Maravilla

Jorge Botella
 

Capítulo 1º

Joan consideraba que su relación de pareja con Nuria padecía de monotonía. Llevaban trece años casados, rondaban mediados los cuarenta, compartían desde hace once años una hija de nombre Mar, eran propietarios de una confortable vivienda libre de cargas, gozaban de buena salud, ambos disfrutaban de aceptables relaciones con los padres del otro cónyuge y los dos trabajaban como médicos en la profesión elegida, contando con la estabilidad que les ofrecía ser funcionarios de la Generalitat. En todos sus años de matrimonio apenas se habían dado motivos de enfado entre uno y otro; ocupados con la rutina del trabajo, la atención de su hija, la gestión del hogar, simplificada por una empleada eficiente, y la vida social que gustaban de frecuentar se habían complementado, desde la mutua comprensión, para lograr una convivencia sin sobresaltos, pendencias, ni envidias. A pesar de ello, o quizá porque no concurrían sensaciones estimulantes, la buena armonía no dejaba de trasparentar cada vez más frialdad, como si el mutuo respeto se configurara como un pacto de garantía familiar. Sin confesárselo, los dos sentían cómo la juventud se les había ido sin alcanzar otros objetivos que los de ser padres y desempeñar su profesión.

Joan había proyectado en su juventud recorrer mundo de forma muy distinta a cómo lo habían hecho realidad visitando como turistas cuantos lugares se les había antojados. Él conservaba el imaginario de sus años en medicina planeando ayudar en las partes más remotas y necesitadas del mundo. Eso le llevó a doctorarse en la especialidad de endocrinología y a cursar un máster en epidemiología. El hecho de conocer a Nuria en la facultad, de que tuvieran un noviazgo apacible centrado en ayudarse a completar los estudios lo antes posible, de opositar al tiempo y de obtener ambos plaza fija les permitió independizarse primero y casarse y tener una hija pocos años después. Desplazados aquellos ideales ahora, pasados los años, cuando todo en su entorno estaba encarrilado para seguir igual lustro tras lustro, algo en su interior le advertía que podía perder la última oportunidad de vivir su aventura.

Cuando Nuria intuyó lo que rondaba la cabeza de Joan, le animó a no demorarlo, considerando que estaba empezando a rozar el límite del adecuado momento para hacerlo: Antes hubiera sido una lástima que la hija hubiera perdido la referencia del padre, y dentro de unos años quería tenerle a su lado para afrontar la adolescencia de Mar. Ella, por otra parte, valoraba que unos meses de cierta distancia los podían beneficiar en su relación sentimental, pues esa lejanía ayudaría a valorar cuánto se necesitaban.

Sintiéndose respaldado por Nuria, no dudó Joan sondear las posibilidades de desplazarse al corazón de África, continente que le proporcionaba muchos rincones donde satisfacer el ideal pendiente. Se dirigió a varias instituciones de cooperación para contrastar las posibilidades reales de desplazarse a trabajar en aquel entorno, y encontró en una de ellas, que colaboraba con la agencia de ayuda a los desplazados de Naciones Unidas, la necesidad de médicos que quisieran ir a la región del lago Chad para atender a los miles de desplazados causados por la acción de la milicia en el norte de Nigeria. El hecho de tener cursado un máster de epidemiología, contar con bastantes años de experiencia en el ejercicio de la profesión, dominar el inglés y el francés y estar dispuesto a viajar en cuanto le confirmaran su excedencia en al trabajo actual le facilitó firmar un contrato por dos años, prorrogable a tres, para incorporarse a un hospital de campaña en esa región, con sueldo equivalente al que cobraba como funcionario médico, con desplazamientos y estancia pagada y derecho a viajar a su residencia actual y descansar quince días cada cuatro meses.
 
 

Capítulo 2º

Atravesando el lago Chad en una barquichuela con otros muchos refugiados, después de varios días de fatigoso viaje de pueblo en pueblo desde la población de Geidam, en el estado de Yobe, al norte de Nigeria, Mamaki Okoro y su madre Faith, alcanzaron su anhelada meta de un supuesto lugar más seguro a las afueras de la ciudad de Baga Sola, en el vecino país de Chad.

Mamaki era la menor de tres hermanos de una de las muchas familias víctimas de la acción guerrillera en el entorno de Geidam. Kingsley, el padre, habían sido asesinados y sus hijos varones raptados cuando traían en su camioneta la recolección de cereales generada en una pequeña plantación que tenían a una decena de kilómetros de su domincilio. Sorprendidos en su recorrido por una patrulla rebelde sin escrúpulos, les obligaron a bajar de la camioneta y el padre fue tiroteado al borde del camino, a la vista de los hijos, para arrebatarles el vehículo y la carga. Apenas intercambiaron palabras con el grupo de ocho varones bien pertrechados de armas; un chico muy joven con un subfusil entre sus brazos disparó contra Kingsley como si llevara en su frente un distintivo de peligroso enemigo. Los dos hijos, teniendo que dejar el cuerpo de su padre sobre la arena, fueron obligados a subir por separado a cada uno de los dos todo terreno en que se desplazaban la milicia.

Al día siguiente se encontró el cadáver de Kingsley, y, sin rastro de los hijos ni del vehículo, se supuso que habían sido raptados junto con la apropiación de la camioneta y el cereal. Por las balas que encontraron en el cuerpo de la víctima adjudicaron el asalto a la guerrilla, como uno más de los habituales que cada día se repetían en la región.

Tiempo atrás, Kingsley, con diecisiete años, había emigrado clandestinamente hacia Europa con el propósito de alcanzar el Reino Unido para trabajar en lo que encontrara, pues tenía cuatro hermanos más pequeños y los padres disponían de ajustados recursos para vivir. Contra la voluntad de sus padres, fiado de las noticias de un amigo que había encontrado trabajo en Badalona, y con los recursos que este le facilitó, consiguió, tras padecer muchas penurias en el viaje, alcanzar la costa europea por Málaga, y desde allá desplazarse a Cataluña. Como encontró trabajo en la empresa en que trabajaba su amigo, colocando ferralla de las obras de la Ciudad Olímpica, desistió por el momento de seguir más al norte por la escasez de recursos que le quedaban; allí estuvo tres años, y a continuación se trasladó a Sevilla empleado en la construcción de los pabellones para la Feria Internacional. Con gran esfuerzo ganó para remitir ayuda a su familia y ahorró pensando en su futuro regreso a Nigeria. Al volver, en el año 1995, cuando el trabajo en España comenzó a escasear para los inmigrantes, con sus ahorros pudo comprar la pequeña explotación agrícola que trabajaba, adquirir una vivienda en Geidam, casarse con Faith y engendrar tres hijos.

Faith, tras esperar en vano durante varios meses noticias del paradero de sus hijos varones, pues la policía carecía de ellas, salvo la suposición de que habían sido raptados para adoctrinarlos en la lucha armada, como venían haciendo con otros muchos jóvenes, decidió buscar protección al otro lado de la frontera, donde otros vecinos se habían refugiado al amparo de ACNUR. Ella guardaba cierto dinero para hacer el viaje con su hija, y cuando supo de otros conocidos dispuestos a huir hacia allá, acordó de hacer el recorrido en común por tener alguna mayor garantía de seguridad que ir ella y Mamaki solas, por miedo a ser agredidas sexualmente, pues corrían en esos días comentarios de tales peligros que se atribuían siempre a la milicia, sin saber ciertamente si no había también desaprensivos que se aprovechaban de la inestabilidad política sin otro objetivo que robar y violar.

El desplazamiento para Mamaki supuso una novedad en su vida, pues nunca antes había salido de las cercanías de Geidam. Faith arrendó la plantación y su vivienda hasta su regreso a unos parientes de su difunto esposo, a quienes suplicó estuvieran al tanto de cualquier novedad que pudiera haber sobre el paradero de sus hijos. Como entre las ciudades de Chad y Nigeria existía comunicación telefónica y correo postal, quedaron en mantener correspondencia sobre las nuevas que ocurrieran en la región de Geidam, las que condicionarían la decisión de su retorno. Así, tras tramos en autobús, otros caminando y finalmente en una pequeña embarcación saturada de gente, alcanzaron la orilla oriental del lago, próxima a Baga Sola, donde fueron acogidas en un campo de refugiados.
 
 

Capítulo 3º

En el campo de refugiados Faith y su hija fueron alojadas en una tienda con otras tres personas de Nigeria que precisaban ayuda asistencial; eran un matrimonio mayor y una nieta con discapacidad intelectual. La dirección del campamento, que confería a los refugiados el deber de organizar su propia supervivencia, concertó con Faith la atención de esas personas en la ayuda que pudieran necesitar. Además, Faith, que mantuvo en secreto el dinero que aún le quedaba, solicitó trabajo limpiando el hospital en las horas del alba, aduciendo necesitarlo para afrontar el pago de la alimentación de ella y su hija, aunque el motivo principal por el que se ofreció fue porque consideró que ese trabajo les permitiría más fácil acceso a la asistencia médica si la necesitaban.

Mamaki se incorporó a la escuela que impartía docencia en el campo. La clases estaban organizadas por grupos de lengua francesa e inglesa, de modo que Mamaki se incorporó en el que se enseñaba en la lengua oficial de Nigeria, de donde eran una gran parte de los refugiados. La enseñanza la impartían once refugiados que se habían ofrecido para ello, aunque no eran profesionales titulados, ditigidos por dos trabajadores voluntarios que sí lo eran, quienes coordinaban los contenidos principales a impartir en cada grupo de edad. Hasta los diez años los grupos eran mixtos, y a partir de esa edad separaban por sexos para asegurar la conformidad de las familias, de acuerdo a las costumbres de la región.

Como el horario de la escuela era de nueve de la mañana a una del mediodía, Mamaki se empeñó en acompañar a su madre en el trabajo de limpieza desde las seis de la mañana a las ocho. Aunque Faith se resistió en un principio, luego pensó que no le venía mal a la hija iniciarse en esa labor, siempre que no tuviera que dejar la escuela, pues en Geidam era común que los hijos ayudaran a los padres desde pequeños en los talleres familiares o en las tareas domésticas. De este modo Mamaki comenzó a familiarizarse con lo que se hacía en el hospital de campaña.

Como sólo había cuatro médicos, a Joan le incumbía cada tres o cuatro días cubrir la guardia médica nocturna del hospital. Esos días aprovechaba a dar indicaciones a Faith y a Mamaki para realizar mejor la limpieza de la zona de camas de enfermos, quirófano, salas de cura, despachos de consultas y el hall de recepción y espera. Los médicos residían en un hotel de Baga Sola, y se desplazaban diariamente al campo de refugiados para atender a los pacientes. Algunos enfermos, para cuyo tratamiento carecían de recursos en el hospital de campaña, solicitaban de la autoridad sanitaria de Chad el traslado al hospital de la ciudad, aunque, teniendo en cuenta que solían estar saturados, no siempre era fácil lograr el consentimiento.

Cuando Mamaki descubrió que Joan era de España, no dejó de buscar cualquier motivo para hablar con él en español, lengua que su padre le había trasmitido en lo que había aprendido y que además Kingsley, en su empeño por que sus hijos la aprendiera lo mejor posible, había contratado clases particulares con un exiliado cubano; pero que apenas con nadie, salvo en familia, había podido practicar. Algunas mañanas en que Joan hacía guardia y no estaba ocupado, se sentaba en su consulta con Mamaki, a la que su madre dispensaba de su ayuda, y le pedía que le contara como llevaba la vida de refugiada y cosas de las costumbres de Geidam. De este modo se afianzó una inicial amistad entre la niña y el médico que para Joan paliaba, de algún modo, la separación de su hija Mar.

Cuando próximo a los ocho meses de desplazamiento se aproximaba el segundo periodo de descanso para Joan, se le ocurrió que podría ser buena cosa para Mar y Mamaki que, aprovechando su viaje a Barcelona, ella lo acompañara, se conocieran las niñas y Mamaki disfrutara también durante unos días de romper con la monotonía de la vida que llevaba en el campo de refugiados. Después de contar con el beneplácito de Nuria, y antes de proponérselo a Faith, se cercioró de los trámites precisos a realizar en el consulado de Nigeria, y buscó la colaboración del personal de ACNUR para que le facilitaran la resolución de las dificultades. En cuanto tuvo encarrilado el procedimiento de obtener el pasaporte y demás documentos para el desplazamiento de Mamaki, se lo planteó a Faith, que dio su aprobación si Mamaki estaba conforme.
 
 

Capítulo 4º

Joan y Mamaki llegaron al aeropuerto de Barcelona en 22 de agosto de 2016. Mamaki había disfrutado de conocer África desde le cielo. Gran parte del viaje lo hizo pendiente de mirar hacia abajo, primero desde un helicóptero y luego desde la ventanilla del avión. Tras divisar mucho desierto y algunas montañas, Mamaki se quedó dormida en su asiento, cuando despertó su vista le mostró lo que era el mar, que hasta entonces sólo conocía por las imágenes del cine y la televisión. Poco después, desde las alturas divisó una gran ciudad, la que Joan la indicó como su destino.

Tras recoger el equipaje y superar los controles pertinentes sin dificultad, se acercaron al vestíbulo de llegadas, donde aguardaban Nuria y Mar. Joan hizo las oportunas presentaciones, lo que produjo que las dos niñas tan distintas se conocieran. Eran de la misma edad, Mar con ojos azules y una discreta melena rubia, Mamaki negra con su rizado cabello bastante corto y unos ojos muy oscuros. Las dos tardaron unos segundos en decidirse a compartir un beso de amistad y bienvenida, pero cuando Mar escuchó pronunciar a Mamaki unas palabras en español se dio cuenta que podían entenderse, pues nadie le había anunciado que la acompañante de su padre procedente del Chad, que iba a alojarse en su casa esos quince días, sabía hablar castellano.

Nuria conducía el coche en el que se dirigieron por la autopista hacia Barcelona. Mar le iba explicando a Mamaki las poblaciones que pasaban, los edificios importantes que empezaban a divisarse y los nombres de los altos que rodeaban la ciudad. Circularon por túneles, pasos elevados, glorietas y atravesando barios llegaron a La Bonanova, donde Joan y Nuria tenían su residencia en la vivienda de la última planta de un edificio de cuatro alturas. Estaba comenzando a anochecer y, mientras Mar le mostraba a Mamaki la habitación y el baño que iban a compartir, Nuria se puso a preparar la mesa para cenar los canelones que Mercè, la empleada del hogar, había dejado listos en el horno para gratinar.

Joan se sentía feliz de estar de nuevo unos días en casa. En el anterior permiso, Nuria se mostró muy cariñosa con él, y  presumía que ahora iba a mostrarse igual. Realmente no sabía si Nuria aceptaba de buen grado el que hubiera traído a Mamaki, pues aunque lo habían comentado por teléfono y email, al no poder observar sus gestos dudaba si se mostraba conforme por agradarle o realmente le había parecido una acertada proposición. Ahora que, aprovechando la venida desde el aeropuerto, Nuria le había comentado el plan de visitas que había estado estudiando con Mar para mostrar a la pequeña huésped, Joan conoció que ella lo había acogido con plena ilusión.

Una vez que cenaron estuvieron un rato de tertulia, en la que, acostumbrados entre ellos a hablar en catalán, se tenían que corregir unos a otros de volver al español para que Mamaki no se quedara fuera de la conversación; de hecho Joan, que conocía el nivel de lengua que tenía la niña, ponía especial atención en explicarle lo que no pudiera haber comprendido. Pronto decidieron que era hora para que las niñas se acostaran, encontrando Mamaki sobre su cama un pijama nuevo con el que dormir. Como era una noche calurosa apenas se echaron la sabana por encima y en seguida comenzaron a charlar.

-- ¿Mamaki tiene alguna significación? Como mi nombre, que evoca el mar --la preguntó Mar.

-- Sí. Te puedo contar lo que un día me dijo mi padre. Me relató que cuando yo acababa de nacer y me pusieron sobre el pecho de mi madre ella pronunció: ¡Oh, mamaki!, que en lengua hausa significa algo así como "qué maravilla", y mi padre dijo: Pues si te parece una maravilla, podemos llamarla así. Y ese es mi nombre.

-- ¡Qué bonito! Ahora que lo sé me gusta más tu nombre. ¿Eres de Chad?

-- No, soy de Nigeria --Mamaki siguió un poco seria-- a mi padre lo mataron hace unos meses unos guerrilleros, y a mis hermanos no he vuelto a verlos; me dicen que están retenidos o prisioneros, pero ni son militares ni han intervenido en ningún acto violento; por eso mi madre quiso que nos desplazáramos hasta un lugar más seguro que Geidam, donde está nuestra casa, y así llegamos cerca de Baga Sola, en Chad. Estamos en el campo de refugiados donde trabaja tu padre como médico.

-- ¿Cómo es un campo de refugiados?

-- Es como un campamento de verano, pero para familias enteras que buscan la protección de las fuerzas armadas contra un peligro que acecha. Hay organizaciones que ayudan a alimentar a quienes allí llegan, otras colaboran instalando barracones prefabricados o tiendas de campaña, existen puestos de asistencia médica, escuela y algunos talleres de quienes saben algún oficio.

-- Ir unas semanas de vacaciones de acampada está bien, pero ¿vivir así? A mí se me haría insoportable. ¿No te aburres?

-- Qué va. Quizá te he confundido cuando te lo he comparado con los campamentos de verano --contestó Mamaki--. Realmente es como la vida en una pequeña localidad, pero en vez de casas hay tiendas o barracones. Tampoco tenemos tierras para cultivar, pero en lo demás hay que trabajar como en cualquier hogar. Hay que preparar la comida, conseguir con qué hacer fuego, limpiar, lavar la ropa, ir a la escuela --aquí Mamaki hizo una pausa, como para recordar en que otras cosas empleaba el tiempo--. Además los mayores que lo consiguen hacen trabajos para los demás. Mi madre limpia el hospital de campaña en el que trabaja tu padre, y yo la ayudo.

-- ¿No echas de menos tu casa?

-- Claro que la echo mucho de menos. Y a mi padre y mis hermanos, los que me contaban muchas historias. Mi madre me dice que dentro de un tiempo, cuando se pacifique la zona, volveremos. Y que mis hermanos retornarán a casa. Por eso me insiste en que siga los estudios en la escuela, para que no pierda cursos.

-- Aquí estudiamos en catalán. Pero también nos enseñan español e inglés. Por lo que veo allá estudiáis español.

-- No. Lo que sé de español es porque mi padre estuvo trabajando aquí en Cataluña, y en otra ciudad que se llama Sevilla. Como él consigió dominar bastante la lengua española, quiso que la aprendiéramos mis hermanos y yo, porque mi padre decía que nos podría ayudar en el futuro. En Nigeria en las escuelas estudiamos en inglés, que es el idioma oficial del país. Ahora, en Chad, los funcionarios hablan francés. Es curioso, cruzas el lago de una parte a otra, y cambias de país, de lengua, de costumbres, de ejército. Aunque, como en el campo la mayoría somos nigerianos, se escucha más inglés que francés.

-- Mi padre habla los dos idiomas. Él me dice que cuando tenga bien cogido el inglés voy a comenzar a estudiar francés --añadió Mar--. Me segura que sabiendo catalán y castellano me manejaré bien pronto.

-- En mi casa además utilizamos el hausa, que es la lengua que hablaban mis abuelos. En Nigeria he escuchado hablar en otras muchas lenguas, otros muchos lo hacen en árabe. Por eso se mantiene el inglés en la enseñanza, para que todos podamos seguir los mismos textos.

-- Es que con inglés te puedes valer en todo el mundo. En internet hay muchas más páginas en inglés que en cualquier otro idioma.

-- Ahora en el campo no disponemos de internet.

-- Mi padre si que lo usa --la corrigió Mar.

-- En el hospital puede que sí. Algunos chicos del campo que tienen teléfonos capaces de conectarse a internet, se desplazan hacia Baga Sola, y consiguen conexión.

-- No me explico cómo se puede vivir sin internet --sentenció Mar.

-- Cuando te faltan los recursos tienes que suplirlos con imaginación. He aprendido que hay otras muchas formas de jugar sin apenas disponer de juguetes. Lo tenemos que hacer así para no aburrirnos.

-- Me tienes que decir.

-- Mañana te cuento. Ahora estoy empezando a tener sueño.

-- Hasta mañana Mamaki.

-- Hasta mañana Mar.

Mar, mientras cogía el sueño, le daba vueltas a cómo podía ser que Mamaki jugara sin juguetes.
 
 

Capítulo 5º

Para el día siguiente a su llegada a Barcelona Nuria tenía preparado para Mamaki un día en la playa.

Después de levantarse, mientras tomaban el desayuno Mar le dijo a Mamaki que mientras estaba aquí podía usar cualquiera de sus prendas de ropa y calzado. Lo cierto es que Faith le había comprado a Mamaki en el mercadillo del campo una camiseta, un pantalón y unas zapatillas casi nuevos a su hija, dado que en el mercadillo no existía ropa comercial, sino toda era de segunda mano; eso, junto a un vestido, tres bragas, una bolsa de útiles de aseo, un cuaderno y un bolígrafo era toda el equipaje que Mamaki disponía para el viaje. Como Mar se percibió de que traía poca ropa, quiso mostrarse amable con su nueva amiga y compartir con ella, aprovechando su igual talla, su abundante armario. Para ir a la playa Mar le recomendó que eligiera entre sus pantalones cortos y un biquini, aunque Mamaki escogió un bañador de única pieza. En ese rato, mientras departían sobre qué elegir para ponerse, Mar le mostró todas sus prendas indicando a Mamaki lo acostumbrado en Barcelona a ponerse para cada tipo de salida. Mamaki, que en Nigeria estaba obligada a mayor sobriedad, no se sorprendía de la modernidad de la ropa, pues estaba habituada a ver en la televisión cómo se vestía en occidente, cuya moda llegaba igualmente a África, pero de modo más moderado.

Se desplazaron los cuatro en el coche, siempre conduciendo Nuria, hasta la playa de la ciudad de Casteldefels, al suroeste de Barcelona. Para Mamaki bañarse en el mar supuso una agradable novedad. Ella apenas había aprendido en el río Yobe, que bordea Geidam, a sostenerse sobre el agua, pero disfrutó mucho saltando cada vez que la acariciaba una ola. Luego hicieron las dos adolescentes un gran castillo en la arena, jugaron con las palas a la pelota, se volvieron a bañar, comieron sandwiches y zumos, y por la tarde pasearon por el interior de la localidad.

Tras el regreso a casa, después de ducharse y cenar, Joan se entretuvo en pasarles sobre la pantalla del televisor las fotos y vídeos que había tomado durante los casi ocho meses que llevaba en Chad. En ellas se retrataba cómo era la vida en el campamento y también las mejores vistas de la zona y de las ciudades de Baga Sola y Yamena. Una vez vistas, las niñas se dirigieron a acostar. En la cama Mar inició la conversación que dejaron pendiente la noche anterior.

-- Cuéntame de las formas con que os divertís en el campo de refugiados. Me dejaste intrigada ayer.

-- Como no tenemos juguetes, unas veces nos los fabricamos y otras los inventamos --explicó Mamaki..

-- ¿Con qué os los hacéis?

-- Primero se te ocurre algo, luego buscas la forma de hacerlo posible con lo que encuentres desechado en cualquier parte. Por ejemplo, en el campo había un balón de fútbol que trajo alguna familia, pero con él sólo jugaban los chicos. Como un grupo de chicas queríamos jugar y no nos lo dejaban, nos juntamos unas cuantas y con trapos, plásticos y cordajes conseguimos hacer una pelota, algo más pequeña que el balón, pero que rodaba lo mismo que él, y así pudimos no sólo practicar, sino enseñarles a los demás cómo con ilusión se logra cualquier cosa. Cuando empezó a no rodar bien, hicimos otra, y luego otra y otra.

-- ¿Hay muchas chicas que jueguen?

-- En Geidam teníamos un equipo infantil femenino. Ahora estamos animando a las de nuestra edad para que participen. Incluso hemos conseguido que algunos chicos quieran jugar con nosotras, así practicando con ellos aprendemos a jugar mejor, porque se nos pega su modo de juego.

-- A mi el fútbol no me gusta --puntualizó Mar--. Prefiero el tenis y el voleibol

-- Pero para jugar a eso se necesitan raquetas, campo reglamentario y redes. Allá nada de eso no existe. Hemos arreglado una explanada algo alejada de la zona del campamento, porque la gente nos dice que hacemos mucho ruido. Primero jugábamos sin porterías, pero unos jóvenes han conseguido hacerse con los troncos para construirlas, y así ahora no tenemos que discutir si el la pelota iba muy alta o ha sido gol. La verdad es que con pelotas de trapo no conseguimos elevar mucho la bola, al ser más pequeña y pesar más, pero nos vale para aprender a regatear y pasar. Como sólo hay un campo explanado y limpio de maleza, los chicos lo usan dos días seguidos, y nosotras, con los que nos apoyan, uno. Así tenemos dos días por semana la tarde ocupada.

-- Yo durante el curso tengo clases de tenis tres días por semana, en el mismo colegio donde estudio. Al voleibol entreno los miércoles y jugamos partido los sábados por la mañana, claro que sólo participamos chicas; en el tenis en cambio puedes jugar con cualquiera, de hecho yo juego mejor que varios chicos de mi clase.

-- Y ¿no ves los partidos de fútbol por televisión? --preguntó Mamaki, como dando por cierto que en Barcelona todo el mundo veía los partidos del club azulgrana.

-- No, me aburren. Mi padre tampoco los ve. Mi madre a veces, cuando son partidos trascendentales para un campeonato. Yo creo que lo hace para poder comentar en el trabajo al día siguiente.

-- Cuando vivía mi padre, él y mis hermanos seguía las competiciones del Barcelona club de fútbol. En casa tenía una camiseta con un número, que no recuerdo, y el nombre de Guardiola, que se trajo de España --añadió Mamaki, y continuó--. Mis hermanos juegan bien, mi padre era bastante torpe. Yo creo que hay que aprender desde pequeños.

-- Será como en el tenis, que si no juegas bien te aburres.

-- Eso es verdad, como en todo, quien más disfruta es quien lo hace mejor. Además, si lo haces bien los chicos se fijarán en ti.

-- Claro, si un amigo es deportista le gusta que sus amigas también lo sean, para pasar ratos juntos practicando deporte.

-- Y estar más ágil y ser más fuerte --puntualizó Mamaki.

-- De los chicos lo mejor es que sean inteligentes, deportistas y buenos amigos. Aunque los que reúnen las dos primeras condiciones corren el peligro de ser unos creídos; por eso añado lo de buenos amigos, que no todos lo saben ser.

-- Nos pasa igual a nosotras.

-- Yo pensaba que en África no iban las chicas con los chicos a la escuela, y que las mujeres no podían practicar deporte, ni conducir, ni elegir novio --opinó Mar.

-- Eso pasa en algunas partes del continente, las más atrasadas. Influye mucho la religión, la cultura y las tradiciones. Pero está cambiando, y precisamente porque está cambiando la mentalidad de la mujer africana es por lo que los reaccionarios montan las guerrillas para que nada cambie y los hombres sigan siendo los que tengan el mando y el poder. Mi padre y mi madre nos han educado a los tres hermanos con una mentalidad muy abierta, y en casa todos hemos hecho labores en la huerta por igual y mi padre ayudaba a las labores de casa. Por ejemplo, yo recuerdo de pequeña que me bañaba él y me dormía leyéndome cuentos. Tengo un recuerdo tan bueno de mi padre, que me va a costar encontrar un novio que se le parezca.

-- Aquí cada vez chicos y chicas nos reconocemos más como amigos y compañeros que como varones y mujeres. Creo que eso facilita el trato, lo que ocurre es que los chicos de nuestra edad son bastante infantiles. Los prefiero más mayores.

-- Quizá ellos también nos vean a nosotras todavía como niñas.

-- Probablemente. Pero creo que están muy equivocados --sentenció Mar.

-- Habrá que dormir. Buenas noches Mar.

-- Buenas noches Mamaki.
 
 

Capítulo 6º

El día siguientes, que era miércoles, en el desayuno Mamaki se enteró que iban a aprovechar la mañana, que no era festiva, para visitar los principales monumentos de la ciudad. A ella le hizo mucha ilusión, pues recordaba que su padre hablaba maravillas de Barcelona, de modo que para ella representaba una parte de la historia de su progenitor.

Mamaki quiso ponerse su vestido de vivos colores, ya que era la prenda que más representaba su idiosincrasia africana. El problema era que Joan había planeado hacer la turné en bicicletas, y no le parecía práctico que Mamaki fuera con un vestido largo, pues le dificultaría guiar la máquina. Mamaki les convenció que eso no era impedimento, pues ella desde pequeña se había acostumbrado a hacerlo para ir a la plantación. De este modo hacia las diez de la mañana se pusieron los cuatro en ruta con sus bicicletas, utilizando Mamaki la que tenía Mar en casa, que pidió prestada para ella otra a una compañera de colegio que vivía próxima a su casa.

La primera meta que eligieron fue la visita al templo de la Sagrada Familia, pues conforme pasaran las horas se acumularían más turistas. Nuria había reservado pases, de modo que no tuvieron que esperar. Desde allí se desplazaron al barrio gótico, donde visitaron la catedral y contemplaron por el exterior el Palau de la Generalitat y el Ayuntamiento. Pasearon por la Rambla hasta el puerto, volvieron para dirigirse por el paseo de Gracia, donde se pararon a contemplar La Pedrera, y desde allí se dirigieron hacia la Plaza España, donde almorzaron, y después de la sobremesa, en la que Joan y Nuria les pormenorizaron detalles de la ciudad, dieron una vuelta en sus bicis por Montjuic, hasta que, empezando las niñas a dar muestras de cansancio, decidieron regresar a casa para descansar un rato, con idea de al caer la tarde darse un baño en la piscina de la urbanización.

Después de la sobremesa de la cena, Mar y Mamaki se fueron a descansar y, como el día anterior, Mar buscó, antes de coger el sueño, la conversación de su amiga.

-- Te hemos enseñado parte de Barcelona, ahora sigue contándome como lo pasáis y os divertís en el campamento del Chad.

-- Por las mañanas ya te he dicho que ayudo a mi madre en la limpieza del hospital. El resto de la mañana lo paso en la escuela. Cuando regreso a nuestra tienda, mi madre a dado de comer a la familia con la que convivimos, y comemos ella y yo. Luego nos desplazamos con los cacharros de cocinar y comer el lavadero, donde hay agua corriente. Otra vez en la tienda, o en el exterior junto a la puerta, donde me gusta estar, me dedico a repasar lo que nos han explicado en la escuela y a hacer los trabajos que nos mandan. Más tarde, hasta que se pone el sol, es el tiempo para jugar, cuando a veces hacemos deporte, nos vamos a bañar el lago o nos entretenemos en otras ocurrencias.

-- Eso es lo que me gusta, que me cuentes sobre cómo os divertís.

-- Una de las cosas que me gusta es hacer colección de hojas de plantas. Aunque ni en Geidam ni en la zona que conozco de Chad hay muchos bosques, en las riberas del lago si que existe suficiente vegetación, de modo que se me ocurrió ir recogiendo las distintas hojas de las plantas y las guardo entre las hojas de un libro.

-- ¿Tienes muchas? --preguntó Mar intrigada.

-- Unas ochenta o noventa, pero cuando me parece que ya tengo de todas las plantas posibles en la zona aparece siempre otra distinta. Como mis amigos saben que las colecciono, me recogen si se les presenta la ocasión de encontrar una que creen rara. Muchas de las que me traen ya las tengo, pero a veces me aportan una nueva, y entonces yo les pido que me digan donde la han encontrado, para poder ir con ellos a observar cómo es la planta que la produce.

-- ¿No os da miedo ir solos por el bosque hasta encontrar la planta?

-- Nunca vamos solos. Ni mi madre, ni los demás padres, nos dejan salir a los menores fuera del recinto del campo. El miedo a la milicia nigeriana, aunque estemos en el Chad, hace que tengamos medidas muy restrictivas de movimiento. Ha habido incursiones suyas a este lado del lago. Cuando vamos a bañarnos, nos acompañan varios padres y vigilantes de seguridad. Precisamente en el camino por las riberas del lago es cuando aprovecho para buscar nuevas hojas para mi colección.

-- Yo de más pequeña coleccionaba cromos de artistas, de animales y de ciudades. Compraba sobres que traían tres cromos; los repetidos los intercambiábamos entre las amigas, y competíamos a ver quien cerraba la colección antes.

-- Hay chicos del campo coleccionan animales, pero de verdad.

-- ¿Animales?

-- Insectos, gusanos y culebras. En el desierto hay diversos tipos de arañas y escorpiones. Entre la vegetación de orillas del lago, muchos escarabajos, mariposas, abejorros y otros tipos de insectos. Tengo un amigo que tiene cerca de setenta animales distintos.

-- ¿Vivos?

-- No, muertos. Cuando los caza los pincha con alfileres sobre unas tablas, y mueren. A las culebras y pececillos los guarda en frascos de plástico o cristal que encuentra a veces en el montón de desechos y que rellena con salmuera.

-- ¿Qué es la salmuera? --preguntó Mar.

-- Agua con mucha sal y otras hiervas que ayudan a que se conserven más tiempo sin descomponerse los animales muertos. Si yo encuentro un insecto raro, y lo puedo cazar, se lo llevo, como él y los demás me trae hojas. Otros coleccionan piedras raras o con formas caprichosas. Una amiga colecciona trozos de tela de color, tiene una gama ordenada con los colores del arco iris, pero no te puedes figurar cuántos tonos de rojo, amarillo o azul pueden existir. Como le valen trozos pequeños, rebusca en el basurero y a veces vamos a mirar cuando retiran el mercadillo por si hubiera algún desecho original aprovechable. Otra colecciona pilas gastadas, de todo tipo y marca. Entre todos los chicos de nuestra edad nos ayudamos para que las colecciones crezcan.

-- La pilas son venenosas --aclaró Mar.

-- Eso le decimos, pero ella se empeña en que sólo si se estropean o se las deteriora.

-- ¿Qué más coleccionáis?

-- Un chico un poco mayor que nosotros colecciona sellos. Ahora se queja de que cada día la gente se escribe o habla más por internet o se envían mensajes por el móvil, y disminuyen las cartas postales, con lo que cada vez se ven menos sellos.

-- Si me dejas sus señas le puedo enviar cartas con franqueo desde aquí o Francia, ya que con frecuencia nos desplazamos allá.

-- Es un chico muy interesante. En la escuela está en tercero de secundaria.

-- Aprovechando lo de los sellos podemos intercambiar ideas por carta. ¿Habla inglés o francés?

-- Inglés. Es también original de Nigeria y está refugiado como nosotras.

-- No se te olvide mañana apuntarme su dirección.

-- ¿Me escribirás cuando regrese? --Preguntó Mamaki.

-- A condición de que tú también me sigas contando cosas.

-- Te contaré hasta que sepas tanto como yo de África.

Las dos amigas empezaban a tratarse como si llevaran tiempo conociéndose. Un par de días les había bastado para conectar.

-- Vamos a dormir.

-- Hasta mañana Mar.

-- Hasta mañana Mamaki.
 
 

Capítulo 7º

Para el día siguiente al paseo por la ciudad de Barcelona, Nuria había proyectado una jornada de excursión por la montaña. Cuando Mamaki se enteró en el desayuno, se alegró mucho porque siempre había deseado subir a las montañas. Así que ataviados los cuatro con pantalones cortos, camisetas y zapatillas deportivas se pusieron en marcha hacia los Pirineos. Su objetivo era la estación de esquí de La Molina, una zona bien conocida de Joan y Nuria ya que casi todos los inviernos hacían una escapada para esquiar. Pasadas las once llegaron a la zona de pistas y, hasta la hora en que habían reservado mesa para almorzar, se dedicaron a enseñarle a Mamaki las características de una zona de deportes de invierno, aunque en agosto no hubiera vestigio de nieve.

Después del almuerzo, marcharon de caminata por el monte, disfrutando Mamaki de un paisaje tan distinto al de su tierra. Cortó algunas hojas de árboles y matas del monte bajo, que evidentemente no tenía en su colección. No obstante, Nuria le adelantó que tenía prevista otra excursión a una zona con mucha mayor variedad de vegetación, donde podría recoger tantas hojas como quisiera. Mar ayudaba a su amiga tomando con la cámara de su móvil una foto a la planta de donde tomaba la muestra.

A última hora de la noche, después de cenar, cuando ya había oscurecido, salieron a tomar un helado a un velador próximo al Camp Nou. Mar se fijó que Mamaki miraba mucho hacia el cielo, e intrigada de por qué lo hacía, la preguntó el para qué, respondiendo Mamaki que buscaba estrellas, ya que apenas distinguía unas pocas.

Cuando se acostaron, Mamaki se adelantó a contarle sobre otra de las actividades en que se ocupaban en el campo de refugiados.

-- Tanto en Nigeria como ahora en Chad --comenzó a decir Mamaki-- nuestro firmamento se viste de millones de luceros que procuramos conocer. Nos tumbamos en el suelo boca arriba y jugamos a ver quien encuentra alguna de las constelaciones del zodiaco.

-- Pero eso será muy fácil, porque cuando ya las hayáis encontrado una vez os bastará con recordar en la zona en que la divisasteis.

-- No creas, porque la estrellas cambian de posición con las horas y los días.

-- Yo pensaba que siempre estaban en el mismo lugar.

-- Igual que la Tierra gira, lo harán también cada una de las estrellas y sus planetas --apuntó Mamaki.

-- Debes tener razón.

-- Una vez aprendí que no siempre guardan la misma posición: En nuestra huerta en Geidam me he quedado a dormir con mis hermanos más de una vez, y una de esas noches me fijé en la orientación de la Vía Láctea antes de dormirme; me desperté antes que amaneciera, y me sorprendí cómo había variado su posición.

-- Os conocéis muchas estrellas por sus nombres.

-- Jugamos a nombrarlas. Cada uno de los que estamos reunidos elige una estrella propia, tiene que ponerle un nombre y ser capaz de inventar un relato sobre lo que ocurre en esa estrella. Como nadie te puede decir que lo que se te ocurre no es cierto, porque no lo conoce, vale todo; luego votamos quien ha tenido más y mejor imaginación.

-- Mi madre y yo, hace unos diez días, nos sentamos en la terraza e intentamos fijarnos si veíamos estrellas fugaces, pues en televisión anunciaron que se preveía esa noche lluvia de estrellas, y como no había mucha luna lo intentamos, pero vimos pocas porque con la mucha luz que despide la ciudad no se distinguen apenas.

-- Eso es privilegio del mundo rural.

-- Con el colegio hemos ido al planetario, un lugar donde se proyecta el firmamento como si lo estuvieras viendo tan de forma natural como tú dices. También pudimos mirar por un telescopios y ver la luna de muy cerca. Luego nos enseñaron en unas pantallas la señal del cielo que mandaba uno de los telescopios electrónicos.

-- Pero no es como verlo en realidad, en el momento concreto que cruza una estrella fugaz. Esa visión idéntica ya no la verá nadie más --replicó Mamaki..

-- ¿Tú crees que habrá vida en algún otro planeta?

-- Mi hermano decía que eso realmente no importa, sino lo que interesa es si algún día podremos entendernos con quienes vivan fueran de la Tierra.

-- ¿Serán blancos como yo, o negros como tú? --se le ocurrió a Mar.

-- O rojos, o peludos. Hay tantas especies de animales que la vida no tienen por que ser precisamente de humanos --contestó Mamaki.

-- Yo me estaba refiriendo a si hubiera hombres y mujeres como en la Tierra.

-- Eso lo discutimos con frecuencia las noches en que hablamos sobre el espacio. Al ver tantos e incontables puntos luciendo en el firmamento, la mayoría de nosotros nos inclinamos a apostar porque haya seres en algunos, porque es muy raro que nuestro planeta fuera una excepción en el conjunto. Muchos se inclinan a sostener que los hombres de la tierra llegamos de algún otro lugar del espacio, como parece que dentro de décadas podremos colonizar otros planetas.

-- Te veo muy puesta en el tema, Mamaki. Yo pienso en ello de muy de tarde en tarde.

-- Cuando contemplas la majestuosa realidad de lo que nos rodea cada noche, bueno, cuando hay nubes no --rectificó su proposición Mamaki--, de horizonte a horizonte, por el norte, sur, este y oeste, es cuando de verdad percibes lo insignificantes que somos. Esa misma idea me vino a la cabeza cuando desde la ventanilla del avión divisé la inmensidad de Barcelona; cada persona suponía menos que la dimensión de una pulga.

-- Es verdad, cuando vuelas parece que todo es pequeñito, como de juguete.

-- ¡Qué misteriosa es la vida! --exclamó Mamaki.

-- Es curioso que chicas tan lejanas como tú y yo podamos tener ideas tan parecidas --observó Mar--. Cuando me dijo mi padre que venía una nigeriana de mi edad con él, pensé que no nos podríamos entender. No te lo tomes a mal, pero ¡me había hecho una idea muy distinta de ti!

-- Yo juego con ventaja, porque al conocer a tu padre se me hace más sencillo sacarte parecidos a él. Además allá, en el campo de refugiados, hay otros cooperantes europeos y algunos me ha confesado lo que ahora me dices tú, que pensaban que los africanos seríamos mucho más distintos respecto a ellos mismos de lo que realmente somos. No se dan cuenta que nosotras a través de la televisión vemos infinidad de películas en las que se refleja vuestra forma de ser y pensar.

-- Sin embargo aquí no vemos películas de la vida cotidiana de África, sino que la televisión sólo muestra tópicos de algunos poblados, la pobreza que acucia a algunas zonas o la crueldad de la guerra. Conocemos más de los leones, jirafas, cebras y elefantes que de las personas.

-- Eso debería animarte a viajar algún día a nuestra tierra.

-- Lo haré. Desde luego antes que viajar al espacio.

-- Vamos a dormir y a soñar con que volamos venciendo a la gravedad.

-- Buenas noches Mamaki.

--Buenas noches Mar.
 
 

Capítulo 8º

Llevaba cuatro días Mamaki en Barcelona y  a ratos se sentía recién llegada y otros como si llevara en Barcelona desde más tiempo. Quizá la acumulación de sensaciones eran las culpables de ese ligero desorden mental, pero también la buena conexión que había encontrado con Mar facilitaba que se sintiera tan bien acogida como si conociera a la familia desde atrás. Lo que no valoraba es que su propio carácter espontáneo, sincero, alegre y comunicativo se había ganado que Joan se fijara en ella, entre las muchas niñas refugiadas, para invitarla a su casa.

En cada desayuno Nuria les comentaba su propuesta de plan para el día. Para esta nueva jornada de viernes Nuria había pensado ir a Tarragona, pasar la mañana en la playa y por la tarde visitar el conjunto arqueológico que se conserva de la época romana.

Se pusieron en camino y poco después de una hora y cuarto estaban desvistiéndose para darse un buen baño en la Playa Larga. Tras horas de disfrutar del agua, la arena y los juegos, repusieron fuerzas almorzando en el paseo marítimo, y tras la sobremesa en que Mamaki y Joan contaron detalles de la vida del campo de refugiados, se dirigieron hacia la zona de los restos arqueológicos romanos. Visitaron luego el centro de la ciudad y a media tarde decidieron volver a Barcelona, pues el plan de Nuria incluía cena y sesión de cine antes de volver a casa para descansar.

Cuando se fueron a acostar Mar y Mamaki estaban bastante cansadas, pero como en días anteriores tuvieron su tertulia previa a dormir.

-- ¿No sé si te habrá decepcionado que las ruinas del teatro romano sean tan escasas que haya que poner bastante imaginación para figurarlo tal como fue? --preguntó Mar.

-- Después de cientos de años no es fácil que nada se mantenga en pie.

-- Aquí en España, en Mérida, se conserva un anfiteatro en tan buenas condiciones que admite que haya representaciones.

-- El año pasado en la escuela nos proyectaron fotos del Coliseo de Roma. Me pareció muy grandioso y bonito --añadió Mamaki.

-- Yo lo visité con mis padres hace dos años.

-- ¿Has estado en muchos países de Europa?

-- Francia, Inglaterra, Escocia, Suiza y el viaje a Italia, donde además de Roma visitamos Florencia y Venecia. Viajando es como de verdad aprendes geografía y historia. Cuando termine primaria mis padres me ha prometido llevarme a Nueva York.

-- En África sólo viajan los muy ricos o los atrevidos aventureros. Mi padre estuvo en España, antes de casarse; cuando era joven se marchó en busca de trabajo y dinero para poder comprar la tierra de la plantación de la que hemos vivido. Pero hoy en día la televisión permite conocer todos los continentes y todas las formas de vida. Es como si las imágenes fueran las que viajan en vez de las personas.

-- Pero no es lo mismo.

-- No es como estar allí, pero a cambio en la televisión de cuentas en detalle y en tu idioma las principales cosas a ver en el mundo. A todas partes yo creo que no da tiempo a viajar en la vida.

-- ¿En el campo de refugiados podéis ver televisión?

-- Sí, pero por turnos. Hay una pantalla bastante grande, como de un metro de ancha, que está en un barracón abierto por uno de sus laterales y nosotros nos situamos fuera, sobre el suelo. Si no consigues estar en las primeras filas llega un momento en que no se distingue bien lo que pasa en la pantalla. Por eso se organizan turnos, sobre todo para los programas más interesantes, para que todos tengan oportunidad de verlos algunos días.

-- Yo no concibo la vida sin televisión, creo que me moriría de aburrimiento.

-- En cambio yo muchos días prefiero quedarme jugando con los chicos que ir a ver las series o los concursos. Es más divertido participar en un juego, en el que tú actúas, que en la pantalla ver a otro hacerlo.

-- Pero los juegos de la televisión tienen glamour. Incluso salen famosos intentando no quedar en ridículo.

-- Todo eso está amañado. No es como que tú tengas que esforzarte en tener reflejos para responder cuando te corresponde una pregunta de un juego. Así tú mejoras, en cambio por ver la tele no se te pega nada.

-- También se aprende en los concursos culturales. A mí me gusta comprobar si soy capaz de responder alguna vez antes que el concursante de la pantalla --afirmó Mar.

-- Y si te equivocas no tienes que pasar vergüenza, pero precisamente jugar con los amigos te obliga a esforzarte para acertar y quedar bien. Especialmente me gusta cuando las chicas les ganamos, porque ellos se creen más listos que nosotras y no lo son. Ya es que en las cosas de fuerza tengan ventaja, como para que también se lo crean con la memoria o la inteligencia.

-- ¿Os dejan vuestros padres jugar en la calle cuando ha oscurecido? A mí no me dejan ni de día salir sola fuera del recinto de la urbanización.

-- En centroáfrica, como nunca hace frío, hay mucha costumbre de hacer la vida en el exterior de la vivienda. Ahora, con la amenaza de la milicia los padres están mucho más pendientes, y a veces se turnan para vigilar disimuladamente; pero tampoco nos pueden retener metidas en nuestras casas, porque nos moriríamos de aburrimiento y pena.

-- Con mis amigos y amigas, desde que el pasado cumpleaños me regalaron un smartphone, estamos de continuo en contacto. Así, si te sientes sola, te pones a chatear. Además tenemos juegos entre varios. El problema es que mis padres me limitan las horas en que puedo usarlo, me vigilan las listas de amigos, los lugares que he visitado, vamos, que estoy más controlada que antes --explicó Mar.

-- Ya veo que consultas el móvil cada rato.

-- Es que ahora que estamos de vacaciones, con cada compañero de colegio disperso por ahí, es la forma de saber las aventuras que cada una nos montamos. Otra ventaja del móvil es que a veces estando varios en corro, puedes mandar un mensaje a otro de los presentes sin que los demás tengan que enterarse. Facilita la intimidad.

-- Nosotras, de intimidad, muy poca. Además las madres comentan todo entre ellas. La vecindad, y no sólo ahora en el campo, sino también cuando vivíamos en Geidam, es como una especie de familia en la que no se admite el secreteo. Lo que puedas tener con una amiga o un amigo enseguida lo sabe todo el entorno. Eso hace que las relaciones sean más fluidas, más sinceras, más naturales.

-- Yo no podría vivir así. Entre las amigas tenemos un código de no hacer público lo que se comunica en particular. Es una forma de distinguir entre lo que se tiene entre dos y lo que se comparte con todas.

-- Es curioso que en el mundo haya costumbres tan distintas para comunicarnos unos sentimientos tan parecidos.

-- Cada una usa los medios a su alcance.

-- Aunque nos igualamos en la forma de soñar mientras dormimos --concluyó Mamaki--. Buenas noches Mar.

-- Buenas noches Mamaki.
 
 

Capítulo 9º

Nuria había acordado con su cuñado Jordi, el hermano mayor de Joan, incorporarse ellos a la salida habitual que él con su familia hacía a la mar los sábados de verano en el velero que tenía anclado en el puerto deportivo. De los tres hijos de Jordi sólo el menor, Pere, estaba esos días en Barcelona; así que se hicieron a la mar los dos matrimonios, Pere, Mar y Mamaki. El plan era bordear la costa durante horas para estar de regreso en Barcelona a la caída de la tarde.

Con la ensalada, el fiambre, los quesos, la fruta y las bebidas que había dispuesto Mercè en las neveras y bolsas, Nuria urgió a las niñas a no demorarse para llegar puntuales a la cita con Jordi. Mar tuvo que convencer a Mamaki de llevar el bañador, por si fondeaban en alguna cala para darse un baño, pues Mamaki había mostrado su temor a zambullirse en mar abierto, tanto que la convencieron de embarcar asegurándola que en la travesía iba a ir provista de chaleco salvavidas.

La experiencia de navegar para Mamaki fue totalmente distinta a atravesar el lago Chad, de escasa profundidad y sin oleaje. Al principio la encontró satisfactoria, contemplando la vista que ofrecía el conjunto de la ciudad mientras se iban alejando del puerto. Luego se vio afectada del  percance del mareo propio de quien no está acostumbrado a navegar en yate. El movimiento del barco fue actuando sobre la entraña del cuerpo de Mamaki, hasta que vomitó el desayuno. Advertido Joan, le facilitó un medicamento para que se restableciera, mientras se reponía tumbada en el pequeño camarote que tenía el barco. De este modo, sin comer y la mayor parte del día tumbada intentando minimizar el efecto del balanceo de la mar, Mamaki sufrió su primera experiencia marinera a mar abierto.

De regreso a casa, a la caída de la tarde, Mamaki estaba consternada porque tenía la sensación de haber fastidiado a los demás una jornada distendida; lo que era cierto en muy mínima parte, pues ellos habían navegado, fondeado, bañado, comido, bebido, conversado y disfrutado al tiempo que velaban por el estado de Mamaki, pues aunque para ella, que habitualmente no padecía enfermedades, su malestar le parecía grave, los demás compartían la experiencia de la inocuidad del normal mareo por la inadaptación a navegar. De este modo, tras una merienda cena que repuso las fuerzas a Mamaki, esta se encontró en perfecto estado y con ganas de hablar cuando se retiraron a dormir.

-- Siento haberos tenido tan pendientes de mí todo el día --le dijo Mamaki a Mar desde su cama.

-- Lo que siento yo es que tú no hayas disfrutado tanto como los demás. A mi también me ocurrió de pequeña las primeras veces que salí a la mar con tío Jordi.

-- Me daba vueltas la cabeza, se me agitaba el vientre y me sentía sin fuerzas; como no recordaba en mi vida.

-- Lo importante es que no ha sido nada grave y que ya estás recuperada.

-- Como he estado todo el día echada intentando dormitar, ahora no tengo sueño.

-- Pues aprovecha para contarme más de los juegos que inventáis en tu tierra para divertiros.

-- Las adivinanzas. ¿Vosotras no jugáis a adivinanzas?

-- Sí. Hay una aplicación para el móvil que te ofrece infinidad de adivinanzas, conforme las vas superando te presenta otras más difíciles.

-- Nosotras hacemos muchas de reconocimiento a ciegas. Te vendan los ojos y tienes que descubrir quien te habla, olores de plantas, identificar un animal tocándole la piel, dar vueltas y luego saber donde está el norte... Para mí la más difícil es saber qué amigo o amiga es a quien a ciegas tienes que reconocer por el tacto sobre su cara.

-- Fijándote en la forma de su nariz, el pelo, el tamaño y la forma de las orejas, puedes ir reconstruyendo una imagen y seleccionando a quien puede corresponder.

-- La dificultad es que estamos tan acostumbrados a ver a los demás, que cuando te tapan los ojos dudas de casi todo. Como no tocas varias narices para ver cual es la mayor o menor, no sabes bien calibrar el tamaño. Tienes razón en que la aproximación la vas haciendo descartando a la imagen de quien no le encaja la forma que palpas, pero se hace más complicado cuando nosotras y los chicos llevamos casi todos el pelo corto.

-- Nosotras solemos tener la cabeza más pequeña.

-- Pero Mar, más pequeña y grande es un término relativo. Si no estás muy acostumbrada se hace difícil al palpar calcular la proporción.

-- ¿Entonces cómo lo adivináis?

-- Yo nunca he adivinado a nadie. Pero hay alguno que sí. Y no es que sea por suerte, pues por esa razón las probabilidades son las mismas para todas. Hay un chico que con sólo nueve años es el que más veces acierta. Y no nos revela a los demás su secreto.

-- Será que se pasa la vida memorizando cada detalle de los demás.

-- Él dice que no, que lo que pasa es que se concentra y lee el pensamiento del que esta palpando. Pero no me creo que pueda ser así.

-- Para que sea telepatía tendrían los dos que haber acordado en conectarse --apuntó Mar.

-- Sea lo que sea, lo que parece verdad es que hay quien sabe buscar la manera de ganar a los demás.

-- ¿A qué más cosas jugáis a adivinar?

-- Otra es con los sentimientos de cada una. Los demás opinan sobre ¿quién te cae mejor de los del grupo?, ¿en qué envidias a alguien?, ¿a quién piensas que le caes mal?, ¿en qué eres más creída?, y cosas así, y tú tienes que afirmar si es cierto o falso lo que cada uno ha dicho. Siempre acabamos discutiendo si la verdad es lo que ha dicho quien ha opinado o lo que tú reconoces.

-- Nosotras en los campamentos jugábamos a que por turno se le hacía  preguntas a cada una sobre esas cosas, y había obligación de contestar. Los chicos eran los más cohibidos. Nosotras, además, éramos más atrevidas preguntándoles cosas íntimas a ellos. Es una forma que facilita conocer cómo es cada uno.

-- Y si tú te conoces bien --añadió Mamaki

-- Siempre se aprende.

-- Es por lo que me inclino a pasar más ratos en grupo que a ir a ver la televisión, como te decía ayer.

-- ¿No jugáis a juegos de mesa?

-- En el campo ni hay juegos, ni apenas mesas. Pero recurrimos a divertirnos con los acostumbrados juegos de calle rural: A jugar con las chapas de las botellas, a hacer malabarismos con aros que podemos sacar de desechos, al escondite, a policías y ladrones, a tirar piedras desde una distancia a ver quien se acerca más a un palo fijado en el suelo, a sentarse en corro y tener que pasar palabras o números en un sentido o en el contrario según la norma que se acuerde, a ver quien resiste más sin reír, a la busca del tesoro, y otros muchos que hemos inventado alguna vez y luego no lo repetimos hasta que lo recordamos meses después. Lo que gusta es la novedad de poner en marcha una nueva idea, aunque luego no resulte tan divertida. Yo creo que todos jugamos también como una necesidad para olvidar durante un rato lo que a cada una le ha ocurrido para acabar acogida como refugiada.

-- ¿Sientes nostalgia de tu casa?

-- Mucha, sobre todo de la falta de mi padre y mis hermanos.

A Mamaki se le empezaron a saltar las lágrimas. Mar comprendió que, como su madre la había advertido, estaba allí para ayudar a Mamaki a desconectar, y quizá su curiosidad podía inducirla a tocar temas que no ayudaran a ello.

-- No obstante --continuó Mamaki-- mi madre me insiste que tenemos que aprender para desterrar de África esas luchas fratricidas que son las que nos impiden prosperar.

-- También Occidente debería hacer más --añadió Mar--. En mi colegio nos recuerdan mucho que tenemos que ser solidarios y sufrir como nuestros todos los problemas del mundo; de igual manera que nos gustaría que lo hicieran por nosotros si padecemos una necesidad.

-- Es cuestión de no desesperar. Conociendo hombres como tu padre, que se ha desplazado hasta allí para ayudarnos, es cuando se palpa esa solidaridad.

-- Te tengo que confesar que yo también le echo mucho de menos cuando no está aquí.

-- Más a su favor.

-- ¿Te sigue molestando la cabeza o la tripa?

-- No, nada. En cuanto bajamos del barco se me fueron todas la molestias. Gracias.

-- Hasta mañana Mamaki.

-- Hasta mañana Mar.
 
 

Capítulo 10º

Totalmente recuperada de la indisposición del día anterior, Mamaki en el desayuno se interesó por el plan que pudieran tener para ese día. Nuria, que era quien principalmente decidía, le dijo que para ese domingo por la mañana iban a desplazarse a Manresa para que Mamaki conociera el ambiente de una celebración tradicional, actuando varios castellers con motivo de la fiesta mayor de la localidad. Para la tarde había planeado ir al partido del Camp Nou, para que Mamaki conociera el ambiente de un partido de fútbol, pero cuando consultó el calendario de liga se dio cuenta que ninguno de los dos fines de semana que Mamaki iba a estar con ellos jugaba el Barcelona en casa. Así que como no tenían compromiso de llegar a una hora, podían almorzar en Manresa, volver sin prisa y luego, por la tarde, relajarse en la piscina de la urbanización.

A Mamaki le encantó la participación popular al ver tanta gente animando a los que se encaramaban piso sobre piso para formar las torres humanas. La tres formaciones que participaron lograron su objetivo y para ella, puesto que todos se habían esforzado, todos los participantes le parecieron dignos de elogio, pero más el esfuerzo de los pequeños que tenían que trepar los sucesivos pisos hasta culminar la torre. No obstante Joan le aclaró que quizá los mayores sufridores eran quienes desde la parte inferior soportaban el peso de todos los demás.

A continuación las dos amigas participaron de la fiesta sobre un tiovivo, conduciendo un coche de choque, apostando en una tómbola y ascendiendo en una noria. Tras una comida a base de escalivada, pan con tomate, butifarra y crema catalana, mientras los mayores tomaban café, ellas aprovecharon la música, aunque no era hora de ello, para divertirse mostrando una a la otra sus pinitos con el baile.

Por la tarde bajaron a la piscina, donde Mar coincidió con unas vecinas de su edad a quienes presentó a su amiga llegada de vacaciones desde Chad. Juntas jugaron en el agua con una pelota de playa; siempre Mamaki cuidadosa de no meterse en la parte más honda, donde, aunque sabía sostenerse sobre el agua, se ponía nerviosa al no hacer pie. En un principio las otras niñas utilizaban el catalán hasta que Mar les indicó que Mamaki hablaba y entendía perfectamente el castellano, y que, si no les importaba, podían utilizarlo para que ella participara por igual de la conversación. Las chicas le preguntaron por cosas de su tierra, y Mamaki pronto se las ganó con su habitual simpatía.

A la noche, cuando se acostaron, Mar en seguida sacó la conversación de cómo había aprendido a moverse con tanta soltura para bailar.

-- ¿Cómo aprendéis a bailar con tanto ritmo?

-- Desde pequeñas en casa y en la calle, en cuanto hay música nos ponemos a bailar. Imitamos los movimientos de los mayores, y basta dejarse llevar por el ritmo para que cualquier gesto sea admitido. También cantamos canciones tradicionales, muchas son de dialectos que no conocemos, pero como tienen sonidos pegadizos las aprendemos enseguida.

-- Me has dejado un poco sorprendida de lo bien que te mueves.

-- Tú también lo haces bien --reconoció Mamaki.

-- He estado yendo a clase de baile en el colegio durante dos años. Pero era un poco aburrido, porque insistían mucho en criterios clásicos, y no a los de discoteca.

-- Todo lo que se aprende vale, porque en el fondo son formas de expresarte con los movimientos de tu cuerpo. El problema es que a veces estamos pendientes de si estamos gustando a los chicos, en vez de gustarnos nosotras mismas.

-- Ellos son más torpes --dijo Mar--. En las clases, a casi todos les costaba desinhibirse de la vergüenza. A veces no querían bailar delante de los demás, o se ponían rojos en cuanto se daban cuenta que no lo hacían bien.

-- En mi tierra los chicos son muy espontáneos, casi igual que nosotras.

-- Si os acostumbráis a estar juntos y hacerlo desde pequeños es lo lógico. Aquí no hay muchos chicos que se apunten en el colegio a baile, les parece cosa de niñas o algo muy cursi.

-- ¿Qué quiere decir cursi?

-- Twee --le indicó Mar en inglés.

-- Entiendo --contestó Mamaki.

-- Luego, cuando son más mayores, les gusta llevar ellos el paso, y me parece que a más de uno le tendrá que enseñar su chica.

Se rieron las dos niñas con cierta complicidad.

-- Les tendremos que enseñar eso y otras muchas cosas más.

-- Mi madre me dice que a nuestra edad estamos nosotras más espabiladas, pero que luego nos igualamos --indicó Mar.

-- Allá en África lo que pasa es que todas las ventajas son para ellos. Nos educan con un criterio de que los recursos deben destinarse prioritariamente a los varones, porque van a ser los cabeza de familia. Las mujeres estamos más relegadas, aunque algo está empezando a cambiar.

-- Mi bisabuela, que murió hace dos años, me contaba que en Cataluña, cuando ella era joven, a una mujer le costaba que la dejasen estudiar. Sólo podían cursar idiomas, música, para maestra, puericultura y cosas así. Las educaban para casarse y poco más.

-- Pues entonces allá estamos como en tiempos de tu bisabuela. Aunque gracias a la televisión e internet, salvo en las aldeas, ahora tenemos más medios para conocer --dijo Mamaki.

-- Mucho depende de lo modernos que sean tus padres.

-- Y del entorno. Allá todavía dominan las familias muy tradicionales. Yo creo que el que mi padre viniera de joven a Barcelona le ayudó a superar el conservadurismo de las regiones de África donde nos hemos criado. Tengo amigas y amigos que sus padres les inducen a practicar costumbres que detestan. ¡Pero que trascendentes nos estamos poniendo esta noche!

-- Perdona, Mamaki, la culpa es mía. Me interesa mucho saber de vuestro modo de vida, y me quedan pocos días de tenerte conmigo.

-- Mañana seguimos, que tenemos que descansar para estar en forma para viajar a París.

-- Buenas noches Mamaki.

-- Buenas noches Mar.

Es que Nuria en al cena les había anunciado que mañana lunes iban a desplazarse en tren a París para conocer la ciudad, incluyendo una visita a Disneyland el martes.
 
 

Capítulo 11º

El lunes, poco después de las 9 de la mañana, llegaban los cuatro en la estación de Sans para tomar el tren que salía a las 9h y 25m. A Mamaki le reservaron el asiento de ventanilla en la dirección de la marcha, para que pudiera contemplar con facilidad el paisaje. Ella desde que salió el tren de Barcelona hasta que llegó a París se mantuvo atenta para no perderse nada de lo que se le ofreciera ver. El enorme contraste durante kilómetros y kilómetros, hora tras hora, entre el verdor que ofrecían los bosques y la campiña a la aridez y sequedad del norte de Nigeria suponía la mayor sorpresa que inundaba la retina de Mamaki. Observar los abundantes ríos, lagos y canales que facilitaban la vegetación, los pastos y la agricultura le hacía comprender la diferencia entre unas partes y otras del mundo, pues al observar tanta riqueza natural le venía a la mente la disparidad con lo costoso que para su familia era mantener la plantación de cereales cuando estaban a expensas de la lluvia, y lo esforzado de sus padres para, cuando asolaba la sequía, sacar agua del río en vasijas para transportarla, antes en burros y ahora en la camioneta, para con mimo intentar paliar la sequedad vertiendo un chorrillo de agua por los surcos de la plantación, para al menos obtener grano para el consumo familiar y simiente para la siguiente siembra. Lo demás que observó: castillos, poblaciones, túneles, viaductos, estaciones... le pareció poco relevante con la inmensidad de la riqueza que producía la naturaleza. Viéndolo a ras de tierra, desde el ferrocarril, se le había más patente que a vista de pájaro, desde el avión, la diferencia de vida que garantizaba el clima europeo y la tierra en que había nacido.

A la llegada, tras alojarse en el hotel, dedicaron la tarde a visitar el centro monumental de la ciudad. Las grandes avenidas, los edificios majestuosos, las plazas y el Sena fueron los protagonistas que distrajeron la vista de los visitantes, especialmente de Mamaki, la que nunca, antes de este viaje, había visitado una gran ciudad, aunque de París, igual que de Barcelona, había contemplado reportajes por televisión. Quizá el que no se había preparado para esta visita le proporcionaba mayor sorpresa.

Aunque estaban en la capital de Francia, eligieron para cenar un trattoría italiana en la ribera del Sena. Dieron una paseo de regreso al hotel, y se dirigieron a las dos habitaciones contiguas y comunicadas por una puerta que habían reservado para dos noches. Curiosamente Mar y Mamaki se sentían más libres que si estuvieran en casa, aunque realmente estaban a una puerta de los padres, como de costumbre. Sin saber por qué comenzaron a saltar sobre el colchón, para ver cual alcanzaba más altura, y luego se enzarzaron en una lucha de almohadas. Gritaban y reían tanto que Nuria entró a reprenderlas, ya que podían molestar a otros huéspedes. Calmadas, comenzaron su conversación de cada noche antes de dormir.

-- ¿Qué bonito es París? --dijo Mar-- Ahora que soy más mayor la encuentro con más encanto que cuando vine de pequeña.

-- Es una ciudad muy majestuosa --respondió Mamaki.

-- Barcelona también es muy bonita --reivindicó Mar--. Quizá no tiene esos grandiosos edificios, pero el hecho de que tenga mar le da un encanto especial.

-- Aquí tienen un buen río. Es como si la ciudad se hubiera construido en torno a él. En África se valora mucho el agua, representa un oasis de paz y de oportunidad.

-- Habrás notado cuando veníamos en el tren la cantidad de ríos y lagos que hemos cruzado. La verdad es que Europa, salvo el sur, tiene grandes ríos. En Cataluña nos salvan los Pirineos; toda su nieve de invierno son reservas de agua para el resto del año.

-- En la escuela nos dijeron que África central tiene un mar enterrado bajo su superficie. Mi padre decía que si todo ese agua se pudiera subir a la superficie para regadío, con los años se produciría un cambio en el clima.

-- ¿En Nigeria tenéis camellos?

-- Algunos en la zona más desierta del norte. Allá aún existe tribus nómadas, y ellos los usan para sus desplazamientos. ¿Por qué me lo preguntas?

-- Por hacerme mejor idea de tu tierra. Hasta que mi padre se fue a Chad, de África no sabía sino lo que estudiamos en geografía. Ahora, desde que te conozco, empieza a interesarme mucho más.

-- A mí me pasa igual con vosotros. Antes de Occidente me interesaba las películas, ahora su forma de vida y su cultura.

-- Es que además ya no somos niñas --sentenció Mar.

-- Yo no tengo ninguna prisa por hacerme mayor.

-- ¿Es verdad que allá os casáis a los catorce o quince años?

-- En las aldeas sí; en las ciudades ahora se respeta el que las chicas acaben sus estudios. Depende mucho de las tradiciones de familia y tribu. En mi casa siempre se ha hablado de igualdad de trato para mis hermanos y yo: Podremos elegir profesión y pareja. Aunque ahora --añadió Mamaki seria-- con la muerte de mi padre las dificultades son mayores.

-- Yo de mayor quiero ser médica, como mi padre. Son muchos años de estudio, así que el matrimonio tardará en llegar. Eso no quiere decir que no me eche novio. De hecho ya hay algunos compañeros de colegio que me llaman la atención.

-- De alguna manera mi vida está pendiente del destino de mis hermanos. Si vuelven a vivir con nosotras irá todo mucho mejor, porque mis hermanos son muy buenos chicos: Inteligentes, trabajadores, decididos. Con ellos me divertía mucho, más que con las amigas. Así que de momento, aunque tengo mis fantasías futuras, no vivo más que para ver si puedo ir a la escuela el día siguiente y si tendremos para comer durante ese mes.

-- A mí me hubiera gustado tener un hermano mayor, así tienes fácil acceso a chicos más mayores. Además no están tan pendiente de ti los padres; ser hija única y chica es como si fueras tan delicada como un jarrón de porcelana.

-- Pues figúrate la preocupación de mi madre con la acechanza de la guerrilla. Por eso decidió que nos acogiéramos al amparo de un campo de refugiado. Ello ha hecho posible que nos conozcamos.

-- Eso sí que es verdad, por mi parte no creo que hubiera elegido ir por allá, al menos hasta que no fuera médica como mi padre. Y tú ¿dime algo de esas fantasías de futuro, qué te gustaría ser?

-- No lo he pensado. Me gustaría ser profesora, o animadora social. Ser madre, pero ocuparme además en modernizar nuestra sociedad. Por eso me gustan más los juegos participativos
que en los de actúas como mera espectadora.

-- Me tienes que seguir contando de vuestros juegos.

-- Aquí os lo dan todo hecho; nosotras, o los creamos o nos aburrimos.

-- No creas que yo no me tengo que mover. Si quieres jugar al tenis, tienes que buscar pareja. Lo que pasa es que estamos muy controladas. Cuando somos un poco libres es cuando estamos en el colegio. En cuanto salgo del cole mi madre me controla minuto a minuto. Si voy con una amiga tiene que saber con quién, que ella la conozca, me lleva hasta la puerta de su casa y luego pasa a recogerme. Y como en casa no tengo con quien jugar, pues termino conectada al móvil, más raramente me pongo a leer, o enciendo la televisión. En vacaciones me deja bajar al patio de la urbanización, porque me vigila desde el balcón para saber con quién estoy y qué hacemos, pero durante el curso ni eso.

-- No te quejes de que te cuiden. En el campo de refugiados hay niños que han perdido a sus padres. Yo al menos tengo a mi madre y ella me tiene a mí. Pero hemos pasado, y seguimos pasando, miedo, sobre todo en las largas noches, porque dicen que es cuando atacan los poblados, y si atacan los poblados, aunque haya vigilantes, también pueden cruzar el lago y atacar nuestras tiendas y barracones. Las dos nos damos mutuamente ánimos, y nos repetimos que pronto estaremos de regreso en Geidam.

Cuando Mamaki hablaba de las penalidades de su vida, Mar la escuchaba atentamente, con los ojos fijos en ella. Se daba cuenta que su visita la estaba enseñando más que todas las charlas que en el colegio le daban sobre la importancia de ser solidarios con las necesidades del tercer mundo. Ello, además, agrandaba la consideración hacia su padre, pues aunque ella sabía que estaba en un país de África como médico, era ahora cuando se daba cuenta del riesgo y valor que su acción revestía.

-- Con todo --siguió Mamaki-- no creas que vivo triste, acobardada o con pena. Quizá porque en mi tierra, por lo que me han contado mis abuelos, los conflictos bélicos, las hambrunas por la escasez de lluvia y los abusos de poder vienen de siempre es por lo que nacemos con gran capacidad de resistencia.

-- Lo que me sorprende es precisamente que seas tan amable y tan divertida en medio de tantos problemas. En mi colegio basta que te riña una compañera para que te sientas infeliz.

-- Eso también nos pasa a nosotras. Los verdaderos enfados vienen porque no te respetan, o porque te enteras que una amiga te critica, y cosas así. Le das mucha más importancia que a lo que no puedes remediar; con esas dificultades lo que tienes que hacer, me dice mi madre, es aprender a vivir como si fuera la única forma que hubiera en el mundo.

-- Tendremos que pensar en dormir. Disneyland es divertido porque es muy grande y hay muchas cosas que ver, pero también es bastante cansado; así que nos conviene haber dormido bien.

-- Yo por mi parte --respondió Mamaki-- me estoy cayendo de sueño.

-- Pues, hasta mañana Mamaki.

-- Hasta mañana Mar.
 
 

Capítulo 12º

A primera hora del martes en la puerta del hotel les recogió el autobús de la agencia que les desplazó los 32 kilómetros que dista de París la localidad de Chessy, donde se encuentra ubicado el complejo de ocio Disneyland. Una vez en el recinto, la prioridad de qué visitar la propuso Mar, recordando aquellas atracciones que más le habían gustado cuando estuvo la vez anterior. Mamaki no quiso pronunciarse sobre sus gustos, pues a primera vista todo se le hacía novedoso, pero también bastante artificial. No obstante se dejó conducir por Mar, sorprendiéndose más por cómo estaban hechas las construcciones que por lo que intentaban representar. Fueron de unas atracciones a otras, obviando aquellas dirigidas a niños pequeños, divirtiéndose con el estrépito de la montaña de los truenos, admirando la pericia de la cabaña de los Robinson, recordando los detalles del submarino de la novela de Julio Verne, sorprendiéndose con la imaginación de la arcada de los descubrimientos, etc.

A Mamaki, que había visto algunas de las películas de Disney que motivaban los pabellones, no le sorprendían los montajes, más bien le parecía que no alcanzaban a competir con la inventiva del cine, ni cautivaban con la originalidad una vez conocidos los argumentos que recordaban. Puso bastante atención en los medios empleados para lograr la imitación de referencia, por lo que suponía de síntesis, imaginación y pericia.

Al final de la jornada, al regresar hacia el hotel, se encontraban agotados, pues apenas se habían detenido un rato para almorzar. El ir de un lado a otro, aunque no se dejaron agobiar por el ansia de verlo todo, sino más bien se entretuvieron con lo que realmente les atraía, hora tras hora les fue acumulando cansancio que se manifestó con las ganas con que tomaron los asientos del autobús.

Cenando en el bufé del hotel contrastaron de las atracciones qué a cada uno le había parecido más logrado, más divertido o más original. La más entusiasta se mostró Mamaki, no tanto porque realmente estuviera deslumbrada, sino que, en consonancia con el afecto que habían puesto Joan y Nuria para agradarle, intentaba recompensarlos exteriorizando su satisfacción.

Cuando acostadas Mar y Mamaki empezaron su conversación de cada noche, no pudieron dejar de hacer referencia a aquello que más le había llamado la atención a cada una.

-- Me han gustado los efectos especiales de la montaña de los truenos --dijo Mamaki.

-- Te recuerda a cómo deben producir las películas.

-- También me ha sorprendido la imaginación de la cantidad de artilugios de las vitrinas del pabellón de los descubrimientos. He cogido ideas para cuando hacemos concursos de inventiva de juguetes.

-- ¿Hacéis concurso de diseños?

-- Incluso ahora en el campo, donde como refugiados carecemos de casi todo, nos juntamos para sorprendernos entre las amigas con lo que se puede hacer con objetos de la naturaleza y restos desechados.

-- Aquí, con elegir entre lo que anuncian por la televisión ya nos sobrepasa --respondió Mar--. También mis padres dicen que de pequeños inventaban juegos, yo creo que he nacido cuando ya todo está comercializado.

-- En Nigeria no anuncian los juguetes, excepto cuando Papá Noel. Para hacerte una muñeca no se necesita mas que imaginación.

-- Pero reconoce que hay cosas más bonitas que otras. Y los juegos mecánicos o electrónicos sólo los consiguen la industria.

-- Lo que te divierte en sí no es la materialidad del juguete, sino la imaginación que pones en él. Lo simple que es una pelota, y la distinta cantidad de cosas que con ella se puede hacer, desde jugar a pies quietos a emplearla para derribar bolos.

-- En eso tienes razón. De pequeña, cuando aún no tenía una consola, me divertía durante horas haciendo solitarios con una baraja de naipes --añadió Mar.

-- En Geidam, con los amigos y amigas diseñábamos pueblos con arena, cajas, palos y piedras, simulando calles, plazas y edificios, incluso poníamos árboles con ramas pinchadas en el suelo.

-- Yo a eso he jugado en el ordenador, con el Paint. Mi madre me decía que iba ser arquitecta, pero yo le replicaba que quiero ser médica, aunque también me guste lo otro.

-- No hay que confundir el juego y la realidad. En los juegos tienes que atender también a lo que les gusta a las demás.

-- La verdad es que tenemos una edad en la que a partir de ahora cada vez vamos a tener menos tiempo para divertirnos y más para estudiar y aprender cosas útiles --dijo Mar.

-- Pero jugando también se aprende; al menos, a relacionarte con los demás.

-- Eso lo logras igualmente con el deporte, asistiendo a festivales, viajando... Es como si los juegos fueran cambiando de carácter, aunque una quisiera seguir siendo un poco niña para no asumir responsabilidades.

-- Siempre nos quedará un rato para fantasías personales, como leer un cuento, cuidar una muñeca o escribir un poemita --sugirió Mamaki.

-- ¿No querrás ser como Peter Pan?

-- No sé de quién me hablas.

--Es el personaje de un cuento, que no quería crecer.

-- No digo que no quiera crecer, sino que al hacerlo no me gustaría perder del todo la imaginación infantil. A los mayores les veo como que todo lo hacen por obligación, como si además estuvieran muy determinados por los otros --adujo Mamaki.

-- Tienes razón, conforme te vas haciendo mayor parece que pierde alas tu fantasía; o, más bien, que comprendes que muchas ilusiones no se van a hacer realidad. ¡Menos mal que van apareciendo compensaciones que ahora nos tienen vedadas!

-- Sin duda. Yo siempre he envidiado cosas que hacían mis hermanos y a mí me las prohibían. Para eso me urgía ser mayor.

-- Es que la vida es un lío --compendió Mar--. A ratos quisieras no perder los privilegios de la niñez, y otros estás harta de que te traten como una chiquilla.

-- En mi casa desde pequeños nos han enseñado a cumplir obligaciones. Cada uno tenía que arreglar su habitación, recoger los juegos, limpiar sus zapatos, ir por agua, hacer tareas en la huerta, forrar los libros, comprar el pan, hacer los deberes... En eso mi madre era intransigente. Ella siempre nos ha dicho: Primero la obligación y luego la diversión. La única excusa para librarte era estar enferma.

-- En la mía, menos mis deberes del  cole, de lo demás se encarga Mercè. Para eso viene a casa todos los días.

-- Ya me dijiste el primer día que no era necesario que hiciera la cama. ¡Qué suerte!

-- Queda más tiempo para jugar y divertirte --concluyó Mar.

-- Me estoy empezando a quedar dormida --dijo Mamaki--. Me ha dicho tu padre que mañana vamos a subir a la torre Eiffel.

-- Yo ya he subido. Es alucinante la altura a la que llegas.

-- Me parece mentira que esté en París. Si me lo dicen hace unos meses no me lo habría podido creer.

-- Las sorpresas de la vida, no todas tienen por qué ser tristes.

-- Tienes razón. Vamos a dormir. Hasta mañana Mar.

-- Hasta mañana Mamaki.
 
 

Capítulo 13º

Para el miércoles la agencia les había reservado plaza a la una del mediodía para subir a la torre Eiffel. Madrugaron y estuvieron listos para visitar el museo del Louvre a la hora de apertura. Sabedores de la limitación de tiempo, se dedicaron especialmente a ver esculturas de la antigüedad y las salas de pintura más relevantes, pues no les daba tiempo para más. Desde allí se dirigieron en taxi hasta el Campo de Marte, donde, sin apenas tener que aguardar, ascendieron a la torre Eiffel por los ascensores que les condujeron al segundo nivel, y desde ahí, tras echar unas vistas a la ciudad desde esa altura, tomaron los que les elevaron a la última altura visitable, cuya panorámica, desde los más de doscientos setenta metros de altura, impresionó sobremanera a Mamaki. Ella, que había visto muchas fotos de la torre, no se dió cuenta de su dimensión real hasta que no se situó bajo la misma, o cuando desde la plataforma superior miró hacia abajo.

Tras terminar de visitar la torre, tomaron el metro para dirigirse a Notre-Dame. Almorzaron frente a la catedral, y más tarde pasearon por el bario universitario. A continuación se allegaron hasta La Défense en taxi, para que Mamaki conociera el París más moderno, y desde allá se dirigieron al hotel, pues tenían que coger a las seis de la tarde al autobús de la agencia que les conduciría al aeropuerto.

De nuevo en Barcelona, llegaron a casa cuando ya se había hecho de noche. Tomaron la cena fría que les había dejado preparada Mercè, y tras un rato de sobremesa, viendo las noticias del día en la televisión, se retiraron a decansar. Aunque un poco agotadas, Mar y Mamaki  desde la cama no perdonaron su rato de conversación antes a dormir.

-- ¡Qué grande es París! --comentó Mamaki.

-- ¿Qué es lo que más te ha gustado? --le preguntó Mar.

-- Por este orden: La torre Eiffel, la amplitud de las plazas y avenidas, la vista del conjunto de tejados, la majestuosidad de tantas edificaciones, la elegancia de las mujeres vistiendo y lo confortable del hotel. No conozco otras partes del mundo mas que por las imágenes de televisión, pero cuando ves esta ciudad piensas que puede haber otras tan bonitas, pero no más.

-- Depende del gusto y de lo que busque cada persona.

-- Lo de Disneylnad está bien, pero lo que de verdad tengo que agradecer a tu padre es la oportunidad que me ha regaldo de ver París. Bueno, también Barcelona --añadió Mamaki.

-- No es necesario que te esfuerces. Reconozco que París posee más caché que Barcelona, pero la gente de Barcelona es más divertida.

-- En Francia también nos han tratado bien.

-- No te lo niego, pero los catalanes somos más acogedores. Mi madre dice que las ciudades con puerto de mar son más abiertas que las del interior.

-- En mi país se dice lo mismo. Que los del sur, que tiene costa al mar y donde está Lagos, la antigua capital del país, son más modernos y  tolerantes; y los del norte, de donde soy yo, más cerrados y tradicionales.

-- ¿Cuál es la capital actual?

-- Abuya; en el centro del país. Pero es una ciudad mucho más pequeña que Lagos. Fíjate, Lagos tienen trece millones de habitantes y Abuya uno.

-- ¿No te gustaría haber ido a Lagos en vez de al Chad?

-- Allá no conocemos a nadie. Por otra parte, mi madre tiene esperanza que en cuanto desaparezcan las milicias podremos volver a Geidam y reunirnos con mis hermanos. Nosotras no nos hemos ido al campo de refugiados a vivir, sino a sobrevivir mientras el ejército de la nación impone la paz.

-- ¿Conoces Lagos?

-- No he estado nunca, pero la televisión está dando cada días imágenes de la ciudad. En una ciudad muy grande, con edificios modernos, como los de New York, mucha aglomeración de gente y grandes comercios, pero también inmensas zonas pobladas de casas bajas, como las de la mayoría del resto del país. Como es el principal puerto de la nación, es la ciudad más rica; pero la gente que llega migrando de otras partes tiene que alojarse en barrios donde existe mucha pobreza. En el norte en cambio no se da esa diferencia.

-- Entiendo. Como se ve en reportajes de otras grades ciudades del mundo --corroboró Mar.

-- ¿Barcelona es la capital de España? --preguntó Mamaki a su amiga.

--No. Es Madrid. Está en el centro del país. Pasa como en el vuestro: Cataluña es más industrial, más europea y tiene mucho más turismo. Ya has visto que Barcelona está toda a rebosar de visitantes. Me ha sorprendido que te hayas fijado en cómo visten las mujeres en París. Yo, ni he reparado en ello.

-- En África la mujer cuida mucho su estética. Quizá demasiado, pensando en el rendimiento que da. Creo que en Europa vestís de modo más práctico. En Geidam las chicas jugábamos a hacer pases de modelos, confeccionando cada una con retales su propuesta de vestido. Ahora en el campo tenemos pocas posibilidades, pero intentamos hacer lo mismo aprovechando papeles de color, cartones, sacos, plásticos y cualquier otra cosa que se pueda aprovechar para un adorno. Cuando no tenemos ni eso, recurrimos a pintar sobre papel o cartón las propuestas de cada una.

-- A mí, desde que dejé de vestir a las muñecas nunca se me ha ocurrido diseñar un vestido. Se ve que tienes mucha más imaginación que yo. Me conformo con ir a ver lo que nos ofrecen los grandes almacenes, y elegir lo que más me gusta cada temporada.

-- Allá nosotras usamos la ropa hasta que ya no admite remiendos, incluso entonces utilizamos la parte menos gastada como retales. Fíjate que yo de pequeña hasta he heredado las camisas y pantalones que habían quedado pequeños para mi hermano; mi madre les añadía con retales unos bolsillos o cualquier otro detalle para convertirlas en más femeninas.

-- Como soy hija única me corresponde usar todo nuevo. Es una ventajilla a cambio de no tener hermanos con los que jugar.

-- También porque vives en un país rico. En África, fuera de las grandes ciudades, predomina el comercio de ropa y utensilios usados.

-- Aquí cada vez se utiliza más el usar y tirar. Hay quien dice que es más barato. En la escuela nos insisten en que todos los desechos los arrojemos en recipientes específicos que existen en los espacios públicos para que se reutilicen otra vez en la industria.

-- Barcelona es una ciudad muy limpia. La gente no arroja papeles ni desperdicios al suelo. Nosotros cuidamos de limpiar cada uno su casa, pero de las calles nos ocupamos poco. En el campo de refugiados nos insisten mucho en la limpieza, pero como hay pocos recursos de agua todo está bastante sucio. Yo le ayudo a mi madre a mantener nuestro tienda en orden, además como viven con nosotras otras personas impedidas nos toca hacer más trabajo, pero a mí no me cuesta, porque el entorno limpio facilita la convivencia.

-- En casa, con la ayuda de Mercè, mis padres tienen poco trabajo, claro que con lo que hacen en el hospital y ayudarme en los estudios no se aburren.

-- Mar, tendremos que dormir.

-- Tienes razón. Hasta mañana Mamaki.

--Hasta mañana Mar.
 
 

Capítulo 14º

Joan quería aprovechar los días de esa semana para gestionar donaciones de medicinas para el hospital de campaña, intercambiar experiencias con otros médicos que habían estado desplazados en África y visitar a sus compañeros de trabajo para conocer las nuevas que les acontecían, así que Nuria asumió ser ella quien se encargara de las niñas hasta el sábado. Para ese jueves, primero de septiembre, Nuria dispuso una mañana de descanso en la piscina de la urbanización, y por la tarde, asistir a un musical.

Como Mamaki ya conocía a las amigas de Mar que solían bajar a la piscina esos días, le fue más sencillo jugar y conversar con ellas. Hablaban en castellano, pero su hábito de charlar entre ellas en catalán con frecuencia las traicionaba, aunque Mamaki lo disculpaba porque en su tierra también era común la mezcla de expresiones entre el inglés y las lenguas tribales, pasando de una a otra por hábito de a quien te diriges, y sin intención de ofender a quien entre los presentes no la entiende.

Después de comer, en las horas de la sobremesa anteriores a salir al teatro, Mar enseñó a Mamaki los movimientos y las reglas del juego del ajedrez. Por primera vez Mamaki conoció la existencia de ese antiguo juego, ahora desplazado por las consolas y los solitarios digitales, interesándose por él ya que le pareció muy racional. Como en casa tenían dos tableros con sus fichas, Mar le regaló el de viaje, para que se lo llevara, pudiera enseñar a sus amigas y seguir practicando lo que ella, en los día que faltaban para que se fuera, le iba a enseñar.

El musical estuvo animado, Mar y su amiga disfrutaron de la música y la puesta en escena; y Nuria quedó satisfecha de haber acertado con qué entretenerlas.

De regreso a casa, jugaron al ajedrez, cenaron, echaron otra partida, ambas ganadas por Mar, como era lógico, y se fueron a la cama, donde comenzaron su habitual conversación.

-- ¿Con qué sueñas tú por las noches? --preguntó Mamaki a Mar.

-- Casi ningún día me acuerdo. Sé que he soñado, pero la mayoría de los días no sé en qué.

-- Pero algún sueño tendrás más habitual.

-- Pues... Durante el curso sueño cosas que nos ocurren a los compañeros de clase; también sueño que me regalan aparatos electrónicos de última generación que sólo yo tengo; a veces sueño con viajes, así que ya he estado en New York. ¿Y tú?

-- Mi sueño preferido es volar. Sueño a veces que me persiguen, y que cuando me van a coger puedo elevarme y huir volando; luego, cuando ya estoy a salvo, quiero volver a volar, pero ya no puedo, y entonces me despierto.

-- Yo también he soñado alguna vez con los poderes de Supermán. Una, recuerdo que soñaba con que las casas de la ciudad estaban suspendidas en el aire, e íbamos de unas a otras volando --contó Mar.

-- Fíjate qué raro: Cuando sueño que vuelo lo hago sólo yo, y nada más que como forma de salvarme de un peligro.

-- Es que si todos volarais no te serviría hacerlo para salvarte.

-- ¿Pero por qué yo puedo hacerlo y no los demás? --se preguntó Mamaki.

-- Porque entonces te cogerían y te pegarían y sería una pesadilla --simplificó Mar.

-- Una vez que tenía mucha fiebre, tuve un sueño así: Me cogían, me pegaban, me violaban varias veces y luego me iban cortando los miembros del cuerpo. Mi madre me despertó, y me dijo que había estaba delirando, porque me quejaba a viva voz.

-- Es que por las noches hablamos en voz alta.

-- ¿Tú crees que podemos revelar secretos?

-- Creo que no, porque soñamos fantasías, no cosas reales. ¿Temes que se enteren de algo muy personal? --preguntó ahora Mar.

-- Figúrate que estas casada y que al dormir con tu marido te oye hablar de cosas íntimas que él no conoce. Se pondría celoso.

-- Debería saber que son fantasías, que no tienen que ser verdad.

-- Pero perdería confianza en ti. Pensaría que por qué no sueñas con él.

-- Los sueños no se pueden elegir.

-- Dicen que son efectos del subconsciente. Aunque no sé bien qué es eso --dijo Mamaki.

-- Creo que es algo que tiene que ver con experiencias y acontecimientos vividos anteriormente, que se conservan en una misteriosa memoria. Como cuando se tiene miedo a algo y no se sabe por qué.

-- ¿A qué tienes tú miedo?

-- A las arañas y a las cucarachas; en el mar, a las medusas; cuando hay tormentas, a los rayos; a que a mis padres les pase algo..., y a quedarme ciega, como un compañero del colegio, que no puede ver absolutamente nada.

-- Y ¿cómo estudia?

-- Lee y escribe al tacto en el sistema Brile; ¿no has oído hablar de ello?

-- No. Nunca he conocido a nadie ciego. Bueno a personas ancianas, sí; pero a jóvenes, no.

-- Ese chico posee una gran memoria, y en el colegio nos distingue a todos los compañeros por el tono de voz. Además es muy inteligente, y es de los primeros que entiende las complicadas mate.

-- ¿Nació ciego?

-- Perdió la vista a los cinco años por una enfermedad. Al menos en la memoria recuerda los colores, los rostros de sus personas queridas y las formas de las cosas.

-- No me extraña que te de miedo quedarte ciega --dijo Mamaki--. Mi máxima pesadilla es que me lleven como esclava; porque eso está pasando en mí país a chicas jóvenes.

-- Si corres peligro, se lo dices a mi padre y te vienes a vivir conmigo.

-- Ni puedo dejar sola a mi madre, ni me gustaría separarme de mi pueblo. Es curioso, pero parece que el peligro une a la gente; como si todos juntos tuviéramos más defensa. En ese caso olvidarse de los demás y resolver sólo tu problema es de cobardes. Quizá no lo puedas entender, pero estoy deseando de regresar y volver a ver a mi madre y a las amigas que he hecho en el campo de refugiados.

-- Te voy a echar de menos.

-- Estaremos en contacto por carta.

-- Sí, no podemos dejar de saber la una de la otra --concluyó Mar.

Guardaron un poco de silencio, pensando en el día tan próximo en que se iban a separar.

-- Hasta mañana Mar.

--Hasta mañana Mamaki.
 
 

Capítulo 15º

El viernes día 2, Nuria, Jordi, Pere, Mar y Mamaki se fueron de excursión a conocer Girona. Jordi, cuya mujer había comenzado a trabajar el primero de septiembre, fue quien organizó la excursión a instancias de Pere, su hijo, que quería reunirse con su prima y Mamaki antes de que esta regresara al Chad. Pere propuso que durante la excursión hablaran todos en inglés, pues él tenía que recuperar una evaluación de esa lengua mediante un examen oral el lunes siguiente. Pensó que dedicar todo un día de conversación le vendría bien para preparar su examen. Nuria era quien menos dominaba la lengua inglesa, sobre todo para expresarse, pero convino que también a ella, que no la practicaba asiduamente, le venía bien ejercitarse durante todo el día.

En Girona callejearon por el Barri Vell, visitaron las casas de Oñar, recorrieron el barrio judío medieval y admiraron la catedral gótica. Jordi les invitó a almorzar en una singular taberna a orilla del Ter, donde había encargado que les prepararan arroz negro y cabrito, probando de postre el xuxo. Tuvieron una larga sobremesa en que Mamaki les relató muchas particularidades de la vida africana, no muy conocidas en Europa. Su conversación sostenida en inglés exigía muchas pausas explicativas, porque alguno perdía el hilo de la narración al desconocer el sentido de algunas palabras que Mamaki empleaba, por ser propias del inglés que se habla en Nigeria, que resultaban extrañas para quienes habían aprendido la lengua en España.

Nuria había calculado que les daría tiempo al regreso a parar en Blanes para darse un baño en la playa. Como estuvieron charlando a gusto hasta media tarde, acordaron regresar directos a Barcelona y aplazar la visita a la playa de Blanes para el domingo, que, aunque Jordi y su mujer tenían compromisos, Pere se apuntó a ir con Nuria, las niñas y la muy previsible compañía de Joan.

Una vez en Barcelona, Mar y Mamaki se enfrentaron de nuevo al ajedrez hasta la hora de cenar. Luego vieron todos una película grabada en el televisor y cuando terminó se fueron a dormir. Acostadas, Mamaki y Mar comenzaron a charlar.

-- Es un tesoro conservar monumentos de hace tantos siglos --comentó Mamaki refiriéndose a la catedral y demás monumentos que habían contemplado.

-- Parece mentira que algo pueda durar tanto tiempo sin que nadie lo haya tirado para sustituirlo por algo moderno.

-- Ayuda a pensar cómo era la vida antes, que no es tan distinta de la nuestra. En África se conservan también antigüedades, pero yo creo que no son de tantos siglos --opinó Mamaki.

-- Mi padre dice que los grandes cambios se han producido en los dos o tres últimos siglos, y que los siglos anteriores la evolución fue mucho más lenta --adujo Mar.

-- El las zonas rurales de África más atrasadas apenas hay rasgos de esta modernidad.

-- ¿Y pueden ser felices?

-- En Geidam no existen tantas comodidades como aquí, y por eso no tenemos que ser menos felices. Incluso en el campo de refugiados se nota que lo que inquieta es el peligro, no la pobreza. Si una persona no sabe que existe el cine, ¿como va a ser infeliz por no verlo?

-- Pero saber que otros lo tienen y tú no disfrutas de ello, te puede disgustar --afirmó Mar.

-- Siempre te queda el consuelo de que tengas más imaginación, o de que el cariño de los padres sea satisfactorio, o simplemente la esperanza de que algún día vas a alcanzar lo que te falta.

-- Puede que tengas razón --recapacitó Mar--. A veces nos enfadamos por lo que nos falta y no valoramos lo que tenemos.

-- Por ejemplo, me has enseñado a jugar al ajedrez, y para mí vale más que todos los juegos que tienes en la consola.

-- Pero necesitas a otro que sepa jugar.

-- Pronto enseñaré a mis amigas, y también a algunos chicos, y podremos hacer campeonatos.

-- Tú siempre tan competitiva.

-- Como ya te dije, allí vivimos mucho en la calle, y eso hace que tengamos mucho contacto.

-- Si todas tus amigas tienen tanta iniciativa como tú, no os aburriréis.

-- ¿Tú te aburres en casa? --preguntó Mamaki.

-- A veces. Más que aburrirme, porque me pongo a ver la televisión o a leer un cómic, lo que siento es falta de compañía.

-- En el campo, en cuanto acabo los deberes, que también los hago en la calle, ya me están esperando para jugar.

-- Mis padres sí me ayudan con los deberes, pero ya no juegan conmigo. Cuando era pequeña aceptaban jugar, pero ahora creo que si se ponen a jugar conmigo, los que se aburren son ellos. Tengo ganas de ser mayor y que pueda salir con mis amigos con plena libertad --añadió Mar.

-- Es verdad que ahora ya nos damos cuenta que nos falta libertad.

-- La vida es que va muy despacio. Cuento los cursos que me quedan para empezar el bachiller, que es cuando te dejan más libertad, y me asusto de ello.

-- Pero en el colegio sí que estás con compañía, casi como cuando seas mayor.

-- Un consuelo es que en el recinto del colegio puedes hablar con chicos un poco mayores. Los de clase llega un momento que los tienes muy vistos.

-- Como ellos a ti.

-- Eso es verdad --reconoció Mar--. Pero parece que ellos llevan mejor tratarse contigo. Quizá a un chico ligar con una chica mayor le da corte; sin embargo para nosotras lo encontramos natural, o sea, nos lo pide el cuerpo.

-- Yo siempre he tenido a amigos de mis hermanos que venían por casa, pero como me sacaban cuatro o cinco años, para ellos era la niña. Cuando cumpla trece o quince, seguro que comienzan a fijarse en mí, y entonces podré elegir.

-- Qué serte tienes.

-- Pero antes es necesario que mis hermanos vuelvan a casa --añadió Mamaki con rostro serio.

-- Seguro que sí.

-- Eso dice mi madre. Creo que lo hace para infundirme ánimos, pero no sé si de verdad piensa así.

Mar se calló unos segundos de respeto. Recapacitó que su amiga de verdad tenía problemas graves, no ella.

-- Hasta que me duermo cada noche no hago sino pensar en ellos, que es verdad que voy a volver a verlos --continúo Mamaki--. Intento enviarles fuerza, allá donde estén, para que tengan la misma esperanza.

-- Te prometo que yo también lo haré, hasta que sepa que los has recuperado. Hasta mañana Mamaki.

-- Hasta mañana Mar.
 
 

Capítulo 16º

Resueltas todas las gestiones que Joan quería realizar antes de su regreso a Chad, el sábado se incorporó al plan diseñado por Nuria para esos últimos días de estancia de Mamaki en Cataluña. Para ese día habían acordado hacer una excursión de montaña en el Parque Natural del Montseny. Nuria días antes había adquirido por internet para Mamaki unas deportivas de senderismo y una pequeña mochila, que además de servirla para ese día de excursión la vendrían bien para su vida en el campo de refugiados. Madrugaron para realizar la ascensión antes de que apretara el sol, y tras unos cincuenta kilómetros de carretera aparcaron junto a un hotel próximo a la ermita de S. Bernat. Tras desayunar en el hotel, comenzaron su marcha hacia el coll Pregon y desde allí ascendieron hasta el pico de Matagalls. El regreso desde el Pregon lo hicieron por la ermita de S. Marçal y la fuente Nàiade, y después de haber caminado cerca de quince kilómetros y vencido un desnivel de mil metros retornaron al punto de partida.

Joan y Nuria habían hecho con anterioridad la ruta, la que a las niñas les pareció largo y cansado ascenso. Realizaron un primer descanso en el coll y se detuvieron a almorzar sus provisones junto a la segunda ermita. Desde ese punto el camino de regreso era en descenso, y en su itinerario hallaron abundante vegetación que les sirvió de distracción por la cantidad de hojas que Mamaki tuvo la oportunidad de añadir a su colección.

Los cuatro, tras siete horas y media de marcha, repusieron fuerzas con una buena merienda en el hotel, y a continuación regresaron a Barcelona.

Esa noche tomaron con gusto la cama, pero antes de dejarse vencer por el sueño Mar y Mamaki comentaron la excursión.

-- Hoy sí que ha sido una buena salida al monte --planteó Mar.

-- No me lo esperaba tan duro, pero ha valido la pena --respondió Mamaki.

-- A veces voy con mis padres a hacer senderismo, por esa zona ya habíamos estado, aunque en recorridos más cortos.

-- Me ha dado oportunidad de recoger muchas hojas.

--Ya has visto que he sacado fotos de las plantas a que pertenecen. Mañana te las imprimiré en la impresora de papá, para que te las lleves en papel. Pondré cuatro por folio, juntando las plantas de parecida especie, para que no sean necesario que te lleves tanto peso en papel.

-- Cuando las hojas se marchiten por el tiempo, conservaré las fotos como recuerdo de la excursión.

-- Tienes que volver al año que viene --se le ocurrió a Mar.

-- No. Si tu padre sigue trabajando en el campo de refugiados, lo justo es que si desea invitar a alguien lo haga con otra chica, o un chico.

-- Pero a ti te conozco y con otro que venga no sé si me entenderé igual de bien.

-- Seguro que sí, Mar. Además aprenderías cosas distintas de sus vidas. La verdad es que es difícil que encuentre otra chica que hable español, pero podéis hablar en inglés.

-- En lo que esté de mi parte procuraré convencerle de que vuelvas tú.

-- No estoy de acuerdo. Quizá es la primera ocasión en que tenemos opiniones contrarias. No obstante, si seguimos manteniendo contacto, te prometo que cuando crezca y gane dinero viajaré para verte.

-- Tú no pierdas la dirección de esta casa --remarcó Mar--. Aunque yo pueda irme a estudiar algún curso fuera, o algo así, si tú me escribes aquí, mis padres me harán llegar tus noticias.

-- No te puedo decir lo mismo, porque ni tengo por cierto cuando podremos regresar a Geidam, ni sé cuanto tiempo continuaremos en el campo de refugiados. Ahora mi futuro es impredecible, pero sabrás de mí donde quiera que vaya.

Se miraron la dos chicas desde sus respectivas camas, cruzando una mirada que contenía amistad y complicidad. Para cada una de ellas la otra era una nueva amiga distinta a las que anteriormente tenían. La diferencia de raza, nacionalidad, costumbres y cultura no las separaba, antes al contrario, era lo que hacía de la reciente amistad una experiencia extraordinaria, cuando en sus cortas vidas cada una estaba acostumbrada a acontecimientos que se sucedían siempre según un patrón previsto de relaciones: compañeros de clase, vecinos y familia.

-- Ahora me duelen las piernas más que cuando estaba andando --dijo Mar.

-- Suele pasar. Cuando juego al fútbol me sucede lo mismo, me cuesta mover los músculos el día siguiente.

-- Mi padre dice que hay que tomar azúcar para evitar las agujetas.

-- ¿Qué son las agujetas? --preguntó Mamaki.

-- Esa especie de pinchazos que se te pone sobre los músculos que has trabajado en exceso. A veces te deja muy tirada, pero lo bueno es que se pasa en uno o dos días.

-- Ya sé a que te refieres. Aparecen sobre todo cuando estás desentrenada. Cuando la recolección de la huerta, me solían salir tras la primera jornadas. Yo les preguntaba a mis hermanos y ellos me decían que no les afectaba.

-- Estarían en forma.

-- O se hacían los machitos --apuntó Mamaki.

Mar sonrió y añadió: --Es que eres muy joven para trabajar. En Europa no se permite hacerlo hasta los dieciséis años; así que aquí si tienes agujetas son consecuencia de pasártelo bien en una excursión o haciendo deporte. En cualquier, caso hoy nos merecemos el sueño más que cualquier otro día. Hasta mañana Mamaki.

-- Hasta mañana Mar.
 
 

Capítulo 17º

Como habían acordado el viernes a su regreso de Girona, el domingo se fueron los cuatro más el primo Pere a pasar en la playa el último día de estancia de Mamaki. Conducía Nuria, y entre los chicos se notaba un cierto sentimiento de pena por la despedida de Mamaki, pues tanto Mar como Pere sabían que era posible que no se volvieran a reunir con ella, a pesar de los proyectos cruzados en los que se comprometían a mantener el contacto y lograr en un futuro poder juntarse para recordar estos días en Barcelona.

Ese día no madrugaron, sino que salieron de Barcelona cerca del mediodía, por lo que cuando llegaron a Blanes encontraron la playa llena de gente, por lo que se desplazaron hasta un extremo con las bolsas de la comida y las neveras buscando un espacio un poco retirado. Desplegaron toallas y sombrillas, y pronto los chicos se dirigieron a zambullirse en el mar, mientras Joan y Nuria prefirieron reservar el baño para la tarde, cuando el agua estuviera más templada.

Mamaki sabía que podrían pasar muchos años antes de que volviera a bañarse en el mar, lo que la inducía a volver al agua cada vez que alcanzaban la orilla con intención de reponerse del frescor del agua con un rato de sol. Pere y Mar se turnaban en entrar con ella, pues, viéndola un poco insegura en nadar, no querían dejarla sola aunque no se adentrara más allá de cuando el agua la alcanzaba el pecho. Solamente cuando Joan y Nuria les indicaron que se acercaran para almorzar, los chicos volvieron bajo las sombrillas a dar buena cuenta de los emparedados que había preparado Nuria y de los refrescos con que reponerse de la sed. Por la tarde volvieron a bañarse, jugando los cinco con el balón de playa en un mar muy calmado.

En la sobremesa de la cena Nuria le entregó a Mamaki un álbum con una selección de las fotos que ellos tres habían sacado en los días pasados. Un recuerdo para que compartiera con su madre y amigas su experiencia europea. Terminada la tertulia, Mar y Mamaki se acostaron conscientes de que era la última noche que iban a compartir habitación y confidencias.

-- Qué pena que te vayas --dijo Mar.

-- Ha sido una experiencia inolvidable, no por lo que he visto, sino por el cariño con que me habéis acogido. Antes pensaba que los occidentales eran personas poco sensibles, egoístas, deshumanizadas, frívolas, como suelen retratarlas las películas. Pero he comprobado que sois tan tiernos o más que los africanos.

-- En mi colegio nos insisten en que todas las personas somos iguales, cada una con su carácter, pero que la raza no es la que define el bien y el mal, sino la educación y el entorno. Por eso podemos entendernos y odiarnos de igual modo entre gentes de pueblos muy distantes que entre los miembros de una misma familia.

-- Como nunca había salido de Geidam hasta que viajé al campo de refugiados mi experiencia era escasa --expuso Mamaki--. Sólo tenía el recuerdo de lo que me contó mi padre y de los pocos extranjeros con que me he cruzado en la vida, como tu padre. Ahora que te conozco a ti, a Pere, a tu madre, a tus tíos, a tus vecinas, me llevo una nueva idea de que lo que nos separa es más lo accidental del desarrollo y el consumo que la sensibilidad de nuestras mentes.

-- Es que también aquí tenemos problemas, aunque pueda parecer que está todo resuelto.

-- Ya me he fijado que hay diferencias sociales, pero no tan marcadas como en África.

-- Hablemos de otra cosa --cortó Mar--. He observado lo mucho que te miraba Pere.

-- Tienes un primo muy agradable. Es una suerte no teniendo hermanos.

-- Pero nos vemos muy poco. En estas dos últimas semanas nos hemos juntado tanto como el resto del año. Creo que lo ha hecho por conocerte mejor.

-- ¿A mí?

-- Me parece que habéis conectado muy bien.

-- Le habrá interesado verme con un físico tan distinto del vuestro. Seguro que no tiene ninguna amiga negra --argumentó Mamaki.

-- En nuestros colegios hay bastantes hijos de extranjeros: Chinos, marroquíes, rusos, latinos y también negros, quizá más de América, pero también de África. O sea que si le has interesado es por ser como eres, no por ser de distinta raza.

-- A mí me parece muy simpático, lo debéis heredar de familia.

-- Él más que yo.

-- Los dos.

-- Y tú más que nosotros --insistió Mar.

-- ¡Qué no estamos en competición! Vamos a dejarlo que cada uno somos como somos. Pere me ha dicho que me escribirá, y que le conteste contándole cosas de allá.

-- Ves como le interesas.

-- Como tú a mí. Le puedo interesar como tantas otras chicas, y él a mí como otros muchos amigos. En la amistad, cuantos más mejor.

-- Siempre que no sean pelmazos --corrigió Mar.

-- Siempre que no sean pelmazos --corroboró Mamaki.

-- ¿Serías capaz de hacerme un gran favor?

-- El que quieras.

-- Véndeme tu vestido.

-- No puedo hacerlo, me lo ha comprado mi madre con todo su amor y eso hace que no tenga precio.

-- Me vale de recuerdo y de tener algo tan distinto a lo que se ponen las demás.

-- Te repito que no puedo vendértelo, pero sí que puedo regalártelo. Para mí es un honor que te atrevas a ponértelo.

-- ¿No se enfadará tu madre?

-- Todo lo contrario. Se alegraría de verte con él puesto.

-- Le mandaré una foto --concluyó Mar.

-- Con las fotos que me ha dado tu madre, os conocerá y os cogerá verdadero aprecio. Ella es muy comunicativa y muy agradecida. Yo creo que siempre envidió de mi padre que él hubiera viajado y ella no.

-- Quizá algún día nos conozcamos personalmente.

-- Sabes que es muy difícil --objetó Mamaki--.

-- Pero no imposible. Cada vez se viaja más.

-- No de allá para acá, salvo los muy ricos o los que se aventuran inconscientemente a hacerlo sin medios seguros.

-- Por eso he dicho quizá. Del futuro nunca se sabe.

-- Ojalá --exclamó Mamaki.

-- Vamos a dormir que mañana tienes mucho ajetreo de viaje.

-- Dormiré en el avión, no te preocupes.

-- Pero también es una pena que te pierdas el paisaje.

-- En eso tienes razón.

-- Pues entonces, hasta mañana Mamaki.

-- Hasta mañana Mar.
 
 

EPÍLOGO

El lunes, día 5 de septiembre, a media mañana, partieron de regreso a África Joan y Mamaki.

Mamaki llevaba orgullosa su colección de hojas vegetales, su álbum de fotos, ropa nueva que le había comprado Nuria y muchos recuerdos. Joan retornaba a su compromiso con los enfermos del campo de refugiados después de haber gozado de esos días de descanso en familia. Los dos compartían retornar a sus obligaciones, por mas que dejaran atrás la comodidad de la vida occidental y verdaderos afectos. Joan iba con billete de regreso, Mamaki sabía que lo más probable es que no volviera en su  vida a Barcelona, salvo que cambiaran mucho las condiciones de su país.

En el avión, que no iba completo, viajaron situada Mamaki en la ventanilla, Joan a su lado y quedaba libre el tercer asiento de la fila. Eso les facilitó tener un larga conversación como no la habían mantenido antes, durante varias horas, precisamente porque cada vez se conocían y se admiraban mutuamente más.

Entre lo mucho que hablaron se dijeron:

-- No creas que los países ricos garantizan la felicidad. Ni mucho menos --era Joan quien hablaba--, se sufre igual que en cualquier otra parte del mundo, aunque las causas no sean en este momento la guerra, el hambre o la pobreza. Quienes piensen que sólo el progreso consigue la felicidad estarían condenando a todos los habitantes de los siglos pasados a la infelicidad, pues nunca se tuvo lo que ahora a quien le falta le hace sentirse desgraciado. Nos llegan imágenes por los medios de comunicación que generan envidia, pero en occidente también muchas personas la sienten cuando ven en el tercer mundo familias unidas, solidaridad y la sonrisa en los labios de los niños.

-- Me he fijado que en Barcelona y en París la gente ríe menos que allá, en Nigeria. A nosotros nos sale la alegría sin esfuerzo, a vosotros parece que en cada mueca de júbilo fuerais a perder parte de un cupo.

-- Nunca había visto que nos definieran de ese modo tan original.

-- No me refiero a ti, sino en general a la gente de tu país.

Mamaki cuando hablaba con Joan en español utilizaba el tratamiento de tú, pues así se lo había indicado él cuando por primera vez conversaron en esa lengua. De hecho, Mamaki tendía naturalmente a ello, pues las más de sus conversaciones en español las había efectuado con su padre y hermanos, con los que la lengua utiliza ese trato de confianza.

-- También a mí fue lo que más me sorprendió de tu tierra. Que en medio de las penurias de un campo de refugiados la gente conserve una alegría en el trato que no sé si es fruto de un optimismo inocente o de una esperanza infundada.

-- Yo creo que es nuestra forma de ser, porque no nos cuesta ello --explicó Mamaki.

-- Por eso quizá se os envidia en otras partes del mundo. La naturaleza misma parece que compensa repartiendo dones diversos a medios distintos.

-- Entre nosotros una gran maldición es la soledad. Quizá por ello nosotras aspiramos a tener bastantes hijos; ello te asegura compañía en el futuro.

-- Déjame que te revele una reflexión personal --dijo Joan--. Me parece que la soledad no afecta tanto a quien no tienen quien le quiera, como al que no tiene a quien querer.

-- Quizá por eso mismo tengo mala conciencia de haber dejado tantos días a mi madre sola.

-- Pero ella tiene de quien ocuparse.

-- Es verdad. Entre atender a los que comparten nuestra tienda y limpiar bien el hospital para que los enfermos se encuentras a gusto, tiene en qué entretenerse.

-- Y una forma de quererte es permitirte este viaje conmigo.

-- Lo sé. Me habrá echado en falta, pero ella goza con que yo disfrute, más en las condiciones en que vivimos; pues, aunque ella no tenga ninguna culpa, se siente responsable de las penas que me afectan. A veces dice que nos teníamos que haber permanecido en Geidam, y al rato que hemos salvado la vida al huir. Por mí, nos hubiéramos quedado.

-- Una duda parecida me acecha a mí --afirmó Joan--. Estoy contento de estar haciendo esta labor en el hospital, pero a veces pienso si no le estoy robando ese tiempo al deber de estar con mi mujer y mi hija. ¿Atiendo a un capricho o a un deber? Más sincero conmigo no puedo ser.

Mientras compartían estas interioridades, el avión estaba penetró sobre el continente africano. La proximidad del desierto les vaticinaba la escasez frente a la riqueza que dejaban atrás, al norte del Mediterráneo. Dentro de pocas horas se encontrarían sumergidos en la rutina de un campo de refugiados, donde los días se suceden con constante monotonía, como si hubiera obligación de gastarlos para merecer un día volver a la activa vida de una ciudad. No obstante, Joan y Mamaki iban contentos: El primero sabiendo que si él no acudía allá, posiblemente hubieran muchas personas que quedarían sin atención médica; ella notando cómo las sensaciones de días atrás comenzaban a difuminarse como un bonito recuerdo.
 
 

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