La balanza de ocho platillos

Jorge Botella
 
 

Capítulo 1

Hace muchos siglos, un joven príncipe llamado Saduc sucedió a la muerte de su padre en el reinado del país de Milindun.

A Saduc su padre le había educado en la Escuela de la Sabiduría de Megikaslon, una de las más reconocidas del lejano oriente, en la que enseñaban prestigiosos profesores que impartían conocimientos de astronomía, filosofía, lingüística, geometría, matemáticas, geografía... Todo el interés de su padre radicaba en que su hijo al acceder al trono debía sobrepasarle en saber y ciencia, pues él había experimentado en el ejercicio de su potestad la soledad de quien debe decidir sobre cuestiones decisivas del destino de su pueblo siendo consciente de que sus consejeros le asesoraban cada uno favoreciendo su interés particular.

Sólo hacía dos años que Saduc había regresado al palacio real de Milindun, donde con su padre contrastó las teorías que había aprendido de los sabios --recluido en aquella escuela lejos de la corte-- con la práctica del efectivo gobernar. De su padre admiró la destreza para el mando de los ejércitos, la buena administración de la hacienda pública y las cordiales relaciones con los pueblos vecinos. Por el contrario, percibió en las gentes de su pueblo un descontento general respecto a las resoluciones de la justicia. Para ello, desnudándose de las vestiduras de palacio, se arropaba con vestidos de mozo de mercado y, amparado que debido a su larga ausencia sus facciones no eran fácilmente reconocibles, se mezclaba en los zocos, tabernas y  baños con la multitud del pueblo, bien atento a lo mucho que se discutía y criticaba la aplicación de la justicia en la corte real.

A Saduc le habían enseñado sus preceptores que era lógico que cada conflicto judicial dividiera a los súbditos entre aquellos a los que la justicia les reconocía el derecho y quienes les condenaba como culpables, pues nunca estos eran propicios a reconocer su sinrazón, por lo cual acusaban a la justicia de dictaminar guiada por prejuicios de casta y favor.

Con independencia de la razón que hubiera en cada opinión, Saduc creció durante esos escasos años junto a su padre con la duda intelectual de que las leyes y su interpretación reconocieran todos los influjos que incidían sobre las mentes para obrar, lo que constituía, a su juicio, tanto como la materia el contenido penal por el que cada persona debiera ser sancionado.

En esta inquietud se debatía cuando el fallecimiento del rey le obligó a asumir en el reino la responsabilidad de sancionar las resoluciones de la justicia.
 
 

Capítulo 2


Durante los primeros años de su reinado, Saduc requirió a los letrados del reino que profundizaran en la legislación referente a la aplicación de la justicia, sugiriéndoles que no cesaran de proponerle aquellas nuevas medidas que facilitaran que los criterios legales se aproximaran a los que la mayoría de sus súbditos podían reconocer como justos. Sólo cuando la justicia representara el consenso del sentir de los ciudadanos, consideraba  Saduc, serviría para configurarse como directriz de la ética de sus actos, pues, mientras la divergencia entre los criterios reales y los populares crecieran, se multiplicaría la tendencia a que las personas, desengañadas de la honradez pública, fomentaran criterios propios sobre la moralidad de las relaciones sociales.

Los juristas, escribas y demás letrados se sorprendieron de que el joven rey se cuestionara lo que durante siglos se había sucedido en la administración de la justicia. Todos intentaban convencerle que ya desde la antigüedad la justicia se había representado como la diosa que calibra el bien que se desprende de una acción con el del mal que genera, contrapesando en una balanza de dos platillos la trascendencia de lo bueno y lo malo. El resultado inapelable de hacia donde se inclinaba la balanza decidía sobre la licitud del acto, y como consecuencia la responsabilidad que implicaba el mismo.

Contra esos criterios que le exponían con insistencia sus consejeros, Saduc percibía cómo a veces eran condenadas a severos castigos públicos gentes tenidas como honorables por el pueblo, y por el contrario temidos delincuentes se libraban con facilidad del rigor de la justicia. Sosteniendo la honorabilidad de los jueces, Saduc presentía que el sistema no era perfecto, pues en especial, como a él le correspondía decidir la última apelación de gracia, buscaba poder objetivar la condición ética de las personas que a él recurrían como último recurso de salvación, pues, si otros peores eran absueltos por los jueces por la astucia de sus letrados y la benevolencia de los magistrados, a los que él no favoreciera con la medida de gracia podrían enardecer entre la multitud la oposición a la legitimidad real para dirimir en última estancia los procesos. Estaba firmemente convencido Saduc de que sólo si el rey llegaba a ser admirado por la independencia, rigor y acierto de sus sentencias podría ganar la confianza y el afecto generalizado de sus súbditos. Para ello empeñó todo su interés.
 
 

Capítulo 3


Como pasaban los días y entre los funcionarios del reino no surgían propuestas que satisficieran el empeño del rey, Saduc ordenó pregonar un bando real por el que se convocaba a todos los sabios y menos entendidos del pueblo a que presentaran ante el rey sus sugerencias para mejorar la aplicación de la justicia en el reino, ofreciendo una recompensa en oro y un puesto de entre los favoritos de la corte a quien propusiera el sistema que mejor satisficiera las aspiraciones del monarca en cómo evaluar la integridad moral de las personas.

Todos quienes en el reino habían frecuentado estudios de letras se apresuraron a cavilar, no sólo por obtener la apreciada recompensa, sino también por gozar del favor y estima real, lo que les valdría no sólo medrar en la corte, sino ser reconocido en todo el reino como quien se impuso sobre los demás por su talento y sabiduría, pues no eran frecuentes en aquellos lugares y tiempos convocatorias para la promoción de la inteligencia personal, pues la mayor parte de los cargos pasaban de padres a hijos generación tras generación.

El bando del rey molestó sobremanera a los juristas y letrados de la corte, pues, considerándose los más válidos del reino, se sintieron postergados en cuanto el rey no había atendido a sus dictámenes sobre el asunto en que ahora suscitaba la ayuda de algún iluminado. Ninguno admitía que se pudiera innovar, como parecía le entusiasmaba al rey, en algo que siglo tras siglo se mantenían los criterios tradicionales que, si bien se mejoraban por la aportación de la nueva jurisprudencia, sus fundamentos parecían inamovibles, en especial en la definición y valoración del bien y el mal. ¿Qué más podía la justicia hacer que perseguir y condenar el mal moral que envilecía a las personas y el mal social que perturbaba la convivencia? Estaba bien que el rey gustara de premiar con prebendas a los mejores del reino, pero eso --se opinaba mayormente entre en la corte-- ¿qué tiene que ver con la justicia? Nunca antes se había cuestionado que la justicia dirimía los delitos que atentaban a la seguridad y la paz, para lo cual bastaba con que los jueces escucharan los alegatos de acusadores y defensores en cada pleito y decidieran hacia que lado se inclinaba la balanza de la razón.

El joven rey Saduc, en cambio, sin minusvalorar la labor de los jueces, consideraba que el prestigio de la sabiduría del rey le exigía sentenciar como deberían hacerlo los dioses, o sea, con tanto rigor como el remordimiento apretaba la conciencia de cada persona. Para él no bastaba independizar la acción aislada que cada cual pudiera errar, lo que condena cada sentencia, sino valorar también en cuánto cada súbdito era útil para la colectividad. En función de ello el rey debería aplicar los privilegios que la corona poseía, corrigiendo en cada caso la forma de la pena a satisfacer, de modo que la misma se asemejara a la que se pondría cada individuo para satisfacer en conciencia a quien hubieran perjudicado, pero permitiendo también cumplir las obligaciones que cada persona tenía en sus responsabilidades personales. De este modo, se decía Saduc, la estimación de la aplicación oficial de la justicia será pareja al criterio común con que cada cual juzgaría al contrario como si fuera él el deudor.

La incertidumbre que le acuciaba a Saduc era: ¿cómo valorar a cada individuo? sin, como  los dioses, poder penetrar la conciencia.
 
 

Capítulo 4


Llegado el día que el rey había fijado para dar audiencia a cuantos tuvieran que hacer una proposición concerniente a su convocatoria, se acercaron a palacio muchos de los principales del pueblo, la mayoría de ellos con legajos jurídicos, otros portando documentos históricos con los que pretendían avalar su proposición, algún matemático con tablas repletas de números resultantes de cálculos de probabilidad, los astrólogos con sus mapas del firmamento y demás gente erudita del reino en ciencias y letras, pues nadie que estimara su valía se había permitido quedar al margen de darle su opinión personal al rey sobre lo que debía hacer para satisfacer su pretensión.

Los secretarios reales ordenaron a los asistentes por nobleza de familia, rango profesional y edad, de modo que todos dispusieron de una vuelta del reloj de arena pequeño para exponer al rey el esquema de su propuesta. Si el rey la consideraba interesante, se le concedía desarrollar la idea más detenidamente durante una o dos vueltas más del reloj, si con ello conseguía el beneplácito del rey se le citaba ya sin límite de tiempo hasta que el soberano decidiera si la propuesta colmaba sus expectativas.

Saduc comenzó escuchando con inusitado interés lo que podrían comunicarle tantas personas doctas del reino; pues cuando convocó a la población a acudir a esa ayuda intelectual pensó que serían pocos quienes se aplicaran a ayudarle, por lo abstracta de su demanda. Cuando vio a tan gran grupo de gente proclive a transmitirle sus proposiciones, pensó que entre ellos no sólo habría quien le facilitara resolución a su incertidumbre, sino que de aquella tormenta de ideas saldrían soluciones distintas que le permitirían conjugar variadas soluciones. Con este ánimo comenzó a escuchar a los nobles de mayor edad y rango.

Lo que Salud escuchó en las primeras sesiones le decepcionó, pues no se diferenciaba mucho de lo que ya había escuchado de labios de sus consejeros. Él esperaba, sobre todo, atrevida originalidad, pero lo común es las exposiciones era redundar en experiencias históricas, retórica del derecho, compendio de sentencias, referencias de profecías religiosas, elucubraciones sobre la influencias de los astros, etc. Nada se parecía a la concisa idea que esperaba le aclarara la forma de valorar a las personas por el reflejo de sus propias conciencias. No obstante su decepción, admitió la buena disposición de su pueblo, y por deferencia a él escuchaba con atención el turno de exposición que a cada uno le correspondía.
 
 

Capítulo 5


Pasaron los días y Saduc no encontró entre los principales del reino que acudieron a transmitirle sus ideas ninguna tan relevante que le infundiera ánimos sobre ese ideal que consideraba legítimo. Los más ilustrados no le aportaron esperanzas de satisfacción, escuchó de sus consejeros que debería rectificar y desistir en sus esperanzas de que entre los que aún quedaban por exponer surgiera quien le generara esa iluminación a su mente que pudiera satisfacer su ansiedad. No obstante Saduc, por respeto a pregón que había dictado y al trabajo e ilusiones de las personas que se le acercaban, continuó escuchando pacientemente a quienes aún restaban de ofrecerle su opinión.

Comenzaban a desfilar por palacio personas que nunca hubieran imaginado ser recibidas por su rey, lo que se reflejaba en que la mayoría mostraban timidez y una cierta confusión para explicar sus proposiciones. La mayoría de ellos trasladaban a Saduc ejemplos vivos de situaciones de injusticia que repercutían sobre la clase más desfavorecida al ser los ministros del rey y los magistrados personas que, no habiendo sufrido nunca los rigores de la pobreza, dictaminaban como si nadie en el reino la padeciera. Tras las descripciones de esas situaciones, los ponentes se atrevían a mostrar las disposiciones contrarias que habría que aplicar para paliar esos estados de injusticia.

Saduc encontraba en las aportaciones de esta humilde clase un reflejo de la realidad de su reino que ya le era conocida, al haber desde príncipe procurado captarla disimulando su presencia entre los mismos. Ya que poco nuevo aportaban a lo que él estaba buscando, su esperanza se debilitaba según pasaban unos y otros sin que nadie ofreciera una clave para el saber que precisaba.

Uno de esos días, cuando ya quedaban pocas personas por presentar sus ideas, hacía turno de espera un muchacho joven que, en vez de papeles, portaba una maqueta de complicada estructura metálica de varillas, engranajes, ruedas y cordeles. Con dificultad podía soportar ese objeto entre sus brazos, pero se afanaba durante la espera en cuidarlo para que nada de lo que había armado se descompusiera. Era conocido en el mercado como un mecánico metalista que diseñaba, construía y arreglaba balanzas, poleas, relojes de sol, cerraduras, herrajes de carros y demás artilugios metálicos de los que se servían los vecinos de la ciudad para su servicio.

Cuando fue llamado a presentarse al rey, entró en el salón donde le recibieron llevando sobre sus brazos el artilugio mecánico, el que, para descargarse de su peso, depositó en la alfombra que había al pié del semicírculo que formaban el rey y los cinco maestros que había elegido para que le asesoraran a enjuiciar los contenidos presentados.

En este caso, Saduc, sorprendido por el artilugio que el joven con tanto mimo aportaba, se adelantó a preguntarle sobre el destino del trabajo que mostraba, pues pensó si no fuera que aprovechara la ocasión para mostrar a los sabios de la corte una nueva máquina de las muchas que los inventores se esforzaban en promocionar.
 
 

Capítulo 6


Se dirigió Saduc al joven con estas palabras:

-- Dinos tu nombre y oficio y con qué fin nos muestras esa especie de máquina que has depositado ente nosotros.

-- Mi nombre es Sinom. Mi oficio es hacer posible el diseño y el montaje de cualquier utensilio que sirva para aliviar el trabajo de los hombres. Este diseño que aquí traigo es el que considero que puede revelar a su Majestad el medio para juzgar con acierto a sus súbditos.

-- ¿Una máquina que sustituya al juicio y a la razón?

-- Es un simple mecanismo que he ideado para que sirva de modelo con el que sopesar las calidad global de las obras de las personas. ¿No es algo así lo que su Majestad solicitaba para facilitar la aplicación de la justicia en el reino?

-- Me temo que sea muy complicado que algún magistrado se pueda ayudar de un instrumento material así para valorar a las personas.

-- No es mi pretensión sorprender a nadie con mi corta inteligencia. Lo que he hecho no es sino desarrollar la balanza que la diosa de la justicia desde hace siglos porta en su mano para medir la equidad con que se ha de juzgar a las personas.

Al escuchar Saduc hablar de esa manera a Sinom le renacieron las esperanzas que día tras día iba perdiendo, pues era la primera vez que alguien acertaba a proponer algo parecido a lo que barruntaba sobre su cabeza desde hacía meses. No la misma impresión se produjo en sus asesores, que con disimulo rieron el atrevimiento del joven por hacerse el listo.

-- Dinos cómo funciona --añadió Saduc.

-- Previamente creo que debo trasladarles a ustedes una reflexión del fundamento en el que se inspira este instrumento para auxiliar a la justicia. Pero antes me gustaría que alguno de ustedes me explicase cómo utiliza la diosa de la justicia la balanza para juzgar.

Saduc dirigió la  mirada al Magistrado Mayor del reino que tenía a su izquierda, quien comprendió que el rey le pedía que satisficiera la cuestión al joven.

-- Es fácil entender que esa representación muestra que la justicia hace balance entre las pruebas de la bondad o maldad de las obras realizadas por el individuo a quien se juzga, de modo que el fiel de la balanza indica aplicar absolución o condena.

-- Y ¿todas las obras buenas y malas las valora por igual?

-- No, buen hombre --se apresuró a aclararle un letrado--, en cada lado de la balanza tanto suman muchas pequeñas obras de escaso valor con algunas otras de mucho, todas aportan su peso para bien y para mal, de modo que el resultado del contrapeso de unas y otras determina el veredicto que merece esa persona.

Saduc consideró que ese letrado había repetido lo que a él desde niño le habían enseñado, que era precisamente lo que inquietaba su conciencia, por la dificultad tan común de valorar objetivamente el bien y el mal, pues muchas veces el bien que procuraba a una de las partes era tanto como el mal que repercutía a la contraria. Al menos le pareció que Sinom compartía esa misma inquietud, por lo que se animó a escuchar lo que pudiera decir.

-- Pero esa dificultad en calibrar el valor relativo de bien o mal que conlleva cada obra es la que intento subsanar. Para ello creo que cuantos más platillos distintos tenga la balanza para colocar en cada uno una categoría de bien y de mal, más fácil lo tendrá el juez para decidir el resultado de la medición.

-- Qué más da que haya uno o diez platillos, si al final todos cuelgan de cada uno de los lados --replicó el letrado--.

-- Pues eso es precisamente lo que vengo a proponer.

En ese momento Sinom sacó del gran bolsillo interior de su túnica ocho pequeños platillos de metal que pendía cada uno de su propia  cuerdecilla.
 
 

Capítulo 7


-- Ahí está la clave de lo que quiero mostrar a mi señor --siguió argumentando Sinom--. Que la balanza que utilice para ponderar el comportamiento global de una persona requiere de tantos brazos y platillos como modos de obrar pueda diferenciar la conciencia. Por ejemplo, no refleja del mismo modo la bondad de una persona aquella obra buena que realiza para sí o si la misma sólo busca el beneficio del vecino; tampoco es igual un mismo mal que recae sobre otra persona si se hace con deliberación o sin voluntariedad. Diferencias como esas son las que distinguen de la rectitud del juez el criterio de los dioses, por lo que a la diosa justicia se la debería representar con una balanza de tantos platillos como categorías de obrar gobiernan la conciencia humana. Por lo que eso tiene en favor de la justicia es por lo que me atrevo a proponer a nuestro soberano este prototipo de balanza de múltiple pesaje.

Mientras esto decía, Sinom iba colgando cada uno de los ocho platillos a uno de los ganchos previstos en el extremo del juego de poleas y cordeles que colgaban de cada uno de los brazos soporte de su artilugio.

-- Esta sistema de balanza compuesta --explicó-- permite tener tantos brazos como se desee, y cada brazo con su polea, simple o múltiple, puede ejercer una fuerza adicional al número de llantas intermedias que sustenten la cuerda. Aplicando la fuerza proporcional resultante de la carga depositada en cada uno de esos platillo a cada lado de los extremos de un resorte que actúe como fiel se obtiene un cómputo global del pesaje cuantificado en función de los contrapesos necesarios a añadir para alcanzar el equilibrio que marca la aguja del fiel.

A continuación de una bolsa que llevaba colgada de su cuello sacó un juego de bolas de diversos colores.

-- Por ejemplo, si suponemos que cada una de las bolas es una unidad de acción con valor moral, buena o mala, la podemos disponer en uno de los platillos según un criterio que, como ejemplo, podría ser:

Mientras Sinom les exponía la explicación del uso del prototipo de balanza múltiple que les mostraba, iba colocando bolas de distintos colores en cada platillo, con lo que el fiel de la balanza oscilaba a favor de las obras positivas o negativas.

El rey Saduc se admiró de la destreza del joven y proclamó, después de haber oído a los restantes candidatos, que la aportación del joven artesano Sinom había había sido la mejor para su interés de mejorar en su reino la aplicación de la justicia; ya que pensó que si no era suficiente para juzgar infaliblemente a las demás personas al no poder penetrar en sus mentes para valorar sus reales intenciones, como se atribuye que los dioses pueden, sí le permitiría mejorar la calidad de sus juicios, y muy especialmente consideró como una gran descubrimiento que el criterio del joven la permitiría juzgarse a sí mismo con mucha más objetividad. Por lo que ordenó que le adjudicaran a Sinom los premios prometidos.
 
 

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