SOLEDAD DE RUT

JORGE BOTELLA


CAPITULO  1

El ventanal del despacho permite una agradable panorámica del mar. A la izquierda un antiguo faro sirve de referencia a los navegantes para situar la bocana de acceso al puerto pesquero. A su derecha un dique de reciente construcción abriga el resguardo para unas pocas embarcaciones de recreo. Más a la derecha aún se conserva un viejo pantalán que limita el espacio donde comienza una larga playa que se pierde a la vista por el lado derecho del ventanal. Los persianillas de finas lamas de madera están extendidas para mantener el interior del despacho protegido de la incidencia directa del sol, aunque algunas lamas siempre se mantienen ligeramente contrainclinadas para permitir divisar el azul del mar. Cuando el furor constructivo del último tercio del siglo XX consintió la construcción en altura de la ribera mediterránea en esa zona, Darío eligió uno de los inmuebles altos de Montvert para instalar su oficina de ingeniería, de modo que desde esa ubicación en la décima planta pudiera disfrutar de abundante luz natural  y una envidiable vista del mar. Su despacho personal y el de sus ayudantes ocupan la fachada del edificio, y las salas de recibir y reunión la zona interior. Ese detalle es algo que Marta y Flavio le agradecen cada mañana cuando llegan al trabajo.
Darío, dentro de la ingeniería, ha elegido especializarse en diseño y cálculo de puentes. Sus primeros trabajos como director de obra ejecutando puentes en una empresa constructora le sedujo a especializarse para desarrollar su propia iniciativa en unos diseños prácticos y estéticos, que sostuvieran un diálogo integrador con el contorno arquitectónico donde se ubicaran las obras de ingeniería. Comenzó haciendo pequeños encargos, cuya estética gozó del asentimiento público que le favoreció para asentar su  presencia en el sector. Años de trabajo con resultados alentadores le han proporcionado un reputado prestigio que le permite proyectar en el ámbito internacional.
Hoy, como todos los lunes, Darío se reúne con sus dos directos colaboradores para planificar el trabajo de la semana. Marta, que posee grado universitario en cálculo matemático y máster en resistencia de materiales, lleva ya siete años trabajando con él. Flavio, ingeniero, lleva menos tiempo en el equipo; obtuvo el grado en ingeniería hace sólo dos años, y se está especializando en el diseño estructural de las formas innovadoras que Darío idea. Marta compatibiliza este trabajo con las clases que imparte en la universidad, lo que no la impide asumir una buena parte del trabajo de relaciones públicas y promoción de la oficina. Marta, como cada lunes, le recuerda a Ivone, la secretaria del despacho, que no les pase llamadas que interrumpan la reunión, que tome nota y las atenderán al terminar; si es algo de suma urgencia, que avise con un mensaje. La reunión de planificación de cada semana la consideran en el despacho de máxima importancia, ya que repasan toda la tarea hecha la semana anterior y programan los trabajos que deben ejecutarse sin falta en esa semana. Darío es muy meticuloso con los plazos, porque considera que es una desatención al cliente incumplir con los compromisos; se lo ha inculcado tanto a sus colaboradores, que son ellos quienes en las reuniones le marcan los contenidos que les tiene que definir para no retrasar la ejecución de los proyectos.
En la reunión de hoy, además de los temas comunes de cada semana, tratan sobre dos posibles alternativas de materiales para el proyecto de un puente para la ciudad de Kotlas, en Rusia. Es un encargo que les interesa mucho, porque el director de la empresa constructora ganadora del concurso de licitación, que es quien les contrata, considera a Rusia como un país con perspectiva de trabajo futuro, y las compañías internacionales que se anticipen se encontrarán mejor posicionadas para competir en ese mercado emergente. Marta habitualmente buscar que los proyectos tengan materiales innovadores, mientras que Flavio prefiere la sencillez y trabajar sobre aquellas soluciones que tengan bien experimentadas. Darío les escucha a ambos con interés, ponderando los argumentos que proponen uno y otro. La argumentación de Marta se fundamenta en la necesidad permanente de renovación para reducir costes en la ejecución, acortar los plazos y lograr una simplificación en los trabajos de mantenimiento; para ella eso sólo se logra ideando idóneas soluciones constructivas, utilizando materiales que, aunque cuesten algo más, ofrezcan rendimientos de resistencia tan altos que abaraten los costos finales. Flavio contrapone la seguridad de los resultados de los procedimientos ya utilizados, que aseguran no aventurarse en decisiones poco experimentadas. La audacia de Marta admira a Darío, porque casi siempre le ofrece soluciones para todas sus imaginaciones creativas, aunque es cierto que el pragmatismo de Flavio, que actúa magnificando los riesgos, les ayuda a tener que realizar una constante justificación de sus propuestas.
La reunión se ha prolongado hasta las seis de la tarde, la hora que habitualmente terminan la jornada. Al salir de la sala Darío pregunta a Ivone si ha habido alguna llamada, Ivone le entrega un listado, Darío le echa un vistazo y le comenta a su secretaria que no hay nada urgente que no pueda esperar a mañana. Darío recoge los papeles que tiene sobre la mesa del despacho, pues, aunque otros días se retrasa algo en partir, hoy, como todos los lunes, ha quedado para verse con Rut.

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A las afueras de Montvert, a un kilómetro aproximadamente siguiendo la línea de la costa hacia el suroeste, existe un restaurante con un amplio velador acristalado con vistas al mar, al que Darío y Rut les gusta acudir cuando quieren pasar un rato hablando con sosiego. En estos primeros días de primavera las flores comienzan a embellecer las jardineras con matices de atrevidos colores que rompen la monotonía de la decoración invernal. A esta hora de la tarde aún hace fresco y el local se mantiene atemperado por la climatización.
Rut ha llegado con tiempo, y ha pasado un rato contemplando un mar en calma que lame con sus olas la orilla de una playa en cuya arena pasean algunas personas con paso decidido, jóvenes haciendo deporte y algunos perros jugando a hacerse los dominantes. Al mediodía, cuando calienta el sol con más empeño, es la hora del paseo sosegado de la gente mayor, antes de volver a casa a atender el almuerzo; a esa hora sólo ellos tienen el privilegio de no tener ocupación que les impida poderse ofrecer un paseo tranquilo; los demás, los niños, los jóvenes y la gente madura, se afanan en cumplir sus variadas obligaciones. Por eso, en la tarde, cuando la jornada laboral decae al mismo ritmo que el sol, es cuando la calle se llena de gente que se mueve con mayor reposo que el resto del día. Rut, no se suele fijar en quien es el que pasea a esta hora en por la arena, su vista se pierde en la inmensidad del mar pareciendo que quisiera descifrar qué es lo que realmente ocurre en la línea del horizonte, donde, por la distancia, lo que allá aconteciese apenas podría percibirlo. Quizá la mente de Rut se entretiene con el sentido del fin indefinido que el horizonte señala, o puede ser que simplemente descansa su mente evadiendo hacia allá los aconteceres que le ha dejado la jornada. En cualquier caso, igual que muchas personas tienen su característico modo de caminar, los camareros identifican en ella ese modo peculiar de estar a un tiempo sentada y ausente mientras el hielo se derrite enfriando la tónica del vaso que la acompaña.
Darío se ha retrasado unos minutos, porque se ha entretenido en llamar a su casa antes de salir de la oficina para comentar un asunto pendiente. Se acerca un poco apresurado porque le incomoda ser impuntual, aunque sabe que Rut está disfrutando de ese momento del reposo. Se acerca por detrás de la silla, le posa las manos sobre los hombros, se inclina y le da un beso.
-- Perdona, pero me he retrasado un poco. ¿Cómo estás?
-- Aquí, en la gloria -- contesta Rut acariciando la mano que él le ha puesto sobre el hombro.
Darío corre un poco la silla, y se sienta a la izquierda de Rut, con la vista dirigida en la misma dirección que ella. Hace una señal al mozo, al que, cuando se acerca, le pide una copa de cerveza.
-- Hemos estado discutiendo, bueno, discutiendo es un decir, opinando sobre algunos materiales a utilizar para el puente de Kotlas, y como siempre Marta quiere introducir refuerzos de fibra de carbono, que es muy resistente, en unas partes para que gocen de más esbeltez; pero Flavio dice que se dispara el precio, sin que en el conjunto esas zonas tengan la importancia precisa para justificar esa inversión.
-- Y ¿cómo habéis quedado?
-- Hemos quedado en repensarlo de aquí a mañana. Yo creo que Flavio tiene razón, porque lo que se gana en estética no incide apenas en el conjunto de la construcción, aunque lo sea en esos soportes determinados. Bueno, que ya he salido del trabajo, hablamos de otras cosas.
-- Te has fijado en el mar, que sereno se encuentra. Me estaría horas contemplándolo.
-- Vamos a cenar aquí, así que tienes horas por delante hasta que se esfume el último resplandor de luz. Luego queda ese saber que está ahí, sin verlo, pero que se oye, se huele, se siente con toda su masa infinita.
-- Es una suerte vivir en una ciudad con mar. Cuando solicité la plaza en el hospital de aquí, no sabía que me iba a enamorar tanto del mar.
-- Si quieres, en verano nos embarcamos unos días.
-- No sé si una travesía me gustará tanto como contemplarlo desde tierra. Pienso que se puede ser admiradora del mar, sin ser marinera.
-- Yo tampoco he viajado mucho en barco. Estuve una vez de crucero por el mar Egeo. Para mí, creo que hay momentos intensos, como el amanecer, cuando pasas del sentido de soledad al de la liberación con la llegada de la luz del sol; porque en la cubierta del barco en la noche sientes como en pocos sitios la sensación de abandono en la inmensidad de una existencia en la que no ves nada firme a tu alrededor, y de pronto, la luz que se cuela por el horizonte desparramándose en brillos sobre la piel del mar.
-- Creo que me marearía si viajara en barco.
-- En qué te basas para pensarlo si nunca lo has probado.
-- Es una aprensión. Es que me conozco. Ese sexto sentido que tenemos las mujeres.
-- El sentido de lo no sentido. ¡Muy interesante!
-- No ejerzas de ingeniero, que estamos descansando. Relájate.
Durante unos segundo callan. Contemplan los dos el mar, de modo que quien los viera pensaría que están interesados en divisar algo particular, cuando lo que hacen es perder la vista en esa imagen perpetua, que bien podría representar la cotidianidad de la vida.
-- Esta noche no voy a poderme quedar. Baké tiene a su abuela algo malucha, y me ha llamado para decirme que hoy no se atrevía a dejarla sola en casa. Preparaba y daba de cenar a los chicos, y en cuanto yo llegara, se iba. Así que no quiero retrasarme mucho.
Para Rut ese anuncio significaba que el día que se dedicaban el uno al otro iba a ser muy corto. Apenas unas horas. Sintió que él le apretaba la mano, como trasmitiéndole su pesar, y pidiéndola perdón. Ella sabía que posiblemente él lo lamentaba tanto como ella, pero nunca se dejaba vencer en responsabilidad, por lo que lo mejor era disfrutar de ese corto tiempo que disponían para estar juntos.
-- No importa --respondió-- lo primero son ellos.
-- Podemos cenar tranquilos. Es una contingencia de orden menor: Ninguno está enfermo.
-- ¿Todos bien?
-- Sí. Dando guerra, que es lo que mejor saben hacer.
-- Están en la edad.
-- Figúrate, que yo creo que dan menos guerra cuatro que dos. Cuando las dos mayores tenían le edad de los dos pequeños de ahora, no paraban de pelearse por todo. Ahora los dos pequeños son más pacíficos.
-- Serán más sociales.
-- Algo así. Yo creo que aprenden de las mayores, que como lo que quieren es a pasos agigantados superar la adolescencia, se han vuelto seriecitas; y eso se refleja en los pequeños. Sí, en casa tenemos una pequeña sociedad. La que ayuda mucho es Baké, tan dinámica para trabajar, pero nada la pone nerviosa. Es una fortuna lo que tengo con ella en casa. No te lo puedes imaginar.
-- Por lo que me cuentas debe ser una chica genial.
-- Vamos a ver que pedimos para cenar.
Darío llama la atención del mozo, por señas le dice que les acerque la carta; enseguida el dependiente se la entrega. Como frecuentan el local con asiduidad, ya los dos tienen idea de lo que van a pedir, por lo que no tardan en decidirse. Mientras le preparan los platos les sirven una botella de vino y una bandeja de cigalas a la plancha. Darío lamenta un poco que demasiadas veces la conversación entre ellos la protagonicen sus hijos, aunque se le hace inevitable obviarlos en la conversación, cuando el resto de su vida esta centrada en ellos o en el trabajo. Le gustaría que cuando está con Rut hablen de las cosas de ella y él, pero las cosas de él son ellos, y las de ella para él tienen algo de misterio, porque Rut apenas habla de su familia y de su trabajo. Es como si ella prescindiera de su entorno para centrarse en ellos como pareja, aunque ellos no son sin los que tienen a su alrededor.
Cenan tranquilos, como habitualmente conviven las horas que pasan juntos. Muy pocas veces entre ellos surge la discusión, como si cada uno buscara en el otro un refugio de paz a sus problemas cotidianos.
-- ¿Qué vas a tomar de postre? Nada, pídeme una infusión de menta, y vámonos, que tienes prisa.
-- Tengo que ir a casa, pero no hay ninguna urgencia.
-- Cuanto antes llegues, se podrá ir Baké.
-- Se me hace desagradable dejarte así. Esto me pasa porque tengo demasiadas ataduras. Es la vida que he elegido y las responsabilidades que me he echado a la espalda. Cuando se quieren cosas diversas en la vida la dificultad está en hacerlas compatibles. Lo intento, pero no sé si realmente lo consigo, o me engaño porque no contento a ninguna de las partes. Sinceramente, lo que amo, lo quiero con pasión, no podría renunciar a nada y mi mayor conflicto sería tener que elegir, en ese caso el perdedor claramente sería yo por no haber logrado tener tanto cariño como para repartir a todos.
-- No creo que lo estés haciendo tan mal. Las complicaciones surgen en todo a pesar de cada mejor voluntad. Si hoy las cosas han surgido de este modo, que le vamos a hacer. No puedes dejar de atender a tus hijos, creo que no estarías tranquilo en cualquier parte que fueras dejándolos solos en casa, tu cabeza estaría allá con ellos. Así que lo mejor es que no llegues tarde. Son todavía algo pequeños. Te necesitan.
-- Si estamos juntos es porque eres así de comprensiva, pero ¿es correcto hurtarnos el escaso tiempo que nos reservamos? Las complicaciones siempre las traigo yo.
-- ¿Las busques a propósito?
-- ¡Por favor!
-- Pues entonces. Es lo que hay. Ya sé que no te gusta esa frase. Como buen ingeniero piensas que todo debe estar planificado. En el hospital aprenderías lo mucho que hay que improvisar, porque los accidentes, las emergencias y las sorpresa de la respuesta de cada cuerpo hacen que no seas tú quien dirige las necesidades sino ellas a ti.
-- ¡Si no me quejo! Para tener en casa a cuatro en la horquilla de pre a post adolescentes, me sorprendo yo mismo que no viva en un continuo sobresalto. Pero una cosa es que lo padezca yo, y otra mi entorno.
-- Vámonos, que eso ya lo hemos hablado antes.
Rut se levanta, se enrolla al cuello el fular, coge por la mano a Darío y le anima a levantarse. Él se dirige a la caja a abonar la cena, mientras Rut contempla la última luz que cae sobre el mar. A continuación van hacia donde han dejado los coches. En el aparcamiento se dan un cariñoso beso, otro y otro. Rut se separa, le mira y le dice.
-- El lunes que viene, más.
 
 

CAPITULO  2

Darío desde el coche llama por teléfono a Baké para decirle que puede irse, ya que él está en camino y no tardará casi. Ante una bombonería, cuyo escaparate ha sido desde años la delicia de sus hijos, estaciona el automóvil para comprarles chocolatinas. Para León de chocolate blanco, para Ana de chocolate sin azúcar añadido y para Gloria y África de chocolate negro. A Darío no le agrada llevar chucherías todos los días a casa, para que sus hijos no se acostumbren a ello como si fuera un derecho. Como a cualquier padre, le recompensa ver la mirada de ilusión y agradecimiento de los pequeños cuando les trae una sorpresa, pero se ha propuesto no mostrar esa debilidad considerando que pueda restarle autoridad y exigencia en el modo como quiere educar a sus hijos. Le parece que ya el entorno induce a los niños y jóvenes a apetecer insaciablemente lo que les ofrece a sus ojos, sin que al mismo tiempo se les enseñe el coste que para las familias supone el desembolso para comprar esos caprichos. Darío prefiere darles una pequeña paga y que con ella administren qué se conceden y de qué se abstienen, empezando a aprender lo que es economizar los recursos finitos. Hoy, no obstante, hace una excepción y quiere sorprenderles con un detalle. Aparca en coche en el pequeño garaje de la casa de dos plantas en el que tiene su hogar. Entrando en el salón inmediato al hall, ve a Gloria y a Ana, sus hijas mayores, que están jugando a la consola. Gloria tiene dieciséis años, un mechón de pelo le medio cubre el ojo derecho, uno de esos grandes ojos negros que resaltan en la tez morena de la joven. Gloria es un poco generosa de carnes, le gusta utilizar ropa holgada y esta primavera está descubriendo lo femenina que se reconoce vistiendo faldas amplias y camisas sueltas. De carácter pacífico, es una chica tenaz que pone constancia hasta conseguir lo que se propone. Nunca se da por rendida, ya que todo lo hace, aunque apenas le reporte progreso, considerándolo parte del camino necesario a recorrer para alcanzar el fin buscado. Ana, su hermana, tiene trece años, y se podría decir que en casi todo parece la oposición de Gloria; rubia, delgada, de ojos entre el verde y el gris, lleva siempre el pelo corto, viste constantemente pantalones jean y camisetas y sudaderas con mensaje. Ana es activa, precipitada, nerviosa, su pasión son la expresión y las artes. Darío se queda en pie ante ellas que siguen disputando su partida.
-- Papá --dice Gloria, sin levantar los ojos-- enseguida terminamos este asalto.
-- No os molesto. Subo a ver a vuestros hermanos.
Baké, antes de irse, ha mandado a la cama, a su hora acostumbrada, a los dos más pequeños. África, la pequeña de la casa, ocupa una habitación en la planta primera, junto a las de sus hermanas. Hace poco que ha cumplido los ocho años y comparte algún parecido de Gloria y de Ana: como Gloria, tiene el pelo negro, aunque más liso, y con Ana coincide en el verde de los ojos, aunque en un tono más firme. África es una niña despierta que apunta un gran interés por todo, como si tuviera ansia de aprender. Delgada, alta, de piel blanca, algo introvertida, continuamente está intentando saber y imitar todo lo que ve a sus mayores. Se esfuerza en hacer valer su opinión tanto como las de sus hermanos mayores, exigiendo que se hagan votaciones en todos los temas controvertidos de la casa, para que su opinión no quede desmerecida por ser la más pequeña. Cuando Darío entra en su habitación la encuentra en la cama leyendo un libro de viñetas que relata, en una adaptación para niños, un libro de Julio Verne. Ha aprendido a tomar ejemplares prestados en la biblioteca de la escuela, y todas las noches lee hasta que su padre o Baké entran a desearle las buenas noches y apagar la luz.
Su padre asoma la cabeza por la puerta de la habitación:
-- ¿Da la princesa permiso para entrar?
-- Hola papá.
-- ¿Quieres una chocolatina?
-- Sí. ¿Tienes?
-- No tengo, pero si tú la quieres, hacemos magia. ¿Hacemos aparecer una chocolatina en este bolsillo? Piensa intensamente en hacer aparecer una chocolatina en mi bolsillo.
-- Ya.
-- Pues mete la mano a ver si somos magos.
-- ¡No hay nada!
-- Eso es que no somos magos. ¿En qué bolsillo has pensado?
-- No sé. En uno.
-- En el derecho o en el izquierdo.
-- En el que no he metido la mano. Si la tienes en el otro ¡dámela ya!
-- Mete la mano.
-- ¡De las gruesas y con almendras!
-- ¿Cómo te ha ido en la escuela?
-- Muy bien, me ha preguntado la profe y me lo he sabido todo bien. También nos han enseñado una canción.
-- ¿Has comido bien?
-- Todo. Incluso las natillas.
-- Si a ti te gustan las natillas
-- Es que las del comedor están muy espesas. No son como las que hace Baké.
-- Pero te las has comido.
-- Sí. No me apagues la luz todavía.
-- Te quedan diez minutos. Me subo a ver a tu hermano.
Darío sube a la habitación de León que está situada en la zona abuhardillada del bajocubierta. La discreta melenita rizada y pelirroja reposa sobre la almohada, bajo la cual dos ojos azules están absolutamente interesados en la lectura de un libro de Emilio Salgari. Como su hermana África, gusta de leer tras acostarse en la cama, lo que le permite poder tener un rato más la luz encendida. Sólo los fines de semana y en vacaciones, cuando desde que ha cumplido los diez años tiene más libertad para leer sin restricción de tiempo, es cuando muchas noches se queda dormido con el libro sobre el pecho. León suele conceder una fácil sonrisa a su interlocutor, y a criterio de su padre es más infantil que su hermana pequeña. Le gusta mucho cualquier juego, aun no siendo muy hábil para ganar se muestra incansable para repetir una y otra vez hasta que logra una victoria. En la escuela juega al fútbol y al balón bolea, pero es el primero de esos deportes el que le encandila. Todos los días en el tiempo de descanso del mediodía echa un partidillo de siete para siete. Tan enfrascado está León leyendo, que no se ha percibido de que su padre ha entrado en la habitación.
-- Chico, me dedicas unos minutos.
-- Papá, ya termino esta hoja, que luego no me acuerdo por donde voy.
-- Lee, lee.
Darío observa el interés de su hijo por la lectura, la que alimenta esa imaginación tan viva para divertirse con lo que sea.
-- Ya está.
-- ¿Cómo te ha ido en la escuela?
-- He marcado un gol.
-- Sí, pero además del fútbol.
-- Como siempre.
-- Y como es como siempre, porque si siempre me dices como siempre, nunca sé como es.
-- Pues en clase, estudiando, haciendo los deberes, con la lengua, con la geografía. Todo bien.
-- Así da gusto. Un niño sin problemas.
-- Tengo los problemas de matemáticas. Te parecen pocos. Tenemos una nueva profesora de lengua, porque Eva, la que tú conoces, está ya tan gorda que ha cogido la baja para que nazca el niño.
-- ¿Cómo es la nueva profesora? Jovencita, nos hace más dictados que Eva, porque dice que no podemos tener ninguna falta de ortografía. ¿Cómo si eso fuera posible? Papá ¿a que tú alguna vez cometes alguna falta de ortografía?
-- Una vez me contó un amigo, que es profesor en la universidad, que dando una conferencia iba a escribir en una presentación la palabra monje, y de pronto le entró la duda de si lleva g o j, así que tuvo que decidir sobre la marcha sustituir esa palabra por otra en el ejemplo que iba a poner.
-- Monje, con j.
-- Aunque lo sepas, puede ocurrir que en un momento dudes, entre una j y una g, entre una b y una v. Cuando dudes en un dictado o al redactar un examen, lo que puedes haces es escribirla de las dos maneras, y a veces la vista evidencia que modo es el correcto.
-- Pero en un dictado no te da tiempo a eso.
-- Si te da tiempo a repasarlo antes de entregarlo.
-- No da. Termina y manda recoger. Pues yo creo que aunque la profesora diga que no, siempre cometeré errores de ortografía.
-- Para eso son los dictados: para fijar la forma de las palabras en la memoria. Te apago la luz, que mañana hay que madrugar para ir a clase.
-- Sí, ya no voy a leer más, aunque me has cortado en lo más interesante.
-- Lo siento.
-- Da igual. Lo leo mañana.
-- Qué duermas bien.
-- Y tú también.
Darío le da un beso, coge el libro y lo deja sobre la mesilla de noche, apaga la luz, cierra la puerta y baja a la habitación de África a apagar la luz, le da un beso y desciende a la planta de abajo. Gloria y Ana han concluido su entretenimiento en la consola y están hablando en el sofá. Comentan sobre los compañeros que cada una tiene en su clase, solo de los chicos, de cómo son, especialmente porque Ana está interesada en algunos que conoce de cruzárselos en los pasillos y el comedor de la escuela que, como son algo más mayores que los de su curso, le interesan especialmente. Gloria le indica que lo mejor de conocerse en el instituto es que se capta la personalidad de cada uno, lo que sirve para no dejarse atontar por la presencia, de modo que la relación entre chicos y chicas se fundamenta en esa amistad que va creciendo y que quizá no se distingue que sea amor hasta que el cuerpo se excita por la presencia o se estremece por la ausencia.
Darío las interrumpe al ver que ya han dejado la consola.
-- Chicas, qué contáis.
-- Sin novedad. Se ha ido Baké y todo está perfectamente en orden. Papá, que ya somos grandes. ¿Los niños estaban dormidos?
-- Los dos leyendo. Les he apagado la luz, así que casi puede ser que ya se hayan quedado roques.
-- ¿Qué tal tu trabajo?
-- Bien. Estamos con lo de Rusia. Parece que nos vamos poniendo el equipo de acuerdo.
-- Pero ¿no eres tú el que mandas? --interviene Ana sorprendida de que tenga que haber acuerdo con los otros colaboradores  de la oficina.
-- Es que mandar entraña responsabilidad, para estar más seguro de no equivocarte lo mejor es escuchar a los demás, por más que te pueda herir algo la crítica a tus planteamientos. La experiencia te enseña cuántas veces una vez realizado el proyecto has de agradecer que te corrigieran.
-- Eso es lo que deberían hacer los profesores.
-- Seguro que tienen en cuenta vuestras opiniones más de lo que pensáis. Pero hay una diferencia entre el instituto y mi oficina: aquí todos son profesionales que han hecho una graduación universitaria, en tu clase los alumnos vais a aprender, luego se supone que es porque aún no sabéis.
-- Lo que ocurre es que a algunos profesores se les ha olvidado lo que es un alumno --afirma Gloria--. Se creen que conque expliquen una cosa ya te la has de saber; habiendo algunos que van a un ritmo exponiendo que no hay manera de seguirles, de modo que, si no coges el sentido de una idea, el resto de lo que dice se convierte en algo sin sentido.
-- ¿No le podéis decir que repita?
-- Si lo haces quedas como la tonta de clase --interviene Ana--; así que aunque haya varios que no se enteran nadie dice nada, de modo que no te das cuenta que son bastantes los que no han entendido hasta que por casualidad lo comentas al salir de clase.
-- Si pasa eso es por un defecto del profesor. Él debe preguntar si lo habéis comprendido.
-- Muchos lo hacen, pero nos da vergüenza reconocer que los demás sí lo entiendan y tú no. Como las cabezas no son trasparentes, no sabes lo que cogen los demás.
Ríe Darío la ocurrencia de su hija.
-- Pues si no entiendes algo me lo preguntas a mí al llegar a casa --replica Gloria--. Yo pregunto a Papá, y tú les aclaras las dudas a los niños. Es la ventaja de que seamos muchos.
-- ¿Has cenado, papá?
-- Sí, hemos cenado al salir de la oficina. Ahora me tomo un descafeinado, y a dormir.
-- ¿No vas a ver la televisión?
-- No, ni vosotras tampoco, que mañana hay que madrugar.
-- Hoy no hay en la programación nada que merezca la pena.
-- Lo habríais estado viendo en vez de jugar a la consola.
-- Una buen serie no nos la vamos a perder.
-- Las series terminan a un ahora decente. Si más tarde ponen una película, por muy buena que sea, que la pasen el fin de semana. Que yo tengo mañana trabajo y vosotras que ir despejadas a clase. Si te quedas más tarde, mañana lo pagas conque tienes sueño en clase, entonces no es que el profesor explique deprisa, sino que estás pagando el exceso de la noche anterior.
-- Realmente nos estás mandando a la cama.
-- Si queréis, leéis algo hasta que os llegue el sueño. Cuando uno llega a la cama cansado del día, lee lo justo.
-- Te preparo el café --dice Gloria, mientras se levanta y se dirige a la cocina.
-- Hoy os veo que estáis en muy buen plan --le comenta Darío a Ana--.
-- Como sabemos que hoy lunes has tenido que dejar el trabajo para venirte por tener que irse Baké, no te vamos a machacar con un problema. ¡Qué somos mayores!
-- Tu hermana algo más, pero a ti aún te queda mucho por crecer.
-- Que las chicas espabilamos antes que los chicos.
-- Tengo experiencia, no creas.
Gloria regresa con el café para su padre. Mientras se lo toma, Darío les pregunta si las noticias han dado alguna novedad de interés. Ana resume con: lo de siempre. Se levantan, las chicas se despiden con un beso, y suben a la planta de arriba. Darío tiene su dormitorio en la planta baja, junto al que se ha habilitado un pequeño despacho en el espacio que su mujer utilizaba como ropero. Se va a la cama con el buen sabor de boca de haber pasado revista a sus hijos, lo que es compatible con una pesadumbre en el alma por no estar esa noche con Rut.
 
 

CAPITULO  3

Baké comenzó a trabajar en la casa de los Sres. Suances cuando nada más tenía quince años. Aunque en Europa no es común prestar servicios laborales a esa edad, a los padres de Baké les pareció una buena oportunidad para su hija, ya que en su tierra, Benin, las mujeres desde muy jóvenes asumen las responsabilidades de la casa. Otra idea muy contraria tenían de que trabajara a esa edad en una fábrica o taller, ya que eso se les hacía penoso para una chica tan joven, por el contrario ser empleada de hogar lo consideraban como una manera de que aprendiera la lengua y las costumbres europeas en un ambiente cordial.
Mainbo, el padre de Baké, emigró a Europa a trabajar cuando su hija tenía sólo cuatro años. Durante cinco años estuvo alejado de la familia trabajando por las noches en los servicios de limpieza municipales de Montvert. Dormía unas horas por la mañana, y por la tarde se empleaba como jardinero en casas particulares. Hombre reservado, de pocas palabras y esforzado en el trabajo consiguió la confianza de sus empleadores para permanecer año tras año en el puesto, lo que le permitió tras esos cinco años ejercer el derecho a la reunificación familiar, logrando que su esposa y sus hijos pudieran trasladarse a vivir con él. Luego, con el paso de los años, su esposa hizo lo mismo con su madre que había enviudado en Benin. Esos trabajos de jardinería son los que le posibilitaron a Mainbo el contacto con Marina, la esposa de Darío, cuando ésta, embarazada de su primera hija, deseaba contratar una chica joven para que le ayudara a llevar las tareas de la casa. Él acudía a recortar la hierba de unos vecinos, quienes le comentaron a Marina la disponibilidad de la hija de su jardinero para trabajar en una casa de aprendiz de empleada de hogar. Aunque el sueldo que le ofrecieron a Baké no era muy alto, el hecho de que estuviera en un entorno de gente algo conocida, le pareció suficiente a Mainbo, sabiendo que sin que dominara el idioma y sin experiencia acreditada no podía más que comenzar con humildad, pensando más en su futuro que en lo que aportara a la estrecha economía familiar. Años más tarde, cuando Mainbo conoció que su padre había contraído una enfermedad degenerativa que le impedía seguir trabajando, regresó a Benin para hacerse cargo de las tierras familiares. Los hermanos de Baké regresaron con la familia, pero ella prefirió quedarse en Europa porque llevaba cuatro años trabajando en la casa de los Suances, donde habían nacido dos niñas a las que había tomado tanto cariño que se le hacía muy costoso separarse de ellas. Además, su abuela materna se había afianzado viviendo en Montvert y una a otra se apoyaron en su proyecto de permanecer en el país de acogida. La abuela hizo presión sobre la madre para que, quedándose ella, dejara a Baké bajo su custodia al tiempo que la cuidaba en su ya avanzada edad.
La vida de Baké se había centrado progresivamente en el trabajo y atención de los niños de la familia Suances, pues aunque con cada nuevo nacimiento se redoblaba el trabajo, ella disfrutaba por el cariño que les había tomado, de modo que su vida sentimental resultó suplantada por el continuo trato con los pequeños que generó en ella un sentimiento casi maternal sobre los hijos de Marina, especialmente cuando esta fue desentendiéndose de su responsabilidad confiada en que Baké suplía un rol que ella se consideraba incapaz de asumir. Día a día la vida de Marina se había ido apartando más de sus hijos y su marido, centrada en el interés de prepararse para desarrollar su sueño de ser actriz de cine. De modo que hace cerca de seis años decidió irse a vivir a Roma, donde consideraba que sus posibilidades podían desarrollarse con más facilidad. Su desplazamiento comenzó con un curso, al que siguieron otro y otro, hasta que ya se le hizo imposible considerar la mera idea de regresar a su casa. Ella lo consideraba una perturbación psíquica, de acuerdo a las prescripciones que le hacía su psiquiatra de cabecera, causada por el estrés de la  obsesión de que la atención que le requerían los hijos la impedía progresar en su perspectiva profesional, mientras que su marido sí que podía realizarse en ello.
La sorprendente novedad que tomó la vida de la familia Suances no le cogió por sorpresa a Baké, que, a pesar de su juventud, desde que empezó a trabajar en la casa advirtió una frialdad en el personalidad de su señora que a ella se le hacía extraña, considerando que había conocido en su familia un comportamiento en todo opuesto por parte de su madre. Baké era la persona de la casa con quien mejor se entendía Marina, con la que se mostraba tan cariñosa como la persona que sabe que de esa relación dependía el que la casa funcionara manteniendo el mínimo necesario de efectividad para que nadie pudiera sentir abandono, a pesar de una frialdad que sólo ella no percibía y que ningún otro podía evitar. La implicación personal de Baké era tan explícita como sólo la podía ejercer una mujer acostumbrada al trabajo y a la sumisión, de modo que toda la responsabilidad que le había pasado Marina la tomó como parte de su obligación de trabajo, y siempre como que ella colaboraba mínimamente en lo que su señora disponía con plena responsabilidad, aunque lo cierto es que cada vez más era únicamente Baké quien asumía la iniciativa.
Baké por las noches iba a dormir a su apartamento, donde vivía con su abuela. Con su paga podía atender la renta del piso y mantener a su abuela, quien aunque había trabajado tras llegar a Europa durante unos diez años, su trabajo en un bar atendiendo la limpieza y la cocina no le había dado más que para ahorrar algún dinerillo, pero sin paga de retiro, pues primero trabajó algunos años sin protecciones sociales y cuando estas se formalizaron ya estuvo poco tiempo como para generar derechos. Ahora la ocupación como abuela era ocuparse de cuidar de Baké, de quien decía que de tanto como cuidaba a los demás no se acordaba de cuidarse ella misma. La abuela todos los días le repetía a su nieta que, aunque le pagaran bien, en esa casa donde trabajaba no hacían más que explotarla; lo que era cierto en ambos sentidos, pues Darío cuando se fue Marina le dobló el suelto a Baké, pero también es que trabajaba cada día entre diez y doce horas, sin descansar más que el fin de semana cuando no había una emergencia que cubrir. Lo que la abuela no lograba comprender es que su nieta se considerase tan afortunada de trabajar allí, no más que por gozar el cariño de los niños.

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Como todos los días no festivos, Baké llega a casa a la casa de la familia Suances a las siete y cincuenta, se dirige a la cocina y comienza a preparar café y cacao para los desayunos de los chicos. Darío, que ya ha desayunado, comenta con Baké las novedades que puedan haber surgido en la noche, como si alguno se ha sentido indispuesto, repasan si hay que incluir algún extraordinario en las compras y acuerdan si hubiera que realizar alguna gestión relacionada con la casa, como llamar a un especialista para realizar algún arreglo o recoger un certificado en la oficina de correos. Tras ese breve conversación, que normalmente resuelven en diez minutos, Darío toma el coche en el garaje para irse a trabajar y Baké sube a despertar a los dos más pequeños, ya que Gloria y Ana se rigen por el propio despertador, y tan sólo si no dan señales de vida es cuando Baké se dirige a recordarles que las señoritas también tienen que cumplir con el horario, más cuando son las responsables de acompañar a los pequeños a la escuela. África suele espabilarse rápidamente, saltando de la cama en cuanto oye que se abre la puerta. A León, en cambio, le cuesta desperezarse, tanto que Baké tiene que, tras correr las cortinas, si no se mueve retirarle las sábanas y si ni con ello se levanta, sin contemplaciones le hace cosquillas hasta que él enfadado se incorpora para liberarse del atrevimiento de esa mujer.
-- ¡Arriba, vamos! Ya está el café sobre el fuego, a la ducha.
-- ¡Ya voy! Es que todos los días tienes que tomarla conmigo.
-- Tus hermanas ya están todas levantadas, y tú aún ganduleando. El varón de la casa. El que tenía que dar ejemplo.
A León le suena a monserga sabida el reproche de Baké, porque se lo repite cada día como si pensara que eso le fuera a animar.
-- Te he dicho que ya voy, déjame, yo me levanto sólo, vete a la cocina que es tu territorio.
-- ¿Para que te vuelvas a la cama?
-- Ya me levanto. Un minuto y voy.
-- Un minuto más no.
-- Me rindo -acaba concediendo León mientras se incorpora y busca, tanteando el suelo con los pies, las zapatillas.
Sólo cuando Baké le ve en pie, se da la media vuelta y vuelve a la cocina, echando una ojeada de paso y dando una voz por si las chicas necesitan algo.
-- En la cocina se empieza a mezclar el olor de las tostadas con el del cacao y el de los huevos revueltos, los días que se anima a prepararlos, aunque sólo León y Gloria los toman, porque las otras se conforman con las tostadas o como mucho toman algo de fiambre.
-- ¿Quién quiere miel?
-- ¿Has comprado miel? --pregunta Ana.
-- La ha debido traer anoche tu padre.
-- Yo quiero --pide África.
Llega León, que siempre acude unos minutos retrasado.
-- ¿Hay miel? Quiero en la leche y en las tostadas.
-- ¿O en la leche o en las tostadas? Elige --le corrige Ana.
-- En las tostadas.
-- ¿Como está tu abuela? --le pregunta Gloria.
-- Ha pasado la noche con mucha tos, me parecía que se ahogaba, pero la fiebre le ha bajado, ya esta mañana no tenía nada más que dos décimas.
-- Me alegro.
-- ¿Cuántos años tiene tu abuela? --pregunta África.
-- Sesenta y nueve, a fin de año cumplirá setenta.
-- ¿A qué edad se mueren las personas en tu tierra?
-- Los que llegan a mayores, porque en mi país fallecen muchos niños, se mueren a una edad parecida a los de aquí. Quizá incluso más mayores, lo que ocurre, según me dice mi abuela, porque yo llevo prácticamente toda mi vida aquí, es que allí las personas cuando llegan a viejas realmente parecen ancianas, no como aquí, que, como se arreglan como jóvenes, a veces no representan la edad que llegan a tener. Me hace gracia, porque algunas mujeres parece que llevan estuco en la cara, pero hay algo en el mirar que no puede disimular los años que se ha vivido.
-- Nos tenemos que ir. Que si no no llegamos --les interrumpe Gloria.
-- Termínate la tostada y la leche --le urge Baké.
África se toma toda la taza, se limpia con la servilleta y se levanta para recoger su carro de libros. Los demás han ido delante y ya están saliendo por el jardincillo.
Baké desde la puerta les mira como salen hacia la escuela. Como cualquier madre despidiendo a sus hijos, aunque para ella no hay un beso, ni apenas un adiós de despedida.
Como todos los días, se permite un suspiro, y vuelve a pensar en sus labores del día: Arreglar los dormitorios, poner lavadoras, lavavajillas, planchar, ir a comprar, preparar la cena... Es su trabajo y lo hace con cariño pensando en que cuando vuelvan los chicos esté todo terminado y bien hecho. Baké siempre tuvo la obsesión que en el orden de la casa nunca pudieran echar en falta a la madre.
Aunque Darío aporta el dinero a la casa, Baké es la que soporta parte importante de la economía, en cuanto debe saber comprar lo mejor y más barato, luchando por ajustarse al presupuesto que le fija el señor, ya que para ella pedirle un suplemento, porque no le alcanza algún fin de la semana, se le hace muy costoso, algo así como si no hubiera sido capaz de planificar correctamente su trabajo. Lo cierto es que después de tantos años acierta a hacerlo bien, y es Darío quien está al tanto de considerar cuánto la vida sube para ir incrementando cada varios meses ese presupuesto semanal. Cada vez que lo hace Baké se lleva una alegría, porque podrá ir algo más holgada.
 
 

CAPITULO  4

Hoy viernes Ana y Gloria cuando salen del instituto pasan por la escuela a recoger a León y África, los cuatro juntos caminan la distancia de unos cuatrocientos metros que separa la escuela de su casa. Hoy durante ese camino Ana ha propuesto a sus hermanos jugar en casa a representar una obra de teatro. La idea a Ana le viene de que, habiéndose apuntado como actividad optativa a un taller de arte dramático en el instituto, está pensando de continuo en cómo practicar para que en el taller la consideren valiosa, de modo que busca la complicidad de sus hermanos para, planteándolo como un juego, practicar a aprenderse un texto y expresarlo con naturalidad. A Gloria no le entusiasma demasiado la idea, pero a los más pequeños sí que les parece una buena diversión a la vez que ayudan a su hermana, a la que ven con tanta ilusión.
Lo primero que Ana les indica es que cada uno tiene que intentar representar a un personaje, para lo cual tienen que identificarse en que ellos ya no son los Suances, sino un bombero, un profesor, una sirvienta o cualquiera a quien les toque representar, asumir un temperamento y ser coherente con el mismo durante toda la obra. Lo que en el taller del instituto le enseñan a ella, lo comunica como si lo tuviera ya inyectado en sus venas, cuando aún no ha experimentado lo que supone asumir una personalidad distinta a quien se es. León insiste en que él no puede imaginarse que es algo si no hay un entorno que lo justifique, por lo que requiere que antes de nada trabajen en hacer los decorados. África enseguida se ha ilusionado con representar a una princesa, como en los cuentos, por lo cual pregunta a Ana con insistencia si su papel va a ser el de princesa. El poco ánimo que muestra Gloria no ayuda a concretar el juego, aunque la determinación de Ana suple los inconvenientes; ella sólo tiene que hacer valer cómo lo hacen en su taller, así dice que lo primero a hacer es elegir una obra entre los libros que tiene su padre en casa. Decirlo e irse a la habitación de Darío y rebuscar entre sus libros es todo uno, la ayuda Gloria, quien encuentra un libro con una obra de Pirandello titulada Seis personajes en busca de autor.
-- Si sólo actúan seis personajes, nos puede valer --propone Gloria.
-- Pero sólo somos cuatro.
-- Pero ahora nos va a ser muy difícil encontrar una obra de sólo cuatro personajes.
-- Se me ocurre una de pocos personajes. La vida es sueño --resuelve Ana.
-- La tiene ahí papá.
-- No sé. Voy a mirar.
-- Yo no la veo.
-- Tampoco yo. Será que no la tiene. La puedo sacar de la biblioteca del instituto --añade Ana..
-- Pero ya será para otro día.
-- Vamos a probar con un capítulo de la obra esa que habías encontrado. Aunque sea suprimimos dos personajes. Por hacer algo hoy.
Gloria y Ana vuelven al salón, donde estaban tramándolo todo, para leer qué personajes son esos seis que pueden representar. Ana empieza a leer el primer acto, con la atención de León y África puesta en qué personajes son los que les tocará hacer. De la breve lectura que hacen de la obra extraen que los personajes a representar  serán: El padre, un señor cincuentón, la madre, algo más joven, el hijo mayor de los dos, un joven de unos diecisiete años y otra señorita un poco más joven, que es hija de la madre de una relación con el secretario del padre, causa de la separación familiar. Claro que los cuatro hermanos no se ponen de acuerdo qué papel deba tener cada uno, aunque con lo poco que han leído no poseen noción de quée importancia va a tener en la obra cada uno de ellos. Gloria y Ana se discuten el papel de la madre, África solo quiere el de la hija, León elige el del hijo, por lo que nadie se ofrece para ocupar el papel del padre, aun cuando todo parece apuntar que va a ser de lo más relevante dentro de la obra.
-- No es que no quiera hacer de padre porque sea un varón --exclama Ana-- sino que por lo que hemos leído creo que el papel más dramático va a ser el de la madre, y es lo que quiero practicar. Haz tú de padre --le indica a Gloria.
-- Me recojo el pelo, me pinto un bigotito y ¿crees que ya está? Si la experta en arte dramático vas a ser tú, te corresponde tomar el papel más complicado.
-- Pero yo me he pedido antes hacer de madre. Según iba leyendo y se perfilaba ese personaje he sentido como que me identificaba con ese papel.
-- ¡Pues yo no hago de padre!
-- De los otros hermanos pequeños podemos prescindir, pero del padre no. Así que si queremos seguir alguien tendrá que hacerlo.
Darío llega de trabajar y les pregunta a qué juegan.
-- A hacer teatro --le contesta León.
-- Y ¿que obra queréis representar?
-- Esta que he encontrado en tu librería --le responde Ana mostrándole el libre de Pirandello.
-- Seis personajes en busca de autor no es para pequeños. Tenéis que buscar algo más adecuado a vuestra edad.
-- Pero necesitamos que sea de pocos e intensos personajes.
-- Habrá muchas mejores que esta.
-- No hemos encontrado ninguna.
-- ¡Pues hay que encontrarla! El argumento de esta obra no es para vosotros, es muy negativo --acaba sentenciando Darío.
-- Al fin y al cabo tampoco llevamos mucho preparado --termina aceptando Ana.
-- Vete a la biblioteca y busca un librito pequeño que se llama Proceso por la sombra de un burro. Está en la segunda estantería, a la izquierda. Ese puede estar mejor.
Ana va hasta la biblioteca y vuelve ojeando ya la obra de Dürrenmatt.
-- Podemos hacer los cinco principales personajes. El arrendador del burro, el arrendatario y los dos abogados. Aquí da igual que sean chicos o chicas, porque valen lo mismo abogados que abogadas. Los dos pequeños van hacer de los protagonistas que entran en conflicto por sentarse el arrendatario a descansar en el camino a la sombra del animal. Vosotras dos mayores, que ya tenéis el colmillo más retorcido, representáis a los abogados.
-- Y tú, papá, ¿no juegas? -- pregunta África como desconsolada.
-- Yo hago el personaje central.
-- ¿Cuál?
-- El papel de burro.
Se ríen los cuatro chavales.
-- Si nadie hace de burro no se puede representar --apostilla Darío.
Baké, que no se había percatado de la llegada de Darío, entra en el cuarto para ver que están organizando los chicos que están tan concentrados en el salón.
-- Baké, te nombramos directora de la obra que vamos a representar --le propone Darío.
-- A mí dejarme, que tengo mucho que planchar. Ya veo que os lo estáis pasando bien --dice dándose media vuelta y saliendo de la habitación.
-- Te necesitamos luego, para que hagas de juez --La requiere Darío.
Darío les resume el argumento y propone hacer algunos sketch con la parte central del argumento, la disputa por a quién le corresponde el derecho de uso de la sombra del burro. La argumentación de cada abogado contra la parte contraria incluye todo lo imaginable sobre rencillas de controversias de vecindad, de raza o religión, o sea argumentar con lo que pueda descalificar al otro para predisponer al juez en su contra.
-- Podemos hacer hoy cuatro piezas breves inventando lo que se ocurra, ya que no tenemos tiempo para aprenderse el texto de la obra --les propone Darío--. Además así daís rienda suelta a la imaginación. Para la primera pieza discutimos por el derecho a disfrutar de la sombra del burro. En la segunda y tercera cada uno expone a su abogado la razón que cree que le ampara. En la cuarta cada uno de los abogado argumenta ante el juez.
Es muy probable que ninguno de los chicos hubiera sabido en modo alguno como actúa un abogado en un juicio si no fuera por lo que habían visto en algunas películas de la televisión. Aunque de ahí a que pudieran improvisar una argumentación era para Darío obvio que sólo se les podría ocurrir algo con cierto sentido a las dos mayores. Al fin y al cabo sólo era un juego para pasar juntos esas últimas horas de la tarde del viernes, cuando agotada la semana laboral se desea una evasión mental, y qué mejor para Darío que pasar ese rato junto a sus hijos, cuando ellos habían iniciado ese juego juntos.
La representación comenzó creando con una lámpara la imagen de sombra de un burro, que no era sino Darío a cuatro patas, a cuya sombra, la que la lámpara creaba, León estaba sentado reponiéndose del calor de un largo camino bajo el sol. África, que a pesar de su edad ha comprendido el nudo de la trama, le reclama que tiene que pagarle por disfrutar del alivio que le proporciona la sombra, porque en el contrato que han hecho no está incluido ese beneficio que el burro le facilita, por lo que debe pagarle un suplemento de lo que habían pactado. A León se le ocurre responderle que la sombra no la produce el burro, sino la lámpara que proporciona la luz, porque si se apaga la lámpara todo es sombra, luego la sombra es un efecto de la luz, no del burro. Ahí los dos pequeños se enredan en discutir uno al otro quien tiene razón, sin saber argumentar más que una y otra vez la misma razón inicialmente expuesta. Dando por concluido este primer sketch, pasan a que cada uno de los protagonistas habla con su abogado, el de África lo representa Gloria, y el de León, Ana. En cada uno de los siguientes sketch Gloria  y Ana,  respectivamente, incrementan los conceptos de razón que esbozaban sus hermanos más pequeños, de modo que ahora, ante Darío que figura como espectador, las que hacen de abogados se lo toman muy en serio y aconsejan a sus clientes que hablen poco y que sean ellas las que en el juicio lleven la voz cantante, aunque no entiendan bien lo que argumenten. Para la última parte requieren la presencia de Baké para que haga de juez.
-- ¡Baké! -- la llama Ana a voz en grito desde el salón-- ven, que necesitamos que hagas de juez.
-- Estoy planchando --dice Baké acercándose a la puerta del salón, sintiéndose feliz de ver a los cuatro chicos tanto rato jugando con el padre.
-- Es solo un rato, es que necesitamos que hagas de juez.
-- Pero si ni siquiera sé a qué estáis jugando.
-- Pues mejor, porque los jueces tienen que decidir por lo que oyen en el juicio.
-- Pero no más de diez minutos.
Este último sketch del juicio comienza un poco ordenado, hablando por orden unos y otros según Baké les va preguntando, pero enseguida todos quieren intervenir y replicar al contrario negándole la razón de lo que dice. Ana y Gloria se esfuerzan a tener la razón una por encima de la otra, como si se tratara de una competición personal para demostrar su mayor madurez y personalidad, de modo que prima el recriminar a la otra cualquier incoherencia en lo que ha dicho, de alguna manera los cuatro reproducen una discusión que eleva la descalificación personal con criterios y lenguaje de adolescentes, que no dista mucho del desenlace que el autor da a la obra. Ese embrollo Baké no lo comprende mucho, porque le parece una cosa tan trivial lo de descansar a la sombra que proporciona el burro, que le parece insensato que ello sea motivo de discusión ante un juez, de tal forma que ella se esfuerza en calmar los ánimos porque teme que a poco que se calienten acabarán descalificándose e insultándose en temas personales. Darío contempla, riéndose por dentro, como cada uno de sus hijos intenta defender su papel, como si en ello les fuera el honor, dándose cuenta que el apasionamiento se lleva dentro desde edad muy temprana. Cuando pasan los diez minutos, exactamente medidos de reloj, Baké se levanta y se vuelve a la cocina a planchar, dejando a los chicos un poco sorprendidos que no quiera seguir con el juego de la representación.
-- Si estuviera aquí mamá, nos habría enseñado a hacerlo como en los escenarios de verdad --dice Ana.
-- Seguramente sí, pero no está --intenta zanjar Darío.
-- ¿Porqué tiene que estar siempre en Roma, y no con nosotros? --pregunta en todo quejoso África.
-- Pues si tiene que estar allá, es que tiene que estar allá --repone Gloria--. Tiene que hacer su trabajo. Tú todavía eres un poco pequeña para entenderlo. Si no hubiera artistas que trabajan así no habría películas de cine.
De pronto todos han pasado del entusiasmo con que estaban jugando a quedar embargados por una cierta tristeza. La ausencia que tienen de su madre día a día la sienten, pero entre ellos se ha instalado un cómplice silencio para no remover en los demás afectos insatisfechos. Consideran que protegen a los demás del rigor de esa ausencia, pero muy probablemente cada uno busca acomodarse a una situación en la que no recordar les protege de la incertidumbre de una ausencia por ninguno bien entendida.

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Como todas los días, excepto los lunes, tras de que los pequeños se hayan ido a la cama Darío recorre sus habitaciones para darles las buenas noches. Al hacerlo no puede dejar de recordar el tiempo en que les dormía con el susurro de los cuentos que les leía. Cuando parecían dormidos alguno de pronto habría los ojos para preguntar el porqué de algo que ocurría en la narración. Las más difíciles de dormir fueron Ana y África, el que menos se resistía, León. Aunque el tiempo de ese encanto pasó, Darío sabe que África aprovecha esa visita cada día para plantearle alguna cuestión que ronda la cabeza de la niña. Como Darío siempre ha sido franco en ofrecerle una respuesta clara, África se siente confiada en trasladarle sus ocurrencias, quizá porque a la niña aún no le ha llegado la pubertad con todas sus restricciones de comunicación. Hoy África en este momento vuelve a pedir explicación del porqué su madre no vive con ellos en casa.
-- ¿Por qué mamá tiene que estar en Roma y no con nosotros en casa?
Darío, con la mayor calma que puede, y mientras le acaricia el pelo a la niña, repite lo que horas antes les había dicho Gloria.
-- Mamá tiene un trabajo que sólo puede desarrollar en Roma. Tiene que estar allá y no acá. ¿Tú has visto que en Montvert se rueden películas de cine?
-- No.
-- Pues si aquí no se ruedan películas, los actores y actrices no pueden vivir en este lugar, ya que tendrían que desplazarse todos los días en avión a distintos lugares del mundo para realizar su trabajo. Como eso no puede ser, tienen que vivir donde existen estudios en los que se ruedan los filmes y las series que vemos en la televisión. Igual que yo tengo que desplazarme a examinar los terrenos, vías y ríos en los que vamos a diseñar un nuevo puente.
-- Pero tú estás unos días y vuelves, mamá está siempre fuera, yo casi ni me acuerdo de ella.
-- Porque mi trabajo lo puedo resolver en pocos días, sólo tomo los datos para el desarrollo que hago aquí. De todos modos mamá está fuera porque yo puedo estar con vosotras y hacer compatible mi trabajo con cuidaros, de  modo que ella pueda seguir haciendo sus proyectos en Roma.
-- ¿Siempre va a tener que ser así?
-- El mundo del cine es muy competitivo. Cuando comienzas a ser reconocido, entonces puedes poner tú las condiciones; mientras, hay que dejar muchas cosas y perseverar día tras día en hacer bien un papel, para que te den otro cuando ese se termine de rodar, y así poder seguir comiendo y pagando una casa.
-- Pero si se tienen hijos es para estar con ellos. En la escuela todos los compañeros suelen hablar de sus madres; yo cuando ellos lo hacen tengo que callar, eso me da vergüenza.
-- Vergüenza ¿por qué?
-- Pues porque yo no sé que decir. Una vez uno me dijo que mis padres estaban regañados, que por eso se había ido. Yo le dije que no, pero nunca sé si es verdad que mamá se ha ido porque no quiere estar contigo.
-- No hagas caso a esas fantasías que inventan unos y otros que no nos conocen. Tu madre tiene que estar fuera por motivos profesionales, eso basta.
-- Es lo que les digo, pero yo sé que piensan otra cosa.
-- No te preocupes Afriquita, tú dime que más cosas tengo que hacer yo para que estés contenta, y lo haré.
-- Papá, estoy contenta, pero reconoce que echo a veces en falta algo que tú, aunque te esfuerces mucho, no puedes llenar.
África y Darío se acuestan con la misma pesadumbre; aunque África tarda mucho menos tiempo en conciliar el sueño.
 
 

CAPITULO  5

Como cada lunes que no lo malogra una emergencia, Darío sale del trabajo hacia las seis de la tarde para buscar la compañía de Rut. Toda la semana añora los buenos ratos que pasan juntos, pero especialmente las noches del fin de semana, dado que durante el día está ocupado en atender a sus hijos, y es en esas horas de descanso cuando le crece la ansiedad en disfrutar de los abrazos y caricias de ella. Aunque hablan por teléfono con frecuencia y algún día entre semana incluso, si el trabajo lo permite, se encuentran un rato, los lunes por la noche se han convertido en el día de auténtica relajación para los dos; lo que otros procuran el viernes noche, sábado o domingo, ellos intentan lograrlo ese día al comienzo de la semanaliberandose de todas las represiones que las demás responsabilidades les imponen. Si para Darío el transcurso de la semana le va generando ansiedad de ver a Rut, en ella lo que crece es el deseo de ofrecerle a él tanto como pueda el cariño del que cree es merecedor y del que considera que anda en falta.
Han quedado para pasear por el camino de la playa de las dunas, situada a unos tres kilómetros de Montvert, ya que Darío no es muy partidario de dejarse ver compartiendo su tiempo con una mujer en algo que no guarde lógica con su relación profesional. Esa prevención es una más de las condiciones de libertad que tiene que sufrir Rut debido a que él guarda esa precaución para que sus hijos no puedan reprocharle una doble vida, respecto a la madre de ellos, con otra mujer. Esa situación tan anormal es una parte del precio que tiene que pagar ella por mantener una relación que a ratos la contempla con todos sus reales inconveniencias; sin embargo, en otros momentos le parece una carga proporcionada a la satisfacción que le reporta esa creciente amistad con un hombre que mantiene la fidelidad a sus hijos como la primera exigencia ética de su vida. Ella se sabe situada por detrás en la escala de preferencias, pero admite que ello no es sino compartir con él su propio modo de ser.
Mientras pasean, la conversación pronto deriva sobre las preocupaciones de Darío respecto a sus hijas mayores, pues ve que van creciendo y tiene la sensación que no se abren a él como lo harían con una madre, porque es hombre y las chicas pueden considerar que él no puede comprender lo propio del sentimiento de una mujer. Rut, cuando Darío toca esos temas, le escucha sin interrumpirle, con objetiva paciencia, como si fuera un tema de su interés, algo que realmente ella lo considera así al tiempo que ha calibrado y decidido que no puede ni debe inmiscuirse en la vida propia de esa familia ni un ápice. Sobre su posible ascendencia a juzgar, interpretar y aconsejar, que como mujer podría hacer valer sobre las incertidumbres de Darío, ella prefiere ocupar la posición de confidente mudo, para que ni su éxito o fracaso pueda repercutir sobre la relación tan personal que ellos dos mantienen.
-- Cada vez me hago cargo de la diferencia de pensar que hay entre hombres y mujeres. No me extraña que me cueste tanto entender a mis hijas.
-- Por lo pronto sitúate en tu forma de ver la vida cuando tenías su edad --le responde Rut--. También yo me reconozco distinta de a mis quince años. Tienes que hacer ese doble esfuerzo de transportarte a tu edad joven y a recordar cómo era la forma de ser de tus amigas. Es un doble vuelo que puede que no sea sencillo, pero es la única manera de que puedas aproximarte a su realidad.
-- Es algo que intento, y me pregunto constantemente por qué cuando tienen algún problema lo resuelven entre ellas, yo me tengo que enterar porque la buena de Baké me lo deja entrever. Tienen más confianza con ella que con su padre, eso que siempre me he esforzado en dedicarles tiempo y escucharlas. Desde pequeñas me esforcé en sacar ratos para bañarlas, para darles la comida, para jugar. A pesar de eso, en algunas cosas me parecen que empiezan a ser unas extrañas.
-- Si no las logras entender, al menos intenta comprenderlas --apostilló Rut.
Darío se quedó pensando en esa diferencia entre entender y comprender, pero no le pidió a Rut que se lo aclarara. Ya lo meditaría con tranquilidad en casa. Quizá en ello estuviera algo de la clave de la relación con sus hijas.
Siguieron paseando hasta que la playa terminó y al camino giraba hacia el interior. Se dieron media vuelta, y se dirigieron rehaciendo lo andado hacia el coche él, en el que habían venido desde la ciudad. Darío intentó cambiar de conversación, pues temía aburrirla con los pequeños pesares de responsabilidad familiar. Ahora hablaban de lugares conocidos por cada cual y de las preferencias de los sitios por conocer de cada uno. El juego de sus dedos en las manos trenzadas expresaban la tranquilidad con que disfrutaban de esas horas de paz al final de la jornada, preludio de la unión más íntima que les esperaba en pocas horas.
Al regresar a la ciudad se dirigieron directamente a casa de Rut, donde ella había dejado preparado algo para cenar. La cocina de Rut es saludable y sencilla, pero pone un toque de delicadeza en cada plato que hace que Darío la prefiriera a cenar en restaurantes, de modo que tiene que estar espabilado para adelantarse y ofrecerle la invitación que la libera de tener que dedicar ese rato a la cocina. En los casos que cenan lo que Rut ha preparado Darío suele traer una botella de buen vino o champán. Tras la cena la sobremesa la desplazan al sofá, de modo que compartiendo copa y música empiezan a intimar el preludio de la unión en la alcoba.
A Rut le agrada la fogosidad de Darío, cuya actividad en la cama le recuerda el comportamiento de algunos adolescentes, aunque la atención que él presta a satisfacer a su pareja deja constancia de su experiencia. Gustan de abrazarse, besarse, contemplarse, acariciarse. Todo ello como si desbocara la pasión contenida durante una semana. El tiempo que llevan tratándose les facilita saber cuales son las formas de aproximación de cada uno al otro, en qué se complacen mutuamente y en qué cada uno ha de ceder en algo no tan deseado a la espera del siguiente movimiento que enloquece. Lo cierto es que se reconocen las ganas mutuas de hacerse feliz, lo que induce a perdonarse lo que pudiera ir mejor aunque no lo logren. Ese apasionamiento, que en Darío día tras día refleja un cierto descontrol, le hace ser demasiado expeditivo en la penetración, de modo que no siempre el cuerpo de Rut alcanza la disposición sensitiva que le genera más placer; la sexualidad de Darío casi siempre desemboca en una eyaculación anticipada al ritmo deseado por Rut, aunque desde el primer día ella sabe que él va a poner todo el esfuerzo para retomar y prolongar la penetración hasta percibir en ella los signos innegables de haber alcanzado un satisfactorio orgasmo.
Tras haber hecho el amor, Darío suele dormirse con mucha facilidad, Rut tiene la costumbre de encender un cigarro de tabaco rubio, de los pocos que consume en la semana, y lo saborea a la tenue luz de la lámpara de su mesilla, mientras contempla como a Darío le comienzan a pesar los párpados y sus brazos y sus piernas aflojan en la intensidad del contacto. El sueño en el que él cae es profundo. A ella le gusta mirarle ahsta que apaga el residuo del cigarro en el cenicero, luego presiona el interruptor de la luz y se acurruca contra él, aprovechando para acariciar suavemente el abundante y humedecido vello de su pecho, el abdomen, las ingles, los muslos, mientras deja unos inocentes besos sobre la parte de él que encuentra sus labios, en cuyo contacto deja que la venza el sueño.

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Las noches que Darío no está en casa, un rato después de que Baké ha mandado a los pequeños a la cama, Gloria toma la iniciativa de sustituir a su padre y va a desear las buenas noches a sus hermanos más pequeños. Una vez que a visitado a África y a León, suele pasar por la habitación de Ana, que acostumbra a estar despierta ojeando revistas que se intercambian en el instituto referentes a las novedades en el mundo del espectáculo. Aprovechan los lunes para pasarse información, pues como es el primer día de la semana los compañeros de clase suelen aportar novedades conseguidas en el fin de semana; tanto en música, como en libros y revistas suelen tener alguna aportación que Ana y Gloria comparten, porque a las dos les gusta estar a la última novedad. Después de haber reproducido algunas canciones nuevas y comentado las declaraciones de una famosa actriz de cine que anuncia su cuarto divorcio, han empezado a tratar temas más domésticos de las dos. Baké se asoma a la puerta para decirles que se va a recoger, esa interrupción se les antoja a las hermanas como venida del cielo para preguntarle acerca del tema que tenían en su conversación.
-- Perdónanos un momento --le dice Gloria a Baké--, concédenos un ratito para aclararnos algo de lo que estabamos comentando.
Baké no se hace de rogar, pasa y se sienta en el borde de la cama de Ana.
-- Toda vuestra, decidme en qué una servidora os puede ayudar.
-- Estábamos comentando sobre nuestra madre, teníamos en la boca decir que un día nos tenías que contar algo de cuando tú la conociste en casa, antes de que se marchara a ese trabajo... y  justo en ese momento se abre la puerta y entras tú, siempre oportuna en el momento adecuado.
-- Es un poco tarde.
-- Pero también el momento propicio de que ni está ni va a aparecer papá por casa --interviene Ana.
-- Sabéis que a vuestro padre no le agrada que se comente sobre ello en casa.
-- Precisamente, porque él no está, es la oportunidad de que nos cuentes tus recuerdos --dice Gloria--. Papá nunca lo va a hacer, al memos de momento así se ha manifestado.
-- Me da no se qué.
-- Por favor, --interviene Ana-- tenemos derecho a saber más de nuestra madre.
-- Venga, Baké, que algo sí que podrás contarnos sin reparos incluso de que papá lo supiera.
-- ¿No os acordáis de vuestra madre?
-- Yo sí, recuerdo que se enfadaba mucho y que no le gustaba jugar con nosotras tanto como papá. También recuerdo su cuidado pelo rubio y sus ojos verdes --añade Gloria--. Que le gustaba mucho oír música y siempre iba muy arreglada. Hablaba mucho y le gustaba hacer fiestas en casa. Muchas veces me gritaba para corregirme, si estaba papá en casa yo iba a buscar su protección, porque él siempre me consolaba. Recuerdo que me decía que no tenía que hacer aquello en que mi madre me corregía, pero al mismo tiempo a mi madre le decía que no era necesario decirme las cosas a gritos, que yo no era sorda. Ella añadía que yo la sacaba de quicio, cosa que por entonces no comprendía que significaba.
-- Yo recuerdo también --sigue diciendo Ana-- su mal carácter. Ella nunca me leyó cuentos cuando me iba a la cama, siempre lo hacía papá.
-- Es que tu madre algunas noches salía a cenar con otros compañeros de trabajo --intervino Baké--, o iba al cine cuando estrenaban una nueva película. Como alguien se tenía que quedar al cuidado vuestro, lo hacía vuestro padre, y por eso fue él el que se aficionó a leeros cuentos mientras os llegaba el sueño. Algunas veces, para que pudieran salir los dos, yo me quedaba a dormir. Aunque a mis padres no le gustaba que lo hiciera, poco a poco los fui acostumbrando, porque a mí la responsabilidad de quedarme a cuidaros me hacía sentirme importante. Cuando me quedaba, no sé si os podéis acordar, me decíais que os contara cuentos de mi tierra. Lo hacía con mi mejor intención, pero creo que no era muy buena relatando, porque os quedábais dormidas enseguida.
-- ¿Venían las amigas de mamá a casa?
-- Vuestra madre era muy moderna, buscaba estar en todo lo social muy a la moda. Al mismo tiempo se sentía muy orgullosa de tener cuatro hijos. Hablaba de ello, como de un éxito, el que no la hubiera apartado de su ambición profesional el criaros. Ella afirmaba que la mujer, además de sus hijos, tenía que conseguir la relevancia de una más decisiva presencia en la sociedad. Yo era muy joven y de una educación mucho más conservadora, así que todas esas ideas me parecían muy sorprendentes, especialmente que los maridos las pudieran aceptar. Por eso me parecía quizá mucho más innovadora, idealista y utópica de lo que realmente era para la sociedad europea en la que se movía, por lo que mi opinión no debe ser la más objetiva para definir su personalidad. ¿Me habías preguntado si venían sus amigas a casa? Sí, venían mucho. Conversaban, bebían, fumaban. A vuestro padre no parecía que le agradaran mucho esas reuniones, pero las toleraba mejor que cuando vuestra madre proponía celebrar cenas o fiestas en casa; no obstante tenía que ceder algunas veces, y en ellas participaba con el mejor humor que podía.
-- Yo me acuerdo de haber visto los preparativos de alguna fiesta, desde la cama se oía la musíca --añade Gloria--. Una amiga de mamá tocaba la guitarra y solía acompañarla un chico que cantaba muy bien.
-- Lo que yo recuerdo --interviene Ana-- es que algún día cuando me levantaba podía desayunar mediasnoches, canapés y pasteles que quedaban en algunas bandejas. Papá esos días por la mañana era el que nos ponía el desayuno, al tiempo que recogía y ponía el friegaplatos. Mamá en cambio siempre se quejaba después de las fiestas de que le dolía la cabeza. Así que yo dudaba entre si era mejor que hubiera fiestas o no, o sea, si me inclinaba por lo bueno de los dulces o porque a mamá no le doliera la cabeza.
-- ¿Mamá bebía en exceso? --pregunta Gloria.
-- Esa cuestión yo no te la puedo responder. Pregúntaselo a tu padre que es quien puede contestártela. ¿Por qué se te ocurre preguntar eso? --contesta Bake.
-- Una compañera del instituto me ha dicho que su madre le ha contado que la conocía, y que le gustaba mucho la bebida. ¿Tiene que ver eso con que desde años esté fuera de casa?
Baké empieza a sentirse incómoda, arrepentida de haberse dejado coger en esa pequeña encerrona. Al mismo tiempo comprende lógicas las preguntas de las chicas, porque son lo suficientemente mayores como para plantearse esas cuestiones, que además parece que trascendieron de los muros de la casa y en una ciudad pequeña como Montvert es normal que entre mujeres se comenten esas cosas que inevitablemente pueden llegar a oídos de Gloria y sus hermanos. Ella tampoco puede juzgar por qué Darío no es más claro y sincero con sus hijas mayores, ni sabe qué es lo que les ha contano y sobre qué prefiere mantener un discreto silencio.
-- Cuéntaselo así a tu padre. Comprende que no puedo hablar de lo que no sé.
-- Ya sabes que para mi padre hablar de mamá es un tema tabú. Sé que hay cosas que deliberadamente no le gusta comentar. Cuando alguna vez le sugiero algo responde con evasivas que no abordan el problema que haya. No quiero hacerle enfadar, por eso te pregunto a ti, como de amiga a amiga.
-- Las cosas de familia no son temas de amigas. Yo aquí trabajo, y mi madre cuando empecé a trabajar me indicó: Quien trabaja sirviendo en una casa ni ve ni oye lo que no es asunto de su trabajo. Me recordaba siempre que la discrección es la principal virtud de una buena empleada. Aunque os haya visto nacer a vosotros cuatro, no soy familia vuestra y no puedo entrometerme en esos asuntos. Vuestro padre no me perdonaría que hablara una palabra de más.
Baké se levanta del borde de la cama donde se había sentado al comenzar la conversación. La verdad es que le entraban ganas de contar todo lo que conocía de la vida de Darío y Marina en la casa, pero sabía que debía guardar el silencio que su madre siempre le había inculcado como un deber. Siendo ella muy joven, viviendo aún su madre en Montvert, cuando le pretendía hacer un comentario sobre lo que le parecía anormal de la casa en que trabajaba, su madre le indicaba que de tenía que hacer el esfuerzo de ignorar y olvidar lo que veía y oía, porque si no acabaría juzgando, y cuando se valora y se juzga eso ya difícilmente se borra de la cabeza. En ese momento se le hace patente una vez más la comprometida posición que ocupa en la casa, pero considera que su deber es mantenerse como lo ha hecho durante años, poniendo cariño y dejando que los asunto entre padre e hijos lo resuelvan ente ellos como Dios les de a entender.
 
 

CAPITULO  6

Darío y Marina tenían acordado que cuando ella tuviera que ponerse en contacto con él  por cualquier necesidad lo hiciera a través del telefono de la oficina. Ella acostumbraba a llamarle una o dos veces al mes, se interesaba por la salud de sus hijos, comentaba sus novedades profesionales y frecuentemente le pedía a Darío que le hiciera un envío de algún dinero para sus gastos hasta que a ella le pagaran sus últimos trabajos. Esas conversaciones eran bastante calcadas mes a mes, porque el uno y el otro no querían profundizar en cómo el otro organizaba su vida. Lo que más les importaba a los dos, el bienestar de los hijos, parecía asegurado con la dedicación de Darío; no obstante a veces la conversación no podía evitar los reproches mutuos que les habían distanciado de la vida de familia.
Hoy Marina le ha dejado un recado a Darío, que no estaba en la oficina, solicitándole que le devuelva la llamada. Darío se ha quedado en la oficina después de la hora de salida para llamarla y poder hablar con más libertad.
-- Marina, me han dado tu recado y aquí estoy. ¿Cómo te encuentras?
-- Vamos a decir que bien.
-- ¿Eso quere decir que algo va mal?
-- Ya sabes, esta depresión que no me deja vivir en paz.
-- ¿Estás trabajando?
-- Poco. Muchos proyectos, pruebas, castings... buenas palabras, promesas, acuerdos vervales... pero pocas concrecciones reales. Así que tengo que perseverar si quiero pillar la oprtunidad cuando se presente. Hay días buenos y días que me cuesta mucho hasta meterme en el pantalón.
-- ¿Sigues bebiendo?
-- ¿Por qué me preguntas si sabes que sí? No bebo más, pero bebo. Sin esa ayuda no me sería posible soportar los contratiempos.
-- Es el alcohol el que te fomenta la depresión, no al contrario. Te deprimes porque tu mente se siente débil al reconocer que cada día precisas más para calmar tu cuerpo. El alcohol es parte del problema, nunca la solución. Lo hemos hablado tantas veces que no quiero que pienses que lo nombro para humillarte.
-- Tú sabes que siempre una copa me ha facilitado ese apoyo para afrontar mis responsabilidades. Sabes cuanto me esforcé en contenerme durante los embarazos de nuestros cuatro hijos. No me eches en cara que sea una depravada, te he dado los hijos que quisiste. Mi vida profesional exige alternar, pero los límites los controlo yo, como siempre he hecho.
-- No te echo nada en cara. Sabes muy bien que siempre he defendido que somos lo suficientemente adultos para gestionar cada cual su propia libertad. Las consecuencias, eso sí, son las que son, no las podemos cambiar.
-- Añoro tanto a mis hijos.
-- ¿Cómo que añoras a tus hijos? Si decías que te superaba su atención y te generaba la neurastemia. No olvides cuánto les achacabas que dificultaran tu futuro éxito profesional.
-- Tú te ibas de casa a tu despacho y yo me quedaba con los pequeños porque decías que mi trabajo era muy flexible.
-- No intentes desviar la conversación.
-- Es la verdad que nunca has querido reconocer.
-- ¿Quien ha bañado toda la vida a los niños? ¿Quien les daba de comer y cenar?
-- Del tiempo que te sobraba una vez te habías relajado en la oficina de lo que teníamos en casa.
-- Vamos a dejar este tema que ya tenemos suficientemente discutido.
-- No te llamaba para hablar de esto --replica Marina--. Sabes lo que me afecta sólo mencionarlo. Dejémoslo. Te llamaba para pedirte si me podías hacer un pequeño préstamo. Tienen pendiente de pagarme unas escenas que he rodado para una secuencia comercial, pero parece que se retrasa unos días.
-- Te pago el apartamento y el supermercado. Los gastos de primera necesidad los tienes cubiertos. Los demás son los que tienes que moderar a los beneficios de tu trabajo.
-- Pero tengo gastos que me son necesarios por mi profesión.
-- Como todos. Qué me vas a contar. Pero cubrirlos es tu responsabilidad.
-- Sólo es un prestamillo. En quince días espero que te lo pueda devolver.
-- Es que no me sobra el dinero. Cuesta mucho al ganarlo.
-- Me estoy recuperando de los niervios, que me generaban gran inseguridad. Espero que más pronto que tarde me empezarán a llegar contratos importantes. Hasta ahora no he tenido suerte, pero en este ambiente la vida da muchas vueltas, basta que puedas mostrarte en un trabajo para que tu vida cambie de la noche a la mañana.
-- Sabes cuanto me alegraría que eso se hiciera realidad.
-- Mientras, necesito tu apoyo a distancia.
-- Siempre lo has tenido; pero no es bueno ni para mí ni para ti que ese apoyo sostenga tus caprichos.
-- Mi ilusión es poderr volver algún día a casa con la cabeza muy alta sin que me reconozcas un problema para la familia. Hasta entonces tendré que seguir luchando con mis limitaciones, que sólo el éxito podrán disimular. Al que triunfa todo se la perdona, mientras lo intentas eres sólo una mercancía que muchos se creen con derecho a explotar. Nuestra sociedad no valora más que el éxito, denigra como inútil a quien no lo logra; eso deprime la personalidad de quienes no hemos nacido tan fuertes como los mejores. Por ello somos tan vulnerables; aunque tengamos derecho a ser tanto como los demás.
Darío la deja hablar sin interrumpirla, porque sabe que esas justificaciones le sirven de aliviadero a sus traumas mentales. Mucho antes de que su convivencia se quebrara él entendió que la distancia entre lo que ella imaginaba y lo que era se acrecentaba cada día. La realidad se desvanecía en la misma proporción que crecía la utopía de que su éxito profesional condicinaba el futuro de su entorno. Él sabía que aquella vela abierta al viento que más soplaba se hacía cada vez más ingobernable, pero no perdía la esperanza de poder contrarreatrar personalmente el equilibrío que necesitaba su hogar.
-- Volveré a casa--prosigue Marina--. Ya sé que no me dejarás entrar si no me consideras curada de lo que no aceptas propio de una madre. Me fui porque no quería ser un modelo indigno para los niños; que pudieran tener vergüenza de mí. Prefiero que mantangan esa imagen ideal de su madre, que es muy posible que no entiendan, pero supone un escudo entre ellos y yo, un escudo ante la sociedad en la que tienen que crecer, por eso, como todo se le permite al triunfador, mi única baza es conseguir el éxito que me facilite estar sobre ese entorno que les rodee, el que me envidie y me tolere en vez de denigrarme.
-- ¿Y no puedes cambiar?
-- Es que hay mucha gente que me quiere así. La que soy, no mi versión descafeinada.
-- Amigos de juergas no son amigos de penas. Sé que más que otra gente precisas ese entorno de relación, en el que te mueves como pez en al agua. Seleciona los que no puedan acerte daño porque sólo busquen en ti que les procures satisfacción. También existen los que saben intercambiar cariño, que son los que realmente representan un apoyo para la propia debilidad, la que a uno le acompaña cuanto se apaga la música exterior.
-- Lo malo es que no sé si yo soy capaz de encontrarme entre esos últimos.
-- Seguro que sí.
-- No asegures nada por mí. Podrías perder.
-- La vida está llena de riesgos.
Marina cayó unos segundos y prosigió.
-- Creo que tienes más fe en mí de la que yo misma me concedo. Aunque aún me queda esa dosis de esperanza de que en la próxima oportunidad empezará a clarear la solución que tanto ansío. Algún día te mostraré que no fue una huida, sino la salida en busca de una solución que sólo yo la podía conseguir. Mi aventura personal para lograr lo mejor para todos.
Darío considera que la conversación toma el mismo cariz sentimental que otras veces, lo que no le agrada, ya que tras años reúne la experiencia de que esos deseos de su mujer, que reconoce que los tiene, nunca hasta ahora han supuesto una actitud eficaz para romper las cadenas que la atan a un proyecto sustentado sólo en sensaciones.
-- De lo del dinero: no. Vamos a atenernos a lo que hemos pactado, así que tus gastos tienes que ajustarlos a los honorarios que consigues, trabajando en lo que más te pueda agradar y en lo que a veces, como a todos, no nos parece que reconozca nuestras méritos.
-- No te preocupes por el dinero, aunque puedas no creerlo estoy acostumbrada a sobrevivir con el optimismo de una bohemia.
-- ¡Una bohemia con casa y alimentación sufragada!
-- Y con muchas ganas de trabajar. No olvides que la vida puede dar muchas vueltas y algún día sea yo quien salga en tu socorro.
-- Me conformaría con que hagas por mí lo que yo he hecho por tí. Con eso me daría por satisfecho.
-- Te dé la razón que te dé para llamar, la única verdadera es hablar contigo y conpartir esa confianza que sabes tengo en que les das lo que conviene a los niños. Aunque me haya perdido lo mejor de sus años estoy segura de que acertamos cuando decidimos no separarlos y que contigo crecerían más sosegados.
-- Esperemos que para ellos todo pueda seguir yendo tan bien como parece hasta ahora. La verdad es que las mayores ya dan esas típicas muestras de rebeldía de la primera juventud. Baké, que es la que más tienpo está con ellas en casa, es de gran ayuda a la hora de exigirlas orden, escucharlas y comprenderlas en lo que dicen no estar de acuerdo conmigo. Por ahora, hemos tenido suerte: son buenas chicas. Los pequeños siguen encantadores. Lo mejor es que entre ellos cuatro se llevan muy bien, se apoyan, juegan y se divierten juntos.
-- En ello, con tu ordenada mente de ingeniero, creo que tendrás mucho que ver. Pero comprende que los jóvenes tienen que tener sus fantasías, igual que nosotros las necesitamos.
-- Como para idear se bastan solos, lo que nos toca es hablarles, mañana, tarde y noche, de responsabilidad, de estudiar y de portarse bien con todo el mundo.
-- ¡Qué bien se te da ejercer de padre!
-- Dejémoslo así, sin entrar en pormenores.
-- Ya te llamaré cuando tenga noticias positivas de mi trabajo.
-- Vale. Cuídate mucho. Un beso.
-- Para tí y para cada uno de mis hijos.
Darío cuelga el auricular para no alargar más la despedida, que siempre se le hace complicada, ya que Marina acostumbra a prolongarla como si temiera a la soledad que queda cuando rompes esa línea de contacto con quienes debieras estar más unido y las circunstancias lo impiden. Ella suele llamar cuando pasa crisis de depresión, cuando las supera puede pasar varias semanas  sin hablar con Darío, lo que resume al cabo de ese tiempo en una carta a la familia dando señales positivas de vida.
 
 

CAPITULO  7

Por las tardes, Gloria y Ana a la vuelta del instituto suelen pasar a recoger a sus hermanos más pequeños cuando salen de la escuela. En el día de hoy al regresar a casa se encuentran con la agradable sorpresa de que en la casa vecina hay estacionado un capitone del que están bajando muebles. Los cuatro se llevan una alegría de que el jardín contiguo ya no estará tan solitario, y cada uno da rienda suelta a su imaginación respecto a cómo desean que sean sus nuevos vecinos. Los cuatro coinciden en que quieren que haya chicos de su edad, con los que jugar, y que a ser posible tengan perro, ya que su padre nunca les ha permitido satisfacer ese capricho. Los cuatro se quedan en un primer momento tras el seto divisorio de las dos parcelas contemplando qué es lo que descargan y quienes pueden ser los dueños. De momento sólo hay gente mayor, tanto en los que dan las indicaciones como en los que realizan el trabajo, por lo que piensan que aún no ha llegado el grueso de la familia. Baké se asoma a la puerta de la casa urgiéndoles a que dejen de mirar, como unos curiosones, y pasen a tomar unos batidos que les tiene preparados. Los chicos entran, van a la cocina, toman los batidos y a continuación se reúnen en el cuarto de Gloria, desde donde se divisa el acceso de la otra vivienda, y así seguir controlando lo que están trayendo en la mudanza.
-- Ojalá que esos señores tengan hijos de mustra edad, con quien podamos jugar --opina África.
-- Pero que sea chico --añade León-- que bastantes niñas tengo a mi alrededor.
-- Si tu quieres un chico, yo también, pero que sea algo más mayorcito --dice Gloria--. Uno de tu edad y otro un año mayor que yo y que vaya al instituto, así nos acompañamos mutuamente en el camino, y si tengo un día alguna pega en los estudios le pueda consultar. Ya estoy harta des ser yo quien os ayude con vuestras dudas, yo no tengo a nadie que me dé una solución a lo que no comprendo.
-- No seas mentirosa, que tu tienes a papá, que sabe más que todos los chicos del instituto.
-- Pero a veces papá no está en casa cuando lo necesito. Tengo que esperar para acabar los trabajos a que venga. Además, cuando llega cansado no me gusca incordiarle; así que si me gano la confianza de ese chico mayor, le puedo preguntar cuando quiera.
-- Ya, ya, preguntar --interviene Ana en tono irónico, que continúa bajando a los demás a la realidad--. Por que hacernos ilusiones si ni siquiera sabemos si no será una familia que sólo tenga un par de bebés.
De la caja del camión ahora están bajando cuadros, lienzos y un par de caballetes de pintor profesional.
-- Mirad, dice Ana, parece que son artistas.
-- ¿Artistas, como mámá? --pregunta África.
-- No, artistas de los que pintan cuadros. Esos caballetes grandes los usan para poner los lienzos y pintar sobre ellos. Todos esos cuadros que vienen embalados deben ser obras suyas.
-- Creo que ese señor de la media melena canosa debe ser el arrendatario de la casa --dice Gloria, señalando a una persona que acaba de llegar en un deportivo blanco que ha estacionado en la acera frente a la casa y se ha dirigido a los que estaban trabajando en la mudanza--. Tiene un puntito de artista, que pena que sea algo mayor. Con esa edad puede tener un hijo como yo decía.
-- También de mi edad. En la escuela hay chicos que tienen padres un poco mayores --apunta León.
-- Si vienen chicos lo importante es que resulten simpáticos y agradables --interviene Ana--. Que nos podamos juntar para jugar y hecer pandilla, oír música juntos, aprender a bailar, reirnos, hacer competiciones con las consolas. El problema entre nosotros es que ya nos tenemos demasiado vistos. Nos conocemos tanto que ya sabemos en cada juego quien va a ganar; eso se hace algo aburrido. Necesitamos renovar el equipo.
-- Entre los mayores y los pequeños no nos podemos mezclar en grupo --les dice Gloria dirigiéndose a León y África--. Una cosa es para estar en casa y otra para salir por ahí. Si vienen chicos algo mayores que se ganan la confianza de papá, nos facilitará tener más independencia. Si vamos al cine, hay películas que no son adecuadas por su temática para los pequeños. Así que lo mejor es que haya chicos de nuestra edad y también de la vuestra.
Entra en la habitación Baké para recordarles que es hora de que se pongan con los estudios. Gloria aprovecha para preguntarle si sabe algo de quienes son los nuevos vecinos. Baké le replica que ella no tiene tiempo para ocuparse de eso.
-- Tiempo tendremos para conocerlos --añade.
-- En cuanto se acomoden tenemos que ir a visitarlos, a ofrecerles nuestra casa --sugiere Gloria--. Como son nuevos en el barrio, que sepan que tienen nuestra ayuda para lo que necesiten. Es lo que nos gustaría que nos hicieran a nosotros si nos cambiamos de casa.
-- El señor es pntor --dice África.
-- ¿Por qué lo sabes? --pregunta Baké.
-- Porque han descargado lienzos, muchos cuadros y caballetes grandes.
-- No sabemos --la corrige Baké--. La pintora puede que sea su esposa.
-- A ella no la hemos visto. ¿Y por qué sabes tú que está casado?
-- Lo supongo --se excusa Baké--, pero puede que no lo esté. No le he visto la cara.
-- Por la cara sabes si una persona está casada.
-- Seguro no, pero pocas veces me equivoco.
Baké les insiste en que tienen que ponerse a estudiar. Todas las tardes lo hacen, pero basta que encuentren una novedad para que se distraigan y se les pase el tiempo sin aprovecharlo. Baké comprende que después de tantas horas en la escuela lo suyo sería disfrutar de otras cosas, porque la juventud se va rápida y se dejan muchas cosas por hacer. Ella al menos lo recuerda así, porque como trabaja desde muy joven a veces considera que no ha tenido tiempo de soñar, pero sabe que Darío les exige a sus hijos esa disciplina porque siempre asegura que la vida se ha vuelto muy exigente, y que sólo los que sean capaces de asimilar el hábito de esforzarse tendrán más o menos un futuro claro. En eso ella distingue a su señor de su esposa, pues mientras Marina vivió en la casa Baké siempre la censuró en su interior por desordenada e inconstante; lo contrario de Darío. Baké a veces discurría que Dios los había juntado para que se compensaran. Pero no podía dejar de considerar los efectos positivos y negativos que sobre la familia habían proyectado los caracteres tan distintos del padre y la madre.
León sube a su cuarto, coge la flauta del estante y busca entre sus cuadernos el que tiene las partituras de música. Elige una tonadilla sencilla y alegre, y comienza a tocar la flauta cometiendo algunas equivocaciones. Siempre le cuesta coger el ritmo, además de que confunde la posición de algunos dedos para conseguir una determinada nota. Mientras toca desde su ventana abuhardillada, la más alta de la casa en la fachada delantera, mira por si apareciera el perro que desea que sus vecinos traigan a la casa. Considera que como el animal no es un equipaje no llegaría con los muebles, así que le queda la esperanza que tras la llegada del padre le sigan un rato después la del resto de la familia con una bonita mascota. Ahora, al tercer intento, consigue hilvanar toda la melodía de la partitura, aunque algún compás queda desajustando en los tiempos, algo a lo que él da menos importancia por más que el profesor de la escuela le repita lo fundamental del compás para la música. Vuelve a empezar fijándose más en ello, logrando mejorar, tanto que considera que mañana está dispuesto a tocar un solo en la clase de música. Para eso tiene que estar muy seguro de sí mismo, porque a León le cuesta actuar en público por la vergüenza que le daría cometer un error. Así que decide ensayar unas cuantas veces más y después de cenar someter al veredicto de su familia si alcanza el nivel suficiente para ofrecerse cuando el profesor pida voluntarios para interpretar en clase.
África antes de que se vaya Baké, la obedece y se pasa hacia su habitación, donde se sienta ante la mesita de trabajo, toma de entre los libros el de geografía, y empieza a repasar los ríos más importantes de cada continente. Cuando lleva diez minutos sentada se levanta y comprueba que desde su ventana, que la a la fachada posterior, no ve nada de la mudanza, por lo que baja al salón discretamente, para ver si Baké no se percibe de ello, y se asoma a la ventana desde donde se ve la entrada, aunque la vista no es tan favorable como la del cuarto de su hermana, al menos distingue lo que sacan de un nuevo camión de la mudanza que acaba de llegar. Se sube sobre una silla para ver mejor: Muebles y cajas, pero ni rastro de niños. Vuelve a su dormitorio y sigue repasando los ríos, dibujando un croquis de cada continente y sobre él va marcando los ríos, el problema que tiene es que se confunde al poner los nombres, en unos casos se le olvida el nombre del río, en otros no acierta a poner el nombre acertado sobre el río dibujado.
Gloria se sienta a resolver problemas de matemáticas olvidándose de la nueva de los vecinos, porque tiene que concentrarse en su tarea ya que ha quedado concertada con un compañero de clase en competir en los problemas que tienen que resolver, de modo que a través del chat verifican la respuesta a cada problema y si les coinciden los resultados. Gloria está contenta porque ha resuelto los dos primeros antes que su adversario, pero en este momento se ha atrancado en el tercer problema, que no acierta con una manera convincente de plantearlo. Tiene que rendirse y pedirle consejo a su amigo, pero la solución que éste propone a Gloria le parece que no es correcta, al tiempo que le ha proporcionado luz para plantearlo de un modo distinto que la convence más, motivo por el que se enzarzan en una discusión que la tiene totalmente embebida en ello.
Ana está repasando un tema de lengua. Esa asignatura no le gusta tanto como si fuera historia o arte, pero el profesor de teatro les ha indicado que es muy importante el dominio de la lengua, ya que les facilitará la dicción y acostumbrarse a memorizar palabras retóricas que habitualmente no utilizan en la conversación habitual. También les ha aconsejado que lean literatura, especialmente teatro, para que tengan en su mente la forma con la que la lengua es capaz de reproducir todas las escenas de la realidad. De pronto le viene a la cabeza que su nuevo vecino pintor necesitase una modelo para un cuadro. ¿Se fijaría en ella? Claro que para ello --piensa-- es necesario mostrarse. Si la han admitido en el grupo de teatro debe ser porque no tiene mal tipo, pero también han admitido a Sisí que es una chica entrada en carnes y no especialmente agraciada de cara. Claro que en el teatro hay que representar la vida real, y conviven mujeres guapas y feas; pero no para posar, porque las pinturas y las fotografías sólo retratan chicas guapas. Vuelve de nuevo sobre sus ejercicios de sintaxis, porque al fin y al cabo --concluye-- ni siquiera sabe si ese señor canoso, que le ha caído bien, es o no retratista.
Baké emplea el tiempo en planchar ropa en la cocina, mientras cuece sobre el fuego verduras y medio sigue en la pantalla una telenovela.
 
 

CAPITULO  8

Darío al volver del trabajo ha aprovechado para hacer algunas compras, se encuentra sacando bolsas del maletero de su automóvil en la entrada a su casa. Al otro lado del pequeño alibustre que separa su parcela de la contigua observa que el nuevo vecino viene por el jardín a cerrar el portón que ha dejado abierto tras pasar con el coche. Darío aprovecha para saludarle.
-- Buenos días. Veo que os acabáis de acomodar.
El otro hombre se aproxima al linde, y sobre al seto le ofrece afectuosamente su mano.
-- Armando Sanchino. Mucho gusto en conocerte. Sí, ya está más o menos habitable la casa, así que ya me he mudado.
-- Soy Darío Suances, nos tienes aquí a tu disposición para lo que necesites. Sin ningún reparo, cualquier cosa que precises, yo mismo, mis hijos, la empleada del hogar, cualquiera estamos a mano para ayudarte. Llevamos ya bastantes años en este barrio de la ciudad, así que para cualquier información, atención o emergencia que te surja, cuenta con nosotros.
-- Te lo agradezco, porque acabo de aterrizar en Montvert y para los últimos detalles de la instalación de la casa puede que tenga que recurrrir a algunos profesionales.
-- En cualquier caso, me agradaría que, si tuvieras un hueco el sábado, pasarais a tomar un café en casa y te presento a mis hijos.
-- Encantado. Vivo solo. Así que confío en no molestaros mucho. Te parece buena hora las tres de la tarde.
-- Perfecto, así que te esperamos. Armando, mucho gusto en conocerte.
Se despiden con otro apretón de manos. Armando sigue su camino al porche su casa y Darío entra las bolsas que traía en el coche.

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Desde que Darío les comunicó a sus hijos que el sábado había invitado al vecino a tomar café, entre las dos mayores se ha creado una cierta expectación. Ese día  se presentan en el comedor más arregladas. Después de que cada una haya elucubrado sobre qué ponerse para mostrarse más atractiva, al final, sin ponerse de acuerdo, han coincidido vistiendo pantalones ceñidos, aunque no es lo habital en Gloria, y camisetas ajustadas, la de Ana con un abstracto de la paloma de la paz estampada sobre el pecho. Gloria se ha retocado cejas y ojos, y ha aplicado un lijero tono de carmín sobre los labios. Los dos más pequeños se presentan a la mesa como cualquier otro día, y tras terminar el almuerzo se sientan ante la televisión a seguir una de sus series favoritas. Cuando llaman al timbre éstos ni se inmutan, no así las dos mayores que se miran con complicidad como preguntándose mutuamente ¿estoy bien? Darío sale a abrir la puerta y recibe con un apretón de manos a Armando, que a su vez le corresponde ofreciéndole una caja de golosinas para los pequeños.
-- ¿Qué tal? Le dice Darío.
-- Bien, bien. Arreglando la casa poco a poco. Creo que la semana que entra ya me quedará tiempo incluso para trabajar. Les he comprado chuches para los chicos.
-- No tenías que haberte molestado.
-- Es que van a ser mis vecinos.
Gloria y Ana discretamente se van acercando desde al salón al vestíbulo. Cuando Darío se apercibe de ello, se las presenta a Armando.
-- Gloria y Ana son mis dos hijas mayores, las que me pusieron al corriente de tu llegada. Venían del instituto y coincidieron con que estaban los mudanzas en la puerta.
Mientras Darío dice esas palabras, Gloria y Ana se han acercado a dar un beso de bienvenida a Armando. De cerca parece algo más jóven que desde la ventana, pues a pesar de tener el pelo cano las chicas advierten un rostro y una piel firme. De estatura como su padre, le echan algunos años más que él, pero con un cuerpo más cuidado, al que no le sobra grasa. Ana enseguida le ha analizado las manos, como es su costumbre con todos los chicos, y le agrada que tenga dedos largos y mano ancha. Gloria en cambio ha puesto la primera atención en los ojos, que Armando los muestra algo hundidos y de un intrigante azul turquesa.
-- Bienvenido a la comunidad --le dice Gloria--. Nos hace ilusión tener vecinos, se nos ha hecho algo aburrido todo este tiempo que ha estado desabitado tu edificio. No conprendíamos por qué se tardaba tanto en arrendar.
-- Es que os puedo confesar que el alquiler no es bajo. Pero se ajusta mucho a lo que yo buscaba, donde poder instalar el estudio de pintura con holgura y buena iluminación. Nosotros valoramos mucho la orientación de la luz, lo que para casi nadie es definitorio. También buscaba tener el techo alto. Así que estoy contento de haber encontrado en esta ciudad lo que pretendía .
-- Pasa y te presento a los dos pequeños que están ensimismados con la televisión.
Pasan al amplio salón de la casa, donde en una esquina los niños están seguiendo la serie sin apartar ojo de la pantalla.
-- León y África, dejad un momento la película y venid a saludar a Armando.
Los chicos se levantan y se dirigen al corro donde de pié están los que han pasado del hall.
-- Este es León, que ya tiene diez años. Todo un chicazo. Y esta el África, que es la menor de la casa, aunque continuamente se esfuerzo por no parecerlo. Dadle las gracias a Armando, que os ha traido golosinas.
-- ¡Qué bien! Muchas gracias Armando --toma la palabra África, como si fuera la más responsable--. ¿Tienes perro?
-- No, de momento no. Ni creo que lo tenga. Tener un animal de compañía es para casas donde haya suficiente gente para que el animal no se sienta solo.
-- Entonces nosotros deberíamos tener uno, pero papá no quiere.
-- No soy amigo de animales --afirma Darío--. Pero cuando seas mayor, tengas tu propia casa y te comprometas a cuidarlo yo no podré criticarlo.
-- Cuando sea mayor claro que tendré un perro lobo, negro o blanco. Pero hasta entonces me tengo que contentar con acariciar las mascotas de los vecinos.
-- La vida pasa deprisa --interviene Armando--.
-- Vamos a sentarnos y le digo a Baké que nos ponga el café --dice Darío--. ¿Qué licor prefieres?
-- Una ginebra, si tienes.
-- ¿Con hielo?
-- No, sola.
Baké se asoma en ese momento a la puerta y pregunta --¿Sirvo el café?
-- Sí gracias, te lo iva a decir ahora --y, dirigiéndose al vecino, Darío prosigue-- Armando, Bake es el motor de la casa. Nada funcionaría sin ella.
Baké se acerca con decisión a Armando y le tiende la mano.
--Bienvenido a Montvert. Si en algo le podemos ayudar, estamos aquí.
-- Gracias.
Baké se retira a la cocina, vuelve con el café y unos dulces de avellana que prepara con leche condensada. Sirve el café y se vuelve a la cocina. Los dos pequeños recuperan su puesto delante de la televisión. Los demás conversan intentando conocerse, ya que van a vivir tan próximos.
-- ¿Te dedicas a la pintura? --pregunta Ana a Armando.
-- Lo dices porque has visto descargar caballetes y cuadros. Sí, pinto por encargo y preparo mis exposiciones. Precisamente me he mudado aquí porque deseo dar un giro a mi pintura, para lo que busco estasiarme con la luz mediterránea.
-- ¿Me eneñarás un día tus pinturas?
-- Cuando quieras. Estamos al lado. Déjame unos días, que acabe de colgar en las paredes los cuadros de mi colección particular.
-- Vas a instalarte sólo para trabajar, o traes también a la familia.
-- Vivo solo. Para bien y para mal, no tengo compromisos familiares. Así que mudo mi casa, como un caracol, cada vez que donde estoy ya no me inspira nada nuevo. Hay pintores inamovibles de su entorno, que son como si estuvieran casado con un ambiente, y perseveran en su obra años y años. Otros más bohemios, como yo, necesitamos realimentar la inspiración buscando novedades que despierten los sentimientos.
-- Entonces disfrutaremos de tenerte tiempo con nosotros --interviene Darío--. Montvert te va a ilusionar y ayudar a trabajar. Aquí la gente es expontánea y sociable. Vinimos al poco de casarme, hemos echado aquí raíces y no creo que nos movamos. Estos, cuando vayan terminando sus estudios, que decidan, pero a mí ahora me costaría bastante cambiar de ciudad. --Dicho esto, Darío se percibe de que hablar de la familia y no aclarar donde está su mujer puede resultar extraño para Armando, quien además se ha abierto a ellos no dejando dudas sobre su condición familiar, por lo que prosigue--. Mi mujer está trabajando en Roma; yo tengo mi oficina aquí, los chicos pequeños van a la escuela y éstas al instituto.
-- Yo soy de Chile. Estos últimos ocho años he estado en varios lugares de Europa. Ahora vengo aquí con perspectiva de estar tiempo, pero todo dependerá de como me acople para trabajar. Lo mismo te entusiasmas con un nuevo lugar que conoces, como que se te tuerce el sentimiento y no te inspira nada. Vengo huyendo de las grandes metrópolis, que te sirven expléndidamete para darte a conocer y concertar relaciones, pero no para crear, al menos para mí, en este periodo de mi vida. --Hace una pausa, y sigue dirigiéndose a las chicas-- ¿Vosotras, qué estudiáis?
-- Yo este curso termino la secundaria. Los estudios me parecen necesarios, pero el modo en que se imparten se me hace excesivamente técnico y poco sensible a valorar la comunicación entre las personas, que es lo que a mí me gusta. No sé aún lo que estudiaré terminando el bachiller, pero espero que en la universidad sea mejor.
-- No te hagas muchas ilusiones --la corrige Darío--.
-- Igual es más de lo mismo.
-- O peor --interviene Ana--, porque salvo que sea una carrera humanística, las técnicas tienen que ser como dices que no te agradan. Lo bueno de la universidad es que te abre muchas relaciones, con lo que puedes compensar la comunicación que no te aporten tus materias específicas. --Se ve que Ana va indagando con bastante antelación lo que puede ser la vida universitaria.
-- También cuando llegas a la universidad tienes otra edad --dice Armando--, que por una parte te exige amplitud de miras, pero que necesariamente has de compatibilizarlas con la necesidad imperiosa de sacar adelante tus asignaturas. La verdad es que quieres abarcar mucho, pero no te queda apenas tiempo libre. Nosotros, en Bellas Artes, teníamos que hacer tantos trabajos que parecían ideados para que toda tu mente estuviera permanentemente sólo en ellos. ¿Y tú? --pregunta dirigiéndose a Ana.
-- Estoy en segundo de secundaria, pero a mí no me gusta estudiar. Lo hago forzada, ya que aunque muchas materias no me van a servir para trabajar el día de mañana, al menos aprendes donde está Japón, que palabras se escriben con acento, resolver una ecuación y de que se compone el cuerpo humano. Como cultura general está bien, pero yo quiero ser artista, como mi madre; para ello lo importante es aprender a interpretar, a relacionarte y un poco a saber mentir.
-- ¿Cómo a saber mentir? -- la interrumpe su padre.
-- A saber mentir porque me han dicho que el mundo del cine es bastante falso, y si tienes que estar ahí, pues tendrás que aprender a mentir; a decir que te gusta lo que no, y cosas así.
-- Pero en la vida si vives de la trampa fracasas --sigue Darío--. Podrás triunfar ante los demás, pero la valoración propia cada vez será más negativa, hasta que llegues a  poder vivir asqueada de ti misma incluso con los aplausos de los demás. No vale la pena, Ana, vivir así. Lo que en la vida satisface es ser honrado, decir la verdad y afrontar nuestras responsabilidades.
-- Todos tenemos nuestras mentiras particulares --replica Ana--, ese espacio personal que necesariamente tenemos que preservar a base de esconderlo de los demás. No sé si estará bien o mal, pero lo creo necesario para vivir. ¿No te parece, Armando?
-- Cómo habéis elevado en un momento el nivel de la conversación --respnde éste--. Creo que haciendo la digestión no estoy preparado para mucho razonar.
-- Creo que Ana tiene razón --acude Gloria en defensa de su hermana--. Los demás tienden a controlarte, la salida para ejercer tu libertad pasa muchas veces por disimular tu personalidad, que  parezca lo más plana, acomodada a lo que el otro espera que seas, así no te molestarán. Si no, todos a criticarte, porque los demás no te quieren como eres, sino como a ellos les gustaría que fueras.
A Armando le gusta la sinceridad de las chicas, ya que se parece bastante a lo que piensa él y, sobre todo, a lo que pensaba cuando era jóven. Se da cuenta que en el entorno del arte en que se mueve casi todo es como dice Ana, porque hay mucha adulación externa y excesiva crítica interna. Interviniendo tanto la subjetividad personal en la valoración del trabajo ajeno, piensa que es más dificultoso en esta profesión coincidir en el bien hacer, contrariamente a lo más objetivo que puede ser la valoración de un médico o un ingeniero. Con todo, le parece apropiado cambiar de tema de conversación para evitar que pueda arreciar la confrontación de padre e hijas.
-- ¿Qué deporte practicáis?
-- Yo voy al gimnasio --responde Ana--. Me ayuda a cuidar la figura y la expresión corporal.
-- Yo nado --dice Gloria-- pero mi padre no me deja entrar en competición por los horas que se necesitan para entrenar.
-- Es que para competir necesitas tres o cuatro horas diarias de entrenamiento --interviena Darío--. A pesar de todo ese tiempo que tienes que quitar al estudio, en el deporte es muy difícil estar en un alto nivel porque existe muchísima competitividad. Nadas bien, pero sabes que en tu curso hay varias que lo hacen mejor. No basta con que tú mejores, sino que tienes que hacerlo sobre las demás, eso sólo lo consiguen las superdotadas para el deporte. Así que nadar por practicarlo como afición, todo lo que quieras, sabiendo que tu limite está en emplear una hora al día, para que no te impida cumplir tus obligaciones.
-- De acuerdo, pero Daniel nada cuatro horas y lleva bien los estudios. Lo que pasa es que hay otros padres más tolerantes.
-- Y alumnos más inteligentes.
Armando se ríe con esas disputas de padre e hijas. Él practica yudo, un deporte venido a menos cuando se han impuesto otras formas más espectaculares de lucha. Pregunta a Dario:
-- Y tú que deportes prefieres.
-- Mi deporte es rehacer planos. Aunque no tenga una intervención el físico, la mente tiene que ejercitarse en saber perder cada vez que te descubren los colaboradores un error de diseño. Tengo que excusarme de no ser más deportista; de estudiante jugaba a balonmano, pero nunca conseguí ser buen jugador. Tú,  Armando, tienes aspecto de buen deportista.
-- He hecho judo toda mi vida, empecé a los doce años y aún sigo practicando, aunque ahora compito en veteranos, que en nuestro caso nos lo tomamos casi más como juego que como deporte, pero nos ayuda a hacer regularmente ejercicio y a entrenarnos para mantener la honrilla.
-- Pues a mí me gustaría practicar judo además de la gimnasia --añade Ana.
Llegado a este punto de la conversación Armando se excusa por no haberles invitado a su nueva casa, ya que como había indicado antes aún no está totalmente montada. Les traslada que espera hacer una fiestecilla de presentación de la casa y el estudio en scociedad, y espera que le honren con su presencia. Se despiden ofreciéndose ayuda mutua para lo que pudiera ocurrir, se intercambian los teléfonos y se comprometen a estar en contacto.
 
 

CAPITULO  9

Este lunes, en el que cumple años, Rut ha quedado con su hermana para comer y celebrarlo. El trabajo de Rut como enfermera en el hospital comarcal le permite disfrutar de días libres a su elección en compensación por las guardias que realiza. Almuerzan en una tratería de un pueblecito muy tranquilo situado a ocho kilómetros de Montvert. La primavera mediterránea les ofrece un día espléndido para disfrutar de la carpa acondicionada en el jardín, con vistas al mar. Rut y Esther, que hace meses que no se ven, aprovechan para comentar las novedades de sus vidas; siempre han compartido una buena disposición a comunicarse los sentimientos e intimidades, como si además de hermanas ejercieran de amigas confidentes con quienes contrastar las propias decisiones. Esther está casada y tiene un pequeño con un moderado grado de autismo, cuya atención personalizada le ocupa de modo tan absorvente que ha tenido que reducir su jornala laboral, incluso con ello apenas le queda tiempo libre y se queja de que su marido no asume la importancia de la atención que el niño precisa; algo que está generando un enfriamiento de la confianza mutua que repercute en la progresiva frialdad de sus relaciones. Rut le cuenta cómo ella sigue saliento con el hombre del que ya le ha hablado en las últimas veces que se han visto, y que sigue muy ilusionada con él a pesar de la barrera que se interpone entre ellos por sus cuatro hijos y un matrimonio que cree no está disuelto, aunque no puede asegurar si han tramitado el divorcio, pues ese tema ni él lo ha sacado ni ella le ha preguntado. Hoy por hoy, Rut quiere disfrutar en la relación lo positivo que no ha encontrado en otras anteriores, y deja que el futuro marque los acontecimientos que puedan venir.
-- No quiero inmiscuirme ni lo más mínimo en su vida familiar --le explica Rut--, asumo las limitaciones que ello impone a nuestra relación, pero la prefiero así a que no la haya, o a que sea un motivo de posibles desavenencias.
-- ¿Llevas bien el que él tenga dos vidas?
-- Es que no puedo dejar de admirar a un hombre que se hace cargo de sacar adelante a sus cuatro hijos.
-- ¿Pero su madre no interviene en la vida de familia?
-- Nada, vive en Roma desde hace años sin ni siquiera venir a verlos.
-- ¡Qué raro!
-- Tiene que haber algo más, creo, pero es lo que te insisto que no quiero indagar.
-- Pero si no lo averiguas, te puedes llevar cualquier día la sorpresa más desagradable.
-- ¿Como qué?
-- Así, de repente, no sabría que decirte, pero una desunión tan traumática en la familia no es normal.
-- Por eso creo que el está tan necesitado de cariño.
-- No seas ingenua. Los hombres van a lo que van. No confundas el cariño con el desaguadero sexual. Te dará cariño mientras le ofrezcas placer. Por lo que parece, delante de ti estarán siempre sus hijos, quizá hasta su ex. Otra cosa es que te caliente en la cama.
-- No sabría bien explicarte, pero no es eso. Lo que dices pensaba yo al principio que era lo que nos atraía para estar juntos. Luego ha ido surgiendo dentro de mí otra cosa mejor, y es que no sólo me sacia, sino que algo penetra hasta el fondo del ser. Quizá, cuando le conozcas, puedas comprenderlo. Esas cosas, que parece que le limitan para que pueda tenerle todo para mí, son las que inexplicablemente me seducen, las virtudes que tiene para llevarlo todo de un modo tan positivo.
-- Es que quitarse a la otra de encima puede ser lo que le haya abierto la vida.
-- Pero a una persona así le rezuma el sentimiento de odio. Nunca le he oído una crítica para ella,  ni para los hijos; sólo le advierto preocupación, lo que es muy lógico, y muchas ganas de vivir.
-- ¿Y qué porvenir te espera con él?
-- Pues el problema es que no veo porvenir, pero tampoco le puedo dejar, tanto por él como por mí. Cada vez le tengo más metido en el corazón.
-- ¡Qué peligro, Rut! ¡Qué peligro!
-- Pero no puedo llevarme la contraria a mí misma. Creo que le quiero. Más problema sería que me hubiera enamorado de un hombre casado.
-- Es que es casi lo mismo.
-- Creo que no. Ya te digo que no es sólo placer y amistad. Siento que le complemento en un gran vacío que le ha quedado dentro, y quiero llenarlo.
-- Visto por el lado positivo, te deja libertad para que administres tu implicación en la relación hasta donde te parezca. Al menos no te agobia.
-- Lo que me agobia es no poder ayudarle más.
-- ¿No será que te estás proyectando en él --sigue diciendo Esther--, que al calibrar sus necesidades realmente buscas remediar las mismas que tú tienes? Siempre has sido muy altruista y te has comprometido con ayudar a los demás, porque tú misma mentalizas las precariedades que tienes. Es posible que le quieras como quieres a tus enfermos, pero sabes bien cuánto vacío dejan cuando recuperados desaparecen. Se llevan un cariño que ni valoran ni devuelven.
La apreciación de Esther a su hermana respecto a la identificación de sus sentimientos con los de su trabajo como enfermera, su vocación desde niña, encuentran pleno sentido en la pasión por ayudar a cuantos le corresponde atender, e incluso a quienes sin que estén bajo su responsabilidad aprecia que puede inyectarles una pizca de ánimo.
-- Pero a mí no me cuesta darlo. Dar cariño sale del alma mientras uno vive, es algo intrínseco a la personalidad, por lo que no se puede hablar de altruismo. Simplemente es que no puedo herir mi sensibilidad, lo que haría si no soy consecuente con lo que siento. ¡Más cuando además anda el amor por medio!
-- ¡El amor! Cada vez me parece que es una pasión para cegar la razón y lanzarse al vacío. Si no ¿por qué tan pronto se impone el sentido común sobre el idealismo?
-- Chica, posiblemente tengas más experiencia que yo. Sólo tengo que decirte que en estas circunstancias me encuentro muy a gusto. Creo que he dado con mi hombre, las limitaciones que vengan con él las tengo que asumir.
-- La conclusión es la consabida: Estará bien mientras dure --sentenció Esther.

- - - - -

Ese día por la mañana Darío he llamado a Rut para felicitarle el cumpleaños. Rut se lo agradece, y Darío le propone que, aunque no sea lunes sino jueves, bien pueden quedar para verse. Rut se muestra muy conforme con la idea, ofreciéndole picar algo como cena en su casa.
Darío, a la caída del sol, llama a la puerta de la casa de Rut. Ella le abre y se encuentra con que, de las manos adelantadas de Darío emerge un magnífico ramo de orquídeas, su flor preferida.
-- Muchas felicidades, princesa.
-- Muchas gracias, y contenta de poderlas celebrar contigo.
Esas palabras van seguidas de un beso eterno en el mismo hall del apartamento. Rut presiente que va a ser una velada caliente, a la que ella misma se ha adelantado vistiendo un traje de noche y preparando una mesa y una cena llena de romanticismo. Pasan al salón, donde una suave música de piano, con la que Rut aguardaba su llegada, sigue sonando desde el reproductor. Sobre la mesa de rincón dos copas están preparadas para servir un Martini. Darío apenas se fija en cada uno de los detalles, pero percibe que existe un ambiente más acogedor que el de otros días. Él viene con traje deportivo, como suele a diario ir a su despacho si no tiene prevista alguna especial visita; es de los que sostiene que para rendir en el trabajo hay que estar cómodo. No se le ha ocurrido comprar nada para la cena, consideró al salir del trabajo adquirir una botella de vino, pero luego se ha decidido por las flores para no entrar en conflicto con lo que ella pudiera haber dispuesto como bebida, como comprueba al llegar que Rut ha dispuesto la champanera al borde de la mesa.
-- Prepara los Martinis mientras pongo las flores en agua. ¡Cuánto me gustan! ¡Me hacen feliz!
Darío prepara la bebida como sabe que le gusta a ella, con la aceituna y una pizca de soda; para él, seco añadiendo una gota de ginebra. Rut vuelve con las flores en un jarrón que deposita en uno de los laterales de la mesa donde van a cenar. Vuelve a la cocina y regresa con un aperitivo caliente para picar como entrante. Conversan como le ha ido el día a Rut, quien le dice que ha comido muy agradablemente con su hermana. Rut le repite, como suele decirle con frecuencia, que a ella no le entusiasman los aniversarios, ni los regalos, ni los compromisos, algo que se contradice con el esmero con que ha preparado todo, aunque también se puede entender que a Rut lo que realmente le importa sobre todo lo demás son las personas que la acompañan. Se sientan a cenar, resultándole a Darío exquisita la cena: vichisoise, pato confitado, compota de frutas con helado, regado con champagne. Le alaba esa virtud de cocinera que no le conocía, a lo que ella le quita importancia diciendo que él no se merece menos. A los postres, Darío le indica que como regalo de cumpleaños ha pensado encargar que un pintor la retrate, para que les quede como recuerdo de este día. Rut queda agradablemente sorprendida, porque le parece un regalo original y personal, aunque no conocía la sensibilidad de él por la pintura.
-- No es que sea un entendido, pero un retrato puede conseguir plasmar algo del sentimiento de una persona, mientras que la fotografía sólo refleja los rasgos externos. Eso sí ¡si el artista acierta!
-- Yo no soy muy fotogénica, así que quizá se lo pongo difícil al pintor.
-- Pues yo te encuentro muy expresiva.
-- Pero el momento del click me pone nerviosa.
-- No te preocupes, siempre nos servirá de recuerdo.
Es noche para darse el uno al otro, en la que Rut considera el mejor regalo el haberle conocido y que le pueda disfrutar a su lado, facilitándole lo que más desea: hacerle feliz. Darío se explaya en reiteradas ternuras en las que esmerándose en la exquisitez considera que prepara el culmen más rotundo con el que quiere agasajarla en la cama.

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Ana y Gloria, como su padre ha llamado para decirlas que no le esperen, que llegará tarde, han dado las buenas noches a sus hermanos, que se han acostado puntuales, y están en el salón un rato más charlando, sin alzar mucho la voz, como para que no les oigan sus hermanos pequeños. Ese día es una excepción, ya que Baké tampoco se ha quedado como hace los lunes, por lo que se sienten las responsables de la casa y no tienen prisa en irse a dormir. Precisamente comentando el porqué desde hace años los lunes se ausenta su padre, Ana sugiere una opinión que desde hace unas semanas está elucubrando en su interior.
-- No es posible que papá todos los lunes tenga que quedarse a trabajar toda la noche.
-- No es que tenga trabajo especial todos esos días --le intenta aclarar Gloria-- sino que en previsión de que lo tenga ha pactado con Baké disponer de toda la noche para terminar hasta tarde y dormir en la oficina.
-- ¿Y tú te lo crees?
Gloria no puede reprimir una mueca de que no es tan ingenua, y le contesta:
-- Me creo que puede que algunos días tenga trabajo, cuando no esté agobiado puede que los aproveche para con un poco de libertad distraerse por ahí, por ejemplo, que se vaya al cine, a jugar a la bolera, que juegue una partida con los amigos al póquer... qué se yo. Lo que pueda hacer cualquier otro para divertirse en una noche.
-- ¿Cómo irse con mujeres?
-- Es un hombre. Todos lo hacen. Incluso los casados.
-- Es que papá está casado.
-- Me refiero a los que aprovechan cualquier motivo para engañar a sus mujeres y darse un meneíto con chicas de la calle. Si no fuera así no habría tantos locales de alterne. Sólo con solteros y viudos no los amortizan.
Ana se queda pensando, y luego le pregunta asu hermana, como si ella lo hubiera de saber. --¿Papá va con una distinta cada noche que sale, o tiene una amante?
-- Ana, yo no sé lo que hace papá. Estamos hablando de lo que se hace por ahí en general, que papá se queda trabajando o que juega a las cartas, no lo sabemos, ni creo que se lo debamos preguntar. Si a nosotras nos gusta salir sin tener que dar cuentas a nadie de con quien vamos ¿cómo le vamos a controlar? Lo mejor es dejar las cosas como están, no sea que lo vayamos a empeorar.
En eso piensa Ana que quizá su hermana tiene razón. A ella le gusta la libertad, y aunque su padre la pregunta de continuo para informarse sobre sus compañeros preferidos de clase, a casa de quien va a celebrar una onomástica, con quien chatea en internet y de quien es la voz masculina que pregunta por ella al teléfono, todo ello le molesta, porque ella ya no es una niña, va a cumplir catorce años y sabe cuidarse por sí sola,  así que con más razón su padre puede tener interés en mantener algunos secretos, en especial pensando en sus hermanos más pequeños.
-- Creo que tienes razón --le reconoce a su hermana--. Pensemos que si para todo lo demás parece que no pierde la cabeza, para divertirse tampoco lo haga.
-- A mí lo que no me gustaría --añade Gloria-- es que un día nos viniera con que se quiere divorciar de mamá para meternos otra mujer en casa. Ese es mi temor, no que esté haciendo nada perverso.
-- Pero eso no se lo podemos consentir.
-- Es que los hijos para eso no contamos. Que vamos a hacer, ¿irnos a un hospicio?
-- Yo me voy con mamá --afirma decidida Ana-- y vosotros os venís también conmigo.
-- Eso es lo que creo que nos salva. No que nos vallamos con mamá, sino que para que no haya esa remota posibilidad, papá no nos meta a nadie en casa. Por eso te decía antes que lo mejor es que las cosas sigan como están. Si aguantamos así unos años más, hasta que África acabe los estudios, estamos salvadas.
Ana hace cálculos, contando con los dedos de la mano, y comenta.
-- Es que hasta que ella se pueda graduar en la universidad faltan unos quince años.
-- Tenemos en cualquier caso que resistir hasta que nosotras lo hagamos. Emancipadas, si es necesario nos llevamos a los pequeños a vivir con nosotras.
-- Es verdad --considera Ana--. Siendo mayores de edad podemos velar por ellos, aunque papá nos ayude a mantenernos. Eso nos puede condicionar la vida. Me alegro que lo hayamos hablado, para preverlo en mis planes.
-- Pero no seas negativa, nada tiene por qué ir a peor. Incluso puede pasar que papá y mamá se arreglen y volvamos a estar todos unidos.
-- No sé por qué, pero presiento que el futuro no va a ir por ahí.
 
 

CAPITULO  10

Darío ha educado a sus hijos en que cada uno tiene algunas responsabilidades comunes para cumplir en la casa. Gloria se ocupa de comprobar que todas las ventanas y luces de la casa quedan apagadas, así como de conectar la centralita de alarma cuando todos se van a la calle. Ana se ocupa de vigilar los desperfectos que puedan aparecer en la casa a causa del uso o por un pequeño accidente; de ellos da parte a su padre todas las semanas y tiene encomendada controlar que Darío se ocupa de repararlos personalmente o de contratar a algún especialista que se ocupe del arreglo. León ha de vaciar el buzón de la fachada donde los mensajeros depositan la correspondencia, la propaganda comercial y los avisos de la mancomunidad de propietarios; cada día se ocupa de recoger lo depositado y, expurgando la publicidad, dejar las cartas o notas sobre la mesa del despachillo de su padre. África se ocupa de regar las plantas de interior, ya que la jardinería de fuera las cuida un operario de una contrata que tienen acordada entre varios vecinos.
Hoy lunes, como todos los días, León ha recogido la correspondencia al volver de la escuela. Tiene la costumbre de leer los remites de las cartas al tiempo que separa la publicidad comercial que no cree que pueda interesar a su padre, o sea, que tira al cajón de residuos de papel y cartón la practicamente totalidad de ella. De pronto se lleva la sorpresa de que viene una carta de su madre, lo que suele ocurrir de vez en cuando, ya que Marina no es nada aficionada a escribir. Se lo comunica a sus hermanas y deja el sobre con otros tres que han llegado en el sitio acostumbrado. Como su padre no les ha autorizado a leer el correo antes de él, sienten gran inquietud por saber lo  que les pueda contar su madre, pero los cuatro saben que tienen que esperar a que sea su padre quien les lea el contenido, dando la casualidad que, como es lunes y no viene a dormir, hasta mañana por la tarde no van a poder saber las nuevas que su madre les envía.
A León, cuando se acuesta en la cama, le viene la curiosidad de saber lo que su madre les dice, una inquietud que ha padecido otras veces, por lo que su imaginación ha ido tramando noche tras noche cómo poder abrir los sobres para hacerse con el mensaje sin que su padre lo pueda descubrir. Así que esta noche decide que es la oportuna para que cuando sus hermanas y Baké estén dormidas, levantarse y aventurarse a despegar la solapa del sobre y enterarse él directamente, antes que los demás, de las noticias de su madre. Después de que su hermana le haya dado las buenas noches, y cuando calcula que ya estará acostada, se ha asomado al hueco de la escalera para ver si todo está en absoluto silencio, pero ha visto que aún hay luz en el salón, por lo que Gloria debe estar leyendo, pues no se oye absolutamente nada. Así que decide aguardar con su luz apagada y la puerta entornada para averiguar cuándo su hermana se retira a la habitación. Tras una espera que se le hace interminable, ha escuchado las pisadas de su hermana sobre los escalones de la escalera de madera, tras ellas el ruido de la utilización del cuarto de baño y finalmente el pequeño impacto de la puerta de la habitación de su hermana al cerrarse. Sabe que tiene que esperar a que se duerma, por lo que programa esperar media hora medida de reloj. Pasado ese tiempo abre su puerta con sumo cuidado, y se desliza en absoluto silencio por las escaleras, para lo que va calzado sólo con los calcetines y alumbrándose con la luz de su teléfono inalámbrico. Total silencio en la casa, todos los demás duermen. León llega al despacho anexo al dormitorio de su padre, entra, cierra tras de sí la puerta, y sabiéndose seguro si es discreto, toma el sobre, que ya había dejado sobre todos los otros, y comienza la arriesgada operación de desprender la solapa del autopegamento; comprueba que no es tan fácil, ya que por más cuidado que pone al separar la solapa del sobre con un afilado cúter se da cuenta que hace algunos cortes al papel que pueden evidenciar su maniobra. No obstante sigue adelante separando la solapa, pues si queda deteriorada tiene un segundo plan alternativo, que consiste en cambiar la carta de sobre con uno que previamente a confecionado aprovechando que su madre siempre los direcciona con una impresora de cuyos caracteres que usa ha tomado nota en cartas precedentes. Lo más difícil es que al volver a pegar el sello recortado del sobre original, no se note, para lo que confía en que dejándole al sobre colocado sobre la posición de remite, su padre no se entretenga en observar la cara contraria del mismo. Abierto el sobre original al completo, puede extraer la carta, que es una simple cuartilla escrita en sus dos caras. Comienza a leer:

Queridos papá y niños: Una vez más me retraso en escribiros, pero ya sabéis lo desastrosa que soy para ponerme a hacerlo. Me paso los días diciendo que "de hoy no pasa", pero ya veis que sí que pasa. Lo bueno es que esta tarde me he decidido a hacerlo. Sabéis que mi trabajo, que es tan absorbente, no me deja tiempo para casi nada que no sea pensar en lo último en que estoy comprometida, porque ese es el problema, que continuamente tienes que estar atendiendo y cumpliendo compromisos, y de momento no está la situación como para dormirse, ya que existe mucha competencia y mucho amiguismo, debiendo saber una anticiparse a lo que traman los demás. Por lo demás, estoy de salud como una rosa, con fuerzas para abrirme camino.
Papá me tiene al corriente de lo bien que vosotros estáis, de lo mucho que estudiáis y de que no me echáis mucho de menos. Para mí eso no es nada negativo, porque nos tenemos que forjar en la adversidad, desde pequeños, como siempre me habéis oído, más cuanto cada vez la vida exige más independencia y más audacia personal. Ahora los tiempos no son como los de antaño, cuando los papás dejaban a los hijos colocados en los negocios de familia. Por eso, aplicarse en el estudio sobre cualquier otra distracción es lo más fundamental que tenéis que tener en la cabeza. Cuidado con los amigos y amigas que no compartan este criterio.
Siempre os digo que pronto me pasaré a veros, y ese pronto se retrasa continuamente, pero en cualquier caso os tengo en el corazón y sois la razón fundamental de mi esfuerzo en el trabajo. Espero que llegue el día en que os pueda recompensar esta separación con los éxitos que nos garanticen una seguridad para el futuro.
No me disgustéis a Baké, que con tanto cariño y abnegación se esfuerza en ayudaros en todas las cosas fundamentales que yo no puedo atender por este alejamiento. Dadle un beso fuerte de mi parte, que ella sabe cuanto la considero y quiero.
Os daré pronto buenas noticias, hasta entonces un millón de besos.
                                                                                                           Marina.

Mientras a León se le saltan las lagrimas leyendo con atención la carta, Baké, en pijama y con el mayor sigilo ha entrado en el cuarto, siendo testigo de lo que el chico está haciendo. Sólo cuando León termina de leer, y parece que va a empezar a guardar la carta en el sobre Baké se hace presente con un delator carraspeo de garganta.
-- ¿Qué haces aquí?
León se siente descubierto, poco puede disimular cuando acaba de verse sorprendido terminando de doblar la carta. Los chicos no tienen miedo a Baké, por lo que con naturalidad le cuenta a lo que ha venido.
-- Como papá está fuera hasta mañana, se me ha ocurrido adelantarme a leer la carta de mamá, porque no podía dormir del interés que tenía en ello.
-- Pero sabes de sobra que tu padre os tiene absolutamente prohibido abrir el correo hasta que él lo autorice.
-- Por eso lo estoy guardando de nuevo en un sobre igual, para que no se enfade.
-- Desobedecerle y además engañarle es mucho peor que sólo trasgredir su voluntad. Así que no vengas buscando componendas que empeoren las cosas.
-- Es que no podía dormir.
-- No hay excusas que valgan para esta falta tan grave.
Pasado los primeros segundos, León sigue guardando la carta en el sobre nuevo que traía preparado, según su segundo plan, esforzándose ahora en cortar el sello del sobre viejo con la cuchilla para pegarlo en el nuevo sobre y dar por terminado el cambiazo. De momento a cerrado el sobre nuevo con la carta dentro, para que Baké no pueda impedirle hacerlo.
-- Pego el sello y todo terminado. No voy a decir a nadie lo que dice la carta, aunque papá no nos la leyera completa. Será un secreto sólo mío, siempre que me ayudes a conservarlo.
-- ¿Cómo que te ayude?
-- Es que tú no tenías que haberte despertado. Quizá te duermes de nuevo y mañana piensas que ha sido un sueño.
Toda la conversación se mantiene en un voz muy baja, para que no puedan ser oídos en el silencio de la noche.
-- ¿Es que no te das cuenta de la grave falta que has cometido?
León, como daba por supuesto que no iba a ser descubierto, ni siquiera se había planteado la gravedad de su ocurrencia, ya que para él sólo su padre se podía disgustar si llegaba a saber que le había desobedecido, lo que de ninguna manera iba a pasar con lo bien que lo había preparado todo.  El problema era que él no había contado con que Baké entrara en la escena y lo descubriera todo.
-- Venga, vete a la cama que mañana hay colegio. No hagas ruido para no despertar a tus hermanas.
León dio media vuelta, con completo sigilo sale de la habitación alumbrado con la lucecilla de su teléfono, mientras mira a Baké con cara compungida por el castigo que por ella le pudiera llegar.

- - - - -

A Darío no le pasa inadvertida la peculiaridad del sello, pero lo achaca a que Marina, con tal de jugar a transgredir las normas, habrá sido quien cuidadosamente ha pegado un sello recibido en alguna carta anterior. Acaba de llegar del trabajo, lee con atención la breve carta, y luego llama a sus hijos para dársela a conocer, como siempre hace con la correspondencia que llega de Marina. León disfruta tanto de no haber sido descubierto en su travesura, que se siente especialmente contento de que su madre haya escrito y que cuando su hermana mayor iba leyendo en voz alta, él ya sabía lo que iba a decir. Esta vez había ganado la partida a todos.
Baké ha vacilado sobre si su deber era informar a Darío de que había sorprendido al niño abriendo el correo, pero prefirió callar y ver como se desarrollaban los acontecimientos, al fin y al cabo, se dijo, su empleo en la casa no es de policía.
 
 

CAPITULO  11

Los sábados en la escuela hay competiciones de los distintos deportes entre las clases y cursos de edad similar. Así desde pequeños aprenden en equipo a ganar y a perder, a respetarse entre mejores y peores jugadores, a considerar a los contrarios. A estas actividades deportivas son muy aficionados África y León, especialmente a la niña le gusta el baloncesto y a León el fútbol, aunque cuando no toca partido de esa competición pueden hacerlo en carreras de atletismo o jugando a balonvolea. África además hace una hora de patinaje, el que se toma como un juego porque ahí no compite sino consigo misma a patinar rápido, hacer giros e incluso se atreve a algunas acrobacias.
Darío sale de casa en el coche a las diez de la mañana con sus cuatro hijos, los dos pequeños para dejarlos en la escuela y las dos mayores van al instituto, Ana porque tiene ensayo de teatro y Gloria porque ha quedado para repasar con un compañero en la biblioteca del instituto un examen que tienen el lunes. Una vez que los deja a unos y otros en cada sitio, queda con ellos que pasará a recogerlos a la una, aunque, como suele hacer muchos sábados, se adelanta a esa hora para pasar por la escuela y ver competir a los pequeños.
Hoy, una vez en casa, se pone ropa de faena y se dedica a repintar la puerta de hierro del paso de coches. Estando en ese afán sale de la entrada vecina Armando, quien ve a Darío y se aproxima a saludarle.
-- Buen día, Darío. Te encuentro muy ocupado ya a esta hora de la mañana.
-- Hola, Armando. He acercado a los chicos a la escuela a que hagan deporte, y me he propuesto hacer también yo ejercicio con la brocha.
-- ¿Eres aficionado a los arreglos?
-- Lo justo para mantener la casa habitable.
-- Yo para eso me considero bastante inútil.
-- Tú, el pincel.
-- Es con lo que me gano la vida. Hay gente que por ello te adjudica habilidad para cualquier actividad de bricolaje, pero no es así, puedes aguantar trabajando horas con los pinceles, pero no tener paciencia para colocar unas cortinas o hacer lo que tú. En eso soy bastante antiguo, me busco un profesional que venga a casa y me lo haga.
-- Yo pretendo educar a mis hijos en estas tareas de casa, y para ello vas por delante con el ejemplo o estás perdido.
-- Tienes mucha razón.
-- Aprovecho que te veo para ver si me puedes ayudar en un tema relacionado con tu profesión. Tengo un compromiso de trabajo para hacer un retrato a una persona, me gustaría saber si tú te dedicas a esa especialidad, o, si no, si me puedes orientar hacia algún colega tuyo que lo haga.
-- ¿Entiendo que deseas un retrato posando en vivo?
-- Sí.
-- Yo hago encargos de retratos, pero tienes que ver primero algunos trabajos para comprobar si mi estilo se amolda a lo que buscas. Esto de la pintura no es como la fotografía, sino que, aun siendo un retrato en vivo, cada artista posee una forma de ver al cliente, y no siempre terminan coincidiendo ambos gustos. Si tienes un momento pasa a casa y ves un poco mi estilo, te puedo enseñar fotografías de retratos que he hecho y te haces una idea si se adapta a lo que buscas.
-- Me lavo las manos y estoy contigo.
Darío entra en el garaje, se lava las manos en la pileta, se seca, y se encamina hacia la puerta para pasar a la percela de Armando, que le está esperando con la puerta abierta. Los dos se dirigen a la casa, Armando abre la puerta, desconecta la a alarma, y le invita a Darío a pasar.
-- ¿Quizá ibas a salir? --le dice Darío.
-- No te preocupes, no voy con hora. Aprovechamos que tú no tienes chicos y yo estoy solo en casa.
-- Perfecto.
-- Buscas un retrato clásico o moderno.
-- La verdad es que ni me lo he planteado. Es un compromiso para una señorita, y realmente es ella la que tendría la última palabra. Por lo que la conozco, creo que su gusto se inclina más hacia una cosa actual, pero no abstracta.
-- Es lo que más hago. Vamos a pasar primero al estudio, luego vemos algunas obrillas que tengo repartidas por la casa.
Darío se fija en unas pinturas de caras humanas bastante desfiguradas que están colgadas a la izquierda del vestíbulo de entrada.
--Eso me parece demasiado violento para un regalo.
-- Esos dos son de una colega a quien quiero mucho, se las compré en la última exposición que hizo en París. En casa tengo cosas muy variadas por eso, porque te regalan, intercambias, compras cosas de los amigos. Por eso te digo que vamos al estudio, allí, que todo lo que hay es mío, te haces mejor una idea.
Suben al primer piso, y en una sala bastante amplia y muy bien iluminada Darío conoce el estudio de Armando, con las paredes llenas de cuadros que reflejan una pintura realista pero con una interpretación muy personal. En algunas obras a Darío le parece reconocer tendencia expresionista, otras parecen dibujos sicológicos, hay paisajes desestructurados, interiores plenos de atmósfera, perspectivas increíbles, pero con todo Darío no se hace a la idea de cómo puede quedar un retrato de Rut.
-- Tengo en este álbum fotos de retratos que he hecho. En todos he exigido licencia para interpretar libremente la figura, porque un retrato a pintura no debe reflejar la forma, como lo hace la fotografía, sino transmitir de alguna manera el alma, la personalidad.
-- Es lo que a mí me gustaría, que la persona a quien se lo ofrezco se reconozca realmente como ella es.
Darío abre al álbum y comienza a ver los retratos que contiene. Todos son aparentemente reconocibles de la persona representada, pero de unos a otros los estilos cambian, de modo que mientras en unos domina al color, otros son apagados en los que destaca la luz de rasgos muy concretos de la figura, los hay con una gran fuerza de las encarnaciones y en otros la fuerza se recoge en los ojos, los labios, el cabello, la sombra de la nariz, el perfilado del rostro y las manos. Sigue pasando hojas de los veinte y pocos retratos que contiene. Armando se percibe de que Darío se extraña de la gran diferencia de interpretación artística entre unos retratos y otros, por lo que Armando intenta explicarle que cada trabajo es un mundo nuevo para el artista, que puede gustar o no, pero que el retratista no puede conformarse simplemente con complacer, es necesario que se sienta realizado con el trabajo ejecutado.
-- No es fácil acertar, pero es el reto del artista. Yo suelo pactar en los encargos que me dejen plena libertad de interpretación, pero, a cambio, si cuando el trabajo está terminado no les gusta no tienen por que llevárselo. No me lo pagan y yo me lo quedo. Pero puedes ver que no tengo ninguno que te pueda enseñar. Lo importante es que la persona se mentalice de que una pintura no es una fotografía. ¿Quieres un desnudo, un medio cuerpo, sólo el busto?
-- Un desnudo no. Creo que cuerpo entero tampoco. Quizá el rostro sin más. En eso tendrías que llegar a un acuerdo con Rut, la mujer a retratar, así como el tamaño.
-- Te repito que si no acertamos con lo que desea, no hay problema, salvo el tiempo empleado por ella en posar y yo en realizarlo. Ten en cuenta que un trabajo a veces es como un hijo, que tanto te identificas con lo que haces que, si te sale bien, lo que querrías es guardarlo en tu colección para contemplarlo y no tenerlo que entregar. Todo encargo te da la oportunidad de explorar lo que hay detrás de la apariencia, por eso nunca es trabajo perdido, aunque no te lo abonaran. Sólo pido que el cliente se avenga a posar con serenidad y que asuma la suficiente sinceridad de que si no progresa a su gusto lo diga y se abandona. Ya sobre la idea de lo trabajado decidirá el arista si le compensa seguir sin el modelo.
-- Creo que no es el caso. Posiblemente tú tengas mucha más experiencia, por lo que si te complace a ti, nos gustará a los demás.
-- El problema, Darío, te lo digo con confianza, es que la mayor parte de la gente no nos conocemos suficientemente. Una cosa es lo que somos para nosotros mismos y otra la realidad con que los demás nos reconocen. Puedes pensar que en unas sesiones el artista no puede descubrir cómo es una persona, pero lo que ocurre es que en el proceso de conocer bien la fisonomía humana cada rasgo refleja algo del interior, de modo que, cuando estás muy experimentado, el conjunto de esas caracterizaciones es lo que te permite componer una figura en la que sus formas se distancian de lo real para construir la imagen ideal, la que representa la idea que el artista capta, que es la única con la que puede hacer una creación sincera.
Darío en ese momento piensa que se pierde en seguir de lo que Armando pretende persuadirle. Él venía con la idea de que un retrato era algo sencillo, y con esas referencias a lo real y lo ideal piensa que no termina de entender si lo que Darío le propone es suficiente para comprometer a Rut. En cualquier caso, como su buena intención va por delante, le parece lo más correcto que ambos se entrevisten y sea Rut la que arriesgue, bien sabido que el compromiso que les ofrece Armando no les obliga a nada si quedan desencantados.
-- Yo soy ingeniero --sigue Darío-- y también me cuesta convencer a mis clientes, que suelen ser promotores de grandes constructoras o políticos, de las formas de diseño que más me atraen. Pero ahí no caben concesiones de abortar el proyecto a medio construir si no gusta, por lo que si quieres trabajar tienes que asumir ceder en todo menos en la seguridad. La diferencia creo que está en que el diseño de un puente, que es a lo que más me dedico, o gusta el boceto o  no, pero luego caben pocos matices. Por eso, con una buena presentación tenemos muchas posibilidades de convencer a los demás.
-- Nuestro trabajo es más directo, supone una relación persona-persona --sigue Armando-- y por eso ofrece más posibilidades de comunicación, pero también más difícil de convencer cuando lo que estás trabajando es un cuadro que el retratado va a tener toda su vida delante de sus ojos. Reconozco que es difícil convivir con algo que tú encargas para que sea una gratificación cada vez que lo miras, y que luego resulta todo lo contrario. Si la obra es un autorretrato no hay problema, porque si no te convence te quedas con lo que te ha costado hacer algo que no has conseguido lograr a plena satisfacción, pero siempre te sirve para haber aprendido, al menos para saber qué no debes repetir en un próximo trabajo. Algunos de estos cuadros que ves aquí en el estudio, sobrantes de exposiciones, precisamente no se han vendido porque no alcanzan la perfección que tenían que tener, pero para mí, que en algunos te ha costado tanto concebir lo que buscabas, nunca perderá el valor del esfuerzo empeñado.
Siguen hablando un rato sobre circunstancias de sus profesiones respectivas, comparando ventajas e inconvenientes de las distintas formas de contratación, relación con los clientes, fiscalidad, etc. Armando le comenta como ha ido progresando en la pintura, la dificultad para darse a conocer, como decidió salir de Chile para venirse a Europa, que para él ha supuesto un recomenzar, ya que aquí no se valora demasiado a los artistas de allá hasta que no triunfan acá. Darío le indica cómo ha podido introducirse en mercados internacionales, que le son rentables, porque puentes no se hacen tantos como él querría, y para conseguir que te adjudiquen un proyecto compites con consultoras técnicas de mucho prestigio que quieren monopolizar el mercado. Gracias a que a contactado con grupos empresariales de constructores, con los que llega a acuerdos de colaboración, va consiguiendo, además del beneficio económico del trabajo, lograr engrosar su curriculum de proyectos ejecutados con el que presentarse a concursos de posibles nuevos clientes. De una u otra manera, vienen a coincidir en que al artista se le perdona vivir como un incomprendido bohemio si su estilo no convence, mientras que al ingeniero si no triunfa se le denigra por su falta de capacidad.
Armando ha sacado unas cervezas, mientras las consumen Darío aborda el tema de los honorarios que importaría llevar adelante el encargo. Armando le indica una horquilla de precios según sea el tamaño del cuadro y el volumen de figura que elija. Llegan a un acuerdo en que lo mejor es un cuadro de tamaño discreto, y que el retrato se centre en el rostro de la mujer. En cualquier caso, Armando desea tener una entrevista con Rut para evaluar la disponibilidad de ella para posar, argumento que utiliza cuando lo que le interesa es conocerla en persona para evaluar las facilidades que su figura le puede ofrecer para trabajar sobre ella. A Darío el precio propuesto por el pintor para el tamaño que consideran ideal parece asequible, con lo que quedan de acuerdo en seguir en contacto y una vez entrevistados Rut y Armando acordar ratificar y programar el encargo.
 
 

CAPITULO  12

La abuela de Baké ha enfermado de neumonía. Tras unos días de tos y fiebre, en lo que Baké creía que se trataba de una ligera bronquitis, el médico a venido a la casa y ha diagnosticado la enfermedad, para cuyo tratamiento es necesario ingresarla en el hospital. Enseguida ha llamado a Darío para ponerle al corriente de la situación, y le ha comunicado que mientras su abuela esté hospitalizada no va a poder acudir a trabajar. Darío la pregunta si sabe, más o menos, cuántos días estará sin poder acudir a la casa, ella le contesta que depende de como evolucione su abuela, lo que el médico no se atreve a predecir por la avanzada edad de la misma. Baké, por darle una orientación, le dice que ella calcula que al menos en quince días no cree que salga del hospital. Darío le indica que no se preocupe por ellos, que ya se arreglarán, que lo importante es que su abuela se reponga y esté bien atendida.
Darío ese mismo día ha contactado con una agencia para que le envíen una empleada que vea la casa y pueda pactar con ella los horarios. Le han respondido que van a intentar enviarle una persona que se pueda incorporar el trabajo mañana mismo. Ha salido un poco antes del trabajo para llegar a casa antes que sus hijos, ponerles al corriente y preparar lo que hoy no ha podido hacer Baké. Cuando Gloria y Ana se enteran de la contrariedad de la abuela de Baké, les afecta bastante sentimentalmente, porque saben que una neumonía en una persona mayor se puede complicar, dicen que más tarde intentarán hablar con Baké, pero no comparten como una buena idea que venga una nueva empleada, porque ellas dos ya son mayores y pueden sustituir a Baké, al menos en lo fundamental y necesario para sobrevivir con dignidad. Darío les dice que ellas tienen que estudiar, que no se pueden distraer a fin de curso con nada más. Insiten, pero él se muestra determinativo; además, les hace saber, que ya ha concertado para mañana una entrevista con una empleada en una agencia especializada en trabajo temporal en el hogar.
Al día siguiente, la mujer que viene de parte de la agencia representa entre veinte y veinticinco años, bastante arreglada, con las uñas largas lacadas en color verde, pelo largo, entrada en carnes y ropa ceñida. A primera vista a Darío le parece que tiene más apariencia para trabajar en un bar de copas que en las labores domésticas, pero en esto confía más en el criterio de la agencia que de su prejuicio personal. La mujer, que se llama Alina, dice ser de nacionalidad colombiana, que tiene experiencia anterior en trabajos domésticos y que le interesa el trabajo siempre que tenga una jornada de no más de seis horas y los fines de semana libre. Visita la casa, la que considera muy grande para atender una sola persona, más cuando Darío le indica que son cinco en casa y no está la señora. Él, ante una visión tan negativa, le dice cómo Baké lleva años ella sola atendiendo el hogar a plena satisfacción de ellos, y parece que también del suyo, porque si no se hubiera ido. Darío le indica que sus hijos son ordenados, que se arreglan sus cuartos y que están bastante disciplicados a comer lo que les pongan sin aspavientos. Él cree que no va a encontrar una mujer como Baké, pero para unas semanas le basta con que haga lo imprescindible, siendo lo importante que se quede desde hoy o mañana. A pesar de los peros, como a Alina le interesa mantener su relación con la agencia dice que acepta el trabajo y atenderá lo más que le dé tiempo. Hoy no puede quedarse porque tenía un compromiso, pero mañana se incorporará por la mañana a las nueve y media.

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Cuando han pasado diez días de trabajo, Darío se da cuenta que Alina no se hace con las tareas de la casa. Deja cosas por hacer y las que hace la desmerecen. O no tiene actitudes para trabajar en una casa grande, o no pone el debido interés sabiendo que es un empleo tan provisional. Hay días que llega tarde a trabajar, cocina mal, no plancha a tiempo la ropa porque dice que no le da tiempo, limpia por encima porque dice que en esta casa hay tanto que lavar y planchar que no le da tiempo ni a lo uno ni a lo otro. Gloria cada día se enfada porque las cosas están mal hechas, y culpa a su padre por no haberlas hecho caso, pues lo que ha ocurrrido ya ellas lo preveían.
Aunque la abuela de Baké se ha recuperado bastante, todavía sigue en el hospital, aunque puede levantarse y pasear por el pasillo de la plata. Darío se acerca a visitarlas, como hace cada dos o tres días, y cuando Baké sale a compañarle para despedirle hasta el ascensor él le propone si podría a partir del lunes proximo ir a atender la casa tres o cuatro horas cada día, y que para atender a la abuela en ese tiempo le busca una auxiliar que la acompañe durante esas horas. También le ofrece que la abuela se traslade cuando la den el alta a la casa de ellos, para estar vigilada todo el día, hasta que como antes se pueda valer sola. Baké le responde que ambas cosas las consultará con su abuela, la primera la ve más factible, porque también ella tiene ganas de salir del hospital, y esas horas al día le vendrían más como un alivio que como un trabajo; respecto a trasladar a la abuela cree que no lo va a aceptar, porque aunque ella es un mujer de avanzada edad, no por eso deja de considerarse muy independiente y no le resultará cómodo estar en casa de desconocidos.
Cuando regresa a casa, Darío a la hora de la cena les cuenta a sus hijos lo que le ha propuesto a Baké, porque está un poco harto de las continuas quejas de Gloria al trabajo de Alina. África dice que ella quiere que la abuela venga a casa, para que les cuente historias de África. Incluso llama por teléfono a Baké para decirla que ella quiere pasarse por el hospital, hacerse amiga de la abuela, y así ya no estará entre desconocidos. En la conversación telefónica Baké le contesta que no sabe si la dejarán pasar al hospital, pero que de todos modos ella se lo dirá a su abuela para que lo tenga en consideración.
Cuando Baké la consulta, la abuela le urge a su nieta que les agradezca mucho que le ofrezcan su casa, pero que en cuanto le den al alta en el hospital ella vuelve a su casa, que es lo que está deseando: irse al rincón donde le gusta estar; además que ya sin fiebre podrá retomar sin dificultad todo su modo de vivir, como antes, sin incordiar a nadie. La abuela anima a Baké a que se vaya a trabajar todas las horas que sea, incluso el día completo, como antes, no sea que los señores se puedan contrariar y pierda el trabajo. Baké le explica que lo que ocurre es todo lo contrario, que son los de la casa quienes le han propuesto que se fueran las dos a vivir allí unas semanas, precisamente porque la consideran insustituible. La abuela, no obstante lo que ella dice, le insiste de que no hay nadie insustituible, todo es cuestión de dar con otra persona en más o menos tiempo.
A los pocos días de que Baké empezara a ir la casa de los Suances por las mañanas, a la abuela le dan el alta, y como está muy recuperada Baké a partir del día siguiente retoma casi su horario normal, ahora se va unas horas antes por la tarde para que le dé tiempo a hacer la compra para ella y su abuela, pues no quiere que salga aún de casa. Los chicos hacen un plan de repartir  encargos de lo que no le da tiempo a hacer a Baké, para que cuando su padre regrese a casa no tenga que preocuparse de nada. Gloria le dice a su padre que se dé cuenta de que ya son mayores, que incluso los lunes puede retomar su costumbre de hacer sus planes de noche en el trabajo y salir por ahí atendiendo sus compromisos. Ella le recuerda que, al fin y al cabo, están conectados por el teléfono para cualquier emergencia. Darío se opone, pero al mismo tiempo piensa que tampoco es justo que sea Rut quien pague las consecuencias de las enfermedades de los demás. Llevan ya tres semanas que se ven a salto de mata y a él, y supone que a ella, el cuerpo les pide volver a sus rutinas de pareja.
En cuanto su abuela está mejor, Baké se ofrece a quedarse los lunes, como siempre, sabiendo que es algo que le ofrece a Darío como devolviéndole el favor de su trato exquisito. Por otro lado, eso desencanta a los chicos, que se habían hecho a la idea de quedarse hasta tarde oyendo música, viendo películas o trasgrediendo cualquier otra rutina; o sea, una noche a la semana de libertad.
 
 

CAPITULO  13

Entre la correspondencia que le ha dejado sobre la mesa León, Darío ha encontrado un tarjetón de Armando en el que les indica que con motivo de la inauguración de su casa-estudio va a dar una pequeña recepción, a la que cuenta con la asistencia al completo de sus vecinos y amigos. Durante la cena lo comenta con sus hijos, y a todos les apetece ir, pero Darío les corrige diciendo que, en su opinión, son demasiados para presentarse, sin saber quienes van a ser las demás personas que acudan. La opinión del padre es la de ir él y las dos mayores, pero los pequeños reclaman su derecho ya que es Armando y no Darío el que organiza e invita. Esto habría quedado así, si no hubiera sido porque el mismo Armando, cruzándose en la puerta con los chicos que volvían de la escuela, les recuerda que cuenta con todos ellos para que conozcan su casa. A partir de ese momento Darío tiene que ceder, porque en caso contrario los dos pequeños dicen que piensan decirle a Armando de qué modo han sido postergados. También pesa en contra de Darío el que las dos mayores, habiendo sido testigos del recordatorio directo a los pequeños para que acudan, han reconsiderado su posición y se muestran favorables a que vayan todos. Al fin, como están al lado, Darío acepta que pasen todos, pero que tras tomar un refresco si procede, se vuelvan los pequeños si no hay otros niños entre los invitados.
El viernes a las siete de la tarde, la fecha y hora de la invitación, Gloria está a la expectativa mirando desde la ventana de su habitación para ver si llega algún otro vecino conocido. Hace un rato ha entrado un coche del que se han apeado tres personas de la edad de Armando, y en este momento otras dos mujeres, que seguramente han estacionado en el exterior entran caminando por la puerta de la parcela. Cuando pasan diez minutos de la hora indicada Gloria les urge a los demás a terminar de arreglarse y pasar a casa de Armando, lo que hacen pocos minutos después.
En el porche la puerta de acceso a la casa está abierta de par en par, y cuando pasan al vestíbulo Armando, que les ve llegar desde el salón donde está hablando en un corro con otras cinco personas, se dirige hacia ellos a saludarles.
-- Bienvenidos. Qué alegría veros aquí, ahora que por fin ya tengo la casa algo digna para acogeros.
-- Está fantástica --le reconoce Darío.
-- Algún detalle queda por concluir. Además ya sabes que las paredes se vuelven entrañables por los detalles que les añaden sentimiento.
-- Pero tú, que la has decorado con tanta originalidad, seguro que ya en ello te reconoces.
-- Os voy presentar unos amigos, y os la enseño como ha quedado. ¿Habíais estado en la vivienda antes?
-- Hace años la ocupó un abogado y estuvimos de visita algunas veces --le responde Darío--. Ya el otro día aprecié la diferencia.
-- Es que ahora todo está nuevo.
Pasan al salón y Armando les presenta a las personas presentes, dos compatriotas chilenos, la esposa de uno de ellos y dos mujeres dueñas de un estudio de fotografía de Montvert, a quienes Darío conocía de haberles encargado hace años un reportaje de las maquetas de puentes que conservaba en su oficina. Tras ello, les acompaña por las distintas estancias de la casa: salón, habitación de huéspedes con un estar anexo, zonas de servicio, escalera, y en el planta superior, accediendo desde el distribuidor, el estudio con la antigua terraza acristalada incorporada, un despacho, la habitación de Armando y otro dormitorio pequeño; en la planta segunda dos pequeños dormitorios abuhardillados con su aseo. Darío quiere recordar que la configuración de la casa se ha mantenido en lo esencial como antes, con el cambio de la incorporación de la antigua terraza cubierta que da hacia la entrada para conseguir una estancia amplia y bien iluminada como local de trabajo.
Tras un ratode conversación con unos y otros, mientras han llegado bastantes invitados, como la celebración ha reunido fundamentalmente a amigos personales de Armando y gente vinculada al pequeño mundo del arte de Montvert, Darío decide retirarse a casa, lo que hace con sus dos hijos más pequeños, ya que Ana ha encontrado entre los asistentes a una compañera de clase, hija de un galerista, y ellas con otros jóvenes y Gloria están charlando animadamente sobre los cuadros que tiene Armando colgados en las paredes de la casa. En el transcurso de esa conversación Ana les comenta su pretensión de tras graduarse en secundaria ir a estudiar como artista al Liceo Superior de Arte Dramático. Otro de los chicos comenta que toca en una banda el bajo y acompaña también a veces con la voz, además del bachiller estudia en el conservatorio de música solfeo y piano. Ana se sorprende de que le quede tiempo para compatibilizar esas cosas, pues ella con las clases de secundaria y el taller de teatro se siente a veces agobiada. En un momento se han separado algo del grupo y se entretienen comentando entre los dos:
-- No sé como puedes hacer todas esas cosa al mismo tiempo --le pregunta Ana--.
-- Es cuestión de que cada una de esas cosas te guste tanto como para no abandonarla.
-- Y te queda tiempo para estudiar.
-- Es que mis padres si no saco los estudios no me pagan el conservatorio. Lo de tocar el bajo en el grupo es realmente una forma de relajarme.
-- ¿Pero os tendréis que juntar para ensayar?
-- Cada uno ensaya su instrumento aparte, nos juntamos la tarde de los viernes hasta tarde en el garaje de la casa de uno. Cuando sale la oportunidad tocamos en alguna reunión. Lo pasamos tan bien, que ninguno falla, ni siquiera en exámenes.
-- A mi padre no le interesa mucho lo que yo hago en el taller dramático. Se lo toma como si fuera un juego de niños. Pero a mí me gusta porque creo que me prepara para cuando valla dentro de dos años al Liceo tener alguna pequeña experiencia. Mi madre esta en Roma trabajando de actriz en el cine. Tiene tanto trabajo que viene poco por aquí --Ana nunca dice a sus amigos que su madre no viene nunca a Montvert--. Yo creo que he heredado su talento, porque me dicen que me parezco a ella en el temperamento.
-- ¿Ha actuado en alguna película que sea muy conocida?
-- Creo que está con varias cosas, pero como viaja para rodar en otros países, las últimas películas no se han estrenado aquí.
-- Es interesante este mundo del arte. Pero yo me inclino a estudiar como profesión historiador. Luego dedicarme a dar clases en el instituto o en la universidad, y seguír en la música como aficionado, porque así eres libre de disfrutarlo sin que tengas que depender de qué haces para ganar dinero y sobrevivir.
-- Pues yo a Armando le encuentro que tiene una vida muy interesante: Pinta lo que quiere, organiza su tiempo, un trabajo que le permite, si le interesa, cambiar de ciudad. Nosotras vivimos ahí enfrente, y le conocemos desde hace unas pocas semanas, pero me da la impresión que es una persona que además de que su trabajo le hace feliz, gana bastante dinero. ¿Qué más le puedes pedir al futuro?
-- Pero si yo fuera músico profesional me parece que tendría que estar en una banda o una orquesta dependiendo de lo que haga el grupo, o compaginar una cosa y otra, porque no todas las personas consiguen una buena promoción. Me parece que el mundo de la música es bastante duro y que hay mucha competencia. Yo me quedo con que siga siendo una afición y así ser plenamente libre de hacer lo que me apetezca.
Su compañera de clase se les acerca, les dice que quieren que los dos opinen en una discusión sobre el significado que puede tener un cuadro de los que Armando tiene colgado sobre una pared del salón. Su amiga, el padre de ésta, Gloria y otras tres personas están discutiendo sobre si un cuadro que representa el interior de un tubo con perforaciones laterales por donde pasa la luz expresa sensación del enclaustramiento anímico o de la salida a la angustia de la soledad. Están empatados en opiniones contrarias, tres para tres, cada una con sus respectivos matices, pero como les parece tan curioso que puedan sentir ese efecto tan distinto, han acudido a que Ana y el chico con quien habla, José, desagan ese empate, lo que no consiguen porque para Ana predomina la sensación de angustia, por prevalecer el mensaje del tubo como espacio cerrado, sin embargo para José las perforaciones a un espacio exterior por donde  pasa la luz y el sol supone que comunica el recurso de optimismo a salir de sí porque hay más que el espacio en el que cada uno se encierra.
Cuando empieza a oscurecer, una empresa de catering sirve una sencilla cena fría, en un breve espacio de tiempo instalan en el porche unas mesas y desde una furgoneta equipada estacionada en la entrada al garaje sirven a los asistentes que han permanecido hasta esa hora. De alguna manera es una pequeña sorpresa para muchos de los invitados, pues en la invitación no constaba que hubiera cena. Armando lo ha organizado así para no presionar a ninguno de sus invitados, de modo que, adaptándose cada cual a su horario, los que no han tenido que retirarse puedan conpartir ese rato con él. En torno a las mesas se aproxima el contacto entre los grupos de invitados que anteriormente habían estado un poco disgregados por la casa. Armando facilita la comunicación de unos con los otros, apareciendo las conexiones que en una ciudad de tamaño medio como Montvert es lógico que se den: amigos y conocidos comunes, coincidencias profesionales, padres con hijos en los mismos centros escolares, quienes frecuentan y los que han dejado de frecuentar un mismo local de ocio, quienes se han visto en un centro religioso... No obstante, el punto común de la conversación es la relación que a cada uno le une con Armando, por lo que están compartiendo la novedad de su establecimiento en la ciudad. Gloria y Ana se encuentran muy cómodas en la conversación con los demás, porque se ha creado entre todos una gran familiaridad, a pesar de que por la apariencia se podría pensar lo contrario, pues unos vienen arreglados como para un acto muy formal y otros se han puesto ropa de sport. Al final algunos intercambian tarjetas, teléfonos o correos.

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Al llegar a su casa, Darío se alegra de que sus hijas se lo hayan pasado bien. Al fin y al cabo tener un buen vecino es siempre una buena noticia. Las chicas se juntan a hablar en la habitación de Gloria. Comentan lo bueno que ha sido que hubiera gente joven, y que conocer gente nueva en Montvert es interesante, pues ellas fuera del instituto apenas tienen relaciones más que con algunos vecinos, no muchos, porque los padres tienen muy controladas las salidas y las compañías de los jóvenes, especialmente de las chicas, que en esto se sienten discriminadas. Ese control de los padres la mayoría de los chicos y chicas lo compensan con una mayor relación virtual, con la que comparten conversación, fotos, experiencias, ilusiones, secretos... que escapan inevitablemente a la fiscalización paterna, porque los jóvenes necesitan marcar su propia identidad como parte esencial del proceso de su paso a la independencia. Ese suele ser uno de los temas de la conversación de Gloria con Ana, en las que la menor indaga en las muestras de madurez que va percibiendo en los comportamientos de su hermana, y ésta le va enseñando cómo conseguir espacios de libertad e independencia dentro del estricto control que su padre ejerce sobre ellas. En su conversación de hoy no dejan de tener un rato para la crítica del nuevo vecino, de quien aunque comparten una buena opinión no dejan de estar un poco intrigadas por detalles de su personalidad, que le configuran como algo enigmático y al tiempo interesante. Ser artista, vivir solo, estar soltero, buenas relaciones, buen comunicador, haber recorrido mundo... Todas esas cosas, especialmente a Ana, no dejan de sorprenderle ya que prácticamente la totalidad de las familias con las que mantiene contacto son hombres casados y con hijos, con su trabajo estable, que viajan de vacaciones pero no cambian de residencia, o sea, en general personas tradicionales con las que la personalidad de Armando, sin romper, deja transparentar una cierta distancia vital. Gloria difiere de Ana de que el trabajo de Armando pueda ser considerado más interesante que el de su padre, pues él construye infraestructuras que son útiles para la sociedad, en contra de los cuadros de Armando que ofrecen satisfacciones personales a individuos aislados. Por eso el reconocimiento social, añade, que a veces se da a la pintura y el precio desproporcionado que llegan a alcanzar algunas obras en las subastas son más bien signos negativos que positivos de la calidad de la sociedad que formamos. Ana no puede sino reconocerle el interés social del trabajo de papá y el deplorable mercadeo que a veces rodea al arte, pero lo que ella defiende es que el arte, cualquiera que sea, lo que hace es animar a la sicología de las personas a reconocerse como seres sensibles, de ahí que el que haya personas especialmente animadoras de la sociedad con su creatividad ayuda a que luego toda la sociedad sea más humana, contando entre ello el que se dediquen con más alegría a su trabajo, sea el que sea.
En las conversaciones discuten con frecuencia intentando hacer valer sus puntos de vista, pero cada hermana, una vez que concluyen de hablar, acostumbra a pensar sobre la opinión de la otra considerando que en algo tiene razón.
 
 

CAPITULO  14

Una vez que el precio del retrato presupuestado por Armando le ha parecido aceptable a Darío, éste se lo comenta a Rut para que ella le dé el conforme o los reparos. Para ello le propone concertar una entrevista de ella con Armando --Darío prefiere no estar presente-- para que se pongan libremente de acuerdo en los pormenores del posado.
Rut llama a Armando por teléfono, se presenta y queda con él en pasarse por el estudio al día siguiente por la mañana, día en que trabaja de turno de tarde en el hospital.
Al día siguiente, Rut aparca su coche frente a la entrada de la casa-estudio de Armando. Reconoce que es la casa que está al lado de la de Darío, pues aunque ella nunca le ha pedido su dirección ni ha ido a visitarle en su casa, no por ello ha dejado de investigar entre los conocidos comunes dónde él vive. Esa curiosidad ahora le revela que el pintor es el vecino de él, lo que le parece por una parte lógico y por otra le entra la duda de si Darío le ha elegido por amistad o por su reputación profesional. Mientras considera esas cosas se acerca a la puerta y llama al vídeo portero.
-- Sí, quien es --le responde una voz varón.
-- Tengo una cita con Armando Sanchino para un trabajo.
-- Soy yo Armando. Rut, ¿verdad?
-- Sí soy Rut.
-- Le abro.
Salta el pestillo de la puerta de acceso de la valla, y ella pasa y continúa caminando hacia donde advierte que está la entrada principal del edificio. Antes que ella alcance el porche, se abre la puerta y aparece un hombre vestido un tanto informal, con unos pantalones sueltos con algunas manchas de pintura y una camiseta de manga larga, también amplia, con un logo en favor de la paz.
-- Buen día --saluda Armando.
-- Hola --contesta Rut, que le tiende su mano-- encantada de conocerle.
-- Pase. Estoy un poco impresentable, pero este oficio nos obliga a trabajar así.
-- Lógico.
-- Quizá es mejor que hablemos en el estudio, así conoce el espacio donde tendría que posar. Huele un poco a pintura, pero es inevitable. Por la escalera, en la planta primera.
La fisonomía de Armando causa en Rut una buena impresión. Darío no le había descrito ningún rasgo físico de Armando, pero la figura del pintor no se corresponde con la imaginada por ella, como suele pasar cuando no existen fundamentos para esa imagen. De este modo, la presencia de Armando gana puntos: Apariencia de edad interesante para un señor, cuerpo moderadamente atlético, piel morena, pelo canoso pero poblado, mueca alegre, mirada sincera, movimiento espontáneo, tono de voz grave, habla reposada. Aunque en la relación entre Darío y ella no han entrado los amigos de cada parte, salvo las presentaciones y los saludos de cortesía por la calle o en algún evento, sobre este hombre ella nunca le había oído comentar nada, por lo que decide interrogarle discretamente para averiguar algo sobre él.
-- Si es usted de aquí, nunca nos hemos visto.
-- Acabo de instalarme en la ciudad hace un mes. Yo soy de Chile, y llevo varios años en Europa trabajando.
-- Ya me extrañaba a mí que siendo conocido de Darío, nunca hubiéramos coincidido en alguno de los acontecimientos de por aquí.
-- Imposible, además en ente mes no he tenido otra ocupación que disponer habitable la casa y el estudio.
-- Le ha quedado muy agradable. La verdad es que esta zona, con la del sur de la playa, son las mejores para vivir.
Mientras, pasan el hall, suben por las escaleras y llegan al estudio. A Rut le llama la atención tanto cuadro sobre las paredes. Nota que está en el estudio de un buen profesional, lo que no había podido confirmar en las indagaciones que había hecho el día anterior sobre él, salvo las referencias que había encontrado en internet sobre algunas exposiciones. Ahora, cuando Armando le ha comunicado que acaba de llegar a Montvert, lo entiende. Él le ofrece asiento en un par de butacas cerca de la entrada de la sala, que dominan la vista del resto del estudio. Armando toma la palabra.
-- Me trasladó el señor Suances su interés en tener un retrato. Llegamos a la conclusión de que preferiblemente fuera del rostro. No sé si lo han concretado entre ustedes así, o si le parece indagar otras posibilidades.
-- Me inclino por ello, porque no quiero un lienzo grande. Más o menos como ese, dice señalando a un cuadro colgado en la pared que representa una naturaleza muerta.
-- Perfecto, aunque para figura me inclino hacia un formato rectangular vertical, no cuadrado como ese.
-- Sólo me refería al tamaño --añade Rut.
-- Últimamente he realizado varios retratos de rostro, marcando mucho los rasgos. Le voy a dejar algunas fotografías para que vea. --Armando toma una tableta, busca en la programación durante unos segundos, y le muestra a Rut--. Puede ir pasando, creo que hay cinco como le indico. --Rut observa los retratos y le parecen bonitos, con color, como ella desea, en casi todos aprecia lo destacada que queda la mirada y el gesto de los labios--. Me parece bien, aunque no sé si yo doy para hacer tan buenos trabajos.
-- Esa es una de mis responsabilidades. Para mí lo importante no es que quede bonito, sino que realmente refleje la personalidad de la persona. Que cada cliente se reconozca en la pintura por como cree que es, como se ve en el espejo, aunque no siempre que nos miramos estamos presentables.
-- ¿Cuantas días calcula usted que tendré que venir a posar?
-- Depende de como se dé. A veces la inspiración ofrece malas pasadas. Lo normal suelen ser cuatro o cinco sesiones, de unas dos horas de posado real. Hay quien aguanta más tiempo seguido, y quien precisa algún descansillo.
-- ¿Cree usted, que valdré para posar? Soy un poco nerviosa.
-- La mayoría de la gente cree que esto es complicado, pero no lo es. En los cuadros clásicos quizá se exigiera más inmovilidad. Hoy nos apoyamos también en un bloque de fotografías, y lo especial es que como lo que yo busco es el ser de la persona, ello está más en los rasgos que se aprecian cuando se habla, tanto por lo que se dice como de qué manera se expresa; la forma de moverse, las respuestas de los rasgos del rostro a una pregunta; ya mismo la estoy estudiando a usted, no se sienta ofendida, me voy figurando cómo va a quedar. Así que lo único importante para posar es ser uno mismo, estar relajado y no juzgar el trabajo hasta el final. Lo que sí es importante es mantener el maquillaje y el peinado lo más igual durante todas las sesiones.
-- No se preocupe, no soy de las que gustan de cambiar de look cada día.
-- Durante las sesiones podemos hablar un poco, no todo el rato hay que estar quieto.
Armando ya está viendo cómo va a tratar su trabajo. Le gusta la forma de ser y la expresividad de Rut. Cree que hay materia para obtener un buen resultado, eso no siempre se aprecia en los primeros momentos.
-- Lo que sí es importante --sigue Armando-- es posar a las mismas horas en todas las sesiones, para aprovechar la tonalidad de la luz. Tendríamos que hacerlo por las mañanas ¿qué tal le viene?
-- Las sesiones las podemos distanciar como siete días.
-- Sin problema.
-- En ese caso podré venir siempre de mañana, pues aprovecharé, sin es posible los días que libro. Como trabajo en un hospital, libro casi siempre entre semana, así que por eso no existe inconveniente.
Aunque a Armando le medio intriga la relación que habrá entre Darío y Rut, él no hace ningún un intento de averiguación. Puede que sea una vinculación profesional, familiar o sentimental, pero no se va a parar a descubrirlo salvo si ella lo comenta en el tiempo que van a compartir, que por experiencia sabe que hay quien habla demasiado, y quien se da cuenta y quien no.
Acuerdan el día para la primera sesión y que irán concretando los siguientes. Hablan algo más, se despiden, se intercambian los teléfonos para estar en contacto, y Rut se va para casa contenta de haber conocido a un hombre tan cordial.

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Durante la tercera sesión en la que Rut posa, Ana llama al timbre de la casa de Armando. Viene para devolver un libro que le había prestado, hoy que no es día lectivo en el instituto por ser el día del estudiante. Armando atiende el videoportero, le dice que pase y le abre la puerta. Ella sube al estudio encontrándose con Armando en la puerta, al tiempo que percibe que está haciendo un retrato al natural. Le pregunta si puede pasar a contemplarlo un momento, se para un momento ante al cuadro y con total naturalidad lo califica de que está quedando genial, lo que les hace reír a Armando y Rut. Él hace la correspondiente presentación como la vecina de la casa de enfrente, por lo que Rut intuye que es una de las hijas de Darío. Ana les pregunta si se puede quedar un ratito para ver cómo se hace esa maravilla de pintura. Armando la responde que quien tiene la palabra es la señora, interviniendo Rut para decir que a ella no le molesta en absoluto. Ahí pasa unos diez minutos absorta en contemplar como el pincel en la mano de Armando va de la paleta al lienzo trabajando las sombras del rostro del medio contraluz en que Rut está situada próxima a la ventana. En un momento en que tiene que reponer pintura del tubo, Ana se despide diciendo que ahora comprende el valor de los pintores que tiene que estudiar en historia del arte. Armando le recuerda que cierre bien la puerta al salir, Rut añade que le encanta haberla conocido, y que por ella puede volver a ver y aprender de Armando los días que le quedan de posar. Rut considera agradable tener cara a quien poner cuando Darío le hable de los problemas de sus hijas, para lo que con una pregunta superdiscreta, como dándolo por sabido, confirma de Armando que ella es hija de Darío.
Rut le pregunta a Armando si está posando bien, a lo que éste responde preguntándola si se cansa de estar un rato en la misma postura, pues hoy al empecer la ha encarecido que no se moviera mucho para reflejar las sombras del rostro en el menor tiempo posible a fin de que no varíen de acuerdo al movimiento y la intensidad del sol. Rut le confirma que no tiene problema para permanecer quieta, que en contra de lo que creía no se le hace costoso.

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En la comida Ana comenta que cuando ha pasado a casa de Armando a devolver el libre de arte que le había prestado para hacer un trabajo se ha encontrado con que estaba haciendo un retrato al natural a una señora. Opina que parece mentira que pinceladita a pinceladita se logre reproducir con tanta fuerza la figura de una persona. Lo que más le ha llamado la atención: cómo Armando logra reflejar el efecto de las sombras combinando unos colores con otros, cuando ella siempre había pensado que las sombras se lograban sólo con gris.
Darío no hace ningún comentario respecto a lo que cuenta Ana del estudio de Armando, pero le pregunta a Ana:
-- Te gustaría a tí aprender a pintar.
-- Creo que no tendría paciencia para conseguir esos efectos.
-- Eso es lo que hay que aprender, como en todas las habilidades. Cuando se logra un poco de oficio ya las cosas no cuestan tanto, porque se aprecia la recompensa del esfuerzo empleado.
-- Por otro lado, me parece un arte muy poco sociable. Te encierras en tu taller y te pasas horas y horas en soledad con la única compañía de tu lienzo.
-- Puedes poner música para acompañarte --interviene León.
-- Pero no dejas de estar sólo.
-- En eso tienes razón, debe ser un oficio muy solitario, pero es la forma de conseguir la mejor concentración --dice Gloria--. Eso les debe pasar también a los escritores, a los escultores, a los que diseñan los juegos de internet, a los músicos..., hace un breve silencio y rectifica, los músicos si tocan en bandas sí que lo hacen acompañados.
-- Como en los festivales --apunta África--. Miles de personas conectadas y cantando con ellos.
-- O sea, que no quieres dedicarte a la pintura --reconduce el tema Darío.
-- Ya sabéis que mi proyecto es seguir los pasos de mamá. Por eso me apunté al taller dramático en el instituto. Yo de mayor, voy a ser artista de cine y teatro. Ese arte me atrae, porque  se practica en grupo y para que disfrute mucha gente.
 
 

CAPITULO  15

África se ha enterado de que en una de las salas de los cines Medianoche, que están ubicados en un centro comercial situado a la salida norte de Montvert, la semana próxima han programado una película que su madre nombró en una de las cartas del año anterior, como en la que estaba trabajando en ese momento. Desde que lo sabe, no deja de insistir a su padre que tienen que ir a verla, lo que sus tres hermanos apoyan unánimemente. En la cena Darío ha sacado la carta que guardaba de Marina y han podido comprobar que el nombre de la película es exactamente el que viene en la programación de los cines, concretamente anunciada su proyección en la sala 3. Como la película no tiene restricción de edad, Darío no puede negarse a que sus hijos cumplan su deseo, pero, como la sesión es de tarde y él alega que tiene bastante trabajo en esa semana, propone que sea Baké la que los acompañe, indicando que cojan un taxi al salir de las clases y  que él se pasará a recogerles por el centro comercial al salir del trabajo. Cuadrando los horarios de las salidas de clase con el de los días en que Ana tiene taller de arte dramático, acuerdan que el día mejor para ir es el miércoles. A baké le hubiera venido mejor el lunes, pero para no variar ese planteamiento de Darío en ir a recogerles, acepta el día propuesto pensando que Darío la puede acercar hasta su casa.
Aunque los cuatro hijos se muestran intrigados en el papel que pueda desempeñar Marina en el filme, son África y León los que están más entusiasmados, porque son los que menos recuerdan la fisonomía y el modo de ser de su madre. En especial África cada día de los que van pasando hasta el miércoles, cuando su padre sube a su habitación a darle las buenas noches, le pregunta sobre si no se acuerda que su madre le contara algo del argumento de la película. Darío le insiste de que sabe lo que dice la carta, de la que es ella la que tan bien se acuerda, y que Marina no acostumbraba a comentar nada más que estaba interviniendo en el rodaje.
-- ¿Pero por teléfono nunca te comentó nada del tema que trataba la película?
-- Ya te digo, sé lo que tú.
-- Creo que será una película romántica, o de intriga, en la que la actriz ejerza un papel determinante.
-- Pero en un mismo filme intervienen muchas actrices, no vayas a pensar que trabaja sólo tu madre.
-- Como en todas habrá también otras, pero para mí solo voy a tener ojos para ella. ¿Tú has visto alguna de sus películas?
-- Pocas, porque ya sabes que a mí no me entusiasma el cine.
-- Pero si actúa mamá ya hay un motivo para ir, aunque no te agrade.
-- El problema es que el sonido tan alto de las salas me afecta al oído. Además, a tu madre no le agradaba que juzgara su trabajo, así que lo mejor era fastidiarme sin verlas, porque si no ¿cómo no vas a comentar con ella lo que te parece? Entre esos motivos y que vosotros erais demasiado pequeños, yo me quedaba en casa con vosotros y ella iba con sus amigas a ver las películas.
África se quedó un poco decepcionada con esa respuesta de su padre, que distaba tanto de la inquietud que ella tenía por dentro de acudir a ver cualquier trabajo de su madre. En algunas cosas percibía que sus padres no eran tan normales como los de otras de sus amigas.
Llegado el miércoles por la mañana quedan con Baké que después de clase les da tiempo a venir a casa y cambiarse, ya que no quieren ir al cine con la ropa de estudiante, sino ponerse un poco elegantes. Baké les ayuda a elegir qué ponerse a los pequeños, que son los que tienen más dudas, pues piensan que la película a la que van no es una más de las que ven con frecuencia, sino que debe tratarse de algo más relevante. En su porte influye en que han hablado entre ellos viniendo de la escuela de que incluso puede ser que alguien les reconozca en el cine como los hijos de la actriz, y se acerquen a felicitarles; aunque no saben a ciencia cierta si alguien en la ciudad conoce la actividad profesional de su madre. Al llegar a casa le preguntan a Baké, y ella les dice que su madre llevó siempre con gran discreción su profesión. Les recuerda que los años que ella la ha conocido, le parece que trabajó poco, porque como ellos eran pequeños no se le hacía compatible atenderlos y rodar. En esa conversación Gloria añade de que incluso los artistas a veces se cambian de nombre artístico, por lo que pasan más desapercibidos entre la gente de su entorno. Ana interviene poco en la conversación, su semblante parece que presagia una cierta decepción, o al menos, que no se hace muchas ilusiones de la importancia de la película y del trabajo de su madre.
En la sala de cine no hay mucha gente para ver la película, medio aforo como muchos, por lo que han podido coger buen sitio. A Baké la han colocado en medio de África y León, en el extremo que da al pasillo siguen Ana y Gloria. Los pequeños quieren estar el lado de Baké para que les indique cual es su madre, cuando salga a escena, ya que no se fían de que los dos mayores la reconozcan, aunque dicen que se acuerdan bien de ella, lo que no impide que con la caracterización y el maquillaje puedan equivocarse. Van transcurriendo escenas, y cada vez que aparece una nueva mujer se apresuran a preguntarle a Baké si es ella, a lo que ésta responde que no se preocupen, que ella les avisa cuando la reconozca. Gloria se encuentra algo violenta por los cuchicheos de sus hermanos, y les llama la atención. Baké les coge las manos a los pequeños y les dice que cuando apriete es que quien aparece en escena es su madre. Los minutos pasan y no hay novedad. La película trata sobre la discusión de derechos a una herencia entre las tres mujeres y los cuatro hijos de un hombre que ha aparecido muerto sin que se haya podido a ciencia cierta determinar la causa, por lo que a la ambición de la herencia se une la sospecha de cada uno sobre los demás. El filme se hace un poco tedioso para los chicos, aunque la trama esté bien urdida, en cuanto que de los protagonistas que van entrando en escena ninguno es su madre. A media película África y León sienten que Baké les aprieta la mano en el momento que en una escena que se desarrolla en la habitación de un hotel entra una empleada del servicio de habitaciones trayendo el carro con la comida. Los chicos miran a la pantalla y a Baké, preguntándola si es su madre, lo que ella les confirma. La escena es breve, pues tras cruzar las palabras protocolarias del servicio, la empleada se retira de la habitación. Aunque los chicos esperan que al menos vuelva para retirar el servicio, teniendo en esa aparición mayor protagonismo, esa escena no se da, de modo que perdida la esperanza de verla más aguantan desencantados hasta el final de la película.
A la salida esperan a Darío tomando una hamburguesa, esforzándose Baké en suplir el desengaño de los cuatro con todas las posibles consideraciones que se le ocurren.
-- Eso les pasa a muchos artistas, a veces les contratan para papeles importantes y otras para actuaciones de reparto con mayor o menos trascendencia. Se hace de todo, porque incluso aunque en una película tengas un papel irrelevante te facilita a veces entrar en relación con quien luego te allana el camino para mejores trabajos.
-- ¿Y tú cómo lo sabes si nunca has sido actriz? --le pregunta Ana a Baké.
-- Porque pasa lo mismo en cualquier trabajo. Tengo experiencia de que en el trabajo del hogar tienes que ir mostrando tus habilidades, que es lo que hace que de boca en boca te puedan llamar de otro sitio mejor. Eso ocurre incluso en los deportes, si uno no tiene la oportunidad de mostrar cómo juega ¿quién le va a seleccionar? A veces se comienza jugando pocos minutos durante un encuentro, y tras otro y otro resulta que ya cuenta el entrenador contigo con una cierta regularidad, de ahí se pasa a que seas titular y luego imprescindible. Todo lo posterior no se habría producido sin los primeros pasos.
-- Pero mamá lleva ya tiempo. Se merece papeles de más responsabilidad --es Gloria quien interviene.
-- Puede que aquí no lleguen todas sus mejores interpretaciones.
-- Por lo que nos dijo en la carta parecía que se trataba de algo destacado, y luego esto --añade África.
En ese momento entra Darío por la puerta del local. Viene algo apresurado, ya que se ha retrasado de la hora prevista, y está un poco preocupado porque no quiere que por su culpa se pudiera impacientar la abuela de Baké.
-- Me he retrasado un poco.
-- No importa --sonríe Baké--. Nos hemos tomado una hamburguesa y estamos hablando sobre el trabajo de Marina.
-- Que ha sido insignificante --recalca Ana.
-- Es que el entramado del cine es muy trabajo muy complicado --le aclara su padre--. Vete preparando tú que quieres ser actriz. No todo quien se lo propone acaba saliendo en un filme, aunque sea fuera de los protagonistas.
Darío no da ninguna señal de conocer la película, por lo que de sus palabras puede extraerse que no le extraña que el trabajo de Marina haya sido testimonial. Posiblemente es lo que él debería haber indicado a sus hijos para que no se crearan falsas expectativas. Pero eso, no era ¿quitarles toda la ilusión? Además, sin conocer con seguridad de que trabajo se trataba, podría ser que hubiera sido más significado, pero Darío, conociendo como conocía a Marina, sabía que si hubiera sido una interpretación importante lo habría recalcado carta tras carta.
-- Papá ¿en qué película mamá es una de las protagonistas importantes? --insiste África.
Esa pregunta ya se la habían hecho sus hijos muchas otras veces con antelación, siempre les contesta con evasivas, así que una vez más intenta tomar ese lenguaje diplomático con el que salir por la tangente.
-- Para cada trabajador es importante lo que hace cada día con esfuerzo e interés. Luego esas cosas tienen más o menos trascendencia a la opinión de los demás. Es como el trabajo de cada uno de vosotros estudiando cada día, luego habrá cosas que salen en los exámenes y otras no, pero todas son importantes para el saber. Vuestra madre ha ido trabajando poco a poco, para aprender cada día un poco más, sin pensar en las recompensas del éxito, porque al que sólo trabaja para el éxito, si éste no llega ¿qué le queda? Muchos pequeños trabajos también tienen valor y ayudan a lo que se pueda hacer en el futuro. Quizá lo mejor está aún por llegar.
Cuando su padre adoptaba este tipo de evasivas, ya sabían los hijos que no valía la pena discutir. Lo que no llegaban nunca a discernir, es especial las chicas mayores, es si adoptaba esa posición para ocultar una misteriosa relevancia de la vida profesional de su madre, o por el contrario disimulaba un desafortunado fracaso. Hoy, tras contemplar la película, se han inclinado por esta última posibilidad.

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Como otros días, Ana y Gloria comparten esas confidencias de mujer antes de retirarse a dormir. Una y otra se ayudan a descubrir e interpretar los pormenores que les va deparando sus circunstancias familiares. Entre las dos tienen logrado un objetivo equilibrio para no herirse cuando Ana defiende los ideales que presume en su madre y Gloria se inclina a favor del carácter práctico de su padre para dirigir los destinos de la familia. Una instalada en un futuro por descubrir y la otra en un presente por resolver. Hoy Gloria procura aproximar a Ana a la realidad.
-- Cada vez me parece que no es el trabajo lo que realmente a nuestra madre le distancia de nosotros. Para el trabajo que hace en la película no es necesario vivir consagrada a esa irrealidad. Cualquier madre de familia trabaja y atiende a los suyos, aunque tenga que desplazarse cortos espacios de tiempo fuera de su hogar. Esa escena se ruedan en un día, y por muchas otras parecidas que haga no precisa esa dedicación, ni esa exclusividad.
-- Aquí no podría conseguir ni siquiera esos pequeños trabajos. Sin ellos no puede aspirar a nada mejor. Es como quien quiere aprender un idioma y tiene que marcharse al país donde se hable. Lo que no sé es por qué no somos los demás los que no podemos desplazarnos a vivir a Roma con ella.
-- Papá ha montado su oficina aquí, y quizá no le sea fácil trasladarse.
-- Pero una ingeniería no necesita estar donde se construye cada puente. Es posible que en otra ciudad mayor incluso haya más posibilidades de contratar nuevos trabajos.
-- Estamos especulando sobre lo que no sabemos.
-- Pero yo te aseguro que donde vivamos no es el centro de todo el problema.
-- No te acuerdas de las discusiones que tenían en casa. Tú eras más pequeña, pero yo recuerdo que mamá se apuraba por todo. Siempre estaba enfadada. Gracias a que Baké se preocupaba de todas nuestras cosas no echábamos en falta nada.
-- Estaría deprimida de no poder trabajar. Eso le pasa a muchas mujeres que se empeñan en los trabajos domésticos y creen que pueden pasar la vida renunciando a una vida social. Cuando se dan cuenta que están atrapadas lo pasan muy mal. Yo desde luego de mayor tengo claro que tengo que defender mi libertad para ejercer de lo que me guste.
-- Pero también hay mucha gente que no puede trabajar en lo que ha estudiado porque no encuentra un puesto donde hacerlo. La familia es lo suficientemente importante para compensar esa decepción.
-- Depende de la forma de ser de cada persona. Yo creo que mamá lo intentó, ya que quiso tener cuatro hijos. Puede ser que creas que vas a poder con ello y luego se te hace muy cuesta arriba, hasta casi no poder soportarlo.
-- Mira, Ana, demos gracias a Dios de que a pesar de todo tenemos unos padres que nos cuidan. Comprendo que hemos salido del cine un poco decepcionadas, aunque realmente no contábamos con ningún fundamento real para pensar que ello no iba a ser así. Fuera de lo que a veces nos escribe mamá, no tenemos ninguna referencia de que haya trabajado de protagonista ni en una serie de televisión. ¿Qué un día llegará? Puedes ser que sí, o que no. Mientras, lo mejor es aceptar lo que tenemos y confiar que no vaya a peor.
-- Me voy a dormir.
-- No le des más vueltas a la cabeza. Mañana tenemos otro día de instituto, lo que nos toca es pensar en los exámenes que tenemos tan cerca.
-- Hasta mañana hermanita.
Ana sale de la habitación y se va a la suya. Una vez en la cama le cuesta dormirse, porque una y otra vez le viene a la cabeza que si ella está decepcionada, cuánto no lo estará su madre.
 
 

CAPITULO  16

La habitación de Gloria tiene la ventana en la fachada lateral que se orienta al linde del solar de Armando. Gloria acostumbra a subir el estor durante la tarde para tener más luz sobre la mesa cuando se pone a estudiar. Desde su posición de trabajo se domina la parte de la casa de Armando en donde está el dormitorio principal, con una ventana en el lateral y una pequeña terracilla que queda algo retranqueada de la línea de la fachada principal. Gloria desde su posición de estudio, aunque un poco ladeada, tiene una clara visión sobre esa terraza, por lo que cuando levanta la cabeza del libro o distrae la vista de la pantalla del ordenador ha ido observando que Armando se pasa ratos recostado en una hamaca, leyendo o dormitando con la cabeza inmóvil y la mirada fija, si es que tiene los ojos abiertos, lo que por el ángulo visual Gloria no puede apreciar. Cuando esa situación se producen en los mediodías del fin de semana, a Gloria no le sorprende demasiado, pero le llama la atención que cada tarde, a última hora, Armando suele emplear un rato en estar de esa forma que, coincidiendo con el tiempo de estudio de la chica, a ésta le intriga qué estará haciendo pues ni lee, ni aparentemente escucha música, y por los horarios de las luces de la casa parece que Armando no trasnocha, por lo que no se justifica que echara una cabezada de sueño a esa hora. Esa curiosidad ha derivado en que Gloria se dedica a observar todo lo que puede la vida de su vecino, interesándose por saber los horarios en que está en la casa, a qué hora se suele levantar, cuándo se acuesta, las salidas de casa que puede controlar en el horario que ella está en su habitación, las visitas de otras personas. No es que Gloria tenga un plan predeterminado de estar mirando por la ventana, pero sí ha notado que la curiosidad la mueve a mirar más de lo que sería normal.
Ella misma se pregunta por qué le interesa la vida del vecino, cuando no hay razón de que el mismo dé apariencias de misterio, ya que les ha invitado a conocer su casa, se ha mostrado cómo es y  cuáles son sus ocupaciones, Ana pasa a su casa con frecuencia para consultarle algún tema de arte o pedirle prestado un libro de su buena biblioteca. En todo ello Armando no manifiesta motivo para que a Gloria le intranquilizara por algo, que fuera el detonador que hubiera despertado su interés por conocerlo de esa manera poco educada que es cotillear sus movimientos. A pesar de que no encuentra razón objetiva para ese seguimiento, ella no lo puede evitar, una y otra vez se asoma discretamente desde una esquina de la ventana, si es por la noche con la habitación a oscuras, para que él no pueda detectar el seguimiento que le hace. A veces se justifica considerando que posiblemente el mismo interés se le habría despertado si el que viviera enfrente fuera un chico interesante de su edad. De alguna manera empieza a pensar que lo que la atrae no es tanto su vida particular, sino cómo es en la intimidad el comportamiento de un hombre. De lo que ve y de lo que imagina va haciendo una composición del modo de ser de Armando, diferenciando los modos que la seducen y los que juzga rutinarios. Especial interés encuentra en fijarse, a veces sólo a través de las rendijas de las persianas, si está leyendo en la cama, si habla por teléfono, si ve la televisión, e incluso detalles más íntimos, como si usa pijama o camiseta, si hace estiramientos al levantarse, si tiene la luz encendida las pocas veces que ella se despierta por la noche, y así cualquier detalle que le ayude a definir a esa persona que tanto ocupa su atención.
Este tema tan tonto a Gloria le está descubriendo que se ha hecho mayor, cuando apenas si ha comenzado la juventud. Ella considera que la vida del vecino le interesa como ejemplo de la vida de un hombre con el que en un futuro ella podría convivir. Es cierto que por la edad le valdría analizar la vida de su padre, de quien tiene mucha más información, pero Armando le ofrece los intereses de un hombre antes de comenzar a hacer vida de familia. Lo que él se concede representa lo que realmente le gusta hacer, y por ello, se dice, sería lo que desearía mantener cuando viviera con una mujer; por lo tanto lo que ella de esta información obtenga puede servirle para comprender mejor que le puede dar a su chico el día de mañana. En sus ratos de pensamiento antes de dormir acostumbra a comparar a Armando con sus amigos y compañeros del instituto, ¡qué diferencia encuentra! y supone que es la misma que las personas maduras encuentran en ella, lo que la hace recapacitar la necesidad de comportarse con maneras más propias de una chica mayor, pues así como a ella le agradan los modales que representan que la toman en serio, esa misma apariencia piensa que es la que debe ella ofrecer, en especial considerando que al año que viene estará en bachiller, a la puerta de la universidad, donde espera una vida con mil posibilidades nuevas.
A Gloria a veces le entran un poco de celos de que su hermana Ana tenga más relación que ella con el vecino, pero no la molesta demasiado ya que, por lo que le cuenta Ana, su interés fundamental es la información y los medios que Armando le facilita para sus estudios. Ana presume de las buenas presentaciones que hace en clase de arte al adelantarse en el estudio del programa de la asignatura llevando ya preparado cada tema antes de que lo explique la profesora, con lo que aprende mucho más. También en el taller dramático da como suyas algunas ideas que no son sino recomendaciones que le ha indicado Armando, por lo que empieza a considerarse más valorada. Sin embargo Ana no parece que se interese por la persona de quien tanto la ayuda, pues nunca comenta de él como lo hace de las intimidades de otros chicos del instituto. Al fin y al cabo, Gloria considera a su hermana como una adolescente para la que la mayoría de las cosas sólo tienen una trascendencia fugaz, como ella misma era a su edad, olvidando que el progreso de los sentimientos de cada persona presentan ritmos muy distintos, como en el caso de Ana, que influenciada por siempre interiorizar como suyos los sentimientos que descubría en su hermana mayor, la habían favorecido a desarrollar una interesante personalidad. Bastaría con que ella apercibiera un interés especial en su hermana hacia Armando para que se le antojara competir con ella en ganarse su favor, aunque hasta ahora se había centrado en considerarle un señor generoso que sentía atracción por ayudar a los demás en lo que pudiera.
Gloria ha concluido de sus indagaciones sobre la vida de su vecino de que no parece que tenga una pareja estable, pues de las muchas visitas que tiene de amigos y amigas no aprecia que haya quien domine una asiduidad definida. A veces la intriga si de esas amigas alguna le acompañará en la noche, lo que la hace redoblar su atención por si puede descubrir lo que pueda ser una conclusión en cualquiera de los sentidos, pero hasta ahora no ha podido hacerse una idea definida, ya que la mayoría de los detalles que pudieran valerle se escapan a su control. Supone que, como su padre, tendrá sus días de esparcimiento especial, pero nada le ha indicado hasta ahora cómo se organiza, además de las cenas y fiestecilla que ofrece a sus amigos en la casa, de las que lo normal es que a media noche se vayan los amigos, sin que Gloria haya descubierto que a la mañana siguiente alguna mujer le acompañe.
Baké, como siempre tan ocupada en todo, no ha dejado de percibir ese interés de Gloria por controlar al vecino. Ella en vez de configurarse como una aliada, lo que ha tentado Gloria, la ha reprendido por fisgonear a los demás de modo tan impropio de una señorita. Le ha dicho que parece una colegiala, cuando debería madurar más considerando las responsabilidades añadidas que le vienen de la situación de su familia. Baké le echa en cara que, en vez de centrarse en ayudar a su padre y vivir preocupada para servirle de apoyo, lo que la divierta sea entretenerse con las interioridades de ese señor.
 
 

CAPITULO  17

Una vez finalizado el proyecto de uno de los puentes, en la oficina de Darío están planeando la participación de un viaje a Kotlas, en el interior de Rusia, para la presentación a las autoridades municipales. El evento lo organiza la gerencia del consorcio de tres importantes compañías constructoras, que requieren que Darío sea quien encabece la delegación técnica como ingeniero director del proyecto. Darío ha intentado que fuera Marta la que representase a la oficina técnica, ya que a él no le apetece en este momento embarcarse en este viaje, pero, aunque ella por su conocimiento del proyecto se consideraba capacitada para realizar esa misión y de buen ánimo lo haría, la gerencia ha exigido a Darío que sea él en persona el que acompañe al resto de los directivos para asegurar la mejor acogida posible de los promotores.
El viaje está planeado para salir un lunes a primera hora de la mañana y regresar el miércoles al mediodía. La semana anterior cuando Darío y Rut se juntan para cenar, él la propone que lo acompaña en el viaje, y de este modo pueden pasar dos días juntos en vez de dejar de verse esa semana.
-- Lo tienes sencillo, porque puedes tomarte dos días de los que seguro que te deben, y descansar de la rutina.
-- Eso te parece a ti tan sencillo. Tú tienes que ir porque es un viaje profesional, pero para mí es lo contrario, dejar unos días mis obligaciones para acompañarte; aunque siempre sea interesante conocer otros pueblos, ya me dirás qué de sorprendente debe tener esa ciudad para dejarlo todo por desplazarme de turismo hasta allí.
-- No es por la ciudad, es porque estemos juntos.
-- ¡Pero yo tengo que dejar a mis enfermos! que también los quiero --responde Rut levantando un poco la voz.
-- Es dejarlos tres días. No se van a morir.
-- Alguno puede que sí.
-- Y si te quedas ¿lo vas a remediar?
-- No, pero mi puesto es estar ahí, aunque tengo bien aprendido que mis cuidados no van a cambiar el desenlace fatal.
-- Entonces... No es mejor que te tomes un reposo, que lo tienes bien merecida, y que la distancia favorezca que pienses en otras cosas.
Darío le dice esto a sabiendas que Rut se implica tanto en la atención de sus enfermos que está convencido de que la mayor parte de los días se lleva a casa en la cabeza la problemática de algún paciente. Ella no acostumbra a nombrarle los sinsabores que puede entrañar estar tan próxima a la fatalidad y no poder apenas luchar contra ella. Son días tras días cada cual con su nueva preocupación, porque el mal de unos no inmuniza para los siguientes. Precisamente por ese desmedido interés Darío piensa que sería bueno que ella se relajara desahogándose con él de sus preocupaciones, pero Rut no considera necesario preocupar a los demás con sus problemas, pues cada cual tiene el suyo propio derivado de sus circunstancias. Es una tensión que existe entre los dos, que Darío quisiera superar por exceso, pero Rut impone marginarla por defecto. Cuando ella está con él lo que intenta es hacerle feliz, y no cree que lo logre complicándole la existencia con sus sentimientos, sino todo lo contrario.
-- Déjame con mi tarea profesional, y tú ve a la tuya --lo que a Rut le hubiera gustado es que Darío hubiera planeado el viaje respetando ese lunes para estar juntos, pero en ningún momento se lo ha reprochado, sabiendo cómo él ha intentado zafarse de esa obligación.
-- Te propongo simplemente. Lejos de mí presionarte. Me parecía que te podría venir bien.
-- No te quito la razón, lo que pasa es que tengo otras más poderosas para quedarme aquí. Creo que los dos somos lo suficiente mayores como para saber que ninguno de los dos va a condicionar sus deberes profesionales por el influjo del otro.
-- Sin duda --afirma Darío, aunque en su interior siempre a pensado que la mujer tiene que dejar más cosas que el hombre por el hogar; algo que quizá no ha racionalizado correctamente en su interior.
-- Respeta mi propio ámbito de decisión --sigue Rut--. No te lo tomes como un desaire, considera que para mí esta rutina diaria es muy importante. En mi trabajo, en cuanto faltas unos días, aunque sean pocos, y cambian los pacientes te cuesta integrarte con tantas caras nuevas. Es como si cayeras de nuevo en la unidad. Una vez al año, en vacaciones se disculpa, pero más veces creo que acaba siendo contraproducente.
-- ¡Que son dos días y medio!
-- Lo que te digo. Por un capricho, no me compensa.
-- No es un capricho, es que tengo que ir y se brinda la ocasión para estar un par de días juntos.
-- Juntos... menos en el tiempo que te lleven tus reuniones. Para ti es un trabajo profesional, para mí sería un capricho, si quieres también capricho de estar contigo.
Darío se ha lleva una gran decepción, porque había dado por supuesto que ella iba a tomarlo como una gran ilusión. Él, que no le apetecía nada viajar, había encontrado un motivo para animarse, porque también tenía ganas de pasar más tiempo con Rut, para conocerse mejor, y qué mejor que teniendo que estar alejado de sus responsabilidades familiares esos días, aprovecharlos para disfrutar de la compañía de Rut; además de que así tenía un motivo para en esa ciudad, bastante desconocida para él, no encontrarse tan solo como para tener que depender de la compañia de los otros directivos que acudan a la presentación. Se le pasó por la cabeza que estaba descubriendo algo nuevo que no había apreciado antes en Rut: Un excesivo celo por sus cosas, lo que de alguna manera le prevenía que era algo que podría entrar en conflicto sobre el valor que ella estuviera dando a su relación. Al instante consideró que quizá la estaba juzgando con excesiva severidad, pues al fin y al cabo lo cierto era que el más beneficiado de ir los dos era él.
-- Tampoco le demos más importancia. Me alegra que te sientas tan identificada con tu trabajo. A veces nos olvidamos lo importante que es estar ilusionados profesionalmente, ayuda a descansar de otras preocupaciones.
-- ¿Conoces la ciudad a la que vas? --se interesa Rut.
-- Estuve el año pasado un día, ¿no recuerdas que te lo comenté? Que era invierno y pasé mucho frío.
-- Allá vas. Menos mal que estamos en primavera.
-- Espero que ahora sea soportable. La verdad es que ellos están preparados y acostumbrados al frío. En el hotel se estaba la mar de bien, pero como tuve que estar casi todo el día reconociendo el entorno del terreno y las condiciones de ejecución, me quedaba helado, sobre todo los pies y las manos. La cabeza me la protegí con un gorro que compré en una tienda aledaña al hotel.
Mientras les traían el postre, Rut aprovechó para considerar en su interior como ya su hermana la había advertido de que los hombres acostumbran a sugerir lo ya previamente decidido como lo que conviene hacer. Miró a Darío a la cara, y aunque reconoció que en este caso se había cumplido lo indicado por Esther, le pareció que debería ser indulgente con él, ya que también podía simplemente haber pecado de iluso al considerar que aún no la conocía suficiente como para reconocer que ella no era mujer de dejarse convencer con facilidad. Ya se iría dando cuenta, pensó; en eso muy probablemente ella le llevaba la delantera.

- - - - -

Tras cenar, como todos los lunes Rut le invita a Darío a ir a su casa. A pesar que ambos dan por hecha la costumbre de que los lunes duermen juntos, cada día Rut repite la misma proposición que le hiciera ya hace muchos meses la primera vez que le invitó a subir y quedarse esa noche en su apartamento. Era una forma de reconocer la independencia de su relación, en la que aún no habían concebido un consenso de derechos y actuaciones, por más que iban poco a poco estableciéndose por costumbre con la anuencia común. Hoy Darío le propone a Rut:
-- ¿No te importa que que paremos un momento en mi oficia? Tengo que recoger una cosa.
-- Sin problema. Qué prisa tenemos.
-- Es sólo un momento.
Darío estaciona el coche en su plaza de garaje.
-- Me esperas un momento. Ahora mismo bajo.
Al cabo de pocos minutos baja con un paquete en las manos. Que guarda en el maletero, sin que a Rut, que está entretenida con su mensajería telefónica, con la poca luz de la estancia se percate de qué es lo que Darío baja. A continuación se dirigen al domicilio de Rut. Estacionan frente al portal. Antes de subir, Darío abre el maletero y toma en sus manos el paquete que había recogido en su despacho. En ese momento Rut se da cuenta de que se trata del cuadro de su retrato.
Comentan mientras suben en el ascensor:
-- Me lo ha remitido Armando, así que ya lo tienes. Ahora le tendrás que buscar un hueco en tu apartamento.
-- Ya lo tengo pensado. En mi dormitorio. Que sea más para mí, para nosotros, que para los demás que pasen por casa.
Cuando llegan al salón, él con mucho cuidado lo desembala. Darío había acordado que fuera Armando el que eligiera en marco más apropiado, éste lo ha hecho con uno que combina perfil metálico de cinc y madera de raíz.
-- Muy bonito --exclama Rut--. Evidentemente he ido viendo como progresaba, pero ahora, con el marco, es cuando te das cuenta de lo bien que queda. Muchas gracias.
-- La gracia es la tuya que hace que quedes tan bien.
-- ¿Lo colgamos? Creo que tengo unas escarpias.
-- Necesitaremos una taladradora para perforar y poner unos tacos, de modo que quede bien sujeto.
-- Tengo una pequeña que para esto vale perfectamente.
Darío se pone a la tarea y en unos minutos ha dejado perfectamente colgado el cuadro donde le ha indicado Rut.
-- Vamos a brindar para celebrarlo --propone Rut.
-- Bien, yo whisky.
-- Siéntate. Te lo preparo.
Los dos apuran sus copas mientras comentan de sus cosas cotidianas. Mas tarde se acuestan. En la cama hacen el amor con profusión, como si Darío quisiera compensar a cuenta el rato de placer del que no disfrutará el próximo lunes al estar en Rusia y ella le respondiera con intensidad como agradeciéndole el buen regalo que le había hecho.
 
 

CAPITULO  18

Hoy Darío sale antes de trabajar y aprovecha para llagar a casa más temprano, así podrá estar más rato con sus hijos y repasar cómo van con los estudios ahora que se acerca poco a poco el fin de curso. Cuando va girar con en coche para entrar por la puerta de la cerca de su casa, ve que Ana sale de la casa de Armando con unos libros en la mano. Esa visión le genera inquietud de que su hija de trece años entre y salga sola de la casa del vecino sin que previamente le haya consultado y ni Gloria ni Baké le hayan advertido. Esa actitud no le gusta nada, por lo que entra en la casa contrariado, ya que si ese día no hubiera regresado antes no se habría percibido de la ligereza de su hija. Antes de hablar con ella quiere consultar a Baké, no sea que ella le haya dado permiso, pues en ese caso el procedimiento adecuado, piensa, es aclararle a ella lo inadecuado de esa actitud. Al entrar en el salón saluda a África y León que están viendo la televisión.
-- ¿Ya habéis hecho los deberes? --les reprocha.
-- Hola papá. No. Hemos empezado a ver los dibujos mientras merendábamos y están a punto de acabar. De que terminen nos subimos a estudiar, como todos los días.
-- Que el fin de curso está cada día más cerca y hay que preparar los exámenes. Ya sabéis que de bien para abajo no se admite en esta casa. Luego subo y repasamos si tenéis alguna dificultad. Voy a saludar a Baké.
Darío entra en la cocina, no ve a Baké, pero como la puerta de salida al jardín posterior está abierta, supone que estará ahí. Se asoma al porche y efectivamente encuentra allí a Baké, que está recogiendo ropa del tendedero situado a la izquierda de la puerta.
-- Hola Baké. ¿Cómo va todo?
-- ¡Qué temprano viene hoy! ¿Se encuentra bien?
-- Perfectamente. Es que no tenía nada urgente en la oficina, y he pensado que voy aprovechar para dar un repaso con los chicos sobre como llevan los estudios.
-- ¿Les va a examinar por sorpresa?
-- No es esa mi intención, sino que me cuenten donde encuentran dificultades, por si antes de fin de curso precisan una ayudita.
-- Ya sabe que son muy estudiosos. Todas las tardes disciplinadamente después de que toman un tente en pié se suben cada uno a su cuarto a hacer los deberes.
-- A propósito. Cuando entraba he visto que Ana salía de casa de Armando. ¿Te ha pedido permiso para ir?
-- Pasa con frecuencia a pedirle prestado libros de arte para hacer los trabajos que le mandan en la escuela.
-- No me has dicho nunca nada de ello.
-- Creo que cuando estuvieron en la fiestecilla de inaguración de su casa, Ana se sorprendió de la cantidad de libros que tenía, y Armando le ofreció que podía pasar y llevárselos prestados si le interesaban o necesitaba consultar algún tema que le hubieran indicado en el instituto.
-- No me parece bien que una chica de su edad entre y salga en una casa en que vive un hombre solo, aunque sea el vecino. A fin y al cabo, le conocemos de poco tiempo.
Baké se quedó algo cortada. Como si la hubieran cogido en una falta de previsión en su trabajo. La verdad es que ella no se había planteado ni que pudiera haber nada malo, ni que Darío no se hubiera apercibido, cuando casi todas las semanas pasadas algún día Ana llamaba a la puerta del vecino para tomar o devolver un libro. Del mismo modo que ella habría ido para pedirle algo que necesitara... claro que Ana es más joven y es cierto que no le conocen demasiado. Empieza a darse cuenta que la posición precavida de Darío no es desacertada.
-- La verdad es que entra y sale en un momento.
-- Es igual --responde Darío levantando un poco la voz--. No quiero que se repita. Hablaré con ella. Quería saber antes si te había pedido permiso.
-- Permiso, no. Lo que sí es que si estoy por el salón me dice que pasa un momento a devolver, o a pedir, un libro a casa de Armando. Yo creo que, como siempre que sale de casa, me dice a mí o a su hermana donde va.
-- Si no me parece mal que se interese por un libro que la pueda ayudar, pero que pase con su hermana, o si no está con uno de sus hermanos pequeños. Sola no. Se lo voy a decir, así que, por favor, estate atenta  a que me hace caso.
-- De acuerdo. Si usted se lo dice, seguro que no le va a desobedecer.
Darío pasa por el salón, donde los pequeños ya no están, y sube a la habitación de Gloria.
-- ¿Cómo te va?
-- ¡Qué pronto vienes hoy!
-- No tenía nada urgente, y he preferido venir y que me cuentes cómo llevas los estudios.
-- Bien. Me lío un poco con los problemas de química, así que aquí me tienes intentando resolver todos estos que me ha dejado un compañero del curso superior. Creo que son los que han caído en los exámenes en los últimos años. Alguien se ha dedicado a recopilarlos con la solución correcta, nos sirve de entreno.
-- Las demás asignaturas ¿bien?
-- Sí.
-- Así da gusto. Una chica sin problemas. A propósito. Al llegar he visto que Ana salía de casa de Armando. ¿Sabes a qué va?
-- El día en que nos invitó a su casa a todos, vimos que tiene una interesante biblioteca de temas de arte, Ana le preguntó si le podría pedir prestado algún libro para ayudarse en las clases de sociales del instituto. Él le dijo que por supuesto, que no tenía más que pasar y elegir si había alguno adecuado a lo que pudiera necesitar.
-- Pues me parece conveniente que cuando tenga que pasar la acompañes. Además tenéis que tener en cuenta que Armando está trabajando en su casa, no se le debe molestar.
-- Eso díselo a Ana.
-- Se lo digo, pero a ti también. Cuando no estoy en casa, tienes que hacerte cargo de estas pequeñas cosas. Además me las consultáis. No me parece bien que me entere porque ha coincidido que llego antes y ella salía de casa del vecino.
-- No creo que sea para tanto. Pero si quieres que la acompañe, la acompaño. Si quieres que te avisemos, lo hacemos. Estate tranquilo, que no hay ningún problema. No se nos había ocurrido que pudiera molestarte.
-- No es que me moleste, es que una chica joven no debe frecuentar visitas a la casa de un señor que vive solo. Aunque sea nuestro vecino. Te lo digo también a ti, aunque creo que tú tienes más criterio que Ana, que aún es muy joven.
-- Me parece que Armando es de fiar.
-- En cualquier caso ya sabes, las menos entradas y salidas a su casa, y siempre la acompañas. Voy a hablar con tu hermana, pero tú también pon de tu parte para enseñarle estas cosas.
-- Sí, papá. Creo que estás haciendo un problema donde no lo hay.
-- Es una cuestión de educación. No le demos más vueltas. Sigue estudiando, no te distraigo más.
Sale de la habitación de Gloria y entra en la de Ana.
-- Hola papá, me he dado cuenta que llegabas con el coche, pero no he bajado a saludarte porque estoy atareada buscando en internet información sobre un tema que no viene nada claro en el libro.
-- Buenas tardes --Darío se acerca mientras ella se levanta para darle un beso--. Precisamente al llegar he visto que venías de casa de Armando. ¿Qué necesitabas allí?
-- Un libro con información sobre la pintura expresionista. Tengo que hacer un trabajo sobre las diferencias entre la corriente impresionista y la expresionista. De la primera me aclaro, pero de los pintores expresionistas no me he enterado bien lo que ha explicado la profesora, así que le he pedido este libro a Armando. En su casa, de arte, creo que lo tiene todo. No le molesto, me atiende en cinco minutos.
-- No es que le molestes, lo que no me parece bien es que pases sola a su casa.
-- ¿Por qué? --pregunta Ana sorprendida y algo molesta--. Un día pasé en el que Armando estaba haciendo un retrato a una señora que posaba, e incluso cuando llamé por el vídeo portero no me puso ninguna pega, incluso él y la señora, que estuvo muy amable, por cierto, me dejaron ver un rato como Armando iba construyendo el retrato pincelada a pincelada. Ahí te haces una idea de como se han hecho los retratos de los grandes pintores clásicos; Armando me decía que el trabajo de él es prácticamente idéntico al de los pintores de hace siglos. ¿No recuerdas que os lo comenté comiendo?
-- No lo recuerdo y me da igual lo que opine Armando. Me preguntas por qué te lo digo, pues porque tienes trece años, Armando suele  estar solo en casa y no me agrada.
-- Papá, ya soy mayor; sé cuidarme y darme cuenta de con quien estoy.
-- Eres más mayor que antes, pero no eres mayor. Serán mayor cuando cumplas dieciocho años.
-- ¿Pero papá?
-- Te lo digo en serio. En ningún caso ni ocasión te quedes sola con un hombre, aunque te parezca mayor y formal.
-- O sea, que no puedo estudiar en casa de un compañero de clase.
-- Si sus padres nos son conocidos y están en casa, como cuando viene algún amigo tuyo a casa, vale, siempre que sepamos dónde y con quién estás.
-- ¡Me queda el consuelo que no me cambies a uno de esos colegios solo para niñas!
-- No digas tonterías. Estamos hablando en serio.
-- Tómame en serio -- le responde Ana visiblemente enfadada.
-- Ana, no te enfades. Todos hemos pasado por le edad en que queríamos ser mayores demasiado aprisa. Por eso te tengo que advertir que hay peligros que sólo se ven desde afuera. Que te dé unos criterios de comportamiento no tienen por que herir tu orgullo juvenil. Deberían formar parte de tus propias prevenciones de seguridad, no hago más que ayudarte.
-- Pero si Armando es todo un caballero. No tengo más relación con él que la que mantengo con un profesor del instituto. Le digo lo que necesito, busca en su biblioteca y me lo presta. Lo único que le interesa es que le devuelva el libro.
-- No tengo ninguna razón para dudar de que eso sea así. Pero lo mismo puedes hacer yendo con tu hermana. Al menos no puede parecer que tienes interés por verle.
-- Ya viste que el día que estuvimos en su casa acudieron chicas fenomenales... No creo que padezca de ansiedad --añadió Ana con énfasis tras una pequeña pausa.
-- Ana, entiende, el problema no está en Armando, sino que debes cuidar esa actitud con cualquiera.
-- Bueno papá, me haré acompañar de una carabina, como en siglos pasado. Y ahora déjame estudiar, que tengo mucho que hacer.
Darío prefiere no indagar en este momento cómo le van los estudios, ya que con el enfado contenido que tiene su hija puede que le deforme la información que quiere obtener. Otro día, con más calma lo hablarán. Sube a la habitación de León, donde está también África, pues a ésta le gusta hacer los deberes con su hermano, así si tienen alguna duda le pregunta directamente y se quita de problemas. León con mucha paciencia la ayuda, porque le hace sentirse útil en la vida de familia, ya que Baké les insiste que además del orden de sus cosas y tener arreglada la habitación deben preocuparse en algo por los otros hermanos para descargar a su padre de esa preocupación. Por ello, cuando Darío les pregunta por los estudios, León toma la iniciativa de contarle además de lo suyo cómo le va a su hermana: gracias a él hace todos los deberes bien, porque se los supervisa.
-- Y a ti ¿te echa una mano Ana? --le pregunta a León Darío.
-- Yo no necesito. Me entero bien de lo que explica el profesor y los libros lo tienen todo muy claro. Basta con dedicarle tiempo a leerlos despacio. Si tengo alguna duda le pregunto a Gloria, que me lo explica mejor, porque Ana parece como si me estuviera reprochando que soy tonto por no comprenderlo.
-- Y a ti, tu hermano te lo supervisa mejor o peor que en la escuela --se dirige Darío a África.
-- Él me corrige mejor, porque en la escuela, delante de los demás, prefiero ser de las que se sabe todo.
-- Pero eso no está bien. A la escuela se va a aprender y no a mostrar lo que se sabe. Si no pierdes el miedo a preguntar, a pesar de que tus compañeros se den cuenta de que también tu te equivocas y hay cosas que no entiendes, estás despistando a los profesores. Tienes que asumir intervenir en la clase no como la chica lista, sino como una más que va a la escuela a aprender; allí no se va a competir a ver quien sabe más, como los concursos de televisión, sino a formar parte de un grupo que crece aprendiendo entre todos lo que necesitan para la vida.
Darío, después de hablar un poco sobre los juegos y el deporte que hacen en la escuela, les deja que estudien y baja a su habitación donde repasa lo que ha hablado con cada uno de sus hijos, especialmente la conversación con Ana, que es la que en este momento, por la edad en que está y por su forma de ser, más le preocupa. En estos momentos es cuando más echa en falta el apoyo de una compañera, no tanto de su esposa, porque siempre consideró que no era la mujer ideal para ejercer de madre. Como lo que no tienen remedio, no lo tiene, se repite, se anima a sí mismo en que sus hijas lo lleven bien considerando que han crecido en estas circunstancias; peor sería, concluye con frecuencia, que a esta edad su madre les diera el mal ejemplo de la adicción al alcohol y de la concepción de una vida frívola. Lo que más le pesa es que aún son muchos años los que restan hasta que África sea mayor, y no teme tanto por su personal respuesta como por que cambiasen inesperadamente las condiciones que marca el destino.
 
 

CAPITULO  19

El lunes siguiente a su regreso del viaje a Rusia, en el despacho, como Marta tiene ese día que pasar una revisión médica, han decidido posponer la reunión de trabajo para el día siguiente, por lo que Darío ha aprovechado para llamar a Rut y proponerla pasar a recogerla en su casa para ir a ver una película elogiada por la crítica, que ella había mostrado interés de conocer, que, basada en la novela El envés de la verdad, aborda el tema del tráfico de menores en Asia. Ellos no acostumbran a ir demasiado al cine, porque prefieren emplear el poco tiempo que pasan juntos hablando y compartiendo inquietudes, pero hoy Darío se ha decidido a proponerle ese plan aprovechando que tienen más tiempo por el cambio de planes en su oficina.
Salen complacidos de la sesión y Darío la sorprende con que ha reservado mesa para cenar en un restaurante japonés recientemente instalado en la planta veintitrés de una de las torres de Montvert, cuyo cenador acristalado domina la playa. Mientras cenan, Darío aprovecha para contarle cosas de su viaje, de la ciudad de Kotlas, de las características de su proyecto y de la buena acogida que le han ofrecido. Todo su parecer sobre el viaje es muy positivo, desde los ejecutivos que le han acompañado hasta las autoridades de la ciudad. Les ha hecho días fríos pero despejados, lo que les ha favorecido para una ceremonia de colocación de la primera piedra de las obras que habían preparado los de allí. Él en ese acto no ha tenido que intervenir, sino el Alcalde y el director de una de las empresas asociadas, lo que le ha facilitado centrarse imaginando en el sitio el puente ya construido. La presentación técnica del proyecto en una sala del Ayuntamiento sí le ha correspondido hacerla a él, lo que le ha permitido versar sobre los aspectos más originales del proyecto, como el de que la zona de paso de peatones esté cubierta y protegida lateralmente para que no sufran los rigores del clima, lo que le da al proyecto un aspecto de aquellos antiguos puentes pensados para las personas más que para los vehículos. Darío está comentando sobre el viaje en avión, sobre el hotel, sobre los restaurantes, sobre la gente... Y de pronto Rut le interrumpe para preguntar:
-- ¿Es tan común en esos viajes los favores de las compañías femeninas?
-- No entiendo a qué te refieres.
-- Se comenta mucho que los viajes profesionales institucionales suelen estar animados, para que no se hagan tan monótonos, con visitas a clubes o la asistencia personal de señoritas que, además de acompañar a ver la ciudad por las noches, facilitan la animosidad de los profesionales a volver dejándoles buenos recuerdos.
Darío se queda un poco cortado porque no esperaba que Rut saliera con una cuestión así. Aunque sabe que ella siempre presume de ser directa, sin andarse por las ramas. Cuando se recupera un poco, empieza con disquisiciones sobre los compromisos, los protocolos, no desairar...
-- Hay de todo, porque en estos viajes se tiende a agasajar al huésped para que se le haga agradable la estancia. Sobre todo los que tienen que viajar mucho agradecen que se les cuiden con buenas comidas, buenas sobremesas y algún espectáculo típico del país, lo que no quita que muchas veces sean cargantes, pero, por educación y por sostener buenas relaciones entre las partes, no se debe contrariar. Ellos te lo hacen cuando vas, tú les correspondes cuando vienen, y hay que mantener siempre un tono de armonía y respeto. ¿Qué en algunos ambiente pueda haber más juerga que en otros? es posible.
-- Te pregunto porque es lo que se dice. Yo no hago viajes de ese tipo, luego no sé.
-- Tampoco yo viajo todas las semanas. Si te lo han dicho, tendrán sus razones. Aunque ya sabes que también en eso se exagera mucho para provocar la fantasía. ¡Se oye cada versión! De cualquier manera sabes que a mí no me agradan estos viajes.  Personalmente no soy partidario de ofrecerse ese tipo de aditamentos entre instituciones profesionales, porque pueden acabar encantando o disgustando, entonces toda la responsabilidad se vuelca sobre las empresas, cuando muchas veces todo lo prepara una agencia.
-- Agencias expertas en lo que les gusta a los ejecutivos --le interrumpe Rut.
-- Es su trabajo. Hacerlo con eficacia es acertar con los deseos del cliente. Pero yo creo que hay una oferta muy variada de espectáculos propios de cada país que no tienen por qué mantener relación con mujeres. Además ten en cuenta que las ejecutivas también viajan. Ya te dije que mi intención era, hasta que tuve que ceder, que la representación de nuestra oficina la llevara Marta. Ella es muy responsable, es de esas mujeres que siempre termina por imponer su criterio, ofrezcan lo que ofrezcan. Yo soy más débil, más contemporizador, me cuesta hacer un feo a quien me ofrece un favor reusándoselo, aunque advierta que detrás del favor hay un claro interés.
-- ¿Había muchas mujeres en vuestro grupo?
-- No. Ni tampoco entre las autoridades. Solo azafatas y traductoras.
-- Que obviamente os acompañaban a cenar y a los espectáculos.
Darío ya había adivinado a dónde quería llegar Rut, sabía que no cesaría hasta que le confesara él lo que podría haber habido.
-- Los traductores no se separan ni en las reuniones de trabajo ni en cualquier otra actividad colectiva. En Rusia son necesarios también en las cenas y en las copas. Si es lo que te interesa, en el programa no había visitas a lugares de alterne.
-- No es lo que habéis hecho en vuestro viaje por lo que me intereso. No busco investigarte. Quiero conocer la dimensión de ese aliciente comercial que se trajina. Al menos durante vuestras estancias se hablará de ello.
-- Existir, existe de todo. Desde la oportunidad de elegir traductores y secretarios, chicas y chicos, que compaginan su servicio con el de amante, hasta a fiestas preparadas con barra libre de alcohol y sexo. También se puede disponer de los servicios privados que ofrezca el hotel. Hay quien elige y sabe mantener su independencia, porque no todo el mundo logra escabullirse, para que nadie le dirija a hacer allí lo que no hace aquí.
-- Tú ¿dónde situarías el límite de lo correcto?
-- Primero, en lo que no te desagrade porque suponga una posición de abuso. Segundo, en lo que no encierre una traición a los tuyos. Tercero, lo que no te tengas que arrepentir al día siguiente. Cuarto, lo que no exija una contrapartida.
-- ¿Qué entiendes por una posición de abuso?
-- La que te hagan el favor por la mera ascendencia. Sobre todo si eres tú el que exiges lo que en principio no te ofrecen.
-- ¿El que no encierre una traición a los tuyos?
Darío se queda pensando unos segundos, parece que sabe lo que quiere decir, pero su mente no acierta a expresarlo con claridad. Tras esos momentos de duda responde:
-- La que dañaría el sentimiento. La lealtad que les debes a los tuyos es procurar que se sientan felices. Lo que dañe ese compromiso a espaldas creo que se puede equiparar a la traición.
-- El que no tengas que arrepentirte al día siguiente está muy claro. El que no exija una contrapartida entiendo que es como que no te vendas. ¿Acierto?
-- Sí.
Ahora es Rut la que hace una pausa, como si estuviera ordenando las opiniones de Darío en su estructura mental. Ya tiene una estimación de la ética de su compañero en el trato con otros, que le sirve a ella para considerar qué valores y límites son con los que tendrá que convivir si su relación se extiende en el tiempo. Como es su trato ahora lo va conociendo día a día, pero Rut tiene la convicción de que la manera como trata una persona a otras no tan próximas a la pareja es la que, con el tiempo, se impondrá como rasgo propio de cada personalidad. Por eso le está interesando hablar de temas que habitualmente no tocan, ya que aunque llevan ya muchos meses de relación hay cosas que ni han hablado nunca, ni ella llega a intuir cómo Darío las considera en su forma de pensar.
-- ¿Crees que ese tipo de favores tiene una real repercusión en los negocios?
-- En la esfera en que me muevo, sí. Hacer amigos de juergas, aunque pueda parecer vanal, es conocer amigos con los que poder contar, aunque algunos sólo valgan para esos momentos de expansión. Si además media un interés profesional que pueda satisfacer a ambas partes... Te digo que es mucho mejor tratar con quien te entiendas que con quien disientas sobre el sentido de las cosas. Se buscan sintonías y divertirse junto las facilita.
-- Pero ¿tú sales mucho de juergas? Me sorprendes.
-- No salgo porque ni tengo tiempo ni en este momento tengo la cabeza para eso. De más joven sí que me gustaba trasnochar. Es lo que correspondía.
-- A nuestra edad son muchos los que lo siguen haciendo.
-- No tendrán obligaciones que les veden, o no serán responsables.
-- Por eso cuando uno viaja se toma el desquite.
-- No te digo que al menos no tengas la tentación de hacerlo.
-- Esa fantasía por flirtear que parece que nos puede devolver la juventud --añade Rut, como afirmando.
-- Y que no nos falte.
-- ¿Cuál ha sido tu flirteo en este viaje? --acaba por apuntar directamente Rut, lo que parece que lleva toda la cena indagando.
Darío se siente en ese momento un poco confuso. ¿Por qué optar? La verdad que puede herir, o la mentira que induzca la duda. Su actitud hacia Rut siempre ha sido bastante formal, evitando todo trato que pueda suponerle un disgusto. Aunque es verdad que existen rincones de sus vidas que aún desconocen, él se ha intentado mostrar noble, separando la parte de su vida que ocupa su familia y no cabe en su relación, en el resto él procura que imperen sus criterios de no herir ni traicionar. En este caso hay algo que roza ese límite, que al fin decide mejor hablar que callar.
-- Nada premeditado. Nos habían recomendado en el hotel una casa de masajes orientales próxima, y el martes por la tarde, después de una buena comida y una larga y agradable sobremesa, con otro de los ejecutivos se nos ocurrió en salir a dar una vuelta y tomamos la dirección hacia donde estaba ese establecimiento. Nos animamos mutuamente y entramos. Nos dejamos convencer fácilmente para darnos un masaje. Chicas jóvenes, bien experimentadas y de muy buena presencia: Su servicio comenzaba con el masaje relajante y seguía con el excitante, hasta que llegó el momento en que la morena que me atendía me preguntó: ¿Puedo? En ese momento yo ya estaba entregado, le dije: Sí. Y me dio una chupadilla.
-- Una felación.
-- Llámalo como quieras. Pero nada significativo, ya sabes que me voy enseguida. Todo físico, nada sentimental.
-- No tengo nada que reprocharte. No nos hemos puesto límites a nuestra libertad. Somos mayores. Cada uno sabe lo que hace.
-- Lo que quiero decirte es que en ningún momento he tenido sensación de culpa. No es como comprar el servicio de una mujer, lo que siempre me he prohibido.
-- Lo venden así para que apenas te des cuenta, pero en esencia es lo mismo. Mera técnica de consumismo.
-- Su trabajo es el masaje, no el sexo. No se pueden considerar como mujeres de la calle. Ni siquiera sé si se lo ofrecen a todos.
-- Ya, le apeteciste a la chica, y le concediste el capricho de modo generoso --dijo Rut en tono sarcástico.
-- No niego que me apeteciera mucho.
Terminaron de cenar y como cada lunes se dirigieron a casa de Rut. No se puede decir que hubieran discutido, pero había entre ellos esa noche como un velo entre sus voluntades difícil de definir. Darío estaba, como siempre, deseoso de entrar en la cama, Rut no aparentaba nada en contrario, hicieron el amor con la intensidad acostumbrada, aunque en esa expresión también se mostró como si una etérea frialdad de ella interpusiera algo entre el contacto de sus cuerpos, sin ser precisamente la piel de un preservativo.
 
 

CAPITULO  20

En la cena de hoy Darío les recuerda a sus hijos que es hora de planificar las próximas vacaciones. Él suele tomar en consideración la opinión de sus hijos para las decisiones que les afectan como familia; al menos somete el tema a discusión, dejando que cada uno opine, luego como responsable maneja esas propuestas aprovechando su razonamiento para enseñarles a decidir después de sopesar todos los aspectos de las situaciones. Todos los años los chicos van los primeros días de julio a actividades juveniles que organizan en los centros escolares, bien campamentos, convivencias, campos de trabajo o cursos de recuperación para quien ha suspendido alguna materia. En los últimos años Darío aprovecha esos días para hacer una escapada con Rut. Luego, según las fechas y obligaciones de su trabajo, se van la familia a pasar diez o quince días juntos a la montaña o a visitar alguna región o ciudad, lo que entre todos consensuan. Darío y  Baké han acordado que ella se tome todo un mes relajada, por lo que ha reservado veinte días de estancia en un balneario, como mejor sitio para ir con su abuela.
Darío se dirige a sus hijos:
-- Como Baké va a estar todo el mes fuera, y vosotros os vais de actividades las dos primeras semanas, a partir del quince de julio tenemos que decidir a dónde nos vamos para ir reservando  sitio. ¿Habéis pensado algún lugar? Proponer qué os apetece. Playa, montaña, visitar ciudades, un viaje a un lugar desconocido... Tiene que ser un lugar con hotel, albergue o similar, para estar atendidos y no tener que realizar las faenas de supervivencia. Bastante tenemos el resto del año para ocuparnos de eso.
Ana se adelanta a los demás porque posiblemente llevaba tiempo pensando en su proposición:
-- Ir a Roma y estar con mamá.
-- Vuestra madre los veranos no está en Roma. Allá hace mucho calor --responde de inmediato Darío--. Además no debemos interferir en sus trabajos. Desechado. Otra propuesta.
-- A mí me gustaría conocer Nueva York. Quizá para ir todos y tan lejos supone demasiado gasto --dice Gloria con poco convencimiento.
-- Yo quiero conocer Disney. Si como dice Gloria, América es muy caro, al menos ir al de París --interviene África--. Los que han ido de la escuela dicen que está muy bien, que te diviertes mucho y que todo es muy bonito. Además...
-- Pero Disney es para niños -- la interrumpe Ana--. Allá podéis ir con la escuela el año que viene o escaparos León, tú y papá un fin de semana largo. Pero me apunto a la idea de ir a París. En todo caso podemos ir allá, y vosotros os distraéis un día o dos en Disney, mientras Gloria y yo vemos El Louvre a fondo.
-- Todos juntos --le corrige Darío--. Cómo os voy a dejar  solas en una ciudad extraña. Podemos ver Disney y otro día El Louvre, vamos unos cuantos días.
-- Tanto como París me apetece Berlín --interviene Gloria--.
-- Parece que vamos centrando el programa --resume Darío--. Una vuelta por centroeuropa... Puede ser. Además os viene bien a todos para repasar geografía, historia y arte. Una gira cultural.
-- Papá, yo quiero ver los Alpes --opina León, que aún no había intervenido--. Subir en los funiculares para ver las montañas desde al aire y disfrutar de la nieve.
-- En verano no hay nieve --le corrige África--.
-- En los Alpes, como en el Himalaya, hay nieves perpetuas --se reafirma León--. Lo he visto en un documental. Papá ¿podríamos aprender a esquiar?
-- Lo de esquiar, si se os antoja, nos vamos en Pascua --les ofrece Darío.
-- Recordad que yo estuve el año pasado con el instituto --dice Ana--. En pocos días aprendes a sostenerte y poco más, pero es muy divertido.
-- Si todos lleváis buenas notas, me comprometo a que el próximo invierno hacemos una escapada a la nieve --condiciona el padre--. Ahora seguimos con lo que estábamos, que ya lo tenemos casi esbozado.
-- Todavía se puede completar más --interviene Gloria--. De regreso podemos parar en Montecarlo, para ver sobre el sitio el circuito de la Fórmula 1. Y si nos apetece jugamos un poquito en la ruleta, no para ganar, sino para conocer el ambiente.
-- Me temo que a los pequeños no les dejen pasar --corrige Ana.
-- Igual sí, para ir cultivando potenciales clientes.
-- Da igual si está permitido o prohibido, porque, de ir, nos conformaremos con verlo por fuera --zanja Darío--. O sea que nos decidimos por una gira por Francia, Alemania y Suiza. Con esta idea voy a empezar a estudiar la ruta, los costes de alojamiento, los kilómetros que hacemos por día, y lo demás; en función de lo que vaya subiendo habrá más caprichos o menos. Lo bueno no es dónde vamos a estar, sino que vamos a tener unos días para compartir todo juntos, quizá tan demasiado juntos que nos empecemos a cansar de soportarnos, pero esto es como lo de  los campamentos, obligados compañeros de viaje, no vale protestar. Así que como os he dicho siempre, para pasarlo todos lo mejor posible, que cada uno se ocupe de hacérselo pasar bien a los demás y que se olvide de sus caprichos. En unos sitios estaremos algunos más contentos y en otros nos aburriremos un poco, pero si otro está feliz viendo lo que le apetece, pues muy bien. Os recuerdo que son muchos kilómetros de carretera, luego que nadie se queje de que se le hace pesado, como vamos a pasar por sitios muy distintos siempre habrá algo que llame la atención.
-- En el coche podemos jugar a muchas cosas --le interrumpe León--, como hemos hecho en otras vacaciones.
-- Pero esta vez son muchos más días y horas seguidos --le advierte su padre--. Os comprometéis a no quejaros de los trayectos del viaje.
-- Nos comprometemos --contestan los cuatro--.
-- Y tampoco de los alojamientos, de las comidas, de no entender los idiomas, a pasar todas las vacaciones sin un mal gesto, sin un enfado, sin un lamento.
Se ríen los chicos y ponen cara de dificultad. Se miran unos a otros, y a una responden:
--Nos comprometemos.
 
 

CAPITULO  21

Gloria encuentra una evidente justificación en la voluntad de su padre para pasar a casa de Armando con tanta frecuencia como se lo pida Ana, aunque siempre que ésta la requiere pone énfasis en mostrar que a ella no le va nada en tener que acompañarla. Una vez que han empezado a pasar juntas, ambas se sienten autorizadas a charlar tanto rato como Armando les dedica. De este modo entre las dos y el vecino se va creando una cierta amistad que parece que complace a ambas partes, porque Armando les ofrece un refresco y muestra como si nunca está tan ocupado como para cortar la conversación que siempre inicia respecto a los estudios y las preocupaciones de los estudiantes. Observado desde fuera puede parecer que sean vecinos de toda la vida, aunque la realidad es que hace pocos meses que se conocen. En el entorno de las dos hermanas se encuentran otras personas que conocen desde pequeñas, pero de ellos poco saben más que sus nombres, sus orígenes, su profesión y las características del perro que pasean. Con quienes más trato tienen son con alguno en cuya familia hay un chico o una chica con quienes han coincidido en la escuela o en el instituto. Sin embargo con Armando, por la mera vinculación de la cultura que Ana estima, les ha surgido un trato que comenzando por prestarles libros ha evolucionado a que se interese por cómo van sus clases en el instituto, respecto a las formas de impartir clase de los profesores, de compañeros de clase, etc. Lo que hacen formalmente con su padre, de modo espontáneo surge en la conversación con Armando, que a juicio de las chicas posee la oportunidad de comprenderlas a la primera.
Hoy Armando les revela que durante ocho años estuvo dando clases de profesor de arte, y que del trato continuo con alumnos jóvenes como ellas se aprende a intuir lo que preocupa y ocupa la cabeza a los chicos en esas edades.
Gloria se interesa por conocer la razón que tuvo para dejar la enseñanza.
-- ¿Por qué dejaste de dar clases?
-- Es algo un poco largo de contar. Se trataba de que no me encontraba a gusto en el centro donde impartía las clases. A veces te pasa esto, que una mala experiencia en un sitio te hace dirigirte hacia otros derroteros en la vida profesional.
-- Permíteme que te diga que creo que deberías ser un magnífico profesor.
-- No todo el mundo opinaba así.
-- ¿Tus alumnos?
-- De ellos nunca he tenido queja. En todo caso de que no se esforzaban todo lo que podían, pero ese es el criterio común de todo profesor. Y si una mayoría de los chicos no se esfuerzan es que: o no les motivas suficientemente, o que la media de lo que pueden ofrecer es lo que hacen.
-- ¿Entonces quienes iban contra ti? --interviene Ana en la conversación, la que seguía atenta aunque parecía que ojeaba un libro.
-- Los padres, algún que otro profesor, parte de los directores del centro. Creo que todo empezó por un grupo de padres de esos que se creen eruditos en todo. El liceo donde daba clases era una institución privada, y los padres, porque pagaban, se sentían en el derecho de opinar sobre los contenidos y los objetivos de las materias de enseñanza, en especial de la mía, expresión artística, pues todos se consideraban dotados de suficiente conocimiento para opinar sobre arte, pero no se daban cuenta que lo pueden hacer sobre lo que les gusta o no, pero no en lo que concierne a los criterios docentes para que sus hijos se motiven a desarrollar su creatividad, ya que, salvo contadas excepciones, sólo saben repetir criterios estereotipados sobre la composición estética. Especialmente algunos de ellos se habían convertido en furibundos críticos de mi persona porque a sus hijos les enseñaba que el fin de la representación en la pintura había evolucionado cuando la fotografía ocupó esa necesidad social con mayor perfección y más bajo coste; las nuevas tendencias evolucionaron de procurar la reproducción de la naturaleza a reproducir la impresión de la naturaleza y la vida en el hombre. Esos padres no me perdonaron que procurara hacerles entender a los alumnos que el arte puro se identificaba con la expresión del estado de conciencia personal, y de los efectos sobre ella de las circunstancias de la vida que inspiraban a crear. Esos padres tenían aún en la cabeza que todas las niñas tenían que aprender ballet clásico, que los chicos tenían que aprender a tocar el piano, y cosas parecidas, porque era lo que ellos habían practicado en el liceo en su infancia. De poco les valía mis justificaciones de que los tiempos habían cambiado, que la expresión artística había que liberarla y conocer el abstracto, el surrealismo, el colage, la pintura pop y los demás movimientos de expresión modernos. Para ellos, lo que yo pretendía era  deformarles, porque no se dirigía a afinar el sentido de la estática en sus hijos como ellos la entendían. Así que cansado de intentar abrirles las mirar a aquellos ultraconservadores, como no me sentí respaldado por la dirección, decidí dejar la enseñanza, porque no podía traicionar a mis criterios educativos.
-- ¿Los alumnos te apoyaban?
--  Por supuesto. Ellos estaban encantados con trabajar sobre ideas y no copiando bodegones y cosas así, que es lo que hacían en cursos anteriores. Algunos padres, en cambio, decían que eran muy jóvenes para entender esas novedades, pero no se daban cuenta que los pequeños son más imaginativos que los mayores, y lo que les divierte y mejor se les da es la creatividad. Siempre hay alumnos que no quieren trabajar, son los que van con la excusa a sus padres de que no entienden al profesor, pero en mi caso eran los menos, aunque había entre ellos algunos con mucha ascendencia sobre la dirección del liceo.
-- Debiste sentirte frustado --dijo Ana, como compadeciéndose de él.
-- Defraudado de no haber podido sacar mi proyecto. Pero para mí lo realmente frustraste habría sido seguir dando clase por el único fin de ganarme la vida.
-- ¿Desde entonces te has dedicado a pintar por tu cuenta?
-- Cuando daba clases, ya pintaba en el tiempo que me quedaba libre; pero a partir de esa experiencia me decidí por la composición personal, he de confesaros que me costó años reconocer que la pintura que hacía era la que realmente expresaba mi sentimiento.
-- ¿Cómo se reconoce que se está siguiendo el sentimiento? --preguntó Ana.
-- En que hay coherencia entre tu creación artística y la vida que llevas. Que tu arte es la expresión de los valores que inquietan tu conciencia. El itinerario parte de tu sensibilidad para entender la vida, esa sensibilidad despierta tu creatividad; en la medida que compones, sea música, escultura, pintura o literatura, cualquier arte, lo que ocurre es que ese trabajo te va exigiendo que te definas en conciencia sobre el entorno para interpretarlo, lo que te ayuda a descifrarlo y a tomar una posición de conciencia tanto para componer como para vivir. Esa visión de la realidad que quieres transmitir es la que continuamente te interroga si a ti mismo te conmueve.
Esas cosas que les transmite Armando son las que las dos chicas están deseando escuchar, que les hablen de libertad, sin que sea preciso pronunciar esa palabra, ensalzando ese sentimiento que constituye el eje de la pasión cuando bulle por dentro la juventud. El hecho de que Armando las tome tan en serio, manteniendo con ellas conversaciones que podría interesar a gente mayor, las hace crecer en importancia y consideran a su vecino u amigo bajado del cielo.
Darío está atento que cumplan lo que les ha prescrito de que pasen las dos cada vez que van a casa de Armando o se sientan en su jardín a dialogar. Aunque no termina de convencerle esa amistad por la diferencia de sexo y edad, no encuentra razón objetiva por la que podría censurarlas, si no era porque se daba cuenta de que sus sentimientos contrarios podrían proceder de que sintiera celos de que sus hijas conectaran más con Armando que con él.
-- En cualquier caso --se consuela pensando-- eso me deja más tiempo par dedicarlo a la atención de los dos más pequeños, quienes más pueden acusar el vacío de su madre.
 
 

CAPITULO  22

Darío ha sido invitado a la inauguración de una exposición de arte promovida por una fundación muy conocida en Montvert a favor de una causa social. Como sabe que Rut últimamente se interesa más por el arte, le propone que le acompañe, aunque no es frecuente que él la proponga asistir juntos a actividades públicas de la ciudad. Entre los patronos de la fundación hay algunos empresarios de la construcción, y cada dos años la exposición recoge un conjunto de obras donadas por autores de reconocido prestigio que aportan algún trabajo para que pueda ser subastado, siendo los beneficios obtenidos destinados cada vez a una causa distinta, pero siempre relacionada con necesidades de niños en cualquier país de África. Darío, además de acudir por compromiso personal, suele pujar en la subasta con idea de llevarse alguna obra, lo que no suele lograr porque, por ventura para los beneficiarios, suele haber mucha competición y aún nunca en la puja ha logrado imponerse para hacerse con la propiedad de la obra apetecida. Darío desea contrastar con Rut sobre qué obra presentada ofertar, pensando que quizá le traiga suerte y se decida sobre un cuadro que no despierte mucho interés.
Estando contemplando los trabajos presentados, Rut se apercibe de que entre los asistentes está Armando, de quien piensa que pueda haber alguna obra donada. Como en los catálogos no halla ninguna referencia suya, piensa que habrá acudido como ellos a ojear y quizá a decidirse a luchar por alguna pintura que le interese. Cuando Rut, que ha estado discretamente pendiente de los movimientos de Armando, aprecia que se ha distanciado del grupo de personas con el que antes hablaba, la propone a Darío acercarse a saludarle. Armando se gira y los ve venir de frente hacia él, sorprendiéndose algo de verlos juntos, pues, como nunca ha visto que Rut frecuente la casa de sus vecinos, pensaba que la relación entre ellos era únicamente profesional. Armando se encuentra con el problema de que con Darío se tutea en su trato habitual, pero a Rut siempre se ha dirigido con trato de respeto, pero no le sale, ahora que están juntos, diferenciarles en el saludo. Como Rut toma la iniciativa el problema desaparece, ya que ella le tutea con confianza, como si le conociera de tiempo atrás. Armando les indica cómo está interesado en el fin de la exposición y está tanteando si apostar por alguna obra, entre las que ha encontrado algunas de autores conocidos suyos y otras que sin conocer al autor le han llamado la atención por su originalidad. Darío aprovecha para pedirle consejo sobre si existe algún valor oculto que le pueda interesar, sobre si su parecer coincide con la elección que de las obras expuestas a hecho Rut, aunque sin comentarle este extremo, y sobre el valor real en el mercado de esas obras, confesándose él como un ignorante sobre la estimación de la tasación de la pintura, de modo que pueda tener una orientación sobre como moverse en la subasta. Armando le argumenta que no conoce a los autores de muchas obras, y que en cualquier caso su información no la tome como segura; si realmente está interesado por alguna obra le recomienda que consulte a algún especialista. De todas formas Armando le recalca que el arte es para disfrutarlo personalmente y no para especular, esa dice que es su opinión y no un criterio moral, así que el precio lo debe fijar el comprador, es este caso haciendo su oferta en la subasta, de acuerdo al interés sugestivo que le ofrece la obra. Mientras conversan van girando una visita a toda la exposición, Rut se muestra muy amable con Armando, como si le estuviera compensando la dedicación que puso al hacerle el retrato. Cuando han visitado todo lo más interesante, Rut les propone ir a tomar una copa en un puf cercano. Armando acepta indicando que no tiene demasiado tiempo, pues tiene que volver a la exposición ya que ha quedado más tarde con otras personas.
En el puf Rut le manifiesta a Armando lo contenta que quedó con el resultado del retrato, que se reconoce totalmente en él y que cree que nadie la habría sabido captar mejor que él lo ha hecho. Agradecimiento que dice ya conoce Darío por haberle hecho ese regalo, pero también de la suerte de haber encontrado un autor que tan bien la captara como ella realmente es. Armando le contesta que ella le facilitó mucho la conexión para dar con su forma expresiva, y que el valor de un retrato está contenido en el modelo, del que el artista nunca logra conseguir toda la perfección que le ofrece. Ahí discuten amablemente sobre si la calidad se debe al modelo o al pintor, Armando defiende que la personalidad de la obra ya está implícita en el carácter del retratado, y que el artista sólo saca de ahí lo que es capaz de captar, que nunca es la totalidad; Rut le contradice, afirmando que lo que queda en el cuadro es más de lo que el retratista ve y la mayor parte de las personas no logran definir, que la sensibilidad del autor define su estilo y es la que logra extraer lo que los demás no son capaces; Armando la corrige y cada uno justifica su posición.
Armando ha supuesto que existe entre Darío y Rut alguna relación más profunda de la que había considerado con anterioridad, pero habiéndole dado Darío anteriormente referencias de su mujer y que no parecía con convivieran, cualquier clase de vínculo que les uniera nota que lo mantienen con gran discrección.
Siguen conversando sobre la relación de esfuerzo, la sensibilidad y el grado de autorrealización en el trabajo, mientras que Darío parece un poco ausente de la conversación. Armando opina que esa realización en su profesión se manifiesta en una acertada definición entre composición y armonía, que pueda ser definida como lo que gusta por esto y por aquello, no simplemente por una sensación indeterminada.
Al rato Armando se excusa por sus compromisos de horarios, Rut le dice que le agrada poder haber compartido esta conversación, pues mientras se conocieron haciéndole el retrato hubo de permanecer la mayor parte del tiempo cavilando sobre estas cosas, pero sin poder comentarlas.
Cuando Armando ha salido, Rut le dice a Darío que es una suerte tener un vecino que parece tan cordial. Darío aparenta normalidad, pero por dentro está algo celoso de la conexión que parece haberse establecido entre su querida y Armando. Darío le explica que se lleva bien con sus hijas mayores, pero que tiene algunos reparos porque no sabe la clase de hombre que es. Parecer le parece buena persona, pero...
-- Me sorprende que no tenga pareja. Ya ves como hoy estaba solo. Amigos, conocidos, colegas, pero a mí me gustaría más, pensando en mis hijas, que tuviera como vecinos a un Armando y demás familia. Me parece más natural para el trato de mis hijas.
-- No te agobies. Hay lo que hay, y me parece una suerte un señor así. Yo también estoy soltera y no me encuentro rara. Lo positivo es que tiene personalidad. No me extraña que tus hijas lo valoren.
-- Lo mismo que a ti parece que te ha encantado, temo que a mis hijas las pueda encantar con la misma elocuencia y la misma compostura. No sé, me gustaría conocerle mejor.
-- Le tienes al lado de tu casa.
-- Pero creo que yo soy el que tengo menos trato con él de todos los de casa. Incluso Baké parece que habla con él más que yo. Como una parte importante del día no estoy, no puedo controlar lo que hacen los demás tanto como querría.
-- Tus hijos van siendo mayores y empiezan a guiarse por sus criterios propios. Es la preocupación número uno de los padres con hijos jóvenes. Especialmente sufrís los hombres con hijas, porque os creéis que las mujeres no tenemos criterio ni sabemos defendernos. Seguís considerándonos el sexo débil, lo que podrá ser para levantar pesas, pero para saber con quien se puede estar, y con quien mejor no, tenemos mejor criterio nosotras. Si no les respetas esos ámbitos de su libertad, terminarán tus hijas por tenerte como un tío raro y perderás su confianza.
-- Todo empezó con que Ana, la segunda de mis hijas, que tiene 13 años y aficiones artísticas, un día se enteró que Armando tiene muchos libros de arte, comenzando a pasar a su casa a pedirle libros prestados. Tuve que intervenir, y ordenarle que si quería ir a casa de Armando pasara acompañada de su hermana mayor. Parece que lo hacen así, pero me da que lo que he conseguido es que ahora sean las dos las que se sienten interesadas en tratarle como si fuera un amigo de su edad.
-- A tu hija creo que la conocí uno de esos días que pasó a recoger algún libro. Estaba yo posando, llamó a la puerta, le abrió Armando, se asomó al estudio y se quedó un ratito contemplando como pintaba tu vecino. No hablamos de que yo te conociera, pero como Armando me comentó que quien llamaba era la hija del vecino que venía a devolverle un libro, y sabía que vivías allí, pues deduje que era tu hija. Me pareció una chica muy maja y no detecté que entre ella y Armando hubiera ninguna mala intención.
-- Sí, todo lo que quieras, pero ella es muy joven y está en la edad de las fantasías. Como tiene ese interés por la cultura, me parece que entre sus compañeros del instituto no encuentra nadie como Armando para que la ilusione.
-- ¿Eso es malo?
-- Con todo el respeto hacia mi vecino, es que no quiero que mi hija se aleje del ámbito de amigos de su edad.
-- Si vieras que se pasa todo el día en casa de Armando sería preocupante. Que hablen con él de vez en cuando, como lo harían con su abuelo o con un profesor, no creo que las perturbe en sus relaciones con los amigos.
-- Quizá tengas razón. Puede que me esté obsesionando con ello.
 
 

CAPITULO  23

En casa los pequeños Suances están revolucionados porque se acerca el fin de curso y las vacaciones. Antes de ello, es lo que ahora les ocupa, les ha tocado participar en la representación de fin de curso y están preparando los atuendos para caracterizarse.
Cada año en el colegio, entre las varias actividades de fin de curso, los alumnos entre ocho y diez años realiza una representación en el espacio polideportivo que resalta algún acontecimiento histórico que tenga proyección en los juegos de los niños. Este año los profesores han elegido las luchas entre los colonizadores norteamericanos y los indígenas. Para ello han dividido a los alumnos en dos grupos, la mitad representan a los blancos que buscan tierras para colonizar, la otra mitad a los aborígenes del territorio que defienden el dominio del territorio en el que de forma nómada durante siglos llevan viviendo y cazando. Cada uno de los alumnos ha elegido un bando, de modo que León se ha apuntado en el grupo de los americanos y África como indígena. En casa se pasan el día discutiendo sobre quienes son los buenos y quienes los malos de la representación.
-- Los indígenas estaban allá desde siglos --aduce África- y llegaron los europeos a quitarles sus tierras.
-- Los colonos buscaban tierras donde asentarse para criar ganados y cultivar la tierra. Ellos no agredían a nadie --argumenta León--, sino se defendían de que los indios les atacaran para quitarles sus pertenencias.
-- Los que atacaban eran los invasores, que se querían apoderar de los territorios que los indígenas disponían para cazar.
-- Norteamérica es muy grande. Sobraba sitio para que los que estaban antes cazaran y también para que los que llegaban pudieran poner sus ranchos y sus plantaciones.
-- Pues si no les ocupaban sus tierras ¿cómo es que luchaban? Si no coincidían en los mismos sitios no habría habido posibilidad de enfrentamientos. Si los blancos hubieran ido sólo donde no estaban los indios no se habrían encontrado --dijo África, como si su razonamiento fuera irrefutable.
-- Los colonos iban a un sitio y se establecían. Luego llegaban los otros y les atacaban.
-- Es que los colonos buscaban sitios fértiles, los mismos que ya habían ocupado los anteriores. Pero como ellos llevaban armas más modernas se los querían arrebatar.
-- No. Los colonos se establecían y se defendían de los ataques de los indígenas. Ellos llevaban la cultura y querían enseñarlos a cultivar, la vida social y todos los progresos de la modernidad, como el ferrocarril.
-- Los indígenas ya tenían sus comunidades y su vida social. Ellos no necesitaban que nadie les viniera a molestar. Por lo que quien empezó la guerra fueron los que les invedieron. Los buenos son los que estaban, los malos los que llegan.
-- Los indios ya tenían sus luchas entre tribus. La guerra no la inventaron los americanos.
-- Pero fueron los que probocaron a quienes con justicia defendieron sus formas de vida.
Con estas argumentaciones discutían León y África, porque cada uno de ellos había elegido uno de los bandos creyendo que eran los buenos y los otros los malos. Estos enfrentamientos dialécticos no les impedía que en la buhardilla de León, donde preparaban las indumentarias que iban a llevar el día de la representación, los dos se ayudaran a preparar las cartucheras, las plumas para adornar la cabeza, cintas para enrollar sobre el contorno de las extremidades, cortar trozos de cuero para sobreponer sobre chaquetillas y pantalones y cortarlas en estrechas tiras para confecionar flecos, todo ello para unir a la ropa usada que como base está usando Baké para conseguir la mejor versión posible de los disfraces. Darío se había ocupado de conseguirles en la juguetería las armas, sombreros, amuletos y demás pertrechos apropiados para caraterizarse como correspondía a cada uno. En casa repiten algunos de los gestos que en sus intervenciones realizan África y León, como la de disparar, ayudar a un herido, recargar la pistola, enfundar y desenfundar; pero sobre todo repiten cada uno varias veces ante el otro la parte de texto que les toca pronunciar, lo que se cuidan mucho de que no lo oigan los demás de la familia, para mantenerlo como una sorpresa, puen ninguna de los dos han contado que les toca intervenir entre los pocos que hablan en la función. Los dos se lo están tomando muy en serio, en especial África que se siente muy implicada por ser la primera vez que interviene en una representaicón pública en el colegio, pues León el curso pasado ya actuó como romano.
El viernes de fin de curso, víspera de la entrega de las notas, en el espacio polidportivo se han colocado sillas suplementarias para que, con las gradas existentes, puedan todos los padres seguir los actos programados. En los vestuarios se han instalado camerinos provisonales, en las zonas de porterías a un lado un decorado representa un poblado indígena, en la parte contraria, un campamento de carretas de colonos. El taller dramático ha ayudado en el montaje durante varios días, donde Ana se ha aplicado viendo la ilusión que demuestran sus hermanos.
La representación de la colonización norteamericana se ha programado en cuatro escenas: La primera, en que luchan; la segunda, los indígenas se reúnen en consejo y asumen intentar ser amigos; la tercera, los colonos blancos hacen autocrítica de matar a los naturales del territorio; en la cuarta hacen las paces. En la representación León lucha tras las barricadas montadas en el escenario con una pistola Colt en la cintura y un rifle en la mano, alternando el uso de una y otra arma según el momento de la escena. África hace su aparición con el grupo de chicas que portan banderas blancas y dan de beber y recogen a los heridos al finalizar el combate de la pirmera escena. Luego cada uno de los dos aparece en su respecivo bando deliberando en las siguientes dos escenas, que se representan bajando la intensidad de la luz del polideportivo e imitando hogueras donde por la noche deliberan primero centrando la atención de la escena en el grupo de los indígenas y posteriormente en el de los colonos. En las deliberaciones de su bando África interviene, hablando con tono y voz decididos, dicendo que quiere justicia pero también paz para su familia y su pueblo, por lo que reclama de los jefes de su tribu acordar la paz. León en la reunión con los suyos es de los que exije seguir con la guerra hasta extinguir la presencia de indígenas en los territorios que quieren ocupar, aunque otros colonos opinan en contra y en votación ganan los que quieren negociar y dividirse la tierra y vivir ambas comunidades con buena vecindad. En el último acto, se ilumina lentamente el ambiente, representando el amanecer, y tantos los indios como los americanos se aproximan en grupo desde sus respectivos campamentos hacia el centro de la pista polideportiva, que utilizan como escenario, y cuando están próximos dejan sus respectivas armas en el suelo y se juntan en abrazos unos con los otros.
Los padres, profesores, amigos y alumnos de otros cursos que han asistido a la represetación rompen en un gran aplauso mientras los chicos saludan al público con sonrisas en la cara por haber superado sus paleles sin más inconvenientes y al parecer con gran satisfación para los espectadores. Darío, Gloria y Baké se congratulan de que África y León hayan estado acertados, pensando que, como no podía ser de otra manera, ha valido la pena el esfuerzo de todos en casa para apoyarles en lo necesario. Los actores se han retirado a cambiarse, y cuando salen a juntarse con sus familias les caen directamente las felicitaciones a unosy a otros. Ana, que ha estado con los del taller dramático controlando desde bastidores los detalles de la organización se une a los suyos, quienes la felicitan por lo que la pueda tocar del éxito de la organización.
Darío les dice que ha reservado sitio para ir cenar a una pizzería. Cuando llegan allá África y León se empeñan en preguntar una y otra vez si lo han hecho bien. Quién ha estado mejor. Qué les ha gustado más. En ese momento se sienten los protagonistas de la noche, relatan sus pequeñas anéctodas concernientes a detalles de su intervención y de la de algunos de sus compañeros. Cenan con la alegría que a toda reunión transmiten los niños cuando están felices, cuya estado se contagia a los demás porque todos ellos no desean sino eso que está sucediendo. Al final de la cena Darío les recuerda que todo ha estado muy bien y que espera que mañana, cuando reciban las notas, podrán seguir celebrándolo porque hayan sido para todos ellos satisfactorias. Por el gesto que se les refleja a cada uno en la cara se aprecia la seguridad en los resultados positivos que espera.

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En la cama, esperando conciliar el sueño, los niños recuerdan punto por punto su actuación. Darío antes de acostarse se sienta en la butaca del despacho anexo a su habitación y considera la suerte de poder apoyar y  disfrutar las dichas de sus hijos, y que la vida les vaya relativamente bien, a pesar de la ausencia de su madre. Piensa en ese momento en qué cosas ocuparán la mente de Marina y cuanto se pierde por no estar pegada a sus hijos, ya que lo que durante estos años está sucediendo no se volverá a repetir. Considera cómo podrían haber evolucionado las cosas si ella se hubiera adaptado más a los hijos y, sobre todo, hubiera puesto más esfuerzo en superar su adicción al alcohol. A Darío siempre le remuerde algo la conciencia de si su comportamiento con ella fue demasiado resolutivo, no dándole las necesarias oportunidades de regeneración. Contra ese pensamiento contrapone el que su casa podría haber evolucionado de mal en peor, con una mayor consecuencia negativa para los hijos y para su estabilidad personal y profesional. Estas interiorizaciones le acompañan con bastante frecuencia, más de la que quisiera, teniendo en cuenta que siempre concluyen en la misma conclusión exculpatoria de que ha asumido su responsabilidad y  ha cumplido su deber por el bien de los hijos. Le gustaría que su relación con Marina hubiera sido distinta, pero ¿quién puede manipular el destino?
 
 

CAPITULO  24

Rut hace tiempo que ha escogido trabajar sábados y domingos en el hospital y librar los lunes y martes. Sus compañeros de trabajo se lo agradecen, pues así tienen menos rotaciones en que hayan de trabajar los fines de semana y disfrutan de más días completos que compartir con la familia. Algunos compañeros se aprovechan de esa actitud de Rut, no por ello dejan de murmurar sobre ella comentando que si trabaja los fines de semana se debe a carecer de familia y relación afectiva conocida, pues, piensan, los fines de semana se le deben hacer largos y llenos de melancolía al tener que hacer sus planes sola, como lo mismo les ocurre a los hombres sin pareja o familia. Eso se debe en parte a que Rut, sabiendo que el hospital es un lugar público por el que pasan muchas personas, no ha querido airear sus relaciones con Darío, en especial por la discreción con que él procura tratar todo lo que a ellos como pareja les incumbe.
La realidad es que a Rut le mueven otras finalidades para dedicar al trabajo esos días en el hospital. La razón principal es que considera que los días de fiesta en el hospital la vida es más triste, al no haber visitas médicas. Toda la vida del hospital se articula en torno a la rutina de los controles, del paso del médico, de estar pendiente de una prueba clínica o de la impaciencia de conocer ese resultado que presagie un agravamiento o dé ánimos y esperanza a la ansiada mejoría. Gran parte de esa actividad se relaja los fines de semana, donde sólo se atiende las urgencias, de modo que a los internados se les hace el día más monótono, en especial cuando no reciben visitas de familiares. Rut que se apercibió de esa circunstancia en su quehacer profesional de cada día, eligió que yendo a trabajar las fiestas podía intentar llenar el tedio de algunos enfermos esforzándose en acompañar a los pacientes más afectados, prolongando con una conversación animada las visitas que les debía hacer por la programación de la atención sanitaria. En vez de descansar en el puesto de enfermera ese día más relajado de actividad, se preocupa de averiguar cuál de sus enfermos no tiene visita, a los que dedica más tiempo consolando sus dolencias y molestias, pero sobre todo activando su estado de ánimo e interesándose por lo que se sientan incómodos en el hospital. Los enfermos tienden a caer en depresión en los hospitales, ya que el ser humano está hecho para quererse libre, y en un hospital la limitación de la libertad es mayor que en una cárcel. No obstante, los pacientes admiten todas las limitaciones con tal de curarse, quizá incluso haciéndose a la idea de que ya no vuelvan a sentirse nunca tan enteros como antes. Todo eso se lleva mejor cuando las personas de quien reciben la atención hospitalaria lo hacen con la conciencia de cómo les gustaría que les trataran si ellos fueran los enfermos. Ese es el pensamiento que Rut considera cada mañana o tarde cuando se dirige a comenzar su turno de trabajo, porque conoce que la rutina y el estrés pueden hacer que pierda la referencia de que está tratando a personas anímicamente debilitadas por la enfermedad, cuando más necesitan de un trato profesional humanitario.
Trabajar los fines de semana a Rut también le compensa porque teniendo los lunes sus encuentros con Darío dispone de todo el día para arreglarse: Suele acudir por la mañana a la peluquería, hacerse las manos, comprar, limpiar con especial celo su casa. Para ella el domingo concluye una semana de soledad afectiva, y así desde que termina su jornada de trabajo el domingo todas esas horas se convierten en vigilia de imaginar cómo aprovechar cada minuto de la compañía del hombre que la hace feliz sólo con su presencia. Todo cuanto hace el resto de la semana le llena de sentido de utilidad y servicio, de saber que vive en sociedad, de ser responsable, pero en todo ello existe el menoscabo de no compartirlo con su compañero, como realmente le gustaría poder hacer cada jornada.
Con bastante frecuencia Rut se para a considerar las dos potencias que desde el interior de su conciencia la dirigen en sentidos contrarios. Por una parte se enfrenta el sentimiento afectivo que la induce a sostener y afianzar la relación con Darío; por otra, la intuición práctica del escaso futuro que le ofrece esa relación. Ella quisiera que la realidad fuera distinta, porque sabe que cuanto más trate a Darío, salvo que la traicione, más le va a desear. Al mismo tiempo considera que para él, más que si fuera un precepto religoso, el cuidado de sus hijos ocupará el primer lugar en su mente y en su voluntad. A veces Rut echa cálculo de los años que le pueden quedar hasta que Darío se pudiera sentir liberado de la obligación de conciencia que se ha creado, y piensa que a ella se le irían los años que de esa segunda juventud todavía le quedan. Ella no ha renunciado nunca a una maternidad que sus anteriores amores no han propiciado. Actualmente su cuerpo le pide tener un hijo que conpartir con Darío, pero reconoce que es uno de los temas en que se deberían haber sincerado ambos hace tiempo, poniendo sus voluntades en sintonía, antes de haber avanzado tanto en su relación, de modo que ella intuye que cada uno está siendo poco leal con el otro, ya que ella admite que no utilizando anticonceptivos en sus relaciones sexuales, porque ni ella los desea ni él se los ha pedido, le aventuran una maternidad que ella admite como posible y nunca ha renunciado a aceptar si llega, aun cuando hubiera de asumirla como una maternidad sin compromiso de su pareja, cosa que no le encaja con la personalidad de Dario, por lo que algo en su interior le dice que él, siendo padre de cuatro hijos, es quien haya podido limitar para el futuro su fertilidad, motivo por el cual no ha necesitado abordar con ella lo que no aceptaba otra posibilidad.
 
 

CAPITULO  25

Rut y Darío han cenado al aire libre disfrutando la cálida puesta del sol, a continuación han hecho un largo paseo buscando en el frescor del anochecer alivio al caluroso día con que junio ha sorprendido a Montvert. En su conversación mientras caminan han concretado las fechas en que van a estar juntos de vacaciones, aunque aún no se han puesto de acuerdo a dónde van a pasar esos días. Rut ha propuesto estar en una zona de montaña, para dar largos paseos por la naturaleza; lo que a Darío otro año le habría encantado, éste, en el que piensa hacer la gira con sus hijos por Europa, le apetecería pasar antes esos días de descanso con Rut en un ambiente más relajado. Aunque Darío sabe que al final siempre se aviene a lo que ella desea, intenta convencerla con sus argumentos de que hay buenos sitios para disfrutar de parques naturales sin necesidad de que hayan de ser de montaña, de modo que no les exija un desgaste físico importante. Rut le acepta la sugerencia, pero como no quiere pasar calor, cree que, aunque no asciendan a ninguna cima, sí debe su lugar de estancia estar a suficiente altitud para garantizarles una atmósfera fresca, sin tener que recurrir al amparo del aire acondicionado.
Al llegar a casa, mientras se toman una copa, Rut aprecia en Darío como si estuviera cansado, con el ánimo bajo.
-- ¿Estás bien? Te veo un poco alicaído.
-- Estoy bien. Sin problema.
-- Será este calor que nos ha llegado tan de repente.
-- Puede que sea el cambio, pero yo no me noto especialmente cansado. Por la mañana me levanté con un ligero dolor de cabeza. Luego en la oficina, que hemos tenido un día embrollado, me he olvidado de él. Después de comer me ha vuelto, como teníamos reunión me tomé una pastilla y se me fue totalmente. Si no es por lo que me dices, ni me acordaba de ello. Creo que el paseo me ha venido muy bien.
-- Qué bien que lo hemos dado. El día lo pedía --dice Rut, sin que las explicaciones de él la convenzan del todo--. ¿Quieres que te prepare un descafeinado?
-- ¿Algo templado? No. Me entraría mejor un zumo de naranja fresquito para acompañar a la ginebra.
-- Te lo preparo en un momento. Si te apetece vete acostando y te lo llevo a la cama.
-- Ok.
Ella se va a la cocina a preparar el zumo y Darío pasa el baño a darse una ducha antes de acostarse. Se desnuda despacio contemplando el retrato de Rut. Mientras lo hace se da cuenta que quizá tenga ella razón y se encuentre algo cansado después del día de trabajo que ha tenido. A él le ocurre con frecuencia que cuando aprecia su cansancio es cuando se prepara para meterse en la cama, como si ese aflojar de la tensión de la actividad dejara al aire la necesidad de descanso que pide el cuerpo.
Rut se entretiene preparando el zumo y recogiendo lo que hay sobre las encimeras de la cocina; cuando pasa por el salón, ve que Darío no ha apurado su copa, de modo que le pregunta:
-- ¿Te mezclo la ginebra que te queda en la copa con el zumo?
Darío está terminando de secarse y sale del baño al oír que algo le está diciendo Rut que no entiende bien.
-- ¿Qué me dices, que no te he entendido?
-- ¿Si quieres acabarte la ginebra?
-- Sí, con el zumo.
Rut entra en la habitación donde su vista se encuentra con el cuerpo desnudo de Darío que está terminando de secarse. Contemplarle así constituye para ella una andanada erótica que tiene que reconocer no merma con el tiempo. A ella le gustan los hombres con todo su vello, en eso sí que se considera tradicional, contra la moda que exalta los cuerpos depilados que a ella se le hacen muñecos de escaparate. Le silva de admiración, lo que a Darío siempre le hace sonrojarse un poco y devolver una sonrisa y una mirada de picardía.
-- Aquí te traigo tu zumo. No te preocupes que hoy no te quedas frío.
-- Se agradece despojarse de la ropa.
Ella le deja el zumo sobre el tocador, se dirige hacia la ventana y baja la persiana.
-- Te van a ver las de enfrente.
-- No creo que se vayan a asustar.
-- No me preocupa que las asustes, sino que las gustes.
-- A mis veinticinco años tenía mejor ver.
-- Por si acaso.
Darío se acerca por detrás a Rut que está echando las cortinas, se pega a su espalda, la abraza y comienza a besarle el cuello. Ella se deja mimar, agradeciéndole ese apretón  de los muslos y el sexo desnudo contra su cuerpo. Le deja hacer cuando él insiste en las caricias de esas amplias manos que se deslizan de los pechos a la cintura. Se da la vuelta, se descalza, se besan, se va despojando de la ropa, continúan el intercambio de caricias, hasta que los dos se dejan caer enlazados sobre la cama, mientras sienten como en sus cuerpos crece el ardor tanto como mutuamente se desean. La excitación de los sentidos se sigue del juego con que cada uno provoca al otro una nueva caricia más atrevida, más novedosa, más comprometida, hasta que la sangre le exige a Darío consumar una penetración que le induce al precoz orgasmo con que él suele adelantarse a la correspondiente disposición de Rut. No obstante, por cuánto se conocen, ella sabe que él, tras su éxtasis, va a reinventar el esfuerzo necesario para complacerla a ella tanto como él ya está servido. Sus sexos siguen acariciándose en la mayor intimidad, pero hoy Rut nota que el ardor de Darío no responde como de costumbre, de modo que pese al voluntarioso esfuerzo su empuje mengua, con lo que ella estima que hoy no va a recibir esa segunda emoción con la que él la suele llevar hasta lograr el culmen del placer. Efectivamente al poco tiempo Darío da por hecho que su potencia hoy no responde como acostumbra, convencido de ello aparta su cuerpo de Rut y con plena franqueza le dice:
-- Hoy creo que no doy para más. ¿Me disculpas?
-- Ha estado bien. Ningún problema --mientras le sigue acariciando el pecho con la delicadeza acostumbrada.
-- No se cómo habrá estado, pero la verdad es que me he quedado sin rematar. Lo siento.
-- No te preocupes. Ya te notaba yo un poco agotado. Nos queda toda la noche para reponernos.
-- ¡Será este excesivo calor!
-- No le des más vueltas. Eso pasa, de verdad que no tiene importancia.
Rut pretende cambiar de conversación para no comentar más sobre lo mismo. Aunque quizá no es el momento más oportuno, le propone ese tema que ella tantas veces medita y nunca se atreve a abordar.
-- Nunca nos hemos preguntado quien de los dos controla la anticoncepción. Como no me lo has pedido pienso que es algo que tú tienes resuelto. Yo por mi parte nunca he puesto ningún impedimento, porque aunque no lo busque tampoco me importaría quedarme embarazada. Es algo que deberíamos haber abordado hace tiempo, pero al menos dime si es cierto que tú lo controlas.
Darío guarda silencio. Vuelve la cara, contempla el rostro de Rut, cuyos ojos expresan tanta sinceridad que se siente presionado a no mentirle, gira la cabeza y mira al techo, lo que indica que está reflexionando. Rut espera con paciencia la respuesta que tantas veces se ha planteado, aunque siente cómo quizá hoy no es el mejor momento para haberlo metido en esa tesitura.
-- Nunca te he dicho nada porque ese embarazo no es posible. Quizá te debería haber avisado antes de esa realidad. Probablemente he sido demasiado egoísta.
-- Nunca te he preguntado, por lo que si hay alguna culpa es plenamente compartida. Podría figurarme que teniendo ya cuatro hijos no quisieras tener más, esto está en lo probable. Si yo hubiera querido esta relación para ser madre, debí aclararlo desde el principio. No ha sido esa mi intención en ningún momento. Te quiero a ti, y estoy dispuesta a compartir lo que la vida nos permita. Somos lo suficiente mayores para ni engañarnos ni dejarnos engañar. Me parece perfectamente lógico que hayas querido poner coto a tu paternidad.
Rut aproxima su cuerpo contra él, le da un beso y otro en el hombro. Él entretanto tiene la mirada perdida en el techo. Parece meditabundo, inseguro de lo que debe decir.
-- Serías capaz de jurarme guardar un secreto de por vida.
Rut le mira sorprendida e intrigada, y le responde:
-- Darío, ¿aún no me conoces? No necesitas que te lo jure para compartir contigo en secreto lo que tú decidas que no salga de entre los dos.
-- Es que es algo para mí sumamente importante de que nadie lo llegue a conocer. A ti, por respeto a nuestra relación, te conviene saberlo para que no tengas ningún malentendido sobre mi modo de proceder. Pero te lo confío bajo la firme promesa de que lo calles en toda tu vida como si fuera un secreto de confesión, el más restrictivo de la moral que nos enseñaron en nuestra juventud.
-- Me asusta un poco lo exigente que te pones. No sé si es mejor que conserves en tu interior esa secreto.
-- No pienses que es ningún delito de la vida pasada, ni nada que se le parezca. Nada que te pueda comprometer saberlo.
-- Piénsatelo bien antes de contármelo.
-- No tengo ningún problema en compartirlo contigo. Sólo necesito complicidad en el silencio.
Rut le hace una caricia, y continúa:
-- Tienes mi más determinante promesa de que nunca contaré a alguien ni siquiera el mínimo indicio, empeño mi palabra y mi honor.
Darío se incorpora lo suficiente para darle un sentido y prolongado beso. Luego la mira y le dice:
-- No quiero que pienses que me he hecho la vasectomía por ya tener cuatro hijos. No me ha sido necesaria. No puedo tener hijos simplemente porque soy estéril.
-- No entiendo nada. ¿Estéril y con cuatro hijos?
-- Déjame que te explique. Es un poco largo de contar. Yo padecí cuando tenía dieciséis años una infección viral de paperas. Se ve que no las había pasado de niño, y cuando las cogió el pequeño de uno de mis primos, sin saber que eran tan contagiosas, me las pegó sin yo suponer que esa enfermedad se pudiera padecer de mayor, por lo que ese descuido hizo que me afectara la infección a los testículos. Como sabrás mucho mejor que yo, las paperas igual vienen se van, pero ya me advirtió el médico que existía un riesgo de que me hubiera quedado una secuela de infertilidad al haberme afectado al sistema genital. Como desde joven nunca tuve problemas de erección ni de eyaculación, nunca pensé que esa posibilidad de infertilidad me hubiera afectado. Pasaron los años, me casé y tuvimos una niña, con lo que me reafirmé en que no tenía problemas para la paternidad. Después de tener la segunda  hija, aunque las relaciones sexuales con mi mujer eran periódicas, el recuerdo de aquel disgnóstico me indujo dudas de mi paternidad. Por una parte nadie sacaba ningún parecido de las niñas a mí, además mi mujer alternaba bastante fuera de casa y yo sabía que ella  nunca fue remilga a la promiscuidad, aunque nunca me lo confesó ni me dio motivos más que para la sospecha. Aunque no soy celoso, me comenzó a dar tantas vueltas a la cabeza el tema, que lo primero que hice fue hacerme una prueba de semen, sin confesar el doctor que me la hizo que era padre de dos criaturas. Los resultados fueron muy negativos pues el especialista me indicó la altísima probabilidad, caso seguro, de infertilidad. Puedes figurarte que estuve a punto de volverme loco. Lo único que decidí es no decirle nada de esas pruebas a mi mujer, y continuar muestra relación como si nada. Pero necesitaba más seguridad, porque siempre me aferraba a la idea de considerar que la infertilidad podía ser posterior a engendrar a las niñas. Indagué pruebas más definitivas, y un instituto en Inglaterra me ofreció contrastar el ADN mío con el de mis hijas. Me dijeron que era una prueba contundente, aunque yo pensaba que las posibilidades de que dieran positivo en la paternidad eran mínimas. Me desplacé a Inglaterra, con excusa de un viaje de trabajo, con muestras de cabellos de las niñas, de orina y de saliva; a mi me tomaron sangre y vuelta a casa  a esperar. Mi mujer por supuesto no sabía nada de lo que yo estaba haciendo. Nuestra relación aparentemente seguía siendo normal, dentro de la particularidad que siempre tuvieron nuestras vidas. Ahora era ella la que alternaba más que yo, pero nunca nos reprochamos la mutua independencia. Yo estaba loco de cariño con las niñas, que se habían convertido en el centro absoluto de mi vida.
-- ¿Te llegaron los resultados del ADN? --preguntó Rut, que en la cálida noche no había dejado de acariciar a Darío mientras éste hablaba.
-- Llegó. Llegó un informe contundente que indicaba que la carga genética mostraba cómo las dos niñas tenían un progenitor distinto, ninguno de ellos compatible con mi perfil. Ningún marcador dejaba lugar a dudas. La respuesta era definitiva. Gracias a la demora entre los primeros análisis y estos, me dio tiempo a irme haciendo a la idea. El problema era muy, pero que muy complejo, pero yo sólo tenía una obsesión: No renunciar a la paternidad de mis hijas, porque aunque no fuera su padre fisiológico no dejaban de ser mis hijas en cuanto habían nacido en mis manos y yo las quería como tales. Desde esa conclusión, tenía que articular todas las demás posibles premisas de actuación.
-- No entiendo nada. ¿Te quedas tú con los hijos y es tu mujer quien tiene que salir de casa?
-- Pensé despacio todas y cada una de las implicaciones posibles para mí y para el resto de la familia. Después de mucho cavilar desemboqué en que la solución que  más me convenía a las niñas y a mí mismo era callar, guardarme mi secreto, y dejar que las cosas de la familia siguieran igual, pues si hasta ese momento habían ido relativamente bien para ellas, cualquier otra solución se me hacía imposible de admitirla. Pensé en denunciar a mi mujer, pero eso habría conllevado inmediatamente perder todo contacto con mis hijas.
Rut hizo con los ojos un gesto de protesta a esa afirmación de Darío, pero éste no la dejó tiempo de intervenir.
-- Sí, mis hijas porque yo las he deseado, las he visto nacer, les he dado todo mi cariño y mi atención. No puedo admitir que no sean mis hijas porque no haya intervenido físicamente en el coito de su concepción, como si las personas fuéramos un producto industrial. Por otra parte ni siquiera sé si mi mujer sabía que podían ser fruto de una aventura. Al menos, si lo suponía, nunca me dio muestras de ello.
-- Y no la dijiste nada.
-- Nada. Ni entonces, ni ahora. Luego vinieron los dos más pequeños; ya no tuve que hacer más pruebas genéticas, era más de lo mismo. Si supieras que no me trastornaron. Puedes pensar que hunde mi honor y mi dignidad asumir tener unos cuernos supergigantes, pero ya tenía asumido que no iba a abandonar a mis hijos ante un destino tan incierto. Es duro de admitir, pero me di cuenta que la única forma de mantener sobre ellos mi paternidad era que nadie la tuviera en duda. En especial, si mi mujer hubiera sospechado siquiera de mis averiguaciones, podría ayer y hoy utilizarlo como chantaje, porque bien conoce mi amor por los chicos, ya que tendría las armas legales a su alcance para retirármelos, sin que me pudiera quedar la más mínima posibilidad de reclamar la custodia al no ser el padre fisiológico.
-- ¿Entonces por qué os separasteis? --preguntó Rut a media voz, como si se preguntara a sí mismo lo que no acababa de encajar.
-- Cuando la vida en común pudo ser perjudicial para nuestros hijos y, como te acabo de decir, en mi más segura convicción de que ella no sospecha sobre mi real paternidad, o, mejor dicho, que ella no se ha planteado nunca que yo dude de mi paternidad, decidimos que quien más influía negativamente sobre la educación de los niños es quien tenía que alejarse provisionalmente de casa. Por unas u otras razones ella sabía que en caso de separación legal yo tendría muchas posibilidades de conseguir la custodia, ya que ella misma reconocía que no valía para ejercer responsablemente de madre. El acuerdo entre nosotros no fue difícil de conseguir, y siempre era para mí más seguro que cualquier aventura judicial en la que alguien más espabilado que nosotros pudiera incordiar. Ese buen acuerdo sigue funcionando, en parte porque lo facilita que yo sea quien gane el dinero con el que vivimos holgadamente los seis. Dios quiera que dure.
Darío que durante casi todo el tiempo de esta conversación ha estado con la vista perdida en el techo, se gira y vuelve su cuerpo hacia Rut y ella aprovecha para enlazar sus piernas con las de él. Ella le acerca el rostro buscando dejarse besar, en ese momento le apetece ofrecerle ese contacto como muestra de quien le quiere y que no está solo. Él la abraza y le corresponde besándola con ternura, es como si sellaran en esas muestras de complicidad el secreto que ahora tienen compartido. Él encuentra que ha despejado gran parte de las dudas que ella pudiera tener sobre sus intenciones en la vida, pero no sabe cómo ella va a responder cuando considere con más detenimiento las implicaciones que suponen para el futuro de su vida, y si aceptará asumir el destino que él le marca. Darío asume que con ese vaciado que ha hecho de su conciencia ha cumplido con la cuota de sinceridad que le correspondía. Una gran tranquilidad le inunda, quiere aprovecharla para dormir y descansar.
-- Mañana será otro día. Buenas noches --termina de decir mientras se da la vuelta buscando su postura habitual para conciliar el sueño.
-- Hasta mañana, cariño.
Ella que ha liberado el lazo en el que sus piernas se juntaban, se acurruca junto al cuerpo de él pasándole al brazo sobre su costado, una mano que él recibe y toma entre la suya.
Rut no puede conciliar el sueño con facilidad. Han sido bastantes emociones continuadas en las que se ha desvelado una gran parte de los interrogantes que se venía haciendo en los últimos meses. Ahora empieza a tener claro qué puede ofrecerle el futuro junto a Darío: Seguir como están, sabiendo que nunca con él le queda perspectiva para su maternidad, ni que al menos por mucho tiempo llagarán a convivir, ocupando ella durante esos años, no sabe si toda la vida, un segundo lugar tras los hijos de él. Ni siquiera puede asegurar con certeza que eso tenga necesariamente que conservarse siempre así, pues incluso las circunstancias puedan exigirle a él prescindir de la amante que ella se reconoce ser. Frente a todas esas inseguridades hay una realidad que la reconforta, es que en ese momento lo que la hace feliz es el cuerpo desnudo del hombre que acaba de dormirse a su lado. Hoy quizá la ha colmado más la dificultad con que él está venciendo al entorno tan desfavorable que tiene, que el desconsuelo momentáneo de no haber llegado a ese orgasmo tan esperado por ella en cada relación. Empieza a comprender que en esta relación le toca más dar que recibir, y ese desequilibrio posiblemente se agrande semana a semana mientras perdure. ¿Será ella capaz de amar con tanto desinterés? Le viene a la mente la máxima con la que comienza cada día su trabajo: No está sola quien no tiene quien la cuide, sino quien no tiene a quien cuidar.
 
 

F I N