacer a unas autoridades apremiadas sobre cómo actuar, creo que no encontrarían agentes predispuestos a ceder por apenas nada, por mucho que les pudieran dar de recompensa, porque en este caso no hay de donde sacar.

-- ¿Y si actuaron los jefes directamente?

-- Eso no puede ser. Hay un protocolo de registros, y no son los inspectores ni los comisarios quienes pueden llevarlos a cabo; ellos mismos gravan en vídeo el acto del decomiso presuntamente causa del delito. Además Eva o uno de tus hijos acompañó a los dos policías, como costa en el informe del registro. Si no hubieran estado ellos te habrían conducido a ti. He repasado toda la actuación y me parece correcta. Por eso te insisto en que hay que pensar en otras alternativas que alguien haya utilizado.

-- Igual que tú te fías de los procedimientos policiales, yo me fío de la gente mía. Entre nosotros no está el camello, eso te lo aseguro.

-- Sigue cavilando. ¿Algún vecino?

-- ¡Que no! ¡Que no! La conexión está en que el fin es el mismo que lo de mis correos por en internet.

-- Todo es posible. Pero no des por imposible incluso lo más descabellado, y que pueda haber estado delante de tus narices. En cualquier caso este proceso no ha hecho más que comenzar. En unos días te retirarán la incomunicabilidad y tendrás tiempo de hablar largo y tendido con tus hijos y con Eva. Entre todos quizá desenlacéis el corazón del nudo.

Después que se despidieron, Constantino se fue a su despacho en la universidad pensando que quizá su amigo, como la mayoría de los clientes, se consideraba tan inocente que entendía esa forma de ser a los demás de los próximos. De su experiencia penal había aprendido que muchas veces el delincuente está conviviendo con el inocente, y este ni se da cuenta. No es que Constantino tuviera ya una idea formada de quien podría ser el que manejaba la droga, sino un presentimiento de que era uno de los de la casa. Para ello intentaría volver a hablar con Eva, para saber si de la intuición femenina sacaba algo en claro para reconducir la situación y poder obtener, ahora sí, la libertad provisional para Jeremías.
 
 

CAPÍTULO DUODÉCIMO

Con el informe de acusación provisional que presentó la fiscalía, el juez del tribunal número cinco de los especiales contra los delitos relacionados con la droga aprobó la prisión provisional comunicada y sin fianza para Jeremías. Por ello, cinco días antes de que venciera el plazo de que disponía el fiscal para mantenerle incomunicado, dos funcionarios de prisiones le acompañaron a su nueva celda en la segunda galería del pabellón cuarto, destinado principalmente a delitos de robo y tráfico de sustancias prohibidas. Allí le devolvieron su celular, indicándole que podía hacer libre uso del mismo en las zonas y horarios en las que existía cobertura, pues el sistema de seguridad, mediante el control de los repetidores y barredores de señal, limitaba el uso a la telefonía impidiendo el acceso a datos, y sólo estaba operativo en las horas y lugares de descanso hasta cuando se reducían las luces por las noches.

La nueva celda que Jeremías compartía con otros tres reclusos era bastante angosta, pues habiendo sido diseñada para dos personas ahora la ocupaban cuatro, ya que la población penal del entorno de Abierta se había duplicado en los últimos años. Los funcionarios lo conseguían sustituyendo las camas por literas, haciendo varios turnos de comedor y aceptando la aglomeración los espacios comunes, galerías y celdas.

Jeremías se alegraba de ver otra gente con la cual hablar, al mismo tiempo que soportaba una tremenda inseguridad por como iba a ser el trato con gente tan distinta a él. Al menos allá, en la celda calabozo donde había estado retenido algo más de un mes, disponía de cierta conciencia de seguridad, que pensaba perdía al tiempo que la totalidad de la intimidad. ¿Cómo serían los compañeros con los que tendría que compartir las veinticuatro horas del día? Cuando llegó a la celda no había nada más que uno, tumbado en lo alto de una de las literas, que se adelantó a indicar que la cama inferior de la otra litera es la que había quedado libre hacía un par de días, información que llevaban apuntada los vigilantes de prisiones que acompañaban a Jeremías. Como sólo había dos armarios empotrados le tocaría compartir uno de ellos con el recluso que dormiría sobre él. En un rincón existía un lavabo inodoro metálico, enfrente dos sillas y un diminuto tablero de cemento bruñido que, con el tamaño más propio de una amplia repisa, hacía funciones de mesa. En el muro al exterior, entre las cabeceras de las literas, delante de la tupida reja ventilaba la habitación una tela mosquitera montada sobre un marco metálico. Como aún no era mediodía, los otros dos compañeros de celda estaban faenando en sus trabajos.

A Jeremías le indicaron los funcionarios de prisiones que la comida a los de esa galería se servía en el comedor 2 a la una. De cinco a ocho podían salir al patio. La cena a las ocho. Recuento y recogida en las celdas a las nueve y media. Por la mañana, recuento y desayuno a las siete y cuarto. El resto de la jornada del día se podía dedicar a trabajar, acudir a la biblioteca, descansar en la sala de televisión, mantenerse en la celda y pocas más cosas, pues fuera de las ocupaciones laborales había muy poco con lo que entretenerse en aquel penal. Como de los demás detalles de supervivencia le irían advirtiendo los demás reclusos, los funcionarios le dejaron sin más.

Jeremías posó sobre su lecho la ropa de cama que le habían proporcionado, sus mudas,  una carpeta con papeles y una bolsa de aseo, que era cuanto tenía en prisión. Se sentó a los pies de la cama y tanteó si su compañero de celda estaba de buen ánimo para hablar.

-- Mi nombre es Jeremías Arrabal.

-- Ismael. Llevo aquí veinticuatro meses y  me quedan siete. Me cogieron sacando droga en mi barco de pesca. Mala suerte, era la primera vez que lo intentaba. Me quedé sin la pasta y sin libertad. Me ofrecían más de lo que saco faenando un año en la mar. Era una tentación, pero alguien debía estar al tanto y dio un chivatazo. Tú, ¿vienes de la calle?

-- Llevo como un mes entre el calabozo de comisaría y abajo, en la zona de incomunicados. Me acusan de algo que no sé ni siquiera de qué se trata y de una trampa que me ha tendido la policía para retenerme aquí.

-- Pero ¿algo habrás hecho? Si no quieres no digas nada, aquí respetamos la intimidad de la vida pasada, pues hablar a veces es contraproducente. Hay demasiados oídos que te pueden perjudicar y nada de lo que cuentes te va a servir para mejorar tu consideración.

-- Ya me figuro que cada uno tiene su historia.

-- Y su revés de fortuna. Los con suerte están fuera, aunque hayan hecho lo mismo que tú. Lo mejor es buscarte un curro de algo que lleves bien, y dejar que corran los días, los meses, los años.

--  ¿No trabajas? --le preguntó Jeremías al encontrarle a esa hora en la celda.

-- Hoy libro. Ya que en el barco se aprende algo de preparar los alimentos, solicité trabajar en la cocina. Como también se come los domingos, libras un día entresemana.

Jeremías tenía interés por preguntarle sobre los otros dos con los que compartían estancia, pero le resultó un poco impertinente, como si pretendiera sonsacar información. Pensó que era mejor mostrarse prudente. Ya tendría tiempo de conocer y valorar. Depositó en el armario lo poco que traía y extendió las sábanas que le habían proporcionado sobre un colchón que volteó al verlo decorado de manchas fisiológicas, aunque el dorso repetía el mismo aspecto.

La impresión que recibió Jeremías de su compañero de habitación no fue nada negativa. Ismael era más joven que él, le calculó unos cuarenta años. Vestía ropa de calle popular, limpia y arreglada. Por lo que le contó entendió que no era un delincuente habitual, y que, como tantos en Ocean, había cedido a ganar algo de dinero fácil con el tráfico de la droga. En ese momento se dio cuenta de que en prisión habría tanta gente que antes de una pequeña aventura para conseguir dinero llevarían una vida normal. Como yo, pensó, aunque inmediatamente se diferenció, pues no había sucumbido a esa clase de aventuras, sino que el destino estaba jugando con él.

-- Si quieres lavarte, funcionan las duchas durante el día. Están en la planta baja de la galería, al fondo. Ahora hay poca gente. A las cinco, cuando termina la jornada laboral es cuando más se acude. Te da tiempo antes de bajar a comer.

-- No me vendría mal, pero no me apetece. --Contestó Jeremías, quien prefería no ir solo por ahí, sino esperar y dar los primeros pasos por la prisión acompañado de Ismael, que parecía se brindaba para ello.

Más tarde bajaron, comieron, estuvieron viendo un rato la televisión. En ese tiempo Ismael le presentó a Jeremías a quien iba a ser su compañero de litera. Sus rasgos le identificaban como oriundo del Asia central, era más joven que Ismael y se identificó como Jean, lo que podía ser también su apodo. Le dijo que trabajaba en la lavandería, explicándole que no era mal trabajo porque, aunque desde fuera pareciera duro, casi todo lo hacían las máquinas, y que así al menos siempre podía ir limpio. Por sus palabras y modo de expresarse podía entenderse que aunque fuera de origen o descendencia extrajera llevaba mucho tiempo en Ocean, porque su vocabulario era perfecto; no obstante Jeremías reconoció en él su posible pasado de adicción a las drogas, pues mantenía una mirada algo perdida y vidriosa; de complexión delgada, en aquel momento vestía el traje de faena que facilitaba la prisión, que era el que normalmente vestían los reclusos en el horario laboral, reservando sus ropas particulares para los tiempos de esparcimiento.

En la salida al patio conoció al tercero de los compañeros de celda. Era un hombre grueso, de nombre Adel, que se presentó como natural de Arginlazú, pequeña ciudad que distaba no más de cuarenta kilómetros de Pistos, por lo que se podían considerar Jeremías y él casi vecinos de nacimiento. Era un hombre grueso, de edad próxima a los sesenta años, que en seguida explicó haber trabajado desde los veinticuatro años como funcionario municipal en Abierta, y que por culpa de terceros se encontraba hoy recluido condenado por una mordida irregular en la que unos cargos políticos, que resultaron indemnes, se llevaron la mayor parte del beneficio, y a él y otros dos funcionarios, que fueron los que menos se repartieron, los condenaron como responsables a un año y medio de prisión, para cubrir a los demás. De todos modos, afirmaba, lo poco que había logrado lo tenía a buen recaudo, con lo que podría resarcirse para emprender una nueva vida en Arginlazú al cumplir condena.

Esa primera noche en una celda junto a otros reclusos, que tanto quebraderos angustiosos presagiaban las elucubraciones que se había hecho Jeremías, pasó con parecido rigor que las que recordaba de más joven cuando se aventuraba a dormir en los países que visitaba en cualquier albergue que le acogiera; incluso en este caso no tuvo que añadir la precaución de esconder el dinero y la documentación que portaba, pues ni llevaba ningún valor que la pudieran hurtar, ni los compañeros de habitación podían huir tras cualquier altercaro. El momento en el que tras el recuento se corrió la puerta metálica de cada celda, con ese característico ruido metálico que se extendía por toda la galería evocando la reclusión claustrofóbica, supuso para Jeremías una depresiva sensación, que quizá solo superó el momento en el que se apagaron las luces de la celda, que quedó en la penumbra de la escasa luz del pasillo exterior que traspasaba el cristal de la puerta.

El penal de Vatén estaba situado a escasa altitud y alejado lo suficiente de la costa para que la humedad del mar no influyera demasiado sobre un clima que se mantenía durante todo el año con temperaturas benignas que evitaban la necesidad de calefaccionar y usar ropa de abrigo. Se acostumbraba a dormir en ropa interior, cubierto o no con una sábana. Jeremías fue el primero que se desnudó y tendió sobre la cama mirando hacia el entramado de lamas que sostenían el colchón superior. Se dio cuenta que la litera inferior se convertía en un auténtico nicho, que ni resguardaba  la intimidad ni favorecía el aislamiento. Eso al menos no lo había sufrido en la celda de aislamiento. Su mente estaba sensiblemente atenta al comportamiento de los otros tres, a quienes apenas conocía de unas horas y de cuyo proceder quería sacar conclusiones sobre qué clase de personas eran. Tras cerrar la puerta, mientras se preparaban para acostarse se comentó alguna cosa de las que se habían escuchado en los noticiarios de la tarde en la televisión o durante el día en la radio, lo que permitió comprender a Jeremías que se permitía escucharla mientras se trabajaba. Entre algunas alusiones al deporte, varios comentario irónicos sobre la política y las novedades de los espectáculos que se perdían, se desarrolló la conversación, similar a la que se daba en la mayoría de los centros de trabajo a la hora del almuerzo.

Barajando las impresiones del día se entretenía Jeremías, sin que le visitara con premura el sueño; recomponía las escenas que había vivido y llegó a la conclusión que los presos que le habían tocado por compañeros de celda eran idénticos a las miles de personas con las que se cruzaba en la calle cada día en Abierta. Personas normales inclinadas a la delincuencia instrumental como modo de conseguir un nivel de vida que no les permitía el rutinario trabajo de cada día. La corrupción y la droga se prestaban para ello como quizá nunca antes nada lo había motivado, porque comúnmente se interiorizaba que defraudando al Estado o trajinando con la droga no se violentaba a nadie en particular, como lo hacía robar, extorsionar o chantajear. No obstante,
consideró que podía estarse creando unas perspectivas demasiado livianas de lo que era la prisión, pues que en su primer contacto no le produjera malos augurios no cambiaba la realidad de la difícil convivencia que tendría que mantener en un penal que albergaba tantas y tan distintas personas. Esto no era el ambiente en que él vivía en la universidad, y no había sino comenzado a conocerlo. En ese memento se hizo cargo de la situación en que dormía, rodeado de desconocidos, en una habitación pequeña y poco ventilada, que le ofrecía una muestra de olores que nada tenía que ver con los de su hogar, con ruidos continuos porque uno tras otro se revolvían en la cama, teniendo cada uno que hacer sus necesidades en ese rincón sin intimidad alguna y eso mismo noche tras noche hasta el tiempo que los jueces decidieran para él.

Esa resistencia que el cuerpo parecía ofrecerle a dormir, mientras escuchaba que los demás habían cogido el sueño y roncaban con más o menos estrépito, le permitía considerar sus temores, pero también sus amores, pues su mente volaba a aquella alcoba donde Eva dormiría y él estaría acompañándola si no fuera porque el destino estaba cebándose con su resistencia. ¿Dormiría Eva plácidamente? o ¿compartiría con él esa intranquilidad que desvela ante el devenir del futuro? Pensando en ella y en sus hijos al fin quedó rendido al sueño a altas horas de la noche.
 
 

CAPÍTULO DECIMOTERCERO

La nueva situación penal de Jeremías le permitía disfrutar media hora semanal de la visita de dos personas, familiares o conocidos, quienes solicitaban por teléfono o internet la asistencia, que, tras ser comprobada que no había antecedentes policiales restrictivos, se concedía si el recluso no se oponía a la misma. Los horarios de visitas correspondían por turno de acuerdo a un orden alfabético, tal como se publicaba en una lista cada semana, de modo que cada recluso sabía el día y hora que iba a tener visita, con lo que podía pactar por teléfono con los posibles asistentes quiénes le visitasen cada semana. Desde unos meses antes, el reglamento de prisiones había regulado que las personas casadas pudieran tener relaciones íntimas con  sus cónyuges una vez al mes durante dos horas; aunque esas disposiciones disciplinarias de la Dirección Central de Prisiones dejaba cierta laxitud a que el director de la prisión pudiera extender esa concesión a quienes sin estar casados justificaran mantener una relación sentimental con otra persona, y como a veces esto era complicado de justificar, la dirección de cada centro utilizaba su magnanimidad de criterio en función del comportamiento del recluso.

Cuanto le correspondió el primer día de visita, Eva acudió acompañada de Amando, su hijo mayor, a visitar a Jeremías. Ella había concertado con sus hijos que se turnasen cada semana para acompañarla y visitar a su padre. Por una parte esa compañía le ofrecía seguridad, pues ella tenía muchas reticencias a entrar sola en la prisión, aunque fuera a los locales reservados para visitas. La primera vez experimentó la sensación de reclusión al atravesar las puertas correderas que formaban la esclusa donde las visitas eran registradas y cacheadas, a la llegada y a la salida. Los turnos que se sucedían bastantes horas al día permitían que simultáneamente no hubiera más de ocho visitas en una sala compartimentada por mamparas semitransparentes, que permitían a los vigilantes controlar la conducta de los reclusos al mismo tiempo que la comunicación de cada grupo disponía de un cierto grado de independencia.

El primer encuentro entre Eva y Jeremías en la cárcel les supuso cierta turbación, porque habían sobrevenido tantas cosas inauditas en tan poco tiempo, que precisaban una justificación por parte de Jeremías, y demasiada comprensión por parte de Eva. Aunque se habían comunicado por teléfono varias veces los días anteriores, en cuyas conversaciones Jeremías repetía una y otra vez su inocencia de todo lo que le acusaban, culpando a su vez a la policía y a la fiscalía de un complot, por más que Eva hacía por creerle no dejaba de crecer dentro de ella la sombra de la sospecha. Ahora, al menos, se iban a ver las caras, lo que mutuamente podía traslucir cuánto cada uno confiaba en el otro.

Cuando entraron en la sala ya estaba cada recluso en uno de los compartimentos, por lo que Eva y Amando tuvieron que buscar el rostro de Jeremías observando uno a uno a los presentes. Fue Amando el que primero reconoció a su padre que, a primera vista, presentaba un aspecto muy desmejorado, pues, además de que se le habían formado unas llamativas ojeras, Jeremías había perdido seis kilos en cerca del mes y medio transcurrido desde su detención.

Jeremías se adelantó a abrazar a madre e hijo, apretando contra sí al tiempo uno y otro con cada brazo, se intercambiaron besos y le costó retirar los brazos porque llevaba semanas anhelando ese contacto. Un vigilante les indicó que debían tomar asiento a uno y otro lado de la mesa dispuesta en cada compartimento. Acomodados frente a frente comenzaron la conversación.

-- No os podéis figurar lo que os hecho de menos --balbuceó Jeremías, que apenas lograba calmar la emoción--. Al menos ahora podréis saber de mí más que lo que os transmite Constantino.

-- No entiendo por qué no estás en casa --respondió Eva--. No entendemos nada de nada, ni el asunto de los líos con los extranjeros, ni lo de la droga en casa. Acláranos qué pasa, para que sepamos a qué atenernos, sean cuales sean las consecuencias.

Esa salida tan directa de Eva, Jeremías, quien había padecido tantos días de soledad, no se la esperaba. Lo peor es que no podía dar una razón distinta de la que él pensaba, la que sabía que no convencía a nadie.

-- Ya os he adelantado que todo es falso. Si ni yo me explico las causas del despótico destino, como quieres que te las justifique. Sé que soy inocente de todo, y ni siquiera puedo imaginar una razón para que nadie me haya tendido una trampa.

Amando intervino para cortar ese derrotero que tomaba la conversación nada más comenzar.

-- Vamos a dejar eso para luego. Primero dinos: ¿Cómo estás? ¿Qué tal te tratan? ¿En qué ocupas el tiempo?

-- Han sido días muy duros. No se los deseo a nadie. Desconozco, porque nunca lo he padecido, lo que se pueda sentir cuando te dan la noticia de una grave enfermedad. Esto es peor. Es como si te arrancaran a tiras la vida que creías que te pertenecía, la que habías forjado año tras año con trabajo y disciplina. Te pagan con lo que no mereces, sin saber de donde te viene el mal que te acucia.

-- Te comprendo porque para nosotros la vida también ha cambiado como dices --agregó el hijo--. Sólo nos queda la esperanza de que todo se resuelva bien.

-- Va para largo. Tendréis que armaros de paciencia.

-- No nos hables de paciencia, sino de soluciones --intervino Eva.

-- Mamá --intervino Amando--, creo que no es momento de reproches.

-- Déjala --le cortó Jeremías--. Tiene razón. Os debería ofrecer una explicación y resolver la evolución futura de esta situación, como cabeza de familia y por quien ha empezado todo. El problema es que no tengo nada que decir respecto ni a lo primero ni a lo segundo. Una parte importante de mi congoja es el no poder hacer nada.

-- Ni siquiera tienes nada que aclarar de cómo llegó la droga a tu viejo ordenador --le interpeló Eva.

Los tres, a pesar del calor de la discusión, procuraban hablar bajo, para que no les pudieran oír los vigilantes. Los reproches se reforzaban, más que en el tono de las palabras, en la fijeza de las miradas; algo que Jeremías aceptaba compungido, ya que su conocimiento, contradiciendo a su conciencia, admitía que razones no les faltaban a todos para que dudaran de su honestidad.

-- Quien la puso allí sabía que era un escondite que nunca nadie iba a revisar. Yo, como no dudo de ninguno de los nuestros, incluyendo a Riza --la empleada del hogar--, no dejo de suponer, en contra de lo que opina Constantino, de que haya sido la misma policía quien lo haya dispuesto para tenerme entre sus manos.

-- La policía, si obrara así, no lo haría sino por una motivación extrema --añadió Eva.

-- Es que ese lío internacional del tráfico de armas, por lo que he podido adivinar de lo poco que los abogados me han podido contar, sí parece que es sumamente grave. Pero me han complicado basados en interpretaciones sobre unos correos míos que nada dicen de lo que me acusan. Para retenerme en sus manos y que no pueda huir, como podría intentarlo si fuera realmente culpable, es por lo que deben haber recurrido al truco de la droga.

-- Pero ellos subieron acompañados por nosotros al desván, y allí no vimos en ningún momento que manipularan la vieja caja del ordenador antes de que lo empaquetaran, cuando se lo llevaran aduciendo revisar la posible información que pudiera guardar --intervino Eva.

-- Pues igual que cada uno de vosotros, yo sé que no tengo nada que ver con la droga --dijo Jeremías.

-- ¿Ya habéis vuelto a lo mismo? --interrumpió Amando.

-- Hijo, y qué quieres que haga si sólo él es quien nos puede aclarar algo.

-- Os repito que mi problema es no poder ofreceros solución. Espero que Constantino sea capaz de demostrar mi inocencia, si no, estamos todos apañados.

-- Nos arreglaremos mientras tanto, pa. Es que ma está muy confundida, muy nerviosa y muy deprimida.

-- ¿Cómo quieres que esté?

-- Pues que al menos hoy, que podemos ver a pa, pongas buena cara.

-- No valgo para fingir.

-- No discutáis, no vale la pena --sentenció Jeremías.

Eva empezó a llorar, y Amando la abrazó dejando reposar su cara sobra su hombro para que no se la viera así. Jeremías no pensaba que su primera visita se pusiera tan complicada, cuando él sólo había albergado esperanzas de consolación en ese encuentro con los suyos. Pasaron unos momentos de silencio, en que ninguno de los tres sabía bien qué decir para reconducir la situación. El padre intentó cambiar de tema.

-- Estamos cuatro en la celda, y en eso creo que he tenido un poco de fortuna, porque los otros parecen gente aceptable. Nada de lo que esperas encontrar en prisión. Al menos hasta el momento no puedo decir otra cosa.

-- ¿Y qué hacéis durante todo el día?

-- Me han concedido trabajar preceptuando, en un aula que existe junto a la biblioteca, a unos pocos reclusos que estudian grados universitarios por libre, y que por un acuerdo con la universidad los profesores les vienen a examinar a final de curso. A veces no tengo suficientes conocimientos de sus materias concretas, pero siempre puedo apoyarles en la forma de sintetizar y para autoevaluarse de lo que llevan estudiado. Eso me lleva toda la mañana y parte de la tarde. Así pasan los días más deprisa. Luego damos un paseo por el patio, vemos televisión, nos podemos asear en profundidad, escribir, hablar por el celular...

-- ¿Necesitas dinero? --le preguntó Eva.

-- Me queda de lo que me enviasteis mediante Elvira Gumiel con la ropa. Además creo que nos pagan un jornal por el trabajo que hacemos. Con eso espero que me baste, pues tampoco hay mucho en que gastar. Quizá lo único sea que le ofrezcas a Constantino abonarle algo a cuenta de sus honorarios, por más que él se empeñe en decir que ya lo arreglaremos al final.

-- Se lo diré --aceptó Eva, que parecía recuperada de su pesar.

-- Pa, ¿estás muy delgado? ¿No comes?

-- No tengo mucho apetito. Deben ser las circunstancias. No te preocupes, mejoraré.

-- ¿Quieres que te traigamos libros? Cualquier cosa que necesites y permitan pasar, no dudes en pedírnosla.

-- Lo ordinario se puede comprar en una especie de tienda que hay aquí. Así que si preciso algo, ya os lo digo. Estad tranquilos.

Un mensaje de altavoz indicó que quedaban escasos minutos del tiempo de visita. Era un aviso que se cursaba para que los familiares y amigos pudieran despedirse antes de que fueran desalojados del local. Jeremías se levantó, lo hicieron también Eva y Amando, se juntaron en un abrazo, ahora más frío que el inicial del reencuentro, pues había quedado patente para Jeremías las expectativas que presagiaba su mente, y su voluntad rechazaba, de que su familia dudara de su palabra. Empezaba a comprender que los actos de las instituciones judiciales empezaban a pesar más que la confianza que podría haber ganado en tantos años de relación familiar; todo ello ayudado por los muchos casos de corrupción que cada día los medios de comunicación divulgaban de quienes hasta entonces se les tenía por personas con crédito social.
 
 

CAPÍTULO DECIMOCUARTO

Tras esa primera visita de Eva y Amando a la prisión, en las semanas posteriores continuaron parecidas recriminaciones hacia Jeremías por parte de Eva, por lo que Jeremías ya no añoraba el día de visita sino por ver que Eva estaban bien y saber de sus hijos. Sansón, el hijo menor, era el que le proporcionaba más ánimo, ya que discutía con su madre defendiendo su absoluta fe en la inocencia del padre, algo que Jeremías le corregía delante de Eva, pues esa demasiada vehemencia le colocaba fuera de los acontecimientos que fundamentaban la lógica crítica de la madre. Él estaba prendado de que el idealismo del hijo fuera el que concordara con la realidad, frente a quienes, con una visión a su saber más objetiva, cada vez se inclinaban a juzgarle tanto como lo hacían las instituciones públicas. Lo más enigmático para Jeremías era la postura que había adoptado Amando, quien ni le acusaba ni le defendía, como si logrando evadirse de los aconteceres familiares pretendiera morar en una burbuja alentada por sus propias intenciones.

Esa postura de Amando finalmente se evidenció cuando llamó a su padre para comunicarle su decisión de tomar un año sabático en los estudios, e irse a tomar prácticas a India en una oportunidad de trabajo que repentinamente le había surgido. Su padre le reprochó que abandonara en estas circunstancias a su madre, pero ni él ni Eva lograron que recapacitara de una decisión que les comunicó cuando tenía ya concertado su desplazamiento e incluso el pasaje del avión para el martes siguiente. Como era mayor de edad, legalmente nadie le podía impedir viajar, y de ese modo se lo planteó a sus padres como cosa hecha. Sansón y Eva, tras considerarlo más despacio, entendieron mejor que Jeremías que a los veintidós años Amando quisiera poner distancia a un entorno familiar que se estaba volviendo hosco, asumiendo su primera aventura de independencia. Desde su adolescencia Amando se había mostrado mucho más despegado de la familia que Sansón, de modo que los padres, por más que lo intentaron, nunca acabaron de conocer suficiente sobre sus problemas, ni de las relaciones que frecuentaba, especialmente desde que se incorporó a la universidad. Eva siempre interpretaba ese desarraigo desde la peculiar abstracción de un matemático, de acuerdo a los estudios de computación por los que había encauzado su futuro profesional.

La marcha de Amando supuso otro punto de desacuerdo entre Eva y Jeremías, quien desde su celda y por teléfono se supo incapaz de influir eficazmente sobre la decisión de su hijo, que le pareció en todo momento como si quisiera abandonar su responsabilidad de hijo mayor ante las dificultades aparecidas en la familia. Eva, en cambio, defendía que Amando habría hecho lo mismo aunque no hubieran surgido los graves problemas que acuciaban a Jeremías. Más bien, decía ella, la causa de no quedar retenido en Ocean se podrían achacar a que aún no se había  comprometido seriamente con ninguna chica, lo contrario que Sansón, que siendo tres años más joven tenía novia formal.

Para Jeremías la marcha tan repentina de su hijo le supuso un quebradero mental más a añadir a los muchos que le atosigaban. En otras circunstancias le habría animado a hacerlo, pero faltando él del hogar, con el porvenir inmediato oscuro, consideraba que por responsabilidad el hijo debería apoyar a la madre en vez de poner tierra de por medio. Jeremías consideró que esta huida significaba para él mismo el primer aviso de cuánto en poco tiempo podía perder de la autoridad familiar que anteriormente nunca se había resquebrajado. La posición crítica de Eva la justificaba en que nunca le había dado motivos para quejarse, al menos así lo pensaba, cuando ahora aparecía como un delincuente por más que él lo negara. ¿Supondría Eva que todo el tiempo anterior la había engañado, y que el verdadero Jeremías era el que por fin había salido a la luz? Si era así estaba equivocada, pero ¿cómo demostrárselo? Podían pensar que había fallado como marido y como padre, pues incluso Sansón, más pronto que tarde, podría cambiar en cuanto la presión de los demás sobre él abriera una grieta en su firmeza.

Jeremías confiaba en Constantino, pero dudaba si su amigo --porque le trataba más como un amigo que como profesional-- conservaba ahora, cuando había surgido su encausamiento por la droga, la misma certidumbre respecto a su inocencia que mostraba anteriormente con el tema de la demanda internacional de investigación. Para muchos, lo uno comunicaba con lo otro, pues en Ocean era creíble las muchas posibilidades del uso de la droga, incluso como medio de pago en transacciones opacas de naturaleza comercial, espionaje industrial o la más reciente descubierta del uso de la droga como recompensa a sicarios por su actuación criminal inducida. El que tan fácilmente se conectaran ambos delitos le justificaba a Jeremías, más que cualquier otra cosa, que fuera una treta policial, o de terceros actores, para reforzar la acusación que le habían hecho desde el extranjero de sus vínculos con una banda criminal. Lo extraño de un caso de tráfico de armas potencialmente muy peligrosas en Ocean se hacía más comprensible cuando aparecía un factor tan común en el país como eran los alucinógenos, que a las entendederas de muchos le podría situar en el itinerario del pago.

Casi todas las semanas, Constantino aparecía por el penal para al menos, si no tenía ninguna noticia judicial que ofrecer, acompañar a Jeremías y comprobar su estado de ánimo. Esta vez acudió con intención de aclarar con su cliente la posición que debía tomar en el tema de la investigación última que se la había abierto. Como él seguía apostando por la inocencia de Jeremías, quería convencerle de la necesidad de que admitiera la posibilidad de que alguno de sus hijos pudiera estar implicado en el caso. El desplazamiento repentino a India de Amando le parecía que podía estar relacionado con la acusación que se hacía a su padre; de modo que si, como él concebía probable, ese viaje suponía una huida, la causa más probable no fuera cubrir a un cómplice sino una implicación personal, cuyo pavor a poder ser detenido le habría determinado a poner tierra de por medio.

Tras los habituales saludos y comentarios que hacían respecto al estado de salud y ánimo, Constantino se decidió a plantearle la única estrategia de defensa posible que pudiera conducir a la libertad de Jeremías.

-- Te ruego, por favor, que además de tus ideas respecto a que te han tendido una trampa, admitas otras posibilidades a investigar por qué en tu casa apareció la droga. Al menos como una posibilidad, pues si tú no das el paso decidido a ello, para todos es como un reconocimiento de tu culpa. Deja y colabora que podamos encontrar al menos indicios, para con ellos impulsar una investigación policial que en la medida que dé frutos te liberará de la acusación.

-- ¿Me estás pidiendo que implique a Eva o a mis hijos para liberarme yo de la acusación? Sabes que no lo haré, aunque me hubieran venido sospechas, que no las tengo.

-- No te digo que culpes a nadie, sino que colabores en descubrir la verdad.

-- Pero ¿por qué he de actuar contra de mis convicciones?

-- Porque puedes estar equivocado, como todos. Si sabes que tú no has sido, eres el único que para ti debe quedar fuera de sospecha; de los demás, aunque te cueste admitirlo, todo cabe, en especial de los que viven contigo en casa y de quienes tienen acceso a la misma.

-- Comprende que, con lo que estoy pasando siendo inocente, lo último que puedo desear a alguno de los míos es complicarle en algo semejante.

Constantino en ese momento se sintió intimidado a comentarle la sospecha que abrigaba sobre el comportamiento de Amando. Tras un minuto de silencio, en que se cruzaron miradas contradictorias, se dio cuenta el letrado de que aunque fuera difícil y doloroso su obligación estaba en revelar las sospechas que como experto había concebido.

-- Me sorprende que tu hijo mayor se haya ido de repente tan lejos. Me parece como si quisiera alejarse de un peligro. Quizá sabe algo que por vergüenza o por autodefensa no se ha atrevido a confesar. Es algo, aunque sea poco, que deberías aceptar como posible, y recabar de la policía su investigación.

-- No estoy dispuesto a que su decisión de marchar pueda implicarle por mi conveniencia. Claro que la policía, y tú, y todos los demás podéis sospechar de él, pero yo no. El que no le honre haberse alejado de su madre en las presentes circunstancias no me vale para que menoscabe la confianza que le tengo. Por ahí, no paso.

-- Si no quieres que la policía le implique, al menos accede a que una investigación privada pueda averiguar si en su entorno, no te digo que directamente a él ahora donde esté, han existido razones para fundamentar la sospecha. Nadie tiene un kilo de estupefacientes en casa para consumir, ni nadie consume sin que entre los suyos pasen desapercibidos los efectos. Comprende que el chico pueda tener alguna relación, aunque sea menor, por la que tú no tienes derecho a pagar, siquiera porque te roba una honra que los tuyos merecen.

-- Te comprendo, Constantino, pero es que desde tu posición se ven las cosas de modo distinto a la mía. Implicar a cualquiera de mis hijos, aunque sea mínimamente, es unirles a mi destino judicial final. ¿Cómo no sería entendido por muchos como una complicidad mutua en el caso de la trama internacional? Qué quieres, ¿qué al final nos impliquen a la familia entera? Lo mejor es no dejar siquiera que reine en los fiscales esa posible sospecha. Si hay que padecer, que no se complique más la cosa.

-- No te estoy encareciendo más que busquemos la verdad. Descubrir lo cierto puede que sea lo que vaya aliviando todas las sospechas sobre ti. Te lo digo por experiencia procesal: Los jueces y fiscales no escapan a su subjetividad, y ser sospechoso de un delito facilita serlo de más. Soy de la opinión que esa ley que inculpa en principio al cabeza de familia por el mero hecho de que se requise droga en su casa no es muy legítima, pero se dictó para evitar que queden impunes tantos delitos cuando nadie dice saber nada de lo acontecido. Puede llegar a compararse con disponer de un rehén; pero la ley lo estableció así precisamente para que forzar a confesar, aunque a veces suponga que pague el menos culpable.

-- Tendré que asumirlo esperando que, como no he hecho nada malo, se aclaren las cosas y, aunque sea tarde, se imponga la justicia.

-- Pero este no es tu sitio. Estar aquí no puede sino hacerte daño; igual que a los tuyos. Al final, eres tú el que estás facilitando que te mantengan retenido, como bien dices que es el máximo interés de la policía.

-- Sácarme, o está en tus manos, o posiblemente tenga que cumplir una pena injusta. Lo que de ninguna manera voy a tolerar es intentar aliviar mi destino a costa de implicar a los demás de mi familia.

-- El problema no es ese --insistió Constantino--, el problema está en que realmente esté implicado alguno de ellos. ¿Crees, si fuera así, que viviría tranquilo un hijo tuyo sabiendo que su padre está purgando una pena que le corresponde? Jeremías, no se trata de ser héroe, sino de conseguir desenredar la madeja que cada vez más te aprieta. La justicia al final aquieta las conciencias, vivir con remordimiento es lo peor.

-- Me parece que tus buenas intenciones incluyen enredarme para avenirme a tu parecer. ¿Qué quieres que te diga? ¿Que vale? Pues no.

Siguieron unos momentos de silencio cruzándose las miradas. La de Constantino era la del desencantado, pues abrigaba la esperanza de hacer recapacitar Jeremías, porque seguía convencido que sólo esa rectificación en su cerrazón permitiría aclarar una verdad crucial que podría dar la vuelta a todo el caso. La mirada de Jeremías unía el agradecimiento con el derecho a decidir él lo que creía era lo mejor. Para no interferir a su amigo en su labor profesional añadió:

-- Te agradezco todo lo que estás haciendo por mi. Si sientes que te ato las manos, puedes renunciar a la defensa. Me hago cargo que la responsabilidad es sólo mía. Te seguiré teniendo por la persona que más me ha ayudado.

-- No está en juego mi prestigio profesional. Lo único que me importa eres tú, ya que pienso que ni siquiera eres consciente de cómo esto está afectando a tu vida.

-- Demasiado lo sé y lo sufro.

-- Temiendo que mantuvieras esa posición me planteé acordarlo con Eva, pero luego me dije que no era noble obviarte. Haré lo que pueda respetando su criterio. Si cambias de opinión, me lo haces saber, aunque sólo sea encargarme de gestionar unas investigaciones previas, de las que tú conozcas en primer lugar el resultado. Luego, con más luz, decides.

-- De momento lo dejamos así. Si, como me propones, recapacito, lo sabrás.

Se despidieron, a pesar de la contrariedad de criterios, cada uno más convencido de la nobleza del otro.
 
 

CAPÍTULO DECIMOQUINTO

Las semanas siguientes de convivencia carcelaria le fueron mostrando a Jeremías la crudeza que la reclusión lleva aparejada. Aunque su primera impresión respecto a los compañeros de celda no fue tan negativa como esperaba, poco a poco se le fue evidenciando el peso de la soledad que cada recluso padecía por vivir en una comunidad artificial, la que les privaba de la propia por naturaleza y elección. Esa melancolía de no poder disfrutar de lo suyo no la enmendaba la amistad forzada de los compañeros de reclusión, por mucho tiempo que se llevara. El pensamiento estaba mucho más influido por lo ausente que por lo presente, porque las genuinas conexiones seguían siendo las que, como sueños, ataban la existencia a los afectos que permanecían en el exterior. Eso marcaba cada nueva relación en prisión, que parecía concertarse con fecha de caducidad, con interés limitado y condicionada a no querer saber más del otro de lo que deseara mostrar.

Ismael, acostumbrado a la inmensidad de la mar, sentía claustrofobia entre los muros de la prisión. Su conversación giraba de continuo sobre sus artes de pesca y sus viajes. Hablaba bien de cada lugar, pero en especial le gustaba Japón, a donde con frecuencia viajaba para descargar mercancía. Hubiera deseado conocer en su juventud a una chica japonesa, y haberse trasladado a vivir a aquella tierra, pero le conquistó una joven natural de Ocean, con la que había tenido cuatro hijos, que, como él, se dedicaban a la mar, los dos mayores enrolados en la marina mercante, las dos más pequeñas trabajaron con él --produciendo tanto como el varón más ducho, decía de ellas con orgullo-- hasta que se casaron y se inclinaron a faenas más compatibles con la atención a la familia. Esa nostalgia de su mar le hacía parecer que estaba siempre deprimido, con una visión negativa y rencorosa hacia la sociedad, que le había condenado por el único error que había cometido en su vida. Con Jeremías se llevaba bien, pero no tanto con los otros dos compañeros de celda, de quienes decía que habían empleado su vida en vivir de la trampa, por lo que apenas había trato entre ellos, salvo el rutinario comentar de la comidilla de la galería.

Jean declaraba sin pudor haber sido traficante y consumidor de droga desde su juventud. A sus treinta y dos años era la tercera vez que le recluían en prisión. Las dos anteriores había seguido un programa de desintoxicación, que le valió mientras estuvo encerrado, pero tras su doble salida, al cumplir la pena, había reincidido, pues, como él confesaba, no sabía hacer otra cosa que ganarse la vida con el menudeo del comercio de la mariguana, el hachís y la coca, y trabajando con ello era casi imposible no consumir. Intentaba en vano ganarse la confianza de Jeremías, a quien tenía por traficante distinguido, y como daba clases en prisión, se le ofrecía para, en cuanto cumpliera condena, ejercer de distribuidor de confianza entre los estudiantes. Jeremías le recriminaba esa dependencia de las drogas, al tiempo que le insistía que él estaba en prisión preventiva por una acusación infundada, por lo que carecía de afinidad al narcotráfico. Como dormía en la parte superior en la litera que compartía con Jeremías, este tenía que sufrir durante las noches la repercusión que el temperamento nervioso de Jean generaba por su dificultad para conciliar el sueño.

Adel, el tercero con quien Jeremías compartía celda, se obsesionaba contabilizando los escasos meses y días que le quedaban para recobrar la libertad. Era una persona introvertida, como desencantada de la vida, que aguardaba a salir de la cárcel para disfrutar del retiro de la tercera edad. Su escasa conversación mostraba rencor a una clase política cuyos amaños conocía bien por su largos años de funcionario, y de quienes se consideraba más víctima que todos los demás ciudadanos, quienes también, afirmaba, eran igualmente damnificados de su corrupción, aunque sin percatarse. Ismael trabajaba eficientemente en la contabilidad del pequeño economato de la prisión. Como era poco hablador, se entregaba a su tarea sin pestañear. Igual que Jean, era un empedernido fumador, de modo que entre los dos hacían padecer a sus compañeros de dormitorio el fuerte olor a tabaco que les acompañaba.

El la galería existía un cierta rivalidad por los vínculos que los penados por causa de la droga tenían con alguno de los clanes que operaban en el país. El clan los respaldaba en la cárcel para garantizar su conexión al grupo cuando regresaran al circuito urbano, una vez cumplida su condena. Para mantener esa dependencia, cada grupo facilitaba a los suyos la distribución interna de estupefacientes, en polvo o pastillas, sin que la vigilancia del penal alcanzara a contrarrestar eficazmente sus métodos de burlar los controles de acceso. Teniendo en cuenta que representaban el mayor porcentaje de reclusos de ese pabellón, reinaba un ambiente de calma tensa, ya que, además que inducían sucesivos registro por parte de los vigilantes, surgían riñas entre los distintos bandos por la sustracción de dosis.

Poco antes de ingresar Jeremías, la dirección de la prisión había establecido una normativa para evitar el robo de dinero, disponiendo que la paga por el trabajo se ingresara en una cuenta financiera controlada por la secretaría de la prisión, contra la cual se cargaban los gastos en el economato mediante un sistema de control por huella dactilar, de modo que los reclusos que lo deseaban no tenían por que disponer de dinero en efectivo que les pudiera ser substraído. Esta medida había disminuido notablemente las denuncias internas de robo, siempre comprometidas de investigar, reduciéndose asimismo una de las causas de pendencia dentro de la prisión. Las más de las peleas surgían, no obstante, porque, al no circular masivamente monedas, los favores se pagaban con trueque de servicios que no siempre complacían en su realización.

Jeremías intentó no significarse en la galería; procuraba pasar desapercibido a la espera de que su situación preventiva se resolviera favorablemente, algo que contradecía, a juicio de su abogado, con su actitud de no secundar la investigación del auténtico responsable de la aparición de la droga en su domicilio. Aunque Jeremías intentaba convencerse de que cada día se adaptaba más al entorno, lo cierto era que no conseguía engañarse, pues, al contrario, como de continuo descubría nuevas tropelías, crecía su depresión. Sus relaciones, además de la forzada de convivencia con los demás de la celda, se ceñían a los colegas de labor en la enseñanza que impartía en el entorno de la biblioteca de la prisión, a cuyo recinto tenían común acceso los estudiantes autorizados por la dirección de las cuatro galerías pertenecientes al pabellón, .

Fuera de los estudios de primaria y secundaria, que algunos reclusos sin estudios aprovechaban su estancia en la cárcel para obtener la certificación de haber cursado, para quienes se organizaban grupos afines, a los demás que querían estudiar alguna materia de grado se les dispensaba apoyo tutorial cuando existían presos capaces de desempeñar esa labor, ya que a quien para ello se matriculaba en la Universidad Digital Nacional, recibiendo los programas desarrollados a través de internet, se le suponía capaz con ese material de preparar las asignaturas para superar el examen; claro que aprender de ese modo sin ayuda se hacía tan arduo que agradecían enormemente quien a su lado les pudiera resolver sus dudas. Así, Jeremías y otros dos reclusos con titulación universitaria trabajaban ayudando en lo que podían a otros once que intentaban con el estudio sacar provecho a su tiempo de condena. Como todos eran igualmente reclusos, no existía consideración mutua de profesor y alumno, sino de compañeros apoyándose con la sabiduría y experiencia que cada uno pudiera aportar. Como profesor de historia, Jeremías atendía especialmente a los tres que se habían matriculado en asignaturas de los estudios de Medios de Comunicación; de los otros, cinco estaban cursando asignaturas de Derecho y los restantes lo hacían en estudios de Conservación de la Naturaleza.

De alguna manera para Jeremías las horas en que trabajaba enseñando le suponían una evasión a las del resto del día, ya que se le hacía como si estuviera prestando un servicio de cooperación en una institución ajena; aunque al terminar el trabajo su mente retornaba hacía la realidad de que él era uno más de los pacientes de la institución. La única diferencia en su ánimo la encontraba en que se consideraba así por una injusticia, por lo que no le correspondería quedar en la celda, sino evadirse al final de cada jornada laboral. La contundente realidad apenas le permitía eludirse mentalmente, porque tanto el patio, como la sala de televisión, el comedor o la celda no eran lugares propicios para pensar sino en la triste situación en que se hallaba a pesar de su inocencia. A veces se comparaba con los demás, considerando cómo los otros deberían admitir, al menos, la responsabilidad de su culpa. Mientras la mayoría esperaba consumir el tiempo que les quedaba por redimir, sobre Jeremías pesaba el que, tras su condición preventiva, podía caerle una pena que le atara a aquel lugar por un tiempo inimaginable.

Para superar esas contradicciones, Jeremías intentaba ayudar a los demás en lo poco que podía, al menos en no sembrar discordia y animando a quienes, como él, sufrían depresión. Su propia experiencia le hacía consciente de lo poco que conseguía la buena voluntad, pues la medicina que cada uno precisaba era la impedida dosis de libertad. El consuelo mutuo era más bien parte de la introspección que cada cual hacía de sus pesares, que por ser tan semejantes compartirlos no deparaba alivio para ninguno, sino la constatación de cómo las circunstancias empujaban a los hombres hacia los márgenes de la sociedad, y qué difícil se hacía la postrera reinserción, ya que la cárcel marcaba con un estigma de marginalidad que cada preso podía advertir en el trato con los allegados.
 
 

CAPÍTULO DECIMOSEXTO

Tras recibir del médico el alta hospitalaria por la afección de neumonía, Jeremías regresó a la celda de prisión sin pasar por la enfermería, ya que, superada la convalecencia en el hospital bajo la supervisión médica, el doctor dictaminó que podía realizar vida normal con la única prescripción de que desde la enfermería le suministraran un medicamento de refuerzo durante un par de semanas.

Aunque la tranquilidad del hospital había relajado la presión de la vida carcelaria, Jeremías aceptó de buena gana retornar a la rutina de la vida prisión, no sólo porque ello significaba la superación de la enfermedad, sino porque durante la inactiva obligada vida de convaleciente echaba de menos las relaciones que su trabajo de preceptor le procuraba. Al menos esas horas del día le deparaban sentirse útil, cuando de continuo le asaltaba la nostalgia de lo feliz que era hace meses atendiendo sus clases y sus investigaciones en la universidad.

Una vez por semana tenía el alivio de la visita de su hijo Sansón, único enlace que permanecía estable con la familia. La fidelidad de este hijo destacaba en la frialdad en que habían caído las relaciones con Eva, y el desapego que adivinaba en las cartas, siempre algo misteriosas, que Amando sin remite alguno le enviaba, cada vez más distanciadas y breves, desde algún rincón incógnito de India. Precisamente la actitud de Amando ocupaba un lugar destacado en la controversia que mantenía con Sansón respecto a la respuesta que Jeremías debía dar.

Como cada semana Sansón acudió a la zona de visitas de presos, lugar que había dejado de frecuentar desde que su padre ingresara en el hospital. Allá las visitas, en las que les permitían pasear por el pasillo de la planta, se parecían más a las habituales de acompañar a un enfermo que a un recluso, por mas que los controles de acceso y salida fueran similares a los que aquí debía cumplir. Tras abrazar al padre, tomaron la reglamentada posición enfrentados en la mesa.

-- ¿Cómo sigues?

-- Perfectamente curado. Me han recetado tomar unas píldoras diarias; en lo demás, hago la vida habitual de antes de la neumonía. Dime: ¿Cómo sigue tu madre?

-- Bien, con su trabajo y las cosas de casa.

-- Me han entregado una carta de Amando que se recibió mientras estaba en el hospital. Sólo escribe unas generalidades que no me dejan nada tranquilo. Lo que no cuenta no sé si es por pereza, per desapego, por enfado o porque no quiera intranquilizarnos. ¿A ti te escribe?

-- Cuando se fue sí, luego ha mandado una o dos cartas dirigidas a mamá, que por lo que me dices deben ser como las que te envía ti, pues no cuenta nada de su vida real, sino de banalidades del país, que ya todos sabemos.

-- ¿Trabaja en algo fijo? Como justificó para marchar.

-- No lo puedo saber. Ni siquiera la ciudad de residencia nos ha dicho. Todo esto es tan raro como su apresurada  partida. ¡Él sabrá que se hace!

-- ¿No os preocupa a tu madre y a ti? A mí, mucho. Desde que partió estoy intranquilo por él.

-- Que nos preocupemos no arregla nada. Quisiéramos que no hubiera tomado ese derrotero, pero también comprendo que es mayor y tiene que realizar sus sueños --añadió Sansón sobre su hermano.

-- El problema es que esos sueños se conviertan en pesadillas.

-- Y ¿qué podemos nosotros hacer? Ya ma le dijo que no era el mejor momento para irse; creo que ella opina que marchó por no sufrir la afrenta moral de tener que aceptar que su padre estuviera encarcelado.

-- ¿Tú opinas lo mismo?

-- Si te he de ser sincero, creo que su huida está relacionada con la droga que apareció en el desván de casa. El problema es que tú le estás protegiendo, aun a tu costa; pero en eso te equivocas. Si estaba metido en ese mundo lo mejor que ha hecho es poner tierra de por medio. Cuanto menos sepamos mejor para él, por eso no deja rastro de su paradero, ni recurre a llamar o mandar mensajes por el celular.

-- ¿De verdad crees eso?

-- Es lo que deduzco de su modo de obrar.

-- Si yo facilitara una investigación contra él, pagaríamos los dos, aunque ninguno fuéramos culpable.

-- ¿Realmente crees que la policía antidroga no va a perseguirle como sospechoso? Otra cosa es que no te digan nada ni a ti ni a tu abogado para que te puedan seguir manteniendo en prisión. Tú les estás poniendo las cosas fáciles. Si Amando está liado en el tráfico de estupefacientes, lo perseguirán porque cada elemento es parte del camino que conduce a identificar a los cabecillas. Posiblemente desde el mismo día que descubrieron la droga está bajo sospecha, y él, si lo suponía, ha puesto se ha ido donde cree que no le pueden encontrar. Además, con tu actitud, ahora les estás concediendo a la policía la oportunidad de, al menos, acusarte de encubridor.

-- Para ello tendría que haber dudado de la actitud de mi hijo, y nunca me ha dado motivos para ello.

-- ¿Pero la droga estaba en casa?

-- O la pusieron ellos.

-- Tu abogado no piensa así.

-- Yo tengo que ser consecuente con lo que me dice mi conciencia; los demás, con lo que cada uno crea.

-- Como tú pensaba yo al principio, pero, desde que Amando se fue, las ideas ahora me dicen otra cosa. Tú nos has enseñado siempre a afrontar la verdad. No te digo más que como veo las cosas. Que también tenga Amando culpas que liquidar nos complica a todos mucho más la vida, pero, si es así, hay que aceptarlo con todas sus consecuencias.

-- Cuando dices también ¿te refieres a mis culpas? Realmente ¿tampoco tú confías en mi inocencia? --le contestó Jeremías mirándole con fijeza a los ojos.

-- No me refiero a las culpas que tengas, ni a las que pudiera tener Amando, sino a los cargos que pueden o puedan hacer contra vosotros.

-- En ese caso ya es bastante con las que pesan contra mí.

A Sansón se le hacía duro tener que airear las sospechas contra su hermano, más sabiendo cuánto pesar le trasladaba a su padre. Realmente Sansón no había llegado a dilucidar si su padre creía a pie juntillas la inocencia de Amando, o si su postura era meramente proteccionista. Como para él las cosas estaban cada vez más nítidas, dudaba que no lo estuvieran para su padre, a quien siempre había tenido por inteligente. No obstante, ni él ni su madre inculparon a Amando en ninguno de los interrogatorios que a los tres les hicieron antes de que Amando partiera. El problema era que si ahora, por cualquier motivo, les llamaban a ampliar su declaración se les haría muy dificultoso justificar la precipitada partida de su hermano y más desconocer su paradero.

-- Te repito que si no rectificas tu criterio es como mejor les estás haciendo el juego a tus acusadores. Deja que Constantino dirija tu defensa. Hazle caso, sería lo mejor para todos, incluyendo a Amando.

-- Nunca me podría  perdonar que inmiscuyeran a tu hermano sin yo estar seguro de ello.

-- Sólo se trata de abrir esa posibilidad. Luego la investigación dirá. Con esa orientación podrías volver a casa, pues Constantino podría conseguir anular la prisión preventiva que ahora pesa sobre ti. Estando en casa y retornando a tu trabajo tendrías más fácil desmontar esa denuncia internacional sin sentido.

-- He perdido la fe en la justicia. La Administración del Estado no vela más que por salvar su estatus; los ciudadanos, uno a uno, apenas contamos para ellos. La prisión me ha enseñado sobre la soledad legal en la que sobrevivimos quienes no formamos, al menos indirectamente, parte del poder.

-- Pero manteniendo posturas heroicas no mejoramos las cosas: Las enquistamos.

-- Al fin y al cabo es responsabilidad de los padres la protección de los hijos.

-- Siempre que esa protección no ampare descamino.

-- Hijo, sé lo que sientes y que te mueves por mi interés más que yo mismo. Quizás tengas razón, y las circunstancias sobrevenidas una tras otra no me permitan contemplar la realidad tal como es.

-- Al menos prométeme que lo pensarás.

-- Lo haré.

Sansón ojeó su reloj y supo que el tiempo de la visita se agotaba. Al menos las últimas palabras de su padre le dejaron un resquicio de esperanza. Se levantaron los dos para darse un fuerte abrazo, que como cada semana quisieran que no se agotara en el tiempo. Con el ánimo de ese abrazo Jeremías retornó hacia la celda meditando qué fortuna poseía, en medio de su angustias, por contar con un hijo tan leal.
 
 

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO

A la incomprensible reclusión en prisión, la separación de la familia, el desdén de su mujer, la pérdida de su actividad profesional, la ausencia de Amando y la incierta seguridad jurídica de su causa penal, ahora se le añadían a Jeremías los resquemores de Sansón contra a su hermano, que no sólo parecían romper más aún la unidad de una familia que pocos meses antes era una piña, sino que también contenía la sospecha de culpabilidad para Amando como responsable del ocultamiento de la droga en la casa.

Aunque para él primaba la presunción de inocencia de su hijo mayor, desde la apresurada marcha a India y el misterio con el que disimulaba su paradero no podía dejar de considerar que alguna razón muy importante tenía que haber trascendido para que Amando hubiera dejado en esos momentos a la madre sin el apoyo que le debía. En las noches, cuando el calor y los ruidos ajenos dificultaban conciliar el sueño, alternándolos con otras posibles desconcertantes decisiones que los jóvenes pueden tomar siguiendo el empuje de una pasión, en su imaginación se sucedían presagios de que algo raro pudiera estar dirigiendo la conducta de su hijo. Jeremías aceptaba tanto mejor que su hijo hubiera corrido tras unas faldas de mujer, que cualquier otra implicación delictiva; no obstante, al inclinarse a ello no dejaba de surgirle la duda de si también se hubiera implicado para ello recurriendo, como tantos otros, a obtener dinero fácil posibilitando un correo de droga. Cuando le invadían esas suposiciones reaccionaba considerándolas impropias de la personalidad del chico, recriminándose a sí mismo sucumbir a la presión del entorno respecto a la honorabilidad de su hijo. Recapacitando sobre el estado al que él había llegado siendo del todo inocente, se decía si no era más sencillo considerar que también el destino estaba jugando a complicarle la vida a su hijo.

Sin poder dar por frívolas las opiniones que Sansón le ofrecía, se debatía Jeremías entre la lealtad de su hijo menor, la sinceridad de su abogado y la protección que parecía ofrecer a Amando. De algún modo comenzaba a quebrarse esa seguridad que al llegar a prisión tenía respecto a que todo lo que le sucedía era producto de una absurda trama tejida contra él. Entrelazando esos variados pensamientos se planteó si no era la misma complicada situación social la que permitía que surgieran esos derroteros que desestabilizaban la tranquilidad que anteriormente protegía a los individuos sin arriesgar su vida en aventuras inciertas. Recapacitando sobre la propia vida, veía con cuanta facilidad se le podía estar deslizando de las manos el discreto control con el que había educado a sus hijos. Se preguntaba si no les habían dado tanta libertad como para que sus vidas fueran ahora una realidad extraña a ellos mismos. De hecho Eva y él habían dedicado sus mejores mañas a esa educación, pero también le constaba que los hijos casi habían estado mucho más tiempo en el colegio y en los clubes deportivos que en casa. Allá ellos no controlaban sus amistades, sus experiencias, sus ideales; se daban por conformes con verles alegres, activos y desenfadados. ¡Sería consecuencia de esa libertad que les habían concedido la liberalidad con que ahora, sobre todo Amando, estaba obrando? Quizá habría él mismo frivoleado con no cuidar más las relaciones de los jóvenes con otros colegas, a los que ahora se le antojaba que no conocía apenas de ellos más que rasgos generales. Incluso en su relación con Eva ¿no  había predominado la atención a los hijos descuidando su mutua vida sentimental?

La marginación en la cárcel y los múltiples padecimientos que rodeaban a Jeremías estaban modificando en él criterios que había mantenido desde su juventud. Era como si los gruesos muros que esquivaban la luz del sol se cernieran sobre su conciencia inclinándola a sucumbir a las resoluciones más lúgubres que podía formular la imaginación. Donde antes todo lo creía capaz de conseguir con el esfuerzo, ahora percibía que realmente se encontraba a merced de unas circunstancias que le mecían a su capricho. La plena confianza en la estabilidad que le ofrecía su trabajo en una universidad estatal se había desmoronado ante causas imprevisibles que tienen efectos destructores. Su círculo social parecía borrado por una mano invisible que apenas había respetado a su hijo Sansón y a Constantino, el amigo y letrado que le había sorprendido por su nobleza y confianza. ¿Qué razones le quedaban para confiar en la sociedad que le había repudiado? ¿Es que alguien había indagado con profundidad sobre su conducta antes de juzgarle? Cuanto más horas dedicaba a pensar, más se abatía, con lo que comenzó a comprender a quienes combatían sus desdichas con el alcohol y las drogas; sopesar la miseria del sino podía inducir a la desidia, pero ¿quién era el culpable?: ¿el sujeto o el destino? Parecía todo dispuesto para sucumbir en la depresión que incita al recurso de los antidepresivos enajenantes, cuyo resultado no es sino la dependencia de la una y los otros para transitar en un laberinto sin fin.

Las escasas fuerzas mentales que con las que Jeremías resistía las empleaba en mantener vivo el afán de no claudicar. En ello contaba con la colaboración de Constantino, quien siempre le decía que la justicia terminaría por imponerse, al menos para recompensar la confianza del inocente que no acepta el devenir impuesto. Ya que la honra parecía perdida, al menos el honor de la consideración combativa de sí mismo era lo que le defendía de la acechanza de los antídotos fatuos contra la depresión. Se empeñaba en alimentarse cuando le faltaba la gana, se esforzaba en dormir a pesar de las nocivas condiciones, se esforzaba en una urbanidad inusual en el recinto, cuidaba con esmero no recriminar al torpe ni desconsiderar a los muchos que mostraban la debilidad de una personalidad consumida por la droga. Si no podía reconducir el entorno, se conformaba con lograr que el entorno no se hiciera con él.
 
 

CAPÍTULO DECIMOCTAVO

Al abrir Sansón el buzón de la correspondencia se encontró con una carta dirigida a Sr. Arrabal, Avda. de la Libertad nº 45, Abierta 313. OCEAN. El sobre no tenía remite, por lo que Sansón se fijó en el franqueo para ver si podía deducir la procedencia del correo. Observando la estampilla y los signos ortográficos dedujo que parecía venir de Japón. Supuso que se trataría de una carta discreta enviada por su hermano, y procedió a abrirla y leerla. Decía así:

"Muy estimado profesor Arrabal:
Aprovecho un viaje de descanso que estoy realizando con mi familia en Japón para ponerle unas letras. Tras esta complicación que parece nos ha incumbido a los dos y algún otro más, ahora, que parece haberse solventado, al menos en lo que a mí se refiere, puedo comunicarme con usted suponiendo no causarnos mutuamente ningún perjuicio. Todo el proceso que se ha llevado a cabo contra usted, Tamid, Murchel, Facit, Omar y mi persona por parte de la requisitoria de la justicia Egipcia sobre supuestas pruebas de los servicios secretos de potencias extranjeras ha sido tan opaco que  yo particularmente tengo que estar agradecido a las autoridades de mi país por la defensa de la presunción de inocencia contra indicios sin probar. Igualmente Tamid, Facit y Omar han sido exculpados, o mejor dicho, ni han sido imputados en sus respectivos países, ni se ha aceptado el requerimiento de extradición que en el caso de Tamid había solicitado a Yemen la justicia egipcia.
Por las informaciones que me han llegado, la situación de Murchel no es tan favorable, pues al haber sido detenido en Egipto se le ha aplicado la rigurosa ley antiterrorista de ese país, acusándole de pertenencia a un grupo proscrito por actividades desestabilizadoras con el régimen que gobierna en el país. La identidad revolucionaria del grupo, en lo que es público, es que se dedica a promover huelgas laborales, repartir pasquines denunciando torturas, convocar manifestaciones sin licencia, reivindicar la libertad para los presos políticos, divulgar revistas prohibidas, mantener contacto con exiliados y temas afines propios de los militantes de partidos de ideologías prohibidas. Ahí, y no en el tráfico de armas, como a través de la acusación que se hace contra él se pretende inculpar a todo ese grupo, es donde entiendo que Murchel pueda estar comprometido, pues casa con el idealismo que él siempre ha defendido para su patria Libia. En la actualidad creo que sigue encarcelado a espera de juicio, el que se puede retrasar años hasta que la acusación pública tenga pruebas suficientes para justificar la condena.
De usted no sé nada, pero me figuro que las autoridades de Ocean habrán obrado como mi país, Yemen, Pakistán o Jordania; aunque es cierto que la política de seguridad en cada gobierno es tan distinta que incluso, como estamos viendo, existen naciones que se arrogan la excelencia en democracia y sin embargo mantienen prisiones clandestinas.
Dentro de tres días regresamos a Dusambé, donde esperamos impacientes una ecografía que nos pueda confirmar si el nuevo embarazo de mi mujer nos traerá el varón que desearía tener. Sea niño u otra niña lo importante es que sigamos con fuerzas para que si no es chico podamos esperar que venga más adelante.
Por la experiencia que hemos pasado conviene seguir siendo discretos en nuestros contactos.
Le envía un afectuoso saludo:
Fdo: Tarsé Soborroc.

Sansón al comprobar que la carta no era de su hermano y que se dirigía a su padre, dudó en seguir leyendo o comentárselo y obtener su permiso. Como tras ese primer impulso de duda la curiosidad de saber se impuso, siguió leyendo amparado en que la misiva podía traer contenidos cruciales para el proceso de su padre. Cuando concluyó la lectura se dio cuenta de que la carta era más personal que cualquier otra cosa, pero le aseguró que al menos en otras partes del mundo no se estaba concediendo tanta relevancia política al caso como en Ocean, donde parecía que las autoridades estaban tratando el asunto como si un peligro inmediato se cerniera sobre la seguridad mundial.

Tras ese primer instante de valorar lo que había leído, Sansón consideró que debería trasladar el contenido de la carta a su padre guardando la pertinente discreción, no fuera que la misma pudiera ser malinterpretada y complicase el procedimiento en curso. Lo que procedía, consideró, es ponerse en contacto con Constantino y llevarle la carta personalmente, pues era el único que podía, según el procedimiento de prisiones, pasar documentación a los presos sin que la misma hubiera de ser sometida a control previo. Aunque pareciera contradictorio, el sistema carcelario de Ocean autorizaba la comunicación postal, pero no que los visitantes transfirieran directamente documentos a los presos. La razón era porque el correo postal permitía ser retenido y revisado con autorización judicial cuando se sospechara que contenía información delictiva; lo que había derivado en un control severo, pues los jueces accedían habitualmente a conceder la autorización a prácticamente la totalidad de las solicitudes de las autoridades del penal.

Sansón concertó una cita con Constantino en su despacho para revelarle el contenido de la carta. A su llegada fue recibido por el letrado con la amabilidad que siempre le mostraba.

-- Bueno, Sansón, qué me traes de nuevas.

-- Ha llegado a casa una carta de uno de los colegas encausados de mi padre que habla sobre la situación de todos ellos en el momento actual. Me parece que es interesante que la conozca, y que valore el modo de trasmitírsela a mi padre, sin que pueda causarle problemas.

-- Déjame ver.

Sansón le extendió el sobre con la carta en el interior, tal como él la había recibido. El letrado la desplegó, la leyó, y guardó unos momentos de silencio mientras valoraba el contenido. Luego  comentó a Sansón:

--  Indudablemente es favorable que en distintos países la autoridad judicial haya considerado inconsistentes las sospechas de los servicios secretos. Se ve que los mismos no deben poder asegurar la fiabilidad total de sus interceptaciones, o incluso puede que hayan reconocido la debilidad de algún proceso, pero evidentemente nunca lo van a reconocer; del mismo modo que no dar información sobre el método de descifrado, para que no pueda ser refutado. Dejar el aviso de la sospecha ya les cubre las espaldas, y si no tienen garantías plenas de certidumbre no lo van a airear. Es lo que debería haber hecho aquí el fiscal en vez de esperar unas aclaraciones que no van a llegar, por mucho que la policía se interese en conseguirlas. Por otro lado está esa relación delictiva del sociólogo libio, pues le destaca como activista siendo precisamente el destinatario del correo de tu padre que está en el origen de todo el proceso. El que haya uno sólo de los investigados que se le pueda relacionar más o menos indirectamente con el terrorismo es grave. Va a depender todo de si ese grupo está clasificado como tal sólo por los egipcios o también por las grandes potencias; ello podría inclinar la decisión del fiscal, y en su caso la del juez.

-- ¿Qué se puede hacer?

-- Habrá que convencer al fiscal de la irrelevancia de ese grupo para que pueda estar involucrado en la gestión de la compra de material atómico.

-- ¿Dejarán entonces en libertad a mi padre?

-- La prisión preventiva no es por esta investigación. Es por lo de la droga.

-- Estoy tratando de convencerle de que colabora al esclarecimiento, afecte a quien afecte. Pero le encuentro inflexible. Creo que sigue convencido de la trama contra él.

-- Nunca sabremos si de verdad la cree, incluso aunque sea sin mucha certidumbre, o la utiliza como excusa para proteger a Amando --afirmó el abogado.

-- ¿Es mejor que le comente yo el contenido de la carta de Tarsé Soborroc, o se lo dice usted?

-- Es preferible que tú le refieras cómo ha llegado la carta, por qué la has leído y le trasmitas la síntesis de su contenido. Luego yo en mi próxima visita puedo llevar una fotocopia de la misma para que la conozca al detalle, sin que se la quede; al tiempo que comentaremos lo positivo y negativo que se puede extraer de su contenido.

-- Creo que me corresponde visita pasado mañana. Al menos le aportaremos una novedad, de las que creo que está necesitado para paliar la rutina de le rodea.

-- ¿Cómo le ves?

-- Cada vez más desmoralizado, aunque hace grandes esfuerzos por disimularlo --dijo Sansón con pesadumbre.

-- Incluso puede que esa lucha la mantenga consigo mismo por no dejarse vencer por las circunstancias. Yo le encuentro pesimista, pero no entregado. Es mucho lo que lleva padeciendo en estos ocho meses sin merecerlo. Cualquiera se vendría abajo.

-- ¿Puedo hacer algo más para ayudarle?

-- Creo que tu fortaleza es uno de sus baluartes.

-- Tengo esperanza de que todo se aclarará y volvamos a ser como antes... Probablemente todo no será igual, porque habrá heridas que dejen cicatrices en nuestras relaciones. Pero al menos confío que haya paz en la familia.

-- Sin desfallecer, vamos a seguir intentándolo.

Constantino llamó a su secretaria y le encomendó sacar una fotocopia de la carta que le había mostrado Sansón. Luego lo acompañó hasta la puerta exterior de su despacho. Allá se despidieron con un fuerte apretón de manos.
 
 

CAPÍTULO DECIMONOVENO

Musa, la directora del penal de Vatén, era una mujer muy considerada tanto por las autoridades como por los presos. Tenía poco más de cuarenta años, con carácter innovador y convicciones sólidas de que su función era lograr la mejoría de las condiciones humanas en un penal para cuya dirección fue nombrada poco después de que un motín provocara la muerte de trece reclusos y dos vigilantes. Ayudada por un equipo de jóvenes sicólogos, se propuso conocer en profundidad el carácter y personalidad de cada persona a su cargo, tanto vigilantes como condenados, pues de la conjunción de la relación de unos con otros suponía que se podía lograr mejorar la tolerancia y la convivencia. Se trataba de que los vigilantes se ganaran el respeto por parte de las personas que custodiaban, al tiempo que ellos los respetaban favoreciendo sus condiciones de vida. Cuanto menos se fomentara la irascibilidad, aducía con frecuencia Musa, menos posibilidades habría de que se sucedieran los altercados entre presos, de cuyo control con frecuencia de derivaban tensiones entre grupos de reclusos y custodios.

Musa desde que obtuvo el primer puesto en las pruebas de acceso al cuerpo de técnicos penitenciarios había sido considerada un verdadero valor entre las autoridades de la Dirección de Prisiones, pero no fue ascendida al cargo que desde años merecía --como se expresaban bastantes de sus compañeros de profesión-- por su condición femenina. Fue la primera mujer con un cargo de responsabilidad sobre los vigilantes de un penal de hombres, pues hasta que ella solicitó esa plaza se concebía ese cargo como exclusivo de varones. Ella, contra la opinión mayoritaria de la Administración, sostenía que la normativa existente para el cuerpo de vigilantes no era de aplicación al cuerpo de técnicos, y que al no estar regulado en contrario tenía derecho a cualquier puesto de gestión en cualquier penal del país, fuera de hombres o de mujeres. Su empeño la llevó a litigar en los tribunales, quienes le reconocieron su derecho, y así pudo competir con sus demás compañeros varones en los concursos de ascensos por méritos de trabajo, hasta que alcanzó el nivel máximo de escalafón desde el cual, por su prestigio, fue designada para la función que desempeñaba en la actualidad, nombramiento reservado a quienes gozaban la confianza del Gobierno.

Contra su determinación de mejorar las cosas en el penal incidía la masificación que existía, lo que le hacía tener que trabajar hasta la saciedad, tanto en el orden interno de la cárcel, como frente a la Administración solicitando los recursos necesarios de medios y personal para compensar la saturación de reclusos. Con ella se mejoraron las condiciones de trabajo, estudio, atención sanitaria y sicológica a los presos. Como bien decía ella, no trabajaba sino en que se cumplieran las prescripciones de las leyes y reglamentos que contemplaban la prisión como medio de rehabilitación de delincuentes, por encima del concepto de pena o castigo que tanto arraigo tenía en la sociedad. Conocedora de la limitación de los medios, intentaba poner de su parte que los delincuentes percibieran en prisión la conveniencia de unas relaciones de vida ordenadas, para lo cual facilitaba la comunicación de sugerencias y quejas que eran analizadas por el equipo de dirección.

Como en todas las prisiones, la dirección aprovechaba los canales de comunicación creados con los reclusos para evaluar preventivamente sus estados de ánimo, en especial mediante la filtración que de un grupo de presos obtenía respecto a la repercusión positiva o negativa de las nuevas medidas que se aplicaban. De la efectividad de la ejecución de la actividad laboral de los presos que trabajaban en la prisión se solía deducir en grado de satisfacción con que recibían las normas que la dirección vertía. Musa estaba contenta con los resultados que se generaban desde que ella había accedido a la dirección. Había reconducido la agresividad que anteriormente existía entre la pertenencia que dentro de  la cárcel había respecto a las principales mafias de contrabando de estupefacientes del país; inesperadamente, tras el sangriento motín de hacía meses, la presión de los reclusos sobre sus jefes había activado una pacto de no agresión tras las rejas, pues, aunque se pudiera estar en uno o otro bando, lo rentable para todas las bandas era que los presos pudieran redimir pena por buen comportamiento. Aunque ello no reconvertía la adición de tantos a ese modo de ganarse la vida, Musa se conformaba con que, con el trabajo, las relaciones pacíficas y la pausa para poder pensar, alguno decidiera no poner a los suyos más en la tesitura de tener al cabeza de familia en prisión.

Como una directora de escuela, Musa estudió el expediente de cada recluso, y de los informes de los sicólogos y los controladores de los vigilantes se fue haciendo consideración de la personalidad de las personas que tenía bajo su custodia. A pesar del gran número de gente, ella dedicaba cada instante no absorbido por otro menester más importante a repasar el expediente judicial y la vida carcelaria de los presos. De este modo llegó a conocer el caso de Jeremías, del que, además de su condición de prisión preventiva, todos los informes eran muy positivos: Se declaraba inocente, no consumía droga, no se le conocía adscripción a ninguna banda delictiva, era responsable en su ocupación laboral, no movía cantidad significativa de dinero, tenía visitas periódicas de la familia, era acepado por la mayoría de los demás reclusos y en todos los meses que llevaba de estancia no se le había detectado pendencia con ningún otro interno. Aunque a ella no le correspondía juzgar a las personas puestas bajo su custodia, tenía sus propias intuiciones, más que conclusiones, que le hacían interesarse especialmente por determinados casos atípicos en prisión, como el de Jeremías. Por ello interesó a uno de los sicólogos en averiguar los rasgos de culpabilidad que pudiera tener ese presunto delincuente, o si por el contrario podían existir visos verdad en la reivindicación de su inocencia.

Con un informe sustanciado en el que el sicólogo detectaba más rasgos de inocencia que de culpabilidad en la conciencia del preso, Musa se tomó la libertad de dirigirse al fiscal del distrito que había ordenado la prisión preventiva para explorar la consistencia de la necesidad de la preventiva para un inculpado de esas características. Era una iniciativa que tomaba con relativa frecuencia, ya que, dado el grado de congestión del penal, se le hacía incomprensible que se derivara a prisión a personas a las que se les podía aplicar otro tipo de medidas cautelares menos gravosas para la sociedad que la de la reclusión, más cuando últimamente los juzgados tardaban meses y meses en dictar sentencia.

Por el cargo que ocupaba y el prestigio que tenía, no solían los jueces y fiscales ponerle obstáculos para recibirla en audiencia informal. Así se presentó un día en el despacho del fiscal Sambolio, dispuesta al menos a conocer los pormenores del caso.

-- Buen día --saludó en el control de acceso--. Soy Musa Fiolia, tengo concertada una entrevista con Don Horacio Sambolio.

-- Espere un momento. Puede sentarse. Enseguida le indico.

Musa tomó asiento en una butaca, aprovechando esa pausa para comprobar sus mensajes en el celular.

-- La está esperando --indicó le recepcionista--. La acompaño al despacho del Sr. Sambolio.

Cuando se aproximaron al despacho Horacio salió a la puerta a recibir a Musa.

-- Me alegro de conocerla --dijo el fiscal al estrechar la mano de Musa.

-- Lo mismo le digo. He oído mucho y muy bien hablar de usted. Le confieso que tenía ganas de conocerle personalmente.

Tomaron asiento en las butacas de esquina del despacho próximas a la cristalera desde la que se divisaba una magnífica vista del puerto de Abierta.

-- ¿Todo bien en Vatén? --inició la conversación Horacio.

-- Va. Como puede usted comprender, un penal con doble número de reclusos de su capacidad no puede ir todo lo bien que sería deseable para los fines que el Estado procura de reinserción de los penadas. Aunque parece controlada la crisis del año pasado, si no se reduce el número de reclusos estaremos permanentemente en una situación de inestabilidad.

-- Me hago cargo. Por el continuo incremento de causas deduzco que crecen los condenados, y como la construcción de los nuevos centros penitenciarios prometidos se alarga, tendremos masificación en las prisiones durante años. No dude que nos duele a todo el estamento judicial.

-- No me quejo por el trabajo, sino por las dificultades añadidas para aplicar los planes de reinserción. A menos recuperación de los hábitos delictivos de los reclusos, más reincidencia, y  mayor necesidad de plazas penitenciarias. No se trata de un tema vanal.

-- Estoy plenamente de acuerdo con usted.

-- Por ello estoy interesada en aliviar la carga de presos del penal si algunos de los preventivos pudieran ser controlados hasta el juicio con otras medidas extracarcelarias.

-- En la fiscalía es un asunto que tratamos de optimizar, pero la alarma social que genera la libertad provisional nos obliga a ser cautos. Nuestra intención es agilizar la celebración de las vistas judiciales, para que el tiempo de prevención sea el menor posible, pero los juzgados están colapsados porque con los mismos medios no se puede atender el doble de trabajo.

-- Con esa intención nos estamos esforzando en identificar preventivos poco conflictivos para si es posible acelerar los juicios, o revisar su condición de prisión. Por ello le solicité esta visita, como estoy haciendo con la fiscalía correspondiente a cada uno de esos casos. Le dejo tres expedientes que los técnicos han marcados como más claros, por si se puede hacer algo. En especial me ha llamado la atención el caso de Jeremías Arrabal, acusado de tráfico de drogas, del que nuestra investigación con las bandas no arroja que tenga relación alguna con cualquiera de ellas. Por otro lado no nos consta antecedentes penales, ni consume, y los sicólogos dan bastante credibilidad a su reafirmación de inocencia.

-- Ya recuerdo el procedimiento fiscal de la causa. Es mucho más complejo de lo que aparenta, pues todo comienza en otra causa que tienen abierta por un tema de tráfico internacional de armas. En los registros se halló cocaína en su casa, en cantidad no para consumo, sino para comerciar con ella. No hemos tenido ninguna colaboración del encausado en la aclaración de ninguna de las dos causas, incluso cabe que la droga esté vinculada al pago del tema de las armas. Por otra parte estamos pendientes de información de los servicios secretos extranjeros, que se retrasa;  pero la prisión preventiva no es sino porque la cantidad hallada en su casa lo exige, en tanto en cuanto que no ha aportado más justificación de por qué la droga estaba allí que el que no se lo explica.

-- ¿Si fuera verdad que no sabía nada de ello?

-- Tendría que identificar sobre quienes puede recaer la sospecha para una vez investigado pueda deducirse su inocencia. Ya sabe usted que la legislación sobre tráfico de droga se ha puesto muy estricta. Que yo sepa no ha habido informes policiales nuevos. En cualquier caso, hablaré con los comisarios correspondientes para conocer la marcha de las investigaciones.

-- Me haría un gran favor. Es uno de los reclusos en que más nos sorprende la gravedad de la acusación. En el seguimiento de meses no ha habido ni un solo indicio en su contra. Nuestra intención no es interferir en la acción de la justicia, sino solo informar por si nuestra percepción puede ayudar. Como le dije al empezar, me limito a intentar aliviar la carga de presos del penal.

-- Me parece correcta su intención. Le tengo que confesar que el caso de Arrabal es tan extraño y misterioso que no nos podemos fiar; exige ir con pies de plomo. Mientras esté en prisión lo tenemos controlado. En ningún caso nos gustaría que desapareciera.

-- En que no pueda escapar está en juego mi responsabilidad. Quizá sea intuición femenina, pero a la vista de los informes creo que ese hombre es inocente. En todo caso podría estar encubriendo a alguien cercano.

-- Le trasladaré su opinión a los comisarios.

-- No le entretengo más. Encantada de haber podido atenderme.

-- Siempre que quiera, sabe que tenemos línea directa.

Se levantaron, se ofrecieron el saludo de despedida, y Musa salió valorando en su conciencia de que estaba haciendo lo que creía adecuado, pero que su trabajo no iba a servir de mucho.
 
 

CAPÍTULO VIGÉSIMO

Jean llevaba unos días merodeando en torno a Jeremías como si tuviera alguna proposición que hacerle que no se atrevía a formular. Unas veces porque había gente próxima, otras porque cuando empezaban a hablar se interrumpía la conversación por alguna causa accidental. Jeremías sabía que Jean, con la frecuencia que le permitía el sueldo que ganaba en la lavandería, compraba en el mercadeo turbio de la galería pastillas para colocarse y evadirse de la realidad. Él decía que las tomaba para dormir, porque padecía de insomnio, pero realmente las consumía para pasar muchas horas evadido los fines de semana, cuando no trabajaba. Jean no tenía visitas, salvo cuando podía conseguir un pase para una comunicación íntima a la que acudía una muchacha joven que decía ser su prometida. Jeremías estaba convencido que Jean pagaba por esa relación, la que parecía que aliviaba su ansiedad. Precisamente por esa inestabilidad emocional es por lo que Jeremías refutaba su compañía, pues en alguna ocasión le había sugerido que él no tenía objeciones a ofrecerse a algún otro recluso como desahogo sexual si obtenía beneficio.

El objeto por el que Jean quería conseguir de Jeremías una conversación privada no albergaba ninguna torcida intención de las que Jeremías se temía, sino todo lo contrario, quería prevenirle de que su nombre había sonado entre algunos pertenecientes a una de las bandas de traficantes, y no precisamente con buen fin. Pretendía advertir a su compañero de celda, pero aunque dormían tan próximos sus relaciones eran tan distantes que él no acertaba a conseguirlo. Jean era de los que realmente creía que Jeremías estaba allí por error o por envidia, no por culpa, y esto le hacía aceptar la distancia de respeto que su compañero le marcaba, lo que no impedía que sus relaciones fueran escasas pero corteses.

Un día que coincidieron los dos solos en la celda a la hora del descanso y antes de la cena, Jean le dijo directamente a Jeremías:

-- Estás en peligro. No sé si lo sabes. Necesito que hablemos despacio.

-- ¿Peligro, de qué?

-- Las bandas, ya sabes. Pero no hablemos aquí, alguien puede escuchar desde la galería.

Era cierto que la prisión apenas tenía espacios para sostener una conversación privada. En el patio, el comedor, los distintos locales de trabajo, el gran salón de esparcimiento, todas las miradas vigilaban. A veces parecía que  a distancia alguien intentaba leer en los labios el tema de otra conversación. Los locales estaban concebidos para no tener rincones en sombra, y con la saturación de presos se hacía casi imposible encontrar un espacio para una conversación privada. De este modo casi todas las relaciones eran públicas, al menos que un pequeño grupo acotasen de la vista y el paso durante un rato una celda o un rincón en el patio, en el comedor o en el salón, donde se lograra a baja voz mantener una conversación privada . Excepcionalmente los principales de las bandas, de acuerdo a los vigilantes, conseguían un pase especial para acceder a alguna zona administrativa donde permisivamente coincidían para hablar algunos de ellos, algo que siempre hacían con prevención de que les pudieran estar espiando.

-- Te aviso el día que pueda quedarme solo en la lavandería después del turno.

-- ¿No cierra el vigilante?

-- A veces permite que alguien atienda una lavadora no ha concluido el programa. A lo más te cuesta una propina.

-- Entonces quizá no.

-- Es importante que hablemos. No es cosa de broma. Yo me entenderé con él.

--  Ya hablaremos.

Cortaron la conversación porque Adel entró en la celda. Jeremías, que estaba tumbado en su cama, quedó intrigado por el secretismo con que Jean quería tratar la información que se empeñaba en ofrecerle, haciendo cávalas sobre si le solicitaría algo a cambio. Jean salió. Adel aprovechó para comentar.

--  Jean está más inquieto de lo habitual últimamente. Algo le pasa.

--  No me había percibido. Puede que tenga algún problema. Se los busca con facilidad.

--  Espero que no sea nada que nos complique a los demás.

Con esto Adel dio por terminada la conversación. Le quedaban pocas semanas de cumplir, y a toda costa evitaba la menor relación que le pudiera complicar su regreso a la libertad.

Pasados tres días, al comienzo de la noche, tras de que cerraran la cancela y antes de que apagaran las luces, Jean le ofreció a Jeremías uno de los libros de la biblioteca que estaba leyendo.

-- Léete esto, creo que el capítulo tercero te interesará.

Jeremías buscó la página en que comenzaba el capítulo indicado y encontró un recorte de papel con la siguiente nota: Mañana martes a las 5 y cuarto de la tarde estate en la puerta de la lavandería. Jeremías le contestó en voz alta.

-- Lo leeré. Creo que es interesante.

Jean se valía de cierta complicidad con un vigilante para poderse quedar esporádicamente un rato en la lavandería cuando terminaba el horario laboral. Varias veces lo había utilizado para despachar algún tema relacionado con movimientos de droga dentro del penal. En otras se había valido para obtener algún provecho ofreciendo un servicio sexual. La excusa utilizada siempre hacía referencia a la necesidad de controlar hasta su fin el programa de una lavadora en servicio para sacar la ropa y dejarla desconectada; así el vigilante, que siempre recibía un detalle de Jean, cerraba la puerta dejándole dentro y volvía a los quince, veinte o treinta minutos, para cerrar. Aunque el vigilante se apercibía de que otro recluso podía acompañar a Jean, de esa circunstancia no dejaba rastro en el parte que hacía de la incidencia surgida.

A la hora convenida del siguiente día Jeremías se presentó a la puerta del servicio de lavandería, cuando ya habían salido el resto de los operarios que hacían ese servicio. Jean le esperaba en la puerta, mientras el vigilante se distraía de espaldas para no reconocer al recluso que acudía a la cita con Jean. No sin cierto resquemor entró Jeremías para encontrarse con Jean, algo que no hubiera hecho de no sospechar que alguna nueva contrariedad se cernía contra él.

--  ¿Y bien? --le preguntó a Jean cuando se encontraron solos.

--  Me sospecho que tienes relación con un tal Amando, apellidado como tú.

--  Tengo un familiar con ese nombre.

--  Por si te incumbe, decirte que está en la mira de gente peligrosa por haberles burlado un cargamento de droga.

--  ¿Qué más sabes?

--  Sé que está perseguido porque tenía que pasar cinco kilos de coca, droga que fue interceptada por la policía que dio con el escondite. Él se escabulló y no lo detuvieron. Luego los jefes se han enterado que en el expediente policial sólo costa decomisado un kilo. Amando ha desaparecido. Arriba suponían que los otros cuatro kilos los había distraído la poli, como otras veces, pero el hecho de que el chico haya desaparecido les hace sospechar de que ha podido darles esquinazo irse con la mercancía. Como puedes comprender, yo no tengo ningún interés, sólo quería decírtelo, para que estés enterado por si, aunque sea indirectamente, te toca.

Jeremías se estaba dando cuenta cómo Jean estaba adoptando una posición distante adrede, figurando como si ni siquiera supusiera que ambos tenían relación familiar. ¿Era entonces que la banda le estaba enviando un mensaje? ¿Sería posible que Jean no le relacionara directamente con Amando? ¿Qué provecho estaría buscando Jean? Optó por no facilitar ningún dato y seguir en el mismo tono etéreo que lo había planteado su compañero de celda.

--  No me extraña que la policía se aproveche de esas oportunidades. Igual incluso han hecho desaparecer el chico.

--  ¿O es él el que se ha largado con la mercancía considerando que los otros se iban a tragar que le habían incautado todo, o que ya había hecho la entrega del resto. Quizá ha sido el más rápido en moverse. Pero allá donde se esconda darán con él. No le auguro buen porvenir.

--  ¿Te ha mandado alguien que me hicieras partícipe de ello?

--  Es iniciativa mía. Temo que te afecte. Ni siquiera debe saber nadie que estás avisado. Antes o después alguien advertirá, o le llegará un soplo, de tu posible parentela con él; sobre todo si no dan con su paradero. Buscarán quien pueda facilitar encontrarle o pudiera tener relación en el negocio. Más que por el valor de la mercancía, es porque no admiten interferencias en el negocio. Preferirían saber con certeza que se lo quedó la poli.

Jeremías decidió no dar la mínima impresión de encontrarse involucrado, claro que la respuesta de su gesto durante la conversación no le favorecía. En sus ojos se dibujó la preocupación, incluso el dolor, que traslucía su implicaicón. No obstante, asumió no consentir implicación alguna, como si realmente él no tuviera ninguna responsabilidad en lo que ahora si le constaba que era obra de su hijo.

--  Te agradezco tu buena intención. No te preocupes por mi; no tengo nada que ver. Además poco podría hacer aquí, incluso para defenderme.

--  Sentía obligación de que lo supieras. Nada más.

--  Facilita la propina oportuna que consideres. Te la haré llegar.

--  Veinte guineas. Ya me las pagarás.

Jean desconectó la lavadora que acababa de concluir el ciclo. Apagó las luces, quedando alumbrado por la tenue luz que de la caída de la tarde se filtraba por las ventanas. Aguardaron tras la puerta a que volviera el vigilante, el que repitió el gesto de distracción para no observar quien salía tras Jean.
 
 

CAPÍTULO VIGÉSIMO PRIMERO

Tras la visita de la directora del penal de Vatén, el fiscal Sambolio consideró que había dejado un poco relegado el caso de Jeremías pues, después de pedir a sus oficiales que le pusieran al día de las novedades que sobre el mismo se hubieran recibido, se dio cuenta que la investigación de las dos causas contra él abiertas no habían apenas avanzado. Por ello, y por la motivación profesional que Musa Fiolia le había despertado, ordenó a su asistente que le organizara una reunión con los comisarios Rosmal y Hilaya, quienes respectivamente dirigían la investigación sobre cada una de las dos causas seguidas contra Jeremías. Quería Sambolio conocer de primera mano el curso de las investigaciones, al no haber habido trámites oficiales en las mismas desde meses.

Era relativamente frecuente que las investigaciones de la policía avanzaran sin que se tuviera necesidad en ese tiempo de requerir el dictamen del fiscal para alguna gestión; en comisaría se prefería habitualmente seguir a fondo la investigación para trasladar a la fiscalía pruebas concluyentes, que a veces sólo se obtenían después de largos procesos de observación, seguimiento y toma de declaración a sospechosos y testigos. Los fiscales, dependiendo de cada caso, agradecían el trabajo callado de los inspectores policiales, pero cuando eran asuntos de marcada importancia se interesaban en el seguimiento del curso de la investigación. En el caso de Jeremías, Sambolio se sorprendió tanto de la falta de novedades como de que él mismo no lo hubiera seguido con más diligencia. Una vez más se sintió víctima del exceso de trabajo que se registraba en la fiscalía, afectando a la perfección que durante años había sido su mayor retribución profesional.

A quinto día de solicitarlo, al acudir a su despacho Rosmal y Hilaya tras ajustar las respectivas agendas, pudo satisfacer su interés actualizando las investigaciones concernientes a Jeremías.

-- Perdonadme que os haya robado un rato de vuestras muchas ocupaciones para contrastar entre los tres el progreso de las causas contra este recluso.

-- Nada que perdonar, es también interés nuestro mantenerte informado y comentar las novedades --contestó Rosmal.

Era cierto que, aunque no habían comunicado a Sambolio los progresos de las nuevas diligencias efectuadas, tanto Rosmal como Hilaya mantenían contactos periódicos entre ellos para analizar los datos que les facilitaban los inspectores encargados de cada caso en sus comisarías. Ambos tenían interés profesional en el tema, ya que sabían que más arriba de ellos existían intereses diplomáticos sobre el asunto. Por un lado consideraban que lograr tener al encausado a buen recaudo en prisión preventiva ya era un éxito, pero también eran conscientes de la debilidad de las pruebas reales que sobre él habían conseguido. Temían los dos que esta reunión fuera una exigencia del afamado fiscal para reconvenirles por la demora de cargos definitivos, pero al tiempo les suponía una posibilidad de trasladarle al fiscal las presiones que ellos mismos padecían por parte de algunos políticos que anteponían el crédito internacional sobre la acción de la justicia.

-- Contadme.

-- En lo que me concierne del asunto del tráfico de armas apenas hemos podido progresar, ya que en origen las cosas parece que no las tienen nada claras. Tras la requisitoria de Interpol, nada nuevo se nos ha comunicado oficialmente desde la justicia egipcia, aunque personalmente he podido ponerme en contacto con los servicios policiales de allá. Ellos insisten que la demanda urgente que les llegó a través de sus servicios de información no ha sido desestimada, pero tampoco reforzada. Se mantiene como una sospecha la referencia al tráfico del plutonio, pero no se ha podido identificar a ningún grupo terrorista como artífice de la intervención. Es cierto que el destinatario del mensaje que envió Arrabal está acusado y encarcelado por pertenencia a un grupo subversivo muy conocido y controlado por la policía estatal de allá, al que no le adjudican capacidad, ni económica ni logística, para vincularse en un tema de armamento de esas características. Es una facción revolucionaria que fomenta el alboroto social, pero no pasa de ahí. Ruido y actitudes condenables, pero nada de actividad terrorista más allá del enfrentamiento a las fuerzas del orden arrojando botellas incendiarias y la destrucción de enseres y escaparates por la ciudad.

-- Eso en nuestra legislación apenas tendría relevancia penal si no estuviera vinculado a una sedición contra el gobierno --apuntó el fiscal Sambolio.

-- Pero para las actuales autoridades egipcias, que dan mucha trascendencia a cualquier efecto de inestabilidad por lo complicado de su situación política, su interés se centra en saber si desde Ocean, u otros países extranjeros, esos grupos reciben apoyo, o si son utilizados por facciones enemigas para desestabilizar el país. De ahí que no quieran dejar perder el hilo de la mínima conexión vislumbrada.

-- Pero sin acusaciones formales y sólidamente sostenidas en pruebas no podemos progresar en la causa.

-- Nuestros políticos parece que se empeñan en no defraudar las expectativas y el ruido que en un principio se montó, y nos urgen a seguir investigando sobre las posibles conexiones ideológicas que pudieran estarse gestando para actuar de modo similar aquí.

-- ¿Y en ese entorno encaja la personalidad del profesor Arrabal? --matizó Sambolio.

-- Quizá no, si no fuera por la coincidencia de que en su domicilio apareciera un kilo de cocaína.

-- ¿Qué novedades tenemos respecto a esa causa? --preguntó el fiscal dirigiéndose al comisario Hilaya.

-- Bastantes. Nuestras pesquisas conducen a que el traficante podría ser uno de los hijos del profesor. Un confidente nos ha indicado un perfil que se le adapta perfectamente. Haría de mediador en la distribución. El problema es que el joven ha huido. Nos consta que se fue por línea aérea hacia India cuando aún no contábamos con la información de su posible vinculación. La falta de colaboración del resto de la familia no ha ayudado a poderle aplicar medidas restrictivas de desplazamiento para poder evitar que desapareciera.

-- Si así fuera: ¿el padre es inocente?

-- Se declara inocente, pero por su falta de colaboración también se le puede considerar responsable, al menos de complicidad o encubrimiento, salvo que realmente pueda probar que su hijo lo hacía todo a escondidas de él; al fin y al cabo se realizaba la actividad en el domicilio del que es cabeza de familia. Ya sabéis que en ese aspecto la ley es muy restrictiva con la presunción de inocencia. Mientras no se pueda interrogar al hijo mayor, el menor y la madre parece que no saben nada, posiblemente no se pueda desimputar al padre --opinó Hilaya.

-- ¡Esa ley! Ayudará a reprimir el tráfico, pero desequilibra la seguridad jurídica --exclamó Sambolio.

-- De alguna manera --siguió Hilaya-- el hecho de que estuviera Arrabal implicado en el tema del tráfico de armas previene no ignorarle como factor de la trama de la droga. Nada impide que sus muchos contactos por todo el mundo no facilitaran la exportación de la mercancía. Figuraos que cuando él hace referencia al plutonio esté refiriéndose a un cargamento de coca.

-- ¿Sería más sencillo utilizar la superclave para designar la droga sin más retorcimiento? --intervino Rosmal.

-- O es pura casualidad y han incidido los dos asuntos sobre el profesor como un bingo de mala suerte, o dirige una oscura encrucijada de intereses. Como en la academia nos enseñaron que la casualidad no existe, nuestra obligación es desentrañar sus más profundas intenciones --afirmó Hilaya--. Me inclino por la complicidad mutua de padre e hijo, e incluso que fuera conocido por los demás de la familia.

-- Sin embargo, me trasladó la directora de la prisión donde está recluido que de sus indagaciones resulta que no se le relaciona con ninguna de las mafias de tráfico, ni se aprecia una doble vida en su sicología --aportó Sambolio.

-- ¡Qué gran recurso sería para nuestros servicios de inteligencia! --dijo Hilaya.

-- ¿Contraespionaje? --indicó Rosmal.

-- Sólo digo que por su sagacidad y la utilidad de sus contactos podría servir eficazmente al Estado, al menos tanto como incertidumbre nos crea --aclaró Hilaya.

-- En cualquier caso, para lo que sea habría que conocer sus convicciones más íntimas --continuó Rosmal--. Mantenerse tan confuso en sus declaraciones, como si nada fuera con él, cuando se le conoce contacto con alguien que, al menos, está vinculado a una célula revolucionaria, y además se le encuentra una paquete de droga en su casa, listo para la entrega, le hace tan sospechoso como para que dé reparo que ande por ahí en libertad.

-- Todo tiene una medida --le concretó Sambolio--. La precisión que exige la justicia es casi de relojero. Las sospechas dirigen la investigación policial, también en lo que nos incumbe a la fiscalía, pero las penas tienen que ajustarse a hechos probados. Mi mente jurídica rechina mientras retenemos a alguien en prisión preventiva, sobre todo si no estamos seguros de que los cargos contra él van a prosperar. Por eso os pediría intensificar los esfuerzos para averiguar la cadena de transmisión en la que pudieran haber estado implicado padre o hijo, o los dos, porque aunque no tengamos al huido, con la identificación de su papel en la trama del tráfico de la mercancía se puede llegar a deducir la posible responsabilidad del padre. Respecto a lo otro, haré gestiones en justicia y exteriores para urgir a los egipcios con un plazo determinado para que aporten las pruebas procesales, o sobreseeremos su comisión rogatoria aquí.

-- Tirando del informe del confidente estamos próximos a identificar quien le confería la mercancía al hijo, que creo que se llama Armando; a partir de ahí sabremos la entidad de su participación y la posible, o no, complicidad del padre. Si no comparece el huido y los testimonios son determinantes, habrá que encausarle en rebeldía para que pueda prosperar la libertad del padre, si no se le conoce vinculación. Déjame unas semanas.

-- ¿Cuántas?

-- Tres, cuatro. Antes de un mes cerramos la investigación y te remito las conclusiones.

-- Tienes cuatro semanas, las mismas que voy a solicitar den como plazo a la  justicia egipcia. Si no, que nuestros servicios secretos, que para algo los tenemos, se impliquen operativamente y sean ellos quienes presenten pruebas y acusen.

-- Mira qué si al final resultara que Arrabal estuviera a servicio de los nuestros --apostilló Hilaya, como si insistiera en su ocurrencia de espionaje.
 
 

CAPÍTULO VIGÉSIMO SEGUNDO

Cuando para Jeremías se hizo evidente la autoría de su hijo Amando como traficante de drogas, el mundo acabó por venírsele encima. Si antes todo lo había ido soportando en base a su inocencia, ahora que sobre el mayor de sus hijos pesaban no sólo las posibles responsabilidades penales, sino también las de integridad, ante el posible ajuste de cuentas con la banda a la que había ofrecido sus servicios, cayó sobre él una sensación de frustración que destruyó en pocos días la fortaleza que le sostenía. Tras la revelación de Jean tuvo que desdecirse de la existencia de un complot policial sobre él, y reconocer que su torpeza le había nublado la razón para no distinguir que la droga no podía haber llegado al desván de su casa sino porque uno de los suyos la hubiera escondido allí. Empezaba a reconocer que no existía una mano oculta fuera de la casualidad de la coincidencia de que esto se hubiera producido simultáneamente a la acusación de tráfico de armas. No obstante, le obsesionaba si Amando consideraría que igual que él mismo había llevado esa doble vida con los suyos, disimulando la realidad de lo que hacía, su padre habría obrado de modo parecido implicándose en turbios asuntos internacionales.

El hecho de que los peligros que acechaban a su hijo se los hubiera ganado él, no restaban intranquilidad al padre, como también ocurría con la madre y el hermano, aunque cada cual lo asumía de modo distinto. La mente de Jeremías lo interiorizó como frustración personal, proyectando en su persona la causa del efecto de que su hijo hubiera terminado actuando de esa manera. Empezó a reprocharse la falta de atención, las correcciones de conducta no ejercidas con autoridad, la ausencia de diálogo que le hubiera facilitado compenetrarse con la personalidad de su hijo, el haber desdeñado que la epidemia moral del entorno tuviera cabida en su hogar... en suma reconocía que el fracaso en su rol como padre era lo que había desembocado, al no trasmitir correctamente sus principios éticos, en que hubiera podido pasar lo que estaba pasando, y que no haber sido consciente de ello, en vez de valerle como atenuante, agudizaba su responsabilidad.

En cuanto que estos pensamientos monopolizaban su conciencia, comenzó su organismo a debilitarse, pues nada hallaba que le sirviera de consuelo ni distracción. A prácticamente no dormir, siguió la pérdida por completo del apetito, se mostraba esquivo a cualquier conversación, buscaba en la prisión la soledad que le prestaba el nicho de su litera, de continuo esperando que algo surgiera para negarle la verdad que estaba ocurriendo.

El primer día de visita que le correspondía se negó a admitirla, aduciendo que no se encontraba bien. Así se lo dijo a su hijo por teléfono, sin concretar más a pesar del esfuerzo de Sansón por averiguar cuál era su mal. Su mente se negaba a gestionar cómo debía trasladar a los demás de los suyos el recado de Jean, la evidencia de la responsabilidad de su hijo mayor y el peligro que acechaba sobre él, pues entendía que todos eran ignorantes, posiblemente incluso la policía, de que hubiera otros cuantos kilos de cocaína pendientes de aclarar.

A veces, cuando permanecía despierto en la noche y su confidente durmiendo en el lecho superior de la litera, sufría tentaciones de levantarse y forzarle a decir que todo lo que le había revelado no era sino una farsa, pero no se atrevía a hacerlo porque era pleno el convencimiento de que Jean le había dicho, con riesgo por su parte, toda la verdad. Por más que le doliera, ese preciso aviso no podía haber provenido sino del entorno de algún grupo de droga, como así había sido, por lo que al menos ahora conocía una realidad que antes se negaba a siquiera considerar. Por muy grave que fuera el panorama, cuando se serenaba admitía que conocerlo era mejor que ignorarlo.

El no comer, no dormir, la perenne intranquilidad le afectaron de tal modo que a los pocos días a su entorno de la cárcel le era evidente el grado de afectación que sufría. Sólo Jean podía suponer la causa, pero nada reveló a los demás cuando se comentaba. Era frecuente que en la prisión se sucedieran cambios repentinos de estado de ánimo, unidos muchas veces a la atenuación o incremento de una pena debida al desenlace de un recurso de casación; otras procedían de arribar noticias de un acontecimiento familiar; también influía la posibilidad de una extorsión personal o fuera del penal a un próximo; y, cómo no, por una alteración de la salud. Por esa experiencia se relativizaba la trascendencia de esos vaivenes psíquicos, que nunca pasaban desapercibidos para los funcionarios y directivos del penal. El que más se preocupó de ayudar a Jeremías fue Ismael, aunque conocedor que allí poco más se podía hacer que prestarse para el apoyo requerido, pues la privacidad de la persona siempre se respetaba por las especiales condiciones que sobre cada uno pesaban.

La depresión que embargaba a Jeremías no le eximía de percibir la decepción que los suyos, en especial Sansón y Constantino, algo también Eva, debían de haber sufrido respecto a su obstinada resistencia a la realidad. Sabía que ahora debía resarcirles con el reconocimiento de cuánto había sido un obstáculo para un mejor desarrollo de los acontecimientos. Quizá sin su defensa a ultranza de la inocencia de Amando podría haber salido de cárcel hace meses y haber reconducido de mejor modo los incidentes acaecidos. Muy posiblemente se hubieran restañado las relaciones con Eva por el tema de su injusta detención; habría sido, estando próximo a Sansón, quien le sostuviera, y no al contrario, como sucedía desde hace meses; incluso consideraba que había abusado de la amistad de Constantino y faltado al respeto profesional de quien le había brindado su ayuda tan espontáneamente. Todas estas irresponsabilidades, como él las concebía ahora, no equilibraban el posible éxito de la huida de Amando, porque bien sabía Jeremías que no deseaba a su hijo la intranquilidad de conciencia que, más pronto que tarde, le alcanzarían por los perjuicios causados, como le estaba ocurriendo a él.

Su resolución de sincerarse con Sansón y Constantino contrastaba con la duda de si debía transmitirles íntegramente la confidencia de Jean o sólo reconocer de modo vago la confirmación de la relación de Amando con la droga. Por una parte le parecía innecesario elevar el grado de la acusación a esos otros cuatro kilos de mercancía, cuando tampoco tenía pruebas contundentes de que fuera cierto y si había cumplido con la entrega o no; al fin y al cabo, lo que la avalaba era el testimonio de un recluso, eso sí: cuyo modo de proceder le había convencido. El problema que se debatía en su interior era de que si callaba parte no les hacía partícipe del riesgo que corría Amando y justificaba su marcha.

La presión interior a que se sentía sometido, la inconveniencia de compartirla, el sentirse aislado de la evolución de los acontecimientos externos y la incomunicabilidad con Amando para conocer de primera mano su situación, unido a la falta de apetito y la inquina temperamental que le estaba brotando parecían haber transformado en pocos días en irreconocible al recluso que hasta entonces aparentaba un perfecto domino de sí mismo. Acudía con apatía a sus preceptuaciones, algo que los alumnos disculpaban conscientes del lugar donde se encontraban. El interés con que Ismael intentaba animarle tenía habitualmente por respuesta el mutismo de un hombre que insistía en no tener ganas de hablar. El conflicto interior que le dominaba se mostraba en el rostro amargo que dibujaba la deriva de los sentimientos.
 
 

CAPÍTULO VIGÉSIMO TERCERO

Constantino citó a Jeremías para mantener una entrevista en la cárcel con el fin de dejarle leer la fotocopia de la carta que le había remitido Tarsé Soborroc. Como había acordado con Sansón, suponía que el hijo le había puesto al corriente de la misiva y su contenido, pero como esa semana Jeremías había suspendido la visita de su hijo, cuando Constantino se juntó con Jeremías fue él quien le transmitió la novedad de la carta de su amigo.

La noche anterior a la entrevista, Jeremías aún dudaba si debía contarle todo lo que le había advertido Jean, o sólo parte e ignorar nombrar los demás kilos de droga, de los cuales era posible que no tuvieran noticia la policía, y por tanto tampoco Constantino si no figuraba en la documentación de la instrucción de la causa. Tumbado por la noche, sobre su colchón, a la tenue luz que se filtraba por la mirilla de la puerta desde el corredor de la galería, se debatía entre el deber a la confianza de su amigo y defensor y contarle todo, o el seguir protegiendo a su hijo, al menos en parte, pues confirmarle la probable autoría de la tenencia de la droga y su trajín como traficante le venía obligado decírselo por si estaba en su mano conseguir protección contra una posible venganza de la banda; claro que si ocultaba lo del resto de la droga no se sostenía suficientemente por qué habrían de perseguirle. En este dilema pasó horas pensando cómo sería la mejor manera de reconocer ante su amigo lo equivocado que estaba, sin que trascendiera la decepción que le embargaba por la conducta de Amando. Al fin se durmió a altas horas de la madrugada, y fue tras levantarse cuando, con la mente despejada, decidió que debía ser absolutamente franco con su defensor y transmitirle íntegramente la conversación que había mantenido con Jean. Además, se dijo, qué puede ya importar en este  momento mis sentimientos y la honra que mi hijo no ha sabido ganarse. Decidido a sincerarse con su abogado se dirigió a la sala reservada para las entrevistas de reclusos y letrados.

-- ¿Cómo va todo? --se adelantó a preguntar Constantino mientras le estrechaba la mano.

-- Regular. No puedo decir que bien, porque me siento bastante deprimido.

-- ¿Algún percance del entorno?

-- Sí y no. Del entorno, sí; a causa del entorno, no.

-- Explícate.

-- Antes que nada reconocerte que tenías razón. Muy a mi pesar te lo tengo que decir, pero ahora estoy seguro que Amando es quien tramó esconder la droga en casa. Traficaba, y yo sin enterarme de nada. Me lo ha transmitido otro recluso, uno de mi misma celda, que tiene contactos porque está aquí por ello. Directamente no tiene nada que ver con mi hijo, ni siquiera se conocen, pero ha escuchado cosas y me ha advertido.

-- Te ha advertido ¿de qué?

-- Parece ser que el problema es más grave. La policía en casa halló un kilo, pero hay otros cuatro en jaque de los que se responsabiliza a Amando de su desaparición.

-- ¿Han pasado por tu casa?

-- Eso no se sabe. Parece que Amando recibió esa mercancía, y si sólo en el registro se ha encontrado un kilo y el resto no ha llegado a los destinatarios, piensa la banda que ese resto o se lo quedó a escondidas la policía o lo conserva Amando. Para mí el hecho de que haya huido es determinante.

-- Puede que no.

-- Ahora soy yo quien empiezo a comprender como encajan las actitudes de Amando. Mientras yo le defendía ante la justicia, ha tenido tiempo de poner tierra por medio amparado en el valor de la droga.

-- Pero ¿cómo ha podido sacar la mercancía del país?

-- No lo sé, pero ese desapego de nosotros para que ignoremos su dirección y su paradero no tiene más lectura de que tiene dinero y pretende que nadie pueda seguirle la pista. Quien no tienen nada que esconder no se oculta. En este momento creo que no se fía de nosotros.

-- Es posible.

-- Lo peor es que esa mercancía tiene unos dueños que no van a permitir que un chico se ría de ellos. Eso es lo que realmente temo.

-- La situación es más seria de lo que me esperaba.

-- Yo te lo digo todo con plena confianza. Aunque si la policía no sabe nada de los otros kilos, es mejor que siga sin saberlo.

-- Podría ser que por sus confidentes estuviera ya al corriente de ello.

-- Al menos, no seré yo quien se lo diga.

-- Tú verás. Quizá lo mejor sería que Amando colaborara con la justicia, saneara su conciencia y redujera su pena.

-- Eso podría ser si estuviera aquí y tuviéramos ascendencia moral sobre él.

-- Si los que le encuentran son los de la mafia del tráfico de droga va a ser peor para él --sentenció Constantino.

-- Pero no le podemos delatar, entre otras cosas porque ni sabemos donde está, ni estoy plenamente seguro de hasta cuánto asciende su culpa.

-- El verdadero peligro es que la mercancía la haya sacado del país con apoyo que quienes ahora le tengan en sus manos.

-- ¿Otra banda? --cuestionó el padre sorprendido.

-- O una facción de la misma.

Durante unos momentos permanecieron los dos en silencio con sus miradas cruzadas. Constantino, que acudía a la prisión con la esperanza de que la carta de Tarsé le reportara a Jeremías al menos un poco de consuelo por el favorable resultado que contenía para algunos de ellos, se hacía cargo de que el balance anímico para su amigo de su posible retorno a la libertad no era positivo. Él estaba allí para aconsejarle, pero se dio cuenta de que necesitaba tiempo para estudiar la complejidad que estaba tomando el caso, considerando que el interés para el padre suponía para el mismo su propia amargura.

-- Tendré que estudiar despacio --prosiguió el abogado-- la situación nueva creada por las noticias que me aportas. A grandes líneas pienso que si alegamos la desaparición de Amando como indicio de que podía ser el responsable de la guarda de la droga en tu casa, lo más probable es que archiven tu causa, pero también cabe que el fiscal suponga un cierto grado de colaboración o encubrimiento, en cuyo caso supongo que al menos dispondrá una libertad con condiciones hasta la celebración del juicio. Teniendo en cuanta que careces de cualquier antecedente delictivo, que no existe ningún testimonio de esa supuesta colaboración ni de conexiones con terceras personas que pudieran estar implicadas, hay muchas posibilidades de ganar el juicio y cerrar definitivamente este loco incidente.

-- Al final me libraré a costa de Amando.

-- Él es el único responsable de sus actos. Por mucho que te duela, tienes que anteponer la verdad de los hechos a tu sentimiento paternal.

-- Lo que me pesa es que parte de su modo de ser puede ser debido a mi descuido en su educación.

-- ¿Por qué no te analizas también por el correcto comportamiento de Sansón? Los hijos de mayores son independientes para la bueno y para lo malo. A todos se les presta el mismo interés, y luego cada uno obra a su manera. No te culpes sin sentido, son los influjos sociales en los que tiene que remar cada uno, algunos consiguen ir a contracorriente y otros se dejan llevar. Bastante hacemos con acompañarles en su destino.

-- Puede que tengas razón.

-- Cambiando de tema. ¿Qué me dices de la carta de tu amigo Tarsé?

-- ¿Qué carta?

-- ¿No te ha contado Sansón que llegó a tu casa una carta a tu nombre desde Japón?

-- Es que la semana pasada anulé la visita de mi hijo, porque no me encontraba bien.

-- ¿Enfermo?

-- No. Tras de que Jean me desveló lo de Amando, entré en depresión. No tenía fuerzas para hablar, ni con Sansón.

Constantino abrió su portafolios y tomó la copia que había hecho de la carta de Tarsé Soborroc.

-- Llegó esta carta a tu domicilio. Como venía sin remite, Sansón la abrió considerando que, aunque venía a tu nombre con franqueo de Japón, podía ser de su hermano. Cuando la leyó me lo comunicó para pedirme consejo respecto si te la tenía que remitir. Bueno, primero la lees, y luego te sigo informando de lo demás.

Constantino le pasó el escrito a Jeremías, quien se puso a leer el contenido. Mientras, Constantino apuntó en su agenda una síntesis de los datos que le había manifestado su cliente respecto a las novedades en la causa. Cuando Jeremías terminó de leer, se le dibujó una sonrisa en la boca, la primera que Constantino advertía desde hace meses.

-- Me alegro mucho por Tarsé y por Yamel; lo lamento por Abadá. De este no sabía que tuviera esas relaciones a que hace referencia la carta, por las que le tienen preso. Ya me gustaría que aquí, en Ocean, nuestras autoridades hubieran tomado parecida posición respecto a la absurda complicación que montaron unos servicios secretos interesados en hacerse importantes.

-- Tampoco los juzgues así. Si realmente ellos pensaron que habían detectado un potencial peligro, o una interesante pista a seguir, por responsabilidad tenían que advertirla.

-- Pero no a consta de sacrificar la inocencia de un ciudadano.

-- Posiblemente no han seguido correctamente los protocolos de verificación que deberían haber practicado previamente a acusar; lo que, por lo que dice la carta, otros países sí lo han hecho con mayor diligencia. A mí me parece positivo para la resolución de tu causa los antecedentes de la justicia de esos países donde ha primado la presunción de inocencia. Aunque judicialmente no tienen relevancia esos comportamiento, siempre pesa sobre el ánimo de los juristas el que en varios países en la causa similar no se haya apreciado delito.

-- Pero crees que ellos se van a preocupar de conocerlo.

-- Ya me ocuparé yo de que lo sepan.

Constantino, viendo que Jeremías se había inclinado hacia el lado  más positivo del contenido de la carta, no le quiso ni siquiera nombrar el que la condena de Abadá actuaba de contrapeso sobre sus intereses, pues el que estuviera en prisión el destinatario del mensaje origen de todo la complicación podía pesar en contra de sus intereses en el ánimo de algunos en quienes estaba en su  mano la resolución final.

-- Tengo que agradecerte tantas cosas --siguió Jeremías-- que no sé por cual de ellas comenzar. Además de tu estimable labor en mi defensa, la paciencia con que has aguantado mi terquedad, hasta que se me han abierto los ojos, es encomiable. Pero no menos he de reconocerte haber encontrado en ti el mejor apoyo mental cuando poco a poco me han ido fallando todos los que por razón de parentesco deberían haber permanecido más cerca de mi. Si exceptúo a Sansón, no he tenido a nadie que me haya escuchado y comprendido como tú.

-- No me adjudiques ningún mérito. Eso forma parte de la pericia de los defensores. Posiblemente tu primera abogada lo hubiera hecho igual o mejor que yo.

-- Cómo lo siento, te lo digo. Sea cual sea el decurso de los acontecimientos nada podrá cambiar mi estimación por ti.

-- Lo que hace falta es que se vuelva hacia nosotros la suerte que hasta ahora se ha mostrado tan esquiva.

-- Pero aunque todo salga bien, nunca podré ser el de antes. La prisión golpea como ninguna otra cosa la conformación de la conciencia. Te da otra perspectiva de la visión de la sociedad. Se podría pensar que cuando sales te hace valorar más la libertad, pero creo que la que has perdido se lleva una parte de ti.

-- Tendrás esa experiencia. Ya me contarás.

-- Hablando de otra cosa: ¿Puedo quedarme la carta de Tarsé?

-- No conviene. Habría que tramitarla a través del registro, y más vale que controlemos nosotros el uso que se pueda dar a esa información. Pronto le podrás contestar: En cuanto salgas. Posiblemente os volverán a citar a declarar en la fiscalía. Del resultado de ello puede ser que dé un vuelco tu situación procesal.

-- Aquí estaré esperando.

Constantino se levantó, Jeremías hizo lo mismo aproximándose a fundirse con él en un apretado abrazo.
 
 

CAPÍTULO VIGÉSIMO CUARTO

El fiscal Sambolio cursó sendos escritos dirigidos al vicecanciller de exteriores y al viceministro de justicia para que urgieran a la justicia egipcia a que remitiera las pruebas existentes contra Arrabal antes de un mes. La cancillería lo recibió con patente malestar que motivó al vicecanciller a ponerse en contacto con su colega de justicia para que tomara cartas en el asunto y actuase moderando lo que consideraba una sobreactuación de la fiscalía.

En Ocean, como en la mayoría de las repúblicas, la justicia está sometida a la política aunque la Carta Constituyente disponga la separación de poderes y la independencia judicial. Prueba de ello es que el Fiscal Nacional es nombrado y relevado por el Presidente de la República y los jueces de los órganos superiores de justicia son promocionados por el acuerdo entre los grandes partidos. De este modo, si un tribunal inferior toma resoluciones que afecten a lo que los políticos considera asuntos de interés nacional, el Gobierno se vale de su ascendencia para en un tribunal superior corregir el curso de la justicia. Ello ha llevado a que los ciudadanos den por hecho que la posibilidad de ser condenado es inversamente proporcional a la riqueza y a la posición institucional que se posee.

El fiscal nacional llamó a su despacho de Benachos, la capital del país, a Sambolio, a quien estimaba, con el fin de reconvenirle particularmente de su exceso de celo profesional. El fiscal del distrito de Abierta sabía que su escrito no iba a ser bien recibido en los ámbitos gubernativos, pero optó por esta vía precisamente para comprometer a las autoridades a actuar antes de que él oficialmente tuviera que dar el caso por cerrado.

Sambolio se presentó en la sede de la Fiscalía Nacional a la hora de mediodía en la que le había citado Romeo Daquila. Este le estaba esperando, por lo que fue introducido en su despacho sin demora.

-- Buen día, jefe --le saludó Sambolio, de acuerdo a la norma de trato en el escalafón de la fiscalía.

-- Me alegro de poder saludarle. Sabe usted que tiene toda ni consideración. ¿Qué tal por Abierta?

-- Mucho trabajo. Excesivo. La ciudad crece, las denuncias se multiplican y apenas nos llegan refuerzos.

-- Como en el resto del país. No hay fiscal que reciba y no me traslade la misma situación. Nuestro ministerio nunca sale bien parado en los presupuestos generales; allí se prioriza las inversiones en infraestructuras productivas, y se olvidan de la función esencial de la justicia para que todo el engranaje del progreso actúe lubricado. Se nos queja el pueblo de la parsimonia de la justicia, pero no se nos ofrecen los medios para trabajar mejor. Todas las autoridades nos reconocen que una justicia tardía no es justicia, pero ni el Gobierno ni el Parlamento hacen nada para enmendarlo; y si no fuera por los eminentísimos y extraordinarios profesionales con que contamos todo iría mucho peor --terminó apuntando Daquila en halago a su interlocutor.

-- Por eso instamos a la Administración a actuar con premura --apuntó Sambolio, deseando entrar en tema.

-- Se quejan, se quejan. ¡Porque les duele! Al menos prueba que no echan a la papelera las requisitorias. No obstante en estos temas de interés nacional hay que ser prudentes y pacientes. Los de arriba saben andarse con tiento y conseguir por persuasión diplomática la información necesaria para que pueda actuar la justicia; pero ello requiere acomodarse al ritmo de la pareja de baile. ¿Me entiende?

-- En el caso del señor Arrabal lo que ocurre es que los interesados en demandar la acción de la justicia son los mismos que están obstaculizando disponer del caudal acusatorio.

-- Ya, ya, pero en estos temas de seguridad internacional, no es un país el interesado, sino todos estamos igualmente concernidos. Hay que ser pacientes, porque la efectividad a veces es consecuencia de reiterados contrastes de las pesquisas seguidas allá y acá.

-- Mientras tenemos a un ciudadano nuestro encausado por presuntas acusaciones que nadie parece tomar la responsabilidad de concretar. Si no se puede formalizar la acusación, no hay más remedio que cerrar el caso, pese a quien le pese.

--  Se siguen indicios importantes. La investigación sigue abierta. Ya llegarán las pruebas.

-- Pero es que incluso los indicios son débiles. Suposiciones, estimaciones. ¿De quién? De servicios secretos que a su vez no revelan sus criterios ni sus fuentes. Tenemos mucho humo, pero sin ninguna justificación de qué lo produce.

-- Si hay  humo: hay fuego, responsable y culpable.

-- Salvo que provenga de un bote activado por error.

-- Hasta que no se pueda afirmar ese error, nuestra misión es proteger a la sociedad de cualquier riesgo terrorista. Si esta vez es otro país el que requiere nuestra colaboración incondicional, otra vez será al revés. Hay intereses de seguridad cuyo trance puede requerir incluso el sacrificio temporal de la libertad de algún ciudadano. Además, según tengo entendido el sujeto del caso se encuentra en prisión por otro delito. ¿Entonces? Por qué esa prisa.

-- No está en prisión por un delito, sino en prisión preventiva por un supuesto de responsabilidad por tenencia de drogas, pero cuyo procedimiento, según indicios policiales, podría en breve dar la vuelta y facilitar su libertad.

-- Eso no nos interesaría.

-- Si el letrado del acusado presenta recurso fundamentando cómo la investigación debe dirigirse hacia otro culpable de los hechos, nuestra obligación en justicia, una vez verificada su coherencia, es retirar los presuntos cargos que automáticamente se han elevado contra él.

-- No conozco el expediente a fondo, por lo que no me cabe duda de que usted posee la razón. No obstante, siempre cabe la posibilidad de dilatar las diligencias hasta que nos lleguen más concreciones desde el extranjero. No se entendería que le dejáramos en libertad y mañana tuviéramos que detenerle y hubiera desaparecido. El Gobierno y la sociedad nos tomarían por tontos.

-- Retener en prisión a alguien sin culpa hace rechinar la justicia, aunque no se inmute la política.

-- Pero la política es el medio para defender al pueblo antes de tener que aplicar la sanción de la justicia. La esencia de la seguridad está en la prevención, y ahí la justicia casi siempre llega tarde. Por eso desde la fiscalía y la judicatura tenemos que ser flexibles y cooperar a sostener el orden social, aunque a veces interpretemos las normas con liberalidad. Seguro que la población nos respaldaría por obrar en el límite, si ello supone preservar la seguridad.

-- ¿Incluso afectando a los derechos de inocentes?

-- El bien común, fin de toda le ley, inspira el estado de derecho, no al contrario. Claro que sin hacer un uso interesado y partidista de él. A veces nuestra responsabilidad no llega a ser correctamente entendida, para algunos deberíamos trabajar como un programa de ordenador que siempre responde con la respuesta esperada. Sambolio, vamos a servir a los intereses más preciados, a la seguridad nacional, a la colaboración internacional, con la aquiescencia que de nosotros espera el gobierno.

El fiscal de Abierta escuchaba paciente la inducción política que su jefe le estaba recomendando sobre su trabajo. En ese momento en su interior consideraba cómo en una conversación privada cabían tantos conceptos que nadie se atrevería a sostener en un documento público. Si se reservaba a los fiscales y jueces hacer el trabajo sucio que el Gobierno no consideraba políticamente correcto: ¿Dónde quedaba entonces la independencia judicial, la presunción de inocencia y los derechos fundamentales de la ciudadanía? No obstante sabía que la disciplina fiscal se imponía, y que, para su mejor servicio a la sociedad, estaban destinados a transigir, reprimiendo sus consideraciones éticas en unos pocos casos, para revertir su eficacia profesional en la mayoría restante, donde no aparecían intereses foráneos a los de la correcta aplicación de la justicia. Así respondió a Daquila:

-- Le encomiendo a usted el interesar a nuestras autoridades por no demorar las colaboraciones internacionales que ayuden a esclarecer este caso en el tiempo más breve posible. De ello depende la libertad de uno de nuestros conciudadanos. Hágase cargo del sufrimiento de un inocente en prisión. No me tome por irrespetuoso si le sugiero considerar que quien lo padeciera fuera un allegado suyo.

-- Retendré su consejo en la mente hasta la resolución definitiva. No dude que usted y yo remamos en el mismo sentido, sólo que la posición de mi cargo me obliga a consensuar las prioridades.

Terminada la reunión Horacio Sambolio regresó a Abierta, meditando mientras conducía cómo debería obrar.
 
 

CAPÍTULO VIGÉSIMO QUINTO

EPÍLOGO

Con la venia de su cliente para acusar a Amando de la tenencia de la droga decomisada en el hogar familiar, Constantino presentó un escrito fundamentado solicitando en la fiscalía la toma en consideración del mismo, la iniciación de la investigación policial sobre Amando Arrabal como presunto autor del delito y la conmuta de la prisión preventiva de Jeremías por libertad vigilada hasta que la investigación solicitada evidenciara su inocencia. A pesar de que ahora Jeremías le había dejado las manos libres para actuar, Constantino tuvo que luchar, con escaso éxito, contra la parsimonia que encontró en los diversos estamentos policiales y de justicia, que no mostraron sensibilidad alguna por una pronta resolución de las causas. Solamente cuando el periodo máximo de un año de prisión preventiva se agotaba, consiguió que se atendieran sus demandas.

El comisario Hilaya, sintiéndose respaldado por sus superiores, dilató la solicitud que le trasladó la fiscalía sobre la investigación de Amando; pues, como le indicó el comisario Rosmal, convenía dilatar los tiempos que permitieran retener en prisión a Jeremías hasta recibir instrucciones de la superioridad sobre la causa que a él le concernía. De este modo, aunque Hilaya consideraba como lo más probable que el culpable fuera el hijo huido, trató de penalizar la prioridad de esa investigación entre las que distribuía a los inspectores. Olvidando el requerimiento que les había hecho el fiscal del caso, los dos comisarios trabajaron coordinados en satisfacer los criterios que les venían de arriba, por lo que pasaron varios meses hasta que entregaron en la fiscalía las conclusiones definitivas de la investigación que señalaban a Amando como responsable directo del comercio de la droga, y valoraban a Jeremías sólo como posible encubridor, al no poderse desechar esa posibilidad por no haberse podido obtener la declaración del hijo al encontrarse en paradero desconocido.

El fiscal Horacio Sambolio sostuvo una continua lucha interior durante esos meses de demora por la suerte de Jeremías y las presiones que advertía eran las que retardaban voluntariamente las gestiones policiales. Como ya le había quedado claro tras la conversación con el Fiscal Nacional, sabía que todo seguía pendiente de los intereses de la política exterior del país. Que le hubiera tocado esa responsabilidad a una nación empeñada en significarse como emergente en la esfera internacional, no les permitía un error que pudiera interpretarse en el ámbito diplomático como negligencia o desinterés. Pero personalmente en él esos criterios tan genéricos chocaban con las obligaciones propias de la justicia, que en este caso se concretaba en el remedio a la pena de prisión preventiva que había ordenado cuando los indicios eran muy distintos a los actuales. Por más que se aplicaba a urgir a los demás implicados en la posible resolución, sólo encontraba la solicitud de sosiego por respuesta, de modo que mes tras mes se veía abocado a prologar los plazos con los que presionaba a los demás a actuar. Aunque bien sabía que sólo a él correspondía tomar la resolución definitiva, ponderaba que hacerlo sin el apoyo de los informes policiales podría considerarse en su superioridad prácticamente como un caso de rebeldía que manchara su expediente para el futuro, por lo que finalmente esperó hasta que prácticamente agotado el límite de prisión preventiva tuvo en su poder los dictámenes y aceptación de sus superiores para dictar el auto que dejaba a Jeremías en libertad vigilada.

Eva, contrariada seriamente por la prisión de Jeremías, dejó enfriar la relación matrimonial pues, además de la desconfianza fundada en la supuesta doble vida que atribuía a su marido, la marcha de Amando la incomodó de tal modo que buscó refugio en su trabajo, en las relaciones profesionales y en olvidarse de la conexión con su familia, excepto en la convivencia que mantenía con Sansón, que además, por la edad que ya tenía, le permitía que llevaran vidas totalmente independientes. Con los ahorros familiares cubría el pequeña cuota pendiente de la hipoteca de la casa, y con su retribución en el hospital mantenía a Sansón y se cubría sus gastos, sobrándole para alternar lo suficiente como para superar las penas. En esa vida social que se permitía pronto surgió una amistad particular con uno de los cirujanos de su ámbito laboral; él, que le sacaba una decena de años, llevaba años divorciado y sin  cargas familiares, por lo que su holgada situación económica le permitía invitar de continuo a Eva a alternar, hasta que se afianzó entre ellos una incipiente relación sentimental que a ambos agradaba y poco les comprometía. De modo que cuando Jeremías salió de la cárcel con libertad vigilada, no hubo posibilidad de plantear por parte de él, ni de esperar de ella la posibilidad de reconciliación. Por lo que acordaron vender la casa para liquidar la hipoteca, repartirse el resto para disponer de liquidez y buscarse arrendar cada uno un apartamento, dejando a Sansón la libertad de compartir vida con el que de ellos prefiriera. No obstante ello no fue necesario, pues el compañero de Eva invirtió en adquirir la vivienda, para que de este modo Eva y Sansón no tuvieran que salir de allí.

Jeremías agudizó los síntomas de su depresión según se prolongaba su estancia en prisión. Antes saberse totalmente inocente de los delitos por los que se le investigaba le mantenía mentalmente con vigor, ahora, en cambio, su máximo desconsuelo provenía de sentirse traicionado por Amando, el que para salvarse había ignorado las repercusiones que podían derivar de su modo de obrar sobre los demás de su entorno. Ese desapego del hijo ya se había manifestado en sus dudas respecto a la honorabilidad de su progenitor cuando fue detenido, pero cuando entonces suponía Jeremías que albergaba motivos para ello por la contundencia de la posición policial, ahora se daba cuenta que toda su enjundia contra él provenía de que por culpa de ese incidente había sido descubierto por el pequeño alijo que escondía en casa. Según pasaban los días y no se reflejaba la efectividad que Constantino le auspiciaba en una resolución del proceso, más le pesaba sobrellevar las condiciones de aislamiento de la cárcel, refugiándose en un envolvente silencio en el que pretendía encontrar respuesta a por qué le habían acaecido tantas desdichas sin merecerlas. ¿Había pecado de ingenuo respecto a la auténtica Eva que ahora había conocido? ¿Había confiado en exceso en que sus hijos le correspondiera con una confianza similar a la que en ellos había depositado? ¿Quizá, se planteaba, incluso no había sido suficientemente cauto en las relaciones que mantenía con colegas extranjeros? Las propias contradicciones que a ratos se daba a esas cuestiones favorecían su inestabilidad emocional, ya que no encontraba respuestas seguras que resolvieran su posible culpa o una inocencia, que ahora identificaba como ingenuidad. A base de sobreponerse sacando fuerzas para alimentarse sin ganas, dar las tutorías sin ánimo y dormitar el resto del día con ayuda de unos fármacos que le facilitaron en la enfermería transcurrió semana tras semana hasta que Constantino le indicó estar ordenada su puesta en libertad con algún condicionante a cumplir. Sus primeras gestiones para recobrar su trabajo fueron infructuosas, pues como se mantenía su condición de investigado en las dos causas, no le admitieron recobrar su puesto en la universidad hasta que fuera definitivamente absuelto. Gracias a que llegaron a un rápido acuerdo en el divorcio que Eva le había solicitado, le permitió recibir la mitad de los pocos ahorros que les quedaban junto a la liquidez que le correspondía de la venta de la casa, con lo que pudo alquilar un apartamento en el que vivir y dar clases de recuperación a alumnos de secundaria, que era la única fuente de ingresos que consiguió de modo inmediato. De este modo permanece a la espera de que las investigaciones decidan si es llevado a juicio por alguna de las dos causas que siguen su curso en la fiscalía.

Amando se instaló en una barriada perimetral de Bombay. Con el dinero que sacó de la comercialización de los tres kilos de cocaína que consiguió traerse de Ocean, con la complicidad de un  amigo suboficial en la marina militar, adquirió documentación falsa de ciudadano australiano y compró dos automóviles que los adaptó para la enseñanza de conductores, de cuyo negocio vive en la actualidad. Le pesó el haber efectuado la entrega del otro kilo de droga el día antes de que se complicara todo el negocio, por lo fácil que le resultó evadirse de Ocean.

Sansón, cuando la pareja sentimental de su madre adquirió la vivienda y comenzó a frecuentar su presencia, aunque le quedaba un curso para graduarse en la universidad decidió, de acuerdo con Adelaida, su novia, independizarse, por lo que se fueron a vivir a un apartamento alquilado a  las afueras de Abierta que podían sufragar con los trabajos que encontraban y la ayuda que Eva  le prestó del dinero que había recibido de la venta. La pareja un día por semana se juntan con Jeremías para almorzar, con menos frecuencia se ven con Eva, y se sienten muy arropados por la familia de Adelaida, los que, pese a que les han ofrecido su amparo para que si lo desean se casen, ven como los jóvenes prefieren demorarlo a alcanzar una cierta estabilidad profesional.

Tarsé Soborroc contestó a la carta que recibió de Jeremías, en la que le comunicaba su nueva situación de libertad vigilada, haciéndole participe de su alegría al haber nacido el hijo varón que tanto deseaba.
 
 

FIN