TEORÍA DE FILOSOFÍA SOCIAL
JORGE BOTELLA
 
 
 

INDICE

INTRODUCCIÓN
 

CAPÍTULO  1

EL SUJETO DE LA FILOSOFÍA SOCIAL: EL  HOMBRE

CAPÍTULO  2

EN RELACIÓN: LA SOCIEDAD

CAPÍTULO  3

LA ÉTICA EN LA SOCIABILIDAD

CAPÍTULO  4

RELACIÓN HOMBRE HÁBITAT

CAPÍTULO  5

VALORES SOCIALES

CAPÍTULO  6

CONTRAVALORES SOCIALES

CAPÍTULO  7

COMUNIDADES DE CONVIVENCIA

CAPÍTULO  8

COMUNIDADES LABORALES

CAPÍTULO  9

COMUNIDADES EDUCATIVAS

CAPÍTULO  10

ASOCIACIONES

CAPÍTULO  11

EDAD SOCIALES


 
 
 
 

INTRODUCCIÓN

Una forma de definir la Filosofía es considerarla como el conjunto de teorías que tienen como fin la objetivación de la verdad.
Desde esta perspectiva todas las demás ciencias guardan relación con la Filosofía en cuanto que el conocimiento de los objetos materiales que abordan evidencian contenidos de verdad de una parte de la realidad. Los ámbitos de las ciencias especifican el saber sobre una realidad, pero como la realidad es la misma para todas las ciencias, predican de los mismos objetos desde diversos aspectos, lo que puede ofrecer teorías distintas, pero que -no pudiendo contradecirse respecto a la verdad de esa realidad- se complementan y apoyan en el conocimiento. Así del cuerpo humano puede decir la Antropología y la Medicina; de su psiques, la Sicología y la Ética; de la lengua, la Gramática y la Fonética; de las relaciones sociales, la Sociología y la Moral; y además todas ellas estudian aspectos de la vida del ser humano. Esta multiplicidad de aspectos de estudio de la misma realidad es lo que origina muy variadas disciplinas, las cuales cada una ofrece teorías sobre aspectos determinados y concretos del saber específico sobre un contenidos de esa realidad. El conjunto de todo ese saber constituye la ciencia, que se construye con teorías y la verificación o rectificación de sus tesis.
Lo que hace a la Filosofía especial es que se cuestione incluso sobre la verdad de la realidad, y por eso se puede decir que su objeto es la verdad en su más profunda radicalidad.
Que las ciencias estudien la realidad no limita el ámbito de conocimiento de lo que pudiera haber sido distinto, porque existe un factor de indeterminación que procede de las aplicaciones de los actos de unos entes sobre otros que, aunque sigan una ley predecible, los efectos pueden variar por la contingencia implícita de la misma ley, por lo que el espacio del conocimiento teórico de la existencia no cierra de posibilidad de que la realidad hubiera podido ser distinta. Desde ese punto de vista el conocimiento de la ciencia aplicado sobre la realidad no puede ser considerado como un saber absoluto, porque lo que pudiera haber sido y no es no deja de ensanchar el ámbito de la verdad. Tómese como muestra el de las especies que pueda hacer desaparecer el hombre por su acción destructiva sobre la naturaleza y el potencial genético evolutivo perdido de lo que la vida había destinado a ser. Por ello se suele decir que ningún saber abarca toda la verdad sobre la existencia y la realidad, incluyendo sus causas, determinaciones y fines, lo que no es lo mismo que admitir que no pueda existir un conocimiento cierto sobre muchas cosas, del que se pueda asegurar que domina la verdad sobre esas realidades, pero cabe la posibilidad de que ningún conocimiento sea tan cierto que abarque la plena verdad de lo que algo es. Admitiendo que el conocimiento cierto existe, posiblemente quepa que todo acto de conocimiento pueda perfeccionarse penetrando más en la verdad de lo que cada ser es, por una mayor especificación sobre su modo de ser. Ese es el empeño de progreso de todas las ciencias.
La Filosofía busca conocer de todo lo que es y cuál sea su respectiva forma de ser. Su objeto material son las realidades materiales e inmateriales en cuanto que tienen ser por el que son en cuanto entidad, incluso aunque fueran entes de razón, con independencia de la composición de sus partes, que en cuanto elementos reales que son se estudian según su entidad. Esto la distingue de las ciencias aplicadas, que estudian los objetos según "de lo que son", o sea, su realidad determinada por la acción de lo que lo compone; a la filosofía le interesan "lo que son" las realidades, y por eso su sistema teórico no se complementa con verificar experimentalmente que se cumplen los comportamientos predichos, sino la verificación que lo que es lo es en verdad.
Es de recta intención que quien quiera confiar en la ciencia filosófica requiera que se le defina el concepto de verdad, si es que va a ser el recurso último de verificación de lo que cada ente es. A lo largo de la historia se han formulado muchas concepciones de la verdad, que se pueden especificar como: verdad lógica, verdad filosófica, verdad metafísica, verdad nominal, verdad epistemológica... Cada una de ellas se define de acuerdo a una teoría de la disciplina correspondiente de la Filosofía, de acuerdo a la orientación que aborda cada escuela. Hay que tomar en consideración que la filosofía se ejecuta desde el pensamiento y por medio de un lenguaje, con el que se procesan las conclusiones intelectuales de las percepciones e intuiciones, por lo que no debe parecer extraño que haya que definir en cada uno de esos procesos un método que garantice lo verdadero en cada aplicación.
Considerar una definición de verdad que sea común a todas las aplicaciones de la Filosofía puede ser muy discutida, pero conviene realizarla como garantía de credibilidad. Esa posible definición podría ser: Verdad es lo que no admite contradicción. Si una verdad puede ser contradicha o refutada, siendo esa refutación verdadera, habría que admitir que aquella verdad no lo era tal. El sistema es similar al de la experimentación en las ciencias aplicadas. Si una teoría no se cumple en la experimentación de todas los campos definidos al 100%, no se puede admitir como cierta, al menos en su totalidad.
La verdad absoluta es la que no admite contradicción en ninguna condición de todas bajo las cuales pueda ser examinada. Los contenidos de verdad serán cada una de las afirmaciones que se puedan realizar de esa verdad sin que ninguna de ella pueda ser rebatida. Una verdad será relativa siempre que se especifique que bajo determinadas condiciones se cumple que en todas ellas no se encuentra contradicción. Definir el conjunto de todas esas condiciones es parte del proceso de conocimiento que permite aproximarse a la veracidad de objetos y proposiciones.
Cuando la Filosofía aborda el estudio de los actos humanos, lo que son y lo que podrían haber sido es significativamente importante, porque, al ser el hombre una especie racional y creativa, sus decisiones van a condicionar la realidad de su futuro, y determinar la verdad de lo que sus actos son no exime de la verdad de lo que su obrar pudiera haber hecho si deliberadamente hubiera tomado decisiones distintas. Esto conduce a que se puedan llegar a comparar qué contenidos de verdad son más propios de la condición humana de los distintos que se hayan llegado a poner por obra entre unos hombres y otros, entre comunidades distintas y entre actuaciones diacrónicas a lo largo de la historia.
Penetrando estas cuestiones de hacia dónde apunta el buen hacer del ser humano, a lo largo de la historia de la Filosofía ha surgido preguntarse si existe una verdad guía que se imponga a la conciencia de todo ser humano en su recta consideración, y si la hay ¿cómo es que yerra con tanta asiduidad? Si esa verdad existe, no cabe que pueda haber contradicción de conciencia sobre ella, dado que si pudiera ser tan cierta como su alternativa, no podría considerarse verdad. Esta discusión ha constituido un serio escollo en el progreso homogéneo de la Filosofía, ya que además del problema de definir qué es esa verdad y cómo se puede conocer, provoca la restricción de si ella es compatible con la libertad humana.
Si la rama que se quiere desarrollar de la Filosofía es el análisis de la verdad que rija los actos sociales, la dificultad se agudiza, porque no sólo necesita especificar el qué y el cómo de los actos humanos en cuanto causa y fin de la relación entre personas, sino definir las condiciones y contenidos de verdad de la relación en sí, y de cuánto objetiva y subjetivamente afecta a la realización y libertad de la entidad de quienes establecen esos vínculos sociales y hasta dónde la proyección de ese acto condiciona conductas ajenas e históricas. Si se da por cierto que los actos humanos son creativos y libres, lo que pueden y pudieran haber sido sus relaciones se abre hasta  el infinito, lo que reta incluso si existe viabilidad par el desarrollo de la Filosofía Social.
Desde el siglo XIX se ha extendido un interés por desarrollar una ciencia sobre el hecho social. Esta ciencia analiza la sociedad según los hechos históricos reales, los únicos que puede observar y evaluar, por lo que su objeto material se constituye en saber cómo es la sociedad y por qué se comporta así. Las reglas que su teoría evidenciará representan las actitudes humanas cuando se agrupan en sociedad, cuya crítica de contrastes constituye una parte de su interés. Esta ciencia conocida como Sociología comparte con la Filosofía Social el objeto material, la sociedad, pero mientras la Sociología estudia "cómo es la sociedad", la Filosofía Social intenta definir "como debe ser la sociedad" en función de los contenidos de verdad de las formas posibles de relacionarse.
Con frecuencia se asimila al concepto de Filosofía Social la Ética del Derecho, o sea, a la fundamentación ética que inspira las normas jurídicas para organizar las relaciones en la sociedad. Esa inspiración a que el Derecho aspira de legitimidad se deriva del consuetudinario consenso en la razón de la norma para la protección personal y la convivencia social. Pero el Derecho, que tiene su fuente en la costumbre, sigue a la voluntad de lo que las personas han decidido y deciden según su libre entendimiento de lo que es el bien común. La Filosofía Social, en cambio, no tiene su fuente en la voluntad expresa de la sociedad, sino precisamente en el análisis de los contenidos y condiciones de verdad de esa voluntad, en razón de los principios esenciales de la naturaleza humana. Es cierto que la Ética del Derecho y la Filosofía Social coincidirán en muchos aspectos de su desarrollo, pero las fuentes y los procedimientos las hacen tan distintas que a su vez servirán ambas disciplinas para reforzarse, objetivando del Derecho eficazmente las aplicaciones prácticas de la teoría de la Filosofía Social.
¿Se puede conceder a la Filosofía Social el carácter de ciencia? En el sentido estricto de lo que puede entenderse por ciencia en virtud de que sea su saber la conclusión de la experimentación probada de sus teorías, la Filosofía Social, como casi todas las ramas de la Filosofía, no puede aplicarse el rango de ciencia, ya que su análisis de las causas primeras de la del acto de relación y de su vinculación al ser humano, como sujeto y objeto de la relación, no son experimentales en lo que son, sino sólo en cada uno de sus efectos concretos, que manifiestan modos de ser que no agotan la esencia de ese ser.
Que el saber filosófico no asuma el rango de ciencia tiene consecuencias positivas y negativas. Por una parte expresa su inagotable penetración en el ser de las cosas, lo que refleja la trascendencia de la existencia, frente a lo contingente que puede ser acotado y probado. Tratar sobre los actos de relación humanos tiene como consecuencia que generará una credibilidad proporcionada a la que se pueda reconocer al ser humano de acuerdo a lo que su libertad como cualidad de su esencia comprometa esa misma esencia de ser. La dificultad de objetivar inequívocamente la definición de sus contenidos de verdad mediante la experimentación práctica es también lo que impulsa a esta joven disciplina a avanzar con la humildad de percibir cuánto de su teoría puede ser verificado como positivo en las aplicaciones prácticas que de ella se pudieran extraer, y qué condiciones pueden influir para que aquellas definiciones puedan ser redefinidas con una mayor exactitud.
 
 
 

 


CAPÍTULO 1

EL SUJETO DE LA FILOSOFÍA SOCIAL: EL HOMBRE



DEL CONOCIMIENTO PROPIO:
El conocimiento es una facultad de los seres vivos por la que pueden aprehender una forma abstracta de cualquier otro ente del que pudieran poseer información mediante los sentidos externos o internos. La naturaleza de esa representación ha constituido uno de los temas más estudiado, debatido y controvertido de la filosofía. Dado que las informaciones que cada objeto ofrece de sí sólo son manifestaciones accidentales de su ser, y que la computación de los sentidos se realiza por acumulación de impresiones puntuales, lo que se conoce de un objeto exterior es siempre una representación parcial construida desde la intensidad de las señales que manifiesta, por la adecuación de la recepción de esas señales y por la computación cognitiva de la información que constituye la imagen abstracta elaborada.
La descripción de todo ese proceso que estudia la filosofía es posible porque el ser humano percibe lo que conoce, aunque esa idea no le asegura qué conoce, ni le afirma categóricamente la realidad del objeto conocido más allá de la existencia en la propia mente como idea conocida. Las distintas escuelas filosóficas han debatido a lo largo de la historia si la experiencia del propio ser es quien identifica la realidad de los seres conocidos; o si la imagen ideal de los demás entes es la que formaliza la propia imagen, atribuyendo a unas y otras una forma cuya existencia no puede ser definida sino como realidad mental.
Sea cual fuere el procedimiento del conocimiento, lo cierto es que el ser humano tiene experiencia personal de que conoce los objetos con los que convive; sabe su forma, sus cualidades, su utilidad, su finalidad, sus partes constituyentes, etc. De todo ese conocimiento el ser humano se reconoce como sujeto que conoce.
De su observancia en la naturaleza, por su progreso en las ciencias naturales, sabe que los demás seres animados de la especie animal también conocen, porque poseen órganos corporales semejantes a los del ser humano que les permiten tener percepciones sensoriales, computar esas percepciones y elaborar ideas modélicas que les permiten gobernar sus actos dando respuestas oportunas a las acciones externas que les acaecen siguiendo modelos de conducta elaborados sistemáticamente. Durante siglos ese conocimiento sensible de los animales se denominó instinto, para diferenciarlo del conocimiento racional del hombre. Siendo orgánicamente similar el cuerpo humano y el de algunos animales, no parece acertado distinguir en cuanto a la forma de conocer entre especies, dentro del conocimiento sensible, ya que los procedimientos de percepciones, abstracciones y reconocimientos a nivel mental pueden distinguirse en grado pero no en esencia. Es aceptable sostener en la amplitud semántica del término instinto la misma aplicación para los animales que la que se hace con el hombre cuando se quiere referir a reflejos condicionados del organismo, que permiten obrar con actitudes propias en respuestas a las que no se concede un proceso de evaluación mental, sino una correspondencia entre la acción y la reacción que se puede considerar automática. La naturaleza innata de los instintos; si son así, su mecanismo de transmisión generacional; si existe una relación subconsciente con la mente; si son respuestas imaginarias ejemplares adquiridas paralelamente al conocimiento sensible; si se trata de respuestas dinámicas determinada por la genética en el carácter; de todas esas posibilidades y cuantas más se innoven darán las ciencias, más pronto que tarde, explicación incontestable, pero lo relevante para la Filosofía Social es la distinción entre instinto y conocimiento sensible, y que tanto el uno como el otro son aplicables de modo semejante al ser humano y a las especies animales.
El conocimiento humano no sólo conoce los objetos que se le muestran a los sentidos, sino que de forma muy significativa posee conciencia de sí mismo. Su propio ser es objeto de conocimiento de quien es sujeto del conocer. Hasta donde llega la percepción sensible de la materia propia corporal, es lógico que los propios sentidos tengan información de sí mismo tanto como si se tratara de un objeto externo. El proceso se complica cuando el sujeto percibe aquellas representaciones que libremente extrae de su memoria de lo mentalmente conocido, porque de ellas no puede poseer sino una representación abstracta e inmaterial, que indica cómo el ser humano posee la capacidad de un sentido interno que interpreta como objeto las abstracciones elaboradas como sujeto.
Lo más característico del conocimiento racional no es que se puedan objetivar representaciones internas de las previas ideas concebidas a partir de las percepciones sensibles, los recuerdos, sino el hecho de conocer que ha conocido esos objetos del mundo exterior. Ya que ese conocer que conoce es el que le va a permitir profundizar sobre sí mismo como el objeto más trascendente de su existencia.

DEL ACTO INTELECTUAL:
El punto de partida por el que el hombre va a interesarse especialmente por él mismo no es por las cosas que puede conocer, sino en el hecho mismo que puede conocerlas. En el acto de conocerse, como quien administra el conocimiento, convergen sujeto y objeto, ya que éste no es sino la identidad del sujeto en cuanto cognoscente. Ello constituye la reflexión, que es una segunda articulación del conocimiento cuyas percepciones no son sensibles sino mentales, las cuales informan al sujeto de lo conocido que conoce. No se trata de un simple acto de representación de una abstracción mental anterior recordada, sino la generación de un nuevo movimiento de conocimiento en el que las representaciones mentales conocidas archivadas en la memoria se constituyen como objetos de información que facilitan establecer un análisis de combinación de caracteres de concordancia y discordancia que facilitan al mismo sujeto de lo anterior conocido una nueva representación, que no es una simple idea imaginaria sino una proposición capaz de alimentar un juicio racional de conveniencia de la aplicación de unos objetos sobre otros.
Esa segunda articulación del proceso cognitivo, por su naturaleza plenamente abstracta, va a permitir incidir sobre ella intuiciones de naturaleza psíquica o espiritual que son las que aportan a los juicios de razón la creatividad que va a caracterizar la esencia de la forma de ser del ser humano. A esta segunda articulación se la puede denominar entendimiento, para distinguirla del conocimiento de las formas, ideas y abstracciones deducidas de la percepción sensible. Conocimiento y entendimiento son actos similares de la misma facultad cognitiva, pero aplicados en un momento articular distinto de la actividad intelectual, y que por igual repercuten sus respuestas a través de la actividad mental.
Cuando el entendimiento evalúa procesando ideas derivadas de formas cognitivas asimiladas, pueden incidir en esa evaluación intuiciones que, como fantasías o elucubraciones, proponen deducciones novedosas sobre lo que cabría esperar de la simple conjunción de los conocimientos derivados de lo aprendido por la sensibilidad. Ese atrevimiento intelectual propuesto por las intuiciones no sólo cubre la incertidumbre de la posibilidad combinatoria de las ideas o abstracciones del conocimiento, sino que sugiere aplicaciones de interacción causa-efecto entre las causas que afectan a unos objetos cuando se aplican a otros distintos. Ello permite reinventar una nueva dimensión de la realidad a partir de la percibida y conocida.
Estas intuiciones pueden denominarse intelectuales, psíquicas, espirituales o creativas, y su eficacia sigue al acto mental pero sin que exista certeza alguna que vincule la causa de esa intuición a la propia naturaleza del procesamiento mental. Es cierto que sin actividad mental no existe conocimiento, y por tanto tampoco entendimiento, porque todo él se sustenta sobre las ideas mentales que son la materia abstracta imprescindible para que exista sobre lo que razonar. Lo que no quiere significar que esa materia por su condición de abstracción no pueda combinarse y conjugarse con otras abstracciones que no tengan su origen y desarrollo en la percepción sino en la intuición directa como facultad propia de la conciencia del ser humano.
Conviene especificar lo que se debe entender en filosofía por intuición, porque su campo semántico está próximo al de percepción, sensación, iluminación y otros términos parecidos. Solamente especificando lo más posible su concepción se puede comprender su acción decisiva en la realización de la inteligencia creativa.
Por intuición se suele reconocer una facultad interna del ser humano que le permite comprender instantáneamente, o sin un largo razonamiento, una realidad. Aceptando esta concepción se distingue de la percepción en que esta es resultado de una estimulación exterior que provoca la reacción de alguno de los sentidos externos, generando una transmisión orgánica al cerebro en el que la mente abstrae la representación de una forma. La intuición, por el contrario, es una facultad interna que carece de un estímulo material sensitivo, y que sigue el itinerario contrario a la percepción, pues no va de una realidad externa a la mente, sino que se muestra en la propia conciencia, donde se dilucidan los juicios, y desde ahí como aditivo del conocimiento tras el juicio del entendimiento va a reflejarse en la mente como el resultado de un factor de enriquecimiento intelectual.
Quizá se puede considerar equivalente la intuición a la sensación, como motivaciones mentales automáticas de respuesta a un estímulo subconsciente provocado desde la memoria o a un acto reflejo de ésta previo a la evaluación mental de un acontecimiento perceptivo. Cuando se tratara de una percepción exterior estaríamos ante una sensación; cuando fuera interna, de una intuición. Este planteamiento reduce a la intuición a negarle participación en el entendimiento, ya que las representaciones simples de la memoria no suponen más que reconocer lo ya conocido. Lo que una intuición aporta al entendimiento es el movimiento para justificar un progreso del razonamiento por la nueva motivación de un fin. Es una propuesta abstracta que sugiere el progreso de una resolución cognitiva introduciendo una nueva variable en la ecuación que la razón debe dilucidar. Se puede argumentar que las intuiciones inciden en los juicios analíticos incorporando una propuesta creativa como objeto no incluido en el sujeto, como lo están todas las abstracciones derivadas de la percepción, que captan las cualidades de las cosas. Esa intuición creativa, como un objeto no incluido en el sujeto, transforma el razonamiento en un juicio sintético a priori. Este nuevo objeto considerado, en cuanto intuitivo, generará un juicio ideal, un proyecto que una vez desarrollado puede derivar, confirmando su realidad, en un juicio sintético a posteriori. Por ello es adecuado denominar a estas intuiciones como espirituales, por su causalidad inmaterial; pero posiblemente les sea más propio denominarlas intuiciones creativas, por el fin que logran de potenciar el conocimiento, el saber, la ciencia y la técnica.
La capacidad de analizar las partes de las cosas y la integración de lo menor en lo mayor no es inmediata a la percepción sino en cuanto aparentemente manifiesten esa realidad, lo que, cuando lo hacen, permiten captar al conocimiento la participación e integración de unas entidades en otras. Así se puede afirmar  que las abstracciones derivadas de la percepción sensible poseen la capacidad de asignar relaciones entre los objetos que conocen. La mente de cada sujeto cognoscente no percibe ni distingue de igual modo la composición y relación entre los objetos conocidos, ya que la capacidad y agilidad mental es distinta de unas especies de seres vivos a otras, y aunque todas conocen, no conocen en igual grado, porque su capacidad de representación interna es según el peculiar modo de cada especie, lo que caracteriza tanto como lo hace la peculiaridad física.
La distinción entre el conocimiento y el entendimiento no es de grado, sino de naturaleza procedimental, pues el entendimiento presenta la facultad de operar con el conjunto de partes, composiciones y relaciones percibidas hasta alcanzar a dar respuesta a las intuiciones interrogantes que el ser se hace sobre la naturaleza, la causa y el fin del qué conoce, por qué conoce, cómo conoce y para que conoce. Ello le permite obtener soluciones algorítmicas que le dan respuesta mediante un procedimiento de análisis y síntesis de las partículas y sus aplicaciones de unas sobre otras, siguiendo el itinerario de seleccionar y combinar conocimientos o saberes pertinentes adecuados hasta resolver una intuición o sugerencia creativa.
Un ejemplo de la capacidad del entendimiento la muestra el lenguaje humano, que no se basta de las asignaciones de la fonética articulatoria -las posibilidades de emitir fonemas  distintos-, dando un empleo comunicativo de una emoción interior a cada sonido, sino que una vez descubierta la distinción sensible de esos sonidos los combinará aleatoriamente para del resultado de esa combinación poder nombrar casi infinitos objetos con un número muy finito -menos de cien- de fonemas.
Ese lenguaje humano, que es el soporte de toda la cultura y la ciencia, no es una consecuencia inmediata de su naturaleza articulatoria, lo que habría identificado su conocimiento, sino de la intuición creativa de combinar los sonidos en secuencias lineales para que sirvan de signo a la imagen de un objeto, siendo tan arbitraria esa asignación que necesita el consciente acuerdo de la comunidad que utiliza el lenguaje del valor de cada lexema representativo y distintivo de cada realidad. Aunque se quiera encontrar en la cadena fónica de algunos animales la causa de la imitación de la secuencia verbal, lo que no se debe obviar es la creatividad intelectual combinatoria de un sistema de doble articulación, cuya primera es consecuencia del conocimiento sensible de la capacidad mental para exprimir las posibilidades articulatorias del organismo humano, y la segunda la combinación algorítmica de esos sonidos para lograr crear signos capaces de designar distintivamente cada objeto, idea o función, por mucho que estos aumenten, de un modo objetivo y válido en un entorno de comunicación.
Un ejemplo sencillo de la actividad de las intuiciones creativas puede encontrarse en el volar. Por su percepción externa los hombres, como muchos otros animales, aprenden que las aves pueden elevarse en el espacio y volar. El conocimiento de sus percepciones sucesivas le dan a conocer que las aves vuelan porque poseen alas y musculatura para moverlas, y así poder desplazarse a su intención por el espacio. El hombre también conoce que su organismo no posee alas, y que por tanto esa distinción le hace saber que su naturaleza no está capacitada para volar. En esa evaluación cognitiva va a incidir la intuición que le propone que si se dota de alas podría volar. Desde esa intuición creativa no cesará a lo largo de la historia a aportar intuición tras intuición hasta conseguir hacer realidad esas aplicaciones para lograr volar, incluso a donde las aves no llegan.

LA CREATIVIDAD:
La diferencia que el ser humano ha marcado con respecto a las restantes especies animadas se concreta en su creatividad, pues aunque la evolución de unas y otras especies es similar respecto a sus formas materiales, lo que ha sido capaz de hacer el hombre no tiene parangón en la naturaleza, pues para bien o para mal, según se referencie esa transformación para él mismo o para las restantes especies, el dominio sobre los demás elementos es patente.
Ya se considere el campo de las humanidades, las artes, la ingeniería, le medicina, la astronomía, las ciencias exactas, cada una de ellas supone un elogio de la inteligencia humana, aunque se pueda contraponer el fin perverso con el que también se ha utilizado esa sabiduría. Las guerras, la esclavitud, las armas de destrucción masiva, la contaminación ambiental, la esterilización, la tierra quemada, la represión, etc. son actitudes de los hombres en su historia que desdicen que su razón sea proporcionada a su aparente inteligencia en cuanto al fin, por lo que cabe ser muy crítico con su forma de ser si se ha de enjuiciar desde la máxima filosófica de que "el obrar sigue al ser".
El progreso de la creatividad humana se fundamenta tanto en características físicas como en intelectuales. Entre las primeras destaca la maniobrabilidad de sus manos, que se identifican como la más perfecta herramienta, evolucionadas para operar en detrimento de para correr. Entre las intelectuales, una aceptable memoria y la facultad de un entendimiento que le reporta conciencia de sí, de sus relaciones con el medio y de poder reconvertirlo para su servicio. Algún día la ciencia aclarará cada uno de sus factores evolutivos y la secuencia de sus facultades. La Filosofía sólo puede admirar una dinámica de obrar, experimentar una capacidad de sentir, interpretar una forma de pensar.
Que el ser humano sea creativo supone admitir juicios sintéticos apriorísticos que determinen para algo una operación cuya aplicación sea novedosa de todo lo que se puede y pueda percibir de ella de por sí. En un cierto rigor predicamental, todo lo que algo puede obrar pertenece a ese ente como potencia, porque todo lo que algo puede ser, si no estuviera en su potencia de ser no podría alcanzar serlo; pero ello es así en el orden predicamental del ser, no del obrar, porque lo que uno no puede obrar por su propia naturaleza no pertenece a su potencia, por eso las percepciones que estimulan el conocimiento sensible no pueden nunca mostrar lo potencial que no radica en la naturaleza. La intuición si puede teorizar respecto a la aplicación de potencias inéditas en una naturaleza cuando a un ser se le estimula a obrar conforme se espera del enriquecimiento de su forma de ser. Eso es lo que logra la educación, la física, la biología, la química, el lenguaje, la estética, etc.
En el inicio del enriquecimiento de una forma de ser por un acto voluntario del ser humano existe siempre una intuición que provoca un juicio en el que sobre todas las ideas previas añade una presunción de verdad. Esa facultad de generar intuiciones sobre el previo conocimiento mental, desde la antigüedad se radica en el alma, tan inmaterial y abstracta como lo son las intuiciones, y cuyo conocimiento se sigue del imaginario creativo, como éste se deduce de los juicios inducidos a entender que se conoce concebir más allá de la realidad mental que se sigue de la percepción sensible.

LA LIBERTAD:
El estudio de la libertad en la Filosofía Social puede seguir dos ramas distintas: Una, ontológica, que estudia si el ser humano en su naturaleza es libre. Otra, social, que considera si las relaciones sociales respetan, potencian, coartan o anulan la libertad. La primera es condicionaria de la segunda, porque si por su esencia los seres humanos no son libres, tampoco lo pueden ser en sociedad. Así que la verificación ontológica sobre la libertad humana será trascendental para la proyección posterior que sobre ello se realice.
Desde el punto de vista ontológico, la libertad no se define tanto respecto al obrar, como al ser. Ser libre es el fundamento de obrar con libertad, pues incluso cuando se careciera de la posibilidad de obrar libremente, quedaría un resquicio de libertad en el ser que se conoce con conciencia de libertad. Para la Filosofía Social lo relevante será si la libertad es una cualidad de la entidad de un ser y cómo se articula esa cualidad en el correspondiente modo de ser. Un ser inteligente que gobierna sus actos será libre si se conoce como libre y capaz de actuar con libertad. Conocerse como libre es saber dar una respuesta independiente de todos los condicionamientos, aunque ello implique que esa respuesta precise un estímulo. La libertad no implica el dominio sobre la posibilidad del estímulo externo, sino que radica en el dominio de la respuesta. De ahí que la generación de un ser, en cuanto estímulo que genera el ser, no pueda considerarse como una restricción de la libertad para ese ser.
El hecho de que el ser humano entienda que conoce le posibilita a saber cómo conoce y cómo responde a las implicaciones del conocimiento. Si las respuestas a los estímulos son unívocas, parecen obligadas y un indicio de falta de libertad. Si las respuestas son equívocas, cabe que sea un defecto de computación o que variables ajenas al estímulo se añadan a la información para ofrecer respuestas proporcionadas a la intensidad decisiva de esos modificadores de la respuesta esperada. Esos modificadores pueden ser determinantes o deliberativos; serán determinantes si interactúan subordinados con la determinación del estímulo ofreciendo una respuesta modificada pero condicionada en el mismo sentido del imperativo de esos estímulos. Si los modificadores son deliberativos se siguen de una o más intuiciones que van a impulsar a la razón, desde la propia conciencia, para decidir una respuesta no condicionada, que es lo que se conoce como libertad. Si esto es así, la libertad radica más en la conciencia de las intuiciones deliberativas que en el acto de razón, porque éste por naturaleza va a seguir la mayor conveniencia para el ser del conjunto de ideas e intuiciones que se someten a su consideración.
Puede observarse que el procedimiento de la libertad en el intelecto es parejo al de la creatividad, lo que es lógico porque la creatividad es signo de libertad, y la libertad acicate para la creatividad. En la medida que ambas dependen de la generación de intuiciones intelectuales desde la conciencia personal, existirá más o menos grado de ellas en cada persona, según sea su grado de conciencia. Del mismo modo, por un acto de reflexión del intelecto sobre la propia actividad de la conciencia, la libertad no se reconoce por decidir sobre algo, sino como la composición de la argumentación para motivar a la razón a obrar de una manera no necesariamente inducida por la imposición de la percepción exterior.

LA RESPONSABILIDAD:
Conocer es un acto personal que compromete al sujeto con la cosa conocida. Cuando se conoce uno a sí mismo como quien conoce, esa reflexión relaciona al sujeto no sólo con lo conocido, sino también con el proceso de querer conocer y dar respuestas adecuadas y creativas a los influjos del conocimiento, por los que se quiere o detesta aquello conocido. En la medida que una persona actúa con libertad, el primer movimiento de esa libertad es complicarse o no con la percepción que motiva un acto intelectual. El interés que pueda generar a la conciencia será la causa de que se creen iniciativas intuitivas sobre ese contenido que se implique en una respuesta, o que ésta sea la simplemente determinada por las ideas naturalmente sugeridas. Ese interés en el juicio de la razón por una motivación marca el inicio de la responsabilidad con cada relación.
La responsabilidad se sigue de la libertad de actuar aplicando actos creativos que van a entrañar consecuencias para el orden natural en el que se relaciona el ser humano. La creatividad manifiesta una respuesta innovadora para la persona que la genera, para el medio con el que se relaciona y para las demás personas con que se entra en relación en el medio. El interés que mueve al intelecto en conseguir un fin favorable en una acción logra para ese sujeto un bien sensible, una satisfacción, o un bien intelectual, la autorrealización. Así al menos lo planifica la conciencia y lo estima la razón, pero no siempre lo consigue, ya que las intuiciones pueden no ser las adecuadas para conseguir el fin. Eso constituye el error en que puede caer la razón, porque, aun juzgando en verdad, si los sentidos le hubieran equivocado en la apreciación o lo intuido fuera inadecuado, la respuesta puede provocar el fin opuesto al propuesto en el entendimiento. De la obra ejecutada en que no se alcanza el fin buscado por la razón, nace la experiencia del error.
Se podría objetar que las intuiciones espirituales, por su condición inmaterial, no deberían poseer defectividad, o sea, que la propia conciencia no puede concebir confundir a la razón, siendo actos de un mismo sujeto dirigidos a un mismo fin. Por ello es más lógico denominar de inadecuadas a las intuiciones creativas con respecto a su aplicación, al menos como expresiones de un alma original.
El conocimiento del error, que se aprende en un juicio sintético a posteriori respecto al previo juicio apriorístico, enseña que del obrar humano se puede seguir el mal, al menos como oposición a un bien no alcanzado. Esto debe mover a la responsabilidad de que del obrar humano se pueden seguir consecuencias negativas tanto para quien actúa como cuando se entra en relación. En este último caso tanto más, pues el interés del fin de una parte de la relación puede perjudicar el interés de la otra. Así, aun en cuanto la intuición creativa sea adecuada y correcta, su utilización puede ser moderada por la razón, y lo debe ser en el correcto uso de la libertad, para no perjudicar a otras personas.
El miedo al error puede inducir a reprimir la creatividad, creyendo seguir los dictados de la responsabilidad, pero el no actuar supone una negación de la potencialidad de la personalidad intelectual, que puede también considerarse una degradación de la propia naturaleza que ha generado seres inteligentes y creativos. La responsabilidad debe mover a la humanidad a utilizar su facultad de conocimiento para aplicarse en controlar el error, lo que supone una permanente concienciación de la adecuación de su creatividad a las exigencias de su realidad.
 
 
 

 
CAPÍTULO 2

EN RELACIÓN: LA SOCIEDAD



CONCEPTO DE RELACIÓN:
Por lo que conocemos, en la naturaleza los elementos se relacionan entre sí de formas muy diversas, la mayor de las veces para componer sustancias mayores. Esa relación por naturaleza pasa normalmente desapercibida, porque en el concepto de relación -que tiene variadas acepciones según cada lengua- el valor de acuerdo o concierto ha tapado a otros más simples que sustentan toda la composición de la materia, como pueden ser las relaciones entre protones, neutrones y electrones en el átomo, la de los elementos químicos en las distintas partes de la célula, la de los parásitos, las atracciones entre planetas, etc. Una gran parte de la existencia guarda relación entre sí, desde las más elementales partículas, y ello constituye la materia específica de la física. Pero que conozcamos las relaciones de  la materia que nos es más próxima no impide que puedan existir materias y mundos sin relación entre sí. La relación se puede identificar cuando existe y si se puede presuponer según las leyes de la física, aunque un elemento no pudiera haber sido percibido en su existencia real -como lo fue durante décadas el bosón de Higgs-. Los elementos y objetos de la naturaleza se relacionan en virtud de la potencia de su modo de ser propio para hacerlo cuando el entorno es propicio para ello. De esas relaciones no sólo se da la composición de nuevos objetos, sino también radiaciones energéticas que al alcanzar otros objetos comunican propiedades que hacen posible la subsistencia de unos y la destrucción de otros. Contémplese como la relación entre átomos de hidrógeno genera la radiación solar tan eficaz para el sostenimiento de infinidad de especies.
La Filosofía Social tiene por objeto específico las relaciones de la persona con el medio, muy especialmente las relaciones entre personas, que es el fundamento de lo social. Así se podría definir las relaciones humanas como el vínculo comunicativo en el que una, varias o muchas personas se interesan mutuamente en compartir afectos, experiencias y/o proyectos. La Filosofía Social también se interesa de las relaciones del hombre con el medio, pero en cuanto este medio adquiere un valor social por ser espacio común de convivencia. Las relaciones de la persona humana con el medio, en cuanto interacción mutua, la estudian otras ciencias de la naturaleza.
Cuando se definen las relaciones humanas como comunicación consciente, no quiere desvirtuar que la relación material entre los otros objetos no tenga también un valor comunicativo, pues de algún modo todo lo que de cualquier forma se une a otra cosa se comunica en lo que en esencia cada cosa es, y la relación es exponente de la potencia para establecer esa relación. Incluso los entes de razón, como los elementos matemáticos, deben poseer la capacidad combinatoria para poder formar parte de una función.
Las relaciones entre personas son posibles porque entre ellas existe un lenguaje comunicativo, que no sólo es la lengua, sino que antes que el ser humano se constituyera como sociedad y creara una lengua es necesario que existieran otros lenguajes más primitivos basados en contactos físicos, actos ejemplares o signos de cualquier tipología. El hecho determinante para la comunicación entre los seres humanos radica en sus sentidos, que les habilitan para la percepción del mundo exterior, y el conocimiento, que les facilita la comprensión de ese mundo; especialmente posibilitan la comunicación entre seres de la misma especie por su semejanza, que hace entender las actitudes ajenas en referencia a las propias.
En función de esto se puede esperar que las relaciones por las que se interesa la Filosofía Social sean relaciones de entendimiento, en las que, en cuanto que participa el ser humano, reflejarán su identidad mental, creativa, libre y responsable. Estas facultades van a marcar las relaciones humanas de modo que en cada relación se pueda analizar si favorece esos valores constitutivos de la esencia intelectual del ser humano. No es que las relaciones no se puedan juzgar por la determinación de los beneficios y detrimentos materiales que afectan a la integridad del cuerpo humano, sino que estos se deberán interpretar en función de la coerción que se ejecuta desde las facultades que permiten a cada ser humano obrar con conocimiento de causa. Toda relación funciona como un binomio causa-efecto, porque toda relación procura un fin que justifica la congruencia del acto. De ahí se derivará la responsabilidad de que del efecto de la causa de la relación se derive un bien cuando los agentes o sujetos de la relación sean seres inteligentes dotados de sensibilidad moral.

EL HOMBRE COMO SER RELACIONABLE:
El ser humano, en cuanto tiene conocimiento y puede juzgar cuanto le acontece, en sus relaciones con otros actuará como sujeto agente y paciente. Como sujeto agente en cuanto creador de la relación, y como sujeto paciente en cuanto receptor de la relación. Como la relación es una comunicación, la emisión y la recepción son partes integrales necesarias para que el hecho se de, dado que si falla una de ellas desaparece la transmisión y se malogra la comunicación.
La persona humana está capacitada para establecer relaciones porque:

  1. Reúne condiciones de ser creativa.
  2. Reúne condiciones cognitivas , por las que puede entender de las relaciones que se la proponen.
  3. Reúne condiciones de responsabilidad, por las que puede ser resolutiva para hacer realidad el contenido que logre el fin incoado en la causa.
Las relaciones humanas potencian la creatividad ya que se le ofrece a cada persona la posibilidad de interactuar de modo colectivo. También potencian el conocimiento porque amplifican la comunicación y hacen posible recibir e intercambiar saber. Respecto a la responsabilidad, ejercen una función ejemplarizante, porque de la experiencia de la utilidad del empeño en la relación, respecto al fin logrado se aprende a modelar las relaciones de forma perfectiva.
En lo que concierne a la libertad la relación presenta dos factores contrapuestos: El primero es que restringe la libertad. El segundo, posibilita ampliar el campo de acción, y con ello la perspectiva de libertad. Esta aparente paradoja se resuelve aplicando la teoría de las condiciones de verdad, si en cada relación se empeña parte de la autonomía personal por las condiciones que se pactan, cuantas más relaciones se establezcan, tantas más restricciones a la autonomía propia se establecerán. Esta será la causa de que buscando hacer prevalecer la máxima libertad, se contaminen las relaciones sociales por los defectos de prevalencia en la concertación. Toda persona tiende a salvar el máximo de libertad en su adscripción a la vida social. Una forma de lograrlo es restringiendo sus relaciones a las esenciales que le generen suficientes beneficios y pocos compromisos. Pero ello tiene el inconveniente de que restringiendo relaciones se reducen posibilidades de enriquecimiento y asistencia social. Otra forma de lograr una mayor participación y dejar a salvo la libertad es imponer en las relaciones condiciones de poder que garanticen la propia libertad con detrimento de la de las otras partes, pero esto presenta restricciones éticas respecto a la igualdad de los seres humanos, y además hace que las relaciones sean permanentemente inestables, porque por naturaleza las partes afectadas tenderán a recuperar los contenidos de libertad restringidos.
La creatividad y la libertad constituyen dos cualidades humanas que van ser determinantes en la conformación de las relaciones sociales en cuanto hacen perceptible al entendimiento humano las ventajas y limitaciones de la agrupación en sociedad. La creatividad va a hacer que la potencia personal individual se transmita a los demás, y así las inteligencias de unos y otros se sumen y multipliquen de generación en generación por ser seres dotados de entendimiento para percibir, asimilar y difundir la destreza, la técnica y el saber científico. Esa inteligencia colectiva de la comunidad se va a mostrar como el mayor acicate de la disposición a la convivencia social.
La característica intrínseca de la intuición de la libertad es reflejo de la reflexión personal por la que cada cual va a preservar el ámbito de su inteligencia y voluntad como el mayor valor de su existencia. Su propósito al relacionarse va a procurar sostener y potenciar esas facultades, aunque la perentoriedad de otras necesidades le conduzca a concertar relaciones para satisfacer fines menos trascendentales pero inminentemente necesarios. En todas esas relaciones cada persona va a confrontar el valor con el que se considera respecto a los demás, y va a evaluar los límites de conveniencia de cada relación. Ese contraste entre lo que su creatividad le anima a relacionarse y la prevención a que su propio valor quede neutralizado en la masa va a marcar los límites de su libre disposición a organizarse en sociedad.

TIPOS DE RELACIÓN:
La relación, como acto humano, no es una simple consecuencia de una colaterización, o sea, que de la proximidad física no se sigue una relación humana si no existe una actividad mental que la identifica como tal. La relación puede no haber sido voluntariamente buscada, incluso que sea no querida, pero lo que la constituye como tal es que se pueda percibir la existencia de un vínculo que justifica esa realidad comunicativa.
Un dilema se presenta respecto a si se ha de considerar como real una relación ideal, que no relacione a dos personas más que en un sólo sentido. Un ejemplo de estas relaciones son las llamadas relaciones platónicas, en las que una persona posee una auténtica actividad mental e intelectual respecto a otra, que no comparte esa relación, e incluso la ignora por completo. Para quien posee la idea de la relación la otra persona es un objeto necesario, pues de su percepción y conocimiento se alimenta la actividad mental e intelectual con la recurrente imaginación que influye en su comportamiento. En cuanto que una parte es motivada por un objeto real, la relación existe, y al ser sostenida por un ser humano sobre la existencia de otro se puede considerar una relación humana, aunque, al no haber comunicación bilateral, no puede ser calificada como una relación social. Habría que distinguir de esos casos aquellos en que una de las partes, por enfermedad o deterioro mental no posee o puede mostrar su voluntad de relación. En estos casos, en cuanto la parte activa asume la responsabilidad supuesta de la clase pasiva, se puede hablar de auténtica relación social, porque se establece con la presunción de la conformidad, cuando no además del agradecimiento, del vínculo de amistad por el que uno es tratado como gustaría a todos ser considerados en situación de debilidad mental.
Se podría resumir en que los seres humanos establecen relaciones que se podían clasifican en cuanto a la naturaleza del ser en:

  • Relaciones con seres inanimados, como las que se establecen con objetos de propiedad, alimentos, ocio, etc. Esos elementos pueden incluso alcanzar un valor simbólico que añada un valor especial a la relación.
  • Relaciones con seres animados no humanos, como el caso de animales de compañía, trabajo, conservacionismo, etc.
  • Relaciones humanas en las que al no existir una mutua comunicación no pueden considerarse sociales. Por ejemplo, la que se pueda sugerir respecto a una persona famosa, un ídolo de leyenda, la cooperación anónima, etc.
  • Relaciones sociales, que son siempre entre personas, y que exigen un mínimo de conocimiento o convivencia mutua, que justifica una cierta comunicación. En ellas se pueden incluir en las que existe la voluntariedad subjetiva en compartir fines colectivos; en estos casos la comunicación se sobreentiende en el hecho de la cooperación colectiva a la construcción del orden social común.
  • En sus principios generales las formas de relación social pueden distinguirse según la causa, el fin y el medio.
  • Según la causa, las relaciones proceden porque se dé una razón de previa convivencia o porque el objeto de relación sea establecer una convivencia.
  • Según el fin, las relaciones se establecen para conseguir un bien particular, un bien común o un bien ajeno. En cualquiera de los tres casos el sujeto se inclina a la relación porque incluso de un fin para otro se sigue una satisfacción interior, que es la base o fundamento de la ética emocional.
  • Según el medio, la relación se establece sobre un medio existente, una realidad, o en base a una creatividad, un proyecto.
  • Combinando esta primaria enunciación de formas de relacionarse surgen unas 20 maneras distintas que motivan la relación en cuanto relación, sin distinguir en ellas las casuística de los concretos objetos materiales, ni las causas determinantes, ni la disposición psicológica, o sea todo el conjunto de motivaciones subjetivas para adherirse a una comunidad, promocionar un grupo o entablar una relación personal. Porque éstas, una vez considerado el entorno social, será mejor analizarlas en le marco de la sociedad.
    Estas combinaciones van a determinar la implicación intelectual, la libertad y la creatividad, en un proceso creciente, desde una causa previa de convivencia a formalizar una nueva convivencia; desde el fin de querer conseguir un bien propio, al bien común y al bien ajeno; desde el medio establecido existente a la aplicación de una creatividad. De ello se puede inferir que la implicación humana más elemental es desde una relación previa existente, para buscar un bien propio y en un medio real; la mayor responsabilidad de implicación intelectual estará en establecer una nueva convivencia, para bien ajeno, por medio de un proyecto novedoso.

    CAUSA DE LA SOCIEDAD:

    La causa más primaria de la sociedad es la relación familiar impuesta por la naturaleza de la reproducción o procreación, que engloba: un acto de relación para la fecundación, un acto de relación entre la madre y el embrión hasta que nace y con el nacido en el periodo lactante y un entorno de relación familiar para la crianza. Todo ello es similar a otras muchas especies animales, pero entre los humanos la diferencia está en que la  relación se configura no sólo para transmitir la especie, sino también el saber intelectual acumulado generación tras generación. A la causa más primaria, que por naturaleza constituye la célula familiar, le sigue una causa segunda con carácter extensivo de aquella, que es la tribu o parentela que relaciona células familiares con el fin principal de facilitar las tareas del sostenimiento y educación de la prole. Se pueden considerar otras causas de la sociedad, con carácter secundario, entre las que destacan: la defensa conjunta y la cooperación en el trabajo, y otras como el ocio, las artes, las ciencias, la religión, la migración, la industria, el desarrollo de los medios de comunicación... Todas estas actividades hacen sociedad en la medida que por su causa se establecen relaciones colectivas estables entre los seres humanos.
    La diferencia entre las primarias y las secundarias es que aquellas persiguen un fin de ley natural, cuyas relaciones exigidas para la conservación de la especie vincula a grupos de  personas según un modo predeterminado por la naturaleza, mientras que las secundarias es la atracción por un interés común el que engloba la causa de la relación, el modo y el fin.
    Es importante señalar que la sociedad no constituye una corporación en el sentido de un cuerpo material o espiritual que en conjunto corresponda a una entidad superior, de la que las personas que forman la sociedad fueran elementos con una función constituyente. La consideración de las sociedades como corporaciones con fin propio no son sino imágenes matafóricas en las que se pretende representar el servicio de cooperación a un fin común mediante el de la conjunción de los órganos para el fin de un ser vivo.
    En la sociedad las personas que la constituyen agotan individualmente su realidad como seres, y los fines sociales son fines comunes a los que optan individualmente la conciencia de cada uno de sus miembros. El pensamiento de Aristóteles de que el hombre es un ser social por naturaleza no cabe entenderlo como parte de una sustancia natural que se corresponda con la sociedad. El hombre es sociable por interés de su propio desarrollo, pero es un interés consciente que no cuestiona su independencia ni su voluntad.
    La dependencia social del ser humano está determinada sólo en la causa primaria por la que por naturaleza nace de otros seres con los que posee convivencia. Pero esa relación esencialmente lo es a su realidad corporal, que precisa alimento y cuidado, de modo que cuando el hombre adquiere uso de razón, o sea, cuando alcanza a reconocerse como ser intelectual, su relación familiar pasa de ser dependiente a libre, lo que no indica que se disminuya su vínculo.
    Hasta cuánto cada ser es libre en sus relaciones representa un importante reto para la filosofía, porque en la proporción que su libertad esté condicionada por la sociedad, esa necesidad va a delimitar la definición de su realidad ontológica.

    LA SOCIEDAD CREADA:
    Puesto que el hombre nace en sociedad, podría pensar que la sociedad no es creación humana, lo que siendo posible en la generación de la familia, no se podría aplicar al resto de las relaciones sociales que han sido concertadas de acuerdo a la voluntad de cada grupo de personas. Para que se formara la sociedad fue necesaria la voluntad común de convivencia en los poblados; en el reparto y especialización del trabajo; en la circunscripción de un espacio en el cual establecer normas de amistad; en el pacto de no agresión entre comunidades; en la defensa común del territorio, los ganados y las cosechas; en la migración por suelos más fértiles y climas más benignos; en compartir un lenguaje cultural; en socializar creencias espirituales; en fabricar armas para la guerra; en construir ciudades, puertos y barcos... y así hasta todas las realidades actuales en que la sociedad se muestra como el fruto del progreso de los hombres para el hombre, pues aunque hayan sido millones de seres humanos los que han encadenado el progreso actual, todo ello es en beneficio para cada individuo que lo disfruta.
    Nacer no sólo se hace en en familia, sino también en sociedad, y ello es una de las razones por las que se podría suponer que todo el bienestar que cada persona descubre  a su alrededor, conforme alcanza razón de las cosas, forma parte de la naturaleza propia del ser y no algo construido desde la inteligencia y el esfuerzo de cientos de generaciones humanas. Cada bien que se disfruta ha debido ser pensado, diseñado, construido por la iniciativa de alguna persona, y transmitido por su inclusión en una comunidad cultural.
    No basta conocer la historia de lo acaecido, sino también justificar cómo es posible que el ser humano lo haya hecho así. A las ciencias aplicadas les interesa saber cómo se ha realizado el progreso desde el aspecto material, y a las disciplinas humanísticas los procedimientos mentales e intelectuales que desde el interior del hombre han dirigido todo su progreso. En concreto a la Filosofía Social: La conciencia de diversidad y comunidad y los procedimientos de relación para converger destinos de acción.
    La referencia a la antigüedad más remota ilustra sobre los conceptos naturales y universales de las disposiciones de la esencia humana para relacionarse, ya que aunque estos no puedan adjudicarse recibidos en herencia genética, el hecho de nacer en una sociedad educadora confunde que las ideas sociales percibidas por la mente no fueran ideas innatas. Por el contrario, toda la teoría sobre la sicología humana se establece como que el ser cuando nace lo hace con una mente en "tabla rasa", igual que la de nuestros más antiguos ancestros. El itinerario por tanto para sociabilizarse mentalmente es el mismo en todas las personas de la historia, aunque el entorno y los medios puedan haber acelerado los tiempos de desarrollo congnitivo.
     
     
     
     

    CAPÍTULO 3

    LA ÉTICA EN LA SOCIABILIDAD

     
    CONCEPTO DE ÉTICA:
    La ética se puede considerar como una disciplina social y como la norma que rige la conciencia en relación a los actos sociales. La primera contempla los actos desde su efecto en la realidad de una comunidad, y la segunda desde la individualidad. Una y otra tratan la misma entidad, la una como fin de las relaciones sociales y la otra en la causa que las promueve, pero ambas entienden respecto a que los actos sociales sean adecuados a lograr el bien común para la sociedad.
    ¿Y qué es el bien común? Porque su referencia es habitual en la Filosofía, la Ética y la Sociología, pero con frecuencia no se desciende a exponer con claridad que se debe considerar como bien común, y simplemente por bien. Para la Filosofía Social, más que la definición ontológica del bien, le interesa acotar el concepto de bien en la realidad sicológica que dirige los actos humanos y en su finalidad respecto a las relaciones entre seres inteligentes. Desde esta perspectiva se podría definir el bien como el acto que comunica una perfección. El bien común sería la proyección que alcanzan los actos que proporcionan perfección al grupo social que afectan. Esa perfección es siempre individual, y el bien afecta de un particular modo agente a quienes son sujetos de la acción, y de un modo paciente a quienes son objeto directo e indirecto de la acción. Las perfecciones logradas pueden ser materiales, corporales, anímicas o espirituales, y en el sujeto de la acción siempre, además de otros beneficios, se genera una retribución sicológica de satisfacción por la creatividad empeñada en conseguir una perfección propia y/o para otros. Por eso la ética que evalúa la consecución del bien común tiene una rama que contempla las perfecciones añadidas al sujeto y otra las aplicadas sobre los objetos.
    Una perfección es una aplicación ejecutada sobre una cualidad de un ente que le mejora en concordancia a la condición de su esencia. Sencillamente se podría decir que una perfección es todo lo que logra que algo sea mejor. Por eso el bien es un acto positivo, el que suma en la realización de la esencia según el modo de ser.
    La ética valora la consideración de si el fin de la conciencia de un sujeto es obrar el bien y si sus obras logran el fin de comunicar una perfección a quienes se dirige. Se puede apreciar una parte subjetiva que se encuentra relacionada con la sicología, y una parte objetiva que se emparenta con la sociología, pues los actos de bien común sólo lo son en cuanto a su fehaciente ejecución, y por ello han de ser valorados a posteriori, como lo hace la ciencia sociológica respecto al correcto quehacer de una sociedad. Lo que caracteriza a la ética es que es siempre una valoración personal de reconocimiento del valor de la causa por los efectos, y no de los efectos en cuanto objetos mejorados. La ética esencialmente es un valor de la conciencia del que obra, y secundariamente sirve  como la recensión crítica del juicio ajeno respecto del que obra, en cuanto ayuda a la valoración general de los actos por las perfecciones que realmente consigue y no sólo de la intención de la intuición creativa que los provoca. La ética, por tanto, es una disciplina práctica que ayuda a la formación de la conciencia especialmente en su proyección social.

    LA ÉTICA EN LAS RELACIONES RECÍPROCAS:
    En una relación recíproca entre dos o más personas, la ética exige que la causa de la relación entre los partícipes sea en sí buena, que el medio o contenido a tratar y colaborar sea bueno y que el fin sea que consiga un bien proporcionado para todos los partícipes. En esencia se podría decir que una relación es recíproca es ética cuando se intercambian bienes o perfecciones entre los concertantes de la relación, pues cuando no es así, y unos reciben bienes y otros los pierden, la reciprocidad no es más que formal, ya que en cuanto el fin de la relación para alguna de las partes es perjudicial no cumple la condición ética de favorecer el bien común.
    Respecto a los bienes materiales existen quienes defienden la dificultad de que las relaciones se establezcan en equidad del fin del bien común, porque si unos obtienen un beneficio material se teoriza de que otros han de aportar y perder ese bien. Lo que ocurre es que eso sólo se da cuando lo que se intercambia entre quienes se relacionan es una única cosa, de la que unos han de aportar lo que otros reciben. Un tipo de esta clase de relaciones son las apuesta económicas vinculadas al juego o al azar. Contra esa visión parcial de las relaciones hay que contraponer que en la mayoría de las relaciones materiales lo que se busca es la permuta de bienes de unos a otros para obtener cada uno de lo que le falta y ofrecer de lo que le sobra. En estas relaciones se consigue el bien común en cuanto cada uno obtiene un beneficio que le era menester, por eso el conjunto de todas las relaciones recíprocas constituyen un bien común general, que es el fin de la sociedad.
    Cuando los beneficios de las relaciones mutuas son de orden mental o espiritual, el beneficio podría ser infinito para todos sus partícipes, pues al tratarse de bienes inmateriales son ilimitados en extenderse sin que nadie quien los aporte mengue en lo que posee. Aquí podrán considerarse muchos de los intercambios culturales.
    Se dan relaciones que tienen por fin un intercambio de bienes materiales por bienes inmateriales, en la que ambas partes quedan satisfechas por el bien que reciben, aunque sean de cualidad tan distinta. Incluso hay relaciones que el bien común se logra en la desigualdad del trato, si se estima también la retribución anímica personal como un bien espiritual, y así ocurre al intercambiar aparentemente bienes materiales a cambio de nada cuando quien los ofrece sigue el impulso ético de trasmitir un bien a quien no posee con que corresponder. En este caso la reciprocidad no existe, sino sobreentendida, pero no altera el que de esa relación se logre al bien común, el material para el que lo precisa y el espiritual como retribución subjetiva de causar un bien.
    Las relaciones sociales mutuas engloban, además de las prestaciones que se intercambian, el bienestar de la relativa seguridad de estar constituido el marco donde se garantice obtener esa disposición de prestaciones cuando se necesiten. Ese bien común latente constituye una parte importante de la razón por la que las comunidades tienden a crecer y a estabilizar un sistema de garantías en las prestaciones de servicios mutuos organizados como protecciones sociales en las que se adquiere el derecho de recibir y el deber de mantener como si se tratara de un acuerdo multilateral universal.
    Desde el punto de vista de la ética, el bien común se genera tanto en las relaciones entre particulares como en las relaciones universales, o sea las que agrupan al conjunto de un colectivo. Por eso la ética de la aldea global radica tanto en el contenido y fin de las concertaciones particulares como en las que afectan a todo el colectivo por igual. La justificación hay que encontrarla en que, por ser la vida en sociedad un sistema, se comunica todo en mayor o menor medida sobre el resto del sistema. Y así la autoridad de una sociedad puede imponer reglas éticas de obligado cumplimiento también en las relaciones recíprocas entre particulares. Téngase en cuenta que de la mera práctica de la aplicación ética en las relaciones más simples se sigue el buen hábito ético en las de mayor trascendencia, y viceversa; de modo que está muy en juego la preservación del bien común.

    CONCORDANCIA DEL BIEN SUBJETIVO CON EL BIEN OBJETIVO:
    Toda relación conduce a la acción, pues el acuerdo de colaboración, cooperación, intercambio, ayuda, etc. se establece para alcanzar un objetivo. La actividad es propia de la persona humana puesto que ha de conseguir al menos el sustento diario para que funcione su organismo. A partir de esa necesidad primordial se entiende que actúe para conseguir otras muchas cosas que le satisfacen y le ayudan a su realización. Ese proceso de la acción en los actos inteligentes sigue un itinerario que va de la imaginación de un quehacer a formular una idea intelectual que resuelva, al menos implícitamente, las cuestiones de qué, para qué, por qué y cómo. Los seres no inteligentes a la imaginación de un quehacer responden con un comportamiento aprendido en una actuación de la que se obtuvo satisfacción o perjuicio, cuya experiencia atesoran en la memoria, según su capacidad natural. La persona humana también obra de esa misma manera, que no se debe denominar irracional al contraponerla con la intelectual, ya que la respuesta refleja según la experiencia anterior de satisfacción sigue una ley natural de coherencia y racionalidad. Ir más allá evaluando causas, medios y fines se sigue del talento del que está dotado el hombre, que le otorga la capacidad de dar respuestas innovadoras, creativas y responsables. En todas esas obras existe un itinerario que va de cómo se ve la obra en la mente a cómo es en la realidad. Es la reinversión del proceso del conocimiento, antes de la realidad a la representación mental, ahora de la representación mental al efecto sobre la realidad. Aunque hay que tomar en consideración que el fin que se logra no es necesariamente el previsto desde el entendimiento.
    Cuando una persona actúa para sí, la responsabilidad de la idoneidad de lo obrado es enteramente personal. Cuando obra en concierto con otros, con los que se comparte el fin y objeto de la acción, los beneficiados o damnificados son normalmente bastantes, aunque sin embargo la autoría de la decisión intelectual de obrar así es de cada una de las personas que interviene, pues el fuero interno de obrar de la razón es inviolable. De ello se deduce que la subjetividad es siempre personal, y la objetividad es colectiva en función de a tantos como cada obra beneficie o perjudique.
    Las relaciones entre personas se pueden clasificar en dos grupos:

  • Los que se asocian para intercambiarse prestaciones mutuamente.
  • Los que se asocian para actuar solidariamente.
  • Entre los primeros existe un cruce entre las respectivas subjetividades y los objetos operados. Se cumplirá la equidad en la relación según que cada uno de los objetos obrados cumpla las expectativas pactadas según la mente de quien ha de disfrutarlo.
    Desde la subjetividad del que obra cabe:
  • Que concuerde la descripción de lo que pacta dar con lo que realmente imagina que puede dar.
  • Que mienta describiendo lo que va a dar, de modo que no se ajuste a lo que realmente imagina que va a ofrecer.
  • Que lo imaginado que ofrece coincida con la realidad de lo ejecutado.
  • Que sea incapaz de realizar lo imaginado que iba a poder hacer.
  • Desde la subjetividad del receptor de lo pactado:
  • Que la obra se ajuste a lo por él imaginado que el otro le ofreció.
  • Que no se ajuste a lo imaginado por defecto en el entendimiento de lo que el otro le explicó.
  • Que no se ajuste a lo imaginado por la incoherencia entre entre lo que el otro ofreció y  la realidad obrada.
  • Desde la objetividad de lo pactado:
  • Que sea un objeto real observable.
  • Que sea una futura evolución de un objeto existente.
  • Que sea un proyecto de realidad.
  • De la combinación de estas posibilidades se sigue que la concordancia del bien subjetivo al bien objetivo en las relaciones humanas sea más probable o menos, no sólo por la intención subjetiva de las personas, sino también de que se logre llevar a objeto una adecuada intercomunicación en los pactos, y de la limitación humana en lograr la perfección en la obra ejecutada. De las intenciones de las partes y de la capacidad de obrar de cada interviniente se van a seguir muchas determinaciones para la justicia en las relaciones sociales.

    LA RELACIÓN ÉTICA:
    Para que una relación entre personas se pueda considerar ética debe buscar el bien para todos los participantes. El bien debe afectar a toda la dimensión personal, no sólo a que le reporte beneficios materiales, y así debe seguirse que no menoscabe su integridad, ni su libertad, ni su dignidad.
    Respeto al derecho adquirido se ha discutido mucho en filosofía si pueden ser rescindidos derechos otorgados por anteriores relaciones. Parece que lo más convincente es que las relaciones entre particulares no deben restringir derechos sociales, pues estos se consideran consensuados en relaciones superiores y marcan la equidad del baremo con que la sociedad entiende el bien común. Cuando lo que se trata es restablecer relaciones sociales en el marco de la comunidad, cabe entender que se pueda admitir redistribuir derechos, aunque supongan restricción general o para parte del colectivo, porque sea lo que en un momento determinado se considere bien común.
    El bien común es tan difícilmente objetibable que se recurre, en la política moderna, a contrastarlo en función de la anuencia de la mayoría. Pero incluso así, deben quedar a salvo de cualquier consenso de lo que es el bien común el recorte en la libertad, la integridad y la dignidad de cualquier persona, porque no puede existir bien común donde quien forma parte de una comunidad quedara como proscrita de la afectación del bien que le corresponde por formar parte del grupo en el que se sustancia la relación.
    Igual que la sociedad evoluciona, las relaciones sociales se han de adaptar a las nuevas necesidades y a las nuevas ideas del pensamiento, porque lo contrario supondría encorsetar a cada generación en los criterios de las anteriores generaciones. Esto constituye muchos equívocos en las relaciones respecto al bien común, porque como en una misma época conviven 2 ó 3 generaciones, las apreciaciones de que varíen las prioridades que legitiman el bien común suele ser muy contestado, ya que las anteriores generaciones suelen considerar incoherente los cambios en cualquier concepción de lo que es el bien, porque el bien se entiende como un concepto estable.
    En las relaciones entre particulares la intención por las partes a conseguir el bien es más sencillo, pues si no se aprecia que de la relación se vaya a seguir el bien, lo ético es no concertarla. Hasta cuánto de bien se consiga es algo que queda en el juicio de los concertantes valorar si justifica pactar esa relación. Una vez acordada la relación, la conflictividad suele surgir de que los actos consiguientes al ejercicio de lo pactado produzcan o no la expectativa de bien estimada. En caso desfavorable ¿sería correcto cancelar la relación? Esto sólo puede contestarse desde la valoración del bien que se pierde para cada parte al mantener la relación y al suspenderla, puesto que si la relación ha sido correctamente aplicada no parece que por el detrimento de bien de una parte la otra o las otras deban perder el bien para el que se concertó. La valoración ética debe medir los límites de lo razonable en el desequilibrio de bien acaecido, sobre todo si repercutiera sobre la integridad de las personas. El resultado de todo pacto sin malicia puede y debe poder ser reconsiderado cuando las condiciones éticas así lo aconsejen, porque el valor de sostener la dignidad de las personas debe primar sobre los beneficios materiales desproporcionados que se pudieran generar. Por eso las relaciones deben plantearse como revisables, en aras a la defensa de la libertad.
    Las relaciones éticas exigen también que no se anule la personalidad de los partícipes, en cuanto que se alterara la recta comprensión o se violentara la voluntad de quien pacta, aunque se quisiera justificar que suponga un bien para el agredido. El mayor bien que posee una persona es su identidad, su yo,  y el poder decidir desde el entendimiento del yo sin ser sometido a una presión que pudiera alterar la deliberación de cada persona. Esta dimensión ética afecta mucho a las relaciones que se dan en la mayor proximidad, como, por ejemplo, en la familia, donde a veces se presiona sobre los sentimientos para que éstos alteren el entendimiento y no pueda de un manera objetiva informar a la voluntad.
    Existen en la sociedad muchas relaciones que transgreden la ética por sus medios y por sus fines. Tantas que justifican que el mal que se detecta en la sociedad no es casual ni sobrevenido al margen de la conducta humana. Se podría resumir que este mal es consecuencia de haber perdido la sociedad la referencia de que se constituye para ayudarse, pues cada uno en solitario tendría una existencia raquítica. La pasión por lo que se pueda arrebatar a los demás ha determinado cómo se dominan las personas en vez de cooperar intercambiándose sus servicios. Con todo, la sociedad no sería lo que es si no prevalecieran en esa oposición los elementos de servicio sobre los de dominio.

    RELACIONES DE SERVICIO:
    Las relaciones entre personas, además de las naturales de familia, deben ser por naturaleza relaciones de servicio entabladas al intercambiarse los bienes producidos con el trabajo particular, para colaborar juntos en una explotación, para compartir esfuerzos en un objeto común, para defenderse colectivamente, para administrar orden, para enseñarse, para crear situaciones de ocio, y en general para cuidarse y atenderse.
    El origen de estas relaciones hay que situarlo en la rentabilidad del trabajo en equipo y la especialización, que permiten conseguir más bienes para cada uno de los miembros de una comunidad de los que individualmente se es capaz de producir. De aquí que la asociación progresiva de personas haya construido colectivos cada vez mayores que, aunque hacen más ardua la tarea de identificar los intercambios de servicios, no debieran hacer perder la referencia de que es eso lo que se realiza cuando se entrega un trabajo, se hace un favor o se atiende una demanda de ayuda.
    Un servicio es, ante todo, algo que le sirve a quien se le ofrece, y por ello se connota como un bien. Si nadie tuviera una necesidad, el servicio sería innecesario, pero, desde que cada cual ha de atender a esforzarse para cubrir sus necesidades, es lógico que se considere intercambiar servicios como manera de rentabilizar el esfuerzo individual, pero para que sea eficaz la relación es preciso que cada una de las acciones que se permutan sea eficaz en servir a proporcionar el bien buscado. Eso es algo que toda persona logra cuando se especializa en un oficio o tarea y de esa manera es capaz de hacerla antes y mejor, por lo que la rentabilidad del esfuerzo empleado se mejora. Desde esa perspectiva el servicio se sustenta en la preparación personal que genera la eficacia en el obrar.
    Intercambiarse servicios es la fase previa al intercambio de bienes consolidados, pues su lógica está en que en cada objeto como bien se contiene el esfuerzo debido a alguien en realizarlo. Por ello la permuta de objetos materiales implica el intercambio implícito del trabajo de quienes han producido esos bienes; de este modo casi todas las relaciones se humanizan en la estructura profunda de su constitución.
    La justicia en el intercambio de servicios dentro de un entorno social se fundamenta en la necesidad, la operatividad y el cómputo del esfuerzo invertido.

  • La necesidad prioriza qué clase de servicios son los más esenciales a generar, y para los que se deben adiestrar prioritariamente las personas que entren en relación. Es vano e injusto que por la iniquidad hubiera quien no fuera capaz de hacer nada útil para los demás, pues quedaría excluido, salvo caridad, de ser atendido él en su necesidad mediante el intercambio de servicios. La justicia exige la atención en prepararse para cubrir necesidades sociales donde se pueda ser de utilidad.
  • La operatividad controla la disponibilidad real para prestar los servicios en que cada uno se ha especializado dentro de la comunidad. Esto exige una justa ordenación de la sociedad para que la demanda de servicios pueda ser atendida tan bien como cuando quien ha de prestar un servicio fuera quien lo necesitara. La disposición de prestar el servicio es tan necesaria como la cuantificación para la eficacia de los intercambios de servicio en la comunidad.
  • El cómputo del esfuerzo empleado es la medida objetiva que puede equilibrar las relaciones de servicio para que el trabajo comprometido entre las distintas especializaciones sea equilibrado. Ese esfuerzo debe comprender tanto el físico como el intelectual, y la correcta consideración por todas partes favorece la apreciación del trabajo como un deber con finalidad de servicio.
  • No hay que olvidar que las relaciones de servicio incumben a todos, porque incluso los más fuertes y los más sabios precisan de las atenciones y cuidados más simples. Considerar mutuamente servirse es lo que permite, en gran manera, que cada cual se sienta útil, respetable y realizado, siempre y cuando se emplee en hacer su labor con la honestidad con que le gustaría que a él le sirvieran en esa ocupación.
    La recompensa de espíritu de saberse en una comunidad en la que unos y otros intercambian sus cualidades profesionales para ser útiles a los demás favorece un marco de convivencia, siempre que esas relaciones se realicen con justicia.

    RELACIONES DE DOMINIO:
    El hombre es un ser posesivo, tendente a ejercer de sujeto que posee cosas, ya que sobre las cosas puede establecer el dominio de utilizarlas para que le reporte bienestar. En el ámbito subjetivo la propiedad o posesión es consecuencia del entendimiento con que se conoce la capacidad de tener ideas propias, sentido del orden de lo afín que satisface y de que sólo con el poder sobre las cosas que le rodean puede desarrollar sus ideas creativas.
    Respecto a los elementos que no poseen vida propia, la posesión que las dirija no tiene más trascendencia de que sus efectos sean provechosos, útiles y prácticos para quien las posee, que no causen perjuicios a otros y que no se confiera un deterioro a la materia que redunde en una degradación de la naturaleza.
    Respecto a otras personas, la potestad total o parcial sobre las mismas limita la libertad y rompe el equilibrio del derecho de toda persona a disponer de su propio ser. Las relaciones entre seres humanos comprometen, de algún modo, la propia soberanía sobre su ser, en cuanto que si se acuerda, intercambia o pacta algo ello crea una obligación de responsabilidad que, aunque sea recíproca, compromete a la voluntad personal a cumplirlo; algo del propio ser queda afectado por una dependencia de satisfacción hacia otra persona. Si se quisiera establecer relaciones sin dependencia, o bien son relaciones sin comunicación, o bien son sociales en las que la comunicación es una exigencia a la otra parte, por la que sólo se establece dependencia para la parte contraria; en este caso se puede decir que se está estableciendo una relación de dominio de una, o unas, de las partes sobre la otra, u otras.
    En la sociedad, por el carácter posesivo del ser humano, existe una tendencia subjetiva a convertir las relaciones de servicio en relaciones de dominio, en las que el fin del intercambio sea más productivo o beneficioso para la respectiva parte actora, aunque se mantenga la conciencia de la conveniencia del mutuo servicio que se prestan. Se induce así a que se desfigure el concepto de justicia respecto al de derecho, porque si se admite obrar para hacer prevalecer el propio derecho sobre el contrario, se lesiona la noción de equidad que exige la justicia, que ha de ser continuamente reparado por la sociedad, lo que exige una actividad de permanente reequilibrio de las relaciones sociales.
    Todas las relaciones de dominio entrañan violencia, aunque no siempre manifiesta. Dado que la conciencia del ser humano no se somete sino a lo que aprecia como un bien, el ser dominado no cabe que sea satisfactorio, salvo que ese dominio se reconozca como un bien. El sometimiento es lo que a veces hace que las relaciones de dominio no sean percibidas como tales, aunque, en un gran porcentaje de casos, a lo que se está procediendo es a la anulación de la personalidad para que no se reconozca dominada. Lo normal es que la persona distinga perfectamente el dominio al que se la somete, pero lo que puede ocurrir es que aún bajo dominio entienda que puede obtener un bien necesario que renunciando a la relación no lo lograría obtener. De este modo conocerse violentado en determinadas relaciones se tolera, aunque se distinga perfectamente el menoscabo de bien por el dominio es un mal, aunque sea un mal necesario a padecer por lograr un bien que se precisa. De lo que se puede colegir que la mayor parte de las relaciones de dominio se mantienen y soportan para cubrir una necesidad.
    Las relaciones de dominio pueden ser:

  • Por poder y sin violencia.
  • Por poder y con violencia.
  • Por subyugación sicológica.
  • Por dolo.
  • 1. Se denomina por poder sin recurrir a la violencia cuando se posee la superioridad efectiva para dictar las normas de las relaciones unilateralmente, que deben ser acatadas por las otras partes sin posibilidad de discutir su condicionalidad. Se producen siempre cuando existe una parte poderosa y otra débil, cuya situación permite al poder imponer lo que el otro ha de cumplir, quien se ve obligado a aceptar porque su debilidad radica en que ha de cubrir un menester que no puede remediar personalmente y ha de acudir a obtenerlo en una relación exterior. Estos casos abundan en las relaciones laborales y comerciales, especialmente cuando se parte de un entramado social que jerarquiza la sociedad en castas o clases, cuya posición o poder se hereda y confiere la confianza del poder y la ignominia de la sumisión. Las estructuras que no reconocen el derecho a la justicia de la igualdad de oportunidades para todas las personas contienen en su sistema la doctrina para perpetuar las relaciones de dominio.
    2. Las relaciones de dominio con violencia tienen su imagen más concreta en todos los tipos de esclavitud que persisten en la sociedad y ha habido en la historia. La esclavitud se caracteriza porque el esclavo es obligado a cumplir las condiciones de una relación impuesta bajo penas de castigo físico, que pueden llevarle hasta la muerte. En la esclavitud el sometimiento no es por cubrir una necesidad, sino proviene de una apropiación física de una persona por otro para tenerla a su servicio. Desde el dominio sin violencia a la esclavitud radical caben muchas situaciones intermedias en que la parte con poder castiga contra toda justicia a la parte débil que no posee recursos de defensa. Estas relaciones perduran cuando los Estados las utilizan, permiten, toleran o ignoran; porque es tal su perversión de la justicia que están repudiadas por la sociedad civil universal, por lo que sólo se practican al resguardo de aquellos Estados donde se puede denunciar tiranía y represión en sus gobernantes. Dentro de estas relaciones de dominio con violencia están incluidas todas las guerras. Se puede proponer excluir las guerras de justa defensa en proporcionada respuesta, pero la realidad desmiente que haya guerra cuya estrategia no incluya la violencia armada contra la indefensa población civil.
    3. Las relaciones de dominio también se pueden calificar así porque una de las partes subyugue a la otra a aceptar la relación mediante una presión sicológica que altere la libre decisión de su voluntad. Este tipo de dominio caracteriza a muchas relaciones del ámbito familiar, la tribu o cualquier ámbito de inclusión social. En estos casos no existe una violencia física, pero sí una presión sicológica que puede ser tan reductora como la violencia física. La raíz se haya en que la parte dominante quiere imponer su criterio, y no lográndolo por la razón, en vez de avanzar hacia el justo consenso que equilibre las voluntades, se reduce la contraria hasta que lograda su anulación se somete sin voluntad a obrar según el dictado de la parte dominante. Afecta especialmente el mundo de los sentimientos, a la propia estima y a la capacidad de decisión personal; así cuanto menos fortaleza interior existe, más fácil es caer en el dominio de la subyugación.
    4. Las relaciones de dominio por dolo son aquellas en que una parte engaña a la otra en lo que están tratando, de modo que el conocimiento de la parte contraria no informa correctamente a su voluntad, que podría estar pactando de hecho lo contrario de lo que cree entender. El dominio de la astucia no es legítimo si altera el derecho al ejercicio del entendimiento según la percepción de lo real, que cuando se engaña se altera de modo injusto por las consecuencias que se puedan seguir. Como el rigor de la verdad es el último fin del entendimiento humano, si se altera la verdad se traicionan las condiciones del pacto y quien obra con dolo, sobre todo si la falsedad no es vencible para la parte contraria,  trasforma cualquier intercambio de servicios en una relación de dominio.

    RELACIONES EN JUSTICIA:
    La justicia es una ciencia práctica porque se realiza cuando se aplica en las relaciones que compete. Su fin es lograr que haya equidad entre el esfuerzo logrado por un empeño, trabajo o creación, en el servicio que se presta y los bienes con que se retribuye en el intercambio social. El equilibrio se logra en que al menos la retribución obtenida sea el conjunto de bienes que se habrían logrado de haber aplicado a producirlos el tiempo y la igualdad del valor de los medios empleados en los bienes que se ofrece. Esta característica de equidad pregona una justicia equitativa respecto al tiempo y esfuerzo considerando todas las dedicaciones igualmente valiosas. Pero la justicia puede también valorar la equidad observando el beneficio prestado según su utilidad, para lo que se requiere que haya correspondencia de valor de aplicación entre lo que se ofrece entre las partes de una relación, aunque represente una diferencia de esfuerzo. Ello supone medir el objeto que se aporta en función del valor de aplicación y no por el coste de producción.
    Las relaciones pueden considerarse justas tanto si se aplica el criterio de equidad de esfuerzos como el de aplicación, y ello muestra cómo las tendencias a acordar las relaciones varían a lo largo de la historia. Lo trascendente para la justicia es que se sostenga la proporción de equidad entre lo que cada cual aporta en una relación para que tras el intercambio subsista la equidad en lo que se recibe. Como el ser humano tiende a valorar en exceso lo propio y a ser cicatero con lo ajeno, es por donde se empieza a quebrar la justicia en las relaciones, y se impone la pretensión del dominio sobre la idea de servicio. Esto es más proclive que se dé cuando las relaciones se valoran según la aplicación o la utilidad, porque, cabe el que se quiera monopolizar la aplicación para poder imponer así un valor más alto que el de la trascendencia del servicio que presta, por la necesidad que mantiene por cubrir. Influir de esta manera restringiendo la generalización de que todos puedan acceder a proporcionar todas las aplicaciones de utilidad perturba la equidad de la justicia en su raíz, generando relaciones viciadas de principio que tienden a favorecer las relaciones de dominio.
     
     
     
     

    CAPÍTULO 4

    RELACIÓN HOMBRE HÁBITAT

     
    EL ENTORNO MATERIAL:
    Por tener una naturaleza corporal el hombre mantiene relaciones con las demás sustancias de su entorno. Esas relaciones tienen como fin primario posibilitar la existencia, ya que el hombre, como cualquier otro ser vivo, si pierde la capacidad de existir cierra el ciclo a la especie; de este modo la supervivencia es la primera actividad de toda sustancia con vida, y ello procura al relacionarse con cualquier otro ser que sirva para garantizar esa supervivencia.
    El ser humano, por poseer una potencia espiritual, puede llegar a contradecir intelectualmente su tendencia de supervivencia natural quitándose la vida o al entregarla por una causa mayor, algo que hace con plena voluntad cuando posee claro conocimiento del fin efectivo del acto que arrebata la vida. Pero, aunque su razón le pueda advertir o indicar que puede determinar su supervivencia, su corporalidad tiende como fin natural a sobrevivir, aunque no pueda evitar la degradación fisiológica que le conducirá a un estado incompatible con la vida. De este modo el ser humano, en cuanto su mente y entendimiento conoce su modo de ser, sigue la exigencia de su corporeidad para buscar las relaciones que le permitan sobrevivir, imponiendo esa prioridad sobre los demás seres del entorno.
    En las relaciones del ser humano con la naturaleza, uno de sus descubrimientos es contemplar cómo su hábitat está dotado de la abundancia necesaria para sostenerle. Piénsese en la fertilidad del reino vegetal para generar sobreabundancia de semillas respecto a sus necesidades de reproducción, cuyo exceso surte de alimentación a hombres y animales. Ello podría ser un indicio de que la naturaleza provoca esa relación entre sustancias diversas que se sirven para sostenerse las unas a las otras, sin menoscabo de su propia integridad.

    APROVECHAMIENTO DE LOS RECURSOS:
    ¿La supervivencia es un derecho? De igual modo que cada especie no se debe a sí misma la existencia, sobrevivir como tal, más que un derecho, debe entenderse como una necesidad vital de correspondencia con la causa que le ha hecho ser. El derecho a ser de cada cosa no puede ser entendido y generado sino desde su causa eficiente, que le hace ser lo que es. Lo que corresponde operativamente a lo que es, en todo caso, puede considerarse como el deber correlativo al derecho a la existencia, que es no defraudar a la causa eficiente obrando para mantenerse en el ser. Eso fundamenta la noción de sostenibilidad de los recursos naturales considerados en sí, y no sólo como beneficio de la especie que los aproveche.
    El hábitat de las especies es un medio que les permite ser por el aprovechamiento de los recursos que posibilitan su vida, de modo que cada especie se nutre de otras, según su naturaleza, y sirve a su vez al provecho de más, formándose una cadena en que nada queda excluido de utilidad. Con sus defensas cada cual se defiende del más fuerte, y con sus potencia ataca al más débil.
    Desde esa legitimidad que concede la naturaleza para que cada ser según su ingenio sobreviva, también la misma coarta no destruir más que lo preciso para vivir, porque la eliminación de los recursos más allá de la ley de su regeneración origina una matemática autodestrucción futura de la propia supervivencia. Por eso el derecho natural a usar los recursos de la naturaleza es un derecho condicionado al equilibrio que garantice una digna propagación de la especie.
    El ser humano, por ser creativo, se ha mostrado especialmente dotado para ordenar el aprovechamiento de su entorno, dominando con su inteligencia, más que con su fortaleza física, a casi toda las especies animales y vegetales que podrían aprovecharse de él. Esa relación de poder que ha garantizado su desarrollo no le libra del permanente esfuerzo para dominar y no ser dominado, pues además de tener que lograr su sustento diario ha de defenderse de las permanentes agresiones externas, desde microbios a plagas de insectos o la acción devastadora de los agentes atmosféricos.

    EL TRABAJO TRANSFORMADOR:
    Se denomina trabajo el esfuerzo que aporta el ser humano para transformar y aprovechar elementos de la naturaleza para que le sirvan de sustento y para cualquier otro fin que contribuya a su bienestar, seguridad u ocio. El trabajo relaciona un sujeto, que es quien determina el fin, programa la acción y ejecuta la intervención, y un objeto que es la materia que se trata, elabora o transforma para adecuarla al fin buscado.
    El trabajo establece una relación peculiar entre el sujeto y el objeto que presenta dos matices:

  • La apropiación de un elemento material para su uso.
  • La transformación que se incoa o ejecuta sobre ese elemento para desarrollarlo, adaptarlo o componerlo.
  • Estos dos matices, próximos pero distintos, van a generar derechos fundamentales derivados del trabajo que van a definir ámbitos de propiedad que pueden ser coincidentes o no.
    La apropiación de bienes de la naturaleza por el hombre puede seguir una pretensión nominal o una relación de utilización. La primer forma de posesión sigue un causa enunciativa, por la que alguien se atribuye la propiedad de algo en función de su propio dictado y proclamación pública. Ejemplo de ello son los territorios apropiados por descubridores y conquistadores. Otra forma de posesión es la que se sigue de la vinculación que constituye el ser humano sobre una materia cuando se la apropia para trabajarla y con su acción directa incrementarla con un valor de uso; por ejemplo, cuando se coloniza tierra árida. En el primer caso sólo existe la propia voluntad de dominio; en el segundo, se crea un vínculo de propiedad sobre el objeto enriquecido que, en cuanto el valor añadido, corresponde al sujeto también sobre la materia en cuanto soporte de lo transformado.
    El trabajo crea relaciones de propiedad sobre el elemento trabajado que quizá sean las más sólida de las causas de propiedad.
    Se podría poner de ejemplo cómo el trabajo crea vínculos naturales de propiedad analizando una forma simple de trabajo agrícola.
  • Que existan árboles silvestres que producen frutos. La propiedad de los frutos que se recogen, pero no los árboles, serán la recompensa de quien se esfuerza en recogerlos.
  • Que existan árboles silvestres, pero que para que produzcan frutos sea necesario trabajarlos con labores como podarlos, regarlos, abonarlos... En este caso los frutos, que son el producto del trabajo, pertenecerán en totalidad a quien hacen que crezcan. Pero los árboles, puesto que preexistían, sólo se podrán considerar propiedad de quien los cuida mientras los cuida. Si abandona ese trabajo caducaría su propiedad sobre los mismos, y pasarían a quien posteriormente acudiera a trabajarlos.
  • Que los árboles sean plantados por quien los trabaja. En este caso árboles y frutos serán de su plena propiedad.
  • Que sean los árboles propiedad de uno y otro quien los trabaja. La propiedad de los frutos será compartida o colectiva para uno y otro.
  • Esto es lo que se deduce de la relación hombre naturaleza por los vínculos que crea el trabajo, y que se puede interpretar para toda clase de trabajos, pues todos tienen su origen en el aprovechamiento de aquellos elementos de los que nos servimos; aunque la propiedad sea un permanente conflicto de adjudicación que muy ordinariamente se vincula a otros factores y se olvida de esas raíces elementales que en la filosofía del trabajo se encuentran.

    LA APROPIACIÓN DEL BENEFICIO DEL TRABAJO:
    Una cosa es el derecho de propiedad que se crea en la transformación de un objeto material y otra que se pueda acceder al beneficio que de esa propiedad correspondería. La causa principal de esa distorsión se encuentra en el trabajo en colectividad, pues el trabajo en grupo, que es la forma habitual de realizarlo una gran mayoría de la sociedad, da como consecuencia que la propiedad de lo obtenido pertenece a cada uno según su implicación y al grupo colectivamente, en cuanto que sin la existencia del mismo la actividad del trabajo posiblemente no existiría o sería de un rendimiento mucho menor. Se puede realizar una aproximación de este posible conflicto contemplando los siguientes casos:

  • El aprovechamiento y transformación de una materia se realiza en equipo.
  • Existe conflicto sobre la autoría de la creatividad de la idea de la aplicación ejecutada.
  • Se hace imposible cuantificar el beneficio del trabajo.
  • El primer caso engloba las múltiples posibilidades de agruparse las personas para llevar a fin conjuntamente un programa de ejecución mediante la aportación de las capacidades laborales de los que comparten esa relación. Ejemplos de esa realidad son: Las explotaciones familiares, la pequeña y mediana empresa, las cooperativas, las sociedades mercantiles multinacionales, las fundaciones, las ONG, y cualquier otra asociación de personas que tenga entre su objeto la producción de cualquier bien a partir de los objetos de la naturaleza mediante el trabajo de personas. El hecho de que existan muchas formas de colaboración pluripersonal se entiende porque no todas ellas planifican los medios y fines del trabajo de la misma manera. Entre las multinacionales y las ONG existe un abismo de diferencia en la concepción, métodos y fines del trabajo, pero es común a todas ellas que generan bienes y que esos bienes pertenecen a quienes han invertido su trabajo, aunque estos entiendan muchas veces formas absolutamente distintas de reasignar esa propiedad y los beneficios obtenidos.
    El segundo caso incide en advertir de la dificultad de reconocer la parte de aportación de esfuerzo intelectual de cada trabajador en cada fase del proyecto y producción. A veces se puede interpretar tal similitud de ocupaciones que se reconozca igualdad de esfuerzo, pero cuanto más crece la concurrencia de personas mayor se hace la dificultad de considerar el porcentaje de creatividad ejecutiva invertida por cada una de ellas. Considérese que en una empresa intervienen directivos, proyectistas, contables, especialistas, subalternos, comerciales... con jefes y mandos intermedios en cada una de esas clases. Además a veces concurren a una misma realización empresas distintas asociadas o con contratos parciales o sectoriales de la producción. Toda esa diversidad es la que hace que al tender a simplificar el reparto de beneficios sobre todos los actores laborales se pueda caer en la arbitrariedad de que se difumine el derecho justo a gozar de la proporción del beneficio a su generación de la riqueza generada en común.
    Otro gran escollo proviene de la dificultad de asignar propiedades y beneficios cuando el fin de la dedicación laboral es ofrecer servicios sociales cuyo beneficio se puede evaluar más desde al aspecto ético que desde el práctico. Entre estos casos se puede incluir a una gran parte de los funcionarios de las administraciones públicas, que con su trabajo facilitan el funcionamiento de la sociedad, pero que la cuantificación de sus servicios no es objetivable como si produjeran productos manufacturados. Sobre estos sin embargo recae una parte de todo el conjunto de bienes que se generan en cada comunidad.
    La vinculación del trabajo y su derecho a la propiedad debe inspirar el desarrollo de un permanente perfeccionamiento de la justicia en la legislación laboral y comercial, a pesar de las dificultades que crecen cuando lo hace la sociedad, ya que precisamente por esa complejidad se podrían olvidar las referencias objetivas que yacen en los fundamentos de las relaciones laborales que no deben obviar, sino potenciar, la naturaleza intelectiva, creativa y responsable de toda persona, al perfeccionar la ley y el derecho.

    LA REIVINDICACIÓN DE LA PROPIEDAD Y DEL BENEFICIO:
    Para que el reconocimiento social haga efectiva la vinculación de la propiedad al trabajador que transforma la materia y le extrae su utilidad, es necesario primero: que el sujeto que realiza el trabajo sea capaz de interiorizar la tarea que hace, por qué la realiza y el beneficio que genera. Reconocer la tarea que se hace es la consecuencia directa de trabajar con inteligente dominio de la acción, reconociendo la cosa que se trabaja y la transformación que se aplica. Saber por qué se realiza es distinguir el fin por lo que se hace, que puede ser lograr un beneficio concreto o experimentar una idea. Conocer el beneficio que genera es percibir el aprovechamiento del trabajo para producir una rentabilidad más o menos inmediata, para el uso propio del sujeto o para intercambiarla en una relación de mercado.
    Sólo si el actor es plenamente consciente de la propiedad sobre lo trabajado podrá reivindicarla en el marco social donde se desenvuelve. Todo trabajo es una pequeña creación o recreación, un servicio y un bien que posee un sujeto agente y un sujeto receptor, que es el que en último término se beneficia del acto. Si el sujeto receptor no es el mismo quien realiza el trabajo y sí es el que se beneficia de la acción, ello crea una dependencia de débito respecto a quien le procura el beneficio, que sólo será compensado por el reconocimiento del derecho de propiedad del trabajador y su justa valoración.
    El derecho de propiedad que genera el trabajo en virtud de la inteligencia y esfuerzo que en él se proyecta es el que hace que el trabajo humano no pueda degradarse a la esclavitud equivalente al producto del esfuerzo animal o de una máquina, porque ninguno de estos obra con percepción del dominio intelectual sobre lo que está realizando.
    Una vez que las personas toman conciencia de la entidad de su trabajo y del dominio que sobre la materia proporciona, el proceso siguiente es sociabilizar esa dimensión de modo que por todos sea reconocida la trascendencia del mismo, no sólo personal sino para toda la comunidad, en cuanto que, por la distribución de labores del trabajo, de lo de cada uno se benefician muchos. Eso debería reconocer la propiedad que genera, que socialmente puede ser interpretada como la individual de cada uno de acuerdo a lo que trasforma en su empleo laboral, o colectivizar todas las propiedades como el beneficio común de todo el trabajo de un colectivo en su conjunto. En este último caso no debe obviarse que en lo común pervive el derecho a la parte de cada cual según lo que aporta, lo que le permite decidir en la administración de lo comunitario como un colectivo de propietarios.
    La asignación de la propiedad al trabajo especifica de gran manera los derechos que va generando todo quien trabaja, ya sea en una explotación familiar, en un empresa, etc. Eso no ha sido históricamente bien reivindicado en cómo el beneficio sobre lo que se trabaja no puede sustanciarse en un salario justo si el mismo no incluye el valor proporcional de propiedad sobre los beneficios generados por lo trabajado.

    REINVERSIÓN DE RECURSOS:
    Hay trabajos que agotan su fin en el consumo del servicio que prestan, y trabajos que de la actuación sobre la materia obtienen un producto que sirve para facilitar otros trabajos. Del mismo modo existen quienes consumen sus beneficios y otros que consumen parte de los beneficios y reinvierten la otra parte en utensilios, herramientas o maquinaria para mejorar la producción del trabajo. Así surge el capital o propiedad invertible, que invertida va ha colaborar con el trabajador en el rendimiento sobre la transformación, y por ello a esa propiedad reinvertida le corresponderá parte de la mejora de la producción conseguida en igualdad de derecho con el productor. Además del trabajador, el propietario de los bienes medios de producción tendrá derecho a incrementar su propiedad en virtud del derecho que adquirió por el trabajo con que los constituyó.
    Como en la práctica todo trabajo se realiza por la aportación de instrucción, medios de producción y dedicación de personal, la propiedad de lo producido viene inducida solidariamente por todos esos elementos, ya que sin el concurso de cada uno de ellos no se obtiene ningún bien. La gestión del reconocimiento y asignación de ese reparto de propiedades es quizá el empeño más necesario para lograr mediante una apropiada justicia distributiva la paz social capaz no sólo de satisfacer a la ciudadanía, sino, en cuanto ella reconoce su realización personal, lograr el desarrollo económico.
    Queda por aclarar cómo repercutirse la parte de propiedad que se deriva de la enunciada instrucción, que permite la eficiencia en el trabajo tanto al productor como al diseño y mantenimiento de los medios de producción. Esa parte de propiedad debe repercutirse en la comunidad que es quien conserva, transmite y difunde el saber diacrónicamente de generación en generación y cultura tras cultura, y sincrónicamente al universo de personas con interés de aprender.
     
     
     
     

    CAPÍTULO 5

     VALORES SOCIALES

    NATURALEZA DE VALOR:
    La filosofía tradicional no ha sido proclive a utilizar el término de valor fuera del contexto de la filosofía económica, sin embargo, la sociedad contemporánea cada vez habla más de valores, aunque quizá no esté bien asentada la extensión semántica que conviene al léxico valor cuando se emplea aplicado como término de comunicación humanística.
    Una materia tiene valor cuando se aprecia que comunica algo bueno que hace desearla. Esa bondad puede ser general o particular, por lo que esa sustancia puede ser apreciada por todos o sólo por aquellos a quienes proporciona el apetecido bien que comunica, ya sea un beneficio afectivo lucrativo, saludable, sensual, intelectual, sicológico, etc. Esa misma cualidad de valor material se ha extendido semánticamente al campo de la ética, de modo que algo sea preciado como un valor cuando difunde un bien moral. En general se puede aceptar definir que un valor es lo que comunica un bien. Así la ética subjetiva puede considerar por valor aquella motivación que incita a obrar bien.
    Las relaciones sociales tienen como fin procurar a las partes el bien, pues las personas se unen para lograr vivir mejor que distantes. Ese bienestar que se sigue de las relaciones sociales no es algo que surja espontáneamente por el simple hecho de entrar en relación, sino de la consecuencia de obrar acertadamente, especialmente respecto a los demás, pues el propio sujeto puede conformarse o estar acostumbrado a conductas que difícilmente aprueben otros para ser tratados de esa manera.
    Obrar el bien exige -en un ser inteligente- pensar previamente cómo hacer las cosas de modo correcto, y así se siga el propio beneficio y el del otro con quien se entra en relación. Esa es la única garantía de sostener la paz social sin el recurso obligado de la fuerza.
    De la consideración intelectual de cómo se deben hacer las acciones para que se siga de ellas el bien, de la experiencia de cómo se consigue y de interesarse por la opinión ajena se deduce que unas actitudes resuelven los objetos de las relaciones favorablemente y otras de modo insatisfactorio. Esa apreciación lleva a descubrir qué valores son los que deben regir la propia conducta para conseguir que se genere el beneficio social.
    Como se nace en sociedad existiendo una larga historia de experiencias sociales, se aprende que muchos pensadores han ido descubriendo aquellos valores que han favorecido el bien común y la dignidad de las personas, muchas veces reconocidos como virtudes en cuanto que se presentan como que del ejercicio asiduo de haber obrado de ese modo se ha logrado el bien común. Otras veces los valores hacen referencia a utopías aún no plasmadas en la realidad social, pero cuya teoría se adapta a la personalidad ideal del ser humano y de cuya aplicación teórica se seguirían unas relaciones sociales altamente satisfactorias.
    Los valores ideales que rigen cada personalidad respecto al fin social suelen ser universales, porque el bien no es patrimonio de ninguna cultura sino un sentimiento del ser humano; lo que a veces es distinto es la categorización del bien según la civilización y las costumbres de una región. Eso hace que unos valores se antepongan a otros en valoración social, aunque difícilmente se pueden excluir sino por situaciones morales muy controvertidas. Esa visión universal hace que los principales valores sociales sean perennes, por más que con mucha frecuencia el entendimiento sobre su aplicación sea tan deficiente como el interés propio se superponga al bien común.

    EQUIDAD:
    La equidad es un valor por el que la propia conciencia reconoce en las demás personas la igualdad de naturaleza, con independencia de raza, sexo, etnia, clase, edad, salud, cultura, religión y cualquier otra posible justificación de discriminación que pudiera ser peyorativa para la esencia del ser humano. Su fundamento proviene de que, al reconocer el derecho a que cada persona desarrolle el modo propio de ser humano, implícitamente se aprueba la legitimidad de la oportunidad de lograrlo por el ejercicio de sus potencias sin que otra persona lo dificulte. La equidad se basa en ese respeto entre unos hombres y otros para no obstaculizar o impedir el legítimo desarrollo de cada cual. Para ello, el interés propio no supone una argumentación válida de menoscabo ajeno, estando limitado aquel en no degradar las posibilidades de realización de los demás.
    La equidad es un valor propio de la vida social, ya que no procede de una consideración abstracta, sino de la percepción de la condición personal de con quien se entabla relación. Ello genera el requerimiento interior de constituir un marco apropiado y distinto al de las relaciones con los demás seres de la naturaleza que no sean personas humanas. Esa categorización de las relaciones supone la asunción de que con quienes se establecen son también sujetos de derecho, y por tanto debe primar el acuerdo de razón que no menosprecie la integridad moral de la conciencia intelectual por la que se reconoce cada persona como ser humano.
    El respeto se manifiesta especialmente en la consideración al más débil, pues las personas más poderosas por su capacidad física o actividad mental suelen causar de por sí la admiración, ya que esas dotes facilitan a la percepción ajena el ser bien apreciados, en cambio parece como si el menos favorecido por la naturaleza debiera justificar con sus actos la condición racional que le iguale en el derecho. El intelecto de quien posee el valor de la equidad está tan bien fundamentado como para desvelar en el juicio lo mejor de cada uno de los demás, de modo que ello facilite su reconocimiento y consideración social, por encima de las apariencias o prejuicios que tienden a perpetuar la marginación.
    La equidad afecta a la consideración de las personas en su inmenso abanico de realización, por lo que no exige la tendencia igualitaria en la conciencia personal, sino que la diversidad se pueda realizar en plena integridad del modo de ser humano; de lo que se sigue la necesidad del acuerdo concertado en las relaciones humanas,  lo que no sería preciso de coincidir todos los hombres en la forma de ser, cuando la identidad de razón sería obvia.
    La consideración de lo igual y lo distinto entre las personas debe mover a la tolerancia que permita emerger y colaborar por el bien mutuo, que es el bien común. Esa tolerancia supone sobreponer los aspectos positivos de cada personalidad sobre los negativos, forjando una apreciación que sume los esfuerzos comunes de entendimiento sobre las diferencias en la valoración respectiva de los restantes miembros de una comunidad.
    La equidad pertenece al grupo de valores de conciencia que se modelan desde la introspección como una perfección de la propia humanidad debida pero no exigida por la vida en sociedad. Esta es la causa de la que equidad no se prodigue como valor social, siendo reconocidos otros como más relevantes, aunque en la estructura profunda de la conciencia la comprensión efectiva de otros valores se logra sobre lo asentados que estén los fundamentos de la equidad, por los que el reconocimiento de la igual dignidad de todos los hombres sea una realidad.

    JUSTICIA:
    Si existe un valor que se considere primordial para facilitar la paz y la estabilidad de las relaciones sociales, ese es la justicia. Porque busca reconocer a cada individuo lo que debe hacer por el resto de la humanidad y el trato que debe esperar del resto de la humanidad, y ello sólo porque se pertenece a una especie en que la razón debe primar sobre cualquier otra determinación. Habitualmente se dice de la justicia que es el valor que reconoce y hace efectivo el derecho de cada persona, derecho que no es sino la consecuencia de relacionarse mutuamente en equidad.
    El derecho nace de las relaciones sociales, pues el individuo aislado no es sujeto de derecho, ya que no tiene ante quien ejercer ese derecho, lo que sería algo vacío de entidad. Cuando se entra en relación, al menos con una otra persona, surgen de esas relaciones compromisos que establecen deberes y derechos. Cada deber supone la obligación de ejecutar un acto del contenido de lo pactado, lo que para la otra parte se constituye como derecho el que se ejecute, en virtud de la voluntad comprometida. Para que ese derecho sea real es necesario que la voluntad ajena empeñada en el compromiso corresponda a un acto legítimo de la voluntad, lo que quiere decir que tiene que ser razonado y libre, pues en caso contrario existiría precariedad en la voluntad que pacta. El derecho sobre el deber ajeno sólo puede reivindicarse legítimamente si surge el derecho de una relación que no menoscabe el libre y racional ejercicio mental e intelectual de la parte contraria. Por eso, cuando las relaciones de dominio establecen derechos, estos son tantos más moralmente ficticios cuanto mayor sea el poder empleado. Desde esta perspectiva la justicia como valor reconoce a cada uno el derecho en tanto en cuanto sea legítimo.
    La justicia como valor social abarca dos ámbitos independientes:

  • El ámbito de la conciencia individual.
  • El ámbito de la aplicación institucional.
  • En el ámbito de lo personal el valor de la justicia representa la firme proposición de la voluntad de respetar en todos los juicios el derecho ajeno legítimo, y discutir racionalmente la legitimidad pretendida en función de la verdad comprometida de la relación.
    El ámbito institucional asume el valor de la justicia desde el rigor técnico que estudia las relaciones como fuente de los deberes y derechos, y el adecuado cumplimiento de unos y otros desde la objetividad imparcial de un arbitrio de equidad.
    La justicia se aplica en la relación cuando se establece y cuando se consuma. Cuando se establece se conciertan las condiciones que deben regir en el acuerdo, y en esas mismas intenciones debe proyectarse la justicia en cuanto repercuta los beneficios de la relación proporcionalmente a la implicación de cada una de las partes que conciertan; en esa voluntad del pacto cabe que pueda darse que se actúe con prepotencia o intención de dominio sobre las otras partes, lo que de manera implícita corrompe la justicia, ya que ésta, como valor personal, debe regir el intelecto para crear proposiciones que no se desentiendan de que el bien ajeno es tan trascendental como el bien propio cuando se busca el bien común.
    La raíz del desinterés moral por la justicia se puede encontrar en el abuso de la amistad, cuando la relación que une a las personas y les facilita la ayuda mutua para una más fácil realización personal pierde la perspectiva del servicio y se impone la génesis del dominio, buscando desequilibradamente el beneficio particular. Este sutil concebir las relaciones de amistad por el interés personal puede parecer ajustado al movimiento instintivo de autoconservación, pero rompe la armonía social de la correspondencia. Si lo particular prevalece sobre lo común en la amistad, ya en la conciencia personal se ha implantado el germen para concebir todas las relaciones sociales desde la concepción de una justicia interesada, lo que representa un valor éticamente desenfocado.
    La sociedad injusta se construye, en su estructura más elemental, desde la concepción de que las relaciones suponen un juego de intereses en el que cada uno gana lo que consigue arrebatar al otro. Se genera así una dinámica de contrarios, en la que atendiendo cada uno a su bien particular se vulnera el principio de cooperación humana. La relación en ese caso se configura desde la creatividad de cómo planificar cada trato para lograr concertarlo desde una apariencia que engañe al contrario sobre el fin del beneficio. Siendo esto igual a que cada uno sobre el otro dilucida la preeminencia de la astucia para imponerse sobre la verdad. Una vez implantada la relación desde esa perspectiva, su ejecución va a ser un permanente debate para lograr ser quien logre imponerse en el beneficio. Esa sociedad injusta es la que hace considerar con Plauto y Hobbes que el hombre es un lobo para el hombre.
    Establecer relaciones justas debe ser el ánimo de todas las personas cuando entran en relación con otros, ya sean amigos, parientes, vecinos, compañeros de trabajo o el gran resto de la comunidad, con quienes se forja la sociedad en la que cada uno se realiza como persona, no sólo por lo que hace y logra, sino también por cómo trata a los demás.
    La consideración que dirige una sociedad hacia la justicia es la de que las relaciones humanas deben tener como fin lograr un beneficio común, no que se gane aunque otro pierda. Ello en los afectos es siempre posible, pues no exigen un bien material finito que poseerlo uno excluya a los demás de lo mismo. El objeto de la relación respecto a los bienes materiales es que de la suma de lo que cada individuo aporta a la relación se obtenga un incremento de valor de uso que permita a los partícipes obtener todos y cada uno una parte de ese beneficio. Esa equidad es la que regula la justicia distributiva, que tiene como fin el reparto del incremento del valor que se deriva del interés mutuo proporcionalmente a la medida de esfuerzo, físico o intelectual, que cada uno aporta. Como puede comprenderse, la justicia distributiva exige que el concierto social se constituya por medio de relaciones de servicio, y excluye las relaciones de dominio encaminadas a acaparar en vez de distribuir.
    El concepto de distribución en la sociedad va ligado al de bienes sociales, que se pueden definir como los que son generados porque existe relación entre varios o muchos. Lo que cada uno obtiene de la naturaleza individualmente es un bien particular. Cuando esos bienes son producidos por la participación solidaria de varios, el bien es social, que pasa a ser considerado como particular, en la parte que corresponde a cada participante, cuando de reparte. Existen bienes sociales producidos en colaboración que no son fáciles de distribuir por su carácter de indivisibilidad, de ellos se benefician los partícipes en su uso común y solidario; en estos, la justicia distributiva se ha de esforzar en reconocer la auténtica posibilidad del disfrute para todos los productores del bien social.
    El derecho emanado de la relación para cada ente social es el que las demás partes hagan lo pertinente para que cada compromiso se vea recompensado. Eso es lo que da sentido a la constitución de un orden social que determina las obligaciones y derechos consecuentes de la ciudadanía de esa comunidad social. Para la garantía que ampare esos derechos se establece la ley, que objetiva las obligaciones mutuas como explícito reconocimiento de acuerdo en la relación común, y hace garante de su justa aplicación al Estado como autoridad común consensuada. El compromiso del Estado con la justicia está en reconocer a todos y a cada uno de los ciudadanos como sujeto de la relación social, y distribuir a cada uno la parte de los bienes que proporcionalmente le corresponde, tanto por los beneficios capaces de ser individualizados como de los en uso colectivo.
    Como el Estado no es una entidad etérea, sino una estructura efectiva de gestión, cabe que quienes ostenten cargos en representación de los ciudadanos o sean trabajadores de las administraciones públicas utilicen los recursos del poder para beneficiarse personalmente en vez de atender a la aplicación objetiva de la justicia en cada una de sus funciones. El depósito de poder sobre el Estado es mucho, pues no sólo administra los recursos públicos, sino que también dicta las leyes que pueden lograr o distorsionar el bien común y administrar la justicia que debe hacer efectiva la equidad de trato para todos los ciudadanos. Todo ese poder queda en la facultad resolutiva de personas que pueden tener un comportamiento justo o injusto, por lo que para un mayor control de la posible debilidad humana es necesario que todos órganos de poder del Estado se rindan cuentas con trasparencia mutuamente, como quien lo hace ante el pueblo, y que la organización judicial tenga medios e independencia para juzgar a todas y cada una de las autoridades con un mayor rigor, si cabe, que al resto de los ciudadanos.

    LIBERTAD:
    El valor de la libertad se formaliza de acuerdo a la conciencia que cada persona posee de su capacidad de decidir lo que ha de obrar. En cada acto del ser humano se reflejan influjos del entorno determinante e influjos de la reflexión intelectual. Estos influjos intelectivos que especifican el modo de ser racional del ser humano son los que justifican la libertad en el obrar. El valor de la libertad se identifica con la capacidad de reflexión que genera la respuesta propia sobre los influjos de la determinación externa.
    La libertad afecta a los propios actos que el hombre hace para sí en el entorno de la realidad natural y en el entorno de la realidad social. En el entorno natural su libertad debe obrar en armonía con la naturaleza, porque ella, a su vez, determina su bienestar. En el entorno de la realidad social cada persona debe obrar en armonía con las demás con quienes se relaciona, por eso la decisión que sigue a su reflexión debe conjugar la propia libertad con el respeto de la libertad ajena.
    El valor de la libertad en las relaciones humanas adquiere una trascendencia social cuyo fin se identifica en lograr un marco de relaciones en libertad, donde no sólo se garantice la conciencia de libertad individual, sino también el ejercicio público de cada acto de libertad.
    La conciencia humana es tan radicalmente libre por su condición inmaterial que puede ser perturbada y violentada, pero no forzada sino por la desnaturalización mental que como soporte de información a la razón le genere una confusión intelectual por la que la voluntad acabe queriendo lo contrario de lo que previamente quería. En la medida que se favorece la coacción sobre la mente, proporcionalmente se restringe la libertad.
    Con frecuencia se utiliza el término libertinaje como abuso y degradación de la libertad. Realmente el libertinaje no deriva de una excesiva libertad, sino de un deficiente juicio de razón que mueve a la voluntad a obrar con un déficit de conciencia sobre las consecuencias de los actos apetecidos. Definirlo como un exceso de libertad sería como considerar la ausencia de influjos determinantes externos en la motivación del acto humano, pero esos influjos en cuanto determinaciones de la naturaleza son los que son, por lo que no influyen sobre la responsabilidad del acto humano. De este modo la más perfecta libertad para poder obrar responsablemente no debe confundirse con la ofuscación de la razón para hacer un mal uso de la libertad, cualquiera que sea el grado de determinaciones naturales externas que comporta el ejercicio de la libertad.
    Una de las implicaciones sociales del valor de la libertad radica en el respeto a la libre decisión del otro en los asuntos de trascendencia común. Existe la tendencia racional a pensar que como cada cual considera como acertado lo que defiende, lo que se oponga a ello debería ser erróneo. Ello genera la tendencia a querer imponer un criterio y restringir los contrarios, lo que implica negar la libertad a esgrimir un pensamiento para confrontarlo con los demás en igual condiciones de aceptación.
    Una de las aplicaciones sociales del valor de la libertad se halla en asumir la responsabilidad de ofrecer la propia opinión y decisión sobre todos los asuntos que cada ciudadano le incumban por su pertenencia a una comunidad. Aunque la libertad le permite abstenerse de participar, hacerlo supone reducir la dimensión del conjunto social que decide, lo que no sólo merma las posibilidades de que la decisión adoptada coincida con la propia, sino que reduce el ámbito de opinión sobre el que se concluye, lo que puede suponer favorecer el error si son muchos los que se desentienden en decidir.
    A veces se cree que la efectiva libertad social reduce la capacidad de eficacia en la gestión de lo público, pero lo que debería criticarse son las deficiencias de un sistema cuando no es capaz de responsabilizar la implicación positiva que busca el bien común. De algún modo, la opción por el servicio en la proyección de lo público requiere la participación como refuerzo de la libertad general frente a la posición de dominio de quienes pudieran paulatinamente desear controlar la libertad.

    CONCERTACIÓN Y PARTICIPACIÓN:
    Hombre y mujer deben emplearse con esfuerzo para lograr el bienestar, pues todo lo que se lo reporta han de conseguirlo con esfuerzo y perseverancia. La aplicación de su inteligencia es el instrumento propio y principal para lograr progresar en ese empeño. Entre todas las aplicaciones de la inteligencia, la que más rédito le ha logrado es la de unirse en grupo para trabajar solidariamente y la de intercambiar conocimientos en el ámbito universal. Esa aproximación de unos humanos a otros se constituye como un valor, de cuyo ejercicio resulta la sociedad; la que también genera zonas oscuras en las que la convivencia se pervierte para unos dominar sobre otros.
    La convulsión que proporciona la violencia en la sociedad, que pone en peligro su misma esencia, es la que hace que una y otra vez haya de refundarse sobre sus fundamentos de servicio mutuo para lograr afirmarse como un valor. Lograrlo sólo puede alcanzarse mediante la concertación permanente de las voluntades en sostener un sistema que propicie el bien común.
    A lo largo de la historia la expresión de la concertación la constituye el acuerdo de voluntades en torno a  un objetivo que reporte beneficios para quienes consensuan obrar juntos para alcanzar un fin. La formalización de ese acuerdo es lo que ha revestido plurales formas de adhesión, pues según los entornos comunitarios se han dado muy variadas formas de ostentación de la representación ciudadana. Ese itinerario, que se podría definir con la política de representación, hoy en día -porque los medios técnicos también ayudan a posibilitarlo- se confiere a cada ciudadano, quien por medio de representante en instituciones legales, o mediante la emisión de su voluntad directa en referéndum o asamblea, decide la naturaleza de los conciertos sociales que prefiere, su desarrollo y su aplicación.
    El valor del voto no debe desfigurarse como si un ciudadano fuera un mero refrendador de la política que tejen los demás, sino la expresión última de su decisión participativa. Son las implicaciones de la vida social las que cada ciudadano debe considerar, partiendo de aquellas que más directamente le afectan, y dónde debe decidir cómo quiere configurarlas de acuerdo con las demás personas con quienes convive en esas concretas circunstancias, y desde esa participación en la base organizar los consensos necesarios en todo lo que le afecta. Conseguir esa presencia personal en todos los estamentos de la relaciones sociales es una de las reivindicaciones ciudadanas, cuyo empeño puede hacer remover los impedimentos que históricamente se han aducido para segmentar la capacidad de decisión para concertar las leyes que dirijan cada comunidad.
    Reclamar el igualitario derecho al ejercicio del valor de la participación ciudadana tiene sus exigencias de responsabilidad, siendo éstas las del empeño por saber sobre los fundamentos de la vida en común. El derecho a participar debe ser protegido desde el derecho a la instrucción universal que no excluya a ninguna persona de poder obrar con fundamento. Por eso los primeros pasos en la concertación exigen el ordenamiento social de una igualdad de oportunidades a recibir la formación esencial para interpretar de modo adecuado la vida en común.

    SOLIDARIDAD:
    Aunque los seres humanos se agrupan para mejorar sus posibilidades de sobrevivir  y progresar, no por ello deja de existir en su convivencia dos posiciones antagónicas: Una que les lleva a la colaboración mutua, y otra que les enfrenta respecto al modo y gobierno de cómo se deben ejecutar las cosas. Por ellas aun en las células más pequeñas de convivencia, como son la familia y la tribu, están afectadas de cooperación o de controversia. La cooperación se fundamenta en la razón de servicio mutuo, y la controversia en la pasión de dominio.
    Cada individuo aporta a las relaciones sociales lo que vertebra su personalidad, porque aunque las acciones menudas reflejan el carácter, las cuestiones de más entidad, a las que se presta más juicio, deben seguir los dictados de la razón, que son los que forjan la personalidad; es esta misma la que enmienda los fallos del carácter con miras a facilitar la vida y el bien común. Para que el ejercicio de la razón dicte a favor de la vida en sociedad se necesita que el conocimiento presente a la conciencia los beneficios que se derivan, o al menos se buscan, de la agrupación en comunidad. Cuando ese dictamen de la razón no es positivo, la conciencia se plantea el dilema de recomponer o romper la sociedad. En esa vicisitud se debate una gran parte de la existencia humana, que contrapone los esfuerzos y beneficios que se comparten con los demás y la capacidad de responsabilidad y participación para recomponer la sociedad de un modo favorable al entendimiento propio, ya que si no se alcanza a comprender la justificación de la perspectiva social, el ser humano se siente tentado a la autarquía.
    El derecho a la libertad y las relaciones de equidad y justicia son el marco que determina la viabilidad de la vida social, pues reconocen la concreción del bien común; claro que ello casi nunca alcanza a satisfacer las necesidades de todos los ciudadanos. Esas diferencias de retribución social entre unos y otros tiene causas muy diversas, unas debidas al sistema en sí, otras a la aplicación de la estructura y muchas a diversos factores de la naturaleza o el hacer personal ajenas en sí al entorno social, se podría aceptar que de estos últimos casos están exentos de responsabilidad el resto de los ciudadanos, pero existe un valor en la conciencia que mueve, más o menos, a todas las personas a corresponsabilizarse de las necesidades ajenas, aunque no fuera por otro motivo que considerar poder encontrarse un día en semejantes circunstancias. Ese valor es el que se reconoce como solidaridad.
    Buscar el bien es el fin último del obrar humano. Remediar cualquier necesidad ajena es un bien, por ello no debe extrañar que la conciencia lo estime. Cuando el bien corresponde a una responsabilidad personal, lo estima como un deber de justicia; cuando no existe ninguna responsabilidad, como un bien de solidaridad. Esto hace que la solidaridad se extienda desde la justicia pero nunca la suplante, aunque a veces la conciencia se confunda y busque compensar la falta en el deber de justicia con un acto de solidaridad, lo que nunca es legítimo porque no se repara el correspondiente derecho conculcado en la relación de justicia. Hacer bien a alguien puede ser un mérito de conciencia, lo que no revoca la obligación de cumplir el bien debido por justicia.
    La solidaridad es un valor social que tiene alcance universal, ya que puede proyectarse desde sobre el más próximo hasta cubrir necesidades de gente de pueblos remotos. Como no es un bien debido, la conciencia de cada cual puede decantarse es seleccionar la prioridad de los bienes sobre los que actuar, sin que pueda ser censurada por criterios de valoración distintos.
    La solidaridad como valor social presenta una vertiente particular, que atañe al bien ejecutado individualmente entre personas, y otra vertiente que se podría considerar de política social, que tiene por objeto que una comunidad en su conjunto incluya en el concepto de bien común la extensión de favorecer a colectividades especialmente necesitadas, incluidas o no en el ámbito del país.
    Potenciar el valor de la solidaridad ya es trabajar por ello, porque si bien la solidaridad se puede considerar consustancial a la conciencia del ser humano, ya que ha existido siempre, sus efectos, en cambio, no han sido lo suficientemente considerables como para haberse consolidado en un hábito contundente de ayuda entre la población.

    GLOBALIZACIÓN:
    Un valor social para toda persona es gozar de una amplia capacidad de relación. Pueden existir muchos condicionantes para establecer relaciones mutuas, como pueden ser la lengua o la desconfianza entre personas, pero las más determinantes provienen del propio carácter y la personalidad forjada que pueden restringir, por desmedido respeto, temor o acepción de personas, el círculo social de relación. Esos límites que alguien se imponga suponen una merma de posibilidades de enriquecimiento, tanto como la comunidad que se configura sobre su idiosincracia local.
    Desde la antigüedad parece que los pueblos más abiertos a las vías de navegación, que les facilitaba el intercambio cultural y el comercio, se han desarrollado más ágilmente, no sólo económicamente sino también en la tolerancia y libertad. Lo que se puede justificar en la tendencia natural a asimilar lo mejor de los demás.
    Por las relaciones se aprende lo que otros has descubierto, de modo que se agranda la perspectiva de progreso. Ese saber, e incluso las propias maneras de entender la vida, inducen al hombre sabio a escuchar y asimilar, pues por mucho que sepa es mucho lo que le queda por conocer. Si esa es la actitud del prudente, debería ser regla para todos los demás, ya que del mismo modo que se afirma que el obrar sigue al ser, el obrar con provecho sigue al saber.
    La posibilidad del intercambio cultural está sometido a la posibilidad de comunicación, tanto en su realización geográfica, lingüística o representativa. Esta última es la que los medios de comunicación audiovisuales han potenciado tanto en el último siglo que hoy en día prácticamente todo el mundo dispone de referencias ciertas sobre la vida en los cinco continentes. La correcta interpretación de esa diversidad mueve a mucha gente a aprovechar las posibilidades de los modernos medios de desplazamiento para visitar y conocer otras culturas.
    Del conocimiento mutuo se sigue el que la mayoría de las personas se sientan atraídas a desplazarse a los países que muestran mejores posibilidades de vida, de modo que la migración se ha potenciado como un flujo en busca de condiciones de trabajo que concedan bienestar.
    La necesidad de materias primas para la industria mueve a que los países más desarrollados tengan que proveerse en los territorios allá donde la naturaleza conserva importantes recursos. Esto crea un flujo de comercio que cada país administra potenciando relaciones internacionales que ayudan a constituir redes comerciales estables.
    Las estrategias económicas y políticas favorecen alianzas entre naciones y ello facilita el intercambio entre países socios o aliados en proyectos comunes educativos o laborales.
    Aun teniendo en cuenta todas esas aproximaciones en el conocimiento de la globalización, el verdadero valor personal está en el reconocimiento de la pertenencia a la misma especie humana y la transposición de los propios derechos considerados a todas las demás personas. Por encima de civilizaciones, culturas e ideologías, que tanto segmentan a la humanidad, el valor de la globalización debe partir de que si cada cual hubiera sido educado en otro ambiente probablemente sería como aquellos a quienes se detesta por su forma de actuar.
    Una característica del valor social de la globalización es advertir más la singularidad de la personalidad que la generalidad del comportamiento de una masa social. Entre las personas singulares se encuentran muchos más aspectos en común que divergencias, porque el sentido del bien guía en la misma dirección a todas las personas de la humanidad.
    Si se piensa que es el ambiente o el entorno el que enrarece las relaciones humanas, el valor de la globalización debe animar a la difusión de los fundamentos de una filosofía social que desde sus contenidos de verdad provoque el consentimiento común a trabajar universalmente por la comunicación, la armonía y la paz. Aunque suponga superar muchas prevenciones mentales respecto a los restantes pueblos del mundo.

    PAZ:
    La paz es el valor que mueve a las personas a superar las diferencias en las relaciones mediante el diálogo y la razón, con expresa exclusión de la violencia. Como la sociedad es un entramado de relaciones, la probabilidad de conflictos entre los actores de esas relaciones se puede considerar tan alta que refrenda la realidad de la dinámica conflictiva, por lo que la tendencia social, si no puede evitar la conflictividad, debe ser la de tratar de forma pacífica la resolución de los intereses encontrados.
    Como las relaciones son personales, multilaterales, institucionales, nacionales e internacionales, en cada una de esas divisiones de las esferas de confluencia se puede aplicar la pacificación como forma de marginar la violencia; por ello el valor de la paz debe cultivarse como fin social desde cada personalidad, pero también en cuanto colectividad, no sólo en los problemas internos, sino también en la confrontación con otros colectivos.
    Para que el valor de la paz logre efectividad, su arraigo debe adquirir una dimensión de pasión tan grande como pudiera tener la violencia, pues en caso contrario en la mayoría de las circunstancias sería el valor desplazado por esa otra pasión.
    La paz no equivale nunca a cesión, sino a convención de los ciudadanos en el respeto de los mutuos derechos y en la demanda a la justicia, nacional o internacional, para dictaminar sobre los desacuerdos, enfrentamientos y hostilidades.
    La responsabilidad ética de los frustrados acuerdos de paz entre las naciones no conciernen sólo a los políticos, sino que una parte importante repercute sobre la conciencia ciudadana, cuya ideología es inspiradora e impulsora de la acción de gobierno, tanto por acción como por omisión. La exigencia de la paz nacional e internacional se corresponde con la exigencia personal en ese valor de cada uno y todos los ciudadanos del mundo, cuya experiencia más o menos positiva  depende de la implicación personal en la razón que avalora esa decisión.
     
     
     
     

    CAPÍTULO 6

     CONTRAVALORES

    PODER:
    El poder como valor se corresponde como la autoridad en quien se delega parte de la soberanía individual para regir un grupo o comunidad. El poder como contravalor se identifica como la capacidad de violentar la determinación de la voluntad ajena. La gran distinción del poder como valor y contravalor radica en que como autoridad legítima administra con justicia en los asuntos comunes de una colectividad, y como contravalor violenta la libertad de obrar según el derecho que ampara a cada individuo.
    El poder legítimo siempre está limitado en extensión y tiempo por la delegación que las personas hacen de su soberanía para ejercerlo. Como la soberanía en una comunidad se cede sin perderse, porque es una cualidad personal, su legitimación abarca a los contenidos sobre los que se constituye esa cesión y por el tiempo que se acuerda, la vulneración por el poder de la legitimidad de esa cesión puede provenir por la sobrelimitación de contenido y tiempo. En quien goza de poder cabe la tentación de perdurarse en él, de interpretar interesadamente la aplicación de la justicia y de dominar en más asuntos de los contenidos delegados; esa tentación, que no cabe en quien no tiene autoridad, constituye la causa común de su corrupción.
    El poder también se posee sin que haya sido delegado por la comunidad, cuando un individuo posee medios para dominar a los demás. La inteligencia, la creatividad, la fuerza, el trabajo y la excepcionalidad de otras cualidades pueden ofrecer a una persona una posición de dominio sobre su entorno que le proporcione un cierto poder de actuar sometiendo las voluntades de los demás. Si el beneficio que genera esa superioridad de cualidades se rentabiliza personalmente, cada vez la posición de dominio se engrandece, lo que proporciona la consolidación de un poder que puede actuarse exclusivamente para el interés propio. De esa forma se constituyen las marcas de poder que dominan en la sociedad.
    Nacer en una realidad marcada por el poder hace que se haya de aceptar como una determinación más de la naturaleza y como una limitación sobrevenida de la forma específica de los seres vivos, pues semejantes estructuras de poder se observan en las más variadas especies en las que la vida caracteriza a cada individualidad de modo determinante.
    El contravalor del poder en el ser humano, aunque tenga una causa determinada en su naturaleza material, no puede ser identificado como tal sino por la deficiente intuición del intelecto para corregir al razonar esa posición de dominio por la del mutuo servicio; siendo esa decisión intelectual a favor del dominio la que consolida el poder, ya que al imponerse sobre el cuerpo social es éste el que realmente lo impulsa mientras mantiene con él una relación de sumisión. Tanto el poder económico, la violencia física o el poder moral se hacen efectivos en las relaciones humanas porque se hace valer un desigualdad entre quienes se deberían respeto de igualdad. El producto de esa diferencia de posición es el que va a hacer crecer una parte de la relación frente a la otra, de modo que sucesivamente se acrecienta la desigualad. La ignorancia de la parte dominante respecto a la creciente debilidad de la parte dominada es la que hace del poder un contravalor que pone en riesgo la cohesión de la vida social.

    SUBYUGACIÓN:
    Subyugar es colocar bajo el yugo de la propia voluntad la de otra persona. Supone un propósito de anulación, en mayor o menor grado, de la personalidad ajena, reduciéndola a la dócil condición de individuo. Se puede ejercer con objetivo consciente de dominio ajeno o sin propósito cierto de causar ese efecto, llegando incluso a poderse imaginar como un dominio sobre la persona ajena para reportarla un bien que se es incapaz de procurar por sí misma. En lo que supone de anular la libertad es un mal integral para la persona que lo padece, aunque se le compensara con un retribución de naturaleza material, ya que lo propio de cada persona es razonar sus particulares intuiciones, formular su propio querer y obrar en consecuencia.
    La subyugación  puede ser sicológica, desautorizando el ejercicio de la razón; destructiva emocional, desvirtuando los sentimientos y afectos; coercitiva, dificultando la libre acción. Todas esas formas comparten el que impiden el ejercicio libre de la propia conducta, para dirigirla a obrar según la voluntad de la parte dominante.
    La expresión más clásica de la subyugación es la esclavitud, por la que la total vida del esclavo pasa a pertenecer al amo que detenta su dominio. Por más violenta que sea la esclavitud, casi siempre cabe el que se sostenga un reducto de conciencia personal que sostiene un resto de conducta no entregada desde la cual anhelar la liberación.
    La subyugación se ejerce desde un entorno social o particular. Particular es cuando se genera entre individuos unidos por algún vínculo de relación que sirve de causa para ejercer el dominio. Esa subyugación de unas personas por otras se encuentra tanto menos o más generalizada en una sociedad como arraigada esté la conciencia de libertad y derecho. Si la mayoría tradicional ha sido tolerante con la restricción de derechos, la tendencia sicológica de esas personas se generará próxima a admitir un cierto dominio de unos por otros, lo que limita la tendencia a denunciar las situaciones injustas derivadas de relaciones particulares.
    La subyugación social es la que se ejerce desde los poderes reales de la sociedad hacia los ciudadanos imponiendo leyes o creando una presión ambiental que minimice la reivindicación de las libertades. Esa presión para dirigir las voluntades puede provenir del poder político, del económico, del moral, o de cualquiera de las formas de dominio injusto instauradas en una sociedad. Unas veces esa subyugación del poder público se realiza por medios directos de leyes, sentencias, decretos... y otras mediante la propaganda institucional del Estado, la gestión partidista de los medios de comunicación públicos o el adoctrinamiento desde las estructuras educativas. Cuando la subyugación la realizan estamentos autónomos de la estructura financiera o comercial se plantea mediante tretas que pretenden apoderarse sin ser percibido de la voluntad de decisión de la masa para hacerla adepta a un consumo que reporte beneficios. Métodos parecidos se utiliza para la captación que tiene por objeto lograr la sumisión ideológica a las sectas.
    La subyugación se refuerza a sí misma en la sociedad porque la capacidad de poder de la parte dominante dista de la que posee la parte dominada para liberarse. Por ello, como contravalor arraigado en la sociedad, se perpetúa más allá del aparente sistema de los estados de derecho si toleran la existencia de trusts, mafias, sectas, maras, etc.

    MARGINACIÓN:
    La integración de cada persona en su comunidad social depende de su capacidad de comunicación y de la disposición a la recepción del grupo. La comunicabilidad es lo que le facilita a cada persona la sociabilidad, en cuanto que es el medio necesario para establecer una relación. Sin comunicación se podría vivir de un modo adyacente, pero sin participar en convivencia social. En función de la facilidad para la comunicación, se poseen mejores o peores disposiciones para entablar relaciones, cuyo conjunto determina la amplitud del grupo con el que cada cual se integra.
    La disposición de recepción de la colectividad se corresponde, más que con la comunicabilidad, con la idiosincracia de la comunidad constituida, que facilita la incorporación de nuevos vecinos o se resiste a ello. Esa resistencia puede ser genérica, de modo que se dificulte la incorporación a foráneos, sean quienes sean, o que sea selectiva, de modo que discrimine la incorporación a la sociedad a etnias, clases, procedencias, etc.
    Podría pensarse que en una comunidad constituida sólo se podría marginar a quienes inmigran para incorporarse a ella, pero lo cierto es que dentro de cada sociedad suele haber discriminaciones entre sus mismos ciudadanos por razones semejantes con la que se juzga a los extranjeros, casi todas fundamentadas en un íntimo concepto de clase por el que se interioriza pertenecer al segmento genuino de población, desdeñando a los demás como imperfectos ciudadanos.
    Existe una marginación mayoritaria y otra minoritaria. La primera afecta a grupos numerosos, a veces mayoritarios en la población, pero que por condiciones sociales históricas han quedado relegados por causas económicas, culturales, religiosas, laborales o étnicas. La minoritaria es la marginación que pueden padecer pequeños sectores de población por exclusión social causada por su modo de ser o comportamiento, o incluso por condiciones de salud o minusvalías en determinadas formas de sociedad poco humanitarias. La exclusión social es doble cuando una misma persona que padece una marginación mayoritaria lo es además por circunstancias minoritarias.
    Toda marginación responde a una respuesta personal fraguada en una ambientación social. La causa profunda hay que encontrarla en una valoración negativa de la conciencia individual sobre el beneficio que le puede reportar la persona que se incorpora a la sociedad. Esa valoración se realiza respecto a unos parámetros que la sociedad infunde a través de su propia cultura, de modo que el prejuicio sobre el foráneo pesa en función a criterios interiorizados por el discurso mayoritario de cada sociedad. Esa razón se evidencia en que la mayoría de las comunidades acogen a quien aporta bienes, y se rechaza a quien carece de ellos.
    Marginar es un contravalor social porque ignora que la sociedad lo es porque ha reconocido desde su origen que las relaciones mutuas pacíficas son las que la han engrandecido. Desde esa perspectiva agregarse es lo propio de la sociedad, lo que se niega cuando se actúa con la prevención de marginar a alguien. Toda marginación encierra la contradicción entre el reconocimiento que se debe a toda persona por ser persona, y a la valoración que puede reportar su trato o amistad. Hay a quien se repulsa porque se ha experimentado su influencia negativa, y hay a quienes se repulsa porque se juzga a una persona por el comportamiento de un colectivo con el que se la identifica. Hay que tener en cuenta que la bondad o maldad de un colectivo es el resultado de una apreciación subjetiva desde la perspectiva con que se cuestiona. Cada clase o casta sostiene un prejuicio contra las demás por la incidencia negativa que desde las otras le pueda sobrevenir.
    La marginación como contravalor afecta a la conciencia individual, pues, aunque esta pueda estar condicionada por el entorno social, concierne a cada individuo editar suficiente tolerancia como para no excluir a nadie, al menos de una relación de vecindad. Esa tolerancia moral es compatible con la denuncia de las faltas o delitos que pudiera apreciar en los demás, porque ello representa un acto de justicia con el resto de la sociedad previniéndola del mal que pudiera causarle una conducta desaprensiva o inmoral.

    CORRUPCIÓN:
    Corrupción significa destrucción o desintegración de la bondad natural de los seres. En la sociedad lo causa aquellas actitudes ejemplares que desde una posición de dominio moral mueven a obrar, con su ejemplo o su doctrina, de modo contrario al mutuo servicio. Como contravalor social se caracteriza por lo que perjudica gravemente a la propia persona o a una otra ajena impidiéndola generar el bien social debido. Admitiendo el fin social del ser humano, lo que se opone a que logre ese fin, viciando el hábito operativo, supone una inducción a la traición social. Eso ocurre cuando en la relación no se busca un intercambio de servicios y prestaciones, sino el uso de la afinidad comunicativa para provecho propio con detrimento ajeno.
    Todo mal social -como ausencia de bien- por su oposición al bien debido difunde corrupción, pues aunque cada acción afecta a una parte atómica de toda la sociedad, su comunicación contamina tanto cuanta confusión logre respecto a que la ausencia de ese bien no se compute como mal, por el beneficio particular posiblemente obtenido, arrastrando a seguir esa inclinación mental con defecto de la intuición de la conciencia ética. La estabilidad que la justicia presta al sistema social se resiente cada vez que alguna parte la vulnera, porque ello mismo se convierte en referencia de un modo de actuar que, si la sociedad lo tolera, hace permisivo que se busque la relación mutua como fuente de prosperidad particular. Esto adquiere auténtica relevancia social cuando quienes vulneran la justicia son quienes la misma sociedad ha elegido como sus representantes políticos, ocupan cargos públicos o son personas encumbradas socialmente por sus cualidades o actitudes. La corrupción de esas personas representa la cara más amarga de la insolidaridad social, pues desde su relevancia cuartean la confianza en la que la misma sociedad se reconocía.
    Destacan tres motivaciones para la corrupción:

  • Egoísmo.
  • Perversión.
  • Malicia.
  • El egoísmo tiene su raíz en el progresivo egocentrismo que comienza por ignorar el derecho ajeno, para progresivamente descontar la razón de existencia de los demás, fuera del servicio que reportan. La corrupción el egoísta la asimila como un éxito de realización personal, pues le facilita recursos económicos y poder, que le confieren tanto disfrutar de las apetencias como de la satisfacción del grado de distinción. Esa pretendida diferenciación sobre los demás es lo que le configura como contravalor social, además del delito de defraudación que se pudiera inducir. La mera ambición de riquezas es compatible con el progreso de los demás, pero el egoísmo añade a la ambición el acaparamiento a costa del perjuicio al bien común.
    La perversión es aquella actitud ética que conduce a una persona a congratularse con la degradación moral ajena, en su honor, honra o personalidad. Representa la más profunda oposición a la ética, por la que se busca la vigencia del bien para el conjunto de la sociedad. La perversión se suelo conceptuar como una enfermedad de la mente y una degradación de la personalidad, pero también representa la aplicación social de las doctrinas xenófobas o discriminatorias por razón de capacidad física o mental. Provienen y se realimentan de la exaltación del dominio ligado a la potencialidad física y mental del ser humano. La corrupción social se generaliza al denigrar al menos capacitado o a quien ha equivocado su proceder en la vida, instaurando un grado de frustración que afecta al conjunto de la sociedad, porque incluso los mejor dotados han de urdir permanentemente el disimulo de sus debilidades.
    La malicia es semejante a la perversión, pero mueve a procurar el sufrimiento físico o moral de quien, especialmente, destaca por su virtud. Su raíz se hunde en la envidia y corrompe la sociedad mediante la aplicación de la vigencia de los contravalores que neutralizan la virtud. La malicia se vale de la calumnia, la murmuración y la difamación, orquestada desde el poder público, grupos de presión o medios privados afines, y se dirigen directamente a una neutralización física o ejecutiva de la relevancia social adquirida por el envidiado. La difusión de la malicia en el colectivo genera un estado de inseguridad que hace que el temor condiciones el libre desarrollo de las relaciones sociales.
    En el conjunto de estamentos de una comunidad organizada, se puede distinguir estratos en los que la corrupción actúa con modos peculiares. Puede considerarse:
  • Un estrato social.
  • Un estrato político.
  • Un estrato económico.
  • Aunque se haga esa diferenciación, lo cierto es que existen entre ellos muchos espacios de coincidencia, pues toda corrupción normalmente participa de un componente social, político y económico, a veces difícil de diferenciar. En último término se podría asignar la responsabilidad de la pervivencia de la corrupción a la estructure política, pues de ella depende el control de la injusticia y el grado de permisividad. No obstante, la garantía de la libertad que también debe velar la política traspasa una gran parte de la responsabilidad a la dinámica propia de las relaciones sociales y su implantación y aceptación en la convivencia común.
    Aunque sólo sea como referencia de ámbitos de responsabilidad, vale sostener esos tres estratos en el análisis de este contravalor social.
    El estrato social se corrompe especialmente por la acción de unas minorías sobre las debilidades de las mayorías. Así se abusa sobre la pasión humana al juego, al placer y en general a los deseos de satisfacción, incluso los más simples, como el simple interés por tener, conocer o prosperar. De ello se genera la trata de personas, el tráfico de estupefacientes, la explotación en el juego, la quiromancia... y la multitud de estafas sobre los anhelos simplistas de las personas por mejorar en salud, bienestar, belleza, trabajo, etc.
    El estrato político se corrompe por el ansia y el abuso de poder. Gestionar el gobierno de cualquier administración pública permite disponer de sus recursos presupuestarios favoreciendo a aquellos con quien se comparte un interés. Una característica de la corrupción en el estrato político son los intereses cruzados, por los que se reparten y reciben favores creando una trama de beneficios múltiples tan difíciles de descubrir como de controlar; por lo que cada político suele estar comprometido más por sus relaciones que por sus decisiones.
    El estrato económico se corrompe especialmente por la práctica de la usura. Para ello se controlan los resortes que permitan la especulación sobre las principales necesidades de la sociedad. Como el ahorro para las contingencias es una prevención ciudadana casi imprescindible, su gestión global, la gestión del crédito, planes de pensiones, beneficios empresariales y similares hacen que, si la regulación de la administración pública es deficiente, los grandes emporios puedan negociar imponiendo a los ciudadanos condiciones desequilibradas respecto al interés público general.

    PROTECCIONISMO:
    El proteccionismo representa la concepción nacional de la sociedad frente a la universalidad de la humanidad.
    Puede ser:

  • Cultural.
  • Económico.
  • Laboral.
  • Religioso.
  • Ideológico.
  • Familiar.
  • El proteccionismo cultural es el conjunto de actividades que protege una nación para impedir que su cultura pueda contaminarse de los préstamos extranjeros.
    Afecta a la lengua, enseñanza, arte, deportes, espectáculos, etc. Como contravalor se expresa en la prohibición o restricción de la libre circulación de personas, del control del acceso a los medios de comunicación, de la censura a la opinión, a la restricción de los intercambios internacionales, etc. Se puede opinar que estas restricciones a la libertad con la finalidad de proteger la esencia de la cultura nacional se identifican con idealismos superados por la modernidad, pero lo cierto es que el proteccionismo oscila en la linealidad temporal alternando la pujanza de la liberalización con el auge de la pasión por la nacional.
    El proteccionismo económico supone una restricción al libre comercio internacional. Proteger los intereses nacionales se considera tarea del Estado, pero el error radica en la equivocada concepción de perder la referencia de que la multilateralidad de la economía y el comercio genera un beneficio global que favorece los intereses de todos y cada uno de los países. El fundamento es que poner en valor el conocimiento de los más de la humanidad y divulgar y compartir sus progresos es la fuente natural de la riqueza universal. La racionalización de la economía no debe confundirse con el proteccionismo, sobre todo cuando esa racionalización se funda en la exigencia del fin social de las riquezas y de la sostenibilidad ambiental. El proteccionismo se convierte en un contravalor, no porque exija una defensa global de las protecciones sociales en la concepción del mercado, sino cuando la economía no asume la responsabilidad de cooperar sin prevenciones en el mercado global.
    El proteccionismo laboral supone la restricción a la movilidad interregional e internacional de la mano de obra. Se puede ejercer impidiendo a los propios profesionales abandonar el país y dificultando la inmigración de trabajadores. La causa que origina el recurso al proteccionismo laboral está en la desvinculación de las economías internacionales, que origina la necesidad de desplazamiento en busca de condiciones favorables de trabajo. El contravalor del proteccionismo laboral está en que con él no se ataca el remedio de la causa, que debería ser objetivo de la labor concertada de todos los Estados. Por ello, un proteccionismo sectorial y temporal sólo puede justificarse cuando de los beneficios locales que genera se proyecta una parte a la cooperación en el reequilibrio de la producción y el comercio internacional.
    El proteccionismo religioso supone una implicación del Estado para proteger la práctica de una determinada doctrina religiosa. Es un contravalor en lo que atenta a la libertad religiosa de los ciudadanos, ya que proteger una doctrina significa de hecho restringir los derechos públicos a la práctica de otras religiones. En lo que rompe la igualdad a la libre difusión y respeto a todas las creencias se enfrenta al derecho a la libertad religiosa como valor social. Si el proteccionismo a la religión se identifica con la conservación de una cultura, debe ejercerse en ese ámbito, o sea, sostener los legados históricos en monumentos, literatura, arte, música folklore, etc.
    El proteccionismo ideológico se defiende con fin de mantener una ideología como caracterización del Estado. Como contravalor se identifica con la resistencia a los cambios políticos y sociológicos propios de la evolución social y la adecuación a la concepción global de los derechos humanos. Las ideologías presentan esa resistencia al cambio porque toda evolución supone de hecho una superación de anteriores concepciones sobre las que se fundamentó la ideología. El valor de las ideas sociales está en que ayudan a concebir unos principios sobre los cuales converger criterios, posibilitando el desarrollo de un marco político. La defensa de esas ideas puede considerarse un valor, siempre que no se erijan en conceptos inamovibles que no puedan ser progresivamente reinterpretados, criticado e incluso contestados por la dinámica social, que en todo momento mantiene el derecho a elegir libremente su destino. Las ideologías que se autoproclaman como referencias unívocas de la identidad de una nación yerran como proyecto social tanto como su poder impone una estructura que coarta la libertad a la evolución política.
    El proteccionismo familiar puede considerarse un valor cuando su objeto y fin es ayudar a los fines específicos de la familia, facilitando la protección y asistencia para que se logre una verdadera igualdad de oportunidades a la promoción e integración plena de todos los menores en la sociedad. El contravalor surge cuando la sociedad se radicaliza en concebir una estructura familiar que deba regirse por la tradición en vez de por la modernidad, entendiendo ésta como la libertad para que los esposos y padres puedan elegir las formas de relación que más se acomoden a sus personalidades y circunstancias. La necesaria evolución del orden legal y jurídico debe contemplar que la sociedad se estructura sobre la familia real, tal y como ésta concibe su función en cada momento histórico, y no que ese orden legal sea quien se imponga sobre los sentimientos y voluntades, que hacen que las relaciones humanas tengan sus propias formas de reinventarse cómo vivir en familia.
     
     


    CAPÍTULO 7

    COMUNIDADES DE CONVIVENCIA

     
    LA FAMILIA:
    La familia es la relación más primaria entre personas, ya que la procreación sigue una norma de la naturaleza que establece la causa del nacimiento del hijo a la voluntad de unos padres que quedan afectados de la responsabilidad de su supervivencia. Como el recién nacido es incapaz de sobrevivir sin ayuda, los medios necesarios para alcanzar ese fin se identifican como una relación padres-hijo capaz de conseguirlo. Ese conjunto de relaciones es lo que, desde la exigencia del sostenimiento de la especie, constituye la familia.
    Como el ser humano no sólo tiene como fin mantener la especie, sino que se conoce a sí mismo intelectualmente como ser, la realización de su personalidad forma parte del fin de ser de cada individuo, por lo que también ese fin de realizarse como persona, que tiene como causa el entendimiento de su identidad como sujeto agente de su vida, contempla la ejecución de los medios para lograrlo.
    En ese ámbito de convivencia de satisfacción de las sensaciones mentales y los sentimientos intelectivos de afecto se generan las relaciones de íntima amistad que produce la convivencia en pareja que configura la familia.
    Así se pueden considerar causas de la familia:
  • La sexualidad como acto de realización afectiva.
  • La procreación como acto de realización generativa.
  • La crianza como acto de realización intelectiva.
  • La convivencia como acto de realización interactiva.
  • Todas ellas pueden tener fundamento en un mismo y continuado acto de voluntad, o haberse ido generando la adecuación de la voluntad a cada una de las causas motivada por su fin propio.
    Las relaciones de familia  se pueden considerar como relaciones de amistad, que se suelen definir como las que comparten esferas de realización de la personalidad desde la voluntariedad individual. La amistad se crea entre las personas de modo consciente, y se fundamenta en la confianza que se deposita mutuamente entre los amigos. En la amistad se pueden apreciar grados en función de un  mayor o menor ámbito de la propia personalidad que se comparte. Se puede clasificar como:
  • Amistad íntima: Cuando se descubren, manifiestan y comparten todas las esferas de la personalidad, tal como uno se conoce a sí mismo, con la convicción de que esa comunicación es un valor que aporta positivamente a la realización personal. Según cada tipo de relación, puede exigir: prioridad en los afectos, exclusividad en la sexualidad, consenso en la paternidad, disposición común de bienes, concordancia de valores, sinceridad, lealtad a los fines concertados, fidelidad a los compromisos.
  • Amistad próxima: Cuando en la relación se comparten una o varias esferas de la personalidad, con consentimiento de ayuda mutua y permanencia en el tiempo. La comunicación que genera es un complemento afectivo importante vinculado a los ámbitos que se comparte en la relación. Suele exigir un grado importante de confianza, sinceridad en lo tratado, lealtad a los acuerdos, ciertas exclusividades pactadas, consenso en los proyectos.
  • Amistad común:  La finalidad de la comunicación que genera es el complemento necesario para sentirse acompañado en la realización de determinados actos o proyectos que se acuerdan vivir en común. Suele exigir confianza, consenso en los proyectos, cumplimiento, y del trato mutuo surgen afectos más o menos sólidos y perdurables.
  • Conocimiento simple: Es la relación nacida de la confluencia temporal en actividades comunes. Sólo exige cumplimiento de las obligaciones y respeto.
  • Entre los miembros de la familia se tiende a la la amistad  íntima. Entre padres e hijos el proceso de educación potencia crear esas aptitudes de acuerdo, afinidad y afecto. Entre esposos o pareja la amistad íntima queda dependiente del grado de implicación personal sucesivo, porque partiendo de personas formadas antes de la relación, la intimidad se consigue de la voluntad permanente en querer a la otra parte, comprender las deficiencias y salvar las diferencias. Entre hermanos se da la amistad íntima, pero la amistad más común es la amistad próxima, pues la íntima la ocupan preferentemente los padres y las relaciones sentimentales que se puedan establecer respectivamente en cada etapa de la vida.
    El fin de la familia, como el de toda relación, es procurar el bien a todos los partícipes, padres e hijos, lo que se logra por los medios adecuados en los que cada miembro, como sujeto activo, aporta la sensibilidad, la creatividad y la operatividad para ejercer los deberes familiares con la perfectividad esperada por los otros miembros. Esa comunicación de efectividad es lo que posibilita el consentimiento mutuo en una convivencia que, como cualquier comunidad, alcanza su fin en el bien común.
    La desunión de la familia se produce cuando cada parte, o alguna de las partes, busca como fin el bien propio particular en vez del bien común. Es la causa común de destrucción de toda relación, porque al procurar cada uno su propio bien fuera del bien común se pierde la sensibilidad de servicio mutuo y se instalan progresivamente mentalidades de dominio en defensa del bien particular.
    Como en la familia tanto el bien común como el bien propio guardan una gran dependencia de los afectos contraídos, en especial los de paternidad, la fractura de la relación de convivencia genera desafecciones que perturban no sólo el bien común, sino los beneficios particulares que cada parte pretendía como fin al proyectar la vida familiar.
    Las relaciones dentro de la familia pueden considerarse de dos clases: Verticales y horizontales.
    Las verticales son las que se establecen entre padres e hijos. Tienen la particularidad de que durante una etapa de la vida son relaciones de educación y enseñanza de quien tiene experiencia en vivir al que no la tiene. Enseñar a hablar, leer, escribir, contar, ayudar a descifrar el significado de muchos hechos humanos, transmitir historias, es oficio de maestro, que es una caracterización de las relaciones verticales: Enseñar al que no sabe.
    La relación de los padres con los hijos, por depender de los progenitores la voluntad de traerlos al mundo, implica unos deberes de consecuencia. Entre estos deberes se encuentra el de educarlos, que atiende respectivamente al derecho del hijo a ser educado. El derecho a ser educados reside en los hijos, y los padre debe cumplirlo atendiendo a su independencia e individualidad, luego la patria potestad no genera derecho sino deberes. Éstos deben realizarse permanentemente con la perspectiva de proteger la libertad y voluntad de los hijos, que, ante la imposibilidad de pronunciamiento, debe seguirse con la directriz de educar al hijo cómo éste de mayor gustaría de haber sido educado. Ello puede incluir la renuncia a preferencias tradicionales, en aras a apostar por elegir formas al uso prospectivas de acuerdo a los signos de los tiempos.
    En las relaciones verticales no sólo se enseña lo que se quiere, sino que la propia forma de comportamiento es una referencia educativa, porque quien no sabe copia los modelos de lo que ve, y tiende a interiorizarlos e imitarlos. Por eso la responsabilidad ética de los padres no se limita a los contenidos que objetivamente tratan, sino también a la trascendencia que de la propia forma de vida se puede irradiar.
    Las relaciones verticales se establecen normalmente en la familia desde la voluntad de servicio; y en general de servicio desinteresado y sin valor de contraprestación. Existe el riesgo, pese a la buena determinación, de que puedan derivar a relaciones de dominio, principalmente por la debilidad del menor, por la autoridad del mayor y por el riesgo de querer proyectar la propia personalidad sobre los hijos. Las relaciones entre padres e hijos nunca pueden obviar la auténtica esencia de una relación entre seres humanos  libres y distintos, con derecho a desarrollar su propia personalidad. Una cosa en enseñar contenidos, transmitir valores, exigir responsabilidades y sugerir tendencias; y otra imponer comportamientos, anular ámbitos de decisión, distorsionar actitudes, y en general cualquier acto con fin de dirigir la personalidad hacia la voluntad propia vaciando la autonomía del menor. Ahí, donde se impone el poder del ascendiente, es donde pueden desviarse las relaciones desde el aparente servicio al dominio, donde en función de las formas de educación impuestas, puede acontecer que el ascendiente crea prestar un buen servicio y el menor, incapaz de revelar cómo se siente, cohiba el desarrollo normal de su personalidad.
    Las relaciones horizontales son las que se establecen entre hermanos y primos, que con una edad similar y en una misma generación conciben las relaciones como una complicidad para la experimentación de las realidades de la vida. Esta actitud constituye una complementación de la instrucción sobre la vida que se recibe en las relaciones familiares verticales. Cuando el ser humano conoce que conoce, identifica lo que se le enseña de la realidad, cuya verificación de verdad en la conciencia personal se justifica desde la confianza en sus mayores y en el grado de realización que percibe de cuánto de ello reconoce en la propia conciencia. Lo que conoce que ha asimilado por la experiencia personal supone la otra gran fuente de información de la conciencia, la que progresivamente va constatando coherencias e incoherencias en la interpretación global de sus relaciones con el entorno físico y social.
    Desde que el niño adquiere uso de razón, las intuiciones creativas van a dirigirle a descubrir los significados personales que puedan reportarle la realidad, y ahí es donde va a buscar la complicidad de las relaciones horizontales con sus iguales para lograr el apoyo común en la aventura de la indignación.
    Son relaciones familiares horizontales también las que afectan a los esposos, parejas, y en general al círculo de íntimos que por consanguinidad, parentesco o amistad se influyen mutuamente sobre la personalidad a lo largo de la vida. Ellos, igual que los niños, siguen alimentándose de experiencias pues, aunque se podría pensar que con los años se tiene todo sabido, las circunstancias originan continuas situaciones donde experimentar lo que las relaciones aportan, favorablemente o no, para asimilar cada nuevo descubrimiento.
    Mientras las relaciones familiares verticales se mantienen sucediéndose de cuando se es hijo a cuando se ejerce de padre y cuando se llega a abuelo, las horizontales pierden originalidad con los años, en cuanto parece que menos queda por descubrir en el entorno exterior y menos puedan aportar los más allegados. Surge así una sustitución de parte de esa relación social por una mayor introspección, donde la conciencia personal se afana en identificar personalmente con mayor rigor los contenidos y condiciones de verdad de todo lo aprendido y experimentado.

    COMUNIDAD TRIBAL:
    La tribu es la comunidad formada por la extensión de familia, parentela, vecindad y amistades consolidadas con las cuales se comparte una comunicación importante. Las características de su relación son asimilares a las de la familia, aunque la amistad es de proximidad, lo cual no impide que a veces coexista con esa amistad grupal diferencias de afecto muy acusadas.
    La causa de las relaciones de tribu se remonta a la ayuda mutua entre familias para atender los requerimientos de los hijos, para ayudarse mutuamente en el trabajo, especialmente cuando algunas tareas exigían la concurrencia en una labor en cuadrillas para adelantar la labor. También la mutua defensa y auxilio favoreció la agrupación de las familias durante muchos siglos, lo que generó costumbres de relación que han perdurado.
    La esencia de las relaciones de tribu se reflejan de modo muy distinta en la vida rural y en la vida urbana, aquí se desfiguran conservado sólo algunos de sus fundamentos, lo que ha originado la nomenclatura de tribu urbana.
    En la tribu rural la convivencia es alta, y se rige en mucho por las costumbres. Se nace perteneciendo a una comunidad bastante definida, cuyos vínculos se van a mantener normalmente mientras no se abandona la localidad. A la tribu, además de por nacimiento se puede pertenecer por incorporación por matrimonio con un miembro de la misma, y también por migración acogida.
    El fin de las relaciones que formalizan la tribu es la ayuda común, y constituye una obligación el auxilio, la asistencia y la acogida. La costumbre de cada lugar regula esas condiciones, a las que se exige guardar lealtad. En este marco que genera la costumbre es donde aparece el primer esbozo social de la ley, por las obligaciones que se admiten mutuamente, y de cuya regulación implícita hace que sus contenidos puedan ser exigidos por la comunidad a cada individuo, existiendo una autoridad para juzgar los desafueros, proponer normas y refrendar los acuerdos. Si la familia se puede considerar la célula de la sociedad, la tribu es su estructura más básica, donde se encontrarán larvadas la mayoría de las relaciones que se puedan distinguir dentro de la sociedad. Así la tribu preserva la independencia familiar, regula las relaciones entre familias, la distribución de las cargas de los trabajos en común, el justo reparto de los beneficios mancomunados, la estructura de educación y asistencia, etc.
    La constitución de la tribu se fundamenta en la extensión de las relaciones de familia y parentela, aglutinando en una misma comunidad primos, abuelos, tíos, cuñados, y así de generación en generación. Todas ellas entrecruzan lazos de sangre, afinidad y vecindad, que caracterizan una peculiar solidaridad formal. Pero la más característica relación que aparece es la de autoridad para administrar la organización de la comunidad. En la tribu la autoridad no está fijada necesariamente por la ascendencia, sino que disputan esa potestad la veteranía y la eficacia, siendo la capacidad la que se impone, según el criterio de los componentes de la tribu.
    La tribu, aunque representa un ámbito de relaciones, no debe entenderse necesariamente que se desarrolle en un entorno cerrado, sino que a su vez mantiene como comunidad organizada relaciones con otras comunidades vecinas, con las que comparte comercio, defensa, y otras formas de ayuda mutua. La fuerza de su tradición hace que permanezcan como comunidad cuando la sociedad se amplía y quedan insertas en estructuras que las absorben.
    Se denomina tribu urbana la que mantiene características de relaciones de convivencia de la tribu tradicional, pero entre personas que viven diseminadas en la ciudad moderna, donde preservan una entidad moral con verdadero trato y relación particular. Suele tener su origen en raíces de familia, raza, pueblo o religión, y quienes las integran mantienen una doble relación social: Una más estrecha con su tribu y otra más genérica con los demás ciudadanos próximos. La tribu urbana sostiene mayor vínculo en cuanto la migración delimita la comunicación por la lengua, cuando existen fobias contra razas o cuando la propia religión exige replegarse hacia los correligionarios. Los límites de una tribu dentro de una ciudad son difusos, porque no pertenecen a la esencia constitutiva de la persona, dado que los mismos fines que son causa de la tribu se identifican con los que inspiran las grandes comunidades municipales. Muy probablemente ayuden a mantener grupos más reducidos de carácter tribal la falta de solidaridad que la gran ciudad engendra, y que sólo las relaciones vecinales sustituyen, aunque con una gran merma de intensidad.

    EL MUNICIPIO:
    Las relaciones entre las personas en un municipio incluyen las relaciones interpersonales de unos con otros ciudadanos por  motivos familiares, laborales, de vecindad, de amistad, de ocio..., y las relaciones entre los ciudadanos y la estructura administrativa y política que rige y organiza la prestación de servicios y da las normas adecuadas para facilitar la vida en común.
    En el municipio surge una nueva tipología de estructura de relación, la que se establece entre quienes no se conocen personalmente, sino a través de una representación que engloba a numerosas personas. Esa representación es lo que caracteriza las relaciones políticas, en que muchos coinciden en delegar su soberanía en un representante que decide en los órganos políticos de gobierno de la ciudad. La estructura de representación puede ser de partidos políticos, agrupación de electores o asociativa. En cuanto los municipios son más grandes, la relación personal de los gobernantes y gobernados decrece, aunque mediante la representación es identificable un vínculo de conexión, que en los grandes municipios es un simple hilo capaz de trasmitir más bien intenciones que opiniones o proposiciones.
    Toda relación que utiliza intermedios es una comunicación factible de sufrir distorsiones, porque el no existir un contexto de interlocución directa la expresión de la voluntad de cada parte se difumina tanto como cuantas intermediaciones existan y según la fiabilidad personal y profesional de las mismas. Por ello la estructura política tiene un reconocimiento bastante desprestigiado y son muchos los individuos que no se sienten representados por quienes habiendo sido delegados han defraudado las expectativas de quienes los eligieron.
    El municipio debe atender las necesidades reales de las personas afincadas en su demarcación territorial. Sus fines son similares a los de un grupo tribal, pero los medios para lograrlos se confían en la cooperación de todos los habitantes del municipio, sean pocos o millones, se traten o desconozcan, ya que el municipio es la entidad administrativa menor que no se crea por asociación voluntaria de relaciones, sino que se constituye como una sociedad a la que se pertenece por naturaleza de nacimiento o de residencia. Aquí está la segunda característica de las relaciones municipales, que es la de universalidad dentro del límite que la geografía política le confiere. Que el municipio sea sociedad, lo es porque forma parte de la estructura de un Estado, la cual define los medios y fines que son de su competencia para atender a la causa que legitima ese reconocimiento de las relaciones propias del ámbito municipal: La necesidad de administrar las relaciones de asistencia, ayuda y socorro a los ciudadanos desde la proximidad capaz de hacerlas eficaces.
    Uno de aquellos escollos con que se enfrenta la definición del fin del municipio es la del deslinde de lo que pertenece a la familia gestionar individualmente y lo que es ámbito municipal. Esto surge porque en las relaciones dentro de las sociedades, por ser de obligada adscripción, sólo rige el fin del bien común, y éste puede ser concebido en su aplicación penetrando más o menos para proteger a cada persona, lo que también procuran los grupos y células sociales que se forman por asociación voluntaria de relaciones con un fin similar al de la administración pública.
    Una justificación a favor de la prominencia de las asociaciones voluntarias es la de la subsidiariedad, que defiende el que los fines de la relación deben ser atendidos por el grupo natural más simple que pueda realizarlo, y cuando en esas relaciones se manifieste la incapacidad de atender el fin, lo deba hacer la sociedad pública más próxima, que para una gran parte de las necesidades habituales es el municipio. Esa teoría presenta el defecto de que la estructura de los medios de atención universal tiene que ser planificada desde la integración de todos los recursos ciudadanos y para todos los ciudadanos, y por ello su perspectiva de servicio no se adapta a la parcial excepcionalidad de la demanda o no de esos servicios. La vocación de universalidad en las relaciones de servicio para lograr el bien común choca en su estructura de aplicación cuando un sector de la población se considera socialmente desligado de esa responsabilidad.

    LA NACIÓN:
    La nación es posiblemente la comunidad pública más real y también la más compleja de definir. Engloba un conjunto de personas que poseen la marca de identificarse con un legado histórico. Una nación se hace a lo largo de una historia que deja influjos sobre la forma de ser. Se identifican en su esencia con la familia y la tribu más que con el municipio y el Estado, porque la marca de sus relaciones en común es expresión de un sentimiento y no de una legalidad. Una nación lo es mientras ese sentimiento avale una relación de identidad entre sus miembros por la fidelización a una cultura común. Tanto es así, que una nación no lo es por poseer una historia común, sino por el grado de concienciación con esa historia común.
    Una nación se debate de continuo entre la tradición que condiciona su existencia y su apuesta por la evolución de la modernidad. Existen elementos como la lengua, la música, los juegos, las costumbres, la religión, el trabajo, el comercio, las formas políticas... que en mayor o menor medida constituyen las referencias de las forma de ser que se asumen como propias, aceptadas y compartidas por una comunidad. En oposición a ellas se importan costumbres y modos que son exponente de la dinámica de modernidad, y que cada generación también toma como referencia de su particular modo de ser. La síntesis de unas y otras constituyen los valores que hacen que la nacionalidad no sea un sentimiento muerto, sino en evolución, lo que no deja de constituir un permanente debate interno sobre la caracterización de la propia identidad nacional. El sentimiento más genuino sobre una nación es el que se soporta en valores cuyas condiciones de verdad pueden identificarse en las cambiantes formas de vida que impone cada tiempo.
    De manera similar a como la personalidad refleja rasgos de familia también está condicionada por la nacionalidad, tanto en lo que puede legar la raza como el influjo cultural. Ello hace que exista una predeterminación a encarecer más unos valores que otros, y a que predominen rasgos de carácter que faciliten en las relaciones la comprensión y el entendimiento que favorecen la convivencia nacional.
    La estructura de la nación actúa como factor dominante sobre el conjunto de las personas de una comunidad, en la que siempre hay minorías sin vinculación o quienes sienten poca afinidad por lo nacional. Ese valor dominante puede caracterizarse como una expresión de servicio entre quienes se aprecian y comparten una tradición, pero puede también constituirse como un factor de dominio de la comunidad nacional sobre los que son extraños a la misma. El respeto mutuo en la vida social exige que tanto la mayoría nacional, como cualquiera con otra nacionalidad minoritaria o quienes son extranjeros en esa comunidad, todos sirvan al bien común con el trabajo, el comercio y el cumplimiento de las leyes. Es posible que los extranacionales puedan encontrar extrañas muchas costumbres reflejadas en la ley como forma de concebir el bien común, lo que se supera con más integración en la comunidad mediante la ampliación de los conceptos rectores de la propia personalidad. Las propias maneras de ser de cada uno siempre repercuten en algo sobre toda la colectividad, por lo que la integración no debe ser considerada como un riesgo de disolución de la nación, sino signo de la universalidad de la humanidad, en la que las similitudes de personalidad son mucho más relevantes que las diferencias que pueda marcar la cultura.
    La prioridad del sentimiento en la nacionalidad permite que una persona pueda integrarse en una nación sin tener que renunciar a la propia anterior, porque esos vínculos, al ser de naturaleza inmaterial, pueden ampliarse tanto cuanto la capacidad de valorar nuevas relaciones los identifiquen con las mismas. La diversidad que así se constituye debería ayudar a reconocer la dimensión universal de la humanidad y el papel que cada nación debe obrar en el conjunto de la misma, que siempre debe ser de colaboración y solidaridad, tendiendo a establecer puentes y no barreras entre las diversas culturas.
    Es una realidad que muchos Estados albergan en su espacio político más de una nación, en parte por la herencia de las conquistas imperiales y la política de matrimonio de las monarquías, que llevaban a unificar bajo una misma corona naciones distintas que el tiempo no ha podido unificar. Ello puede inducir hacia un foco de tensión entre nacionalidades, al tener que convivir bajo el dictado de unas mayorías que generalmente van a ser juzgadas desde el prejuicio de discriminación. Cuando el conflicto existe, más o menos objetivado, el nacionalismo tiende a radicalizarse, a polarizar la política y dificultar la convivencia; porque, se quiera o no reconocer, existe la predisposición subjetiva a que la nación mayoritaria o con más poder real mimetice al Estado.

    EL ESTADO:
    El Estado es la entidad legal con reconocimiento nacional e internacional erigida para regir y administrar políticamente a los ciudadanos de un territorio. Un Estado exige una definición territorial sobre la que ejercer la soberanía común de todos los ciudadanos que la integran por derecho. El Estado se constituye por derecho consuetudinario o por derecho constitucional, según que la definición de la ley marco de derechos y obligaciones tenga su origen en un conjunto de normas vinculante por su vigencia histórica, o que lo tenga en una ley escrita promulgada para tal fin.
    Se debe distinguir los Estados de los Imperios esencialmente por la forma de soberanía. Los Imperios son aquellos territorios en cuyo dominio un soberano personal impone su voluntad a la de los ciudadanos. Los Estados, antiguos y modernos, se identifican con aquellos territorios en los que la soberanía recae en el pueblo, el conjunto de los ciudadanos, quienes eligen representantes para la tarea de gobierno.
    Algunos Estados conservan estructuras simbólicas de soberanía personal, como forma de asunción del pasado histórico, junto a estructuras formales de soberanía popular a través de las que se autogobiernan.
    Todo Estado se define por un sistema y una estructura. El sistema define los modelos ideales de relación entre ciudadanos, y la estructura las aplicaciones concretas para la convivencia y la protección de los derechos que configuran la programática del sistema. El sistema quedaría definido en el marco constitucional y la estructura en las leyes orgánicas y demás disposiciones que regulan las formas de ejercicio y los límites de los derechos y deberes que afectan a las relaciones comunes de los ciudadanos.
    El fin del Estado es el de dirigir la comunidad para lograr el efectivo bien común. Su legitimidad para sumir esa dirección proviene de las relaciones ciudadanas que se configuran en comunidad para entre todos lograr mayores beneficios que los que alcanzarían individualmente. Por ello, el beneficio a alcanzar se denomina bien común, ya que es un bien que repercute sobre todos y cada uno de los miembros de la colectividad. Ese bien común exige que el Estado provea de los medios para la defensa de la vida y los derechos de los ciudadanos, así como que logre la efectiva protección de los derechos que fundamentan su naturaleza en el sistema constitucional.
    La estructura de un Estado puede ser centralizada, en la que todo el poder lo depositan los ciudadanos en una autoridad que posteriormente delega respectivas responsabilidades, o puede ser descentralizada, en la que los ciudadanos eligen representantes a distintos niveles de la Administración del Estado para gobernar desde el grado de responsabilidad que les corresponde en la estructura estatal.
    La división de poderes dentro del Estado es algo que facilita la trasparencia y ahuyenta el autoritarismo, aunque para que sea efectiva debe reconocer que cualquier poder es depositario de la soberanía popular, y por tanto quienes la representan se deben a su confianza y deben poder ser revocados cuando esta falta. Una clásica división de poderes es la que separa el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial. Cada uno de ellos posee establecidos por el sistema poderes que equilibran los otros, para que ninguno se propase en la atribución que les confiere el sistema.
    La administración pública es el conjunto de trabajadores y mandos que hacen posible la asistencia del Estado a los ciudadanos en el desarrollo y protección de los derechos que le confiere el sistema. Sea cual sea la forma de sistema del Estado, la administración pública es necesaria, pues hacer eficiente la estructura de servicio exige profesionalización. No obstante existir esa especialización de una parte de los ciudadanos que les vincula en el deber de servir directamente en su estructura, el Estado puede exigir de todos los ciudadanos el concurso directo de prestación de servicios cuando circunstancias excepcionales graves lo exijan. Los demás ciudadanos sirven igualmente al Estado, pero en las actividades liberales que generan la riqueza necesaria para el desarrollo de la sociedad.
    El Estado puede considerarse como el grupo social organizado capaz de procurar a sus ciudadanos le forma autónoma todo lo necesario para la digna supervivencia. Mejorar progresivamente las condiciones de vida de esa sociedad es lo que se encomienda a los gobiernos, cuyas competencias deben dirigirse a la buena administración de los recursos naturales y de la potencia intelectual y laboral de los ciudadanos para lograr un desarrollo sostenido hacia el bienestar.

    INSTITUCIONES INTERNACIONALES:
    Desde que las comunidades formaron estructuras políticas estables y constituyeron Imperios, Reinos y Estados, estos descubrieron la necesidad de respetarse mutuamente la soberanía de dominio y de relacionarse entre jerarquías de poder. De ahí surgieron las legaciones para intercambiar mutuos intereses o reconocer desavenencias, cuya evolución histórica generó los estamentos diplomáticos como representaciones de la autoridad de un Estado ante el poder de otro Estado.
    Los Estados para mejorar su desarrollo se relacionan entre sí intercambiando recursos naturales, ciencia y tecnología. Esa actividad puede enmarcarse en un intercambio comercial, cuando las mercancías se importan y exportan siguiendo un valor de mercado, y en un intercambio de cooperación, si un Estado ayuda con su potencia industrial o económica a otro Estado en proceso de desarrollo.
    Para consolidar esas relaciones se crean asociaciones de Estados con objetivos de mutua colaboración en sectores determinados de la seguridad, el comercio o la cultura. Esas  alianzas se recogen en tratados que especifican los derechos y obligaciones a que comunitariamente se obligan.
    A imagen de las grandes alianzas históricas, en la época contemporánea se ha pretendido realizar organismos internacionales que asocien a todos los Estados de la humanidad. Su principal objetivo es buscar la paz mediante la resolución pactada de los conflictos internacionales. Esos organismos crean a su vez agencias especificas para fomentar el comercio, la cultura, la ayuda y asistencia, el remedio a las pandemias o desastres naturales, la ecología, etc. desde las que desarrollan programas patrocinados para lograr objetivos internacionales comunes.
    Las relaciones internacionales son relaciones entre Estados y no entre pueblos, por lo que su objetivo es político y no logra de por sí la integración entre los ciudadanos del mundo. El gran problema con el que se encuentran los organismos internacionales es que cada Estado procura imponer su hegemonía, procurando el bien particular de sus ciudadanos antes que el de la humanidad, porque la conciencia universal apenas apunta a brotar en las nuevas generaciones. Es una realidad que la falta de democracia en las instituciones multinacionales se impone, incluso entre los Estados de gran tradición democrática. El respeto al derecho que se reconoce a los propios ciudadanos no se traslada a dimensión mundial, y ello reporta poca credibilidad de legitimidad de esas instituciones.
    Teóricamente las relaciones internacionales deberían servir a valorar la diversidad, pero suelen pesar más los antagonismos históricos que el encarecimiento de los beneficios de una globalización armónica. La adscripción sentimental a una cultura y a una nación es con frecuencia tan radical que hace que prevalezca en muchos países el temor a ser reducidos en su idiosincracia si se relacionan excesivamente con civilizaciones que consideran extrañas. Aunque es cierto que las tecnologías modernas de comunicación colaboran a abrir las mentalidades, también comunican las enormes diferencias sociales que realimentan la segregación internacional.
     
     
     
     

    CAPÍTULO 8

    COMUNIDADES LABORALES

     
    EXPLOTACIÓN FAMILIAR:
    Por explotación familiar se debe entender la finca agraria, centro ganadero, comercio, taller, pequeña industria y similares cuya propiedad se concentra en uno o más miembros de una familia, quienes la dirigen implicándose en la producción y comercialización, pudiendo contratar la colaboración laboral o asesoramiento profesional de otras personas.
    Como la explotación familiar es la unidad más remota de comunidad laboral, su estructura es tan diversa como está presente en los más distantes y distintos países del mundo. Su naturaleza originaria está en la unión de personas vinculadas por lazos de sangre o parentesco que compartiendo vecindad unen sus esfuerzos para conjuntamente acometer las tareas laborales necesarias para la subsistencia. El proceso de formación de comunidades y división del trabajo favoreció que cada explotación familiar se especializara en una tarea peculiar de las demandadas por el vecindario, que si bien en un principio pudo existir una simple asignación de responsabilidades y tareas a cada familia, su desarrollo generó la estructura comercial del intercambio de los bienes generados en cada producción.
    Como comunidad laboral, la explotación familiar se caracteriza por:
  • Patriarcado.
  • Especialización.
  • Independencia.
  • Creatividad.
  • Responsabilidad.
  • Sucesión generacional.
  • Recapitalización.
  • 1. El patriarcado procede de que es el cabeza de familia quien inicia la institución laboral familiar al especializarse en una tarea laboral, enseña el trabajo a los descendientes desde su niñez, los incorpora a la producción en su juventud y le suceden en su madurez. De este modo la explotación familiar se caracteriza por una jerarquización vertical generacional, donde el mayor suele ser quien dirige la organización, aunque en las explotaciones más profesionalizadas se dividen las tareas por ámbitos de adaptación.
    El patriarcado puede incidir en reprimir la libertad de los descendientes, pretendiendo vincularlos de por vida a la tarea común familiar. Los hijos, aunque nacen en un hogar, tienen  derecho natural a elegir su destino de acuerdo a las preferencias creativas de su sensibilidad, y por tanto no deben considerarse obligados por deber de justicia a trabajar en la explotación emprendida por los progenitores o antepasados.
    La distribución de derechos incoados en la explotación familiar deben considerarse generados por el trabajo invertido sobre la misma por cada miembro de la familia. Ello generará derechos a la propiedad que  se originan según el beneficio reinvertido en el que se participa en función del trabajo. Esa propiedad dinámica es tanto más necesaria de reconocer cuando la vinculación de los hijos a la tarea es desproporcionada entre unos y otros. La justicia distributiva exige que sobre la propiedad incrementada exista unos estatutos consensuados por la unidad familiar que evite tanto la arbitrariedad patriarcal como la inestable condición social de los partícipes. La diferenciación entre el patrimonio del padre y las participaciones en la propiedad vinculadas por los restantes familiares trabajadores favorece que tras el fallecimiento de cada uno se respeten los correspondientes derechos de propiedad, pudiéndose realizar las herencias sin controversias.
    2. Especialización. La explotación familiar posee una tendencia a la especialización, porque su tamaño habitualmente no puede abarcar distintas tareas. Ello le permite concentrar los esfuerzos y elaborar un historial de experiencias con las cuales satisfacer un servicio consolidado. Hacer durante muchos años lo mismo no supone necesariamente hacerlo de idéntica manera, pues la experiencia ayuda a corregir progresivamente los defectos y las carencias, de modo que la regularidad en el trabajo del grupo familiar favorece que exista una linealidad de superación, como quien es buen entendido en la materia que trabaja. Esa tradición profesional producto de la experiencia personal debe compatibilizarse con la incorporación de nuevas técnicas, en la medida que los recursos lo permiten, participando del progreso científico de la sociedad a la que se sirve.
    La especialización del trabajo familiar, que hunde sus raíces en la remota antigüedad, tiene su origen en el artesanado de los oficios, cuya técnica aún hoy en día se transmite de padres a hijos donde no existen centros de enseñanza que faculten a los jóvenes en dominar un oficio a su elección. Esa especialización es el fundamento del comercio de la vida rural, pero también ocupa un destacado influjo en la industria auxiliar y los servicios de los centros urbanos.
    La explotación familiar no debe consolidarse como una isla, pues la participación en el comercio, con el intercambio de la producción, establece unas relaciones que la acercan a los demás tanto como para orientar sus productos a cómo son mejor recibidos por sus potenciales compradores. El ser de la explotación orientado a la integración en la sociedad es lo que la caracteriza como elemento dinámico, frente a la concepción de residuo autárquico de pervivencia. La explotación familiar debe sentirse como sujeto del progreso y desarrollo del entorno social, porque sólo así sus partícipes se reconocerán moralmente recompensados del esfuerzo invertido.
    3. Independencia. La explotación familiar goza de independencia respecto al entorno social ya que al ser los mismos propietarios y trabajadores gozan de una gran libertad para la organización del trabajo de la forma en que alcanzan una mayor rentabilidad. Esta independencia es una característica que debe ser bien gestionada por el grupo familiar para hacerla compatible con las demás obligaciones y realizaciones de cuantos trabajan la explotación, pues una posibilidad es implicarse tanto en el proyecto laboral que termine monopolizando la perspectiva de vida de la familia. La independencia a veces genera una restricción de la libertad cuando la responsabilidad de la dirección del negocio familiar desplaza el necesario tiempo de descanso, recreo y ocio, de modo que la independencia acaba convirtiéndose en dependencia.
    Gestionar positivamente desde la independencia y la responsabilidad la explotación familiar supone participar en las estructuras profesionales que aporten no sólo un intercambio de actualización de conocimientos, sino también el mutuo apoyo moral para superar las dificultades del negocio. Que la independencia no degenere en soledad depende mucho de la situación geográfica de una explotación y la cercanía física y moral con otras explotaciones parecidas. Cuando la explotación se localiza en un país desarrollado existen más facilidades para paliar el posible aislamiento con los modernos medios de comunicación, por eso debe ser un empeño corporativo exigir a las autoridades la ayuda para la puesta en servicio de redes de comunicación.
    La independencia aporta a la explotación familiar el sentido de que todo el beneficio que produce se deduce del esfuerzo aplicado por el grupo. Aguzar el ingenio para solventar las dificultades es una constante, tanto más acentuada cuanta mayor sea la independencia querida u obligada para la explotación. Aunque es cierto que también las deficiencias son responsabilidad de la entidad familiar que gestiona la explotación, estas no son fácilmente identificadas, ya que si lo fueran se procuraría poner remedio. La identidad de cada explotación se corresponde bastante con la idea que de lo suyo tienen los promotores, trasluciendo su modo de ser, algo que nadie puede evitar transferir a sus obras, porque el obrar sigue al ser.
    4. Creatividad. La creatividad de la explotación familiar se sigue de la necesidad de adaptarse a las demandas de los consumidores sin otro soporte que las propias decisiones de los responsables familiares. Todo el negocio depende de ellos, y su rentabilidad sostiene a la familia, por lo que la capacidad de imaginación debe ser tan trascendente como la constancia, especialmente cuando la actividad se desarrolla en un entorno social dinámico.
    La creatividad no está necesariamente conectada a un proyecto de expansión y riesgo en la explotación familiar, sino a una conciencia de modernidad para saber adaptarse permanentemente a incorporar los recursos que permiten la solvencia técnica de la explotación, con discernimiento del objetivo neto que en cada memento se puede asumir. Una creatividad sensata es la que responde al cómo cuando se intuye el qué.
    5. Responsabilidad. Cada tipo de trabajo y modo de desarrollarlo presenta diversas manifestaciones para el ejercicio de la responsabilidad. Los que crean o mantienen una explotación familiar asumen la responsabilidad de que el éxito y fracaso, lo bueno y lo malo, ello todo se asume en la individualidad, a veces también soledad, del promotor, o se comparte con los escasos miembros del entorno familiar.
    Esa responsabilidad abarca dos campos: El de la rentabilidad para el sostenimiento de la familia y el de el bien que se derive del trabajo y negocio emprendido. Respecto a la propia familia, la capacidad de protección que se busca como fin no siempre se alcanza, pues las posibilidades de la rentabilidad no se siguen sólo del empeño laboral, sino también se deben al entorno y las circunstancias, siendo éstos quienes en gran parte delimitan los recursos que se pueden aportar a la familia y los que definen el nivel de riqueza que se puede alcanzar.
    La responsabilidad por la obra bien hecha siempre se puede y se debe asumir, porque no existe más que la propia limitación personal para hacer las cosas bien. La perfección no se encuentra en lo mejor si no se dispone de los medios para ejecutarlo, por lo que el bien que se sigue de todo negocio está en no defraudar la confianza de con quien se trata, así que, como en toda explotación familiar la relación es muy directa, el bien que se dimana de la bondad del producto repercute en la valoración de los dueños.
    La responsabilidad de los buenos hábitos en el ejercicio del negocio forma parte de la educación de los hijos, por la cercanía que les concierna. Existen entornos sociales que obligan a los hijos a incorporarse a temprana edad al trabajo familiar, pero ello no debe descuidar el derecho a la correcta educación, que los padres siempre deben intentar compatibilizar con la dedicación laboral. Como parte de esa formación también se recibe en el ocio, es responsabilidad de quien hace cabeza en la explotación de retribuir el trabajo para que quien lo ejerce, aun el más joven, disfrute de la recompensa merecida por ello.
    6. Sucesión generacional. Aunque existen determinadas actitudes y habilidades humanas que pueden tener una raíz genética, transmitiéndose de padres a hijos, la mayoría de la personalidad se forja según la educación, el entorno y la voluntad individual, de modo que se puede concluir que la competencia profesional no se hereda. La transmisión generacional de la explotación familiar que se suelo considerar un derecho, implica también una responsabilidad, pero sobre todo un sinceramiento de los descendientes respecto a si se sienten capacitados para proseguir con el negocio.
    Se pueden considerar tres modos en que las explotaicones familiares se prolongan en el tiempo:
  • Explotándolas los descendientes.
  • Enagenándolas.
  • Arrendando el negocio.
  • La primera transmisión es relativamente común que la exploten directamente los hijos de los promotores, cuando se han incorporado jóvenes al trabajo. Quizá porque han sido testigos de las dificultades de emprender, lo que les identifica con el compromiso de consolidar. La segunda generación, la que ya se crió con la explotación funcionando, presenta menos arraigo emocional con la actividad. Por eso en esta transmisión se suele apreciar una cierta decadencia, quizá porque los gestores de la nueva generación dan por hecha la rentabilidad sin el compromiso del esfuerzo. Cuando esto sucede, y no existe plena identificación con la actividad laboral, el recurso más común es hacer un arriendo, traspasando la actividad, o una enajenación, como formas de capitalizar  el trabajo y los bienes generados por padres y abuelos, dejando que nuevos emprendedores asuman la posibilidad de reflotar la explotación.
    7. Recapitalización es la marca del interés de los responsables con el fin de la explotación familiar. Según que ese fin sea principalmente el beneficio económico, la realización personal o el compromiso con la sociedad, así la recapitalización adquiere menos o más protagonismo en el desarrollo del proyecto.
    Para la continuidad de cualquier negocio se precisa la reinversión de una parte de los beneficios brutos que se obtienen, para el mantenimiento de los medios de producción. La compra de semillas, la reparación de maquinaria, la actualización de los sistemas informáticos, el adecentamiento de los inmuebles, la revisión de las instalaciones, etc. exigen disponer de capital para afrontar los costes de su ejecución. Cada actividad requiere un mínimo de reinversión para seguir ofreciendo año tras año al menos la misma productividad. Luego, en función del mercado, esa productividad se convierte en un mayor beneficio, o no, porque el entorno económico marca unas pautas que hacen que, aun aumentando la productividad, los beneficios ne crezcan.
    Reinvertir depende de la situación financiera de la explotación, del entorno y de la mentalidad y riesgo de los propietarios. Cuanto más beneficio neto da una explotación, más posibilidades de reinvertir en capital productivo caben, pero no puede olvidarse que la ampliación del negocio va a exigir más recursos humanos, con los que se debe contar para evaluar si ello no genera la distorsión del ámbito en el que se quiere mantener la explotación. Ello marcará si la reinversión preferente es la expansión o la cualificación.
    Cuando el negocio se comparte entre varios familiares, conviene consensuar la filosofía de los fines de la explotación, para evitar los desacuerdos que tengan su causa en una intención distinta de la aplicación de los beneficios. Estas divergencias suelen surgir a partir de la segunda generación que se haga cargo de la actividad, y por ello conviene que en las transmisiones patrimoniales se ordene la estrategia de funcionamiento conceptual de la explotación.
    La reinversión en sí es un medio y no un fin de la gestión económica de las explotaciones pequeñas y medianas. La mayoría de las veces condicionan su desarrollo, pero no la pervivencia, lo que permite reducirla algunos años en favor de necesidades de la familia, la que sí constituyen las más de las veces el alma de la explotación. Esa adaptabilidad es la que hace que las explotaciones familiares no pierdan su carácter de forma próxima de recurso de vida y realización personal del conjunto de una familia, en la que siempre existirán diversos grados de identificación con la actividad, que hacen de unos más adeptos a la reinversión y a otros tener las ilusiones en la disposición del capital que les permita otras aventuras personales.

    FÁBRICA, COMERCIO, OFICINA:
    La fábrica, el comercio, la oficina y los demás espacios laborales donde se juntan un número importante de trabajadores constituyen comunidades entre cuyos miembros existe una vínculo laboral, pero actuando éste como causa del contacto personal, se generan otras muchas comunicaciones que aproximan a los compañeros a un trato de amistad.
    El trabajo absorbe una parte importante de cada jornada de los individuos. Si se descuenta el tiempo que se emplea para dormir, se equiparan el tiempo de contacto familiar con el que se está en el centro de trabajo; de lo que se puede deducir que uno y otro conforman ámbitos esenciales en la vida de los seres humanos durante su madurez. De ahí que cuando se trabaja en una comunidad laboral se conciba esa convivencia con finalidad en el trabajo, pero como medio que prolifera la experiencia de sensibilidades provocando valoraciones emocionales que configuran amistad, indiferencia y enemistad.
    Una característica de las relaciones humanas laborales es que las posiciones de proximidad normalmente no se eligen, sino que vienen dadas por el destino y las circunstancias, por lo que integran en un grupo de gestión o producción a trabajadores que nunca antes se han conocido. Mientras que en el resto de actividades de la vida se eligen los amigos y compañeros, para formar grupo en el puesto de trabajo se incorporan desconocidos que han de permanecer cooperando al fin del trabajo haya o no sintonía personal. Para algunos especialistas en sociología laboral, una de las ventajas de las máquinas es que no albergan prejuicios de participación, disminuyendo confrontaciones en el trato entre personas que puedan reflejarse en detrimento de la productividad.
    Pese a las divergencias de carácter, el trabajo en equipo ofrece muchas ventajas para el robustecimiento de la personalidad: Se aprende a escuchar, a estructurar la propia opinión, a la diligencia en la cadena de producción, la puntualidad, a superar dificultades, a sobreponerse al desánimo, a buscar apoyo y ayudar al compañero, etc. En el trabajo en grupo reaparecen muchas de las inclinaciones que hicieron a los primitivos seres humanos asociarse para mejorar el rendimiento laboral.
    De las relaciones que surgen del agrupamiento en centros de trabajo, cabrían distinguirse distintas clases según la finalidad:
    Por el fin laboral:

  • De integración.
  • De competencia profesional.
  • De promoción y competitividad.
  • Por el fin particular:
  • De amistad.
  • De indiferencia.
  • De enemistad.
  • Las de integración son aquellas relaciones que tienen como fin que cada trabajador se identifique con el trabajo en consecuencia a cómo lo hacen los demás. Las actividades que más permiten introducir la propia creatividad son las que se estructuran en forma de racimo; las que menos, las que lo hacen en cadena, porque en éstas la concatenación de la tarea limita la espontánea innovación. Sea en la radialidad del racimo o en la linealidad de la cadena, quien se incorpora al equipo ha de hacer por integrar su propio modo de pensar y hacer con las formas establecidas, salvo que se integre requerido con fin explícito de modificarlas. Es desde dentro de esa acción concertada en el grupo donde el integrarse se hace compatible con aportar creatividad mediante la acción de la transformación colectiva. El itinerario de la integración va del ceder al convencer, lo que exige unas relaciones fundamentadas en el mutuo respeto entre todos los compañeros.
    Competencia profesional. Que se trabaje en grupo no debe relajar el interés que por la propia realización del deber profesional se supone tener todo trabajador. Se sea autónomo o se trabaje en una multinacional, la estructura profunda de la relación laboral es la que se mantiene entre cada individuo y la sociedad. Esa relación, por ser la más elemental entre el ser y el universo, no se diluye ni por el tiempo ni por el espacio, y por ello es una responsabilidad que acompaña a cada ser humano mientras haga vida en sociedad.
    La competencia profesional depende de la habilidad natural y del esfuerzo mental que se ponga en la tarea. Cada persona posee unas cualidades que debe hacer valer en su entorno laboral, no para enorgullecerse, sino para rendir. Es competencia hacer un trabajo correcto, en tiempo oportuno y que sea eficaz. La limitación y el soporte que ofrece trabajar en grupo puede influir en el rendimiento de la actividad individual, pero no puede servir de excusa para desentenderse del compromiso social. Ello conduce a que el buen hacer profesional se presente ante el colectivo como una obligación de la que no se debe hacer dejación. La creatividad y el talento se debe prestar como una aportación normal del trabajador al grupo de trabajo, de la que beneficia a los otros como sobre cada uno repercuten las cualidades de los demás. Quien más puede aportar debe hacerlo como una extensión propia de su personalidad que empujando la propia tarea ayuda a sacar adelante los objetivos colectivos.
    Forma parte de la competencia profesional de los mejor dotados admitir que haya otros con menos capacidades personales, a los que no se debe criticar, ni ningunear, sino respetar, reconociendo esa diversidad como una expresión de la naturaleza que se comparte.
    Promoción y competitividad. Entre las pasiones del dominio y el servicio, la que más felicidad proporciona es la del servicio, pero la del dominio es la que se muestra como más sugerente de alcanzar realización personal. El problema que entraña es que, como toda pasión, no encuentra límite el insaciable anhelo de satisfacción.
    La competitividad que mueve la pasión por el servicio es la de saber más y hacer el trabajo mejor para ofrecer a la sociedad, tanto como, cuando se requiere de otros trabajadores, cada individuo desea ser atendido. Esa competitividad por hacer lo que a cada uno le toca choca frontalmente con la que pone como objeto del esfuerzo el ascender de categoría para disfrutar de un mayor reconocimiento social. Aquel que tiene como fin el servicio vive inquieto pero feliz, porque su ansiedad de hacer las tareas con perfección se enmarca en un estado mental e intelectual de reconocer su interés en cumplir su deber tanto en la causa, el medio y el fin.
    La competitividad que relega a un segundo plano el fin del servicio a la comunidad justifica la causa del derecho a ascender en la condición personal, el medio en el posicionamiento de las influencias para hacerse valer por delante de otros compañeros y el fin en lograr poder y reconocimiento. Ese modo de dirigir los objetivos del progreso personal adolece de la quiebra del respeto debido tanto al entorno de trabajo como a la sociedad; así como de la satisfacción moral del reconocimiento del bien, porque cuando se pierde la referencia del servicio se difumina con ello la noción de bien al carecer de objeto de aplicación.
    Como el trabajo colectivo es un entorno de relaciones, según la personalidad de cada trabajador pueden prevalecer las relaciones de servicio o las de dominio. Estas últimas son las que mueven a dotar a todas las actitudes laborales de un trasfondo de ansiedad por ocupar los puestos de mando no por responsabilidad, sino por el poder y prestigio que deparan. Cuando se plantea desde esa perspectiva, el espacio laboral se contamina del espíritu de competición, persiguiendo el éxito en una confrontación cuyas reglas -guardando las correctas formas- las limita la subjetiva ética personal. La promoción dentro del ámbito de trabajo es un factor que ayuda a la integración profesional, pero presenta el inconveniente del agravio comparativo que la conciencia de cada empleado puede elucubrar.
    La amistad se forja en el trato, especialmente cuando esa comunicación afecta a los temas que interesan realmente a una persona. El centro de trabajo se constituye como un lugar de relaciones porque en él se pasan muchas horas. Se trabaja, pero también se descansa, se almuerza, se tienen desplazamientos de ida y vuelta, e incluso en algunos centros laborales estimulan el contacto entre trabajadores mediante una sección social que facilita la asistencia a actividades culturales, prácticas deportivas, viajes, etc.
    No es extraño que la amistad surja en el trabajo ya que en él cada persona se manifiesta en bastantes aspectos de cómo es, lo que ayuda a que se creen lazos de sintonía que conducen a la confianza de compartir inquietudes, anhelos, preocupaciones... y en general los modos de ser y entender la vida que se compartan o no, cuando existe mutua comprensión, constituyen una valoración del otro en la que cada persona se decante por destacar lo positivo o lo negativo. Quien ensalza lo positivo de los demás presenta una posición favorable a entablar amistades, quienes interiorizan más profundamente la valoración negativa de los demás presentan una clara tendencia a reducir las relaciones a un marco de discreto entendimiento, sin la vinculación afectiva o intelectiva que reclama la amistad.
    El ejercicio del trabajo en proximidad facilita el conocimiento de las facultades profesionales, el interés y la responsabilidad que las personas que trabajan en el entorno muestran en el ejercicio de su tarea. Ello da lugar a una valoración apreciativa o depreciativa, global o parcialmente, con que se juzga en el fuero interno a los compañeros. Ese juicio de valor no debe ser reprimible, al formar parte de la aplicación colectiva de fuerzas para desarrollar la tarea común. Lo que no debe admitirse cada uno es la descalificación pública hacia los compañeros de las debilidades de los demás, sobre todo cuando no se contrapesa objetivamente con las bondades o virtudes que también se debieran considerar.
    El despertar la amistad entre compañeros no hace que el juicio profesional sea más benigno, sino que se afronta la realidad desde la perspectiva de -en base a la confianza- poder influir positivamente en la superación de los aspectos más débiles de la competencia profesional. Cuando las personas se tratan así, se sienten las espaldas protegidas, signo de trato leal y verdadera amistad.
    Indiferencia es lo que se muestra cuando una persona no hace suya las inquietudes del prójimo. Sean positivas o negativas, la indiferencia marca un línea de inhibición en lo que pudiera constituir una implicación personal debida a la proximidad de trato con otra persona por razones de trabajo, parentesco o situación social.
    En el caso de las relaciones laborales, la indiferencia puede justificarse en que el trabajo no debe identificarse en su dimensión social sino en el fin específico de conseguir un servicio eficiente a la comunidad. Desde esta perspectiva se diferencia de lo que pudiera comprenderse en un acto social, y por ello la marca de la relación laboral debe inhibirse de cualquier otro sentimiento que no sea el de colaborar al buen fin de la tarea. Esta posición presenta la restricción al ejercicio pleno de los sentimientos humanitarios que acompañan a cada persona en su actividad permanentemente, sin que puedan ser soslayados sino porque la atención se requiera para otro quehacer. Es cierto que la mayor ocupación de la conciencia respecto a su responsabilidad para obrar el bien está orientada a cumplir las exigencias objetivas de la tarea profesional, pero ese ejercicio es compatible con la toma en consideración del interés por la realidad que afecta a las personas próximas, haciendo que del trato se siga la respuesta propia del modo de ser de cada persona.
    Puede confundirse la indiferencia con las características del carácter que hacen a personas ser más reservadas o tímidas en las manifestaciones afectivas. Esa información de la personalidad, así como su contraria: la extraversión, son manifestaciones de estados mentales que puede estar más o menos identificados con los sentimientos, pues se puede ser retraído de carácter y muy capaz para la sensibilidad social, y muy extravertido y superficial en el enraizamiento de la amistad.
    La indiferencia, por tanto, debe ser tenida como un defecto de la sensibilidad afectiva hacia los demás, entre los que se cuentan los compañeros de trabajo, que radica en el interés de la conciencia, con independencia de la facilidad del ánimo para su manifestación.
    La enemistad se genera más callada y lenta que la amistad, ya que lo natural en las personas humanas es tender al entendimiento como modo de cooperación para sus posibles necesidades. Del mismo modo que el mal se define como una ausencia de bien, la enemistad se podría considerar una cierta corrupción de la amistad debida entre personas que entran en contacto, en especial en el ambiente laboral, donde ayudarse parece que beneficia a todos. Como la enemistad es una realidad social, no debe dejarse de considerar en sus causas, en su desarrollo y en su finalidad.
    Respecto a las causas de la enemistad pueden diferenciarse la que procede de una iniciativa mental y la que es producto de una deducción intelectiva. La primera sigue a la sensación originada por una percepción, que puede consolidarse como una fijación mental de prevención respecto a la presencia de una clase determinada de formas des ser. Las más comunes son las que se reconocen como fobias, por las que de determinadas percepciones se sigue una actitud mental de prevención e incluso rechazo. Cuando el origen de la fobia es la caracterización desde la que se interpreta el ser de una persona, existe un grado muy alto de posibilidad de que se genere la enemistad, como natural defensa de caer en  trato con quien la mente previene con negatividad. Esa restricción mental es muy corriente, siendo la causa de la mayor parte de las enemistades que carecen de fundamento racional. Cuando la causa está ligada a una deducción intelectiva, una gran mayoría de veces lo es por circunstancias de envidia, o sea, de la conciencia de valoración del otro respecto a los cánones que se tienen reservados para sí. Sólo se envidia al que se considera mejor que uno mismo respecto a alguno de los rasgos principales del modo de ser. Este modo de enemistad exige haber mantenido un trato en el que se descubre paulatinamente cómo el otro es mejor en lo que se antoja como la actividad propicia para destacar. Ese desplazamiento de la propia personalidad genera la envidia, que no es otra cosa sino una pasión de odio por la relegación social que se intuye producida.
    En su desarrollo, le enemistad se asemeja a las marcas de territorio que muchas especies animales delimitan, dado que la enemistad arrastra a separar a los amigos de con quien se está enemistado, como si ese distanciamiento respondiera a una realidad social prevalente sobre cualquier otra motivación.  A veces son los prejuicios sociales los que inducen a la enemistad, porque exista predisposición contra el trato con personas de determinada etnia, religión o simplemente por el alineamiento con una posición política o la militancia en una afición deportiva contraria. Esa segmentación de la sociedad que las enemistades procuran choca con la necesidad de convivencia que el entorno laboral exige, creando situaciones inadecuadas a la madurez profesional.
    Respecto a la finalidad la enemistad busca desplazar al contrario de cualquier motivo de prestigio, aunque ello no suponga beneficio directo alguno para quien lo procura. Para ello el arma inicial suele ser la crítica, se continúa con la difamación, para terminar recurriendo a la calumnia cuando se agotan como argumentos los defectos reales de la persona a señalar. Sólo la envidia puede justificar la denigración del enemigo, como si la caída del contrario supusiera indirectamente una ascensión en el reconocimiento social, cuando lo normal es que del ejemplo de la enemistad siempre se siga una desfavorable valoración en el resto del círculo laboral para las personas que la sostienen.

    EMPRESA:
    En sí la empresa no es más que la misma comunidad laboral que constituye el comercio o la fábrica, pero se puede independizar su estudio respecto a las relaciones sociales considerando como específicas bajo esta denominación las relaciones verticales, o sea: las jerárquicas de dirección y subordinación, que, aunque también se desarrollan entre compañeros profesionales, presentan características propias en razón de su fin.
    Que en la empresa existe una jerarquización es una realidad que se produce incluso en las empresas cooperativas, donde todos los trabajadores son propietarios, ya que al desarrollar una función laboral han de estar sujetos a la estructura de orden que hace viable la productividad.
    El concepto de empresa contiene en su carga semántica la acumulación de esfuerzos para lograr alcanzar un objetivo dificultoso. Por ello, la denominación como agrupación del colectivo laboral necesario para lograr un fin se ajusta más que la de compañía mercantil, cuando se quiere referir al contenido de relaciones dentro del colectivo. Esa estructura de jerarquía dentro de la empresa, independientemente de quien sea dueño del capital, tiene como fin conseguir producir o dar el servicio que se constituye como objeto de la institución laboral. Las relaciones que así se constituyen pueden dividirse de arriba a abajo como relaciones de dirección y mando, y de abajo a arriba como relaciones de subordinación. La eficacia y el correcto funcionamiento de unas y otras son igualmente necesarias para la buena marcha de la empresa, sin que se pueda decir cuáles son más importantes, sino cuáles son más responsables respecto a la aportación laboral y al servicio que como comunidad da a la sociedad en general.
    El estudio por separado de las características que deben presentar las relaciones de dirección y las de subordinación responde a que son relaciones laborales humanas cada cual con una vertiente específica, aunque ambas, por lo general, atañen a la mayor parte de los trabajadores, pues sean directivos, gerentes, productores o personal de servicio es muy común que muchos de ellos estén afectados por la subordinación a otros estamentos superiores y tengan en la cadena de jerarquía bajo su responsabilidad a personas a quien dirigir.
    Ejercer una función directiva no debe asimilarse únicamente al concepto de mando, pues aun cuando ello pueda considerarse por el efecto ejecutivo de las decisiones, dentro de la empresa la función directiva es la de dirigir, que principalmente se refiere a conducir y guiar al colectivo bajo su responsabilidad hacia la consecución de los objetivos empresariales. Ello implica que cada director debe tener perfectamente identificado el modo y manera de obrar para alcanzar el fin que sea el propio de su dirección para lograr cooperar al fin colectivo fijado por los directores generales de la empresa. Para realizar de modo eficiente esa tarea se puede considerar:

  • La definición y operatividad de los medios.
  • El organigrama de personal.
  • La cualificación del personal.
  • La integración laboral.
  • El seguimiento de los objetivos.
  • La definición y operatividad de los medios que se han de emplear para lograr los objetivos empresariales tiene una transcendencia de primera magnitud ya que una gran parte del éxito colectivo depende que se haya previsto con acierto la planificación de las fases de crecimiento y consolidación, la adquisición y financiación de los inmuebles industriales y los bienes de equipos, de la contratación del personal, del plan de trabajo general, de la estrategia comercial y de la praxis de amortización, capitalización y de los beneficios. Toda esta estructura, en lo que repercute sobre la comunidad laboral, debe ser transparente hacia los trabajadores, porque si de ellos va a depender en gran parte el funcionamiento, siendo seres racionales, cuanto más se avenga a la razón la planificación más se logrará la identificación de todos ellos con el fin colectivo de la productividad.
    El colectivo laboral suele mimetizarse a la calidad del orden laboral, lo que facilita la integración de las personas cuando ese orden se aprecia como efectivo, pero también causa desasosiego laboral cuando el orden establecido choca con el criterio común de los trabajadores respecto a la ética laboral, la prevención de riesgos laborales, la repercusión medioambiental y otras sensibilidades de cada sociedad. La paz social dentro de la empresa no corresponde mantenerla al ámbito de los recursos humanos, sino a la dirección general y a la gerencia, que son quienes tienen la potestad y la responsabilidad de la coherencia operativa de la empresa.
    El organigrama de personal tiene el objetivo de que dentro de la empresa cada trabajador conozca su función, lo que supone reconocer una posición en la cadena operativa, el objeto y contenido de la tarea personal, los recursos de ayuda, el plan de trabajo individual y la responsabilidad productiva. El lugar en el que queda situada cada persona en el mapa de la empresa ayuda a conocer la realidad de la comunidad en la que se integra, pues en la empresa, por ser empresa, cada órgano afecta, más o menos directamente, al resto, de modo que la difusión del organigrama ayuda a que cada trabajador sea consciente de la mutua dependencia que existe y del esfuerzo que puede repercutir de unos sobre otros por causas evitables, como la demora o el error superable, o imprevisibles, como pueden ser la enfermedad o el accidente.
    Para la definición de las funciones en el seno de la empresa se debe considerar, en función del ejercicio y responsabilidad, el perfil adecuado del trabajador que haya de ocupar cada puesto, evaluándolas actitudes necesarias de mando, decisión, creatividad, transigencia, etc. El organigrama en sí mismo constituye un reconocimiento y constatación de la división del trabajo dentro de una empresa, que a su vez se especializa en una producción o servicio especifico dentro de la división del trabajo de la sociedad.
    De la cualificación del personal depende la marcha de la empresa. Ello afecta tanto al director general como a cualquier productor, pues el acierto de todos genera el éxito colectivo y el desacierto de cada uno es una traba a conseguir los objetivos del conjunto de inversores y trabajadores.
    En la cualificación profesional se pueden considerar dos aspectos: 1º La cualificación genérica. 2º La cualificación específica. La genérica es aquella que certifica que un trabajador ha recibido a satisfacción los estudios y prácticas necesarias para el ejercicio de una profesión. Esa responsabilidad la avala un organismo oficial o privado autorizado por ley para conceder títulos en el grado correspondiente a cada actividad. La cualificación específica es la necesaria para ejercer una actividad en el entorno determinado de una empresa en particular. Esta cualificación es necesario que sea la misma empresa quien la imparta, ya que se trata de conocer y familiarizarse, para evitar el error, con la tarea concreta que se va a realizar. El que sea la empresa quien procura atender la formación profesional de sus trabajadores no busca como fin que sean más entendidos, sino que sepan rendir más y mejor en su labor, pues ello evita fallos que suponen costes por defectos o retrasos en la producción, asegurando una mejor productividad.
    La cualificación específica debe ser considerada parte del trabajo ya que sirve a los objetivos de la empresa, aunque también sea promoción personal del productor, pues éste se beneficia de mejorar su saber práctico aplicado que puede aprovechar para trabajar en otra empresa, incluso de la competencia; lo inmediato es que la enseñanza específica le sirve para integrarse en el grupo de trabajo y mejorar su rendimiento. Qué duda cabe que todo trabajador aplicado mejora su perfil profesional cuanto  más trabaja, y el que se pueda beneficiar de la formación continua en la empresa y luego cambiar de trabajo no es sino lo mismo que la empresa recibe de quienes contrata con un bagaje similar ya adquirido.
    Es tarea de los recursos humanos descubrir y fichar trabajadores con cualificación genérica contrastada, pero también considerar la disposición para asimilar la específica, sobre todo en procedimientos productivos que soportan una permanente innovación.
    Lograr la integración laboral dentro de la empresa es conseguir el interés de los trabajadores por el fin común y la necesaria colaboración en la cadena productiva para facilitar y mejorar el trabajo unos a otros. Una buena cualificación ayuda a la integración, ya que todos los trabajadores agradecen que los demás sean eficientes en el trabajo, pues quien define la productividad es un colectivo reconocido avenido a entenderse, de modo que quien estorba esa tarea común debe ser corregido o sustituido.
    La integración personal de cada trabajador depende mucho de su subjetiva interpretación del reconocimiento que se hace de su labor, que se objetiva en la promoción posible dentro de la empresa y en la retribución económica. Estos dos aspectos dependen de tantos factores que no necesariamente suponen un reconocimiento a una tarea concreta, sino que los responsables de los recursos humanos han de evaluar la idoneidad de los trabajadores no por el trabajo que desempeñan, sino por sus cualidades para el puesto a ocupar. Hay personas que deterioran su relación laboral cuando no se sienten reconocidas para ascender, pero también existen trabajadores que no rinden tanto como en su anterior empleo cuando ascienden un escalón profesional que les demanda una mayor implicación intelectual . En estos casos ascender a esas personas en un supuesto derecho ligado a la antigüedad es un error, ya que el resultado supone una rémora para la productividad y una cierta quiebra de la estima profesional.
    La política de promoción dentro de la empresa debe responder a criterios de justicia e independencia por parte de los responsables de recursos humanos, para que se cumpla el principio general de igualdad de oportunidades; por parte de los trabajadores se debe objetivar su capacidad y disponibilidad respecto a sus disposiciones personales, sin olvidar la justicia equitativa respecto al respeto que se debe a los compañeros de trabajo. En la medida que se quiebran estas premisas, la promoción de personal puede suponer un factor que altere la integración laboral.
    La retribución económica es otro de los aspectos que afecta a la integración de los trabajadores, especialmente cuando se produce un agravio comparativo entre productores, aunque ese agravio sólo exista en la subjetividad del trabajador. Para evitar esas susceptibilidades, la política de empresa debe ser trasparente en las retribuciones salariales, objetivando los derechos retribuibles, su modo de cuantificación, su temporalidad, los factores de corrección y cuantos otros elementos repercutan sobre las retribuciones de cada una de las categorías laborales existentes en la empresa. Lo que genera propensión al recelo profesional en relación a las justas retribuciones proviene de la configuración idearia de total autonomía de los consejos de administración respecto al cuerpo social que forma la empresa. La opacidad de los resultados de gestión no sólo preocupan a los accionistas, sino al total de las personas vinculadas laboralmente a la empresa. Como la justificación de los resultados de gestión facilita la confianza, la trasparencia de un sistema objetivo de retribución facilita la percepción de la justicia que anima la integración.
    El seguimiento de los objetivos constituye el medio para lograr el fin colectivo de la empresa. Ello exige una minuciosa disciplina de auditoría económica y técnica que suele ser molesta para todos los trabajadores, ya que detectar los más elementales fallos en la estructura del sistema ha de hacerse sometiendo a un meticuloso control a cada uno de los sectores de la empresa. La vigilancia de la constancia del orden en la entidad requiere conocer los resultados de negocio de cada departamento, detectando las causas y la gravedad de las desviaciones, las medidas correctoras introducidas y la eficacia de las mismas.
    De ese seguimiento de los objetivos que normalmente se plantean desde la gerencia, los trabajadores sólo se sienten sensibles al rigor que se aplica a su departamento. Lo cierto es que esa estructura vertical de control concentra la exigencia en los puestos más altos y quien sienta el peso de la responsabilidad debe reconocer que ese seguimiento de objetivos ahonda especialmente en si están correctamente ordenadas las directrices de funcionamiento, siendo la máxima colaboración y trasparencia la que permite determinar, por encima del rendimiento de cada trabajador, si la directriz estructural del trabajo alcanza el grado de idoneidad pretendida.
     
     
     
    CAPÍTULO 9

    COMUNIDADES EDUCATIVAS

     
    CONCEPTOS GENERALES:
    Respecto a la educación el derecho natural abarca lo que tiene su origen en la forma en que la naturaleza hace que un nuevo ser nazca en un entorno social formado principalmente por la familia y, por la extensión de las relaciones de ésta, con toda una comunidad. De alguna forma, cuando se consienten relaciones sexuales voluntariamente abiertas a la procreación se está consolidado un contrato moral de atender a las necesidades de la descendencia que pueda venir, al menos hasta que puedan ser satisfechas por ella misma. El cumplimiento de las responsabilidades de ese contrato puede ser exigido a los padres por la sociedad en la que se insertan, actuando sus representantes legítimos de oficio en virtud de la tutela social del menor; y puede ser exigido por los padres, ejerciendo la patria potestad, ante la sociedad por los compromisos sociales aceptados por la comunidad respecto a la protección colectiva de los menores. Dentro de esas obligaciones con los menores está la de transmitirles la cultura humana esencial para convivir en un entorno social, como es el aprendizaje de una lengua, las ciencias naturales que le ayuden a interpretar el mundo que le rodea, las ciencias matemáticas que le permitan aprender a realizar cálculo con las unidades de las materias que utiliza, los principios de la salubridad, el respeto a los demás, etc. Educar es una de las tareas esenciales de la moral del hombre, necesaria para sostener, generación tras generación, la identidad personal con la que la humanidad se reconoce.
    El derecho a la educación no se restringe a la minoría de edad, sino que ese derecho en cuanto forma de inserción social perdura durante todo el periodo de vida en que cada persona se encuentre ligada a una respectiva comunidad.
    La educación en sí, en cuanto esencia de la actividad, tiene varios objetivos:
  • Identificar a cada persona con la comunidad en que vive, trasmitiendo las formas consensuadas de relacionarse, especialmente el respeto mutuo, la urbanidad, la acción solidaria y los demás valores sociales.
  • Trasmitir el contenido legado por las anteriores generaciones del saber humanístico, científico y técnico.
  • Poner a disposición de las personas la técnica y los medios de enseñanza que le permitan desarrollar sus facultades y habilidades para aprender de modo teórico y práctico el ejercicio de una profesión con la que atender a sus necesidades de supervivencia, realización e integración en la sociedad.
  • Favorecer el enraizamiento de la ética y la justicia en la forma de ser que desarrolla la esencia común de los seres humanos.
  • Facilitar la introspección intuitiva donde reconocerse como ser intelectual, espiritual, creativo, libre y responsable.
  • Enseñar para la atención del cuidado del propio cuerpo los hábitos de salud, la práctica del ejercicio físico y las actividades al aire libre.
  • Desarrollar la conciencia del respeto a la naturaleza como hábitat común de todos los hombres.
  • Exigir aprender para poder enseñar a la siguiente generación el elenco del saber recibido.
  • Sobre esos y cualquier otro objetivo que se pueda vislumbrar en la educación lo fundamental como derecho se identifica con el derecho a saber, ya que el ser humano no es sólo capaz de percibir lo que se le muestra desde el mundo exterior, sino también asimila conceptos abstractos generados por el intelecto de otras personas al relacionar fenómenos y principios físicos, químicos, metafísicos, psicológicos, matemáticos, etc. Esas abstracciones, elaboradas como axiomas, teorías o tesis, pueden ser transmitidas directamente al conocimiento de otras muchas personas, porque se admiten como abstracciones mentales propias en cuanto no entran en colisión con los juicios de la razón del sujeto, sino que convergen en los mismos de modo similar a las intuiciones creativas, con la única diferencia de que la creatividad aportada proviene del desarrollo intelectual de intuiciones de personas precedentes.
    La historia de la evolución de los seres vivos supone un perfeccionamiento por selección de las actitudes más coherentes con la esencia de la vida. Los hábitos sensibles incompatibles con el medio tienden a perderse, y los compatibles a permanecer. De modo similar, de las intuiciones creativas sólo fructifican las compatibles con la verdad, según el juicio de conciencia cierto que sobre ello posee cada individuo. La  infinidad de intuiciones que han quedado constatadas en una proposición razonable por cualquier persona y que ésta ha difundido hacia la sociedad es lo que forma la cultura de la humanidad, que, aun con el respaldo de la aprobación de la tradición que la comunica, ha de someterse al refrendo interno de cada persona que lo aprende. Ese legado patrimonio de la humanidad es lo que constituye la materia de la educación a la que todas las personas tienen el derecho de acceder.
    La ciencia adquirida no genera la libertad, pues ésta es una facultad inherente de la voluntad humana, pero constituye la base de conceptos y juicios elaborados sobre los que el conocimiento puede actuar para presentar a la conciencia las razones sobre las que deliberar los contenidos de verdad que poseen, y las condiciones en que se dan, para mostrar su adhesión o rechazo. Cuántos más razonamientos se puedan elaborar sobre una materia o asunto, más información se posee para, con un mayor esfuerzo, realizar una más fundamentada aproximación a la verdad.
    Como la naturaleza del saber intelectual es inmaterial, aunque verse sobre la existencia material, puede difundirse hasta el infinito sin que por ello merme la identidad de su contenido, lo que produce que no pueda haber conflictos de derecho entre unas personas y otras en el acceso al conocimiento, ya que por mucho que se estudie no se agota, más bien esparce y multiplica su contenido. En cambio la limitación en el derecho puede sobrevenir en el medio de transmisión, dado que, aunque el saber es inmaterial, precisa un medio de comunicación entre unas personas y otras, que son quienes son dueñas del saber intelectual, que sí es material, pues aunque la abstracción contenida en un enunciado no ocupe lugar, el acto de su transmisión requiere una forma material que como medio permita el paso de un emisor a un receptor.
    Los medios para educar son limitados en bastantes aspectos, el primero de ellos es que nadie puede enseñar más de lo que sabe, aunque sea consciente de que existe mucha otra cultura, además enseñar contenidos concretos exigen tiempo de dedicación personal, que, aunque no se puede conceptuar estrictamente como un elemento material, sí  presenta la característica de limitación, pues además se ha de atender menesteres igualmente fundamentales, como es el trabajo. Medios materiales necesarios para enseñar son los libros, los útiles de escritura, los mapas, los instrumentos musicales, las figuras mecanizadas desmontables, la fotografía, las computadoras, las radio, las redes sociales, las bibliotecas, la maquinaria de los talleres, los útiles de laboratorio, los edificios educativos, etc. Todos ellos tienen en común que tienen un valor, resultante de una inversión con un coste. Sobre todos los medios el más trascendente es el profesor, aquella persona que hace de la actividad de la enseñanza su profesión, dentro de la división del trabajo con que se dota la sociedad.
    Una forma particular de la educación que no está limitada es la del ejemplo que se dimana cada vez que una persona realiza su tarea ordinaria. Tanto en el trabajo, como en el hogar o el ocio, mientras una persona actúa está mostrando esa forma de hacer a aquél que podría no conocer algo de esa manera de obrar. De hecho, una gran parte de la educación se capta por percepción directa, sin que obre en la causa una intención de enseñar. De lo que se deriva una responsabilidad latente en todas las personas respecto a la cultura que se muestra; atañendo esta responsabilidad especialmente a quien ejerce una autoridad, pues su comportamiento trasciende según la expectativa del comportamiento ejemplar que se espera de él.

    EL DERECHO A LA EDUCACIÓN:
    Los ordenamientos sociales suelen decantarse por legislar a favor de una igualdad de derecho a la educación para todas las personas. De modo que el aprovechamiento de los recursos que hacen posible ese derecho quede bajo la responsabilidad de cada individuo, y no se pueda criticar una distinción de derecho en origen porque la ley prime a unos sobre otros. Esa intención loable, sin embargo, en muy pocas comunidades se logra , porque intervienen tantos factores sobre la educación que hacen difícil conseguir realmente la igualdad del derecho, lo que no desacredita que como objetivo se mantenga la perspectiva de lograr prosperar en esa ambiciosa conquista social.
    De los factores que intervienen sobre la educación hay algunos que coadyuvan a marcar las diferencias en posibilidades para acceder a una buena educación, y otros que favorecen una integración de medios para conseguirla.
    Entre los primeros se encuentran:

  • Las influencias del entorno.
  • El proteccionismo familiar.
  • La estratificación social.
  • La discriminación social.
  • Entre los segundos:
  • La protección social.
  • La discriminación positiva.
  • Las influencias del entorno hacen de hecho imposible la vigencia de una igual oportunidad a la educación, porque ello supondría de hecho que cada persona contara en sus relaciones con un entorno similar. Cuanta más cohesión exista en la sociedad se hace más posible, pero como cada cual recibe influjos directos del entorno próximo, por ejemplo: de la estructuración familiar o de la pandilla de amigos, según las tendencias que tomen esos entornos repercutirá en la educación real que se recibe, por más que la oficial pueda ser igualitaria. En ello influye mucho el carácter de cada individuo y las determinaciones que modelan su personalidad, en especial el interés por saber, la constancia y el pronto raciocinio.
    El proteccionismo familiar coopera a la desigualdad de la educación especialmente cuando no existe una conciencia social de que la educación es una labor colectiva de todos para todos, porque, se quiera o no, la influencia del ambiente traspasa todas las prevenciones posibles. Educar a los hijos favoreciendo una asepsia moral puede parecer blindar los valores, pero crea una deficiencia de sociabilidad en la que se crece de espaldas a una realidad que se quiere ignorar, ya que cuando no se comparten valores no se progresa en la tolerancia crítica de asumir las características sociológicas propias de una generación.
    La estratificación social puede tener muchos orígenes, pero ninguno de ellos justifica las repercusiones que genera en violentar un trato igualitario para quienes han llegado a la sociedad sin elegir el estrato donde nacieron. Remediar esa realidad, allá donde se dé, depende mucho de la educación en dos aspectos: El de que la formación intelectual se muestra como el agente más activo para neutralizar la distinción de clases entre las personas, y el de que la educación puede incorporar como objetivo troncal el reconocimiento de la igual dignidad de todas las personas. El argumento más cierto es que como la estratificación no es en su mayor parte consecuencia de las capacidades individuales, sino de la praxis social, sólo puede ser superada por la concienciación en la sociedad.
    La discriminación social afecta a que personas o colectivos sean marginados de la integración, lo que lleva por consecuencia a que participa deficientemente de los medios de que la sociedad se dota para instruir y educar. Hay que tomar en consideración que el aprendizaje en la enseñanza es un acción que exige complicidad y esfuerzo; cuando una persona se reconoce discriminada percibe en el aislamiento ausencia del apoyo social preciso para rentabilizar su esfuerzo, lo que no hace sino potenciar la discriminación.
    La protección social representa la efectiva voluntad de la comunidad para hacer posible la igualdad de derecho de todos los ciudadanos a la educación que le preste la posibilidad de realizarse profesionalmente para bien propio y servicio de la comunidad. El objeto próximo de la protección social es facilitar la igualdad de oportunidades a todos los niños y jóvenes para promocionarse, con independencia del entorno familiar y social que posean. Reconocer el derecho de la persona es atender a cada individuo como si fuera el único y a todos como si fueran ese uno. Para lograrlo, la implicación de la sociedad debe ser total, considerando como un deber personal atender a la comunidad escolar como una extensión de la responsabilidad paterna.
    La protección social en la comunidad educativa abarca la enseñanza y todo el entorno que pueda influir en el rendimiento escolar. Desde la debida alimentación a las necesidades de juego y sociabilidad, o la atención de la salud, ya que la disposición para aprender exige que se superen las dificultades que puedan retener la atención.
    Una parte importante de esa protección social le corresponde al Estado, que la puede gestionar directamente o regular mediante leyes su contenido esencial y su financiación. Otra parte corresponde a que los ciudadanos se exijan una implicación personal con la comunidad educativa, tomando en consideración que la sociedad misma es la principal enciclopedia de enseñanza. El buen ejemplo hace comprensible los valores que se exponen en las aulas. La contención en el gasto facilita la cohesión social de los menores, que deben ser educados en la autorregulación del consumismo. El modelo social de los hábitos alimentarios marcan la salud de los niños.
    La extensión de la protección social educativa debe ser universal y progresiva, de modo que los recursos deben reparar la desproporción de la renta familiar, para que en alguna manera se logre, aunque sea mínimamente, una aproximación en las oportunidades mientras se logra la igualdad de las mismas. Que la protección social de la enseñanza sea uno de los mayores gastos del Estado se corresponde con la mejor inversión en país que se puede planificar, pues el futuro de la producción depende no sólo del saber de las nuevas generaciones, sino también de su actitud en valores.
    La discriminación positiva es la que genera la ley distributiva para lograr la equidad de medios que repare las carencias naturales del algunas personas. Las discapacidades físicas o mentales avenidas por enfermedades o como resultado de accidentes generan un lastre de condicionamientos que exigen medios materiales y humanos extraordinarios para lograr que quienes los padecen puedan igualmente que los demás ciudadanos, procurarse un porvenir. Ello hace que la estructura social deba ser discriminatoriamente positiva en la disposición de medios para ayudar a estas personas a alcanzar su fin. Durante siglos ha predominado la marginación en la educación para las personas con discapacidad, como si no existiera otra posibilidad social de ayuda que un trato de caridad. El reconocimiento universal del derecho a la educación es el que ha favorecido, mediante el carácter integrador de ese derecho, el reconocimiento de una nueva perspectiva para esas personas basada en la aportación de medios diferenciados para atender a necesidades diferenciadas.
    Uno de los conflictos que se presentan en torno a la educación es quién posee el derecho a la educación, porque padres, tutores, profesores, abuelos e incluso las diversas administraciones del Estado se reconocen con derechos a decidir sobre la educación de los menores. Teniendo en consideración que el derecho surge de una relación que establece derechos y deberes para las partes, los afectados correspondientes son por un lado los menores, que deben ser educados, y por el otro los demás que puedan procurarles esa educación. El derecho estaría en el menor y el deber en los otros con quien se relaciona. Padres, profesores y asistentes sociales tienen el deber de educar, pero el derecho a ser educado corresponde en exclusiva al sujeto que precisa recibir la educación para desarrollarse como los demás en la sociedad que se dispone a compartir. La disposición de los padres a reclamar ese derecho la fundamentan en ser progenitores y por su voluntad de  haber dado la vida al menor, con lo que procede de responsabilidad de su bienestar. Los profesores reclaman el derecho desde su papel profesional que les capacita como los especialistas de la enseñanza y educación. Los abuelos y otros reclaman también el derecho en función de los lazos afectivos que pueden surgir del trato. Todos ellos confunden que en su relación con los menores ocupan una posición de servicio, la que no engendra derechos sino deberes. Cuando los padres se arrogan el derecho a la educación se lo están detrayendo al menor, como si este fuera un objeto y no un sujeto de derecho como persona, aunque sea muy pequeño. Los derechos elementales corresponden a las personas con independencia de su edad u otras condiciones, y no deben ser suplantados en ese ejercicio aun cuando no lo puedan reclamar. La perspectiva de la correspondencia de deberes y derechos en las relaciones sitúa a los  padres y cualquier otra persona en la posición de servicio para cumplir el deber de educar que satisfaga el derecho a ser educado. El hecho de que el menor no pueda ejercer la acción para reclamar de derecho por sí obliga a los demás del entorno a interpretar cuál sería el modo en que mejor la gustaría ser educado, y desde los criterios de esa recta interpretación ejercer el deber de educar. En cuanto no se pueda conocer la juiciosa voluntad del menor, la intuición debe suplir esa precariedad y actuar de acuerdo a cómo el menor de mayor opinará respecto a cómo le gustaría haber sido educado.
    El gran peligro en la educación de una persona menor es configurar una relación espejo en la que ese derecho se interprete como una realización personal propia de quien tiene la responsabilidad de educar, y padres y profesores se apliquen a reflejar en el ejercicio de su deber la impronta de su propia personalidad.

    LIBERTAD EN  LA EDUCACIÓN:
    Educar debe adecuarse al modo de ser propio del ser humano, de tal forma que pueda considerarse como un bien o perfección que se le otorga, ya que también cabe educar para dominar, de modo que se busque como fin el bien o interés de quien educa, lo que representa una forma de esclavitud. En esa adecuación al modo de ser propio de las personas humanas destaca el derecho a la libertad, que debe procurarse como un bien superior para el educando. No es que la libertad del educando limite la del educador, sino que ésta se justifica en el respeto a aquella, porque cualquier relación de servicio debe respetar la libertad de sus partes a mantenerla. En la educación la libertad del menor es exigida por su condición de persona, y tanto más en cuanto personalmente no pueda reivindicarla debe ser protegida por todos los demás intervinientes en esa relación.
    La libertad real de la educación abarca dos aspectos: Uno, el respeto a la libertad en los actos propios de la educación; otro, el educar en el valor de la libertad. Difícilmente se podría justificar la teoría en el segundo si no se ejercita la práctica en el primero.
    Educar con libertad supone el ejercicio del respeto hacia la persona que se educa, de modo que:

  • Se preserve su carácter.
  • No se enseñen modos de ser con los que pueda sentirse contrariado de mayor.
  • Se le enseñe la verdad.
  • Se le exija ser responsable en las relaciones y obligaciones que le conciernen.
  • Se le eduque en respetar para ser respetado.
  • El influjo del carácter sobre la determinación del modo de ser es algo que puede ser moderado con la educación, pero nunca anulado, porque ello conlleva a trastornar la personalidad en lo que supone alterar la propia naturaleza. Una parte de la educación consiste en enseñar a reconocer a cada cual su propio carácter, y en ello mostrar cómo gobernarlo inteligentemente para facilitar la integración social y el ejercicio del bien. Respetar la libertad es que cada cual progrese apoyado en sus particulares cualidades, y no forzado a configurarse a un esquema determinado. Hay que acompañar a descubrir el yo, y a concebirlo progresivamente en su dimensión social.
    Educar en la verdad es respetar en los menores el valor de la conciencia, que no debe ser confundida ni violentada en su itinerario a aprender a juzgar con verdad.
    Aprender a utilizar las potencias intelectivas tiene como fin particular aprender a sobrevivir, y como fin social responsabilizarse con los propios actos de hacer posible la vida en común respetando la libertad ajena y protegiendo la propia. Considerar la libertad como soberanía personal no excluye que esa soberanía deba conjugarse con la de los demás en la convivencia. Las dificultades que ello entraña se comienzan a experimentar en la vida familiar, pero más en la escuela. Parte del aprendizaje de esa etapa debe estar dirigido a aprender a ser sociable, lo que implica conocer las primeras obligaciones de responsabilidad. Concebirlas como realización personal ayudará a interpretar la libertad como un servicio voluntario por el que se establecen relaciones interpersonales que enriquecen mutuamente.
    La educación en valores ha de tener como objeto principal que los valores se enraícen en la personalidad como actitudes libres y voluntarias que siguen el modo propio de ser de las personas de bien. Para ello corresponde un modo particular de exigencia en la enseñanza en el que la imposición se subordine a la razón, teniendo en cuenta que el uso responsable de la misma progresa con la edad.
    Considerar el derecho a la educación y la libertad a ejercerlo podría entenderse que pueden entrar en contradicción en la práctica de la vida real. En principio los derechos derivan de las relaciones y éstas son establecidas respetando la libertad de las personas para participar. Cabría entender que hubiera quien en uso de su libertad decidiera negarse a recibir la educación habitual de un entorno social, o quienes en uso de esa libertad erigieran programas para impartir enseñanzas con principios contrarios a los comunes de una sociedad. En estos casos ¿debería primar la libertad o el derecho a recibir una educación integradora? Desde la estructura profunda de la naturaleza racional del ser humano el objeto fundamental de sus actos es obrar el bien. Ello no se lograría sin la conciencia moral que le mostrara qué es el bien y su independiente voluntad para ejecutarlo como un acto libre. Desde esta proposición, el acto libre precisa antes de la voluntad, que decide obrar, el conocimiento que ilumina a la conciencia para discernir el bien. De modo que aunque la libertar para obrar no precisa del juicio moral, para obrar bien si lo requiere. Por ello, si en la estructura profunda de todo ser racional su esencia es obrar el bien, debe anteponer la necesidad de la educación al ejercicio de la libertad, porque sin aquella cada uno de sus actos libres podrían carecer de fundamento moral. Así se considera que el derecho a la educación se corresponde con el deber a recibir la misma en el grado estimado por el colectivo en el que se vive, a fin de alcanzar el saber común necesario de las disciplinas fundamentales establecidas según el sentido común de la sociedad.

    LA DIFUSIÓN DE LA CULTURA:
    La difusión de la cultura no sólo genera un bien particular a quien la recibe, sino que representa un bien general para la sociedad, y por tanto entraña una responsabilidad ética que afecta al colectivo o grupo social y a la personas particulares desde la doble perspectiva de quien aprende y de quien debe enseñar.
    Por cultura humana se debe entender el conjunto del saber que sobre todas las ciencias y disciplinas los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar han procesado por medio de su percepción sensible, su conocimiento intelectual y su intuición creativa. De cada uno de esos conocimientos quien los elabora puede hacer partícipes a sus allegados, de modo que mediante la crítica colectiva se perfecciona el pensamiento creativo y se difunden las intuiciones personales. Mediante esa difusión se crea una memoria común que se comporta como un soporte progresivamente ampliado para facilitar la actividad cognitiva. Ese poner en común el pensamiento, la ciencia y la técnica constituye el valor esencial de la cultura.
    Cada persona contribuye a la difusión de la cultura con su creatividad, con la comunicación de esa creatividad, con lo que estudia y difunde del conocimiento anterior, con lo que transcribe de lo que sabe, con lo que enseña, con los valores culturales que protege. Cada comunidad lo hace mediante la defensa de la libertad de sus ciudadanos para que manifiesten sus preferencias culturales, con la disposiciones legales para que existan medios de enseñanza, con la concentración de esfuerzos particulares en instituciones públicas con fin propio de enseñar, educar y exaltar la cultura, con la concentración y custodia de bienes culturales históricos, financiando iniciativas culturales, con el reconocimiento público a las personas eminentes, con la preservación de los derechos intelectuales. Todas esas acciones, personales o colectivas, tienen en común que la difusión se sigue de la comunicación, porque siendo la cultura un bien que trasciende el valor social del acto personal, éste sólo alcanza a ser social cuando se comunica y es recibido por alguien que le reconoce como un valor. Ello es específicamente fructífero cuando quien lo descubre lo pone en valor en el contexto social, favoreciendo el interés público de su difusión. Esto hace que los valores culturales dependan en mucho de la estrategia de difusión, haciendo que el valor real de su transcendencia intelectual quede relegado por la masificación consecuente de la gestión de la comunicación.
    En sí la cultura tiene un fin: Contribuir al progreso intelectual del ser humano. Para lo cual debe seguir dos directrices: La primera es no perder nada del saber recibido en cada generación, para transmitirlo íntegro y ampliado a la generación siguiente. El segundo, depurar la verdad en cada proceso para no inducir al error a la conciencia humana. La pasión por la verdad es tan importante como la pasión por la sabiduría; ésta empuja al ser humano a aventurarse en el análisis, especulación y experimentación, con el fin de descubrir nuevos conocimientos, pero sólo verificándolos en sus contenidos y condiciones de verdad puede decirse que contribuye a la solidez de la estructura cultural.
    No es extraño a la cultura entrar en una propia confusión interna al admitir como parte de su esencia la costumbre o tradición sin someterla a la crítica de la verdad. El saber cierto lo es con independencia de que haya sido intuido hace cientos o miles de años, por lo que no se puede segregar lo antiguo como si fuera viejo o caduco, sino, por el contrario, difundir como fundamentos de la cultura lo que siglo tras siglo la ciencia, técnica y la especulación siguen avalando como cierto. Existe un saber incierto que se transmite igualmente a través de las generaciones y que mucha gente lo acepta como cierto por más que otra mucha lo cuestione por las contradicciones que aparenta tener respecto a la verdad. La cultura debe ser objetiva y mostrar lo cierto como cierto, lo incierto como incierto y lo falso como falso. Lo incierto puede serlo porque posea contenidos de verdad y contenidos erróneos difíciles de escindir; porque no pueda someterse a pruebas de verificación que manifiesten su certidumbre más allá de la intuición; también puede lo incierto sembrar dudas sobre su veracidad según las condiciones de aplicación que de ello se haga. En todo caso, forma parte del objetivo de la difusión de la cultura la crítica que cada generación debe hacer sobre el legado recibido a la luz del nuevo conocimiento adquirido.
    La consideración de la cultura de la verdad histórica no puede confundir a aceptar que, por ser ciertos los hechos como acaecidos, hayan de ser reconocidos como actos acordes a la ética de la verdad. En este aspecto muchos sostienen la intrascendencia de juzgar el pasado, pero sí la tiene cuanto pueda transcender de ello en la cultura. Mantener las tradiciones bárbaras como hechos culturales históricos no puede justificar sostenerlas en el tiempo cuando chocan con las nuevas concepciones de los valores de verdad contemporáneos. Las tradiciones deben ser moderadas tanto como la sociedad progrese, porque la cultura debe rectificar hacia la conciencia de verdad que la persona y la sociedad se exijan.
     
     
     
     

    CAPÍTULO 10

    ASOCIACIONES

     
    CONCEPTO DE ASOCIACIÓN:
    Existen dos formas principales de agrupación de las personas en colectividad. La más elemental, general y remota es la que de forma natural y para favorecer la supervivencia juntó a las familias vecinas en sociedades tribales, pueblos y naciones. A esta forma de agrupamiento se le denomina formar sociedad, y se caracteriza porque agrupa a todas las personas de un territorio, de modo que quien nace pertenece de hecho a esa sociedad.
    Otra forma de agruparse es juntarse personas libremente para actuar de modo concertado en defensa de un interés afín. A esta clase de grupos se les denomina asociaciones.
    Como existe intersección en el campo semántico de muchas lenguas entre sociedades y asociaciones -por ejemplo, con el uso de sociedades mercantiles, sociedades deportivas, etc.- la filosofía social debe distinguir como concepto de sociedad la agrupación natural de ciudadanos a la que se pertenece por una vinculación de derecho natural, de forma estable y con consentimiento implícito. Las asociaciones, en cambio, son agrupaciones de ciudadanos que libremente se constituyen, y de modo libre mantienen su pertenencia, con finalidades específicas y con una estructura de funcionamiento pactada entre los socios.
    Las asociaciones funcionan dentro de la sociedad pudiendo sus partícipes restringirse a ciudadanos de un mismo país, o reunir personas de diversas nacionalidades. La pertenencia a una asociación no afecta el derecho y la responsabilidad personal que se tiene con el propio Estado. Las asociaciones tienen que sujetarse a las leyes vigentes que les afecten del país donde donde se constituyen, pues forman parte de esa sociedad que gobierna el bien común.
    Existen tipos de asociaciones que tienen presencia y trascendencia relevante dentro de la sociedad, pues forman parte de su funcionalidad, lo que hace confundirlas con ramificaciones de esa misma sociedad, pero la marca de distinción está en que ni son de acceso directo a todos los ciudadanos, ni tienen un fin universal de bien común. Así, por ejemplo, las sociedades mercantiles, los sindicatos, las asociaciones religiosas, las organizaciones asistenciales son auténticamente asociaciones, aunque esté su funcionamiento y su fin imbricados con la estructura de la sociedad en que se desenvuelven, lo que puede dar idea de que sean apéndices de la misma.
    Por muy extendida que se encuentre una asociación en un país, nunca se da que todos los ciudadanos se identifiquen, participen y decidan en la misma, como lo hacen, o tienen el derecho y el poder de hacerlo, en las estructuras de sociedad, como son las entidades municipales y el Estado.
    Las sociedades tienen su propia reglamentación interna, autónoma de la del país, aunque sometida a sus leyes, de modo semejante a cómo éstas obligan a los ciudadanos, pues lo que estos individualmente tienen regulado lo debe estar cuando varios se asocian. Por ello existe legislación expresa para muchos tipos de asociaciones, de modo que se garantice que sus actos y fines no perturban el bien común.
    Los compromisos y relaciones entre los miembros de las asociaciones obligan en conciencia como los compromisos entre personas físicas. En esto también se diferencian de las sociedades, pues incluso suele existir en muchos países tribunales distintos para entender de la justicia concerniente del derecho privado y de aquella que afecta a las relaciones de los ciudadanos con la administración pública.

    ASOCIACIONES POLÍTICAS:
    Las asociaciones políticas se reconocen allá donde son legítimas, pues cada una de ellas representa la unión de la parte de ciudadanos que comparten de modo activo una ideología. Donde el sistema político no autoriza la constitución de partidos políticos, por la preeminencia de un sistema autoritario, las asociaciones políticas se forman y desarrollan en la clandestinidad, e igualmente que los partidos unen a quienes comparten un ideario político.
    La condición esencial para que una asociación se la pueda considerar con finalidad política es que tenga entre sus objetivos compartir un programa de acción dirigido a definir y organizar la sociedad de la que forma parte. Existen otras asociaciones que también comparten el interés por la definición de la sociedad, pero en el marco de las ideas, sin proyecto de gestionar cualquier nivel de convivencia ciudadana; estas asociaciones no deben considerarse como políticas, sino filosóficas, antropológicas, sociológicas, etc., según sea su propia especificidad, por más que compartan en el orden de las ideas la definición de la sabiduría sobre la convivencia social carecen del objeto propio de la directa acción pública.
    Un escollo que se presenta para las asociaciones o partidos políticos es el reconocimiento y casación de su identidad con la definición del sistema político que cada Estado se confiere, porque los contenidos de verdad que asumen los ciudadanos que las integran pueden diferir de las condiciones de verdad que el sistema admite, ya que todo sistema, por ser sistema, tiende a delimitar según un modo de ser en sus relaciones, que inducen estructuras que excluyen en muchos casos contenidos innovadores de verdad en las formas de relaciones humanas.
    El dilema formal de la identidad de todas las asociaciones políticas es si nacen del sistema o generan el sistema. No cabe duda que los ciudadanos que deciden asociarse proceden de una inserción social que les viene dada porque por naturaleza nacen y son educados dentro de un sistema político existente, lo que establece unívocamente que cualquier agrupamiento en un partido está participado por la inmersión de sus miembros en las categorías del sistema político en el que han sido educados. Nadie puede prescindir de los condicionantes de percepción del tiempo y espacio social en el que vive, aunque la conciencia crítica pueda continuamente reconsiderar cada uno de esos condicionantes a la luz de la intuición creativa. Desde esta consideración todo partido se sabe engendrado del sistema.
    El sistema social es un producto creado por el ser humano para organizar su convivencia. Fuera de lo que pueda venir determinado por su forma material -como son, por ejemplo, las leyes de la naturaleza sobre la necesidad de alimentación o su forma propia de reproducción- la consistencia de su sistema se fundamenta en las leyes diseñadas para mantener estables las relaciones mutuas, que son ponderadas por la intuición creativa de la inteligencia humana desde los principios morales universales de hacer el bien y evitar el mal, proyectado socialmente desde el interés propio al de la persona próxima con quien se establece lazo de convivencia. Como la disciplina social que crea la regulación del sistema de convivencia es la política, es ser humano es necesariamente político y, cuando la comunidad de convivencia supera la posibilidad del ámbito de gestión directa, los seres humanos han ideado dotarse de una estructura de convergencia y representación para poner en común la creatividad de todos los integrantes de una colectividad. De esta forma es cómo la voluntad particular humana  pasa a validar para generar las reglas de convivencia, mediante una estructura de representación, un sistema político del cual los partidos, o cualquier  otra denominación equivalente de representación, son instrumentos de canalización de la voluntad colectiva tanto para la definición del sistema como para su gestión.
    Así es como los partidos políticos, siendo sólo asociaciones, se insertan en la estructura de la sociedad y se constituyen como instrumentos de cohesión política cuando cooperan al bien común.
    Los partidos, como agrupaciones libres de personas, trascienden en su acción las pasiones de los seres humanos que los forman, que por el objeto propio de unirse para hacer prevalecer una ideología fácilmente yerran en verse abocados a interpretar su gestión desde la configuración de relaciones de poder, en vez de relaciones de servicio, anteponiendo los propios intereses de sus miembros al bien común, lo que supone la perversión y corrupción de la proyección pública de su naturaleza asociativa.
    Para configurar los partidos como servicio al bien común es necesario que su estructura interna sea tan participativa como la sociedad en la que se integran, de modo que los derechos ciudadanos inspiren la reglamentación de la organización. La naturaleza plural de la sociedad, por ser una institución natural en cuyo conjunto conviven personas con conciencias sociales muy diversas, ha de ser necesariamente libre, participativa, tolerante y justa, por lo que esos valores sociales deben inspirar a los partidos a la didáctica propia de sus afiliados para lograr el respeto al bien común.
    El objeto de hacer prevalecer en la sociedad las relaciones de servicio debe configurar la mente y la conciencia de quienes tienen responsabilidades de dirección del partido, constituyendo una de sus tareas colectivas cooperar a la educación y formación de sus miembros para que obren en los puestos públicos de responsabilidad de esa manera. Como los partidos políticos principalmente actúan en un contexto político de democracia, cada partido, que representa a una parte de los ciudadanos, debe considerar que, sea cual sea la proporción de confianza que ostente, sólo servirá eficazmente a la sociedad cuando su política favorezca las relaciones de servicio que avalan la justicia, ya que la tendencia natural que otorga el alcanzar unas cotas determinadas de poder es imponer los propios intereses de una parte de la ciudadanía, la que les ha votado, siendo que cuando se obra de ese modo se asemeja más el ejercicio del poder al de un sistema autoritario temporal que a la protección de derechos que tiene por objetivo la democracia. Aunque pueda parecer contrario a la naturaleza de las asociaciones políticas, éstas tienen como fin procurar la coherencia y cohesión social, de modo que no tienen como fin propio el que se perpetúan las diferencias sociales que las hacen surgir, sino que, representando a parte de un todo, deben actuar como instrumentos de convergencia para que la sociedad unitariamente se reconozca como actora de una causa justa común. Considerar la oposición como estructura política de la democracia supone una reminiscencia de los poderes autoritarios del antiguo régimen, o sea aceptarla como una fase de transición en la que se ofrece el poder de forma temporal y alternativa a una parte de la sociedad para que ejerza el dominio sobre las otras partes, confiando que la alternativas sucesivas sean las vayan equilibrando las leyes hacia la justicia reconocida  por todos. Lo que ocurre es que esa misma oposición desfavorece el clima social de diálogo necesario para contrastar los contenidos de verdad de las leyes y las condiciones que verifican que realmente alcanzan el bien común propuesto. Por ello cuanta más oposición haya entre los partidos políticos, mayor suele ser la sinrazón que les mueve a legitimarse en el dominio como forma natural de poder, cercenando la evolución lógica de la sociedad hacia el diálogo social que garantiza relaciones de mutuo servicio.

    ASOCIACIONES DE ESPARCIMIENTO:
    Aunque las personas humanas poseen un mismo modo de ser, según su especie, se diferencian en los gustos y aficiones, compartiendo que gustan de disfrutar lo que satisface a sus sentidos. Complacer esa necesidad, en lo que se reconoce como ocio, forma parte de las necesidades físicas y anímicas del ser humano, ya que le conectan de modo positivo con el mundo exterior en lo que no es determinante para sus necesidades de supervivencia, aquellas que constituyen su primera obligación de responsabilidad. El descanso del trabajo y atención de la familia puede lograrse con el reposo físico y con actividades de ocio, las que facilitan la relajación mental mediante la intensiva atención a asuntos intrascendentes, que disipan temporalmente la mente de las cargas y obligaciones, y por el entrenamiento orgánico al desgaste físico. O sea, el ocio brinda la oportunidad de la expansión al cuerpo y al espíritu en una actividad cuya responsabilidad se agota en sí misma.
    La proximidad de gustos en las personas hace que éstas se asocien para compartir relaciones motivadas por la posibilidad de complementarse para la práctica de actividades de ocio. Actividades artísticas, deportivas, juegos, inventiva, coleccionismo, diversión... construyen motivos para que las personas formen grupo para practicarlas conjuntamente, caracterizándose esa asociación en la ausencia de trascendencia laboral o beneficio distinto del de generar bienestar. Las asociaciones de esparcimiento presentan como rasgo fundamental la causa final, pues es el común objeto a practicar la motivación de su conformación. La proximidad familiar, vecindad o amistad laboral no son más que accidentes para que exista el conocimiento de la afición común, que no se comparte hasta que se da al agrupamiento para realizar la práctica en colectividad. Del interés del grupo surge el acuerdo de estabilidad, que puede formalizase en una estructura formal estatutaria o de simple consenso en unas elementales normas de comportamiento.
    Las asociaciones de este tipo pueden ser libres y restrictivas, pues como no afectan a derechos fundamentales de las personas, ni a fines propios de la sociedad, pueden dictarse libremente los acuerdos de quienes se asocian restringiendo los modos de asociación tanto como los miembros lo acuerden en uso de su libre facultad. La restricción de número de socios, edad o sexo no supone discriminación social cuando responde al interés del objeto a compartir. Sí puede darse discriminación cuando se posterga a algún socio en función de su carácter, situación familiar, etnia o religión sin que se justifique un motivo que afecte al ejercicio de las actividades que constituyen el objeto de la asociación.
    La asociación como entidad tiene personalidad jurídica que implica en la legalidad de sus actos colectivos según los acuerdos refrendados por los socios. Las actividades que pudieran establecerse por un grupo de socios para fines distintos de los propios de la asociación no tienen cabida legal en la misma, tanto más cuanto que esas actividades pudieran estar encaminadas a fines ilícitos, en cuyo caso la responsabilidad civil y penal será individualmente la de los componentes del grupo que las cometen. Sin embargo, si la transgresión se deduce de que la asociación se constituye para poder practicar disimuladamente fines prohibidos, como por ejemplo: juego con apuestas, deportes vedados, tráfico de arte, etc., todos los socios comparten, por acción u omisión, responsabilidad en función del conocimiento que pudieran tener de esas actividades ilícitas. Hay que partir de la consideración de que la formación de sociedades de esparcimiento no debe estar trabado por la sociedad, sino todo lo contrario, debe promoverse su desarrollo en cuanto ocupa un espacio propio de comunicación entre la ciudadanía para facilitar el debido descanso y relación social. Por ello se supone un abuso de confianza el que amparándose en esa condición se intentara encubrir fines distintos de los específicos que ampara la filosofía que suscita estas asociaciones de esparcimiento.

    ASOCIACIONES LABORALES:
    Son asociaciones laborales las que reúnen a trabajadores para defender sus derechos y velar sus obligaciones. Las asociaciones laborales, abarquen el ámbito que sea, mantienen una conexión intensa con el resto de la sociedad al ser el trabajo una de las relaciones fundamentales de supervivencia, por lo que desde ese principio las asociaciones laborales deben coincidir en el fin del bien común que compete a las estructuras de la sociedad.
    Los distintos sistemas políticos a lo largo de la historia han concebido dos grandes sistemas de congregación de los trabajadores para la protección de sus derechos, uno ha sido el sistema inserto en el Estado y otro el sistema autónomo en el Estado. El primero entiende la existencia de una única agrupación que engloba a todos los trabajadores, cuya representación en el gobierno articula las demandas laborales en la política de Estado. El segundo considera la libre agrupación de los trabajadores de forma autónoma, constituyendo asociaciones para la defensa de los propios intereses, cuyos representantes participan como agentes sociales en la estructura del Estado. A los primeros se les reconoce como sindicatos verticales, propios de estructuras de Estado de partido único, autocracias y dictaduras. Los segundos se identifican como sindicatos,, agrupaciones profesionales y patronales que coexisten en los sistemas democráticos.
    Las asociaciones laborales cuanto más libres son más se caracterizan pro constituirse por elementos representativos de la polarización laboral de cada sociedad, de modo que se agrupan los trabajadores por la semejanza de las condiciones laborales que se dan en los distintos sectores de la producción. Aunque para recabar fuerzas y representación se sindican en estructuras más amplias. Ese diferente asociacionismo laboral puede clasificarse, según las maneras propias de ejercer el trabajo dentro de las estructuras comunes de la sociedad, en:

  • Sindicatos: Agrupan a trabajadores asalariados.
  • Asociaciones y colegios profesionales: Agrupan a profesionales autónomos.
  • Patronales: Agrupan a quienes desde su trabajo como patronos contratan a terceros como asalariados.
  • Cada una de estas clasificaciones se ramifica según el sector correspondiente en el que se ejerce la actividad laboral.
    Las diversas asociaciones laborales defienden los intereses de sus afiliados, que muchos veces son contrapuestos, como en el caso de sindicatos y patronales, que frecuentemente lo beneficioso para un parte perjudica las expectativas de bienestar de la parte contraria, especialmente cuando las relaciones mutuas se orientan en cada parte como relaciones de dominio, con desprecio de las naturales relaciones de servicio que deberían inspirar su imbricación para la efectiva buena marcha de la sociedad.
    El nexo común de todas las asociaciones laborales debería ser la concertación de objetivos que sirvan al bien común de la sociedad, con especial respeto de la justicia y los derechos humanos. Si cada trabajador, esté situado en la posición que sea, como ciudadano debe tener conciencia de que vive en sociedad y aprovechar la multilateralidad para mejorar el bienestar común, en su aplicación laboral es dónde mejor puede servir a ese fin realizando un trabajo eficaz que aúne productividad y rentabilidad. Si ese es un fin intelectual de la persona, debería mantenerse cuando se asocia entre sí un colectivo, y aún más cabría exigirlo cuando los distintos grupos deban concertarse para aproximarse sucesivamente al punto de equilibrio de los diferentes intereses particulares de grupo, porque ello es proyectar la estructura laboral hacia el bien común de la sociedad, que representa al menos el bien ético y moral de cada ciudadano como sujeto activo y pasivo.
    Un defecto común de la sociedad es considerar que quienes presentan un mayor afán de dominio son las personas idóneas para regir las asociaciones, porque ofrecen garantías de éxito fundamentadas en la propia capacidad de poder. Esa pasión relega habitualmente la consideración de las condiciones que en verdad rigen para alcanzar el mayor bien proporcionado al esfuerzo laboral invertido, condiciones de verdad no reconocidas que constituyen las causas profundas de la quiebra del consenso socio-laboral de muchas comunidades. No se debería olvidar que tanto avala la naturaleza que el trabajo garantiza la vida, como que el no trabajo aboca a la destrucción y la muerte.
    Cada asociación constituida por una parte de los trabajadores de un sector deben considerar que sus actos sustentan relaciones de servicio cuando mejoran la justicia distributiva de todo el conjunto de trabajadores, y no que buscando cada grupo su beneficio particular ello perjudicara a los demás. Así se deberían considerar, tanto personalmente como colectivamente, criterios como:
  • Respetar las reglas democráticas en la elección de representantes de centros de trabajo.
  • Que las reclamaciones y reivindicaciones sean objetivamente justas.
  • Procurar la concertación de derechos y obligaciones.
  • Cumplir los compromisos pactados.
  • Escuchar y contrastar las opiniones de las demás voces laborales que puedan quedar implicadas en un conflicto.
  • Aplicar en la reclamación la fuerza moral que ofrece la proporcionalidad de la representación que se ostenta.
  • Evitar perjuicios a terceros.
  • Proceder siempre con legitimidad.
  • La intensidad de la afectación cuando se produce vulneración de derechos desde la legalidad del Gobierno, desde las estructuras económicas o entre los distintos sectores laborales es tal que la pasión puede hacer perder la objetividad de la relativa posición propia respecto al conjunto de la sociedad. Cuando se anteponen criterios determinantes para proteger privilegios que se hubieran podido consolidar por la costumbre, ignorando los vaivenes del sistema, se pueden estar defendiendo relaciones de dominio si se utiliza una posición de fortaleza particular que entraña un real desequilibrio entre los beneficios que se defienden y los perjuicios que se derivan para el resto de la sociedad. Piénsese, por ejemplo, en una asociación patronal que para no reducir beneficios presionara con cerrar sus producciones para evitar depurar sus residuos contaminantes, o el sector de mecánicos de mantenimiento de una fábrica que para mejorar sus retribuciones hiciera una huelga que obligara a parar la producción de toda la factoría, o un paro acordado de transportistas que impidiera la recogida de las cosechas. Aprovechar la presión social, donde se pueda hacer más daño, para exigir una posición de dominio en el reparto  de los recursos que debe regir una justicia distributiva adecuada es tan desproporcionado como la represión gubernamental del derecho a la huelga mediante el señalamiento de servicios mínimos abusivos. En la conflictividad laboral, legalidad y legitimidad han de ir unidas.

    ASOCIACIONES RELIGIOSAS:
    Las religiones, desde el aspecto de la filosofía social, presentan tanto caracteres de sociedades y de asociaciones, que pueden confundir respecto a cómo deben ser consideradas en la estructura legal y social de cada país. En la historia se ha constatado en diversos tiempos y lugares la influencia social de las religiones, y no sólo en el ámbito moral, el que le es propio, sino en el político, legal, judicial, administrativo y penal. El estudio de los caracteres que pueden identificar a las religiones como sociedades, frente a los que lo hacen como asociaciones, constituye un modo de aproximarse a la definición de cuál sea la inserción filosóficamente más fundamentada de los grupos religiosos en la comunidad social.
    Las formas de las sociedades que pueden identificares en las confesiones religiosas son:

  • Ideología común.
  • Tradición.
  • Inserción.
  • La ideología común es la aceptación colectiva de ideas que adquieren relevancia social, de modo que se admiten como verdades naturales, realidades mentales o sentimientos compartidos, formando un legado que se transmite generación tras generación como contenido cultural inherente al conjunto de personas que comparten sociedad. En este aspecto la religión constituye una ideología común en cuanto aporta una doctrina espiritual sobre la ubicación cosmológica del ser humano, las causas de la existencia, una ética natural, una moral práctica y una proyección de la realización personal. En tanto en cuanto esta doctrina es aceptada y compartida por una mayoría, o parte relevante, de la población, su trascendencia se impone como un referente social de primera magnitud, que no pocas veces se constituye como principio del derecho, la ley y la administración de la justicia.
    La tradición es el legado de la costumbre que dirige la instrucción de los descendientes en los criterios convenientes de los ascendentes. Supone una depuración de las experiencias vitales de una comunidad, especialmente en su arraigo a través de la vida familiar y vecinal. Esta tradición inspira el respeto por la religión de modo preferente a cómo la han entendido y practicado los antecesores, siendo a partir de las creencias compartidas donde cada persona depura la sensibilidad de su conciencia. La tradición en sí no coarta la libertad, ni exige exclusividad en el dominio de la verdad, sino que se constituye como el referente conceptual de las certidumbres en las que cada persona evalúa los contenidos de verdad que su conciencia justifica.
    La inserción por raigambre familiar se encuentra ligada a la confianza con que los niños aprenden lo que les enseñan y ven en sus mayores. Por eso la religión se hereda en la mayoría de las culturas como un proceso común de convivencia, como se heredan las ideas políticas, aficiones, hábitos y en general las maneras y modos de ser de con quien se tiene una intensa vida en común. Esto hace que se considere una determinada religión como un elemento natural más de integración de la vida familiar, porque la misma proyecta una configuración peculiar de las relaciones justificadas en las mismas creencias.
    Las características específicas de las asociaciones que se encuentran en las confesiones religiosas que cabrían destacar son:
  • Libertad de pertenencia.
  • Restricción de participación.
  • Objeto espiritual.
  • Derecho privado.
  • Economía autónoma.
  • Presencia diferenciada.
  • La libertad de afiliación a una confesión religiosa presenta un gran sentido lingüístico en su raíz semántica del lexema latino affilio, derivado de filius, en cuanto que las religiones en general consideran a los hombres criaturas o hijos de Dios, y esa afiliación a la religión supondría el expreso reconocimiento de la aceptación de ese nexo o dependencia.
    Teóricamente las religiones predican una verdad universal, dirigida al conjunto de todos los seres humanos, pero en cuanto confesiones específicas de la forma de relacionarse con Dios agrupan a un conjunto de personas que admiten la adhesión. En cuanto esa adhesión configura una relación que involucra a la conciencia individual su concertación ha de ser voluntaria, pues en ella no se dilucida lo que sobrenaturalmente puede ser, sino la respuesta consciente de cómo cada persona se reconoce en el modo propio de ser. De ahí que las confesiones religiosas sean en cuanto existen hombres y mujeres que comparten una fe, constituidas cada una de ellas por el conjunto de cuantos se incorporan a esa colectividad. Con independencia de lo que cada religión pueda entender sobre la iniciativa de Dios, en lo que afecta a la respuesta humana a la relación espiritual, la libertad para adherirse a una religión se mantiene para poder separarse de esa fe, porque la naturaleza del vínculo no es de orden de necesidad psíquica, sino que se sigue de una intuición intelectual y espiritual.
    La restricción a la participación proviene de la propia naturaleza asociativa, en la que el conjunto de quienes configuran la confesión religiosa definen la doctrina que aceptan como propia, de modo que quienes quieran asociarse como miembros han de reconocerla, al menos en su parte fundamental, que normalmente se identifica con su causa fundacional. Las religiones suelen seguir un doctrina que se proclama recibida de Dios, pues no se puede olvidar que el último fin de la religión es la relación con Dios. En toda confesión existe una jerarquía de poder o autoridad moral que desarrolla la doctrina, en la que no suelen participar todos los fieles asociados, sino estamentos selectivos; ello origina que muchos practicantes interpreten ellos mismos la importancia de los contenidos espirituales de acuerdo a su modo de ser, lo que origina disensiones en la comunidad, sin que el mayor o menor compromiso haya de ser causa de renuncia o expulsión. Como en todas las asociaciones, cada socio vincula su compromiso libremente.
    El fin propio de toda religión es espiritual, que se traduce respecto al comportamiento en un valor moral que expresa con los actos la coherencia con lo que se cree. La asociación en sí no produce el bien espiritual ni moral, sino que facilita la técnica y el hábito de la meditación que pueda favorecer la sensibilidad a la intuición.
    Las confesiones religiosas se rigen por el derecho privado propio, que se establece y revisa por los órganos reglamentados para hacerlo. Hay que tener en cuenta que esto sólo puede afectar a los actos de relación entre fieles, pues de la espiritualidad interior sólo puede conocer la propia persona.
    La economía de las religiones se autogestiona de modo autónomo, siendo instituciones privadas aunque puedan ofrecer servicios públicos. El proyecto de perpetuidad con que se fundan estas instituciones hacen confundir se carácter privado con el público, pero las constituciones propias cuidan especialmente la gestión de los propios recursos, aunque provengan de donaciones, para discernir y defender la propiedad común tanto respecto a los bienes públicos como a los de sus fieles, pues su propiedad suele restringirse a la utilidad colectiva.
    Las religiones por su arraigo tradicional y por su proyección universal gozan en cada territorio de una presencia muy diferenciada, siendo mayoritarias en algunos países y minoritarias en otros muchos. Esto muestra cómo son esencialmente diferentes de las sociedades, cuya presencia es general en cada territorio, pues en otros aspectos las confesiones religiosas están tan asentadas que atienden necesidades públicas de los fieles, como pueden ser educativas, familiares, sanitarias, laborales, etc., de modo que a veces se asemejan a pequeños estados dentro de la sociedad.
    No obstante esas formas que comparten con el concepto de sociedad, en las confesiones religiosas predominan los rasgos asociativos, aunque la razón del vínculo pueda considerarse de naturaleza especialmente trascendente. Esto hace que puedan ejercer su derecho a constituirse libremente en cada territorio, y que tengan el deber de respetar colectivamente las mismas obligaciones que las leyes imponen a cualquier ciudadano o asociación en cada país en orden al logro del bien común, debiendo los representantes legítimos de las confesiones dialogar con las autoridades públicas para resolver los litigios que se pudieran plantear en el ejercicio de sus creencias y consecución de sus fines, dejando a salvo el recurso a la sanción de la justicia.
    Un conflicto tradicional entre las religiones mayoritarias y los Estados está en la moralidad de las leyes, pues las religiones se atribuyen autoridad para definir la moral pública, y los ciudadanos que forman los Estados se consideran con suficiente razón para decidir por sí democráticamente lo que más conviene para el bien común. La superación de ese conflicto debe resolverse por la adecuada distinción filosófica de lo que es la ley moral y lo que es la ley social. La ley moral obliga a las conciencias particulares de los ciudadanos para que obren el bien, y las religiones tienen derecho a orientar a sus fieles y por extensión a todos los hombres de buena voluntad. Una vez informado del contenido de la ley moral según las creencias particulares de cada individuo, el juicio de sus actos le corresponde a su conciencia. La ley social, en cambio no tiene como objetivo hacer al hombre bueno, sino organizar la convivencia social de acuerdo a los juicios comunes que reportan el bien común. La ley social nace para regular la justicia en las relaciones entre las personas, por lo que corresponde a esas personas decidir lo que perturba y favorece esa convivencia, dejando al arbitrio de cada individuo para regular de acuerdo a la propia conciencia los actos que no causan un perjuicio a los demás.

    ASOCIACIONES ASISTENCIALES:
    Se reconocen como asociaciones asistenciales las que se forman por conjunción de voluntarios sensibilizados con la asistencia social en sus muy variadas posibilidades. Se distinguen estas asociaciones de las instituciones que dependen de organismos públicos, fundaciones y otras estructuras satélites de compañías mercantiles o de personas filantrópicas que dedican parte de sus haberes a alguna atención social concreta.
    Las asociaciones asistenciales de voluntarios pueden tener objetivos directos e indirectos, nacionales e internacionales, étnicos o interculturales, etc. El común denominador es prestar un servicio social de ayuda para remediar una precariedad, una cooperación al desarrollo o una concienciación tanto respecto a la capacidad para ejercer los derechos como para la práctica de la justicia, pues no sólo están necesitados de estímulos intelectuales los que padecen las relaciones de dominio, sino también puede ser removida la conciencia de quienes se favorecen de una posición de poder.
    Los socios de estas agrupaciones pueden colaborar con su ayuda financiera y con su trabajo personal, entendiéndose que cualquier responsabilidad que se ocupe ha de ser con fin exclusivo de lograr los fines asistenciales de la asociación, lo que excluye el lucro propio más allá del sostenimiento necesario de quienes se incorporan prestando íntegramente su actividad profesional a los fines de la asociación.
    El derecho a la asistencia a otras personas forma parte de la libertad de iniciativa del intelecto creativo humano, pero esos actos generan relaciones que deben ser reconocidas y aceptadas por quienes sufren la precariedad que se pretende mejorar, pues los mismos también poseen igual derecho al ejercicio de su libertad. Por eso las relaciones generadas por el interés asistencial deben mantenerse siempre en el ámbito de relaciones de servicio y no de dominio, aunque se pueda suponer que se ejerce un poder con buen fin. Sólo quienes estuvieran habilitados para tutelar a personas que sufran precariedades pueden hacer valer su condición para forzar a remediar esa carestía. Ese respeto a la libertad parsonal es el que debe velar en los estatutos de las asociaciones para no hacer prevalecer los hábitos de la propia cultura sobre los de aquel a quien se ayuda.
    La filosofía de la ética de cada pueblo puede inclinarse a que sea la sociedad quien entienda la precariedad social a través de la acción política pública o des ciudadanos agrupados reconocidos como no gubernamentales. De la colaboración entre la administración pública y la iniciativa ciudadana a constituir estas asociaciones, así como del respeto y colaboración entre asociaciones, se sigue el mejor servicio a las demandas de precariedad en cada sociedad, pero debe tomarse en consideración que la numerosa actividad de las ONGs no libera a todos y cada uno de los ciudadanos de su respectiva responsabilidad particular, que debe reflejarse en exigir de sus representantes políticos la eficacia de la protección social para erradicar las situaciones enquistadas de deterioro social.
     
     
     
     

    CAPÍTULO 11

    EDADES SOCIALES

     
    DERECHOS DEL NIÑO:
    En el entramado de relaciones con que la humanidad ha forjado la sociedad existen quienes presentan una posición especial en esas relaciones, entre ellas destacan los niños, que siendo sujetos en los actos de relación que desde su nacimiento viven, sin embargo no poseen la facultad para obrar y juzgar lo conveniente para ellos que no les haga víctimas de relaciones de domino, cuando deberían gozar de relaciones muy especiales de servicio en las que como intervinientes sólo pueden ofrecer una pasiva irradiación de esperanza como futuro de la humanidad.
    Ese no poder concertar relaciones por sí, sino tener que asumir lo que se les ofrece y da, debe alertar a la sociedad para velar porque el respeto que se les debe como personas se ejerza en todas y cada una de las relaciones que incide sobre cada uno de esos niños durante todo el periodo de su infancia.
    Podría pensarse que los padres, por la especial relación que supone la procreación, aseguran los derechos de infancia, pero la dificultad surge cuando los progenitores carecen de medios y cultura para distinguir esos derechos, o conociéndolos hacen dejación total o parcial de esa responsabilidad.
    El criterio de verdad más radical para la prevención de un derecho en una relación está en el criterio de inversión, o sea, que las condiciones de aplicación sigan siendo tan favorables para cada una de las partes cuando se permuta la posición contractual entre las mismas. Como el niño no posee la capacidad para hacer esa valoración, habría que trasponerla realizando una traslación temporal del contenido de la relación a que fuera plenamente aceptada por él cuando sea mayor. Se podría resumir en la sentencia: Tratar a los niños como de mayor les gustaría haber sido protegidos en las formas y en sus derechos.
    Los derechos de los niños se pueden estructurar en dos grandes grupos: Los que corresponden a la esfera de las relaciones de trato individual y los que se enmarcan en las relaciones colectivas de la sociedad.
    Entre los primeros se pueden destacar:
  • Derecho a una alimentación suficiente y sana.
  • Derecho a la higiene.
  • Derecho a la protección.
  • Derecho a la custodia familiar.
  • Derecho a ser amado.
  • Derecho a ejercer su carácter.
  • Entre los de la esfera social:
  • Derecho a saber.
  • Derecho a la igualdad de oportunidades.
  • Derecho integral a la salud.
  • Derecho a la integración social.
  • Derecho a la veracidad.
  • Derecho a no perder vínculos familiares.
  • El derecho a un alimentación suficiente y sana se deriva de la condición material del cuerpo humano que precisa de la debida nutrición para funcionar correctamente, permitiendo a la persona realizar la propia forma de ser. Cuando la alimentación es precaria el funcionamiento del metabolismo corporal encuentra dificultad para hacer funcionar algunos órganos de modo adecuado. Como la alimentación es un bien que el ser humano ha de proveerse, los niños, como no poseen capacidad para realizarlo por sí mismos, tienen derecho, en  razón de la relación que les une a sus progenitores y al resto de la humanidad, a que con responsabilidad se les atienda del mejor modo posible, según las posibilidades al alcance de su entorno.
    Ese derecho a la alimentación del niño comienza en la gestación y continúa en la lactancia, cuando recibe los productos nutrientes directamente de la madre, de modo que esa especial relación implica que la madre debe asumir en sus hábitos el no contaminar el alimento que le da. Atender el derecho a una buena alimentación del niño supone el interés de la madre para alimentarse correctamente, pero también la de todo el entorno de la madre que deban y puedan cooperar a la suficiencia de esa actividad.
    Responder a ese derecho especial de los niños obliga a todo quien tenga conocimiento de esa necesidad, porque cada ser humano por serlo reclama de cualquiera con quien pueda entrar en relación que le trate con humanidad, lo que se concreta en atenderle en sus necesidades fundamentales. Dado que el conocimiento de una precariedad ya genera una relación intelectual, implica una responsabilidad, aunque sea mínima, que cuando el poder de respuesta es grande la ética no puede obviar. Conforme el progreso de las comunicaciones sirve a favorecer el contacto entre los pueblos más distantes, atender a la demanda de erradicar el hambre en el mundo, y en especial la desnutrición infantil, se convierte en un reclamo de primera magnitud ética,  porque sólo logrando que esa deficiencia quede subsanada puede garantizarse que todo ser que nace posea una perspectiva de alcanzar el nivel más simple de igualdad que representa la posibilidad de reconocerse en la integridad de su forma propia de ser.
    No se debe malograr una posible buena alimentación por atender al capricho inconsciente del menor, que en su camino al pleno uso de razón se moverá exclusivamente por las apetencias derivadas de la percepción sensible, que siempre le inclinarán a lo más sabroso y no a lo más nutritivo. La educación alimentaria forma parte del deber de suplir con la sabiduría de la madurez la inexperiencia de la infancia.
    La higiene es tras la alimentación el hábito que que más contribuye a la salud. El niño, que podría aprender esos hábitos por imitación de sus padres, durante el tiempo en que no puede responder con el dominio de sus actos precisa de quien le aplique la mínima higiene para evitar contagios e infecciones. Ese derecho se entiende en el saber común de sus progenitores, pues la concepción de la higiene varía bastante en función de los medios disponibles. El derecho que corresponde al niño es el trato normal que podría reclamar, cuando sea consciente, que se le debería haber dado.
    El derecho a la higiene no puede inducir una competición de padres por mostrarse más efectivos, sino aplicar las costumbres que favorecen la buena salud, sin caer en la dependencia de la profilaxis, pues el consumismo de las novedades del mercado se dirigen más al negocio que a la salud. Los niños no tienen derecho a más de lo que correspondería que ellos hicieran por sí mismos, por lo que si los padres viven con naturalidad la higiene no tienen por que sobrepasarse en la atención de los hijos. No se puede olvidar que las defensas propias del organismo tienen que aprender a usar sus estrategias, lo que malogra el exceso de protección.
    El derecho a la protección física y mental se fundamenta en la diferencia de medios y capacidad de defensa de un niño respecto a cualquier mayor frente a una gran cantidad de animales o efectos físicos con los que inconsciente de su efecto pudiera accidentarse. Esa protección obliga a sus más próximos cuidadores, pero también a cualquier persona persona que acceda al entorno del niño.
    La protección física busca preservar su integridad corporal; la mental, el desarrollo de su psique. De una falta de control puede derivarse un mal que repercuta en su vida posterior, por lo que los niños conllevan un derecho de atención que crea un irrenunciable deber para de sus mayores.
    Proteger la mente de los niños hasta su pleno uso de razón supone potenciar la calidad de todo el mecanismo cognitivo en su doble articulación desde la inicial fase perceptiva y computacional para evitar formas abstractas distorsionadas, pues éstas van a constituir el fundamento de su actividad intelectual. Favorece ese derecho a la protección mental el evitar la creación de traumas, fobias o temores en la mente por la exposición a percepciones que inquietan al niño aún incapaz de comprenderlas. Porque la mente de los niños y jóvenes está ávida de aprender son muy propensos a creer, por lo que se les ha de habituar a reconocer la fantasía como algo distinto de la realidad.
    Derecho a la custodia familiar. Aunque entre los niños, sus padres y demás familia existe una relación no elegida por los más pequeños, dado que ésta es consecuencia de una realidad natural que engloba la voluntad de los progenitores y la comunicación biológica, física y corporal que precisan para ser criados, se da por supuesta una correspondencia entre unos y otros que crea obligaciones y derechos en ese trato. Uno de esos derechos del niño es a la realización de esa relación familiar en lo que atañe a la custodia del menor. Ese derecho se puede entender que está sustentado en la prolongación de la vinculación natural que desde los padres puede proyectarse al entorno familiar que quiera asumir ese compromiso en caso de precisa tutela por muerte o incapacidad paterna. Se suele interpretar indebidamente este derecho, como el de los consanguíneos a ejercerlo, cuando en realidad el derecho pertenece al menor a ser tutelado por el familiar más cercano que libremente asuma esa responsabilidad. Representa ese derecho la pervivencia del vínculo familiar que se perdería en caso de que la custodia se concediera a alguien extraño al niño. La prioridad de la consanguinidad debe siempre ser respetada como el derecho al vínculo que se presume en el menor hasta que en el uso de la razón pueda elegir o repudiar la relación conveniente. Este derecho a la custodia familiar es el que se vulnera, con condena en muchos códigos penales, por el abandono o entrega interesada de los padres u otros familiares que hubieran aceptado la tutela.
    El derecho a ser custodiado, cuidado y querido por familiares debe prevalecer a un supuesto mayor bienestar para los niños proveniente de su adopción por quien dispusiera de mayores bienes materiales. La adopción debe siempre defender el derecho del adoptado y no el del adoptante, sobre todo cuando no existe una relación previa que, aunque no sea de vínculo familiar, concerniera a un parentesco o afecto de amista con los progenitores. La adopción tiene por objeto suplir la imposibilidad del ejercicio de la tutela y custodia familiar, por lo que su tramitación debe verificar la constatación de no existir familiar ni otra persona cercana que haya podido considerar y aceptar esa tarea. Por ello la adopción debe ser escrupulosa en el país de origen de los menores, para que no se ignoren derechos por una interpretación benigna del derecho del niño, inducida casi siempre por intereses ajenos.
    El derecho a ser amado puede parecer superfluo si se refiere a la relación paterno-filial, pero la realidad demuestra que no todos los hijos son queridos por sus padres. Una causa de esa desafección puede provenir de no ser un hijo deseado, sino accidental, ya que incluso cabe que la falta de madurez pudiera inducir a ignorar esa consecuencia de la sexualidad. Otras causas pueden provenir del contraste de una idealización de la paternidad con la realidad de la exigencia que conlleva. De cualquier causa del posible desamor no se puede en ningún caso culpar al niño, pues ni siquiera él puede ser considerado responsable de su carácter.
    En la relación paterno-filial, al menos hasta el uso de razón del menor, la responsabilidad única han de asumirla los padres para cumplir sus obligaciones, entre las cuales está dar el afecto al menor que no sólo le haga sentir ser considerado y protegido, sino que también le ofrezca la referencia afectiva adecuada al desarrollo de la mente humana, pues el sentirse amado va a influir de modo positivo en el desarrollo de sus sentimientos. Es muy probable que muchos padres no posean la experiencia y el conocimiento para generar una relación instruida con los niños, por eso el cariño ha de valer como el sustituto de las demás carencias.
    Como en la concepción habitual de los niños intervienen dos personas, el hijo de ambos tiene derecho a ser amado por cada uno de ellos, sin que el mucho cariño de uno pueda irresponsabilizar de su obligación al otro, y sin que ninguno de ellos deba presionar el hijo para disipar el derecho del niño al cariño del otro cónyuge.
    El derecho a ser amado de los hijos no acaba en los padres y hermanos, sino que se extiende a todos con quien por entablar relación se generan afectos mutuos. Es el caso de los abuelos, cuyo afecto en el niño crece proporcionalmente a la extensión e intensidad de la relación establecida. Corresponde a los padres considerar de acuerdo a su forma de ser la conveniencia de la intensidad de las relaciones del niño con otras personas, pero una vez habidos y creados los lazos de afecto se deben respetar esos sentimientos humanos.
    Derecho a ejercer su carácter. Una característica de toda personalidad es su individualidad, lo que quiere decir que cada persona es única y con un modo de ser propio dentro de la forma de ser común en una especie. Una parte importante de esa individualidad es el carácter definido por la genética, que hace que todo el organismo, regido desde el cerebro, ejecute respuestas determinadas a las percepciones y demás influjos externos. Estas respuestas son en parte comunes a la especie, en parte específicas a cada modo de ser y algunas peculiares del individuo o grupo de personas afines. Cada persona ya desde niño manifiesta esa forma de ser que le es propia y debe ser respetada como un derecho reclamado por su singularidad.
    El derecho a ejercer el propio modo de ser es lo que va a definir el carácter con el que cada niño se va a oponer de modo continuado a seguir determinadas pautas que se le impongan desde el exterior, especialmente cuando aún no posee el uso adecuado de la razón capaz de juzgarlas como valores apropiados para asumirlos en su personalidad por el bien que le pueden reportar.
    La tendencia durante la educación no debe ser sustituir ese modo de ser por otro ajeno a la persona, sino lograr que ese carácter sea autocontrolado para encauzarlo de la manera que proporcione sentido de autorrealización. Esa tarea, que es la propia del intelecto y que consolida una personalidad se construye sobre un carácter definido que no va a abandonar a la persona nunca, por lo que violentarlo supone crear una tensión emocional en el reconocimiento del ser, ya que ser quien no se es supone una pretensión desbarajustada de la realidad.
    Derecho a saber. En cualquier ser vivo la constitución propia de su modo de ser le configura como capaz de poseer un conocimiento que le permite saber lo esencial para cumplir los fines de la especie. El ser humano, y por tanto cualquier niño, posee un conocimiento que sigue a la percepción sensible y un conocimiento intuitivo eficaz según el grado de desarrollo de la razón en que se encuentra. Este conocimiento natural le permite un saber adecuado a la naturaleza del ser humano, pero no le dispone para comprender las transformaciones que la humanidad ha obrado sobre la naturaleza, porque su directa percepción no revela la estructura de su funcionamiento. Por ejemplo, el niño, igual que el mayor,  tiene capacidad para entender sonidos diferenciados con carácter de signo, pero no para comprender la forma estructurada de una lengua, que le ha de ser enseñada. Es ese contenido de saber social el que el menor, por nacer en una sociedad con la que se relaciona, tiene derecho a aprender para poder ejercer su ser social, que incluye las obligaciones implícitas contractuales de ser útil a la comunidad.
    El derecho a saber es ilimitado, pero debe ser atendido preferentemente por el entorno comunitario del niño en dos aspectos: 1º El de la utilidad en su proceso de formación. 2º El de la respuesta a su curiosidad. El primero tiene un fin práctico, enseñar sobre lo conveniente a saber en cada momento de la vida para que el niño pueda ejercer sus ser. El segundo es especulativo, y tiene como fin no dejar sin respuesta la legítima intuición de cada persona. Hacer una y otra tarea con eficacia es por lo que la sociedad ha concebido especializar personas dedicadas profesionalmente a difundir el saber.
    El derecho a igualdad de oportunidades se entiende como que en toda relación que une a un niño con la sociedad no deben haber prejuicios respecto a la condición que el niño no se ha conferido a sí mismo, y por tanto que todos poseen igual derecho a ser tanto como otro cualquiera, al menos en todo lo que por encima de la vida familiar se eleve como competencia colectiva de la comunidad, incluido el proyecto del bien común. Este derecho puede considerarse que interfiere el de los padres a procurar lo mejor para sus hijos, pero ello sólo se reconoce así si los padres olvidan que lo mejor para los suyos es crecer en un marco de justicia que retribuya a cada cual por sus méritos y no por los de sus antecesores. La verdadera competitividad social debe sustentarse en el esfuerzo y en la solidaridad, porque, sin el primero, lo que a uno le puede ser regalado no ayuda a crecer su personalidad, que va a ser la que más va a influir en definir su forma de ser, y sin solidaridad la perspectiva de formación se orienta a primar las relaciones de dominio sobre las de servicio, lo cual vaticina la quiebra del bien común.
    El derecho integral a la salud es el que protege el modo de ser propio de todos los niños evitando que alguna parte de su ser quede disminuido en su capacidad por efecto de una enfermedad o accidente. Se reconoce como integral en cuanto no se aprecia que la enfermedad pueda provenir por los hábitos inadecuados del pequeño, en cuanto éste no es capaz de responsabilidad. El derecho se restringe a la capacidad de la sociedad para investigar y sanar, pues los recursos y la ciencia de cada comunidad son limitadas. No obstante esas limitaciones la estructura de gobierno del país debe esforzarse en ofrecer una sanidad infantil que sea universal, ágil y eficiente, porque de ella se sigue un gran bien para los pequeños ciudadanos y sus familias, esforzándose en minimizar las secuelas que cad enfermedad pueda dejar. Hasta donde la atención médica exija también el concurso de los padres junto a sus hijos, deben facilitarse los permisos de trabajo para hacerlo, como parte necesaria de la protección del menor. De modo parecido debe ejercitarse la acción solidaria vecinal con quien precisa de colaboración.
    El derecho a la integración social rechaza cualquier tipo de marginación con la que se pueda dañar la integridad física o moral de los niños. Ni los rasgos étnicos, ni las costumbres familiares, ni la religión, ni cualquier otra determinación del tipo que sea deben justificar una repulsa a la inclusión del niño en el ámbito social, con los plenos derechos a participar como uno más entre sus iguales, con independencia de las condiciones de vida de su familia o la personalidad de sus padres. Debe prestarse especial atención social a aquellos niños quienes se automarginaran por carencia de recursos para favorecer la amistad. En interés de los niños se debe promover su inclusión en actividades deportivas, de naturaleza, recreo y otras similares que facilitan la cooperación y el conocimiento mutuo, pues la gran barrera a la integración proviene generalmente de una consideración excesiva del modo distinto de ser.
    Derecho a la veracidad en su formación tiene el niño desde su más tierna infancia hasta que pueda discernir por sí mismo lo falso de lo cierto. Quien recibe todo su conocimiento del entorno tiene derecho a conocer la verdad y no ser engañado, de modo que se le enseñe lo cierto, como cierto; lo probable, como probable; lo dudoso, como dudoso; lo falso, como falso. Esto hace que se crezca con confianza, la que se pierde cuando se descubre que lo que le han enseñado como cierto es mentira. Construir medios para enseñar en verdad es una necesidad de la sociedad, que puede hacer fábulas que no distorsionen la realidad más allá de lo que se puede considerar la lógica de la interpretación. El derecho del niño a la veracidad exige que se le vaya desvelando la vida con la naturalidad propia de las leyes de la existencia, sentando las bases de la distinción de los conceptos que le puedan ayudar a progresar en la conformación de la propia estructura de pensamiento, sin que ésta se encuentre sometida al desencanto de la contradicción. Hay que tener en cuenta que un niño crece en relación con los próximos, y si no posee un acertado grado de instrucción real de la vida puede padecer la frustración de la inocencia, cuando se reconozca como quien no posee la razón. El fin de la vida de los niños está en el círculo social, y éste, por constituise en la diversidad, posee la particularidad de que en él siempre se revela la verdad. Para no defraudas la expectativa de los pequeños, no hay que olvidar que el ideal de los niños no lo constituyen los conceptos adquiridos, sino las personas que se los confieren, en quienes no sólo se ha depositada la confianza, sino que también se tiene puesta la imagen del modelo a quien imitar.
    El derecho a no perder vínculos familiares concierne especialmente a quienes por las razones que sean han de vivir un tiempo alejados de parte de los familiares. Por eso la sociedad civil debe ayudar a la reagrupación familiar en todos los casos, primando este derecho infaltil sobre otros de índole de rentabilidad, pues mantener los vínculos de sangre supone sostener unas referencias trascendentales para la afectividad. En el caso de los matrimonios divorciados, los hijos siguen manteniendo el derecho al trato con ambos progenítores con tanta intensidad como exija su afectividad y su atención, debiendo la juticia, en el peor de los casos, arbitrar esa custodia acordada o compartida, pero siempre favoreciendo la alternancia de convivencia para que ninguno de los padres pueda ser marginado de la responsabilidad de atención al menor. Los vínculos a proteger también son los de relación lateral entre hermanos, o los algo más alejados de abuelos, tíos y primos. Cuando no se pueda evitar la convivencia próxima, se podrá mantener un contacto remoto, pero existe un derecho del niño a no perder esa vinculación para poderla implementar conforme desarrolle su propia forma de ser.

    CONFLICTO GENERACIONAL:
    Las relaciones que los pertenecientes a cada generación contraen con la sociedad en que viven vienen definidas por las que los antecesores concertaron según su libre entendimiento. Quienes se incorporan a la sociedad mantienen con ella una doble correspondencia: Por un lado, reciben un legado de interpretación de las relaciones en sociedad; por otro, deben asumir el derecho a relacionarse siguiendo a su propia creatividad. Esa doble convergencia de poner en valor las relaciones sociales tal y como se reciben con las que se conciben desde cada nueva perspectiva social es lo que da origen al conflicto generacional.
    Se puede argumentar que el conflicto entre generaciones es consecuencia de las maneras de vivir los sucesivos grupos de personas, reflejando su creatividad en las costumbres, y por tanto una disciplina propia del ámbito de la sociología. La filosofía social lo contempla no en cuanto la modificación de las costumbres acontecidas, sino desde la naturaleza misma de las causas que perpetúan el cambio generacional.
    Los modos de ser de las personas tienen particularidades en cada individuo, lo que marca y afirma las variedades de cada personalidad; esas mismas distinciones se dan tanto en la cadena diacrónica como en la red sincrónica, por lo que de por sí no justifican que cada generación marque distinciones diferentes de las que se mantienen dentro de una misma generación.
    Otra de las causas posibles podría ser la proyección sobre el modo de ser generada por el progreso que la sociedad se proporciona de forma continuada, justificando que los cambios generacionales sean mayores cuánto con mayor vehemencia se producen los cambios que puedan alterar las percepciones del entorno, desde las que se construyen las ideas abstractas que constituyen el fundamento del conocimiento intelectual. Esta determinación sobre la manera de ser abarca la evolución de los cambios en las percepciones que se siguen por la alternancia tanto de las lógicamente generadas como de las inducidas, por lo que se podría concluir que los cambios generacionales pueden seguirse tanto de la evolución del desarrollo como de una posible planificación del devenir de los acontecimientos.
    Los cambios que se constatan en cada relevo generacional afectan al modo de ser común que se aprecia en la nueva generación de personas de forma esencial o accidental, dependiendo de que se fundamenten en la valoración de las condiciones de verdad del propio modo de ser o de las cualidades de verdad que puedan ser apreciadas en las distintas percepciones con que se motiva la mente. Tanto más cuanto se cuestiona la condición de verdad del propio modo de ser, así será la profundidad esencial del conflicto generacional.
    El problema principal sobre las relaciones sociales en el relevo generacional provienen de la necesaria convivencia entre dos o tres generaciones, cada una de las cuales intenta hacer preponderar en las estructuras sociales los criterios de verdad ajustados a la intuición vinculada a su experiencia vital. Ello conlleva a que con frecuencia se consideran relaciones de dominio la prevalencia de unos criterios sobre otros, sin afianzarse el consenso entre quien justifica su apuesta de servicio en la experiencia vivida y quien reclama la vigencia de la necesaria renovación. Lo que cada generación considera que está soportado en condiciones correctas de verdad es lo que se constituye como un legado correcto, pero cada nueva generación se exige la corroboración de esas mismas condiciones compatibilizándolas con los avances creativos que se configuran como señales de su propia identidad. Esta herencia, una vez criticada y justificada, es lo que va asumiéndose como la caracterización de la esencia social de cada civilización, que guía el pensamiento de cada siguiente generación.
    La traslación de esta verificación generacional sobre la estructura política de cada nación es la que reclama poder ratificar o rectificar el ordenamiento jurídico y las formas de la administración del Estado en periodos de tiempo que representen la evolución del pensamiento generacional.

    JUBILACIÓN:
    La relación del ser humano con la sociedad se establece con el nacimiento y perdura hasta la defunción. Durante todo ese tiempo los derechos de las personas se sostienen especialmente en la justicia derivada de las relaciones de servicio establecidas; no tanto así de los privilegios consecuentes de las relaciones de dominio, que pueden ser denunciadas en el transcurso de su vigencia contra las personas que los detentan.
    Entre esas consecuencias lógicas que se establecen en las estructuras sociales está el reconocimiento del derecho a mantener una pensión de jubilación cuando se ha trabajado y cotizado de acuerdo a la ley para el aseguramiento de la misma, como parte integrante del derecho solidario a la cobertura social garantizada por la riqueza total generada en un país. El derecho a esa protección implica una relación entre las generaciones productivas y las clases pasivas, establecida sobre criterios de justicia, de modo que ambas sean beneficiarias de la estabilidad de un sistema económico que garantice que quienes sostienen esa relación puedan a su vez beneficiarse en un futuro de los mismos derechos.
    Las condiciones de justicia que garantizan una vida digna en la fase de la jubilación vienen definidas en cada tiempo y lugar por las maneras de ser de los jubilados que sean compatibles con las limitaciones que establecen las formas de generación de riqueza de la generación de los productores, ya que son éstas las que determinan la financiación de la riqueza real disponible en cada comunidad. La condición de pasividad de los jubilados les impide intervenir como actores activos de la producción, aunque mantienen su participación en la política financiera cuando las reservas de sus ahorros funcionan activamente en los mercados. Esa posición de pasividad, que pudiera interpretarse como limitativa, no les impide su actividad política de modo similar a cualquier otro ciudadano mayor de edad, pero insertados en una sociedad plural deben compaginar las exigencias de sus derechos y responsabilidades con el bien común, que puede exigir reconfigurar derechos adquiridos en un contexto social anterior con las condiciones que limitan las posibilidades de bienestar de cada momento.

    VEJEZ:
    El deterioro del ser humano encuentra significado en el proceso de cambio y evolución universal de las especies que hacen posible la renovación del universo, ya que si hubiera un cuerpo cuya naturaleza no admitiera el cambio supondría que habría existido y existiría siempre, por lo que exigiría un cosmos distinto del que conocemos. Esa exigencia de evolución es la que posibilita la generación sucesiva de personas y justifica la procreación. Aceptar por tanto la vejez y la muerte como una parte más de la natural existencia del ser humano implica reconocer en ello la persistencia de cada uno de los derechos y deberes, sin que el deterioro físico pueda admitirse como argumentación para rebajar la condición personal.
    Como la vejez se alcanza tras muchos años de vida, no todas las personas la viven, pues las vicisitudes de la existencia hacen que sean muchos quienes fallecen antes de llegar a la edad en que en cada lugar y momento se considera como la iniciación de la vejez. No obstante la consideración general, la vejez no deja de poseer un cierto rango subjetivo que hace que haya quienes se sienten mayores o ancianos a una edad anterior o posterior a los demás; o incluso que puedan considerarse aspectos de la vida de los mayores cuya caracterización los haga más apropiados de la vejez  que otros.
    Entre los derechos personales propios a considerar en la vejez cabrían destacar:

  •  La vigencia de participar en todas las responsabilidades ciudadanas.
  •  La protección social que custodie una supervivencia digna.
  •  Dictar las disposiciones de transmisión de bienes.
  •  Decidir respecto a la propia muerte.
  • La vigencia de participar en todas las responsabilidades ciudadanas es consecuencia de que la ciudadanía no se pierde por la falta de vigor, ni por causa semejante, por lo que se mantiene en todos el derecho a ejercer las responsabilidades hasta la muerte; y si las condiciones de salud impiden su ejercicio, como pueden darse en la vejez por impedimentos físico o psíquicos, deben considerarse como causas de dispensa, no de renuncia, pues su vigencia no se extingue aunque reiteradamente no se haga uso de los mismos.
    Hasta cuánto cada persona quiera exigirse en el esfuerzo de cumplimiento de sus deberes es un asunto tan personal que no cabe interpretación sustitutiva sobre sus sentimientos, ni siquiera por el entorno familiar, pues nadie puede sustituir la intimidad personal al ejercicio del propio ser, tan sólo los tutores legales pueden intervenir en algunas actuaciones que no implican posibilidad de suplantación de la voluntad personal, ya que ésta, como el recurso último de manifestación de la conciencia, es absolutamente inescrutable.
    La protección social que custodie una vida digna presenta una especial relevancia en la vejez ya que las posibilidades de proporcionársela uno mismo han quedado reducidas y porque a esa edad es cuando se dan especiales necesidades de discapacidad y enfermedad. Una vida digna en la vejez es la que permite que se puedan ejercer los derechos humanos, como son una alimentación suficiente, una atención sanitaria eficaz, el acceso a la información -pues los ciudadanos mayores quieren saber del mundo como en sus épocas anteriores-, la compañía que garantice un mínimo de seguridad y facilite la higiene personal y el decoro del hogar o lugar de residencia. Aunque esas protecciones sociales están relacionadas con la capacidad de renta de la persona mayor, el ejercicio de esos derechos no siempre se consiguen con dinero si la sociedad no procura la atención necesaria para dispensarlos. Una característica de realización de esos derechos es que se puedan ejercer como la persona que los necesita los desea, según su manera de ser, pues igual que entre vecinos existen diferentes formas de vida, también en la vejez se mantienen esas distinciones, haciendo que lo que para unos es ideal a otros descontenta, de modo que se debe abrir un abanico de oferta de posibilidades, dentro de la disposición de renta del país, ajustado al sentir de los mayores.
    Dictar las disposiciones de transmisión de bienes es un derecho que debe facilitarse a todas las personas cuando llegan a la vejez, si no se posee constancia de que lo hayan hecho con anterioridad. De hecho supone reconocerles un derecho que puede haberse olvidado o dejado sin hacer considerando que ya las leyes disponen lo mejor. Toda persona mayor se enfrenta a un deterioro progresivo que puede obrar en su contra dejándola imposibilitada para algunas tareas; por ello dejar constancia oficial de sus últimas voluntades puede favorecer el que posteriormente no suponga un cargo de conciencia el no haberlo hecho. Es un derecho de ejercicio de la libertad que se debe facilitar, pues, fuera de lo que marquen las leyes respecto al patrimonio, cada persona tiene una voluntad que debe dirigir la dirección de su testamento como una de las últimas posibilidades de manifestación del propio modo de ser.
    Decidir respecto a la propia muerte es un derecho que se antepone a cualquier otra determinación de la sociedad sobre ello. En la misma consideración del derecho natural a la vida se incluye el derecho a elegir su culminación de acuerdo a la interpretación de la propia conciencia. Aunque el no vivir se pueda considerar una contradicción del vivir, no la hay tal si se considera que el fin de la vida no es diseño que cada persona pueda elegir, sino que viene dado en el vivir, por lo que cada persona lo que puede llegar a elegir no es la realidad de la muerte, sino el cómo y el cuándo que se ajuste más a la conciencia de valoración de la dignidad de la vida. Cuando las circunstancias que rodean a una persona le inclinan de desear abreviar el trance de la muerte no es que renuncie a la vida, sino a una existencia con contradicciones que entran en colisión con el concepto que se puede tener del sentido real del vivir. Ese juicio de conciencia no puede considerar enajenación mental porque entre en colisión con el sentimiento general de la población, siempre que el mismo se formule en estado de plena consciencia, sino de una conclusión propia de la valoración de las percepciones, ideas e intuiciones que inciden sobre su razón al respecto. Sólo la intimidad de la conciencia puede decidir que es lo que más conviene, con igual riesgo de error con el que se ha desarrollado la vida, y con la misma fragilidad con que el no decidir al respecto pueda dejar la propia vida en manos ajenas. Lo que de ninguna manera puede caber respecto a la muerte es que sean otras personas ajenas al individuo interesado quienes puedan decidir lo que pudiera violentar su conciencia; incluso de la familia más allegada no se puede admitir resolución, pues la conciencia individual es la única que posee la manifestación inequívoca del propio ser.
     
     

    FIN