EL PRÍNCIPE REPUBLICANO

                  Jorge Botella



I

De espaldas a palacio,
por la oculta portilla de las salidas
misteriosas,
el paseo del príncipe
quebró la real liturgia,
cuando en la tarde el reino anochecía.

Heredero y señor,
ataviado de pueblo,
con compañía y guía de la inquietud
de tanta reverencia, siguió su estrella.
Buscó cambiar los mapas
por los campos;
del tutor el consejo reiterado
por la viva experiencia acrisolada;
la espada de la guardia
por la llave que custodia las desazones
escondidas
de cada ciudadano.
Buscó cambiar las velas de los alcázares
sobre el mar
y el aplauso
por el silencio del
oculto rincón donde especular
el don de las banderas enarboladas
entre manos ajenas.
Buscó hallar la verdad.
La verdad más allá de las verdades
sentenciadas
por la mano del rey.
 

II

Sin caballo,
caballero de paso
firme, franco mirar,
sin doblez en el gesto ni tez de mimo
con que la corte suele
esculpir
las múltiples caras de
cada uno de sus hombres.
Sin caballo,
pies en tierra,
el príncipe heredero
intuía
del dolor y las penas encallecidas
de su pueblo,
marginadas
del dictar de los sabios
consejeros del rey, su augusto padre.
Sin caballo,
el primer caballero
conociéndose el más
codiciado y de engaño víctima por
su futuro poder
cerró su corazón,
joven y noble aún, al vano halago
del traidor
confesor
de la fe entredicha, circunstancial,
su mayor enemigo, doble del rey.
 

III

Cruzó al pasar el príncipe
su mirar
al cansado mirar
de una joven mujer trabajadora
en regreso
del tejar.

- ¿Cansada vas, mujer?
- Cansada voy, señor, al mejor paso
que consigo
por llegar a atender padre, hombre e hijos
que aguardando estarán
mi llegada.
- ¿No es mucho vuestro afán?
- El propio para ser
esposa, madre e hija
en lugar de labriegos,
que si hubiera nacido en otra cuna,
donde el trabajo extraño parece ser,
no valiera
para ser con los míos
como soy.
- ¿Acaso tal desvelo de los heraldos
de este reino
no es refuerzo
a su pueblo ofrecido?
- Sé que tal como son es cuanto hacen,
y no habiendo alcanzado
lo que cada cual es
según el rendimiento de su trabajo,
sino de principescos otorgamientos
de linaje,
desnudos para el pueblo
estarán
de reconocimiento.
- Si ese es tu parecer
con el rey
¿no le hace
el primer prisionero?
- Por la etérea cadena de sus ensueños
se une, quien se corona,
con la absurda quimera
del designio divino.
Tan sólo quien del pueblo el beneplácito
recibe como manda
legitimado está como cabeza
que controla
y dirige a buen puerto los sentimientos
de su pueblo.
- ¿Pero acaso el príncipe
no se instruye
como otro ninguno
puede hacer
para bien gobernar y dar justicia?
- No siempre el recipiente identifica
aquello contenido.
La misma educación vierte una madre
en sus diversos hijos
y cada cual, al tiempo,
con sus obras, de mérito es muy distinto.

Siguió vivo su andar
la mujer
y quedó masticando la duda el príncipe
retornando a palacio mimando el paso.
 

IV

Ante el rey
el príncipe, medroso,
se atrevió a preguntar balbuceando:
- ¿Por qué el rey y el príncipe
han de ser quienes son
y no el pueblo
sea quien evaluando
el mostrado talento, sabiduría
y valor
elija quien gobierne los relevantes
avatares
de la comunidad?
- Tan elevadas miras
la ciencia del poder
presupone
que tan sólo quien Dios
por la estirpe designa
será el capacitado para acertar
a medir lo mejor para su gente.
- Vara que, tras medir,
con gran facilidad también fustiga
el desencuentro con la real medida.
- Firmeza en doblegar
convierte al mandatario
en un césar, crea en su pueblo
respeto y devoción,
temor al enemigo,
consagra a la historia su dinastía
y ennoblece
su figura.
- Reflejo en el espejo
de su corte
constitucionalista,
mientras la silenciosa
voz del pueblo
le acusa de tirano
que construye y destruye
a su antojo
del tejido social el relicario
de las nobles costumbres.
- ¿Quién a de ser sino el mismo rey
el que juzgue y tamice
de las viejas costumbres el entramado
que enmaraña a su pueblo?
- Y quien enrede pies y ate las manos
de los adelantados
con las hebras legales que paradojan
para el pueblo
libertad.
- Quien desacata al rey y a la corona
da la espalda
traición grave a su pueblo
engendra y el descrédito
de su misma persona
atesora.
Quien descabeza un cuerpo,
¿cómo luego podrá
pedirle coherencia,
bien hacer,
reflexión
y cuanto es necesario al bien común?
- Si el rey no se sintiera
portador del estigma
de la sangre real,
ni alteara los blasones
de la estirpe,
podría con su pueblo
ser uno en el sentir,
manos, pies y cabeza.
Donde le designaran
estaría
el primero en servir y el más leal.
- Desvarías, si siendo
legítimo heredero, juzgas posible
variar en el tablero
el rol de cada cual.
Futuro rey en la izquierda no ha lugar.
 

V

Al otro alba, bajó
el príncipe al mercado
ataviado con ropa de mercader,
para ser,
entre el pueblo mezclado,
quien palpara el sentir
de sus futuros súbditos
en este menester.
Sinceros ojos negros traspasaron
la noble alma
de un joven vendedor
junto a una mercancía
que ordenada ofrecía
a quien de ella tuviera buen querer.

- Bellas fresas
que al gusto se sugieren apetitosas
garantizan su venta
y vuestro beneficio.
- Cosecha son de mi huerto
que comparto
de mi quehacer
en las necesidades con este pueblo.
De toda la banasta
la mitad
tan sólo como rentas revertirán
a mi casa,
que el resto de la venta
es trabajo entregado
a la corte y al rey,
cuyas guerras,
dominio y posición sufragar hemos.
- Quien mediante su fuerza
os protege;
podéis cultivar, vender, comprar,
venir a este mercado.
- Por uno que se emplea
en servicio,
cinco van en papeles
que asumen cortesanos
y en sus manos se esfuma
lo que al pueblo
se debiera.
- ¿Acaso matemático
sois para saber analizar
las cuentas que en un reino
los más sabios se afanan en componer?
- Según a quien se deben,
el juez y el erudito
doblegan con torpeza en su consejo
el certero sentir.
Y aunque como pueblo
al pueblo deberían
su saber,
en el poder real establecidos
dictan según a tal es interés.
Distinto sucediera si administrara
en libertad el mismo pueblo sus bienes
y diera en equidad
su don a cada cual.
 

VI

El príncipe calló
y entre los carromatos y el vocerío,
anuncio de bondad
de cada mercancía,
siguió el paso
contemplando
el esfuerzo de un pueblo
que a reyes coronados enaltecía.

- Señor, una limosna
me dará
a cambio de leer
las marcas de fortuna
que en la piel de sus manos Dios dibujó.

Dos pieles se palparon:
La una, seca,
sintió el suave contacto de la tersura
por el mimo lograda.
La otra estremeciose
al tacto de un pellejo
enfundando las óseas deformaciones
que su palma
lentas reconocía.

- Los signos que presagian contradicción
prevalecen
en las líneas que cruzan
su destino.
Un reino hay que termina
y el cachorro de paz
enjaulado
en las simas del oro por los halcones
coronados
asperge su poder
ungiendo los recónditos de las palomas
mensajeras.
- No lograrás de mi mano una moneda
si no das a entender
el misterio
que tu lectura encierra.
- El oro del que sois
es peso que os impide
ser el viento que airee
las miserias que veis en nuestro pueblo.
Pero será tu sello
el que habrá de anunciar los nuevos tiempos.
- Diez monedas te doy
por tu voz
y por encarecer
tu silencio.
 

VII

Atrás, cajas de adobe
que custodian los sueños,
las caricias,
el dolor y el querer de las familias
que son pueblo.
Delante, el palacio de las intrigas,
un lugar que socava
la mentira
y la envidia engalana con el ornato
de las dobles palabras.
Donde la reverencia
burla es,
el servicio,
prenda a débito,
y la cama del rey mulle y calienta
del valido la espía.
Atrás, en cada estancia
un sueño de ilusión
contempla una luna cuartocreciente
y una desesperanza
se instala entre las carnes
de unos cuerpos
que despereza el nuevo alba del sol.
Ellos allá levantan con gallardía
sus frentes y sus manos
al trabajo
por al pan de cada día.
Delante del príncipe,
el tedio y la resaca
carcome las conciencias
en las cámaras
palaciegas
por la infidelidad en los amores,
en altos juramentos,
a la ley.
Un alba que no airea
ni despeja el hedor
de la ardiente pasión por la mentira.
 

VIII

- Como heredero y Príncipe debéis, Señor,
asistir y asentir
al refrendo
de los planes de Estado
que presto han concebido los principales
y más nobles
caballeros del Rey.
- ¿Cómo he de rubricar lo que a mi espalda
otros tejen
sin que mi voluntad
ni mi palabra hallen
espacio para ser consideradas?
¿Hasta qué punto el Príncipe
en el reino será
el heraldo sin voz?
- Vuestro saber, Señor,
os lo prestan los sabios
y en sus mismos labios
está vuestra opinión.
Los que, con su escrutar,
os alivian
del esfuerzo continuo del pensamiento
y del yerro
al decidir juzgando lo conveniente,
lo necio y lo fatal.
Ellos son quienes cargan
responsabilidad
por liberar los desvelos a su Señor.
- Otorgándose,
al consentir del Rey,
las administraciones más favorables,
ministerios
y en los juicios de ley impunidad.
- Sólo servicio fiel a la Corona.
- Conspiración e intriga
que secuestra del Rey
el deber con su pueblo y la cabal
asistencia y piedad.
Cortesanos que esconden
su avaricia en retóricas
tradiciones
de servicio.
La sociedad seccionan enalteciendo
su privilegiado estado de caballeros.
Ellos quisieran ser
como el Rey,
y yo quisiera ser
uno más con mi pueblo,
que ardiera de pasión por igualar
el color
de todas las enseñas.
 

IX

Por doquier en la corte
alardean
de ser grandes maestros y ninguno es
profesor
que con el ignorante comprometido
desenlace
lo que la ciencia ansía comunicar.
Sólo el humilde sabe
que el saber es cadena,
no corona,
que libera,
ni cetro que sojuzga, sino del alma
despertar
el eslabón dormido
que engarza la verdad.
Sólo el buen hombre engendra sabiduría
y del malvado estandarte
la trampa que cautiva al viento vuela
por dejar manifiesta
la perfidia del mal.
La realidad que el sabio
aconseja
es la naturaleza escudriñada,
la experiencia
de acrisolar el juicio
y de tentar despacio las sugerencias
que las manos amigas
se allegan a dejar.
Muchos ojos distintos
contemplan una misma realidad
y sólo su perfil delimitado
con perfección y nítido
describen unos pocos que se resisten
a dejarse cegar por el destello
del poder,
que quienes el saber tienen por ley
reconocen y enseñan
qué débil lazo aúna
tenido y tomador,
que quien posee pronto
anhela lo que falta
y lo que ayer ansiaba hoy conseguido
da en olvido
con gran facilidad.
Tan sólo el conocer, que por complejo
no abarca ningún hombre en una vida
que se viva,
enseña a ser humilde
y a sentir el valor
de quien hace desprecio de la mentira
y sólo en la verdad se comunica.
 

X

Una vez más el príncipe
regateando el ojo que le vigila
caminó valle abajo
por tratar de encontrar al prohibido
creador de las artes alternativas,
quien figura
de la materia
imágenes que encarnan la libertad.
El desván
que protege las sombras
e ilumina la luz de la ilusión
se esconde íntimo
en el rincón humano, acogedor,
que escucha la palabra,
el gesto del amigo,
del extraño el verso innovador.
El balcón
de los proyectos vírgenes
que una mano audaz abanderó
con la enseña de paz universal.
Donde el poeta aprende
del gesto del pintor
y el estro de los músicos rejuvenece
la pasión arrumbada
del desaire
y la marginación.

El príncipe ante sí
encontró
un cuerpo de no excelsa conformación
y un alma receptiva
trascendida en
el profundo mirar
de unos ojos sinceros.

- He sabido escuchar las medias voces
que hablan entre susurros
de la verdad proscrita.
De lo que más allá de la enseñanza
oficial
el espíritu intuye
de lo que sigue al ser.
Quisiera conocer la cara y cruz,
la escondida inquietud de cada cosa.
- Arte es la habilidad
de descubrir el orden en que las partes
se integran en el todo,
la sensibilidad
para percibir nítida
la luz que cada cosa toma y refleja
en su entorno.
Las masas que equilibran
el espacio
y mutuas se sustentan
para que los espíritus que las contemplan
tengan paz.
Arte es simple caricia,
los sonidos fundidos en melodía
que fluyen como cuanto en la vida es.
Ser actor
implica retirarse
de lo propio
y, desnudo,
integrarse
en el guiño de imagen
que la naturaleza
reconstruye
por corregir el ritmo existencial.
El arte es aventura,
vuelo de libertad.
- Pero el arte ¿es verdad,
o quimera
por la que el pensador
se escabulle
del contorno real que al ser social
delimita?
- Arte es testificar
en don la oculta cara
de la vida.
Explorar
la escondida verdad
de tantos compromisos desajustados.
Depurar,
en catarsis del alma,
responsabilidad
por lo que unas inicuas y regias manos
contrajeron
al construir un decorado
disocial.
- ¿Mira entonces el arte el lado cierto
de la ética?
¿Connota en algo al digno
proceder?
- Imagen es de un juicio
que sentencia
jerolífica
y en mente
a cada cual un hálito
de la sabiduría debida al ser.
Una luz de la conciencia
para el que aún espera
conocer.
Un espacio de sombra impenetrable
para quien sólo esgrime
el talento del yo.
- ¿Por qué en palacio abunda
tanto nombre
en coros ensalzado y tan poca obra
en que algo se adivine original?
- Crear tiene de humano
lo que la libertad
a cada cual enseña al contemplar
una única existencia
reducida en la esfera
material,
de cuyo ámbito
los maestros extraen
vírgenes intuiciones, inadvertidas
para quien no cultiva la sensación
incisiva.
El ruido de la corte
y los etéreos sueños
de la gloria
embotan los sentidos
para interpretar el más allá.
- ¿El silencio
enseña cómo hablar?
- El discreto retiro
de la mente
a la contemplación
de lo suyo
configura el valor que cada cosa
merece en el tablero universal,
relegando
la emoción engañosa,
el mensaje falaz,
la forma pasajera
al destierro del ánimo que sólo ansía
recreo en la verdad.
El silencio deshace el titubeo
del alma al elegir determinantes
laberintos
en que las esperanzas quedan soldadas.
El discreto silencio
del espíritu
la paciencia pondera
para poder crear
rama a rama
el nido existencial de la expresión
ideal,
el lenguaje del arte
que habla a la razón
desde la más profunda
intuición
que madura el espíritu del ser humano.
Las formas de que el alma
adolece
le llegan en las notas
articuladas, sabias de melodía
de la música y color, de la palabra,
de la composición provocadora
de volumen
que rodea
tu excepcionalidad.

El principal del reino
en su mano tomó
la del sabio
que labra en los matices
de la composición la fortaleza
del vivir.
Su mirada miró
y envidió
la paz, la libertad de quien gobierna
la tersura
de sus sueños,
para quien la inquietud
es signo de seguir el paso audaz,
y no voz de traición
y señal de perpetua incertidumbre.
 

XI

Recóndito rincón
el del alma
del príncipe enjaulado
por la trama
con que jerarquiza la tradición.
Querer a un mismo tiempo
ser leal con el rey,
con el pueblo,
y rendirse al derecho
de igualdad
que en la naturaleza el Dios eterno
instituyó al recrear en semejanza
su imagen en el hombre.
Cómo recomponer a la verdad
la proclamada trampa
de la prior esencia
de la sangre real.
Cómo asumir el ser
uno más
sin la máscara
que el cetro y la corona adecentaron.
Contempló el buen príncipe en rededor
el palacio,
la cuna del poder
de los suyos
que un próximo mañana
quedaría legado para el arbitrio
de su mano.
Todo en él
era lo que en su reino
le habían hecho ser.
Nada de más allá le era debido
sino por el dominio
que sus predecesores establecieron.
Nada había ofrecido
a sus gentes
para la confianza de sus miradas
merecer.
Cada día más solo
con la corte a la espalda
y la conciencia al frente ¡inoperante!

En la más alta almena
medita el principal de los albores:
Si el poder permitiera
recrear
la relación humana,
de cuánta libertad
cada pacto
vestiría,
y no forjar cadenas para prender
la voluntad del débil
al dominio
del mayor.
Devolver la justeza a la persona
y la llave
que pondere el arbitrio
de los jueces
que comprometa el bien del poderoso
y el temor del tirano
que tentara
embaucar con su ley.

Siente en su ensoñación
como si las entrañas del viejo reino
revivieran
aupando el deseo
del progreso social;
más allá del saber, las ilusiones
motivan el sentir
la posibilidad de una esperanza;
un colectivo en marcha
que lidera
una sombra
sin nombre, sin perfil,
ausente capitán necesitado
que perturba la conciencia
del ser de cuna regia y alma leal.
¿Cómo él
puede estar tan partido en sentimientos?
¿En cuál clase vivir?
¿Por qué un mundo así?

Cuando el alma se escucha, en los silencios,
la verdad se evidencia
más que con las palabras,
más que con los dictámenes encuadernados
en retóricos códigos
de moral.
Por mucho que se viva,
por mucho que se vea,
sobre las apariencias
es la voz interior quien la sentencia
dicta al alma
a implicarse en obrar,
en amar,
en odiar,
a conocerse en tanto que se conmueva
con el bien por hacer.
 

XII

En el sótano oscuro, casi olvidado,
una mesa sostiene
los cuadernos
del perenne saber
y las envejecidas manos que alientan
del viejo confesor
testimoniar lo cierto
de la experimentada vida de fe.
Expurgar
la lacra de la sentencia por interés
y lo dogmatizado
sin rigor condenando
a todos a avenirse
a un único sentir.
Lo esencial del bien
olvidado
en sus juicios retorna
a la luz.
Y el precepto retórico al margen queda
del humilde dictado
que enriquece la herencia
de un alma que de vuelta
de la vida
para ir a Dios se basta con lo esencial.
Esta espiritual guía ansía el príncipe
concertar
con su pasión de verdad
para distensionar
los cabos con que el clero
le acercan a su fin.

- ¿De cuándo que mi príncipe
mi consejo
solicite y mi anciano y arrinconado
juicio encarezca oír?
Con más sabiduría un otro habrá
que ilumine
los rincones oscuros
de vuestros pensamientos,
y vuestras desazones su voz sosiegue
con la acertada palabra
del conocer actual.
- Al recurrir a vos
de la moral ansío la trabazón
percibir del saber inalterable
sobre la que se funda
la herencia del pasado,
el presente
y lo que de gozosa dicha el futuro
nos pudiera legar.
Me sobra el razonar conservador
de aquellos que ordenan
del mundo el bien según
lo consolidan a su satisfacción.
Me sobran las palabras desencarnadas
y me falta
encontrar
en la ley predicada
la carga de ternura
que a la humanidad se exigiera.
- Propio es de la verdad
ser tan tierna
que al intuitivo espíritu
alimenta
con su esencia.
Nunca hiere,
nunca humilla, nunca duele
del amigo el veraz
y divino consejo,
que lo propio del hombre
es velar por el hombre
como así lo hace Dios.
- ¿Y cómo es como Dios
nos enseña?
- Moviéndonos al bien
hacer para aprender
su valor.
El más alto saber
funde también el más universal
sentido de tomar por ejemplar
lo menudo
que enriquece nuestras vidas
y refresca
la aturdida conciencia porque podamos
ayudar
en algo a alguien que estaba
difuso a nuestro lado.
¿Qué le valiera al sol todo su ardor
si no alcanzara a quien
solazar?
Conocer sólo es
medio trecho de andar el bien hacer,
la experiencia del bien
refuerza las intuiciones
naturales del alma
y crece las mociones solicitantes
de solidaridad.
Pero alargar la mano
para dar
exige tanto esfuerzo
como extender los brazos para pedir.
El apego del cuerpo
a lo suyo
se comporta
como la cosmológica ley de atracción
que retiene
para sí
los preciosos metales
a los que ¡tan mundanos!
los hombres conferimos tanto valor.
Qué difícil ceder
de lo propio.
Sólo quien se acoraza
tras las defensas de la sabiduría
resiste su llamada y subestima
la pasión
de poseer el oro enaltecido.
- Quien ha de regir desde
el estrado
de la corte
el devenir del pueblo
obligado ha de estar
al ornato
y al distinguido rito que le señale
como tal,
y a soportar las joyas de la corona
y a empuñar en su mano el rico cetro
símbolos del imperio
que el destino le impuso.
¿Cómo podrá escapar
al halago diario de tanto bien,
a la falaz lisonja
de aquello que en verdad sólo es metal
y brillante carbón
de embustero reflejo que cuan traidor
elixir
la voluntad cautiva
y del mortal heraldo
se hace dueño?
- Del rey la pena está no en carecer
sino en haber probado los más nombrados
placeres que encarece la humanidad.
Al rey le es ofrecido desde la cuna
aquello que tan sólo los demás logran
con trabajos y empeños reiterados,
lo que para los más es pasajero
al rey perpetuamente es ofrecido
con desvelo,
por servicio,
en reconocimiento de su excelente
honorabilidad. Todo a sus pies
se entrega, y él sin mérito toma y disfruta
sin sentir el veneno
que la copa contiene
para dormir el ánimo exigido a su
responsabilidad.
- ¿Deberá retraerse el señalado
señor de disfrutar
los placeres
que tornan una vida en llevadera?
¡Sería un ser divino
quien con tan gran dominio
su voluntad vistiera!
- Del poder el influjo
en el bien
y en el mal
por mil se multiplica,
pues cientos son los súbditos que han de acatar
sus dictados.
El bien que se reporta
a la satisfacción de cada uno
es el logro del rey.
El mal con que se hiere,
responsabilidad del soberano.
Si es tal la decisión de su influencia
¿quién podrá consentirse
relajar el esfuerzo de un buen gobierno
y vivir a merced de su ambición
personal?
Quien no quiera sellar
los postigos
del relajo
que se niegue asumir el compromiso
director
de un pueblo.
Que el desvelo
ha de ser su tormento
y su felicidad
propiciar el sosiego
y construir los caminos
de la paz.
 

XIII

El tedio cotidiano
parece contener cualquier partícula
de pasión
que incite a lacerar
el establecido orden
que asigna a cada cual
un contorno
de realización determinado
por sociales conveniencias
y por heredadas limitaciones
para la propia estima.
Aunque en cada conciencia
un estímulo vibra
generando las ansias
de afirmar
el ámbito del propio
sopesar.
El interés común crece a la par
que irradian los anhelos protagonistas
de los débiles siervos
que sirven convencidos
de algún día lograr en propiedad
los predios que hoy germinan con su sudor.
Saben que sólo al ser
uno todos
negociarán sus partes
con fructuoso provecho
y de su fortaleza la honda alcanza
lo que en común sostienen
y a lo mismo someten
su entidad.
Venidos a concierto,
los más consideraron comisionar
destacados munícipes
para expresar al príncipe
fuera su valedor
en la corte
para atender sus ánimos
y en derecho
progresar
en común.
Nadie del rey hubiérase
atrevido
a encarar el semblante,
que quien para su ser
concede un estatuto excepcional,
ni admite la palabra
inquirente,
ni la mirada acepta
de frente, pues exige a su persona
sumisión.
En cambio, del retoño distintos aires
se perciben,
que a quien no ha maleado
el gusto del poder
posible aún es
que conserve
el natural humano en comprender.

- Nuestro futuro, Alteza,
ha consumido el tiempo
de aguardar
y es ahora
pálpito general
en las venas,
en la resolución y en la garganta
de las gentes del pueblo.
Ni es posible futuro en el ayer,
ni en no vitalizar
las oportunidades que en el presente
se sugieren.
Quien no cambia
oficia de continuo
la exequia de su ser.
Ya muchas vidas hemos sacrificado
para que nuestra esencia no se avergüence
en su pasividad.
Un tiempo nuevo hierve y nos reclama
como protagonistas del quehacer.
- Más que de vuestra voz
la demanda,
el alma que os anima
me urge a considerar con atención
vuestro afán de futuro,
que hasta cuánto no sé
ligado irá a mi mismo
porvenir.
También yo fruto soy
del pasado
e inquieto me rebelo
contra los laberintos que en el real
a escondidas
las insidias tejieron.
Mil versos escribir para eco hacer
de mi anhelo
debería
y más fácil haceros
comprender
que también mi alma humana
es, y pronta
a vuestro requerir dispuesta está.
Más soy yo quien sufre en soledad
el paso farragoso
de la historia,
ya que mi aliento aspira
tanto como vosotros
ver un protagonismo comunitario.
Que en palacio
el reloj se quisiera
detener
para no más morir,
cuando no es vivir
hacerlo sin progreso.
- Para el pueblo los hechos
son y no las palabras tienen valor.
¿Quién nos ha de decir
que vuestros ideales esperanzados
no vayan con el rey
a morir,
y al veros coronado
el halago en la sien
os vuelva como aquellos que os precedieron.
- Sólo el pensar me asusta
que llegara
el poder a lograr mudarme tanto,
y otro ser en mi ser
recreara.
Por más que la droguen ¿cómo podría
la misma alma
dar la vuelta a su piel para habitarla
de otra maña?
Por mi faz me juzgáis,
pero yo mi interior
considero,
y si un día
mi traición
despertara en vosotros la justa enmienda
de mi torpe
proceder,
con mi mano os entrego
mi propia arma,
que el sentir de su pueblo es la sentencia
de la ley
para su soberano.
- Preciso es repartir
esperanza,
que incluso el más plácido sueño se inquieta
si la noche se alarga.
Despertar
del valor de los jóvenes
por la insatisfacción de sus deseos,
cuyos cuerpos,
prontos y ardientes
para el amor,
lo son para el ardor de la batalla
cuando no los disipa
el lujo ni el alcohol,
ritos inaccesibles
para el pobre.
- Conscientes ciudadanos y no vasallos
querrán los nuevos reyes
en su pueblo.
Que cuando se tolera
sin amor, el sistema
mengua la fortaleza que yergue estable
la realidad del reino.
El arma que desarma es la razón
más que cualquier espada,
y sólo quien la esgrime
sabiamente
enaltece la paz
que el bienestar custodia de su encomienda.
- De razón escuchar
lo es al pueblo
que construye y padece
en el mundo la única realidad
social en que vivimos,
con sus actos tejida y sostenida
en su esfuerzo
colectivo.
Al pueblo nada ajeno
le es de cuanto acontece
y en su entraña genera
los brotes de progreso
que en desigual manera le recompensan.
Nadie nada disfruta
sin haberlo
trabajado
una eficiente mano,
sea para del rey satisfacción
o de su fiel lacayo,
por lo que todo al pueblo
en deuda se le debe.
- Y pueblo los ministros
y el rey son
cuando con su talento el entramado
de la organización social diseñan
y establecen el orden del interés
general.
Igual que el labrador
de la natural ciencia
precisan sus entrañas
conocer,
quien legisla experiencia acrisolada
del bien que cada regla
al aplicar consigue ha de tener.
Quien del reino la hacienda vigila y guarda
necesario su docto conocimiento
en la administración
se presume,
que el tesoro del reino
a todos enriquece
y su ruina
a todos empobrece.
 

XIV

- Padre y Rey,
si mi decir te enoja,
cómo será el sentir
de aquel que más allá del encumbrado
estandarte
del poder el dominio tan bien padece
y la real bandera sólo le abraza
cual mortaja
tras morir en la guerra por su señor.
Si las leyes
ignoran sus desvelos
y cumplir le reclaman lo que es contrario
a su honra y a su honor.
Inclinarse
hombre ante hombre repudia
la conciencia
si no es por compasión
hacia el necesitado del fraternal
socorro del amor,
y la verdad igual
considera
el débil albergar en su razón
que el portento especula consustancial
al birrete
el halo de doctor.
En vez de proclamar
enemigo
del reino a todo aquel
que de la calma social agita el agua
potenciando sanar las escleróticas
conciencias populares,
valdría adelantar
los progresos
de la mano real satisfaciendo
en lo íntimo el sentir
viva la perfección de la justicia.
Ser motor
y no rémora
de la concertación,
del común interés por la equidad
en los pasos posibles de promoción.
- Cuando del natural señor se tuerce
el gesto y se retrae acatamiento,
es como quien de casa a la ligera
marcha sin evaluar
cuál cama le dará
cobijo, ni a qué mesa arrimará
su hambre la mañana del postrer pan.
Se menudea pronto cuanto se tiene,
mientras se paladea en los soñados
paraísos la droga del espejuelo
común: la acechanza.
Se desprecia del padre la protección
y a la mano del cínico
se cogen indefensos de los engaños
que pregonan.
Los más fieros tiranos suplantarían
el orden secular
si la sien coronada
mostrara palidez en su pujanza.
Cuchillos que se afilan
contra el rey
travesarán las carnes de lo mejor
de su pueblo,
pues con la autoridad
abolida
no habrá mano que pare
la insidiosa disputa por el poder.
- ¿Tan tierno al pueblo crees
para que como necios reivindiquen
aquello que no es para su mayor bien?
Exigen ante todo
el reconocimiento de libertad
que por su condición
mental les pertenece.
La esencia para ser corresponsables
en común del destino
que decidan construir
radica en la igual capacidad
para el bien discernir que el noble tienen,
y si éste por haber sido educado
domina el saber,
aquellos, si se allegan
los recursos
de aprender
alcanzarán sobrados
el dominio
de la ciencia de buen gobierno.
No es de un buen padre apadrinar
perpetuamente al hijo
sino congratularse en la grandeza
de saberle mejor en la bondad,
en la ciencia,
en el arte.
De igual modo el rey se ha de sentir
satisfecho de ver cómo su pueblo
ennoblecido puede
valerse por sí mismo al gestionar
su futuro,
sin tutela de quien
puede no ser querido.
- Cuando no existe un árbitro
externo a los conflictos
que medie decidiendo su autoridad,
muchos enfrentamientos
se eternizan,
porque quienes litigan
aducen su razón inalterables.
Preciso es que la ley y la justicia
la administre
quien no tenga interés particular,
y por ello el poder
habrá de recaer
en quien para rey ha nacido
y Dios iluminó
para ese menester.
Si fuera el propio pueblo
quien hubiera de dar justicia y ley,
en un corto tiempo contemplaríamos
enfrentados en bandos
al conjunto social.
Ahora se debate contra el rey,
lo que les unifica,
más cuando entre sí sea la discordia
campará la violencia de las facciones
por tomar el poder.
- ¿Será peor que el pueblo
yerre al decidir lo conveniente
para su bienestar
que la oportunidad de libertad
negarse a tal temor?
- Mientras a conciliar
voluntades aprenden los ciudadanos
sufrirán en sus vidas los desaciertos
del interés propio
que mengua el beneficio
general.
- Llegará un nuevo tiempo
en que por artificio
de su responsable uso la libertad
doblará el valor de la persona
pues todos además de gobernados
gobernantes podrán,
con el consentimiento
común, llegar a ser.
 

XV

Alcanzó la más alta
y retirada almena el joven príncipe
para allá meditar
de su rey la advertencia
y oír el interior de su conciencia.
Qué sola el alma queda
y cuánto el poder pesa
si se ha de decidir en una todas
las acciones futuras
de la vida.
Las intuitivas luces
que hacen ver
un apunte vital, muestran también
las expresivas sombras
que retraen de su toma
en consideración.
Aunque de hierro fuera
la voluntad del hombre,
su sola soledad le dejaría
en frágil situación de cara a un mundo
de infinita tensión que late al ritmo
de cada corazón.
Quién tuviera la fórmula
para el universal advenimiento
a la mutua concordia.
Quién tuviera la llave
de la paz.
Si abrir se pudiera en la muralla
del tiempo por venir
la más ínfima
oquedad
y contemplar el bien
o el mal
que cada decisión repercutiera,
entonces: qué sencillo
gobernar.
Pero todo ha de ser
así de tan incisivo
para la vulnerable
resolución de un príncipe
por la modernidad.
Anhelo despertar
en los nobles
y en el pueblo
el afán por dejar las tradiciones
allá donde nacieron.
Que nada condicione las relaciones
sociales diseñar
según los nuevos modos
de pensar.
Que la clara luz turbe
el sentir
de quienes en las sombras las estrategias
de su mando
codiciaron
burlando la verdad universal
del servicio
que la nobleza obliga.
Habrá una nueva ley para humillar
a quien desde su rango
humilló
al más débil
y será la solemne constitución
del fiel de la justicia
quien por igual a todos
considere.
¿Acaso no será
que por así obrar me consideren
entregado
e incapaz de regir
a quienes por costumbre
se ha atribuido vivir so el yugo
como la natural forma
de servir?
¿No estará la razón
en mi padre
si en su mano mandar del justo Dios
legado considera?
Si así fuera,
las falsas esperanzas de libertad
despertar
temerario sería
y mejor estarían
las cosas como son que revolver
inquietudes.
Pero si no me puedo negar
el que soy,
tampoco puedo negarme
cómo soy.
Si a regir obligado
estuviera en contra de mi sentir,
de mi yo otro distinto el rey sería.
Si he de renunciar al buen gobierno
de mi pueblo,
con el recto entender de mi conciencia
habría de dejar
la corona,
pero ¿a quién?
Sólo queda el tronchar
en tres partes el cetro
y entregarlo al pueblo:
Para que elijan jueces que hagan justicia,
la primera.
Para que constituyan
asambleas que dicten acordes leyes,
la segunda.
Para elegir y dar mando a quien mande
y poder revocarle
si cae en la perfidia,
la tercera.
Y del rey ¿qué sería?:
una común persona,
¿o es qué acaso es poco?
 

XVI

De espaldas a palacio,
el príncipe y heredero
cuando un nuevo sol amanecía
con los pocos amigos
que en la corte tenía abandonó
las reales estancias
-que su ardor juvenil
vigilaron-
por buscar un entorno
próximo y adecuado donde aprender
a pensar con el pueblo.
Abrió casa
junto a quienes quería
le trataran como uno más entre todos,
y ser lo que su mérito
de consideración reconocieran.
Aprender
lo que los instructores no le enseñaron,
de cómo el gobernado
a quien le manda juzga severamente
si le ignora
y cómo en su querer está inquirir
si honesto es
en la común hacienda administrar.
En la proximidad
de la vida esforzada
más que en la real
audiencia se conoce
lo que al pueblo grato es
y lo que sufrir le hace desesperar
de quienes la justicia
intervienen.
Hiere la desigual
fortuna que recae
en el hijo
de quien en el servicio su vida emplea,
que sólo iguala en sueños el devenir
de los vástagos
del rico empleador;
dos distintas maneras de contemplar
acompañan
sus creces en la vida,
sin que la rica aprecie
cuán mermada la otra se desenvuelve.
Preciso que conozca
es para el buen gobierno las muy distintas
condiciones de vida
quien aspira del Estado cabeza ser,
que a su libre albedrío
la sociedad desplaza
los bienes de sus ciertos
productores
y los deja en la hacienda de quien poder
para configurarlos
como suyos posee.
¿Quién alzará el derecho del oprimido
si lo ignora
al que el cetro distingue?
¿Y cómo ha de apreciarlo
si a palacio las voces llegan cambiadas?
La buena luz que alumbra del mandatario
la mente determina
la estima que se tiene
por su buen proceder,
que si a su propio juicio no se percibe
honorable
y capaz de sentirse
secundado
de los más de sus súbditos difícilmente
logrará la adhesión a su gobierno.
Pensar que como un Dios
el rey impone ley
es loco desvarío, pues lo social
suma las voluntades de convivencia
y lo moral atiende a la conciencia
personal.
Lo primordial al príncipe es conocer
la entretejida trama de relaciones
y las causas profundas que generaron
las costumbres
y el derecho
establecido
por las gentes
para la mutua ayuda y el mejor
concierto en el dominio de los recursos
de la naturaleza.
Perfeccionar el orden y estimular
el progreso
de las establecidas
relaciones exige aún al más
principal
escuchar,
y del consentimiento mayoritario
remodelar su juicio
u ofrecer razonables alternativas,
que el peso de su ley
por fuerza no se imponga, sino convenza
convergiendo a un criterio la voluntad
del querer popular
y la real verdad
por el príncipe ansiada.
 

       FIN