Fábula de las reinas

Jorge Botella
 

Capítulo 1º

Hooner, catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Pistos, se sorprendió de que varios siglos atrás hubiera existido en el reino indígena de esas mismas tierras un periodo de más de ciento cincuenta años en los que sólo se sucedieron reinas, cuando anteriormente ese poder sólo lo habían ejercido varones. Por ello dedicó años de investigación a averiguar las causas de un cambio tan sorprendente en el país de sus antepasados.

El reino de Soyaron se había extendido a lo largo del valle del río Meón, desde la cordillera Celara hasta la costa oriental de la isla que ahora constituía la nación de Ocean. Esa isla hace siglos estuvo dividida en dos reinos, el de Soyaron que ocupaba las llanuras orientales, dedicado principalmente a la agricultura y la pesca, y el de Pirsasa, que se extendía por las cadenas montañosas que se sucedían hasta la costa occidental, cuya principal fuente de vida fue la ganadería, la caza y la explotación forestal. Mientras en el país de Soyaron existían poblaciones importantes, Pirsasa estaba formado por multitud de aldeas deficientemente comunicadas entre sí por lo escarpado de su territorio. Por ello, cuando en el siglo XVII la isla fue atacada por un ejército de conquistadores del continente, estos sólo consideraron rentable el dominio de Soyaron, ignorando el resto que la isla, que fue ocupada posteriormente.

Fue el testimonio de los conquistadores en sus documentos quienes dejaron constancia de que el reino estaba regido por una mujer, que dirigió la férrea defensa de su territorio, aunque la diferencia de armamento entre los conquistadores, que disponían de pólvora, y el de los indígenas, que consistía en lanzas, flechas y escudos, fue determinante para que los primeros se hicieran con el dominio de toda esa parte de la isla, causando un incontable número de bajas tanto entre los combatientes indígenas como sobre la población civil cuando fue reducida a servirles en condición de esclavos.

A partir de mediados del siglo XIX, independizada la nación de Ocean de la colonización continental, surgió el interés por conocer la vida y costumbres de sus aborígenes, facilitado por el desarrollo científico de la historia, la antropología y la arqueología cuando se constituyeron academias y universidades en el país. Siendo a mediados del siglo siguiente cuando el profesor Hooner se interesó en investigar qué había de realidad en las conjeturas de anteriores indagaciones sobre el sucesivo reinado de las mujeres en el trono del reino de Soyaron.
 
 

Capítulo 2º

La población en Soyaron usaba una escritura mezcla de signos y jeroglíficos, y pudo ser descifrada a través de abundantes inscripciones lapidarias y textos sobre pieles curtidas y pergaminos. Los trabajos durante años de arqueólogos especializados en lenguas primitivas facilitaron a los historiadores las traducciones de los vestigios conservados de la cultura del pueblo de Soyaron; siendo estos los que le permitieron al profesor Hooner investigar sobre el tema que tanto le interesaba.

Los datos transmitidos habían revelado cómo, en fechas datadas aproximadamente a finales del siglo XV, se había generado una insurrección mayoritaria del pueblo contra sus dirigentes a causa del nacimiento del heredero del rey Sasín. Desde la infancia del príncipe, su parecido al chamán principal de la corte hizo acrecentar de continuo entre el pueblo la idea de que el príncipe no portaba la sangre real, sino que había sido concebido por la reina con la complicidad sexual del chamán, dividiéndose la opinión pública sobre si ello se debía a una supuesta argucia para ocultar la efectiva infertilidad del rey, o a que la reina se tomaba licencias libidinosas con hombres de la confianza de su esposo.

El reino de Soyaron sostenía una antigua tradición por la que se creía que la sangre real mantenía unos marcadores específicos que la diferenciaba de las demás familias del pueblo. De este modo se aseguraba que la sucesión en el trono, que en aquel tiempo estaba reservada exclusivamente a los varones, era legítima si los hijos nacidos de la reina consorte mantenían las marcas de la sangre real. Estudiado a la luz de la ciencia moderna, era patente a todos los historiadores que los medios que pudieran avalar esa alteración patente en la sangre de los príncipes no podían proceder sino de trucos de hechicería o superstición puestos al servicio de los intereses de la estirpe real y sus favoritos. Esos marcadores consistían, según los escritos escrutados, en que la sangre de los príncipes era más azulada que la de los demás mortales; aunque de lo que no quedaba evidencia en los varios antiguos vestigios que se conservaban sobre el tema era la si realmente se utilizaba algún procedimiento alquimista que lograba azular la sangre, aunque fuera por un corto espacio de tiempo, o se trataba más bien de un truco visual que permitiera aparentar en azul lo que realmente era rojo o teñir la sangre según se extraía. En cualquier caso los historiadores suponían, como también había sucedido en parecidos casos en la historia, de que ese ritual se realizaba entre unos pocos que estaban próximos y ante los ojos de otros muchos que a distancia no podían distinguir los procedimientos empleados.
 
 

Capítulo 3º

Entre el pueblo se difundió el parecido entre el heredero y el chamán, pues así lo atestiguaban los que trabajaban en palacio como funcionarios reales, que por sus trabajos y ocupaciones trataban con cierta frecuencia al príncipe, quienes apreciaron que cuanto más crecía más se identificaban los rasgos físicos del niño con el que casi todos consideraban el auténtico padre. No obstante esa opinión común, el rey aparentaba que esos comentarios no iban con él, ignorándolos en su actividad oficial como si no existieran.

El rey Sasín, algo tímido y pusilánime de carácter, en su interior reconocía en conciencia que había puesto de su parte lo natural para conseguir que la reina le diera, a él y al pueblo, un heredero, pero también, muy a su pesar, admitía que su potencia sexual inexplicablemente no se correspondía ni con su coraje, ni con su fortaleza, ni con su apariencia, pues daba por descontado que los cuidados con que había sido criado se reflejaban en la gallardía de su aspecto. Como no consideraba posible que su esposa le hubiera engañado con el chamán, a quien consideraba un hombre feo, entrado en años y de presencia y trato descortés, lo que no negaba el crédito que ante la población poseía, se esforzaba en descubrir en su hijo matices de su físico y carácter que le relacionaran con él, los cuales, por irrelevantes que fueran, los divulgaba entre los suyos más cercanos, entre sus consejeros y entre el personal de palacio, quienes por reverencia a su persona lo admitían y le felicitaban porque su hijo apuntara los mismos buenos dotes para el gobierno que en él se habían manifestado; esas mentiras piadosas, como la conciencia de sus súbditos las reconocía, le ofrecían esperanzas de que el tiempo diluyera las habladurías de la gente.

Algunos de los consejeros más aduladores del rey le mostraban su total adhesión aduciendo que el parecido de su hijo con el chamán no podía responder sino a una brujería para probar su fortaleza mental. Unos aducían como causa una hechicería temporal sobre las facciones del niño, que podrían revertir en un momento dado, cuando la prueba hubiera sido superada por el padre; otros, que no era cierto que el hijo se pareciera al chamán, sino que los ciudadanos lo veían así como consecuencia de una alucinación colectiva que se había reforzado por la difamación de unos pocos interesados en perturbar la paz del reino.
 
 

Capítulo 4º

No andaban lejos del todo los que consideraban esa conspiración, pero lo real que no advertían era el malestar común del pueblo con el embuste de sus autoridades. Se reconocían engañados de ambos soberanos, de los chamanes y de las demás autoridades que sostenían lo que se hacía cada vez más imposible de entender por la gente corriente. Pero no sólo la desconfianza era para quienes en ese momento habían sido descubiertos trampeando las leyes que ellos mismos regulaban, sino también para el sistema que se mostraba incapaz de generar la confianza necesaria en los súbditos hacia sus autoridades para sostener la unidad institucional de la nación.

Por parte de la familia real, en la que históricamente habían proliferado las intrigas, Natina, la hermana mayor del rey Sasín, reivindicaba el derecho a que las mujeres pudieran, en igualdad a los varones, heredar el trono y transmitir los derechos hereditarios a sus hijos e hijas. En concreto reclamaba que, ante la ambigüedad de la paternidad de su hermano, se ejerciera la más estricta verificación de todo el procedimiento sucesorio para que se evidenciara la trama urdida por los monarcas y su entorno; ello descubierto, se hiciera justicia, se modificaran las leyes y se reconocieran los derechos dinásticos de su hija Costaila.

Una parte importante de las tropas reales, críticas con la personalidad del soberano, veían con buenos ojos las pretensiones de Natina, más por desprenderse de la persona del rey y su discutible heredero que por apoyar el cambio de género en la dinastía real, pues casi todos los soldados eran hombres y estaban acostumbrados a ser mandados por varones. No obstante esa mayoría de género, varios jefes militares habían abierto una brecha ideológica, pues algunos consideraban que una mujer en el trono les facilitaría reforzar el poder de los militares en el reino, especialmente si los cambios llegaban auspiciados por una jerarquía que, apoyando la indignación popular, favoreciera el nombramiento de Costaila como heredera, considerando que por alcanzar pronto la mayoría de edad y por la decadencia moral del rey pronto podría sustituirlo en el trono y quedar la corona en gran manera bajo el influjo de Natina, quien ganaba tanta credibilidad ante el pueblo cuanto la perdía su hermano Sasín.

La parte más conservadora del ejército, en cambio, era contraria a que las mujeres accedieran al trono, prefiriendo no variar la tradición centenaria de que el rey fuera varón. No obstante esta diversidad de criterio, todos los jefes militares consideraban que su fuerza y autoridad sobre el pueblo residía en mostrarse unidos, en especial en esos momentos en que la incertidumbre respecto a lo legítimo y lo legal se tambaleaba en la casa real, de modo que se impuso entre los jefes secundar de modo unánime el criterio que prevaleciera mayoritariamente entre la población.
 
 

Capítulo 5º

Los principales asesores del monarca, viendo el cariz que tomaba la inconformidad popular con la inacción del Rey, le persuadieron de que tomara la iniciativa de hacer una consulta a la población respecto a las reivindicaciones de género que lideraba su hermana; pues esos asesores, todos varones, le aseguraban que la gente de Soyaron no eran partidarias de la intervención de la mujer en la política, y que, por lo tanto, el previsible resultado favorable a las tesis del monarca zanjarían la discusión sobre la legitimidad de su hijo a sucederle en el trono.

El rey Sasín se resistía a consultar al pueblo, pues lo consideraba un signo de la debilidad en la que se encontraba comprometido. No tenía constancia de que en el pasado se hubiera producido en el reino alguna circunstancia que hubiera inducido al rey a seguir la opinión popular, y hacerlo él por primera vez, aunque fuera para reforzar su autoridad, como le inducían sus validos, suponía conceder a sus súbditos un poder que no les correspondía. Por otra parte, reconsideraba rato después, se le hacía evidente que cuestionando el pueblo su criterio y su personalidad se introducía una fisura en la fidelidad a la dinastía, cuya quiebra no sólo supondría que perdiera el trono y su hijo no llegara a ser coronado, sino incluso la posibilidad de una revuelta general que alterara la paz y seguridad del pueblo.

El ascenso que percibía en la gente de la estimación hacia su hermana le hacía dudar si debía mostrarse cauteloso y favorecer un acuerdo mutuo, o hacer caso a sus consejeros y dejar que fuera el pueblo el que zanjara sus pretensiones a favor del acceso al trono de las mujeres. En cualquier caso, pensaba, si esa consulta afectaba exclusivamente a los cabezas de familia le daría la ventaja de la posición de género de los que hubieran de pronunciarse.

Quizá lo único que el rey tenía claro era el no enfrentarse públicamente con su hermana, pues recordaba que de pequeños era ella, de más edad, quien lo superaba en casi todo en lo que competían; solamente cuando ya de adolescentes él fue adiestrado en la lucha y en la espada se sintió superior a ella.
 
 

Capítulo 6º

Enterada Natina de la decisión de su hermano de convocar al pueblo para que refrendase con su opinión el reconocimiento del príncipe como heredero, empezó a concebir esperanzas de lograr que su hija fuera reconocida como legítima aspirante al trono. Para neutralizar la operación pretendida por el rey, estimó la necesidad de movilizar a las mujeres a su favor. Si se contaba con la opinión de los cabeza de familia, la gran mayoría varones, pues así lo reconocía la costumbre desde tiempo inmemorial, cediendo esa condición sólo a las mujeres viudas, las madres solteras y las repudiadas por sus maridos que tenían hijos a su cargo, ella tenía las de perder. Ante esa tesitura, y dado que el problema que tenía el rey provenía de la incertidumbre generalizada sobre la paternidad del niño concebido por la reina, Natina decidió que las mujeres del reino debían implicarse no sólo para este caso, sino para que en el futuro no pudiera volver a repetirse; para lo cual divulgó como sugerencia que si fueran las mujeres quienes reinaran y las que transmitían la primogenitura a las hijas, en vez de los reyes a los hijos, como hasta ahora, se evitaba la posibilidad de dudar de la legitimidad de cada sucesión al trono, pues no cabía mayor certificación que ver salir a la heredera del vientre de la reina. Obrar así garantizaría la pureza de la dinastía y evitaría divisiones internas.

A medida que se fue difundiendo la idea de Natina entre el pueblo, cada vez más mujeres empezaron a reivindicar que por qué ellas, como género, no podían acceder al trono en igualdad de condiciones que los hombres. Cuando esa idea se añadió a la disconformidad con la impostura de que el dudoso príncipe pudiera llegar a ser coronado rey, cada vez se fue extendiendo entre las familias la opinión que más valía una reina legítima que un rey ilícito.

Como estas ideas tan renovadoras no garantizaban que los maridos como cabezas de familia fueran consistentes a la hora de decidirse por la opción femenina, las mujeres empezaron a hacer presión sobre las autoridades públicas para que también contaran para ofrecer su opinión en la consulta convocada por el rey. Lo que llegado a los oídos de la camarilla del trono les enfureció, pues vieron no sólo cómo se cuestionaba al rey, sino que también comenzaba a peligrar el estatus social de los consejeros que se mostraran partidarios del mismo.
 
 

Capítulo 7º

El profesor Hooner, como buen historiador, procuraba que cada dato que incorporaba a su trabajo estuviera acreditado por más de una fuente, a ser posible por tres, lo que le hacía rebuscar entre los documentos de los traductores matices que, pasando desapercibidos para otros, le complementaran ideas extraída de otros escritos. Ese trabajo era lento, sobre todo cuando había que documentar las motivaciones de las decisiones tomadas por cada grupo de personajes históricos; más fácil le fue fijar los hechos concretos de sucesiones, revueltas, decretos reales, etc., de los que existían inscripciones o textos sobre los cuales los traductores no presentaban duda de su significado, incluso existían datos temporales y anotaciones referentes al calendario utilizado en el reino de Soyaron que habían ofrecido referencias seguras para fechar los datos ajustándolos al calendario moderno continental, que era el adoptado por la nación de Ocean desde su independencia.

Hooner justificó como cierta y probada la duda generada en el reino respecto a la paternidad del príncipe, el prejuicio de la intervención del chamán en su concepción, el malestar popular con la corona y las acechanzas de la hermana del rey. No así compartía las opiniones de otros pormenores para certificar la autenticidad de sangre de los príncipes, donde se habían difundido como ciertos usos que realmente, en todo caso, sólo cabía admitirlos como leyendas vulgares.

Un hecho curioso y singular que vertebraba toda la revolución social y política, y que tuvo que admitir por cierto debido a la concordancia de los vestigios, fue la actuación coordinada de las mujeres para exigir su visibilidad, cuando sociológicamente parecían relegadas al poder patriarcal de los varones. Hooner dudaba del papel relevante que pudiera haber tenido Natina, a pesar de que se traslucía en los manuscritos abundantes referencias a ella, pues era claro que, a pesar de su aparente personalidad, no se había testificado que tuviera valedores de sus ideas en palacio, desde donde realmente se dominaba el reino con sobrado autoritarismo. Ello le conducía a Hooner a considerar que la cuestión de la reivindicación de género podía venir de generaciones pretéritas de la dinastía, aunque no contaba con recursos para avalar documentalmente esa tesis; por lo que dudaba si la crisis real provocada por la infertilidad del rey Sasín no era un incidente más de una monarquía afectada por un síndrome que se transmitía genéticamente sólo o principalmente a los varones.
 
 

Capítulo 8º

Como al principio la pretensión de las mujeres de participar en la contienda ideológica abierta en el país fue acogida por los varones con desaire, ellas determinaron conjurarse en presionar desde su trabajo en el hogar para convencer a sus respectivos hombres, padres, esposos e hijos, de que lo mismo que valían para solucionarles las necesidades de la vida cotidiana, también servían para decidir lo que colectivamente había que hacer en la comunidad.

Pronto, en muchas familias, las mujeres, que habitualmente hacían sus labores sin significarse por ello, comenzaron a poner en valor ante los demás miembros su callada eficacia en la limpieza, en la preparación de la comida, en el cuidado de los hijos, en los trabajos en la huerta, en la compra en el mercado, en el remiendo de la ropa y en cada una de las otras labores con que facilitaban la vida en el hogar. Las más audaces incluso se hicieron notar refrenando las respuestas a los propósitos de satisfacción de sus maridos en el lecho conyugal.

Todo este movimiento reivindicativo de la mujer no siguió una pauta concreta, sino que unas convencían a otras en los corros del mercado de la necesidad de hacer recapacitar a los varones que atendían en la casa, y si ellos por sí no se mostraban receptivos, lo que bastantes sí lo hacían, entonces es cuando algunas decidían pasar a la persuasión reivindicativa, incluso dejando días cosas sin hacer para que se evidenciara su labor.

Lo cierto es que la opinión generalizada de los historiadores es que en Soyaron los hombres valoraban bastante el trabajo de sus mujeres, pues estas, además de asumir las tareas domésticas, llevaban mucho de la iniciativa económica de los hogares, pues en casi todas las casas las mujeres labraban la huerta, cuidaban animales, gestionaban el agua, tintaban la ropa, encalaban los paramentos, confeccionaban colchones, y todo ello sin descuidar amamantar a los bebés, enseñar a hablar a los pequeños y educar en sus modales a los adolescentes. No es por eso de extrañar que los varones adujeran que con tantas ocupaciones no era conveniente que además se preocuparan de los asuntos públicos, los que hasta esa fecha habían llevado ellos, ni que estuvieran preparadas para hacerlo. Por el contrario las mujeres empezaban a estar convencidas de que precisamente porque ello había quedado en manos de los hombres es por lo que ahora padecían esta crisis.
 
 

Capítulo 9º

Aunque Natina se consideró satisfecha de la respuesta que las mujeres del reino de Soyaron estaban dando para que fuesen reconocidas como plenas ciudadanas, estimó que no sería justo que esa revolución pacífica no fuera un poco más allá del mero hecho de contestar al rey en la designación del heredero a la corona. Ella consideraba necesario ofrecer algo más al pueblo, o mejor, que el pueblo no se conformara sino con un mayor control sobre las decisiones de la corona. De este modo divulgó la conveniencia de que la designación del heredero se sometiera a la aprobación del pueblo en una consulta directa. Sabía ella que eso iba a producir que, en caso de ser su hija la elegida para sustituir al falso príncipe, Costaila tendría que ser la primera persona de la dinastía que se sometiera al refrendo popular, pero ello no la disgustaba, sino que, al contrario, le parecía que facilitaba una más fluida relación entre la monarquía y sus súbditos, pues el que estos participaran en decisiones trascendentales que afectaban al reino les haría más comprometidos y responsables con la causa común.

De estas ideas, que Natina filtraba a su entorno sin que ella misma figurara públicamente como conspiradora a las pretensiones de su hermano, nadie ignoraba su proceder; con ellas buscaba, además de la adhesión de las mujeres a su causa, que también muchos hombres entendieran que había formas de gobierno más modernas que debían ser abordadas para mejorar la estabilidad del reino. Esa oferta de cambio de mentalidad, que ella atribuía en parte a su condición femenina, procedía más bien de que, como mujer relegada del acceso al trono, desde pequeña había vivido mucho más en contacto con el pueblo, alejada del protocolo de la gente de palacio, habiendo contraído matrimonio con un comedido hacendado y habiendo educado a sus hijos con una disciplina no exenta de liberalidad. Costaila había recibido la misma educación que su hermano, incluso en el empleo de las armas y, aunque no había entrado en ninguna reyerta contra sus vecinos del reino de Pirsasa, pues sus relaciones eran muy buenas, estaba dispuesta como el que más para combatir, igual que otras pocas mujeres adiestradas en el uso del arco, si alguna acechanza pirata amenazaba las costas; aunque, como la ciudad de Pistos estaba alejada del litoral, cuando había acudido como refuerzo con su grupo de arqueros al requerimiento de alguna ciudad costera, nunca había tenido necesidad de intervenir en combate, pues ya la acechanza había sido neutralizada.

Estas actitudes de Natina y su familia eran bien recibidas por la mayoría del pueblo, por lo que su hija Costaila estaba bien considerada por muchos para el desempeño de la actividad pública, por más que ella personalmente nunca había tenido pretensiones de alterar las tradiciones recibidas.
 
 

Capítulo 10º

El rey Sasín poco a poco, conforme pasaban las semanas, comenzó a percibir que perdía adictos a su persona, pues, aunque en la mayor parte de los casos no suponían un abandono ni una traición, lo cierto es que detectaba que a su alrededor calaban las ideas que difundían los que él consideraba sus contrarios, pues no se atrevía a calificar a nadie de enemigo mientras no atacara a la unidad del reino o la primacía de la corona. Que se opusieran a que su hijo fuera entronado oficialmente como heredero cuando cumpliera los trece años, según la tradición en el reino, aduciendo razones no faltas de fundamento, cabía en el proceder de las costumbres; aunque ello hasta entonces no se trataba sino de opiniones populares muy extendidas, pues aún ningún estamento público, como la junta de ancianos o la hermandad de chamanes, había presentado propuesta alguna en ese sentido.

Era ese silencio oficial al rumor general el que más inquietaba al rey, pues se encontraba desvalido para contrarrestar la difusión de las ideas. Cierto era que contaba con leales y fieles súbditos, pero, a quien había sido testigo desde pequeño de tantas intrigas palaciegas que acecharon a su padre, le constaba que neutralizar una revuelta era tanto más compleja cuanto más racionales eran los argumentos esgrimidos, y en el caso que le afectaba parecía que la facilidad con que se extendían esas ideas avalaban que revistieran cierta lógica.

Faltaban dos años para que su hijo cumpliera trece, y de seguir extendiéndose la contestación a la legitimidad del príncipe y a la desigualdad en derecho de la mujer para acceder al trono, cabía que crecieran los partidarios de la renovación política y aprovecharan la intriga contra su legítima paternidad para obligarle a abdicar o inhabilitar a su hijo para heredar. Para remediar esas posibilidades había cursado la orden real de efectuar la consulta al pueblo para que manifestara su opinión antes de que pudieran debilitarse la mayoría de adeptos que creía tener entre los súbditos, pero el tiempo que estaba corriendo para organizar el censo y la exigencia cada vez más extendida de las mujeres para ser consultadas en igualdad de condición que los hombres retardaban sus propósitos.

No obstante, urdía el rey Sasín que si era él quien firmaba el decreto real admitiendo como cabezas de familia al padre y la madre, pudiendo los dos ofrecer su parecer, y así lo difundía al pueblo como una concesión personal a las mujeres, una gran parte de ellas, especialmente las que habitaban en poblaciones alejadas de la corte, le corresponderían opinando en favor de la legitimidad de su hijo a ser entronado como príncipes heredero.
 
 

Capítulo 11º

La forma de realizar el censo en el reino de Soyaron no era muy diferente a la empleada en otras partes del mundo siglos atrás, o la que se sigue haciendo hoy en tantos países. Consistía allá en el listado de quienes habitaban en cada casa barrio por barrio, aldea por aldea y ciudad por ciudad. Para los nómadas, que en una isla eran pocos, figuraba como domicilio la casa de juntas de una de las aldeas, y tenían que desplazarse allí cuando la autoridad pregonaba por el reino la revisión del censo, una leva de soldados y para la elección que en cada aldea se hacía para seleccionar entre los ancianos a los regidores.

Como medio de simplificar las consultas y elecciones, lo habitual es que sólo en cada domicilio tenían voz decisiva los varios cabeza de familia que pudieran haber, pues era muy habitual que en una misma construcción convivieran abuelos, padres y varios hijos jóvenes ya casados con sus respectivas descendencias. En las consultas su opinión cada vecino la expresaba en público y a viva voz, y eran los regidores, que se desplazaban de casa en casa los días indicados quienes anotaban y contabilizaban los sufragios de los vecinos, operación que cualquiera que los acompañara podía igualmente hacer.

Como puede fácilmente comprenderse, los resultados de todo el reino tardaban tiempo en escrutarse y conocerse, pero lo cierto es que quedaba todo tan por escrito y con el sello de cada regidor que habitualmente no se producían relevantes pendencias respecto a la conformidad de los resultados. Sólo en las grandes ciudades y en las elecciones a regidores solían surgir complicaciones, pero como siempre quedaba en la potestad real la última palabra respecto a lo por hacer con el resultado de la consulta, presentadas las alegaciones varias que pudieran hacerse era la corona quien decidía sobre su consideración.
 
 

Capítulo 12º

Durante meses el reino de Soyaron estuvo agitado por las reivindicaciones de unos y otros, pero todo se hizo en paz. El ejemplo claro lo constituían las familias, muy especialmente en Pistos, sede de la corte y la mayor ciudad por número de habitantes, donde las mujeres, especialmente las jóvenes, se mostraban más belicosas en argumentar ante sus hombres la necesidad de aprovechar la oportunidad brindada por el rey para favorecer un cambio sustancial en la política del país. Para ellas, si el pueblo negaba el reconocimiento del príncipe como heredero, se podía inferir que la verdadera corrección se hacía al mismo rey para que asumiera su responsabilidad política por la incompetencia mostrada en todo ese turbio asunto. Ellas pensaban, además, que, si se imponía la opción que defendían, tendrían asegurado en el futuro la participación política, incluida la posibilidad de que la propuesta como heredera a la corona en un futuro próximo como sustitución del príncipe fuera una mujer.

La mayoría de los hombres no querían entender que el momento político en Soyaron se pudiera definir como de división o enfrentamiento entre hombres y mujeres, porque en sus hogares, fuera de las divergencias de opinión en los coloquios familiares, no existía esa tensión. Unos eran partidarios de no alterar las tradiciones, e incluso pensaban apoyar al rey en su deseo de entronar como heredero al príncipe, pues secundaban la estabilidad que prometía; otros compartían la indignación general y se sentían humillados con sólo considerar que su soberano pudiera estar encubriendo el engaño de su paternidad, por lo que se sentían en la obligación de negarle el respaldo político, pasara lo que pasara; también había quienes veían la oportunidad de un cambio social, pues consideraban que el poder de la corte era excesivo, las tasas reales muy elevadas y las infraestructuras de riego, soporte trascendente de la riqueza agraria, apenas se renovaban. Entre estos se contaban no pocos que visualizaban la reivindicación de las mujeres como una forma fresca de renovación por lo que ellas pudieran aportar a mejorar la organización productiva de las explotaciones y a renovar el comercio.

Lo cierto es que la fecha de la consulta real se aproximaba, y existía una cierta expectación como no se recordaba en los hogares. Los más implicados, o con más intereses en juego, mandaban hacer pregones en las distintas ciudades, pueblos y aldeas en los que proponían en algunas pocas frases ganarse la voluntad del pueblo. Como, a pesar de que ideológicamente se debatían más cosas, lo único que al expresar la opinión cada ciudadano iba a hacerlo sobre la conformidad o reparo al nombramiento del sucesor a la corona, todos los pregones concluían en un pegadizo mensaje solicitando la lealtad al rey o reprobar, más o menos indirectamente, su comportamiento.
 
 

Capítulo 13º

Natina, para que no se pudiera interpretar un interés directo sobre su hija en la reivindicación de igualdad, manifestó públicamente su opinión de que, si no era refrendada la designación del príncipe como heredero, a partir de ese momento todas las sucesiones reales tuvieran que ser refrendadas por la voluntad de los ciudadanos, fueran los hijos candidatos hombres o mujeres, hasta que el más idóneo a criterio popular recibiera el plácet de la mayoría del pueblo. Se explicaba Natina diciendo que así, sin distinción de sexo, se favorecía la igualdad de oportunidades de los hijos idóneos, al mismo tiempo que se respetaba que el elegido gozara de la confianza del pueblo.

Esta idea, que Natina divulgaba a través de sus fieles, sus enlaces y familiares y parientes de estirpe real que estaban disgustados con el comportamiento del rey, tuvo buena acogida entre el pueblo, favoreciendo que decidieran su posición quienes a tres semanas de que comenzara la consulta aún no tenían una opción clara por la que inclinarse. El hecho de que el pueblo ejerciera un control mayor sobre la corona era una demanda muy valorada entre la población, pero que difícilmente había trascendido porque eran escasos en las costumbres del reino de Soyaron los procedimientos para que las demandas populares llegaran a fraguar. Lo cierto era que cada vez más gente se afianzaba en las tesis de quienes negaban el reconocimiento del príncipe como heredero; por más que el rey y su entorno consideraran que, teniendo en cuenta la extensión del reino, no debían temer que la propuesta real no fuera la vencedora.

Ese espacio de división de opiniones lo que favorecía es que cada vez era más la gente decidida a participar activamente, pues parecía que nadie quería quedar excluido de quienes habían llevado a término la que sería la decisión colectiva más trascendente en Soyaron desde hacía tanto tiempo que nadie recordaba haber oído a sus antepasados hablar de una consulta así.
 
 

Capítulo 14º

Llegó el día en que comenzó la consulta ordenada por el rey Sasín para el refrendo popular a la propuesta de nombrar al príncipe heredero de la corona. Había elegido el rey la fecha de la primera luna nueva del año, y a partir de ese día cada vecino del reino sabía, tal como se había pregonado, qué día debía permanecer en su hogar para estar disponible para emitir su opinión.

Dado que el reino de Soyaron tenía bastante extensión, se precisaron bastantes días para que todos los hombres y mujeres cabezas de familia pudieran emitir su parecer. Como los regidores solicitaban personalmente a la puerta de los domicilios la decisión de los hombres y mujeres cabezas de familia que allí residían, se necesitó de semanas para visitar cada mansión, casa o choza habitada, en especial en las ciudades grandes, donde la labor de los regidores fue encomiable, pues no quedó relegado ningún ciudadano. Todo quien quiso tuvo la oportunidad de emitir en público su voluntad, y quien no lo hizo fue por hallarse lejos de su domicilio o porque no se motivó para realizarlo.

En cada aldea o barrio se supo de inmediato cual era la posición dominante de los moradores, pues bastaba juntarse a la comitiva de los tres regidores que tenían asignada esa demarcación para conocer qué decisión se imponía entre los vecinos. No obstante, como se trataba de preguntar a una gran cantidad de ciudadanos en muchas aldeas, pueblos y ciudades, la certificación de los resultados sólo sería pública tras verificar las sumas correspondientes a todas y cada una de las demarcaciones, por lo que hubo que esperar días y días para conocer con exactitud el escrutinio de cuántos se habían inclinado al sí y al no.

No fue hasta la próxima luna nueva cuando se pregonó que el resultado de la consulta había sido desfavorable para los intereses reales, en cuanto que la mayoría del pueblo se decantó por negar al príncipe su nombramiento de heredero de la corona. Esa decisión no sólo suponía una contradicción política para el rey, sino que su mayor decepción fue que tantos y tantos súbditos se hubieran dejado convencer por quienes habían proclamado la duda sobre su paternidad. Con esta negativa se cerraba para el rey Sasín la posibilidad de la sucesión en su descendencia, la que tanto había deseado y por la que había luchado contra el peor de sus enemigos: la evidente realidad.
 
 

Capítulo 15º

Aunque el profesor Hooner encontró suficiente documentación para acreditar la certidumbre de los hechos que alejaron del trono al ilegítimo hijo del rey Sasín, y su sucesión, con la aprobación mayoritaria del pueblo, en la reina Costaila, primera de las mujeres que configuró el enorme periodo de reinas sucediéndose en el trono, no contó con la misma suerte de información para justificar el porqué de que esas mujeres fueran encadenando sucesiones sin interrupción durante tantos años, sin que los precisos datos históricos aportaran más que los nombres de cada una de esas mujeres reinas, detalles circunstanciales del periodo en el que cada una de ellas rigió el reino, las actas de nombramientos de las princesas herederas, las fechas de entronización y muerte, los funerales que las honró y la paz y prosperidad que enriqueció al reino.

Entre el mucho trabajo que no pudo alumbrar se encontraba su interés por saber si durante ese largo periodo de años la ley primó en la sucesión a la mujer sobre el hombre, si por una casualidad sólo habían nacido de las reinas hijas o si se había llegado a consolidar un consenso en el pueblo tal sobre el interés de que reinaran las mujeres que había obrado que todos los datos que costaban sobre los refrendos del pueblo a la sucesión en el trono se librasen favorablemente a una propuesta de mujer. La falta de recolección de datos antropológica sobre el periodo que el profesor Hooner quería profundizar le privaba de poder concluir sobre un posible dominio poblacional del género femenino sobre el masculino, que favoreciera no sólo la reivindicación de derechos históricos de igualdad, sino también una hegemonía de género del que fuera exponente la dinastía de reinas; o quizá, todo respondiera a que el buen hacer del gobierno femenino las consolidara en el trono cuando se tuvo constancia de esa objetividad.
 
 

M o r a l e j a

Si el alma no tiene sexo, y el género lo define el cuerpo,
¿qué razón su puede aducir
para la histórica discriminación cultural de la mujer?
 

F I N